Publicado sin firma en la Neue Rheinische Zeitung, núm. 4, del 4 de junio de 1848; la MEW lo recoge entre los escritos de Marx y Engels sin precisar el autor. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 5 (Berlín, 1971, pp. 29-31), por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.
**Colonia, 3 de junio. Los tiempos cambian, y nosotros cambiamos con ellos.1 Es un refrancillo del que nuestros señores ministros Camphausen y Hansemann2 también saben algo. ¡Lo que tenían que aguantar de comisarios del gobierno y de mariscales en aquellos tiempos en que todavía se sentaban, como modestos diputados, en los pupitres escolares de una dieta! ¡Cómo los tenía a raya en el penúltimo curso, en la Dieta provincial renana, Su Alteza el profesor titular Solms-Lich!3 Y aun cuando los pasaron al último curso, a la Dieta Unida, y se les permitieron algunos ejercicios de elocuencia, ¡cómo seguía blandiendo su maestro, el señor Adolf von Rochow, la vara que le había entregado Su Majestad!4 ¡Con qué humildad tenían que aguantar las impertinencias de un Bodelschwingh, con qué devoción admirar el alemán balbuciente de un Boyen, qué limitado entendimiento de súbditos se les imponía como deber frente a la burda ignorancia de un Duesberg!5
Ahora la cosa ha cambiado. El 18 de marzo puso fin a toda la pedantería escolar política, y los alumnos de las dietas se declararon maduros. El señor Camphausen y el señor Hansemann se hicieron ministros y sintieron, encantados, toda su grandeza de «hombres necesarios».
Cuán «necesarios» se creen, cuán arrogantes se han vuelto con su liberación de la escuela, lo ha tenido que notar todo el que haya tenido trato con ellos.
Empezaron enseguida por volver a montar provisionalmente la vieja aula, la Dieta Unida. Aquí había que despachar, con todas las formalidades prescritas, el gran acto del paso del instituto burocrático a la universidad constitucional, la solemne entrega del título de bachiller al pueblo prusiano.
El pueblo declaró en numerosos memoriales y peticiones que no quería saber nada de la Dieta Unida.
El señor Camphausen respondió (véase, por ejemplo, la sesión de la Constituyente del 30 de mayo) que la convocatoria de la Dieta era una cuestión de vida o muerte para el ministerio, y con eso, claro, se acabó todo.
La Dieta se reunió: una asamblea abatida, contrita, que desesperaba del mundo, de Dios y de sí misma. Se le había dado a entender que solo tenía que aceptar la nueva ley electoral, pero el señor Camphausen no le pide únicamente una ley de papel y elecciones indirectas, sino veinticinco millones contantes y sonantes.6 Las curias se confunden, dudan de su competencia, balbucean objeciones inconexas; pero no hay nada que hacer: está decidido en el consejo del señor Camphausen, y si no se conceden los fondos, si se niega «el voto de confianza», el señor Camphausen se vuelve a Colonia y deja a la monarquía prusiana a su suerte. A los señores de la Dieta, al pensarlo, les corre por la frente un sudor frío; se abandona toda resistencia y el voto de confianza se vota con una sonrisa agridulce. A estos veinticinco millones, que cotizan en el reino aéreo de los sueños,7 se les nota dónde y cómo se votaron.
Se proclaman las elecciones indirectas. Contra ellas se levanta una tormenta de mensajes, peticiones y delegaciones. Los señores ministros responden: el ministerio se sostiene o cae con las elecciones indirectas. Con eso vuelve a hacerse el silencio, y las dos partes pueden irse a dormir.
Se reúne la Asamblea pactista.8 El señor Camphausen se ha propuesto hacerse redactar un mensaje de respuesta a su discurso de la Corona. El diputado Duncker tiene que hacer la propuesta. Se entabla la discusión. Se habla con bastante viveza contra el mensaje. El señor Hansemann se aburre con el eterno ir y venir de discursos confusos de la torpe Asamblea, que su tacto parlamentario no puede soportar, y declara sin más: todo eso podría ahorrarse; o se hace un mensaje, y entonces todo va bien, o no se hace, y entonces el ministerio dimite. A pesar de todo, la discusión continúa, y el señor Camphausen sube por fin él mismo a la tribuna para confirmar que la cuestión del mensaje es una cuestión de vida o muerte para el ministerio. Al final, como ni así surte efecto, sube también el señor Auerswald9 y asegura por tercera vez que el ministerio se sostiene o cae con el mensaje. Ahora la Asamblea estaba suficientemente convencida y, naturalmente, votó a favor del mensaje.
Así es como nuestros ministros «responsables» han llegado ya en dos meses a esa experiencia y a esa seguridad en la dirección de una asamblea que el señor Duchâtel,10 a quien desde luego no había que despreciar, solo adquirió tras varios años de trato íntimo con la penúltima Cámara de Diputados francesa. También el señor Duchâtel, en los últimos tiempos, cuando la izquierda lo aburría con sus largas tiradas, solía declarar: la Cámara es libre, puede votar a favor o en contra; pero si vota en contra, dimitimos; y la mayoría timorata, para la que el señor Duchâtel era el hombre más «necesario» del mundo, se apiñaba en torno a su jefe amenazado como un rebaño de carneros en la tormenta. El señor Duchâtel era un francés frívolo y llevó el juego tan lejos que acabó siendo demasiado para sus compatriotas. El señor Camphausen es un alemán de sólidas convicciones y tranquilo, y sabrá hasta dónde puede llegar.
Claro está que cuando uno está tan seguro de su gente como el señor Camphausen de sus «pactistas», se ahorra de esta manera tiempo y razones. Si se hace de cada punto una cuestión de gabinete, se le corta a la oposición la palabra casi de raíz. Por eso este método conviene sobre todo a los hombres decididos, que saben de una vez por todas lo que quieren y a los que se les hace insoportable cualquier otra palabrería inútil: a hombres como Duchâtel y Hansemann. Pero para los hombres de la discusión, a quienes gusta «exponer e intercambiar sus opiniones en un gran debate, tanto sobre el pasado y sobre el presente como sobre el futuro» (Camphausen, sesión del 31 de mayo); para los hombres que se sitúan en el terreno de los principios y penetran los acontecimientos del día con la mirada aguda del filósofo; para espíritus superiores como Guizot11 y Camphausen, este remedio terrenal no puede servir en absoluto, como nuestro presidente del Consejo comprobará en la práctica. Que se lo deje a su Duchâtel Hansemann y se mantenga en la esfera superior en que tanto nos gusta observarlo.
Versión del dicho latino Tempora mutantur, nos et mutamur in illis. ↩
Ludolf Camphausen (1803-1890), banquero de Colonia y jefe de la burguesía liberal renana, presidente del gobierno prusiano del 29 de marzo al 20 de junio de 1848; David Hansemann (1790-1864), banquero y fabricante de Aquisgrán, ministro de Hacienda desde marzo de 1848. ↩
El príncipe Ludwig zu Solms-Hohensolms-Lich, mariscal (presidente) de la Dieta provincial renana. ↩
Adolf von Rochow (1792-1847), mariscal de la curia de los tres estamentos de la Dieta Unida prusiana de 1847, la cámara en que se sentaban Camphausen y Hansemann. ↩
Ernst von Bodelschwingh (1794-1854), ministro prusiano del Interior hasta marzo de 1848; Hermann von Boyen (1771-1848), ministro de la Guerra de 1841 a 1847; Franz von Duesberg, ministro de Hacienda de 1846 a 1848. El «limitado entendimiento de súbditos» alude a una frase célebre del ministro del Interior Gustav von Rochow, de 1838. ↩
Un crédito de 25 millones de táleros, que la Dieta Unida, reunida de nuevo en abril de 1848, concedió al gobierno junto con la ley electoral. ↩
Alusión a Heine, Alemania. Un cuento de invierno, cap. VII: la tierra es de franceses y rusos; el mar, de los británicos; «nosotros, en cambio, poseemos sin discusión el dominio del reino aéreo de los sueños». ↩
La Asamblea Nacional prusiana, reunida en Berlín desde el 22 de mayo de 1848, que debía «pactar» (vereinbaren) con la Corona una Constitución; de ahí el nombre burlón de «Asamblea pactista» que le da la Neue Rheinische Zeitung, y el de «pactistas» para sus diputados. ↩
Alfred von Auerswald (1797-1870), ministro prusiano del Interior en el gabinete Camphausen. ↩
Charles Duchâtel (1803-1867), ministro del Interior de Luis Felipe en el gabinete Guizot de 1840 a 1848. ↩
François Guizot (1787-1874), historiador, jefe del gobierno de Luis Felipe hasta la revolución de febrero de 1848. ↩