Escrito por Friedrich Engels en Colonia el 1 de agosto de 1848; publicado sin firma en la Neue Rheinische Zeitung, n.º 63, del 2 de agosto de 1848. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 5 (Berlín, 1971, pp. 289-292), por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

**Colonia, 1 de agosto. Tenemos que ponernos de nuevo al día con algunas sesiones pactistas.1

En la sesión del 18 de julio se debatió la propuesta de convocar al diputado Valdenaire.2 La sección central propuso aprobarla. Tres juristas renanos se alzaron en contra.

Primero el señor Simons, de Elberfeld, antiguo procurador del Estado.3 El señor Simons se creía todavía ante el tribunal de jurados o ante el tribunal correccional; actuó como fiscal y pronunció un alegato en toda regla contra el señor Valdenaire y en favor de la justicia. Dijo: el asunto está ante la sala de acusación, que lo decidirá pronto, y o bien Valdenaire queda libre o bien se le remite al jurado. Si ocurre lo segundo, «es sumamente deseable que entonces el asunto no se desgaje ni se retrase su enjuiciamiento». Para el señor Simons el interés de la justicia, es decir, la comodidad de las salas de acusación, los procuradores del Estado y los tribunales de jurados, vale más que el interés de la libertad y que la inviolabilidad de los representantes del pueblo.

A continuación el señor Simons pone bajo sospecha primero a los testigos de descargo de Valdenaire y luego al propio Valdenaire. Declara que su ausencia «no priva a la Asamblea de ningún talento», y luego lo declara inhabilitado para ocupar un escaño en la Asamblea mientras no se haya limpiado de toda sospecha de conspirar contra el gobierno o de rebelarse contra la fuerza armada. En cuanto al talento, según la lógica del señor Simons se podría detener a nueve décimas partes de la loable Asamblea igual que al señor Valdenaire sin privarla de talento alguno; y en lo que atañe al segundo argumento, hace ciertamente el mayor honor al señor Simons que nunca haya urdido «complots» contra el absolutismo ni se haya hecho culpable de «rebelión contra la fuerza pública» en las barricadas de marzo.

Después de que el señor Gräff, suplente de Valdenaire, demostrara de modo irrefutable que sobre Valdenaire no pesa sospecha alguna y que el acto en cuestión no es contrario a la ley (pues consistió en prestar ayuda, en el ejercicio de sus funciones, a la milicia cívica legalmente constituida que ocupaba las barricadas de Tréveris con el consentimiento del ayuntamiento), se levanta el señor Bauerband en apoyo del ministerio público.

El señor Bauerband4 tiene también un escrúpulo de mucho peso: «¿No prejuzgaría la convocatoria de Valdenaire el futuro veredicto de los jurados?». Profunda objeción, que la sencilla observación del señor Borchardt hace todavía más insoluble: ¿no prejuzgaría igualmente a los jurados el no convocar a Valdenaire? El dilema es en verdad tan profundo que un pensador de más fuerza aún que el señor Bauerband podría consagrar años en vano a resolverlo. Quizá solo haya en la Asamblea un hombre lo bastante fuerte para resolver el enigma: el diputado Baumstark.5

El señor Bauerband sigue alegando todavía un buen rato, con la mayor prolijidad y confusión posibles. Le responde brevemente el señor Borchardt. Tras él se levanta el señor Stupp para decir también contra Valdenaire tanto como que no tiene «en ningún aspecto nada (!) que añadir» a los discursos de Simons y Bauerband. Lo cual es para él, naturalmente, razón suficiente para seguir hablando hasta que lo interrumpe la petición de cerrar el debate. El señor Reichensperger II6 y el señor Wencelius hablan aún brevemente a favor de Valdenaire, y la Asamblea acuerda, como es sabido, convocarlo. El señor Valdenaire le ha jugado a la Asamblea la mala pasada de no atender a ese llamamiento.

El señor Borchardt presenta una moción: para impedir que se ejecuten las penas de muerte pendientes antes de que la Asamblea se haya pronunciado sobre la moción del señor Lisiecki7 para abolir la pena de muerte, que se resuelva sobre esta moción dentro de ocho días.

El señor Ritz opina que tan precipitado proceder no es parlamentario.

El señor Brill: si, como deseo, acordamos dentro de poco la abolición de la pena de muerte, sería sin duda muy poco parlamentario que entretanto se decapitara a alguien.

El presidente quiere cerrar la discusión, pero ya está en la tribuna el apreciado señor Baumstark, con la mirada encendida y en el rostro el rubor de una noble indignación.

«Señores, ¡permítanme decir una palabra seria! El asunto de que aquí se trata no es de tal naturaleza que uno pueda subir a la tribuna y hablar así, sin más, de decapitar como de una cosa poco parlamentaria» (la derecha, a la que decapitar le parece de lo más parlamentario, prorrumpe en un bravo atronador). «Es un asunto de la máxima, de la más seria importancia» (cosa que el señor Baumstark, como es sabido, dice de todo asunto sobre el que habla). «Otros parlamentos… los más grandes hombres de la legislación y de la ciencia» (es decir, «todos los filósofos del Estado, de Platón hasta Dahlmann»)8 «se han ocupado de ello incluso 200 o 300 años» (¿cada uno?) «y si quieren ustedes echar sobre nosotros el reproche de pasar con semejante ligereza por encima de una cuestión tan importante… (¡Bravo!). A mí no me mueve más que la conciencia… pero la cuestión es demasiado seria… ¡ocho días más verdaderamente no pueden importar aquí!»

La palabra seria del noble diputado Baumstark, a fuerza de máxima y más seria importancia del asunto, se trueca en la más ligera de las frivolidades. En efecto, ¿hay mayor frivolidad que discutir durante 200 o 300 años la abolición de la pena de muerte, como al parecer pretende el señor Baumstark, y entretanto seguir decapitando alegremente? «Ocho días más verdaderamente no pueden importar aquí», ¡y tampoco un par de cabezas que caigan en ese tiempo!

Por lo demás, el presidente del Consejo de Ministros9 declara que no hay intención de hacer ejecutar por ahora sentencias de muerte.

Tras algunos agudos escrúpulos reglamentarios del señor Schulze von Delitzsch,10 se rechaza la moción de Borchardt y se aprueba en cambio una enmienda del señor Nethe que recomienda celeridad a la comisión central.

El diputado Hildenhagen propone que, hasta que se presente el correspondiente proyecto de ley, el presidente cierre cada sesión con la fórmula solemne:

«Pero nosotros opinamos que el ministerio debe impulsar con el mayor celo la presentación de la nueva ley municipal».

Esta propuesta edificante no estaba hecha, por desgracia, para nuestros tiempos burgueses.

No somos romanos, fumamos tabaco.11

El intento de esculpir con la materia prima del señor presidente Grabow12 la figura clásica de un Apio Claudio y de aplicar el solemne ceterum censeo13 al régimen municipal fracasó entre «enormes risas».

Después de que el diputado Bredt, de Barmen, dirigiera aún, en tono bastante suave, tres interpelaciones al ministro de Comercio sobre la unión de toda Alemania en un único territorio aduanero y en una liga de navegación con derechos de navegación, y por último sobre aranceles protectores provisionales; después de que recibiera del señor Milde14 respuestas igualmente muy suaves, pero también muy insuficientes, el señor Gladbach cierra la sesión. El señor Schütze, de Lissa, había querido pedir que se le llamara al orden por el lenguaje enérgico que empleó con ocasión del desarme de los cuerpos francos,15 pero había retirado luego la moción. Sin embargo, el señor Gladbach desafía con gran desenvoltura al valiente Schütze y a toda la derecha y, para gran enojo de los viejos prusianos, cuenta una anécdota graciosa de un teniente prusiano que, dormido sobre el caballo, fue a parar entre los cuerpos francos. Estos lo saludaron con la canción «Duérmete, niño, duérmete», ¡y por eso había que llevarlos ante un consejo de guerra! El señor Schütze balbució unas palabras tan indignadas como inconexas, y con ello se levantó la sesión.

  1. La Asamblea Nacional prusiana, reunida en Berlín desde el 22 de mayo de 1848, había sido convocada para «acordar» (vereinbaren) la Constitución con la Corona; de ahí que la Neue Rheinische Zeitung la llame con sorna Vereinbarungsversammlung, «Asamblea pactista», y a sus sesiones y debates, «pactistas». ↩

  2. Viktor Valdenaire, diputado renano de la izquierda por la circunscripción de Tréveris, estaba detenido por su participación en los sucesos de Tréveris de mayo de 1848. La Neue Rheinische Zeitung ya había tratado el caso en «La detención de Valdenaire. Sebaldt». ↩

  3. Ludwig Simons, jurista de Elberfeld, diputado de la derecha; en 1849 fue ministro de Justicia de Prusia. ↩

  4. Johann Joseph Bauerband, jurista de Bonn, diputado de la derecha. ↩

  5. Eduard Baumstark, economista, profesor en Greifswald, diputado de la derecha. ↩

  6. Peter Reichensperger, jurista renano, diputado católico; se le llamaba «II» para distinguirlo de su hermano August. ↩

  7. Diputado polaco en la Asamblea Nacional prusiana. ↩

  8. Friedrich Christoph Dahlmann, historiador y politólogo liberal, diputado en la Asamblea Nacional de Fráncfort. ↩

  9. Rudolf von Auerswald, que presidía el gobierno prusiano desde finales de junio de 1848, con David Hansemann como ministro de Hacienda. ↩

  10. Hermann Schulze-Delitzsch, juez de Delitzsch, diputado del centro izquierda; más tarde, promotor de las cooperativas de crédito. ↩

  11. Verso de Heinrich Heine, del poema «Zur Beruhigung» («Para tranquilizarse»). ↩

  12. Wilhelm Grabow, alcalde de Prenzlau, presidente de la Asamblea Nacional prusiana. ↩

  13. «Por lo demás, opino…»: comienzo de la fórmula con que Catón el Viejo cerraba, según la tradición, todos sus discursos en el Senado romano («…que Cartago debe ser destruida»). ↩

  14. Karl August Milde, fabricante de Breslau, ministro de Comercio de Prusia. ↩

  15. Sobre esa sesión, véanse en la Neue Rheinische Zeitung los artículos «Debates pactistas» de julio de 1848. ↩