Escrito por Friedrich Engels en Colonia el 4 de agosto de 1848; publicado sin firma en la Neue Rheinische Zeitung, n.º 67, del 6 de agosto de 1848. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 5 (Berlín, 1971, pp. 309-314), por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.
**Colonia, 4 de agosto. La Asamblea de Berlín nos saca a la luz de vez en cuando toda clase de porquerías de la vieja Prusia, y precisamente ahora, cuando la caballería negra y blanca1 se vuelve cada día más insolente, tales revelaciones son muy útiles.
En la sesión del 21 de julio se volvió a hablar de las cargas feudales. A raíz de la moción de un diputado, la sección central propuso suspender los procedimientos o, en su caso, los pleitos pendientes de redención y de partición de bienes comunales,2 en parte de oficio y en parte a instancia de un interesado.
El diputado Dierschke3 entró en el modo en que se había hecho hasta entonces la redención. Expuso primero cómo la propia ordenanza de redención perjudicaba ya al campesino.
«Así, por ejemplo, se ha fijado de modo muy parcial la indemnización por los servicios de robot» (prestaciones personales). «No se ha tenido en cuenta que el salario del robot, que en siglos anteriores se estipuló en 1 o 2 silbergroschen,4 correspondía a los precios de entonces de los productos y a las circunstancias de la época, y por tanto tenía que considerarse un equivalente adecuado del trabajo asumido, de modo que ni el señorío ni el obligado al servicio tuvieran una ventaja preponderante. Pero a un jornalero libre hay que darle ahora 5 o 6 silbergroschen diarios en lugar de 2. Así pues, si uno de los interesados en la relación de servicio pide la redención, después de reducir previamente los días de robot a días de sustitución hay que pagar una diferencia de al menos 3 silbergroschen por día, es decir, por 50 días al año una renta de 4 a 5 táleros, que el pobre poseedor de una parcela no puede costear, pues a menudo apenas posee un cuarto de Morgen5 de tierra y no encuentra en otra parte ocasión suficiente de trabajo.»
Este pasaje del discurso del señor Dierschke da pie a toda clase de consideraciones que no son muy favorables para la tan célebre legislación liberal de 1807-1811.6
En primer lugar, resulta de él que las prestaciones personales (especialmente en Silesia, de la que habla el señor Dierschke) no son en absoluto una renta o un censo enfitéutico pagados en especie, ni una compensación por el uso del suelo, sino —a pesar del señor Patow y de Gierke—7 una pura «emanación del señorío feudal y de la servidumbre hereditaria», y que, por tanto, según los propios principios de estos grandes estadistas, tendrían que abolirse sin indemnización.
¿En qué consistía la obligación del campesino? En ponerse a disposición del señor durante ciertos días del año o para ciertos servicios. Pero de ningún modo gratis; recibía a cambio un salario que en su origen era exactamente igual al jornal del trabajo libre. La ventaja del señor no consistía, pues, en el trabajo gratuito o simplemente más barato del campesino, sino en tener trabajadores a su disposición por el salario corriente siempre que los necesitaba, sin estar obligado a ocuparlos cuando no los necesitaba. La ventaja del terrateniente no consistía en el valor en dinero de la prestación en especie, sino en la coacción a la prestación en especie; no consistía en el perjuicio económico, sino en la falta de libertad del campesino. ¡Y esa obligación no ha de ser una «emanación del señorío feudal y de la servidumbre hereditaria»!
No hay duda: por el carácter original de las prestaciones personales, estas tienen que abolirse sin indemnización, si Patow, Gierke y compañía quieren ser consecuentes.
Pero ¿cómo se presenta la cosa si consideramos su carácter actual?
Las prestaciones personales siguieron siendo las mismas durante siglos, y el salario del robot siguió siendo también el mismo. Pero los precios de los víveres subieron, y con ellos el salario del trabajo libre. La prestación personal, que al principio era económicamente igual de ventajosa para ambas partes, que incluso le procuraba a menudo al campesino un trabajo bien pagado para sus días ociosos, se convirtió poco a poco para él en una «verdadera carga real», por hablar en el lenguaje del señor Gierke, y en una ganancia directa en dinero para el señor. A la certeza de tener siempre a su disposición un número suficiente de trabajadores se le añadió el bonito pellizco que daba al salario de esos trabajadores. Mediante una estafa sistemática, mantenida durante siglos, se fue robando así a los campesinos una parte cada vez mayor de su salario, hasta que al final solo recibían un tercio o un cuarto. Supongamos que una granja campesina tenga la obligación de proporcionar un solo trabajador durante solo 50 días al año, y que el jornal haya subido en 300 años, de media, solo 2 silbergroschen: el señor habrá ganado con ese único trabajador 1.000 táleros enteros, más 7.500 táleros de intereses de 500 táleros durante 300 años al 5 por ciento, en total 8.500 táleros por un solo trabajador, ¡en un cálculo que no llega a la mitad de la realidad!
¿Qué se sigue de ahí? Que no es el campesino el que tiene que restituir al señor, sino el señor al campesino; que no es la granja campesina la que tendría que pagar una renta al feudo, sino el feudo a la granja campesina.
Pero no es así como juzgan los liberales prusianos de 1848. Al contrario, la conciencia jurídica prusiana declara que no es el noble el que tiene que indemnizar al campesino, sino el campesino al noble por la diferencia entre el salario del robot y el salario del trabajo libre. Precisamente porque el señor ha estafado al campesino durante tanto y tanto tiempo en la diferencia de salario, precisamente por eso el campesino tiene que indemnizar al señor por la estafa. Pues al que tiene se le dará, y al que no tiene se le quitará aun lo que tiene.8
Se calcula, pues, la diferencia de salario, se considera su importe anual como renta de la tierra, y en esa forma va a parar al bolsillo del señor. Si el campesino quiere redimirla, se capitaliza al 4 por ciento (ni siquiera al 5) y se paga ese capital, veinticinco veces la renta. Ya se ve que con los campesinos se procede de manera completamente comercial; nuestro cálculo anterior sobre las ganancias de la nobleza estaba, pues, enteramente justificado.
¡De ahí resulta que los campesinos tienen que pagar a menudo 4 o 5 táleros de renta por un cuarto de Morgen de tierra mala, mientras que un Morgen entero de tierra buena, libre de robot, se puede tener por tres táleros de renta anual!
La redención puede hacerse también cediendo un trozo de tierra de valor igual a la suma de capital que hay que pagar. Esto, naturalmente, solo pueden hacerlo los campesinos más grandes. En ese caso el señor recibe un trozo de tierra como prima por la habilidad y la constancia con que él y sus antepasados han estafado a los campesinos.
Esta es la teoría de la redención. Confirma por completo lo que ocurrió en todos los demás países donde se abolió gradualmente el feudalismo, y en particular en Inglaterra y Escocia: la transformación de la propiedad feudal en burguesa, del señorío feudal en capital, es siempre un nuevo y flagrante abuso en perjuicio del siervo y en favor del señor feudal. El siervo tiene que comprar siempre su libertad, y comprarla cara. El Estado burgués procede según el principio: gratis, solo la muerte.
Pero prueba todavía más.
La consecuencia necesaria de estas exigencias enormes a los campesinos es, en efecto, como señala el diputado Dane, que caen en manos de los usureros. La usura es la compañera necesaria de una clase de pequeños campesinos libres, como prueban Francia, el Palatinado y la provincia del Rin. La ciencia prusiana de la redención ha conseguido que los pequeños campesinos de las viejas provincias participen de las delicias de la opresión usuraria ya antes de ser libres. El gobierno prusiano ha sabido siempre someter a las clases oprimidas a la vez a la presión de las relaciones feudales y a la de las modernas relaciones burguesas, haciendo así el yugo doblemente pesado.
A esto se añade otro punto sobre el que también llama la atención el diputado Dane: los costes enormes, que suben tanto más cuanto más negligente y torpe es el comisario, pagado por sesiones.
«La ciudad de Lichtenau, en Westfalia, ha pagado 17.000 táleros por 12.000 Morgen y todavía no ha cubierto con ello los costes (!!).»
Viene la práctica de la redención, que lo confirma todavía más. Los comisarios de economía, sigue diciendo el señor Dierschke, es decir, los funcionarios que preparan la redención,
«aparecen en una triple calidad. En primer lugar, como funcionarios instructores; como tales oyen a las partes, establecen las bases de hecho de la redención y elaboran el cálculo de la indemnización. A menudo proceden en ello de forma muy parcial, y a menudo no tienen en cuenta las relaciones jurídicas existentes, porque en parte les faltan conocimientos de derecho. Además, aparecen en parte como peritos y testigos, al tasar por sí mismos, con plena autonomía, el valor de los objetos que hay que redimir. Por último, emiten su dictamen, que equivale casi a una sentencia, ya que la comisión general9 tiene por regla general que basarse en sus opiniones, derivadas del conocimiento del lugar.
Por último, los comisarios de economía no gozan de la confianza de la gente del campo, pues a menudo perjudican a las partes haciéndolas esperar horas y horas mientras ellos se dan un buen banquete en la mesa del señor» (que es él mismo parte) «y con ello despiertan muy especialmente la desconfianza de las partes contra ellos. Cuando por fin los Dreschgärtner10 son recibidos tras tres horas de espera, los comisarios de economía les sueltan muy a menudo un rapapolvo y rechazan con aspereza sus réplicas. Puedo hablar aquí por experiencia propia: he asistido en redenciones, como comisario de justicia, a los interesados campesinos. Así pues, hay que suprimir el poder dictatorial de los comisarios de economía. Tampoco puede justificarse la reunión de la triple calidad de instructor, testigo y juez en una sola persona.»
El diputado Moritz defiende a los comisarios de economía. El señor Dierschke responde: puedo decir que hay muchísimos entre ellos que posponen los intereses de los campesinos; yo mismo incluso he denunciado a algunos para que se les investigara y, si se me pide, puedo dar pruebas de ello.
El ministro Gierke se presenta, naturalmente, otra vez como defensor del sistema de la vieja Prusia y de las instituciones salidas de él. Naturalmente, también hay que volver a alabar a los comisarios de economía:
«¡Pero debo dejar al sentimiento de la Asamblea si es justo utilizar la tribuna para tales reproches, carentes de toda prueba, completamente infundados!»
¡Y el señor Dierschke ofrece pruebas!
Pero como Su Excelencia Gierke parece opinar que los hechos notorios pueden echarse abajo con afirmaciones ministeriales, traeremos próximamente algunas «pruebas» de que el señor Dierschke, lejos de exagerar, todavía no ha censurado ni de lejos con bastante dureza el proceder de los comisarios de economía.
Hasta aquí el debate. Las enmiendas presentadas fueron tan numerosas que hubo que devolver el informe con ellas a la sección central. El acuerdo definitivo de la Asamblea está, pues, todavía por ver.
Entre estas enmiendas hay una del señor Moritz que llama la atención sobre otra edificante medida del antiguo gobierno. Propone que se suspendan todos los procedimientos relativos a los tributos de los molinos.
En efecto, cuando en 1810 se acordó la abolición de los derechos de molienda obligatoria y de banalidad,11 se nombró al mismo tiempo una comisión para indemnizar a los molineros por quedar expuestos a la libre competencia. Ya esto era un acuerdo absurdo. ¿Se indemnizó acaso a los maestros de los gremios por la abolición de sus privilegios? Pero la cosa tiene sus razones particulares. Los molinos pagaban tributos extraordinarios por el disfrute de los derechos de molienda obligatoria y de banalidad, y en lugar de abolirlos sin más se les dio una indemnización y se dejaron en pie los tributos. La forma es absurda, pero en el fondo queda al menos una apariencia de derecho.
Ahora bien, en las provincias incorporadas desde 1815 se mantuvieron los tributos de los molinos, se abolieron los derechos de molienda obligatoria y de banalidad, y sin embargo no se dio ninguna indemnización. Esa es la igualdad ante la ley de la vieja Prusia. Es verdad que la ley de industrias suprime todos los tributos industriales, pero según la ordenanza industrial de 1845 y según la ley de indemnización, en caso de duda todos los tributos de los molinos deben considerarse no tributos industriales, sino tributos sobre la tierra. De esta confusión y de estas violaciones del derecho han salido innumerables pleitos; los tribunales se han contradicho unos a otros en sus sentencias, y el propio Tribunal Supremo ha dictado las sentencias más contradictorias. Qué tributos consideraba antes «tributos sobre la tierra» el ex poder legislativo lo muestra un caso citado por el señor Moritz: ¡un molino de Sajonia, al que, además de los edificios del molino, solo pertenece la fuerza del agua, pero no el suelo, está gravado con un «tributo sobre la tierra» de cuatro wispel12 de grano!
En efecto, dígase lo que se quiera, ¡Prusia ha sido siempre el Estado más sabio, más justo y mejor administrado!
Por los colores de Prusia: la nobleza terrateniente prusiana. ↩
La Gemeinheitsteilung, reparto en propiedad privada de las tierras comunales. ↩
Karl Dierschke, jurista silesio, diputado de la izquierda en la Asamblea Nacional prusiana. ↩
Moneda prusiana: treinta silbergroschen hacían un tálero. ↩
Medida agraria prusiana, de algo más de un cuarto de hectárea. ↩
Las reformas de Stein y Hardenberg, que a partir del edicto de octubre de 1807 abolieron la servidumbre personal en Prusia y abrieron la redención de las cargas campesinas mediante indemnización a los señores. ↩
Erasmus Robert von Patow, ministro de Comercio en el gobierno Camphausen, había elaborado un proyecto de abolición de las cargas feudales; Julius Gierke, ministro de Agricultura en el gobierno Auerswald-Hansemann, presentó en el verano de 1848 proyectos de ley que solo suprimían sin indemnización una parte de ellas. ↩
Mateo 13, 12. ↩
Las comisiones generales eran los organismos prusianos encargados de dirigir las redenciones y las particiones en cada provincia. ↩
En Silesia, campesinos pobres con una casa y un huerto, obligados a trillar el grano del señor por una parte de la cosecha. ↩
Derechos del señor o del molino a obligar a los habitantes de un distrito a moler su grano en un molino determinado. ↩
Medida prusiana de grano, de veinticuatro Scheffel, algo más de trece hectolitros. ↩