Serie de crónicas sin firma, escritas según la MEW por Friedrich Engels y publicadas en la Neue Rheinische Zeitung de Colonia entre el 8 de junio y el 26 de julio de 1848 (núm. 8, 34, 35, 37, 39, 41, 44, 45 y 56), con títulos que varían de una entrega a otra; la MEW las da como artículos independientes y aquí se reúnen en una página, cada una con su número y su fecha. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 5 (Berlín, 1971), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

Debates pactistas

Neue Rheinische Zeitung, n.º 8, 8 de junio de 1848.

**Colonia, 6 de junio. En la sesión pactista de Berlín1 del día 2, el señor Reuter presentó la propuesta de nombrar una comisión que investigara las causas de la guerra civil de Posen.2

El señor Parrisius pide que esta propuesta se debata enseguida.

El presidente quiere someterlo a votación cuando el señor Camphausen3 recuerda que la propuesta del señor Parrisius todavía no se ha debatido en absoluto:

«Así como yo, por mi parte, tengo que recordar que con la aprobación de aquella» (la del señor Reuter) «propuesta se aprobaría un importante principio político, que tiene derecho a pretender (sic!) ser examinado previamente en las secciones».

Esperamos con impaciencia el «importante principio» contenido en la propuesta de Reuter, que el señor Camphausen se guarda por ahora para sí.

Mientras tenemos que armarnos de paciencia a este respecto, se entabla una charla campechana entre el que preside (el señor Esser, vicepresidente) y varias «voces» sobre si es admisible o no un debate sobre la propuesta de Parrisius. El señor Esser lucha con argumentos como el siguiente, que suenan curiosos en boca del presidente de una soi-disant4 Asamblea Nacional: «¡Yo me había figurado que sobre todo lo que decide la Asamblea es admisible una discusión!».

«¡Yo me había figurado!» El hombre propone y el señor Camphausen dispone,5 redactando reglamentos de los que nadie saca nada en claro y haciéndoselos aprobar provisionalmente a su Asamblea.

Esta vez el señor Camphausen fue clemente. Necesitaba la discusión. Sin la discusión, tal vez habría salido adelante la propuesta de Parrisius, la de Reuter, es decir, se le habría dado un voto indirecto de censura. Y, peor todavía, ¿qué habría sido sin discusión de su «importante principio político»?

Así que se discute.

El señor Parrisius desea que la propuesta principal se debata inmediatamente, para que no se pierda tiempo y para que la comisión pueda informar a ser posible antes del debate del mensaje. De lo contrario, en el mensaje se juzgaría sobre Posen sin conocimiento alguno de los hechos.

El señor Meusebach se pronuncia en contra, aunque todavía con bastante suavidad.

Pero ahora se levanta el señor Ritz, impaciente por acabar con la subversiva propuesta de Reuter. Es consejero de gobierno real prusiano y no tolera que unas asambleas, aunque sean asambleas para el pacto, se metan en su negociado. Solo conoce una autoridad que pueda hacerlo, y es la presidencia superior de la provincia. Para él no hay nada por encima de la vía jerárquica.

«¿Cómo?», exclama. «¿Quieren ustedes, señores, enviar una comisión a Posen? ¿Quieren ustedes convertirse en autoridad administrativa o judicial? Señores, no veo por la propuesta qué es lo que quieren ustedes hacer. ¿Quieren ustedes pedir expedientes al general en jefe» (¡qué sacrilegio!) «o a la autoridad judicial» (¡espantoso!), «o incluso a la autoridad administrativa?» (Ante este pensamiento, al consejero de gobierno se le paraliza el entendimiento.) «¿Quieren ustedes que una comisión improvisada» (y que tal vez no ha aprobado ni un solo examen) «lleve la investigación sobre todo esto, de lo que nadie tiene todavía ideas claras?» (El señor Ritz probablemente solo nombra comisiones para investigar aquello de lo que todo el mundo tiene ideas claras.) «Un asunto tan importante, en el que ustedes se arrogan derechos que no les corresponden...» (Interrupción.)

¡Qué decir de este consejero de gobierno de pura cepa, de este hijo de la mesa verde en quien no hay doblez! Es como aquel provinciano de la estampita de Cham6 que, tras la revolución de febrero, llega a París, ve los carteles en las paredes con el encabezamiento «République française» y va a ver al fiscal general para denunciar a los agitadores contra el gobierno del rey. El hombre se había pasado todo ese tiempo durmiendo.

También el señor Ritz ha estado durmiendo. La palabra tonante «comisión de investigación para Posen» lo despierta bruscamente, y, todavía amodorrado, el asombrado hombre exclama: ¿quieren ustedes arrogarse derechos que no les corresponden?

El señor Duncker considera superflua una comisión de investigación, «puesto que la comisión del mensaje tiene que pedir al ministerio las aclaraciones necesarias». Como si la comisión no estuviera precisamente para comparar las «aclaraciones» del ministerio con los hechos.

El señor Bloem7 habló de la urgencia de la propuesta. El asunto tenía que estar resuelto antes de que se deliberara el mensaje. Se hablaba de comisiones improvisadas. El señor Hansemann también había improvisado ayer una cuestión de gabinete, y, sin embargo, se había votado.

El señor Hansemann,8 que probablemente había estado pensando durante todo este desagradable debate en su nuevo plan financiero, fue despertado bruscamente de sus sonoros sueños al oír su nombre. Era evidente que no sabía en absoluto de qué se hablaba. Pero lo habían nombrado y tenía que hablar. Solo le quedaban en la memoria dos puntos de apoyo: el discurso de su superior Camphausen y el del señor Ritz. Con ambos compuso, tras algunas palabras vacías sobre la cuestión del mensaje, la siguiente obra maestra de la elocuencia:

«Precisamente que todavía no se sepa todo lo que tendrá que hacer la comisión, si tendrá que enviar miembros de su seno al Gran Ducado, si tendrá que ocuparse de esto o de aquello, eso demuestra la gran importancia de la cuestión que nos ocupa (!). Decidirla ahora aquí mismo significa llevar a decisión de manera improvisada una de las cuestiones políticas más importantes. No creo que la Asamblea vaya a seguir ese camino; tengo confianza en que, prudentemente, etc.».

¡Cuánto tiene que despreciar el señor Hansemann a toda la Asamblea para arrojarle semejantes razonamientos! Queremos nombrar una comisión que tal vez tenga que ir a Posen, o tal vez no. Precisamente porque no sabemos si tendrá que quedarse en Berlín o ir a Posen, por eso esta cuestión de si debe nombrarse una comisión es de gran importancia. ¡Porque es de gran importancia, por eso es una de las cuestiones políticas más importantes!

Pero cuál es esa cuestión política más importante, eso el señor Hansemann se lo guarda por ahora para sí, igual que el señor Camphausen su importante principio político. ¡Armémonos de paciencia otra vez!

El efecto de la lógica de Hansemann es tan demoledor que todo el mundo pide enseguida el cierre del debate. Y entonces se produce la escena siguiente:

El señor Jung9 pide la palabra en contra del cierre.

El presidente: Me parece inadmisible conceder la palabra para eso.

El señor Jung: En todas partes se acostumbra a poder hablar en contra del cierre.

El señor Temme10 lee el § 42 del reglamento provisional, según el cual el señor Jung tiene razón y el presidente no.

El señor Jung obtiene la palabra: Estoy en contra del cierre porque el ministro ha tenido la última palabra. La palabra del ministro es de la mayor importancia, porque arrastra a un gran partido hacia un lado, porque a un gran partido no le gusta desautorizar a un ministro...

Un «¡oh, oh!» general y prolongado. Se alza en la derecha un ruido espantoso.

El señor Moritz, procurador judicial, desde su escaño: ¡Pido que se llame al orden a Jung, ha incurrido en ataques personales contra toda la Asamblea! (!)

Otra voz de la «derecha» grita: Yo también lo pido y protesto contra...

El ruido es cada vez mayor. Jung hace todo lo que puede, pero es imposible hacerse oír. Pide al presidente que le mantenga el uso de la palabra.

Presidente: Puesto que la Asamblea ha juzgado, mi función ha concluido. (!!)

El señor Jung: La Asamblea no ha juzgado; antes tiene usted que someterlo formalmente a votación.

El señor Jung tiene que retirarse. El ruido no cesa hasta que abandona la tribuna.

Presidente: El último orador parece (!) haber hablado en contra del cierre. Cabe preguntar si alguien más quiere hablar a favor del cierre.

El señor Reuter: El debate sobre el cierre o no cierre nos cuesta ya quince minutos; ¿no podríamos dejarlo?

Acto seguido, el orador vuelve a tratar de la urgencia de la comisión que se ha de nombrar. Esto obliga al señor Hansemann a adelantarse de nuevo y a dar por fin explicaciones sobre su «cuestión política más importante».

El señor Hansemann: ¡Señores! Se trata de una de las mayores cuestiones políticas, a saber, de si la Asamblea tiene ganas de meterse en un camino que puede llevarla a conflictos esenciales.

¡Por fin! El señor Hansemann, como Duchâtel11 consecuente, volvió a declarar, como era de esperar, que la cuestión era una cuestión de gabinete. Todas las cuestiones solo tienen para él el significado de ser cuestiones de gabinete, ¡y la cuestión de gabinete es para él, naturalmente, «la más grande de las cuestiones políticas»!

El señor Camphausen no parece estar contento esta vez con este método sencillo y abreviado. Toma la palabra.

«Hay que señalar que la Asamblea» (sobre Posen) «podría estar ya informada si el diputado hubiera tenido a bien presentar una interpelación» (pero se deseaba convencerse por uno mismo). «Esa sería la manera más rápida de procurarse aclaraciones» (¿pero cuáles?)... «Termino declarando que toda la propuesta no es otra cosa sino que la Asamblea ha de decidir la cuestión de si debemos formar comisiones de investigación para estos o para otros fines; que esta cuestión sea maduramente meditada y examinada, con eso estoy completamente de acuerdo; no, en cambio, con que se traiga aquí a discusión tan de repente».

¡Este es, pues, el «importante principio político»: la cuestión de si la Asamblea pactista tiene derecho a formar comisiones de investigación o si quiere negarse a sí misma ese derecho!

Las cámaras francesas e inglesas han formado desde siempre tales comisiones (select committees) de investigación (enquête, parliamentary inquiry), y los ministros decentes nunca han tenido nada en contra. Sin tales comisiones, la responsabilidad ministerial es una frase vacía. ¡Y el señor Camphausen les disputa ese derecho a los pactistas!

Basta. Hablar es fácil, pero votar es difícil. Se llega al cierre, se quiere votar, surgen innumerables dificultades, dudas, sutilezas y escrúpulos de conciencia. Pero ahorrémoselos a nuestros lectores. Después de mucho ir y venir, se rechaza la propuesta de Parrisius y la de Reuter pasa a las secciones. ¡Descanse en paz!

Debates de la Asamblea pactista

Neue Rheinische Zeitung, n.º 34, 4 de julio de 1848.

Colonia, 2 de julio. Tras la tragedia, el idilio; tras el trueno de las jornadas de junio en París, el redoble de tambor de los pactistas12 de Berlín. Habíamos perdido por completo de vista a estos señores, y ahora descubrimos que en el mismo momento en que Cavaignac13 cañoneaba el faubourg Saint-Antoine, el señor Camphausen14 pronunciaba un melancólico discurso de despedida y el señor Hansemann15 sometía a la Asamblea el programa del nuevo ministerio.

Observamos ante todo con satisfacción que el señor Hansemann ha seguido nuestro consejo y no se ha hecho presidente del gobierno.16 Ha comprendido que es más grande hacer presidentes del gobierno que serlo.

El nuevo ministerio es y sigue siendo, pese al testaferro (prête-nom) Auerswald,17 el ministerio Hansemann. Se da a conocer como tal al presentarse como el Ministerio de la Acción, de la ejecución. ¡El señor Auerswald, en verdad, no tiene ninguna pretensión de ser ministro de la acción!

El programa del señor Hansemann es conocido. No entramos en sus puntos políticos: ya se han convertido en pasto de los periódicos alemanes, más o menos pequeños. Solo hay un punto al que nadie se ha atrevido, y para que el señor Hansemann no salga perdiendo, vamos a ocuparnos de él.

El señor Hansemann declara:

«Para reanimar la actividad económica, y por lo tanto para poner fin a la miseria de las clases trabajadoras manuales, no hay por ahora medio más eficaz que el restablecimiento de la confianza debilitada en el mantenimiento del orden legal y en el pronto y firme establecimiento de la monarquía constitucional. Al perseguir este fin con todas nuestras fuerzas, combatimos por tanto del modo más seguro el paro y la miseria.»

Ya al principio de su programa había dicho el señor Hansemann que con este fin presentaría nuevas leyes represivas, en la medida en que la antigua legislación (¡la del Estado policial!) no bastara.

Está bastante claro. ¡La antigua legislación despótica no basta! ¡No es al ministro de Obras Públicas ni al ministro de Hacienda, sino al ministro de la Guerra a quien compete aliviar la miseria de las clases trabajadoras! Leyes represivas en primera línea, metralla y bayonetas en segunda: en efecto, «¡no hay medio más eficaz!». ¿Tendrá ganas el señor Schreckenstein,18 cuyo solo nombre, según aquella petición westfaliana, infunde espanto a los agitadores, de proseguir sus hazañas de Tréveris y convertirse en un Cavaignac a escala prusiana reducida?

Pero el señor Hansemann tiene otros medios además de este, el «más eficaz»:

«Pero para ello es también necesario proporcionar ocupación mediante obras públicas que reporten verdadero provecho al país.»

El señor Hansemann va a ordenar, pues, «obras mucho más amplias aún en beneficio de todas las clases trabajadoras del pueblo» que el señor Patow.19 Pero lo hará «en cuanto el ministerio consiga disipar los temores de un derrumbe del orden estatal alimentados por los disturbios y las incitaciones, y restablecer la confianza general necesaria para obtener los recursos precisos».

El señor Hansemann no puede por el momento emprender obras porque no puede conseguir dinero. Solo podrá conseguir dinero cuando se haya restablecido la confianza. Pero en cuanto se haya restablecido la confianza, los obreros estarán ocupados, como él mismo dice, y el gobierno ya no necesitará proporcionarles ocupación.

En este círculo, en modo alguno vicioso, sino muy burguesamente virtuoso, giran las medidas del señor Hansemann para aliviar la miseria. Por el momento el señor Hansemann no tiene nada que ofrecer a los obreros sino leyes de septiembre20 y un Cavaignac en tamaño reducido. En efecto, ¡es un ministerio de la acción!

No entraremos más en el reconocimiento de la revolución que hace el programa. El «bien informado corresponsal G.» de la Kölnische Zeitung ya ha dado a entender al público hasta qué punto ha salvado el señor Hansemann el terreno del derecho21 en beneficio de los publicistas vecinos. Lo que el señor Hansemann ha reconocido de la revolución es que en el fondo no fue una revolución.

Apenas había terminado el señor Hansemann cuando se levantó el presidente del gobierno, Auerswald, que también tenía que decir algo. Sacó una nota escrita y leyó aproximadamente lo siguiente, aunque sin rima ni razón:

¡Señores! Me siento feliz hoy
de hallarme entre vosotros,
donde tantas almas nobles
me salen al encuentro aullando de amor.

Lo que en este instante
siento es inconmensurable;
¡ay!, esta hermosa hora
nunca la podré olvidar.22

Hacemos notar que con ello hemos dado aún la interpretación más favorable a la nota, bastante incomprensible, del señor presidente del gobierno.

Apenas ha terminado el señor Auerswald, nuestro Hansemann vuelve a ponerse en pie para demostrar, planteando una cuestión de confianza, que sigue siendo el de siempre. Pide que el proyecto de mensaje23 vuelva a la comisión, y dice:

«La acogida que esta primera propuesta encuentre en la Asamblea dará la medida de la mayor o menor confianza con que la alta Asamblea recibe al nuevo ministerio.»

Aquello ya era demasiado. El diputado Weichsel, sin duda lector de la Neue Rheinische Zeitung, corre enfurecido a la tribuna y formula una protesta resuelta contra este método invariable de la cuestión de confianza. Hasta ahí, muy bonito. Pero cuando un alemán ha tomado una vez la palabra, no se la deja quitar tan pronto, y así el señor Weichsel se explayó en un largo discurso sobre esto y aquello, sobre la revolución, el año 1807 y el año 1815, sobre un corazón caliente bajo un blusón y varios asuntos más. Todo ello porque «era necesario que se explicara». Un alboroto tremendo, mezclado con algunos bravos de la izquierda, obligó al buen hombre a bajar de la tribuna.

El señor Hansemann aseguró a la Asamblea que el ministerio no tenía en absoluto la intención de plantear a la ligera cuestiones de confianza. Además, esta vez no se trataba de una cuestión de confianza entera, sino solo de media, que por tanto no valía la pena seguir discutiendo.

Se entabla entonces un debate como pocas veces se ve. Todo el mundo habla a la vez y la discusión salta de una cosa a otra sin orden ni concierto. Cuestión de confianza, orden del día, reglamento, nacionalidad polaca, aplazamiento, con sus respectivos bravos y alborotos, se entrecruzaron durante un rato. Por fin el señor Parrisius observa que el señor Hansemann ha presentado una propuesta en nombre del ministerio, cuando el ministerio como tal no puede presentar propuestas, sino solo hacer comunicaciones.

El señor Hansemann responde: se ha expresado mal; la propuesta no es en el fondo una propuesta, sino un simple deseo del ministerio.

¡La grandiosa cuestión de confianza se reduce, pues, a un simple «deseo» de los señores ministros!

El señor Parrisius salta desde el lado izquierdo a la tribuna. El señor Ritz, desde el derecho. Arriba se encuentran. El choque es inevitable —ninguno de los dos héroes quiere ceder—, pero entonces toma la palabra el presidente de la sesión, el señor Esser, y los dos héroes dan media vuelta.

El señor Zachariä hace suya la propuesta del ministerio y pide que se debata de inmediato.

El señor Zachariä, peón servicial de este ministerio como del anterior, que ya en la moción Berends24 se presentó como ángel salvador con una enmienda planteada en el momento oportuno, no encuentra nada más que decir para justificar su propuesta. Lo que ha dicho el señor ministro de Hacienda basta y sobra.

Se entabla entonces un debate bastante largo, con las indispensables enmiendas, interrupciones, tamborileos, golpes y sutilezas reglamentarias. No se nos puede pedir que guiemos a nuestros lectores por este laberinto; solo podemos abrirles algunas de las perspectivas más amenas de este embrollo.

  1. El diputado Waldeck25 nos enseña: el mensaje no puede volver a la comisión, porque la comisión ya no existe.

  2. El diputado Hüffer expone: el mensaje no es una respuesta a la Corona, sino a los ministros. Los ministros que hicieron el discurso de la Corona ya no existen; ¿cómo vamos a responder a alguien que ya no existe?

  3. El diputado d'Ester26 saca de ahí, en forma de enmienda, la siguiente conclusión: la Asamblea tenga a bien renunciar al mensaje.

  4. Esta enmienda es eliminada por el presidente de la sesión, Esser, de la siguiente manera: esta propuesta parece ser una moción nueva y no una enmienda.

Este es todo el esqueleto del debate. En torno a este esqueleto flaco se agrupa, sin embargo, una masa de carne esponjosa en forma de discursos de los señores ministros Rodbertus27 y Kühlwetter28 y de los señores diputados Zachariä, Reichensperger II, etc.

La situación es de lo más extraña. Como dice el propio señor Rodbertus, es «inaudito en la historia de los parlamentos que un ministerio dimita cuando el proyecto de mensaje estaba presentado y debía empezar su debate». En general, Prusia tiene la suerte de que en sus seis primeras semanas parlamentarias no hayan ocurrido casi más que cosas «inauditas en la historia de los parlamentos».

El señor Hansemann está en el mismo aprieto que la Cámara. El mensaje, ostensiblemente una respuesta al discurso de la Corona de Camphausen y Hansemann, ha de ser en realidad una respuesta al programa de Hansemann y Auerswald. La comisión, complaciente con Camphausen, ha de mostrar por eso la misma complacencia con el señor Hansemann. La única dificultad es hacer tragar a la gente esta exigencia «inaudita en la historia de los parlamentos». Se movilizan todos los medios. Rodbertus, esa arpa eólica del centro izquierda, susurra sus notas más suaves. Kühlwetter apacigua en todas direcciones: es posible, dice, que al examinar de nuevo el proyecto de mensaje «se llegue al convencimiento de que tampoco ahora hay que hacer ninguna modificación (!), pero para adquirir este convencimiento» (!!) el proyecto tiene que volver otra vez a la comisión. Por último, el señor Hansemann, a quien este largo debate aburre como siempre, corta el nudo diciendo sin rodeos por qué ha de volver el proyecto a la comisión: no quiere que las nuevas modificaciones se cuelen por la puerta trasera como enmiendas ministeriales; han de entrar pavoneándose en la sala por la gran puerta de dos hojas, abierta de par en par, como propuestas de la comisión.

El presidente del gobierno declara que es necesario que «el ministerio colabore de manera constitucional en el proyecto de mensaje». Qué significa esto y en qué constituciones piensa con ello el señor Auerswald, no somos capaces de decirlo ni después de mucho reflexionar. Tanto menos cuanto que Prusia, en este momento, no tiene constitución alguna.

Del lado contrario solo hay que mencionar dos discursos: los de los señores d'Ester y Hüffer. El señor d'Ester ha parodiado con mucho acierto el programa del señor Hansemann aplicando al muy abstracto programa las desdeñosas expresiones que este había empleado antes contra las abstracciones, las inútiles disputas de principios, etc. D'Ester invitó al Ministerio de la Acción a «pasar por fin a la acción y dejar de lado las cuestiones de principio». Su propuesta, la única razonable del día, ya la hemos mencionado antes.

El señor Hüffer, que fue quien expresó con más agudeza el punto de vista acertado respecto al mensaje, lo formuló también con la mayor agudeza respecto a la exigencia del señor Hansemann: el ministerio pide que, por confianza en él, devolvamos el mensaje a la comisión, y hace depender su existencia de esta decisión. Pero un ministerio solo puede pedir un voto de confianza para actos que él mismo realiza, y no para actos que exige de la Asamblea.

En resumidas cuentas: el señor Hansemann pidió un voto de confianza, y la Asamblea, para ahorrarle un disgusto al señor Hansemann, votó una censura indirecta a su propia comisión del mensaje. Bajo el Ministerio de la Acción, los señores diputados aprenderán pronto qué cosa es el famoso Treasury-Whip (el látigo ministerial).29

Debates de la Asamblea pactista

Neue Rheinische Zeitung, n.º 35, 5 de julio de 1848.

Colonia, 4 de julio. Llegamos hoy a la sesión de la Asamblea pactista del 28 de junio. La Asamblea tiene ante sí un nuevo presidente,30 un nuevo reglamento y nuevos ministros. Ya puede imaginarse uno lo grande que es la confusión.

Tras largos debates previos, reglamentarios y de otra clase, toma por fin la palabra el diputado Gladbach. Hace unos días, la soldadesca prusiana desarmó por la fuerza en Spandau, e incluso detuvo a algunos, a los voluntarios de la 6.ª compañía del cuerpo franco, disuelta por sus convicciones republicanas, que volvían de Schleswig-Holstein.31 No tenía para ello motivo legal alguno ni poder legal alguno. Los militares, legalmente, no pueden en absoluto emprender por su cuenta actos semejantes. Pero la mayoría de esos voluntarios eran combatientes de las barricadas de Berlín, y los señores de la Guardia tenían que vengarse de ellos.

El señor Gladbach interpeló al ministerio por este acto de despotismo militar.

El ministro de la Guerra, Schreckenstein, declara que no sabe nada de ello y que debe reservarse el pedir un informe a la autoridad correspondiente.

¡Así que el pueblo paga a un ministro de la Guerra para que el día 28 en Berlín no sepa todavía qué pasos dieron los militares el día 25 en Spandau, a tres horas de Berlín, y para que, a tres horas de Berlín, delante de sus narices, por así decir, los tenientes de la Guardia ocupen estaciones de ferrocarril y quiten al pueblo armado las armas que le pertenecen, las que conquistó en el campo de batalla, sin dignarse siquiera honrar al señor ministro de la Guerra con un parte! Pero, claro está, el señor teniente coronel Schlichting, que llevó a cabo esta hazaña, actuaba según «instrucciones» que recibe probablemente de Potsdam,32 y adonde probablemente también envía sus partes.

¡Mañana, suplica el bien informado ministro de la Guerra, mañana quizá pueda dar una respuesta!

Sigue una interpelación de Zacharias: el ministerio ha prometido un proyecto de ley sobre la milicia cívica. ¿Se basará este proyecto en el principio del armamento general del pueblo?

El nuevo ministro del Interior, el señor Kühlwetter, responde: ciertamente hay una ley sobre la milicia cívica, pero todavía no se ha deliberado en el ministerio, y por eso no puede decir nada más concreto sobre ella.

¡Así que el nuevo ministerio se ha formado con tanta precipitación, se ha puesto tan poco de acuerdo sobre los principios rectores, que ni siquiera la cuestión candente del armamento del pueblo ha llegado a debatirse!

Una segunda interpelación del diputado Gladbach se refería al nombramiento definitivo de alcaldes y otros funcionarios por las autoridades que hasta ahora tenían ese encargo. Como toda la administración anterior subsiste solo con carácter interino, tampoco podrá cubrir las vacantes que se produzcan más que con carácter interino, hasta que la legislación haya establecido cómo y por quién han de ser nombradas las distintas autoridades. Y sin embargo se ha nombrado con carácter definitivo a alcaldes y otros funcionarios.

El ministro Kühlwetter se declara en general de acuerdo con el señor Gladbach y solo hará nombrar alcaldes provisionales.

Otra interpelación del señor Gladbach, sobre la suspensión de los muchos funcionarios odiados por sus administrados, algunos de los cuales, sobre todo en el campo, habían sido expulsados en el primer celo revolucionario, es escamoteada con habilidad por el señor presidente Grabow.

Tras algunas discusiones reglamentarias pasó al orden del día la interpelación del diputado Dierschke sobre el mensaje de Köslin y su difusión por parte de las regencias y de las oficinas de los Landräte.33 Pero el señor diputado había olvidado por completo que su moción estaba en el orden del día y por eso no había traído tampoco los papeles necesarios para fundamentarla. No le quedó, pues, más remedio que explayarse en algunas frases generales sobre la reacción, recibir una respuesta sumamente insatisfactoria del ministro y oír luego al presidente decirle que sin duda quedaría satisfecho.

Pero aún tiene que plantear una segunda interpelación: si los ministros se proponían hacer frente a los intentos de reacción de la nobleza y del partido de los funcionarios.

Parece que también para esto ha olvidado los papeles. De nuevo, en lugar de hechos, aduce frases declamatorias, y no sabe pedir al ministerio nada mejor que una proclama contra la reacción.

El señor Kühlwetter responde, naturalmente, que los sentimientos de los propietarios de fincas señoriales y de los funcionarios no le incumben, sino solo sus actos; que esa gente tiene la misma libertad que el señor Dierschke, y que, por lo demás, el señor Dierschke haga el favor de aducir hechos. La necia idea de un «decreto» contra la reacción la rechaza con la debida altivez. El señor Dierschke aduce entonces como hecho que en su distrito, el de Ohlau, el Landrat ha dicho que la Asamblea Nacional no se pondrá de acuerdo hasta que la peguen a cañonazos de metralla, y que su diputado (el propio Dierschke) ha manifestado que ahorcar a un ministro es una nadería.

De ahí concluyó el presidente que el señor Dierschke se daba por satisfecho también en lo relativo a la segunda interpelación, y el señor Dierschke no tuvo nada que objetar.

Pero el señor Hansemann no se da por satisfecho. Reprocha al orador haberse apartado de la cuestión. «Deja al juicio de la Asamblea hasta qué punto considera oportuno que se formulen acusaciones personales contra funcionarios sin aportar al mismo tiempo pruebas de ellas».

Con este altivo desafío, y entre sonoros bravos de la derecha y de los centros, el señor Hansemann vuelve a sentarse.

El diputado Elsner34 presenta una moción urgente. Debe nombrarse de inmediato una comisión que investigue la situación de los hilanderos y tejedores y de toda la manufactura prusiana del lino.

El señor Elsner cuenta a la Asamblea, en una exposición breve y contundente, cómo el antiguo gobierno sacrificó la industria del lino, en cada caso concreto, a intereses, o más bien a ocurrencias, dinásticos y legitimistas. España, México, Polonia y Cracovia sirvieron de pruebas.

Por suerte, los hechos eran contundentes y solo afectaban al antiguo gobierno. Por eso nadie puso dificultades; el gobierno se puso de antemano a disposición de la comisión, y la moción fue aprobada por unanimidad.

Sigue la interpelación de d'Ester sobre los polacos rapados.35

D'Ester declara que no quiere solo aclaraciones sobre el hecho, sino específicamente sobre las medidas tomadas por el ministerio contra ese proceder. Por eso no se dirige tampoco al ministro de la Guerra, sino al ministerio entero.

El señor Auerswald: si d'Ester no desea que se le responda sobre el caso concreto, «el ministerio no tiene ningún interés» en entrar en él.

¡De verdad, el ministerio no tiene ningún «interés» en entrar en la cuestión! ¡Qué novedad! En efecto, las interpelaciones suelen hacerse solo sobre cuestiones en las que «el ministerio» no tiene en absoluto «ningún interés» en entrar. Precisamente porque no tiene ningún interés en responderlas, precisamente por eso, señor presidente del gobierno, se interpela al ministerio.

Por lo demás, el señor presidente del gobierno debió de creer que no se encontraba entre sus superiores, sino entre sus subalternos. ¡Intenta hacer depender la respuesta a una pregunta del interés que tenga en ella, no la Asamblea, sino el ministerio!

Solo a la inexperiencia del señor presidente Grabow atribuimos que no llamara al orden al señor Auerswald por esta arrogancia burocrática.

Por lo demás, el presidente del gobierno aseguró que se haría frente con energía al rapado de polacos, pero que los detalles solo podría comunicarlos más adelante.

D'Ester accede con mucho gusto al aplazamiento, pero desea que se indique el día en que Auerswald quiere responder.

El señor Auerswald, que debe de ser duro de oído, responde: creo que en mi declaración no hay nada que indique que el ministerio no quiera volver más adelante sobre ello (!); el día no puede fijarlo todavía.

Behnsch y d'Ester declaran, por lo demás, expresamente que piden aclaraciones también sobre el hecho mismo.

Sigue luego la segunda interpelación de d'Ester: ¿qué significan los armamentos en la provincia del Rin, y en particular en Colonia, y acaso se ha hecho necesario cubrir la frontera francesa?

El señor Schreckenstein responde: con excepción de algunos reservistas, desde hace meses no han ido tropas al Rin. (Ciertamente, valeroso Bayard,36 pero hacía mucho que había demasiadas.) Se artillan todas las fortalezas, no solo Colonia, para que la patria no corra peligro.

¿Así que, si en Colonia no se meten las tropas en los fuertes, donde no tienen nada que hacer y están muy mal alojadas, si la artillería no recibe fusiles, si a las tropas no se les da pan para ocho días por adelantado, si la infantería no recibe cartuchos con bala y la artillería metralla y balas, la patria está en peligro? ¡Según el señor Schreckenstein, la patria solo está fuera de peligro cuando Colonia y otras grandes ciudades están en peligro!

Por lo demás, «¡todos los movimientos de tropas tienen que quedar confiados exclusivamente al criterio de un militar, del ministro de la Guerra, pues de lo contrario este no puede ser responsable!».

¡Uno cree estar oyendo a una jovencita a la que se ha tocado en su virtud, y no al Bayard prusiano pro tempore, sin miedo y sin tacha, el barón del Imperio Roth von Schreckenstein, de nombre espantable!

Cuando el diputado doctor en medicina d'Ester, que es en verdad un enano al lado del formidable barón del Imperio Roth von Schreckenstein, pregunta a dicho Schreckenstein qué significa esta o aquella medida, el gran barón del Imperio cree que el pequeño doctor en medicina quiere quitarle la libre disposición sobre el despliegue de las tropas, ¡y entonces ya no podría ser responsable!

En resumidas cuentas: el señor ministro de la Guerra declara que no se le debe pedir cuentas, porque de lo contrario no podría en absoluto ser responsable.

Por lo demás, ¡qué pesa la interpelación de un diputado frente al «criterio de un militar, y nada menos que de un ministro de la Guerra»!

D'Ester se declara, desde luego, no satisfecho, pero saca de la respuesta de Schreckenstein la conclusión de que los armamentos se han hecho para proteger la frontera francesa.

El presidente del gobierno, Auerswald, protesta contra esta conclusión.

Si se artillan todas las fortalezas fronterizas, es de suponer que se «cubren» todas las fronteras. Si se cubren todas las fronteras, es de suponer que también se «cubre» la frontera francesa.

El señor Auerswald admite las premisas y «no acepta en nombre del ministerio de Estado» la conclusión.

Nosotros, en cambio, «aceptamos en nombre» del sentido común que el señor Auerswald no solo es duro de oído.

D'Ester y Pfahl protestan en el acto. Reichenbach37 declara que Neisse, la fortaleza más importante de Silesia hacia el este, no se está artillando en absoluto y se halla en el estado más lamentable. Cuando da detalles sobre ello, la derecha, apoyada por los centros, arma un alboroto tremendo, y Reichenbach tiene que abandonar la tribuna.

El señor Moritz:

«El conde Reichenbach no ha indicado ningún motivo por el que haya tomado la palabra (!). Por el mismo motivo, creo, puedo tomar yo también la palabra (!!). Considero antiparlamentario, e inaudito hasta ahora en la historia de los parlamentos, poner de este modo… (gran agitación) al ministerio en apuros, sacar a relucir cosas que no son para el público… no se nos ha enviado aquí para poner a la patria en peligro.» (Estruendo tremendo. Nuestro Moritz tiene que bajar de la tribuna.)

El diputado Esser I calma el tumulto con una disquisición tan profunda como oportuna sobre el artículo 28 del reglamento.

El señor Moritz protesta: ¡no quería rectificar un hecho, sino solo «hablar por el mismo motivo que el conde Reichenbach»! El lado conservador sale en su defensa y le otorga38 un sonoro bravo, mientras la extrema izquierda, en cambio, tamborilea.

Auerswald:

«¿Es oportuno discutir tales detalles sobre la capacidad defensiva del Estado prusiano, en particular o en conjunto?»

Observamos, en primer lugar, que no se ha hablado de la capacidad defensiva, sino de la indefensión del Estado. En segundo lugar, que lo inoportuno está en que el ministro de la Guerra se arme contra el interior y no contra el exterior, y no en que se le recuerde su deber.

La derecha se aburre espantosamente y pide a gritos el cierre. El presidente declara, entre toda clase de alboroto, que el asunto está despachado.

En el orden del día figura una moción de Jung.39 El señor Jung tiene a bien estar ausente. ¡Maravillosa representación del pueblo!

Llega ahora una interpelación del diputado Scholz. Dice textualmente:

«Interpelación al señor ministro del Interior sobre si este está en condiciones de dar información o dispuesto a responder acerca de la inadecuada introducción de los constables en los distritos.»

Presidente: Pregunto en primer lugar si se entiende esta interpelación.

(No se entiende y se lee de nuevo.)

Ministro Kühlwetter: La verdad es que no sé sobre qué se me pide información. No entiendo la pregunta.

Presidente: ¿Recibe apoyo la interpelación? (No recibe apoyo.)

Scholz: Retiro provisionalmente mi moción.

También nosotros nos «retiramos» por hoy tras esta impagable escena, «inaudita en la historia de los parlamentos».

Debates berlineses de la Asamblea pactista

Neue Rheinische Zeitung, n.º 37, 7 de julio de 1848.

Colonia, 6 de julio. Mientras en Berlín sigue su curso la crisis ministerial número 2, queremos entretanto, por decirlo con el diputado Mätze, volver «de estas tormentas» al hasta ahora tan «tranquilo lago» del debate de la Asamblea pactista. Dígase lo que se quiera, aquí hemos pasado más de una hora de plácido regocijo:

Aquí reinan todavía la decencia y las buenas costumbres,
y florece algún que otro placer tranquilo
también aquí, entre nosotros.40

Le toca el turno a la sesión del 30 de junio. Desde el comienzo mismo se abre con sucesos importantes y muy especialmente característicos.

¿Quién no ha oído hablar de la gran campaña de los cincuenta y siete padres de familia de Berg y de la Marca para salvar la patria?41 ¿Quién no sabe con qué desprecio de la muerte esta flor de la burguesía filistea conservadora se puso en marcha, abandonó mujer, hijos y negocio para saltar a la brecha, para librar contra la revolución una batalla a vida o muerte, en una palabra, para ir a Berlín y entregar al ministerio una petición contra los agitadores?

Estos cincuenta y siete paladines han presentado, pues, también a la Asamblea pactista un escrito con piadosos deseos ligeramente reaccionarios. Se da lectura al escrito. Algunos señores de la derecha desean oír también las firmas. El secretario empieza a leer, hay interrupciones, se grita: «¡Basta, basta!».

El diputado Berg:

«El escrito leído es o una moción o una petición. Si es una moción, quisiera saber qué miembro la hace suya. Si es una petición, que se envíe a la comisión correspondiente y no se nos siga aburriendo con ella.»

Esta lacónica respuesta del señor Berg despacha el asunto. El presidente balbucea algunas excusas y deja a un lado el escrito de los cincuenta y siete padres de familia.

Se levanta entonces nuestro viejo amigo, y viejo amigo de la izquierda, el diputado Schultz de Wanzleben:

«Anteayer retiré mis mociones sobre el matrimonio civil, etc., con la declaración de que yo formularía de otro modo los proyectos de ley. Encuentro anotado a este propósito en las actas taquigráficas: “Risas”. Puede que uno u otro se riera, pero sin duda sin motivo.» (Nuevas risas.)

El diputado Schultz de Wanzleben expone entonces, con la más honrada buena fe, que solo quiere lo mejor y que se deja enseñar con gusto; que se ha dejado convencer de la imperfección de los proyectos de ley que había presentado; que no puede, sin embargo, presentar él mismo enmiendas a sus propias propuestas, y que por eso considera su deber no «someter» la moción a la Asamblea en su forma original, sino retirarla provisionalmente.

«No encuentro en ello nada ridículo, y debo protestar si con la palabra “risas” se presenta como ridículo mi proceder, bien fundado.»

Al diputado Schultz de Wanzleben le pasa lo que al caballero Tannhäuser:

Cuando pienso en esta risa,
me brotan de pronto las lágrimas.42

El diputado Brill observa que en las actas taquigráficas, por lo demás tan excelentes, falta una frase del ministro Hansemann: que el programa del ministerio actual es una continuación del discurso de la Corona. Se le ha quedado muy especialmente grabado en la memoria, dice, porque como impresor pensó al oírla en la frase «continuará», que tantas veces ha impreso.

Este trato frívolo de los asuntos más serios indigna en grado sumo al diputado señor Ritz. Se precipita a la tribuna y dice:

«Señores, creo que a la dignidad de la Asamblea corresponde que nos abstengamos en los discursos de símiles y de comparaciones que no vienen aquí a cuento. Tampoco son parlamentarios. (Gran agitación.) Pasamos la sesión anterior en medio de una gran hilaridad, cosa que no considero adecuada a la dignidad de la Asamblea… En interés de la dignidad de esta Asamblea, recomendaría cierta sobriedad.»

«En interés» de la «sobriedad» recomendada por el diputado Ritz, recomendaríamos al diputado Ritz, «en interés de la dignidad de la Asamblea», que tome la palabra lo menos posible, ya que la «gran hilaridad» le sigue siempre los pasos.

Pero enseguida se vio hasta qué punto las bienintencionadas intenciones de hombres tan honrados como los señores Schultz de Wanzleben y Ritz son siempre mal comprendidas en este pícaro mundo. El presidente, señor Grabow, nombró a los escrutadores, y entre ellos, por el centro izquierda, al señor Schultz de Wanzleben (risas), y por el centro derecha, al señor Brill (hilaridad). En lo que toca al señor Brill, nuestros lectores han de saber que este diputado, que pertenece a la izquierda más decidida, se ha sentado en el centro derecha, en medio de los campesinos de la Alta Silesia y de Pomerania, entre los cuales ha hecho fracasar, con su talento de orador popular, más de una insinuación del partido reaccionario.

Sigue la interpelación del señor Behnsch sobre la nota rusa que supuestamente provocó la retirada de Wrangel43 de Jutlandia.44 Auerswald niega la existencia de esa nota, pese al Morning Chronicle y a la Abeja rusa.45 Creemos que el señor Auerswald tiene razón; no creemos que Rusia haya enviado una «nota» oficial a Berlín. Pero lo que Nicolás46 ha enviado a Potsdam no podemos saberlo nosotros, como tampoco el señor Auerswald.

El señor Behnsch interpela asimismo sobre la nota del mayor Wildenbruch al gobierno danés, según la cual la guerra danesa no es más que una guerra de apariencia, un juego para dar ocupación al exceso de fuerza patriótica.47

El señor Auerswald encuentra motivo para no responder a esta interpelación.

Tras una discusión aburrida y enrevesada sobre las comisiones especializadas, se produce por fin una escena parlamentaria realmente interesante, una escena en la que un poco de indignación, un poco de pasión, se impone victoriosamente al estereotipado tamborileo de la derecha. Es al diputado Gladbach a quien debemos esta escena. El ministro de la Guerra había prometido responder hoy a su interpelación sobre el desarme y la detención de los voluntarios que habían regresado.

En cuanto el presidente anuncia que se pasa a ese asunto, se levanta de inmediato el señor teniente coronel Griesheim,48 a quien conocemos desde hace tiempo, y empieza a hablar. Pero esta impertinencia burocrático-militar es rechazada al instante con violentas interrupciones.

El presidente declara que, según el artículo 28 del reglamento, los asistentes de los ministros solo pueden tomar la palabra con autorización de la Asamblea.

Griesheim: Estoy aquí como representante del ministro de la Guerra.

Presidente: No se me ha comunicado.

Griesheim: Si estos señores no quieren escucharme… (¡Oh, oh! Agitación.)

«¡Estos señores!» ¡Para el señor Griesheim, «estos señores» siguen siendo, digo yo, una «alta Asamblea»! El señor presidente debería haber llamado al orden al señor Griesheim por sus reiteradas faltas a todo decoro.

La Asamblea quiere escuchar al señor Griesheim. Antes tiene todavía la palabra el señor Gladbach para fundamentar su interpelación. Pero primero declara que ha interpelado al ministro de la Guerra y que exige su presencia, facultad que el reglamento concede a la Asamblea. El presidente, sin embargo, despacha esta cuestión y, en consideración a la urgencia del asunto, el señor Gladbach entra en el detalle de la interpelación. Cuenta cómo los voluntarios, tras haber abandonado su cuerpo y regresado a casa porque se les aplicaba el despotismo militar, fueron proscritos en Spandau con el estigma de vagabundos por el «execrable sistema policial, que de la noche a la mañana ha vuelto a salir arrastrándose de sus escondrijos»; cómo se les desarmó y retuvo en Spandau y se les envió a casa con pasaporte forzoso. El señor Gladbach es el primer diputado que ha logrado contar una acción tan infame con toda la indignación que merece.

El señor Griesheim declara que la medida se tomó a requerimiento de la presidencia de la policía de Berlín.

El señor Gladbach lee entonces la licencia honrosa de uno de los voluntarios, firmada por el príncipe Federico de Schleswig-Holstein,49 y la compara con el pasaporte forzoso, redactado enteramente como para un vagabundo, que se expidió en Spandau a ese mismo voluntario «por resolución ministerial». Señala el arresto, los trabajos forzados y la multa con que se amenaza en el pasaporte forzoso, desmiente con un documento oficial la afirmación del señor Griesheim de que la medida partió del presidente de la policía, y pregunta si acaso hay todavía en Spandau un ministerio especial, ruso.

Por primera vez se había sorprendido al ministerio en una falsedad directa. Toda la Asamblea cae en la mayor agitación.

El ministro del Interior, el señor Kühlwetter, tiene por fin que levantarse a la fuerza y balbucear algunas excusas. Al fin y al cabo no ha pasado nada más que quitarles las armas a 18 hombres armados: ¡nada más que una ilegalidad! No se podía tolerar, dice, que bandas armadas recorrieran el país sin permiso: ¡22 voluntarios que vuelven a casa! (¡Sin permiso!)

Las primeras palabras del señor ministro son acogidas con inequívocas señales de desagrado. Hasta la derecha está todavía demasiado bajo la impresión abrumadora de los hechos para no guardar al menos silencio. Pero pronto, al ver a su desdichado ministro abrirse paso a duras penas entre las risas y los murmullos de la izquierda, se repone, aclama sus torpes subterfugios con un sonoro bravo, los centros se suman en parte, y así el señor Kühlwetter acaba por cobrar tanto valor que puede decir: no fui yo, sino mi predecesor, quien ordenó la medida, pero declaro que la apruebo por completo y que, llegado el caso, actuaré de la misma manera.

La derecha y los centros coronan la valentía de su heroico Kühlwetter con un bravo atronador.

Gladbach, sin embargo, no se deja intimidar. Entre el alboroto y los gritos de los conservadores sube a la tribuna y vuelve a preguntar: ¿cómo se explica que el señor Schreckenstein, que ya era ministro antes del asunto de Spandau, no supiera nada? ¿Cómo es posible que cuatro voluntarios con buenos certificados puedan poner en peligro la seguridad del Estado? (Interrupción; observaciones reglamentarias de los señores del centro.) La cuestión no está resuelta. ¿Cómo se puede enviar a esta gente a su tierra por la fuerza, como a vagabundos? (Interrupción. Alboroto.) Todavía no tengo respuesta a la pregunta sobre el pasaporte forzoso. Esa gente ha sido maltratada. ¿Por qué se tolera, en cambio, a una manada de héroes de folletitos piadosos que, para vergüenza de la capital (gran alboroto), han llegado armados desde el valle del Wupper?50 (Alboroto. Bravos.)

Kühlwetter acaba por soltar que se hizo con el pretexto de una documentación dudosa. ¿Así que la licencia, firmada por el mando general de Schleswig-Holstein, es para los chupatintas policiales del señor Kühlwetter una documentación «sujeta a dudas»? ¡Singular burocracia!

Todavía hablan algunos diputados contra los ministros, hasta que por fin el presidente deja caer el asunto y el diputado Mätze conduce a la Asamblea desde las tormentas de este debate al lago tranquilo de la vida del maestro de escuela, donde la dejamos deseándole las más bellas alegrías idílicas.

Nos alegramos de que por fin un diputado de la izquierda haya logrado, con una interpelación bien fundada y una actitud resuelta, hacer pasar a los señores ministros por las baquetas y provocar una escena que recuerda los debates parlamentarios franceses e ingleses.

Debate de la Asamblea pactista

Neue Rheinische Zeitung, n.º 39, 9 de julio de 1848.

Colonia, 8 de julio. Junto con la noticia de la disolución del Ministerio Hansemann nos llega también el acta taquigráfica de la sesión de la Asamblea pactista del 4 de julio. En esa sesión se anunció el primer síntoma de esa disolución, la salida del señor Rodbertus, y al mismo tiempo la descomposición del ministerio avanzó un buen trecho con las dos votaciones contradictorias sobre la comisión de Posen51 y con la retirada de la izquierda.

Los anuncios de los señores ministros sobre la salida de Rodbertus tampoco contienen nada nuevo en el acta taquigráfica. Los pasamos por alto.

Se levantó el señor Forstmann: tenía que protestar contra las expresiones que el señor Gladbach había empleado el 30 de junio sobre la «diputación de los hombres más respetables de Renania y Westfalia».

El señor Berg: Ya hice notar el otro día, a propósito del reglamento, que la lectura del escrito no venía a cuento y que me aburría. (Una voz: ¡Nos aburría!) Bien, nos. Hablé por mí y por varios, y el hecho de que hoy se nos aburra con una observación a destiempo no anula aquella observación.

El señor Tüshaus, ponente de la sección central en la cuestión de la comisión de Posen, presenta su informe. La sección central propone que se nombre la comisión para investigar todas las cuestiones relativas al asunto de Posen, y deja abierta la cuestión de qué medios ha de tener la comisión a su disposición con ese fin.

Los señores Wolff, Müller, Reichensperger II52 y Sommer han presentado enmiendas, que reciben todas el apoyo necesario y pasan a discusión.

El señor Tüshaus añade a su informe algunas observaciones en las que se pronuncia contra la comisión. La verdad, decía, está evidentemente en el término medio, esta vez como siempre, y tras largos informes contradictorios no se llegará a otro resultado que a que se han cometido injusticias por ambas partes. Con eso se estará exactamente igual que ahora. Que por lo menos se pida antes al gobierno un informe detallado y se decida luego lo demás.

¿Cómo se le ocurre a la sección central elegir un ponente que toma la palabra contra su propio informe?

El señor Reuter expone las razones que le movieron a presentar la propuesta de nombrar la comisión. Observa por último que no había pretendido en modo alguno acusar a los ministros; como jurista sabía demasiado bien que toda responsabilidad de los ministros es hasta ahora ilusoria mientras no exista una ley sobre ese punto.

Se levanta el señor Reichensperger II. Proclama sus enormes simpatías por Polonia y espera que no esté lejano el día en que la nación alemana pague a los nietos de Sobieski53 una vieja deuda de honor. (¡Como si esa deuda de honor no estuviera pagada hace mucho con ocho repartos de Polonia, con metralla, piedra infernal y palos!) «Pero también tendremos que mantener la más serena prudencia, para que los intereses alemanes queden siempre en primera línea.» (Los intereses alemanes consisten, naturalmente, en quedarse con todo el territorio que se pueda.) Y el señor Reichensperger está especialmente en contra de una comisión que investigue los hechos: «Esta es una cuestión que pertenece expresamente a la historia o a los tribunales». ¿Ha olvidado el señor Reichensperger que él mismo, en el debate sobre la revolución,54 declaró que los señores estaban allí para «hacer historia»? Termina con una sutileza jurídica sobre la posición de los diputados. Más adelante volveremos sobre la cuestión de la competencia.

Pero ahora se levanta el señor Bauer, de Krotoschin, él mismo germanopolaco,55 para defender los intereses de su gremio.

«Me habría gustado pedir a la Asamblea que corriera un velo sobre el pasado y se ocupara solo del futuro de un pueblo que con razón reclama nuestra simpatía.»

¡Qué conmovedor! ¡El señor Bauer, de Krotoschin, está tan absorbido por la simpatía hacia el futuro del pueblo polaco que querría «correr un velo» sobre su pasado, sobre las barbaridades de la soldadesca prusiana, de los judíos y de los germanopolacos! ¡En interés de los propios polacos hay que dejar correr el asunto!

«¿Qué se espera de unas discusiones tan penosas? Si encuentran ustedes culpables a los alemanes, ¿van a cuidar por eso menos de la salvaguarda de su nacionalidad, de la seguridad de sus personas y de sus bienes?»

¡Una franqueza verdaderamente grandiosa! El señor Bauer, de Krotoschin, admite que los alemanes podrían quizá no tener razón; pero aunque así fuera, ¡hay que apoyar la nacionalidad alemana a costa de los polacos!

«No alcanzo a ver qué puede sacar a la luz de provechoso para una solución satisfactoria de estas difíciles cuestiones el remover los escombros del pasado.»

Desde luego, nada «provechoso» para los señores germanopolacos y sus furibundos aliados. Por eso se resisten tanto.

El señor Bauer intenta luego intimidar a la Asamblea: con una comisión así se arrojaría de nuevo la tea a los ánimos, se excitaría de nuevo el fanatismo, y podría producirse de nuevo un choque sangriento. Estas consideraciones filantrópicas impiden al señor Bauer votar a favor de la comisión. Pero, para que no parezca que sus electores tienen algo que temer de la comisión, tampoco puede votar en contra. Por consideración a los polacos está en contra de la comisión, por consideración a los alemanes está a favor, y para conservar en este dilema toda su imparcialidad no vota en absoluto.

Otro diputado de Posen, Bußmann, de Gnesen, considera que su mera presencia demuestra que en Posen viven también alemanes. Quiere demostrar estadísticamente que en su comarca viven «masas enteras de alemanes». (Interrupción.) La riqueza, por si fuera poco, estaría en más de dos terceras partes en manos de los alemanes.

«Creo, en cambio, aportar la prueba de que los prusianos no solo conquistamos con nuestras armas Polonia en 1815 (!?!), sino que la hemos conquistado por segunda vez con treinta y tres años de paz, con nuestra inteligencia» (de la que esta sesión ofrece muestras). «(Interrupción. El presidente pide al señor Bußmann que se ciña al asunto.) No estoy en contra de la reorganización;56 pero la reorganización más razonable sería una ley municipal con elección de los funcionarios; esta y los acuerdos de Fráncfort sobre la protección de todas las nacionalidades darían a los polacos todas las garantías. Pero estoy muy en contra de la línea de demarcación. (Interrupción. Nueva amonestación.) Si he de ceñirme al asunto, estoy en contra de la comisión porque es inútil y excita los ánimos; por lo demás no la temo, sino que estaré a favor de la comisión si llega el caso... (Interrupción: ¡Entonces habla a favor!) No, hablo en contra... Señores, para que al menos comprendan las razones por las que se produjo la sublevación, voy a explicarles en pocas palabras...» (Interrupción. Protestas.)

Cieszkowski:57 ¡No interrumpan! ¡Déjenle terminar!

El presidente: Ruego de nuevo al orador que se ciña estrictamente a la cuestión.

Bußmann: «¡Me he pronunciado contra la comisión y no tengo nada más que decir!»

Con estas palabras furiosas, el indignado señor terrateniente germanopolaco abandona la tribuna y corre a su asiento entre las sonoras carcajadas de la Asamblea.

El señor Heyne, diputado del distrito de Bromberg, intenta salvar el honor de sus paisanos votando a favor de la comisión. Sin embargo, tampoco puede abstenerse de reprochar a los polacos su perfidia, sus engaños, etc.

El señor Baumstark, también germanopolaco, vuelve a estar en contra de la comisión. Las razones son siempre las mismas.

Los polacos se abstienen de intervenir en la discusión. Solo Pokrzywnicki habla a favor de la comisión. Es sabido que precisamente los polacos han insistido desde siempre en una investigación, mientras que ahora resulta que los germanopolacos, con una excepción, protestan todos contra ella.

¡El señor Pohle es tan poco polaco que ha contado todo Posen como parte de Alemania y ha declarado que la frontera entre Alemania y Polonia es un «tabique levantado a través de Alemania»!

Los defensores de la comisión hablaron en general con prolijidad y con poca agudeza. Igual que entre sus adversarios, también entre ellos hubo repeticiones y más repeticiones. Sus argumentos eran en su mayoría, ciertamente, de naturaleza trivial y mucho menos entretenidos que las interesadas protestas de los germanopolacos.

Mañana volveremos sobre la posición de los ministros y funcionarios en esta cuestión, así como sobre la celebérrima cuestión de la competencia.

La sesión de la Asamblea pactista del 4 de julio

Neue Rheinische Zeitung, n.º 41, 11 de julio de 1848.

Colonia, 9 de julio. Hasta qué punto el nombramiento de una comisión de investigación con plenos poderes es un acto de justicia urgentemente necesario para con los polacos se desprende del relato que, a partir de documentos auténticos, empezamos a publicar hace tres días.

Los funcionarios de la vieja Prusia, ya de antemano en una posición hostil frente a los polacos, se vieron amenazados en su existencia por las promesas de reorganización. El más pequeño acto de justicia para con los polacos suponía un peligro para ellos. De ahí la furia fanática con que, apoyados por la soldadesca desatada, se echaron sobre los polacos, rompieron los convenios,58 maltrataron a la gente más inofensiva, dejaron pasar o sancionaron las mayores infamias, solo para obligar a los polacos a una lucha en la que su aplastamiento por una superioridad colosal estaba asegurado.

El Ministerio Camphausen, no solo débil, desorientado y mal informado, sino incluso inactivo a propósito, por principio, dejó que todo siguiera su curso. Se cometieron las barbaridades más espantosas, y el señor Camphausen no se movió.

¿Qué informes hay ahora sobre la guerra civil de Posen?

Por un lado, los informes parciales e interesados de los causantes de la guerra, los funcionarios y los oficiales, y los datos, basados en ambos, que el ministerio pueda dar. El ministerio es también él mismo parte mientras el señor Hansemann siga en él. Estos documentos son parciales, pero son oficiales.

Por otro lado, los hechos reunidos por los polacos, sus quejas al ministerio, en particular las cartas del arzobispo Przyłuski59 a los ministros. Estos documentos no tienen en su mayoría carácter oficial, pero sus autores se ofrecen a probar su veracidad.

Las dos clases de informes se contradicen por completo, y la comisión ha de investigar qué parte tiene razón.

Salvo en unos pocos casos excepcionales, solo puede hacerlo trasladándose al lugar de los hechos y aclarando, mediante el interrogatorio de testigos, al menos los puntos más importantes. Si se le prohíbe esto, toda su actividad es ilusoria; podrá ejercer una cierta crítica histórico-filológica, declarar más digno de crédito tal o cual informe, pero decidir no podrá.

Todo el significado de la comisión depende, pues, de la facultad de interrogar a testigos; de ahí el empeño de todos los devoradores de polacos de la Asamblea por suprimirla con toda clase de razones profundas y sutiles; de ahí el golpe de Estado al final de la sesión.

El diputado Bloem dijo en el debate del día 4:

«¿Es buscar la verdad pretender sacarla, como quieren algunas enmiendas, de los documentos del gobierno? ¡En verdad que no! ¿De dónde han salido los documentos del gobierno? En su mayor parte, de los informes de los funcionarios. ¿De dónde han salido los funcionarios? Del viejo sistema. ¿Han desaparecido esos funcionarios, se ha nombrado a nuevos consejeros de distrito por una elección nueva y popular? En absoluto. ¿Nos informan los funcionarios del verdadero estado de ánimo? Los viejos funcionarios siguen informando hoy como antes. Está claro, por tanto, que la simple consulta de los expedientes ministeriales no nos llevará a nada.»

El diputado Richter va aún más lejos. Ve en la conducta de los funcionarios de Posen solo la consecuencia extrema, pero necesaria, de que se mantengan el viejo sistema administrativo y los viejos funcionarios en general. Conflictos semejantes entre el deber del cargo y el interés de los viejos funcionarios pueden darse cualquier día también en otras provincias.

«Desde la revolución hemos tenido otro ministerio, y hasta un segundo; pero el ministerio no es más que el alma, tiene que organizar en todas partes por igual. En cambio, en las provincias la vieja organización de la administración ha seguido siendo en todas partes la misma. ¿Quieren ustedes otra imagen? No se echa el vino nuevo en odres viejos y podridos. Así es como tenemos en el gran ducado las quejas más terribles. ¿No deberíamos nombrar una comisión aunque solo fuera para que se vea lo necesario que es, en otras provincias igual que en Posen, sustituir la vieja organización por una nueva que se ajuste a los tiempos y a las circunstancias?»

El diputado Richter tiene razón. Después de una revolución, la primera necesidad es renovar a todos los funcionarios civiles y militares, y a una parte de los judiciales, sobre todo los del ministerio fiscal. De lo contrario, las mejores medidas del poder central se estrellan contra la terquedad de los subalternos. La debilidad del gobierno provisional francés y la debilidad del Ministerio Camphausen han dado en este aspecto frutos amargos.

Pero en Prusia, donde durante cuarenta años ha reinado con poder absoluto una jerarquía burocrática completamente organizada en la administración y en el ejército; en Prusia, donde precisamente esa burocracia era el enemigo principal al que se había vencido el 19 de marzo,60 la renovación completa de los funcionarios civiles y militares era infinitamente más urgente todavía. Pero el ministerio de la mediación no tenía, naturalmente, la vocación de llevar a cabo las necesidades revolucionarias. Tenía, según confesión propia, la vocación de no hacer absolutamente nada, y por eso dejó entretanto el poder real en manos de sus viejos adversarios, los burócratas. «Mediaba» entre la vieja burocracia y la nueva situación; a cambio, la burocracia le «mediaba» la guerra civil de Posen y la responsabilidad por unas crueldades como no se habían visto desde la guerra de los Treinta Años.

El Ministerio Hansemann, heredero del Ministerio Camphausen, había tenido que hacerse cargo de todo el activo y el pasivo de su causante, es decir, no solo de la mayoría en la Cámara, sino también de los sucesos de Posen y de los funcionarios de Posen. El ministerio tenía, por tanto, un interés directo en hacer la investigación de la comisión tan ilusoria como fuera posible. Los oradores de la mayoría ministerial, y en particular los juristas, emplearon toda su provisión de casuística y de sutileza para descubrir una razón profunda y de principio por la que la comisión no pudiera interrogar a testigos. Iríamos demasiado lejos si nos pusiéramos aquí a admirar la jurisprudencia de un Reichensperger y compañía. Tenemos que limitarnos a sacar a la luz del día la concienzuda exposición del señor ministro Kühlwetter.

El señor Kühlwetter, dejando completamente de lado la cuestión material, empieza declarando lo sumamente grato que le sería al ministerio que tales comisiones le echaran una mano, con aclaraciones, etc., en el cumplimiento de su difícil tarea. Más aún: si el señor Reuter no hubiera tenido la feliz ocurrencia de proponer una comisión así, el señor Kühlwetter habría insistido en ella sin falta. Que se dé a la comisión un encargo bien amplio (para que no acabe nunca); él estaba de acuerdo en que no hacía ninguna falta medirlo con escrúpulo. Que la comisión incluya en el ámbito de su actividad todo el pasado, el presente y el futuro de la provincia de Posen; mientras se tratara solo de aclaraciones, el ministerio no examinaría con escrúpulo la competencia de la comisión. Claro que se podía ir demasiado lejos, pero dejaba a la sabiduría de la comisión decidir si quería incluir en su ámbito, por ejemplo, también la cuestión de la destitución de los funcionarios de Posen.

Hasta aquí las concesiones preliminares del señor ministro, que, adornadas con algunas declamaciones de hombre honrado, recibieron varios bravos entusiastas. Ahora vienen los peros.

«Pero si se ha observado que los informes sobre Posen no podrían arrojar una luz exacta porque son solo de funcionarios, y además de funcionarios de los viejos tiempos, considero mi deber salir en defensa de un estamento honorable. Si es cierto que algunos funcionarios no han sido fieles a su deber, castíguese esto en los individuos que lo hayan olvidado, pero el estamento de los funcionarios no debe nunca ser rebajado porque algunos de sus miembros hayan faltado a su deber.»

¡Con qué audacia se presenta el señor Kühlwetter! Es cierto que ha habido faltas individuales al deber, pero en conjunto los funcionarios han cumplido su deber de manera honorable.

Y, en efecto, la masa de los funcionarios de Posen ha cumplido con su «deber», con su «deber para con su juramento de servicio», para con todo el sistema burocrático de la vieja Prusia, para con su propio interés, que coincide con ese deber. Han cumplido con su deber al tener por bueno cualquier medio para aniquilar el 19 de marzo en Posen. ¡Y precisamente por eso, señor Kühlwetter, es «deber» de usted destituir en masa a esos funcionarios!

Pero el señor Kühlwetter habla del deber determinado por las leyes anteriores a la revolución, cuando se trata de un deber muy distinto, que aparece después de toda revolución y que consiste en comprender correctamente la nueva situación y en favorecer su desarrollo. ¡Y exigir a los funcionarios que cambien el punto de vista burocrático por el constitucional, que se sitúen, igual que los nuevos ministros, en el terreno de la revolución, eso es, según el señor Kühlwetter, rebajar a un estamento honorable!

El señor Kühlwetter rechaza también, formulado de manera tan general, el reproche de que se ha favorecido a cabecillas de partido y de que ha habido crímenes que han quedado impunes. Que se citen casos concretos.

¿Afirma acaso en serio el señor Kühlwetter que se ha castigado siquiera una pequeña parte de las brutalidades y crueldades que cometió la soldadesca prusiana, que los funcionarios permitieron y apoyaron y que los germanopolacos y los judíos aplaudieron con júbilo? El señor Kühlwetter dice que hasta ahora no ha podido examinar todavía desde todos los lados el colosal material. En efecto, parece haberlo examinado a lo sumo desde un lado.

Pero ahora el señor Kühlwetter llega a la «cuestión más difícil y delicada», a saber, la de las formas en que la comisión ha de proceder. El señor Kühlwetter habría deseado que esta cuestión se discutiera más a fondo, pues «en esta cuestión, como se ha observado con razón, hay una cuestión de principio, la cuestión del droit d'enquête».61

El señor Kühlwetter nos obsequia ahora con una larga exposición sobre la división de poderes en el Estado, que sin duda contenía muchas cosas nuevas para los campesinos de la Alta Silesia y de Pomerania que hay en la Asamblea. Produce una impresión curiosa oír en el año de gracia de 1848 a un ministro prusiano, y además a un «ministro de la Acción», interpretar a Montesquieu en la tribuna con solemne seriedad.

La división de poderes, que el señor Kühlwetter y otros grandes filósofos del Estado contemplan con la más profunda veneración como un principio sagrado e inviolable, no es en el fondo otra cosa que la profana división industrial del trabajo aplicada al mecanismo del Estado para simplificarlo y controlarlo. Como todos los demás principios sagrados, eternos e inviolables, solo se aplica en la medida en que conviene a la situación existente. Así, en la monarquía constitucional, por ejemplo, el poder legislativo y el ejecutivo se mezclan en la persona del príncipe; en las Cámaras, a su vez, el poder legislativo se mezcla con el control del ejecutivo, etc. Estas limitaciones indispensables de la división del trabajo en el Estado las expresan los sabios del Estado del calibre de un «ministro de la Acción» de la siguiente manera:

«El poder legislativo, en la medida en que lo ejerce la representación del pueblo, tiene sus propios órganos; el poder ejecutivo tiene sus propios órganos, y no menos el poder judicial. Por tanto (!) no es admisible que uno de los poderes recurra directamente a los órganos del otro, a menos que se le confiera esa facultad por una ley especial.»

¡La desviación de la división de poderes no es admisible «a menos que la prescriba una ley especial»! ¡Y a la inversa, la aplicación de la división de poderes prescrita tampoco es admisible «a menos que la prescriban leyes especiales»! ¡Qué profundidad! ¡Qué revelaciones!

Del caso de una revolución, en el que la división de poderes cesa sin «una ley especial», el señor Kühlwetter no dice ni una palabra.

El señor Kühlwetter se explaya luego en una disquisición según la cual el poder de la comisión para tomar declaración jurada a testigos, para requerir a funcionarios, etc., en una palabra, para ver con sus propios ojos, sería una intromisión en la división de poderes y tendría que establecerse por una ley especial. Como ejemplo se aduce la Constitución belga, cuyo artículo 40 da expresamente a las Cámaras el droit d'enquête.

Pero, señor Kühlwetter, ¿existe en Prusia, legalmente y de hecho, una división de poderes en el sentido en que usted entiende la palabra, en sentido constitucional? ¿No es la división de poderes existente la limitada, la recortada, la que corresponde a la monarquía absoluta, burocrática? ¿Cómo se le pueden aplicar entonces frases constitucionales antes de que se haya reformado constitucionalmente? ¿Cómo pueden tener los prusianos un artículo 40 de la Constitución mientras esa Constitución misma no existe todavía en absoluto?

Resumamos. Según el señor Kühlwetter, el nombramiento de una comisión con plenos poderes ilimitados es una intromisión en la división constitucional de poderes. La división constitucional de poderes no existe todavía en Prusia; luego tampoco se puede cometer ninguna intromisión en ella.

Pero ha de introducirse, y durante el provisionalismo revolucionario en que vivimos hay que suponerla, en opinión del señor Kühlwetter, como ya existente. Si el señor Kühlwetter tuviera razón, ¡en verdad que habría que suponer también como existentes las excepciones constitucionales! ¡Y entre esas excepciones constitucionales figura precisamente el derecho de investigación de los cuerpos legislativos!

Pero el señor Kühlwetter no tiene razón en absoluto. Al contrario: el provisionalismo revolucionario consiste precisamente en que la división de poderes queda provisionalmente suprimida, en que la autoridad legislativa se apodera momentáneamente del poder ejecutivo o la autoridad ejecutiva del poder legislativo. Que la dictadura revolucionaria (porque es una dictadura, por flojamente que se ejerza) esté en manos de la Corona, de una asamblea o de ambas juntas, es completamente indiferente. Si el señor Kühlwetter quiere ejemplos de los tres casos, la historia de Francia desde 1789 los ofrece a montones.

El provisionalismo al que apela el señor Kühlwetter prueba precisamente contra él. Da a la Asamblea atribuciones muy distintas del simple derecho de investigación: ¡le da incluso el derecho a convertirse, si es necesario, en tribunal y a condenar sin leyes!

Si el señor Kühlwetter hubiera previsto estas consecuencias, quizá habría andado con algo más de cuidado con el «reconocimiento de la revolución».

Pero que se tranquilice:

Alemania, el piadoso cuarto de los niños,
no es ninguna cueva de asesinos romana,62

y los señores pactistas pueden permanecer sentados todo el tiempo que quieran: nunca llegarán a ser un «Parlamento Largo».63

Por lo demás, si comparamos al doctrinario oficial del Ministerio de la Acción con su predecesor en la doctrina, el señor Camphausen, encontramos, con todo, una distancia considerable. El señor Camphausen tenía en cualquier caso infinitamente más originalidad; rozaba a Guizot,64 mientras que el señor Kühlwetter no llega ni siquiera al diminuto lord John Russell.65

Ya hemos admirado bastante la riqueza filosófico-estatal del discurso de Kühlwetter. Veamos ahora el fin, la razón práctica propiamente dicha de esta sabiduría enmohecida, de toda esta teoría de la división a lo Montesquieu.

Pues el señor Kühlwetter llega ahora a las consecuencias de su teoría. El ministerio está dispuesto, por excepción, a dar instrucciones a las autoridades para que ejecuten lo que la comisión considere necesario. Solo tiene que declararse en contra de que los encargos a las autoridades partan directamente de la comisión; es decir, la comisión, sin relación directa con las autoridades, sin poder sobre ellas, no puede obligarlas a proporcionarle otra información que la que las autoridades tengan a bien darle. ¡Y además, la lentitud de los trámites, la interminable vía jerárquica! ¡Un bonito medio de hacer ilusoria la comisión con el pretexto de la división de poderes!

«No puede ser la intención transferir a la comisión toda la tarea que tiene el gobierno.»

¡Como si a alguien se le ocurriera dar a la comisión el derecho a gobernar!

«El gobierno tendría que seguir averiguando, paralelamente a la comisión, qué causas han estado en la base de la discordia en Posen» (precisamente el hecho de que lleve tanto tiempo «averiguando» y no haya averiguado todavía nada es razón suficiente para dejarlo ahora completamente al margen), «y al perseguirse este fin por dos vías, con frecuencia se emplearían inútilmente tiempo y esfuerzos y difícilmente podrían evitarse las colisiones.»

A juzgar por los antecedentes, la comisión «emplearía inútilmente» sin duda muchísimo «tiempo y esfuerzos» si se metiera, según la propuesta del señor Kühlwetter, en la larga vía jerárquica. Por esta vía las colisiones son también mucho más fáciles que si la comisión trata directamente con las autoridades y puede aclarar en el acto los malentendidos y abatir los caprichos de terquedad burocrática.

«Por tanto (!) parece estar en la naturaleza de las cosas que la comisión trate de alcanzar su fin de acuerdo con el ministerio y con su constante colaboración.»

¡Cada vez mejor! ¡Una comisión que ha de controlar al ministerio, de acuerdo con él y con su constante colaboración! El señor Kühlwetter no tiene reparo en dejar ver que le parece deseable que la comisión esté bajo su control, y no él bajo el de ella.

«Si, en cambio, la comisión quisiera adoptar una posición aislada, se plantearía la cuestión de si la comisión quiere y puede asumir la responsabilidad que incumbe al ministerio. Con tanta verdad como ingenio se ha hecho ya la observación de que la inviolabilidad de los diputados no es compatible con esa responsabilidad.»

No se trata de administrar, sino solo de establecer hechos. La comisión ha de recibir el poder de emplear los medios necesarios para ello. Eso es todo. Que es responsable ante la Asamblea tanto del empleo negligente como del empleo excesivo de esos medios se entiende por sí solo.

Todo el asunto tiene tan poco que ver con la responsabilidad ministerial y con la irresponsabilidad de los diputados como con la «verdad» y el «ingenio».

En fin, el señor Kühlwetter recomendó encarecidamente a los pactistas estas propuestas para resolver la colisión con el pretexto de la división de poderes, aunque sin hacer ninguna propuesta concreta. El Ministerio de la Acción se siente en terreno inseguro.

No podemos entrar en el resto de la discusión. Las votaciones son conocidas: la derrota del gobierno en la votación nominal y el golpe de Estado de la derecha, que aprobó a posteriori una cuestión ya rechazada. Todo esto lo hemos dado ya. Solo añadimos que entre los renanos que votaron en contra de los plenos poderes ilimitados de la comisión nos llaman la atención los nombres siguientes:

Arntz, el doctor en derecho Bauerband, Frencken, Lensing, von Loë, Reichensperger II y Simons, y, el último pero no el menor, nuestro fiscal general Zweiffel.66

Debates de la Asamblea pactista del 7 de julio

Neue Rheinische Zeitung, n.º 44, 14 de julio de 1848.

Colonia, 12 de julio. Hasta ayer, ya muy tarde, no nos ha llegado la crónica de la sesión de la Asamblea pactista del 7 de julio. Las actas taquigráficas, que antes llegaban aquí siempre solo 24 horas después que las crónicas por carta, se retrasan cada vez más, cuando deberían estar listas antes.

Lo fácil que es poner remedio a esta demora lo demuestra la rapidez con que los periódicos franceses e ingleses publican las actas de sus asambleas legislativas. El Parlamento inglés se reúne a menudo hasta las cuatro de la mañana, y ya cuatro horas después el Times reparte por todos los barrios de Londres el acta taquigráfica de la sesión, impresa y lista. La Cámara francesa rara vez abría sus sesiones antes de la una, las cerraba entre las cinco y las seis, y ya a las siete el Moniteur67 tenía que entregar una tirada de los debates taquigrafiados en todas las redacciones de los periódicos de París. ¿Por qué no puede el muy loable Staats-Anzeiger68 acabar con la misma rapidez?

Pasemos ahora a la sesión del 7, la sesión en que se le tomó el pelo al Ministerio Hansemann. Pasamos por alto las protestas presentadas al principio, la moción de d'Ester para que se revocara el acuerdo tomado el 4 hacia el final de la sesión (esta moción quedó en el orden del día) y varias otras mociones incluidas en el orden del día. Empezamos directamente por las interpelaciones y las mociones desagradables que ese día llovieron sobre el ministerio.

Primero intervino el señor Philipps. Interpeló al ministerio sobre qué medidas se habían tomado para proteger nuestras fronteras frente a Rusia.

El señor Auerswald: No considero que esta pregunta sea adecuada para responderla en la Asamblea.

Se lo creemos de todo corazón al señor Auerswald. La única respuesta que podría dar sería: ninguna, o, si se quiere ser exacto: el traslado de varios regimientos de la frontera rusa al Rin. Lo único que nos extraña es que la Asamblea deje pasar así, sin más, con algún «siseo» y algún «bravo», la escueta respuesta del señor Auerswald, esa apelación al car tel est notre bon plaisir.69

El señor Borries propone que se condone el impuesto de clases70 del escalón más bajo para el último semestre de 1848 y que se suspendan de inmediato todas las medidas coercitivas para cobrar las cantidades atrasadas del primer semestre en ese mismo escalón.

La moción pasa a la comisión correspondiente.

El señor Hansemann se levanta y declara que esos asuntos financieros deben deliberarse muy a fondo. Por lo demás, se puede esperar tanto más cuanto que él presentará la semana próxima varias leyes financieras, entre ellas una referida al impuesto de clases.

El señor Krause interpela al ministro de Hacienda sobre si sería posible sustituir, para principios de 1849, el impuesto de molienda y de matanza71 y el impuesto de clases por el impuesto sobre la renta.

El señor Hansemann tiene que levantarse de nuevo y declarar, irritado, que ya ha dicho una vez que la semana próxima presentará las leyes financieras.

Pero con esto no ha apurado aún su cáliz de amargura. Solo entonces se levanta el señor Grebel con una larga moción, cada una de cuyas palabras debió de ser una puñalada en el corazón del señor Hansemann:

Considerando que, para justificar el empréstito forzoso anunciado,72 no basta en modo alguno con afirmar sin más que el tesoro y las finanzas están agotados;

considerando que, para discutir el empréstito forzoso mismo (contra el cual protesta el señor Grebel mientras no se haya establecido una constitución que cumpla todas las promesas), es necesario examinar todos los libros y justificantes de la hacienda pública, el señor Grebel propone:

nombrar una comisión que examine todos los libros y justificantes de la administración de las finanzas y del tesoro desde 1840 hasta hoy e informe sobre ello.

Pero peor aún que la moción es la justificación del señor Grebel. Habla de los muchos rumores sobre derroche y empleo ilegal del tesoro del Estado que inquietan a la opinión pública; exige saber, en interés del pueblo, adónde ha ido a parar todo el dinero que este ha pagado en 30 años de paz; declara que, mientras no se dé esa explicación, la Asamblea no puede votar ni un céntimo. El empréstito forzoso ha causado una sensación enorme, el empréstito forzoso condena toda la administración financiera anterior, el empréstito forzoso es el penúltimo paso hacia la bancarrota del Estado. El empréstito forzoso sorprendió tanto más cuanto que estábamos acostumbrados a oír siempre que la situación financiera era excelente y que el tesoro del Estado nos dispensaba de la necesidad de un empréstito incluso en caso de una guerra importante. El propio señor Hansemann había calculado en la Dieta Unida73 que el tesoro del Estado debía de ascender por lo menos a 30 millones. Era de esperar, además, puesto que no solo se seguían pagando los mismos impuestos elevados que en los años de guerra, sino que su importe no dejaba de aumentar.

Y de repente llegó la noticia del empréstito forzoso proyectado, y con ella, con este doloroso desengaño, la confianza cayó de inmediato a cero.

El único medio de restablecer la confianza es exponer de inmediato y sin reservas la situación financiera del Estado.

Es verdad que el señor Hansemann ha intentado endulzar lo amargo de su comunicación sobre el empréstito forzoso con una exposición humorística; pero aun así ha tenido que admitir que un empréstito forzoso causa una impresión desagradable.

El señor Hansemann responde: Se entiende que el ministerio, cuando pida dinero, dará también todas las explicaciones necesarias sobre adónde ha ido a parar el dinero ingresado hasta ahora. Espérese, pues, a que se presenten las leyes financieras que ya he mencionado dos veces. En cuanto a los rumores, no es cierto que hubiera sumas enormes en el tesoro del Estado ni que se hayan reducido en los últimos años. Es natural que en los últimos años de penuria, en la actual crisis política, unida a un estancamiento de los negocios sin precedentes, una situación financiera floreciente haya podido convertirse en una situación preocupante. «Se ha dicho que el empréstito forzoso será el precursor de la bancarrota del Estado. No, señores, no ha de serlo; al contrario, ha de servir para que el crédito se reanime.» (¡Ha de, ha de!, ¡como si el efecto del empréstito forzoso sobre el crédito dependiera de los piadosos deseos del señor Hansemann!) Lo infundados que son esos temores lo demuestra la subida de los fondos públicos. Esperen, señores, a las leyes financieras, que por la presente les prometo por cuarta vez.

Así pues, el crédito del Estado prusiano está tan arruinado que ningún capitalista quiere adelantarle dinero ni al interés más usurario, que el señor Hansemann no ve ya otra salida que el último recurso de los Estados en bancarrota, el empréstito forzoso; ¡y el señor Hansemann habla encima de un crédito del Estado en alza porque los fondos, a medida que nos alejamos del 18 de marzo, han subido trabajosamente, a gatas, dos o tres puntos! ¡Y cómo van a caer los fondos en cuanto el empréstito forzoso vaya en serio!

El señor Behnsch insiste en que se nombre la comisión investigadora de las finanzas propuesta.

El señor Schramm:74 La ayuda contra la miseria con fondos del Estado no ha sido digna de mención, y si la libertad nos cuesta dinero, al gobierno por lo menos no le ha costado nada hasta ahora. Al contrario, el gobierno más bien ha dado dinero para que la libertad no llegara a su fase actual.

El señor Mätze: A lo que ya sabíamos, que en el tesoro del Estado no hay nada, se añade ahora que hacía mucho tiempo que no había nada en él. Esta novedad es una prueba más de la necesidad de nombrar una comisión.

El señor Hansemann tiene que levantarse otra vez: «Nunca he dicho que en el tesoro del Estado no haya nada ni que no lo haya habido; declaro, por el contrario, que en los últimos seis o siete años el tesoro del Estado ha aumentado considerablemente». (Compárese el memorial del señor Hansemann a la Dieta Unida con el discurso de la Corona, y ahora sí que no se sabrá a qué atenerse.)

Cieszkowski: Estoy a favor de la moción de Grebel porque el señor Hansemann siempre nos ha hecho promesas y, cada vez que aquí se habla de asuntos financieros, remite a unas explicaciones que va a dar en breve pero que nunca llegan. Esta vacilación es tanto más incomprensible cuanto que el señor Hansemann lleva ya más de tres meses de ministro.

El señor Milde,75 ministro de Comercio, acude por fin en auxilio de su apurado colega. Suplica a la Asamblea que no nombre de ningún modo la comisión. Promete la mayor franqueza por parte del ministerio. Asegura que se podrá tener una visión exacta del estado de las cosas. Solo pide que, por ahora, se deje hacer al gobierno, pues está precisamente ocupado en sacar la nave del Estado de las dificultades en que se encuentra en este momento. La Asamblea, sin duda, le echará una mano. (Bravo.)

El señor Baumstark76 intenta también echarle al señor Hansemann un cable. Pero el ministro de Hacienda no podía encontrar un defensor peor ni con menos tacto:

«Sería un mal ministro de Hacienda el que quisiera ocultar el estado de las finanzas, y si un ministro de Hacienda dice que presentará los proyectos necesarios, tenemos que tenerlo o bien por un hombre honrado o bien por lo contrario (!!!). (Agitación.) Señores, no he ofendido a nadie; he dicho un ministro de Hacienda, no el ministro de Hacienda (!!!).»

Reichenbach: ¿Adónde han ido los hermosos días de los grandes debates, de las cuestiones de principio y de las cuestiones de gabinete? Entonces el señor Hansemann no deseaba nada con más ansia que poder romper una lanza, ¡y ahora que tiene la ocasión, y encima en su propio terreno, ahora la esquiva! En efecto, los ministros prometen sin cesar y sientan principios con el único fin de no cumplirlos ya unas horas después. (Agitación.)

El señor Hansemann espera a ver si se levanta algún defensor suyo. Pero no hay nadie que salga en su favor. Por fin ve con espanto que el diputado Baumstark se levanta, y para que este no vuelva a declararlo «hombre honrado» toma él mismo rápidamente la palabra.

¿Cabría esperar que el atormentado león Duchâtel,77 pinchado con alfileres, zarandeado por toda la oposición, se levante por fin en toda la plenitud de su fuerza, que aplaste a sus adversarios, que, en una palabra, plantee la cuestión de gabinete? ¡Ay, no queda ya nada de la firmeza y el descaro de antaño, y la vieja grandeza se ha esfumado como el tesoro del Estado en los tiempos difíciles! Encorvado, quebrantado, incomprendido, ahí está el gran financiero; ¡las cosas han llegado a tal punto que tiene que ponerse a dar razones! ¡Y qué razones, además!

«Todo el que se haya ocupado de finanzas y de las muchas cifras (!!) que aparecen en ellas sabrá que una discusión sobre cuestiones financieras no puede discutirse a fondo con ocasión de una interpelación, que las cuestiones fiscales son tan amplias que en las asambleas legislativas» (el señor Hansemann piensa en sus brillantes discursos en la difunta Dieta Unida) «se ha discutido sobre ellas días y hasta semanas enteras.»

Pero ¿quién pide una discusión a fondo? Al señor Hansemann se le ha pedido, en primer lugar, una declaración, un simple sí o no, sobre cuestiones fiscales; se le ha pedido, además, su conformidad con una comisión que examine la administración del tesoro del Estado hasta la fecha, etc.; y, como se negó a ambas cosas, se le ha señalado el contraste entre sus promesas anteriores y su reserva actual.

¡Y precisamente porque las «discusiones sobre finanzas y sobre las muchas cifras que aparecen en ellas» requieren tiempo, precisamente por eso la comisión debe empezar su trabajo de inmediato!

«Por lo demás, si los asuntos financieros no se han presentado antes, ello tiene su buena razón en que he creído que sería más favorable para la situación del país esperar todavía un poco. Tenía la esperanza de que la tranquilidad del país, y con ella el crédito del Estado, mejorarían algo; deseo que esta esperanza no se vea defraudada, y en mi convicción he hecho bien en no presentar antes esas leyes.»

¡Qué revelaciones! ¡Las leyes financieras del señor Hansemann, que sin duda debían consolidar el crédito del Estado, son, pues, de tal índole que amenazan el crédito del Estado!

¡El señor Hansemann ha considerado mejor mantener en secreto, de momento, la situación financiera del país!

Si el Estado está en esas condiciones, es una irresponsabilidad del señor Hansemann hacer una manifestación tan vaga, en lugar de exponer de inmediato y abiertamente el estado de las finanzas y acallar con los hechos mismos todas las dudas y todos los rumores. En el Parlamento inglés, a una manifestación tan falta de tacto le habría seguido de inmediato un voto de censura.

El señor Siebert:

«Hasta ahora no hemos hecho nada. Todas las cuestiones importantes, en cuanto estaban maduras para resolverse, se han interrumpido y dejado de lado. Hasta ahora no hemos tomado ningún acuerdo que contuviera nada completo; no hemos hecho todavía nada completo. ¿Vamos a hacer hoy lo mismo, vamos a volver a aplazar la cuestión a cambio de promesas? ¿Quién nos garantiza que el ministerio siga ocho días más al timón?»

El señor Parrisius presenta una enmienda según la cual se invita al señor Hansemann a presentar en un plazo de catorce días, a una comisión investigadora de 16 miembros que se elegirá enseguida, los documentos necesarios sobre la administración de las finanzas y del tesoro desde el año 1840. El señor Parrisius declara que es un encargo expreso de sus electores: quieren saber adónde ha ido a parar el tesoro del Estado, que en 1840 ascendía a más de 40 millones.

Esta enmienda, más tajante aún que la moción original, ¿no espoleará por fin al extenuado Duchâtel? ¿No se planteará ahora, por fin, la cuestión de gabinete?

¡Al contrario! El señor Hansemann, que estaba en contra de la moción, no tiene absolutamente nada que objetar a esta enmienda con su ofensivo plazo perentorio. Se limita a observar que el asunto requerirá muchísimo tiempo y compadece a los pobres miembros de la comisión que tendrán que someterse a ese penoso trabajo.

Se habla todavía un poco, de acá para allá, sobre la votación, y en ello caen aún algunas palabras desagradables para el señor Hansemann. Luego se vota, se rechazan las diversas propuestas de orden del día, motivadas y sin motivar, y se aprueba casi por unanimidad la enmienda de Parrisius, a la que se adhiere el señor Grebel.

El señor Hansemann solo escapó a una derrota decisiva gracias a su falta de resistencia, gracias a la abnegación con que se tragó la ofensa de Parrisius. Quebrantado, roto, aniquilado, allí estaba sentado en su escaño, un tronco deshojado que despierta la compasión hasta del burlón más rudo. Recordemos las palabras del poeta:78

No está bien en los hijos de Germania
burlarse con chiste malo y sin entrañas
de la grandeza caída.

La segunda mitad de la sesión, mañana.

Debates de la Asamblea pactista

Neue Rheinische Zeitung, n.º 45, 15 de julio de 1848.

Colonia, 14 de julio. Pasamos hoy a la segunda mitad de la sesión de la Asamblea pactista del 7 del corriente. Tras el debate sobre la comisión de finanzas, tan doloroso para el señor Hansemann, todavía hubo una serie de pequeñas tribulaciones para los señores ministros. Fue el día de las mociones de urgencia y de las interpelaciones, el día de los ataques y del acoso ministerial.

El diputado Wander propuso que todo funcionario que hiciera detener injustamente a un ciudadano quedara obligado a una indemnización completa por daños y perjuicios y, además, a pasar en prisión cuatro veces más tiempo que el detenido por él.

La moción, al no considerarse urgente, pasa a la comisión correspondiente.

El ministro de Justicia, Märker,79 declara que la aprobación de esta moción no solo no endurecería la legislación vigente contra los funcionarios que detienen ilegalmente, sino que incluso la suavizaría. (Bravo.)

El señor ministro de Justicia solo ha olvidado señalar que, según las leyes vigentes, sobre todo las del viejo Landrecht prusiano,80 a un funcionario apenas le es posible detener a alguien ilegalmente. La detención más arbitraria puede justificarse con los parágrafos del venerabilísimo Landrecht.

Llamamos además la atención sobre el método, de lo más antiparlamentario, al que se han acostumbrado los señores ministros. Esperan a que la moción se haya remitido a la comisión correspondiente o a la sección, y entonces hablan todavía sobre ella. Así están seguros de que nadie puede contestarles. Así lo hizo el señor Hansemann con la moción del señor Borries, así lo hace ahora el señor Märker. En Inglaterra y en Francia, si los señores ministros hubieran intentado alguna vez semejantes incorrecciones parlamentarias, se les habría llamado al orden de muy otra manera. ¡Pero en Berlín!

El señor Schulze (de Delitzsch):81 moción para invitar al gobierno a entregar de inmediato a la Asamblea, para su deliberación en las secciones, los proyectos de leyes orgánicas ya terminados o a punto de terminarse.

Esta moción contenía de nuevo una censura indirecta al gobierno por negligencia o por demora deliberada en la presentación de las leyes orgánicas que completan la constitución. La censura era tanto más sensible cuanto que esa misma mañana se habían presentado dos proyectos de ley, entre ellos la ley de la milicia cívica. Con un poco de energía, pues, el presidente del gobierno habría tenido que rechazar resueltamente esta moción. Pero en lugar de eso se limita a decir unas cuantas frases generales sobre el empeño del gobierno en atender de todas las maneras los justos deseos de la Asamblea, y la moción se aprueba por gran mayoría.

El señor Besser interpela al ministro de la Guerra sobre la falta de un reglamento de servicio. El ejército prusiano es el único que carece de un reglamento así. Por eso en todas las unidades del ejército, hasta las compañías y los escuadrones, reina la mayor diversidad de opiniones sobre los asuntos de servicio más importantes y, en especial, sobre los derechos y deberes de los distintos grados. Existen, es cierto, miles de órdenes, disposiciones y prescripciones, pero precisamente por su número incontable, por su confusión y por las contradicciones que reinan en ellas son peor que inútiles. Además, cada uno de esos documentos está embrollado y vuelto irreconocible por tantas adiciones, aclaraciones, glosas marginales y glosas a las glosas marginales como instancias intermedias ha recorrido. Esta confusión favorece naturalmente al superior en todas sus arbitrariedades, mientras que el subordinado solo carga con los perjuicios. Por eso el subordinado no conoce derechos, sino solo deberes. Antes existía un reglamento de servicio, llamado el reglamento de piel de cerdo, pero en los años veinte se les retiró a sus poseedores particulares. ¡Desde entonces ningún subordinado puede invocarlo en su favor, mientras que las autoridades superiores pueden invocarlo continuamente contra los subordinados! Lo mismo ocurre con las prescripciones de servicio del cuerpo de la Guardia, que nunca se comunicaron al ejército, que nunca fueron accesibles a los subordinados, ¡y según las cuales, sin embargo, se les castiga! Los señores oficiales superiores y generales, naturalmente, solo sacan ventaja de esta confusión, que les permite la mayor arbitrariedad, la tiranía más dura. Pero los oficiales subalternos, los suboficiales y los soldados la padecen, y en su interés interpela el señor Besser al general Schreckenstein.

¡Qué asombrado debió de quedarse el señor Schreckenstein al oír ese largo «chupatintismo», por usar la expresión favorita del año trece! ¡Cómo! ¿Que el ejército prusiano no tiene reglamento de servicio? ¡Qué absurdo! El ejército prusiano, palabra de honor, tiene el mejor reglamento del mundo, que es a la vez el más corto y consta solo de dos palabras: «¡Obedecer órdenes!». Si un soldado del ejército «no apaleado» recibe empujones, patadas o culatazos, si un teniente menor de edad recién escapado de la academia de cadetes le tira de la barba o de la nariz y él se queja: «¡Obedecer órdenes!». Si un comandante achispado, después de comer, para su particular diversión, hace marchar a su batallón hasta la cintura en el pantano y formar allí el cuadro, y un subordinado se atreve a quejarse: «¡Obedecer órdenes!». Si se prohíbe a los oficiales frecuentar tal o cual café y se permiten una observación: «¡Obedecer órdenes!». Es el mejor reglamento de servicio, porque sirve para todos los casos.

De todos los ministros, el señor Schreckenstein es el único que todavía no ha perdido el valor. ¡El soldado que sirvió con Napoleón, que durante treinta y tres años se ha dedicado a la rutina cuartelera prusiana, que ha oído silbar más de una bala, no va a tener miedo de pactistas ni de interpelaciones! ¡Y menos aún cuando está en peligro el gran «¡Obedecer órdenes!»!

Señores, dice, eso tengo que saberlo yo mejor. Yo tengo que saber qué hay que cambiar en ello. Aquí se trata de derribar, y no hay que dejar que el derribar se extienda, porque construir es muy difícil.82 La organización militar la hicieron Scharnhorst, Gneisenau, Boyen y Grolmann,83 abarca a 600.000 ciudadanos armados e instruidos tácticamente y ofrece a todo ciudadano un futuro seguro mientras subsista la disciplina. Y la mantendré, y con esto he dicho bastante.

El señor Besser: El señor Schreckenstein no ha contestado en absoluto a la pregunta. ¡Pero de sus observaciones parece desprenderse que cree que un reglamento de servicio relajaría la disciplina!

El señor Schreckenstein: Ya he dicho que haré lo que sea oportuno para el ejército y redunde en beneficio del servicio.

El señor Behnsch: Por lo menos tenemos derecho a exigir que el ministro nos conteste sí o no o declare que no quiere contestar. Hasta ahora solo hemos oído frases evasivas.

El señor Schreckenstein, irritado: No considero útil para el servicio seguir ocupándome de esta interpelación.

¡El servicio, siempre el servicio! El señor Schreckenstein sigue creyéndose jefe de división y hablando con su cuerpo de oficiales. ¡Se figura que, también como ministro de la Guerra, solo tiene que atender al servicio, y no a la posición jurídica de los distintos grados del ejército entre sí, y menos que nada a la posición del ejército respecto del Estado en su conjunto y de sus ciudadanos! Seguimos todavía bajo Bodelschwingh;84 el espíritu del viejo Boyen sigue mandando sin interrupción en el Ministerio de la Guerra.

El señor Piegsa interpela sobre los malos tratos a los polacos en Mielzyn el 7 de junio.

El señor Auerswald declara que tiene que esperar primero a recibir informes completos.

¡Así que un mes entero de 31 días después del suceso el señor Auerswald todavía no está completamente informado! ¡Admirable administración!

El señor Behnsch interpela al señor Hansemann sobre si, al presentar el presupuesto, piensa presentar un estado de la administración de la Seehandlung85 desde 1820 y del tesoro del Estado desde 1840.

El señor Hansemann declara, entre sonoras carcajadas, ¡que podrá contestar dentro de ocho días!

El señor Behnsch interpela de nuevo en relación con el apoyo del gobierno a la emigración.

El señor Kühlwetter contesta que es un asunto alemán y remite al señor Behnsch al archiduque Juan.86

El señor Grebel interpela al señor Schreckenstein sobre los funcionarios de la administración militar que son a la vez oficiales de la Landwehr,87 entran en servicio activo en los ejercicios de la Landwehr y quitan así a otros oficiales de la Landwehr la ocasión de instruirse. Propone que esos funcionarios queden dispensados de la Landwehr.

El señor Schreckenstein declara que cumplirá con su deber y que incluso tomará el asunto en consideración.

El señor Feldhaus interpela al señor Schreckenstein sobre los soldados que murieron el 18 de junio en la marcha de Posen a Glogau y sobre las medidas tomadas para castigar esa barbaridad.

El señor Schreckenstein: El hecho ha ocurrido. Se ha presentado el informe del comandante del regimiento. Falta todavía el informe de la comandancia general que dispuso las etapas. No puedo decir, pues, todavía si se ha excedido el reglamento de marcha. Además, aquí se juzga a un oficial superior, y esos juicios son dolorosos. La «alta asamblea general» (!!!) esperará, confío, a que hayan llegado los informes.

El señor Schreckenstein no juzga esa barbaridad como una barbaridad; ¡solo pregunta si el comandante en cuestión ha «obedecido órdenes»! ¡Y qué importa que 18 soldados mueran miserablemente en la carretera como otras tantas cabezas de ganado, con tal de que se obedezcan órdenes!

El señor Behnsch, que había presentado la misma interpelación que el señor Feldhaus: Retiro mi interpelación, ahora superflua, pero exijo que el ministro de la Guerra fije un día para contestar. Han pasado ya tres semanas desde el suceso, y los informes podrían estar aquí hace tiempo.

El señor Schreckenstein: No se ha perdido un instante; los informes se pidieron de inmediato a la comandancia general.

El presidente quiere pasar por encima del asunto.

El señor Behnsch: Solo pido al ministro de la Guerra que conteste y fije un día.

Presidente: ¿Quiere el señor Schreckenstein…?

El señor Schreckenstein: Todavía no es posible prever en absoluto cuándo será eso.

El señor Gladbach: El § 28 del reglamento impone a los ministros la obligación de fijar un día. Yo también insisto en ello.

Presidente: Vuelvo a preguntar al señor ministro.

El señor Schreckenstein: No puedo fijar un día determinado.

El señor Gladbach: Mantengo mi exigencia.

El señor Temme:88 Soy de la misma opinión.

Presidente: ¿Podrá el señor ministro de la Guerra, por ejemplo, dentro de 14 días…?

El señor Schreckenstein: Es muy posible. En cuanto sepa si se han obedecido las órdenes, contestaré.

Presidente: Así pues, dentro de 14 días.

¡Así cumple el señor ministro de la Guerra «con su deber» hacia la Asamblea!

El señor Gladbach tiene todavía que dirigir una interpelación al ministro del Interior sobre la suspensión de los funcionarios malquistos y la provisión solo interina, provisional, de las plazas vacantes.

El señor Kühlwetter contesta de manera muy insuficiente, y las demás observaciones del señor Gladbach quedan ahogadas, tras una valiente resistencia, bajo los murmullos, los gritos y el pataleo de la derecha, indignada por fin ante tanta desvergüenza.

Una moción del señor Berends89 para que la Landwehr llamada al servicio interior quede bajo el mando de la milicia cívica no se considera urgente y a continuación se retira. Comienza entonces una agradable conversación sobre toda clase de sutilezas relacionadas con la comisión de Posen. La tormenta de las interpelaciones y las mociones de urgencia ha pasado, y como el dulce susurro del céfiro y el grato murmullo del arroyo en el prado se extinguen los últimos acordes conciliadores de la célebre sesión del 7 de julio. El señor Hansemann se va a casa con el consuelo de que el alboroto y el pataleo de la derecha le han trenzado unas pocas flores en su corona de espinas, y el señor Schreckenstein se retuerce satisfecho el bigote y murmura: «¡Obedecer órdenes!».

Debates pactistas sobre las dietas de distrito

Neue Rheinische Zeitung, n.º 56, 26 de julio de 1848.

**Colonia, 25 de julio. (Sesión de la Asamblea pactista del 18.)90 De entre los muchos documentos y deliberaciones confusos, inútiles y puramente personales que se presentan al comienzo de cada sesión, destacamos hoy dos puntos.

El primero es la declaración del exministro Rodbertus,91 entregada por escrito al presidente y repetida desde la tribuna: aunque se había inscrito como orador en contra de la propuesta de Jacoby,92 solo había querido hablar contra la primera parte, la que desaprobaba la resolución de Fráncfort, y al mismo tiempo contra la correspondiente declaración del ministerio del 4 de julio. Como se sabe, el debate se cerró antes de que el señor Rodbertus tomara la palabra.

El segundo es una declaración del señor Brodowski en nombre de todos los diputados polacos y con ocasión de una declaración cualquiera de los diputados germanopolacos: no reconoce en absoluto como jurídicamente válida la incorporación de una parte de Posen a la Confederación Germánica,93 en virtud de los tratados de 1815 y de la declaración de la dieta provincial, provocada por el rey, en contra de la admisión en la Confederación.

«No conozco ninguna vía legal posterior, porque a la nación todavía no se le ha preguntado».

Sigue la deliberación final sobre el mensaje.94 El mensaje, como se sabe, fue rechazado entre el grito de la izquierda: «¡Dos veces cuestión de confianza!» y la hilaridad general.

Llegó entonces el turno del informe de la comisión sobre la propuesta de 94 diputados de quitar a las dietas de distrito95 la facultad de establecer impuestos.

Entramos a propósito en este asunto. Nos trae de nuevo a la memoria un pedazo de auténtica legislación de la vieja Prusia, y la reacción creciente nos pone cada vez más esa legislación como modelo insuperable, mientras que el ministerio de la acción, que no quiere responder del ministerio de transición, se erige cada día con menos reparo en panegirista del ministerio Bodelschwingh.96

Las dietas de distrito recibieron, por una serie de leyes todas posteriores a 1840, la facultad de acordar impuestos obligatorios para los habitantes del distrito.

Estas dietas de distrito son un espléndido modelo de «representación» de la vieja Prusia. Todos los campesinos con grandes propiedades del distrito envían tres diputados; cada ciudad envía por regla general uno; pero cada propietario de un señorío es miembro nato de la dieta de distrito. No están representados en absoluto, en las ciudades, los obreros y una parte de la pequeña burguesía, y en el campo los pequeños propietarios y los habitantes sin tierra; en conjunto, la inmensa mayoría. Pero estas clases no representadas son gravadas, no obstante, por los representantes, y en particular por los señores «miembros natos», y enseguida veremos cómo y con qué fines.

Estas dietas de distrito, que además pueden disponer con plena autonomía del patrimonio del distrito, necesitan para sus acuerdos fiscales la aprobación, unas veces del Oberpräsident,97 otras del rey, y además, si se han dividido y un estamento ha emitido un voto particular, la decisión del ministro del Interior. Se ve con qué astucia supo la vieja Prusia salvaguardar los «derechos bien adquiridos» de los grandes terratenientes, y al mismo tiempo el derecho de alta vigilancia de la burocracia.

Pero que ese derecho de alta vigilancia de la burocracia solo existe para impedir eventuales intromisiones de las dietas de distrito en los derechos de la mesa verde,98 y no para proteger a los habitantes del distrito, y sobre todo a los que no están representados en absoluto, de las intromisiones de los señores de la dieta de distrito, lo reconoce expresamente el informe de la comisión central.

El informe concluye proponiendo derogar las leyes que conceden a las dietas de distrito el derecho de imponer tributos.

El señor Bucher,99 ponente, desarrolló la propuesta. Precisamente los acuerdos de las dietas de distrito que más oprimían y exasperaban a los no representados son los que con preferencia han aprobado las autoridades.

«Es precisamente una maldición del Estado policial, que ha caído en principio pero que por desgracia de hecho sigue existiendo hasta este momento, que un funcionario o una autoridad crean entender tanto mejor todas las cosas, incluso esas medidas de detalle, cuanto más alto están en el mandarinato, aunque estén otro tanto más lejos de las necesidades locales».

La propuesta, dijo, se recomendaba tanto más cuanto que no era constructiva, sino meramente destructiva.

«No se puede negar que la Asamblea no ha tenido hasta ahora suerte en sus intentos de actividad productiva... Por eso sería aconsejable que nos entregáramos de momento más bien a una actividad destructiva».

En consecuencia, el orador aconseja derogar sobre todo las leyes reaccionarias promulgadas desde 1815.

Aquello era demasiado. El ponente no solo había declarado reprobables la vieja Prusia, la burocracia y las dietas de distrito, sino que había echado incluso una mirada irónica de soslayo a los productos que hasta entonces habían dado los debates de la Asamblea pactista. La ocasión era propicia para el ministerio. De todos modos, por consideraciones de corte, no podía admitir que se derogaran precisamente solo las leyes promulgadas bajo el rey actual.

Se levanta, pues, el señor Kühlwetter.100

«Las dietas de distrito están compuestas de tal modo que sin duda se modificará su constitución, puesto que» ¿el régimen estamental en general contradice la igualdad ante la ley? ¡Al contrario! Simplemente «puesto que ahora todo propietario de un señorío es miembro nato de la dieta de distrito, mientras que una ciudad, aunque encierre tantos señoríos como se quiera, solo tiene derecho a enviar un miembro, y los municipios campesinos solo están representados por tres diputados».

Echamos un vistazo a los planes ocultos del ministerio de la acción. El régimen estamental tenía que abolirse en la representación nacional central; eso no tenía remedio. Pero en los ámbitos menores de la representación, en los distritos (¿quizá también en las provincias?), se intentará conservar la representación estamental, eliminando solo los abusos más groseros de la nobleza a costa de burgueses y campesinos. Que la declaración del señor Kühlwetter no puede entenderse de otro modo se desprende de que el informe de la comisión central apelaba directamente a la aplicación de la igualdad ante la ley en la representación de los distritos. Pero el señor Kühlwetter pasa por alto este punto con el más profundo silencio.

Contra el contenido de la propuesta el señor Kühlwetter no tiene nada que objetar; solo pregunta si es necesario hacerla valer «por vía legislativa».

«El peligro de que las dietas de distrito pudieran abusar del derecho de imponer tributos no es tan grande... El derecho de vigilancia del gobierno no es en absoluto tan ilusorio como se ha dicho; se ha ejercido siempre a conciencia, y en particular se ha procurado “eximir en lo posible de contribuciones al escalón más bajo del impuesto de clases”».

¡Naturalmente! El señor Kühlwetter fue burócrata bajo Bodelschwingh, y aun a riesgo de comprometer a todo el ministerio de la acción, hay que defender las pasadas hazañas de la burocracia de Bodelschwingh. Hacemos notar que el señor Hansemann estaba ausente cuando su colega Kühlwetter le hizo fraternizar así con el señor Bodelschwingh.

El señor Kühlwetter declara que ya ha dado instrucciones a todas las autoridades de que hasta nuevo aviso no aprueben más impuestos de las dietas de distrito, y que con eso ya se ha alcanzado el fin.

El señor Jentzsch le estropea el juego al señor ministro al señalar que entre las dietas de distrito está de moda repartir las contribuciones para carreteras, que en su mayor parte benefician precisamente a los señoríos, según el impuesto de clases, del que los señoríos están completamente exentos.

El señor Kühlwetter y el señor von Wangenheim, parte interesada, intentan defender a las dietas de distrito; en particular, el señor consejero del Tribunal Superior Regional von Wangenheim, miembro de la dieta de distrito de Saatzig, pronuncia un gran panegírico de esta gloriosa institución.

Pero el diputado Moritz vuelve a echar por tierra el efecto. ¿De qué sirve la disposición del señor Kühlwetter? Si el ministerio llegara a dimitir, las autoridades dejarían de tenerla en cuenta. Si tenemos leyes tan malas como estas, no veo por qué no habríamos de derogarlas. Y en cuanto a los abusos negados,

«no solo han abusado las dietas de distrito de la facultad que les corresponde de imponer tributos, en el sentido de que han hecho intervenir favores personales y han acordado gastos que no eran de utilidad común para el distrito, sino que también han acordado construir carreteras en interés de particulares, de un estamento privilegiado... La ciudad de Ruppin, cabeza de distrito, ha de unirse con el ferrocarril de Hamburgo a Berlín. En lugar de trazar la carretera por la ciudad de Wusterhausen, aunque esta ciudad se ha declarado dispuesta a pagar de sus propios fondos el coste adicional, el gobierno ha negado a esta pequeña ciudad sin recursos el paso de la carretera, y en cambio la carretera se ha llevado por tres fincas de un mismo propietario de señoríos»!!

El señor Reichenbach101 advierte que la disposición ministerial no tiene ninguna influencia sobre la facultad, dejada por entero a las dietas de distrito, de disponer del patrimonio del distrito.

El ministro responde con unas frases sin nervio.

El señor Bucher declara que no considera al ministro en absoluto facultado para dictar disposiciones que deroguen de hecho leyes vigentes. Solo por vía legislativa puede ponerse remedio.

El señor Kühlwetter balbucea todavía unas cuantas palabras inconexas para defenderse, y a continuación se vota.

La Asamblea aprueba la propuesta de la comisión central de derogar las leyes que conceden a las dietas de distrito el derecho de imponer tributos y la disposición del patrimonio del distrito, con el añadido: «sin perjuicio de los acuerdos de las dietas de distrito adoptados en virtud de esas ordenanzas».

Se ve: las «acciones» del ministerio de la acción consisten en intentos policiales de reacción y en derrotas parlamentarias.

  1. La Asamblea Nacional prusiana, reunida en Berlín desde el 22 de mayo de 1848, había sido convocada para pactar (vereinbaren) la constitución con la Corona. La Neue Rheinische Zeitung la llama por eso, con sorna, «Asamblea pactista» (Vereinbarungsversammlung), y a sus diputados, «pactistas» (Vereinbarer). ↩

  2. En abril y mayo de 1848 las tropas prusianas aplastaron el levantamiento nacional polaco en el Gran Ducado de Posen. ↩

  3. Ludolf Camphausen, banquero de Colonia, presidente del gobierno prusiano desde el 29 de marzo de 1848. ↩

  4. «Que se dice», «supuesta». ↩

  5. Juego con el refrán alemán «el hombre piensa y Dios dirige» (der Mensch denkt, Gott lenkt), equivalente a «el hombre propone y Dios dispone». ↩

  6. Seudónimo de Amédée de Noé, caricaturista francés. ↩

  7. Anton Bloem, abogado de Düsseldorf, diputado de la izquierda en la Asamblea Nacional prusiana. ↩

  8. David Hansemann, banquero y comerciante de Aquisgrán, ministro de Hacienda en el gabinete de Camphausen. ↩

  9. Georg Jung, diputado demócrata por Colonia en la Asamblea Nacional prusiana. ↩

  10. Jodocus Temme, jurista, diputado de la izquierda en la Asamblea Nacional prusiana. ↩

  11. Charles Duchâtel, ministro del Interior de Luis Felipe en el gabinete de Guizot. ↩

  12. La Asamblea Nacional prusiana, reunida en Berlín desde el 22 de mayo de 1848, debía elaborar una constitución «de acuerdo» (Vereinbarung) con la Corona. Por eso Marx y Engels la llaman Vereinbarungsversammlung, «Asamblea pactista», y a sus diputados Vereinbarer, «pactistas». ↩

  13. Louis-Eugène Cavaignac (1802-1857), general; como ministro de la Guerra aplastó la insurrección obrera de junio de 1848 en París y quedó luego al frente del poder ejecutivo. ↩

  14. Ludolf Camphausen (1803-1890), banquero de Colonia y dirigente liberal renano; presidente del gobierno prusiano de marzo a junio de 1848. ↩

  15. David Hansemann (1790-1864), banquero de Aquisgrán y dirigente liberal renano; ministro de Hacienda de Prusia de marzo a septiembre de 1848. ↩

  16. Alusión al artículo «Das Kabinett Hansemann», publicado pocos días antes en la Neue Rheinische Zeitung. ↩

  17. Rudolf von Auerswald (1795-1866), presidente del gobierno prusiano y ministro de Asuntos Exteriores de junio a septiembre de 1848. ↩

  18. Ludwig Roth von Schreckenstein (1789-1858), general; ministro de la Guerra de Prusia de junio a septiembre de 1848. Su apellido significa literalmente «piedra del espanto». ↩

  19. Erasmus Robert von Patow (1804-1890), ministro de Comercio, Industria y Obras Públicas en el gabinete Camphausen. ↩

  20. Las leyes de septiembre de 1835, con las que el gobierno de Luis Felipe restringió en Francia la libertad de prensa y endureció los procesos por delitos políticos. ↩

  21. El «terreno del derecho» (Rechtsboden) era la fórmula de Camphausen y de los liberales prusianos: el nuevo orden constitucional debía nacer de la legalidad existente y no de la revolución de marzo. ↩

  22. Versos de Heine, Deutschland. Ein Wintermärchen (Alemania. Un cuento de invierno), capítulo XII, donde el poeta habla así a una manada de lobos. ↩

  23. El mensaje de respuesta de la Asamblea al discurso de la Corona del 22 de mayo. ↩

  24. Moción del diputado Julius Berends para que la Asamblea reconociera la revolución de marzo; el 9 de junio la Asamblea pasó al orden del día con una enmienda de Zachariä. ↩

  25. Benedikt Waldeck (1802-1870), magistrado, dirigente de la izquierda en la Asamblea Nacional prusiana. ↩

  26. Karl d'Ester (1813-1859), médico de Colonia, miembro de la Liga de los Comunistas; diputado de la izquierda en la Asamblea Nacional prusiana. ↩

  27. Johann Karl Rodbertus (1805-1875), economista, diputado del centro izquierda; fue ministro de Cultos durante dos semanas, a finales de junio y principios de julio de 1848. ↩

  28. Friedrich von Kühlwetter (1809-1882), ministro del Interior de Prusia de junio a septiembre de 1848. ↩

  29. En el Parlamento británico, el whip («látigo») es el diputado encargado de asegurar la disciplina de voto de su partido; el Treasury whip es el del partido del gobierno. ↩

  30. Wilhelm Grabow (1802-1874), alcalde de Prenzlau; presidente de la Asamblea Nacional prusiana. ↩

  31. Cuerpos de voluntarios alemanes habían combatido en la primavera de 1848 en la guerra de Schleswig-Holstein contra Dinamarca. ↩

  32. En Potsdam residía Federico Guillermo IV con su camarilla. ↩

  33. El Landrat era el jefe administrativo de un distrito (Kreis) prusiano, nombrado por el gobierno y por lo general noble del lugar; las «regencias» (Regierungen) eran las autoridades administrativas de las circunscripciones de cada provincia. ↩

  34. Moritz Elsner (1809-1894), publicista silesiano; diputado de la izquierda en la Asamblea Nacional prusiana. ↩

  35. Tras la represión del levantamiento de Posnania en la primavera de 1848, las tropas prusianas raparon la cabeza a prisioneros polacos y los marcaron con piedra infernal. ↩

  36. Pierre Terrail de Bayard (hacia 1476-1524), capitán francés, llamado «el caballero sin miedo y sin tacha». ↩

  37. Eduard von Reichenbach (1812-1869), conde silesiano, demócrata; diputado de la izquierda en la Asamblea Nacional prusiana. ↩

  38. En el original, oktroyiert: el verbo con que se designaba la constitución «otorgada» por el monarca sin intervención de la representación popular. ↩

  39. Georg Jung (1814-1886), abogado de Colonia, antiguo gerente de la Rheinische Zeitung; diputado de la izquierda en la Asamblea Nacional prusiana. ↩

  40. Versos de Heine, Deutschland. Ein Wintermärchen, capítulo XXV. ↩

  41. El ducado de Berg y el condado de la Marca, antiguos territorios de la provincia del Rin y de Westfalia, con Elberfeld, Barmen y Hagen. ↩

  42. Versos del poema de Heine Der Tannhäuser. ↩

  43. Friedrich von Wrangel (1784-1877), general prusiano, al mando de las tropas de la Confederación Germánica en la guerra contra Dinamarca. ↩

  44. En mayo de 1848, presionado por Rusia e Inglaterra, el gobierno prusiano ordenó a sus tropas retirarse de Jutlandia, que habían ocupado en la guerra contra Dinamarca. ↩

  45. Severnaya Pchela (La Abeja del Norte), periódico oficioso de San Petersburgo. ↩

  46. Nicolás I (1796-1855), zar de Rusia desde 1825. ↩

  47. En abril de 1848 el mayor Wildenbruch, enviado del rey de Prusia, aseguró al gobierno danés que Prusia no hacía la guerra en serio, sino para dar salida a los elementos radicales y republicanos de Alemania. ↩

  48. Gustav von Griesheim (1798-1854), oficial del Ministerio de la Guerra prusiano, que actuaba como su comisario en la Asamblea. ↩

  49. Federico de Schleswig-Holstein-Sonderburg-Augustenburg, príncipe de Noer (1800-1865), jefe de las tropas del gobierno provisional de Schleswig-Holstein. ↩

  50. El valle del Wupper, con Elberfeld y Barmen, era el gran foco del pietismo renano. ↩

  51. El diputado Reuter había propuesto nombrar una comisión que investigara los sucesos del gran ducado de Posen, donde en abril y mayo de 1848 las tropas prusianas habían aplastado el movimiento nacional polaco. ↩

  52. Peter Franz Reichensperger (1810-1892), magistrado renano y católico; diputado del centro derecha en la Asamblea Nacional prusiana. ↩

  53. Juan III Sobieski (1629-1696), rey de Polonia, que en 1683 levantó el sitio turco de Viena. ↩

  54. El debate de la Asamblea Nacional prusiana del 8 y 9 de junio de 1848 sobre la propuesta del diputado Berends de reconocer la revolución de marzo. ↩

  55. Deutschpole: alemán de la provincia de Posen; la expresión designa aquí a los alemanes de Posen hostiles a la reorganización polaca. ↩

  56. La «reorganización nacional» del gran ducado de Posen, prometida por el rey en marzo de 1848, debía dar a los polacos una administración propia; con la línea de demarcación se fue separando de ella la parte del territorio considerada alemana. ↩

  57. August Cieszkowski (1814-1894), filósofo polaco, discípulo de Hegel; diputado polaco en la Asamblea Nacional prusiana. ↩

  58. El convenio de Jarosławiec, firmado el 11 de abril de 1848 entre el comité nacional polaco y el general Willisen, comisario del rey: los polacos disolvían sus campamentos armados a cambio de la reorganización. Las tropas prusianas no lo respetaron. ↩

  59. Leon Przyłuski (1789-1865), arzobispo de Gniezno y Posen. ↩

  60. El 19 de marzo de 1848, tras los combates de barricadas del día 18 en Berlín, el rey tuvo que retirar las tropas de la capital. ↩

  61. En francés en el original: derecho de investigación parlamentaria. ↩

  62. Heine, «Zur Beruhigung» («Para tranquilizar»), de los Zeitgedichte. ↩

  63. El Parlamento inglés reunido en 1640, que dirigió la revolución contra Carlos I y no se disolvió definitivamente hasta 1660. ↩

  64. François Guizot (1787-1874), historiador, cabeza de los liberales «doctrinarios» y jefe del gobierno francés bajo Luis Felipe hasta la revolución de febrero de 1848. ↩

  65. Lord John Russell (1792-1878), jefe de los whigs y primer ministro británico desde 1846. ↩

  66. Fiscal general en Colonia y diputado de la derecha en la Asamblea Nacional prusiana. ↩

  67. Le Moniteur universel, diario oficial del gobierno francés, que publicaba las actas de las cámaras. ↩

  68. El Allgemeiner Preußischer Staats-Anzeiger, diario oficial del gobierno prusiano, que publicaba las actas taquigráficas de la Asamblea. ↩

  69. «Porque tal es nuestra voluntad»: fórmula con que los reyes de Francia cerraban sus edictos. ↩

  70. Impuesto personal prusiano que gravaba a los contribuyentes, sobre todo del campo y de las ciudades pequeñas, según la «clase» o escalón de ingresos en que se los encuadraba. ↩

  71. Impuestos sobre la molienda del grano y la matanza de reses, que se cobraban en las ciudades grandes en lugar del impuesto de clases y recaían sobre todo en los consumidores pobres. ↩

  72. Hansemann había anunciado a la Asamblea un empréstito forzoso para cubrir el déficit del Estado. ↩

  73. La Dieta Unida, reunión de todas las dietas provinciales de Prusia convocada por Federico Guillermo IV en 1847 y de nuevo en abril de 1848; Hansemann fue en ella uno de los portavoces de la oposición liberal. ↩

  74. Rudolf Schramm (1813-1882), diputado de la izquierda en la Asamblea Nacional prusiana. ↩

  75. Karl August Milde (1805-1861), fabricante de Breslau; ministro de Comercio de Prusia de junio a septiembre de 1848. ↩

  76. Eduard Baumstark (1807-1889), economista, profesor en Greifswald; diputado de la derecha. ↩

  77. Charles-Marie Tanneguy Duchâtel (1803-1867), ministro del Interior de Luis Felipe hasta la revolución de febrero; la Neue Rheinische Zeitung daba ese nombre a Hansemann. ↩

  78. Heinrich Heine, «El tambor mayor» (Der Tambourmajor), en sus Poemas de actualidad. ↩

  79. Friedrich August Märker, ministro de Justicia de Prusia de junio a septiembre de 1848. ↩

  80. El Código General de los Estados Prusianos (Allgemeines Landrecht) de 1794. ↩

  81. Hermann Schulze-Delitzsch (1808-1883), juez, diputado del centro izquierda; más tarde promotor de las cooperativas de crédito. ↩

  82. Juego de palabras intraducible: einreißen significa «derribar» y también «extenderse, cundir» (un abuso). ↩

  83. Gerhard von Scharnhorst, August Neidhardt von Gneisenau, Hermann von Boyen y Karl von Grolmann, autores de la reforma del ejército prusiano después de la derrota de 1806 y del servicio militar obligatorio. ↩

  84. Ernst von Bodelschwingh (1794-1854), ministro del Interior de Prusia hasta la revolución de marzo de 1848. ↩

  85. La Seehandlung (Sociedad de Comercio Marítimo), banco y empresa comercial del Estado prusiano. ↩

  86. El archiduque Juan de Austria (1782-1859), elegido el 29 de junio de 1848 por la Asamblea Nacional de Fráncfort regente del Imperio (Reichsverweser) al frente de un poder central provisional. ↩

  87. La Landwehr, reserva del ejército prusiano formada por los hombres que ya habían cumplido el servicio activo. ↩

  88. Jodocus Temme (1798-1881), magistrado, diputado de la izquierda en la Asamblea Nacional prusiana. ↩

  89. Julius Berends (1817-1891), impresor de Berlín, diputado de la izquierda en la Asamblea Nacional prusiana. ↩

  90. La Asamblea Nacional prusiana, reunida en Berlín desde el 22 de mayo de 1848, debía «pactar» (vereinbaren) la Constitución con la Corona; la Neue Rheinische Zeitung la llama por eso, con sorna, Vereinbarungsversammlung, «Asamblea pactista». ↩

  91. Johann Karl Rodbertus (1805-1875), economista y terrateniente pomerano, diputado del centro izquierda; fue ministro de Cultos durante unos días en el gabinete Auerswald-Hansemann, en julio de 1848. ↩

  92. Johann Jacoby (1805-1877), médico y diputado demócrata de Königsberg, propuso que la Asamblea prusiana reconociera el derecho de la Asamblea de Fráncfort a adoptar resoluciones válidas sin el consentimiento de los gobiernos, pero desaprobara su decisión de nombrar un regente del Imperio irresponsable; el debate tuvo lugar el 11 y el 12 de julio de 1848. ↩

  93. En abril y mayo de 1848, la Dieta federal y luego la Asamblea de Fráncfort acordaron incorporar a la Confederación Germánica la mayor parte del gran ducado de Posen. ↩

  94. El mensaje de respuesta al discurso de la Corona con que se había abierto la Asamblea el 22 de mayo de 1848. ↩

  95. En prusiano, Kreisstände: las asambleas estamentales de los distritos (Kreise), en las que cada propietario de un señorío (Rittergut) tenía asiento por derecho propio. ↩

  96. Ernst von Bodelschwingh (1794-1854), ministro del Interior prusiano hasta la revolución de marzo de 1848. ↩

  97. El Oberpräsident era el jefe de la administración de una provincia prusiana. ↩

  98. La «mesa verde» (grüner Tisch), la mesa de despacho de las oficinas públicas, designa la burocracia que decide sin conocer las cosas. ↩

  99. Lothar Bucher (1817-1892), juez, diputado de la izquierda en la Asamblea Nacional prusiana; más tarde colaborador de Bismarck. ↩

  100. Friedrich von Kühlwetter (1809-1882), alto funcionario, ministro del Interior en el gabinete Auerswald-Hansemann (junio-septiembre de 1848). ↩

  101. El conde Eduard von Reichenbach (1812-1869), terrateniente silesio, diputado de la izquierda en la Asamblea Nacional prusiana. ↩