Publicado sin firma en la Neue Rheinische Zeitung (Colonia), n.º 28, del 28 de junio de 1848. La MEW lo atribuye a Friedrich Engels. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 5 (Berlín, 1971, pp. 123-127), por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

Toda la noche estuvo París ocupado militarmente. Fuertes piquetes de tropa se apostaban en las plazas y en los bulevares.

A las cuatro de la mañana sonó la generala. Un oficial y varios hombres de la Guardia Nacional entraban en cada casa y sacaban a la gente de su compañía que no se había presentado voluntariamente.

A la misma hora vuelve a retumbar el cañón, con mayor violencia en la zona del puente Saint-Michel, el punto de enlace entre los insurrectos de la orilla izquierda y los de la Cité. El general Cavaignac, investido esta mañana de la dictadura, arde en deseos de ejercerla contra el motín. La víspera la artillería solo se había empleado excepcionalmente, y casi siempre se disparaba solo metralla; pero hoy se emplaza artillería en todos los puntos, no solo contra las barricadas, sino también contra las casas; no solo se dispara metralla, sino balas de cañón, granadas y cohetes Congreve.1

En la parte alta del faubourg Saint-Denis empezó por la mañana un violento combate. Los insurrectos habían ocupado, cerca del ferrocarril del Norte, una casa en construcción y varias barricadas. La primera legión de la Guardia Nacional atacó, sin conseguir, sin embargo, ventaja alguna. Agotó su munición y tuvo cerca de cincuenta muertos y heridos. A duras penas mantuvo su posición hasta que llegó la artillería (hacia las diez), que echó abajo a cañonazos la casa y las barricadas. Las tropas volvieron a ocupar el ferrocarril del Norte. La lucha en toda esta zona (llamada Clos Saint-Lazare, que la Kölnische Zeitung convierte en el «patio de Saint-Lazare») continuó sin embargo largo tiempo y se libró con gran encarnizamiento. «Es una verdadera carnicería», escribe el corresponsal de un periódico belga. En las barreras Rochechouart y Poissonnière se alzaban fuertes barricadas; el atrincheramiento de la Allée Lafayette se había vuelto a levantar también y no cedió hasta la tarde ante las balas de cañón.

En las calles Saint-Martin, Rambuteau y du Grand-Chantier, las barricadas solo pudieron tomarse igualmente con ayuda de los cañones.

El café Cuisinier, frente al puente Saint-Michel, quedó destrozado por las balas de cañón.

Pero el combate principal tuvo lugar por la tarde, hacia las tres, en el muelle de las Flores, donde la famosa tienda de ropa «A la Belle Jardinière» estaba ocupada por seiscientos insurrectos y convertida en fortaleza. La artillería y la infantería de línea atacan. Se derriba una esquina del muro. Cavaignac, que dirige aquí el fuego en persona, intima a los insurrectos a rendirse; de lo contrario los pasará a todos a cuchillo. Los insurrectos se negaron. El cañoneo empieza de nuevo y por fin se lanzan dentro cohetes incendiarios y granadas. La casa queda completamente destruida; ochenta insurrectos yacen sepultados bajo los escombros.

En el faubourg Saint-Jacques, en la zona del Panteón, los obreros se habían atrincherado igualmente por todos lados. Hubo que sitiar cada casa como en Zaragoza.2 Los esfuerzos del dictador Cavaignac por tomar estas casas al asalto fueron tan inútiles que el brutal soldado de Argelia declaró que las haría incendiar si sus ocupantes no se rendían.

En la Cité había muchachas que disparaban desde las ventanas contra los soldados y la guardia cívica. También aquí hubo que hacer intervenir los obuses para lograr algún resultado.

El 11.º batallón de la Guardia Móvil, que quería pasarse al lado de los insurrectos, fue aniquilado por las tropas y la Guardia Nacional. Eso es al menos lo que se dice.

Hacia mediodía la ventaja era decididamente de la insurrección. Todos los faubourgs, los arrabales de Les Batignolles, Montmartre, La Chapelle y La Villette, en una palabra, todo el borde exterior de París, desde Les Batignolles hasta el Sena, y la mayor parte de la orilla izquierda estaban en sus manos. Allí habían conquistado trece cañones, que no emplearon. En el centro avanzaban por la Cité y por la parte baja de la calle Saint-Martin hacia el Hôtel de Ville, cubierto por masas de tropas. Pero, aun así, declaró Bastide3 en la Cámara, quizá en una hora caería en manos de los insurrectos, y en el aturdimiento que provocó esta noticia se votaron la dictadura y el estado de sitio. Apenas investido de ellos, Cavaignac recurrió a los medios más extremos y más brutales, como nunca se habían empleado en una ciudad civilizada, como el propio Radetzky vaciló en emplear en Milán. El pueblo fue de nuevo demasiado magnánimo. Si a los cohetes incendiarios y a los obuses hubiera respondido con el incendio, al anochecer habría sido el vencedor. Pero no pensó en usar las mismas armas que sus adversarios.

La munición de los insurrectos consistía sobre todo en algodón pólvora, que se fabricaba en grandes cantidades en el faubourg Saint-Jacques y en el Marais. En la plaza Maubert se había instalado una fundición de balas.

El gobierno recibía continuamente refuerzos. Durante toda la noche llegaron tropas a París; llegó la Guardia Nacional de Pontoise, Ruan, Meulan, Mantes, Amiens y El Havre; llegaron tropas de Orleans, artillería y zapadores de Arras y Douai, un regimiento de Orleans. En la mañana del 24 entraron en la ciudad quinientos mil cartuchos y doce piezas de artillería procedentes de Vincennes; por lo demás, los obreros ferroviarios del ferrocarril del Norte han levantado los raíles entre París y Saint-Denis para que no lleguen más refuerzos.

Estas fuerzas unidas y esta brutalidad inaudita lograron, en la tarde del 24, hacer retroceder a los insurrectos.

Con qué furia combatía la Guardia Nacional y hasta qué punto sabía que en esta lucha se jugaba su existencia lo muestra el hecho de que no solo Cavaignac, sino la propia Guardia Nacional quería incendiar todo el barrio del Panteón.

Se designaron tres puntos como cuarteles generales de las tropas atacantes: la Porte Saint-Denis, donde mandaba el general Lamoricière; el Hôtel de Ville, donde estaba el general Duvivier4 con catorce batallones, y la plaza de la Sorbona, desde donde el general Damesme5 combatía el faubourg Saint-Jacques.

Hacia mediodía se tomaron los accesos de la plaza Maubert y se cercó la plaza misma. A la una cayó la plaza; ¡cayeron en ella cincuenta hombres de la Guardia Móvil! A la misma hora, tras un violento y prolongado cañoneo, se tomó el Panteón, o más bien se rindió. Los mil quinientos insurrectos atrincherados en él capitularon, probablemente a consecuencia de la amenaza del señor Cavaignac y de los furibundos burgueses de entregar todo el barrio a las llamas.

A la misma hora los «defensores del orden» avanzaban cada vez más por los bulevares y tomaban las barricadas de las calles de alrededor. En la calle del Temple los obreros habían sido rechazados hasta la esquina de la calle de la Corderie; en la calle Boucherat todavía se luchaba, y lo mismo al otro lado del bulevar, en el faubourg du Temple. En la calle Saint-Martin sonaban todavía disparos sueltos; en la Pointe Saint-Eustache resistía aún una barricada.

Hacia las siete de la tarde llegaron al general Lamoricière dos batallones de la Guardia Nacional de Amiens, que empleó en el acto en cercar las barricadas situadas detrás del Château-d'Eau. El faubourg Saint-Denis estaba a esa hora tranquilo y libre, y lo mismo casi toda la orilla izquierda del Sena. Los insurrectos estaban cercados en una parte del Marais y en el faubourg Saint-Antoine. Estos dos barrios, sin embargo, están separados por el bulevar Beaumarchais y por el canal Saint-Martin, que corre detrás, y este estaba libre para los militares.

El general Damesme, comandante de la Guardia Móvil, fue alcanzado por una bala en el muslo en la barricada de la calle de l'Estrapade. La herida no es grave. Tampoco los representantes Bixio y Dornès6 están tan gravemente heridos como se creyó al principio.

La herida del general Bedeau7 es también leve.

A las nueve los faubourgs Saint-Jacques y Saint-Marceau estaban prácticamente tomados. La lucha había sido extraordinariamente violenta. Aquí mandaba ahora el general Bréa.8

El general Duvivier, en el Hôtel de Ville, había tenido menos éxito. Pero también aquí habían sido rechazados los insurrectos.

El general Lamoricière, tras una violenta resistencia, había despejado hasta las barreras los faubourgs Poissonnière, Saint-Denis y Saint-Martin. Solo en el Clos Saint-Lazare resistían todavía los obreros; se habían atrincherado en el hospital Louis-Philippe.

La misma noticia dio el presidente de la Asamblea Nacional9 a las nueve y media de la noche. Tuvo, sin embargo, que desmentirse a sí mismo varias veces. Admitió que en el faubourg Saint-Martin todavía se disparaba con fuerza.

La situación en la noche del 24 era, pues, la siguiente:

Los insurrectos conservaban aún cerca de la mitad del terreno que ocupaban en la mañana del 23. Este terreno formaba la parte más oriental de París: los faubourgs Saint-Antoine, du Temple y Saint-Martin y el Marais. El Clos Saint-Lazare y algunas barricadas junto al Jardin des Plantes eran sus puestos avanzados.

Todo el resto de París estaba en manos del gobierno.

Lo que más llama la atención en esta lucha desesperada es la furia con que combatieron los «defensores del orden». Ellos, que antes tenían nervios tan delicados ante cada gota de «sangre de ciudadano», que hasta tenían arrebatos sentimentales por la muerte de los guardias municipales el 24 de febrero, esos burgueses abaten a los obreros como a fieras. En las filas de la Guardia Nacional, en la Asamblea Nacional, ni una palabra de compasión, de reconciliación, ninguna clase de sentimentalismo, sino un odio que estalla con violencia, una fría furia contra los obreros sublevados. La burguesía libra con plena conciencia una guerra de exterminio contra ellos. Venza de momento o sucumba enseguida, los obreros tomarán de ella una terrible venganza. Después de una lucha como la de las tres jornadas de junio, ya solo es posible el terrorismo, lo ejerza uno u otro partido.

Damos todavía algunos fragmentos de una carta de un capitán de la Guardia Republicana sobre los sucesos del 23 y el 24.

«Le escribo entre el chasquido de los mosquetes y el tronar de los cañones. A las dos tomamos tres barricadas a la cabeza del puente Notre-Dame; más tarde avanzamos hacia la calle Saint-Martin y la recorrimos en toda su longitud. Al llegar al bulevar, vemos que está abandonado y vacío como a las dos de la madrugada. Subimos por el faubourg du Temple; antes de llegar al cuartel hacemos alto. Doscientos pasos más allá se alza una barricada formidable, apoyada en otras varias, defendida por unas dos mil personas. Parlamentamos con ellos durante dos horas. En vano. Hacia las seis llega por fin la artillería; entonces los insurrectos abren fuego los primeros.

Los cañones respondieron, y hasta las nueve ventanas y tejas saltaron en pedazos con el tronar de las piezas; es un fuego espantoso. La sangre corre a raudales, mientras al mismo tiempo descarga una tormenta terrible. Hasta donde alcanza la vista, el empedrado está enrojecido de sangre. Mis hombres caen bajo las balas de los insurrectos; se defienden como leones. Veinte veces asaltamos, veinte veces somos rechazados. El número de muertos es inmenso, el de heridos mucho mayor todavía. A las nueve tomamos la barricada a la bayoneta. Hoy (24 de junio), a las tres de la madrugada, seguimos todavía en pie. El cañón truena sin cesar. El Panteón es el centro. Estoy en el cuartel. Vigilamos a los prisioneros, que traen a cada momento. Hay muchos heridos entre ellos. A algunos se los fusila en el acto. De ciento doce de mis hombres he perdido cincuenta y tres».

  1. Cohetes incendiarios de guerra, ideados por el inglés William Congreve a comienzos del siglo XIX. ↩

  2. Alusión a los sitios de Zaragoza (1808-1809), en los que la ciudad se defendió casa por casa contra las tropas de Napoleón. ↩

  3. Jules Bastide (1800-1879), republicano del National, ministro de Asuntos Exteriores en 1848. ↩

  4. Franciscus Duvivier (1794-1848), general; murió de las heridas recibidas en los combates de junio. ↩

  5. Édouard Damesme (1807-1848), general, comandante de la Guardia Móvil; murió poco después de la herida que menciona el texto. ↩

  6. Alexandre Bixio y Auguste Dornès, diputados de la Asamblea Nacional; Dornès murió de sus heridas. ↩

  7. Marie-Alphonse Bedeau (1804-1863), general, diputado de la Asamblea Nacional. ↩

  8. Jean-Baptiste Bréa (1790-1848), general; fue muerto por los insurrectos el 25 de junio en la barrera de Fontainebleau, cuando intentaba parlamentar con ellos. ↩

  9. Antoine Sénard (1800-1885), presidente de la Asamblea Nacional en junio de 1848 y después ministro del Interior con Cavaignac. ↩