Publicado sin firma en la Neue Rheinische Zeitung (Colonia), n.º 29, del 29 de junio de 1848. La MEW lo atribuye a Friedrich Engels. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 5 (Berlín, 1971, pp. 128-132), por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.
* Cada día crecían la violencia, el encarnizamiento y la furia de la lucha. La burguesía se volvía tanto más fanática contra los insurrectos cuanto menos conducían de inmediato a su objetivo sus brutalidades, cuanto más se agotaba ella misma con la lucha, las guardias nocturnas y los vivaques, cuanto más se acercaba a su victoria final.
La burguesía no declaró a los obreros enemigos corrientes a los que se vence, sino enemigos de la sociedad a los que se aniquila. Los burgueses difundieron la absurda afirmación de que a los obreros, a los que ellos mismos habían empujado por la fuerza a la insurrección, solo les movían el saqueo, el incendio y el asesinato, de que eran una banda de bandidos a los que había que abatir como a las fieras del bosque. Y sin embargo, los insurrectos dominaron durante tres días una gran parte de la ciudad y se comportaron con la mayor corrección. Si hubieran empleado los mismos medios violentos que los burgueses y los lacayos de la burguesía mandados por Cavaignac, París estaría en ruinas, pero ellos habrían triunfado.
Con qué barbarie procedieron los burgueses en esta lucha se desprende de todos los detalles. Por no hablar de la metralla, las granadas y los cohetes incendiarios, es un hecho que en la mayoría de las barricadas tomadas por asalto no se dio cuartel. Los burgueses mataban sin excepción a todo el que encontraban. En la noche del 24, en la avenida del Observatorio, fueron fusilados más de cincuenta insurrectos prisioneros sin forma alguna de proceso. «Es una guerra de exterminio», escribe un corresponsal de la Indépendance Belge, que es ella misma un periódico burgués. En todas las barricadas reinaba la convicción de que todos los insurrectos sin excepción serían pasados por las armas. Cuando La Rochejaquelein1 dijo en la Asamblea Nacional que había que hacer algo para contrarrestar esta convicción, los burgueses no le dejaron siquiera terminar y armaron tal alboroto que el presidente tuvo que cubrirse e interrumpir la sesión.2 Cuando más tarde el propio señor Sénard3 (véase más abajo la sesión de la Asamblea) quiso pronunciar algunas palabras hipócritas de clemencia y reconciliación, se produjo el mismo alboroto. Los burgueses no querían saber nada de miramientos. Aun a riesgo de perder parte de su propiedad en un bombardeo, estaban decididos a acabar de una vez para siempre con los enemigos del orden, los saqueadores, bandidos, incendiarios y comunistas.
Y ni siquiera tenían el heroísmo que sus periódicos se esfuerzan en atribuirles. De la sesión de hoy de la Asamblea Nacional se desprende que, al estallar la insurrección, la Guardia Nacional quedó paralizada de terror; de los informes de todos los periódicos de los colores más diversos se trasluce, a pesar de todas las frases pomposas, que el primer día la Guardia Nacional se presentó muy floja, y que el segundo y el tercero Cavaignac tuvo que sacarla de la cama y hacerla llevar al fuego por un cabo y cuatro soldados. El odio fanático de los burgueses contra los obreros sublevados no fue capaz de vencer su cobardía natural.
Los obreros, en cambio, se batieron con una valentía sin igual. Cada vez menos capaces de reponer sus pérdidas, cada vez más rechazados por la superioridad de fuerzas, no se cansaron ni un momento. Desde la mañana del 25 tuvieron que comprender ya que las posibilidades de victoria se volvían decididamente en su contra. Llegaban de todas partes masas y más masas de tropas nuevas; la Guardia Nacional de la banlieue4 y la de las ciudades más alejadas venían a París en grandes contingentes. Las tropas de línea que combatían sumaban el 25 más de cuarenta mil hombres por encima de la guarnición ordinaria; se añadía la Guardia Móvil, con veinte a veinticinco mil hombres; luego la Guardia Nacional de París y de fuera. Y además varios miles de hombres de la Guardia Republicana. Toda la fuerza armada que entró en campaña contra la insurrección ascendía el 25, sin duda, a unos 150.000 o 200.000 hombres; los obreros eran a lo sumo la cuarta parte, tenían menos munición, ninguna dirección militar y ningún cañón utilizable. Pero se batían en silencio y con desesperación contra la colosal superioridad. Masas y más masas avanzaban hacia las brechas que la artillería pesada había abierto en las barricadas; los obreros las recibían sin lanzar un grito y combatían en todas partes hasta el último hombre antes de dejar caer una barricada en manos de los burgueses. En Montmartre los insurrectos gritaban a los vecinos: «O nos hacen pedazos o hacemos pedazos a los otros; pero no cederemos, y rogad a Dios que venzamos, porque si no quemamos todo Montmartre». Esta amenaza, que ni siquiera se cumplió, pasa naturalmente por un «proyecto abominable», mientras que las granadas y los cohetes incendiarios de Cavaignac son «hábiles medidas militares que todo el mundo admira».
En la mañana del 25 los insurrectos ocupaban las siguientes posiciones: el Clos Saint-Lazare, los faubourgs Saint-Antoine y du Temple, el Marais y el barrio de Saint-Antoine.
El Clos Saint-Lazare (el antiguo recinto del convento) es una gran extensión de terreno, en parte edificada, en parte cubierta solo de casas empezadas, calles proyectadas, etc. La estación del Norte está justo en medio. En este barrio, rico en edificios dispuestos irregularmente y que además encierra gran cantidad de materiales de construcción, los insurrectos habían levantado una fortaleza formidable. El hospital Louis-Philippe, en construcción, era su centro; habían levantado barricadas terribles, que los testigos describen como del todo inexpugnables. Detrás quedaba la muralla de la ciudad, que habían cercado y ocupado. Desde allí sus atrincheramientos llegaban hasta la calle Rochechouart o la zona de las barreras. Las barreras de Montmartre estaban fuertemente defendidas; Montmartre estaba enteramente ocupado por ellos. Cuarenta cañones, que tronaban contra ellos desde hacía dos días, no los habían reducido todavía.
Durante todo el día se volvió a disparar con cuarenta cañones contra estos atrincheramientos; por fin, a las seis de la tarde, se tomaron las dos barricadas de la calle Rochechouart, y poco después cayó también el Clos Saint-Lazare.
En el bulevar du Temple la Guardia Móvil tomó a las diez de la mañana varias casas desde las que los insurrectos enviaban sus balas a las filas de los atacantes. Los «defensores del orden» habían avanzado más o menos hasta el bulevar des Filles-du-Calvaire. Entretanto, los insurrectos del faubourg du Temple eran empujados cada vez más arriba, se ocupaba en algunos tramos el canal Saint-Martin y desde allí, así como desde el bulevar, se batían con fuerza con artillería las calles más anchas y rectas. La lucha fue extraordinariamente violenta. Los obreros sabían muy bien que aquí se les atacaba en el corazón de su posición. Se defendieron como furiosos. Llegaron incluso a recuperar barricadas de las que ya se les había expulsado. Pero tras larga lucha fueron aplastados por la superioridad del número y de las armas. Cayó una barricada tras otra; al caer la noche se habían conquistado no solo el faubourg du Temple, sino también, por medio del bulevar y del canal, los accesos al faubourg Saint-Antoine y varias barricadas de este faubourg.
En el Hôtel de Ville el general Duvivier hacía progresos lentos pero constantes. Desde los muelles atacó de flanco las barricadas de la calle Saint-Antoine y cañoneó al mismo tiempo con artillería pesada la isla Saint-Louis y la antigua isla Louviers. También aquí se libró una lucha muy encarnizada, de la que faltan sin embargo los detalles y de la que solo se sabe que a las cuatro fueron tomadas la alcaldía del noveno distrito y las calles de alrededor, que se asaltó una barricada de la calle Saint-Antoine tras otra y que se tomó el puente Damiette, que daba acceso a la isla Saint-Louis. Al caer la noche los insurrectos habían sido expulsados de aquí por todas partes y todos los accesos de la plaza de la Bastilla estaban despejados.
Con ello los insurrectos habían sido batidos en todas las partes de la ciudad, salvo en el faubourg Saint-Antoine. Esta era su posición más fuerte. Los numerosos accesos de este faubourg, verdadero foco de todas las insurrecciones de París, estaban cubiertos con particular habilidad. Barricadas oblicuas, que se cubrían unas a otras, reforzadas además por el fuego cruzado desde las casas, ofrecían un frente de ataque terrible. Su asalto habría costado una infinidad de vidas.
Ante estos baluartes acamparon los burgueses, o más bien sus lacayos. La Guardia Nacional había hecho poco aquel día. La tropa de línea y la Guardia Móvil habían hecho la mayor parte del trabajo; la Guardia Nacional ocupaba los barrios tranquilos y conquistados.
Los que peor se han portado han sido la Guardia Republicana y la Guardia Móvil. La Guardia Republicana, reorganizada y depurada como estaba, se batió con gran encarnizamiento contra los obreros, a costa de los cuales se ganó sus espuelas como guardia municipal republicana.
La Guardia Móvil, reclutada en su mayor parte entre el lumpenproletariado de París, se ha convertido ya en buena medida, en el breve tiempo de su existencia y gracias a una buena paga, en una guardia pretoriana de quienes en cada momento ocupan el poder. El lumpenproletariado organizado ha librado su batalla contra el proletariado trabajador no organizado. Se ha puesto, como era de esperar, a disposición de la burguesía, exactamente como los lazzaroni de Nápoles a disposición de Fernando.5 Solo se pasaron al otro lado las secciones de la Guardia Móvil compuestas de obreros verdaderos.
Pero qué despreciable aparece todo el actual estado de cosas en París cuando se ve cómo a esos antiguos mendigos, vagabundos, pícaros, golfillos y rateros de la Guardia Móvil, a los que en marzo y abril todo burgués calificaba de banda de ladrones intolerable, bribona y capaz de todas las infamias, a esa banda de ladrones, se la mima ahora, se la ensalza, se la recompensa, se la condecora, porque esos «jóvenes héroes», esos «hijos de París», de valentía incomparable, que escalan las barricadas con el más brillante coraje, etc., porque esos irreflexivos combatientes de las barricadas de febrero disparan ahora con la misma irreflexión sobre el proletariado trabajador como antes disparaban sobre los soldados, ¡porque se han dejado sobornar para degollar a sus hermanos por treinta sous diarios! ¡Honor a estos vagabundos sobornados, porque por treinta sous diarios han abatido a la mejor y más revolucionaria parte de los obreros de París!
La valentía con que se han batido los obreros es verdaderamente admirable. ¡Treinta o cuarenta mil obreros que resisten tres días enteros contra más de ochenta mil soldados y cien mil guardias nacionales, contra la metralla, las granadas y los cohetes incendiarios, contra la noble experiencia bélica de unos generales que no temen emplear métodos argelinos! Han sido aplastados y en gran parte pasados a cuchillo. A sus muertos no se les rendirán los honores que a los muertos de julio y de febrero; pero la historia les asignará un lugar muy distinto, el de las víctimas de la primera batalla campal decisiva del proletariado.
Henri de La Rochejaquelein (1805-1867), diputado legitimista de la Asamblea Nacional. ↩
En las asambleas francesas, el presidente se cubría con el sombrero para suspender la sesión cuando no podía restablecer el orden. ↩
Antoine Sénard (1800-1885), presidente de la Asamblea Nacional en junio de 1848 y después ministro del Interior con Cavaignac. ↩
Los alrededores de París. ↩
Los lazzaroni, el subproletariado de Nápoles, sirvieron al rey Fernando II de las Dos Sicilias para aplastar la insurrección del 15 de mayo de 1848. ↩