Escrito por Friedrich Engels en Colonia el 20 de julio de 1848 y publicado en la Neue Rheinische Zeitung, n.º 51, del 21 de julio de 1848. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 5 (Berlín, 1971, pp. 253-255), por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.
*Colonia, 20 de julio. Para que la patria se convenza de que con la llamada revolución, con Asamblea Nacional, regente del Imperio, etc., no ha obtenido nada más que una renovación completa del celebérrimo Sacro Imperio Romano de la Nación Teutona, damos a continuación un artículo del periódico danés Fædrelandet.1 Bastará, esperamos, para demostrar incluso a los amigos del orden más confiados que los cuarenta millones de alemanes han sido estafados de nuevo por los dos millones de daneses, con la mediación inglesa y las amenazas rusas, igual que ocurría a cada momento bajo los «siempre acrecentadores del Imperio».2
El Fædrelandet, el periódico del propio ministro Orla Lehmann,3 se expresa así sobre el armisticio:4
«Si se considera el armisticio solo en relación con nuestras esperanzas y deseos, naturalmente no se puede estar satisfecho con él; si se supone que el gobierno podía elegir entre él y la perspectiva de expulsar a los alemanes de Schleswig con ayuda sueco-noruega y obligarlos a reconocer el derecho de Dinamarca a arreglar los asuntos de este ducado de acuerdo con sus habitantes, entonces hay que decir, desde luego, que el gobierno ha obrado de manera irresponsable al aceptar el armisticio. Pero la elección no era esa. Hay que suponer que tanto Inglaterra como Rusia, las dos grandes potencias más directamente interesadas en este litigio y en su solución, han exigido la aceptación del armisticio como condición de su futura simpatía y mediación, y que igualmente el gobierno sueco-noruego ha exigido que se intentara un arreglo pacífico antes de decidirse a prestar una ayuda efectiva, y que solo quiere prestar esa ayuda con la limitación fijada desde el principio, a saber, no para reconquistar Schleswig, sino solo para defender Jutlandia y las islas. La alternativa era, pues, la siguiente: de un lado, un plazo ganado, tanto para esperar el curso de los acontecimientos en el extranjero como para completar la organización política y militar interior; del otro, la perspectiva de una lucha desesperada en solitario contra un enemigo superior, lucha que, aun en el caso de que nuestro ejército, la mitad de numeroso, atacase al ejército federal en sus ventajosas posiciones, difícilmente podía llevar a la victoria, pero sí, una vez retirado el ejército sueco-noruego, a la ocupación de toda la península por los alemanes; una lucha que en el caso más feliz nos promete victorias inútiles y caramente pagadas, y en el más desgraciado el agotamiento de todas nuestras fuerzas defensivas y una paz humillante».
El periódico danés defiende a continuación las condiciones del armisticio como ventajosas para Dinamarca. El temor de que la reanudación de la guerra caiga en invierno, cuando las tropas alemanas podrían pasar sobre el hielo a Fionia y a Als, carecería de fundamento; los alemanes serían tan incapaces como los daneses de aguantar una campaña de invierno en este clima, mientras que las ventajas de una tregua de tres meses para Dinamarca y para la población bien dispuesta de Schleswig serían muy grandes. Si en esos tres meses no se firmara la paz, el armisticio se prolongaría por sí solo hasta la primavera. Y luego dice:
«Que se levante el bloqueo y se ponga en libertad a los prisioneros parecerá normal; en cambio, la devolución de los barcos apresados quizá haya despertado el descontento de algunos. Pero el apresamiento de barcos alemanes era más bien un medio de coacción para disuadir a Alemania de cruzar nuestra frontera, y no tenía en absoluto la finalidad de enriquecernos apropiándonos de la propiedad privada ajena; y además el valor de esos barcos está muy lejos de ser tan grande como algunos querrían creer. Si se subastaran durante el actual estancamiento de nuestro comercio y de todo el comercio europeo, rendirían a lo sumo 1½ millones, es decir, lo que cuestan dos meses de guerra. Y la contrapartida es la evacuación de los dos ducados por los alemanes y la restitución de las requisas impuestas en Jutlandia. El medio de coacción empleado ha alcanzado, pues, su fin; es normal, por tanto, que cese. Y nos parece que la evacuación de tres territorios por un ejército superior, al que no teníamos perspectivas de expulsar con nuestras propias fuerzas, compensa diez veces la pequeña ventaja que el Estado podría sacar de la venta de los barcos apresados».
El artículo 7, dice, es el más delicado. Prescribe la continuación del gobierno particular de los ducados y, con ello, del «schleswig-holsteinismo». Para los dos miembros del gobierno provisional que debe nombrar, el rey de Dinamarca queda atado a los notables de Schleswig-Holstein, y será difícil encontrar uno que no sea «schleswig-holsteiniano». Pero, en compensación, se desautoriza expresamente «toda la sublevación», se anulan todas las decisiones del gobierno provisional y se restablece la situación anterior al 17 de marzo.
«Hemos considerado así las condiciones más esenciales del armisticio desde el punto de vista danés. Pero intentemos ahora situarnos en el punto de vista alemán.
Todo lo que Alemania pide es la devolución de los barcos y el levantamiento del bloqueo.
Lo que entrega es lo siguiente:
Primero, los ducados, ocupados por un ejército que hasta ahora no ha sufrido ninguna derrota y que es lo bastante fuerte para mantener su posición frente a un ejército dos veces más fuerte que el que hasta ahora tenía enfrente;
Segundo, la admisión de Schleswig en la Confederación, solemnemente declarada por la Dieta federal y confirmada por la Asamblea Nacional al admitir a los diputados de Schleswig;5
Tercero, el gobierno provisional, que había reconocido como legítimo y con el que había negociado como tal;
Cuarto, el partido schleswig-holsteiniano, cuyas reivindicaciones, apoyadas por toda Alemania, se dejan sin resolver a la decisión de potencias no alemanas;
Quinto, los pretendientes de Augustenburg,6 a los que el rey de Prusia prometió personalmente su apoyo, pero que no se mencionan con una sola palabra en el armisticio y a los que no se garantiza ni amnistía ni asilo;
Por último, los gastos causados por la guerra, que recaen en parte sobre los ducados y en parte sobre la Confederación, pero que, en la medida en que los ha soportado Dinamarca propiamente dicha, serán reembolsados.
Nos parece que nuestros prepotentes enemigos deberían tener mucho más que objetar a este armisticio que nosotros, el pueblo pequeño y despreciado».
Schleswig ha tenido el deseo incomprensible de hacerse alemán. Es natural que se le castigue por ello abandonándolo Alemania a su suerte.
Mañana daremos el texto del armisticio.
Fædrelandet («La Patria»), diario de Copenhague, órgano de los nacional-liberales daneses. ↩
«Siempre acrecentador del Imperio» (allzeit Mehrer des Reichs) era uno de los títulos de los emperadores del Sacro Imperio Romano Germánico. ↩
Orla Lehmann (1810-1870), dirigente de los nacional-liberales daneses, ministro sin cartera en el gobierno formado en Copenhague en marzo de 1848. ↩
El proyecto de armisticio negociado a comienzos de julio de 1848 entre Prusia, en nombre de la Confederación Germánica, y Dinamarca, con mediación británica y sueca. El general Wrangel se negó a firmarlo; el armisticio se firmó finalmente en Malmö el 26 de agosto de 1848. ↩
La Dieta federal acordó en abril de 1848 la admisión de Schleswig en la Confederación Germánica, y Schleswig eligió diputados para la Asamblea Nacional de Fráncfort. ↩
El duque Christian August de Schleswig-Holstein-Sonderburg-Augustenburg y su hermano Friedrich, príncipe de Noer, miembro del gobierno provisional de Schleswig-Holstein; la casa de Augustenburg reclamaba la sucesión en los ducados. ↩