Escrito por Karl Marx y publicado sin firma en la Neue Rheinische Zeitung, n.º 116, del 14 de octubre de 1848. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 5 (Berlín, 1959, pp. 423-427), por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

El señor Thiers1 publica en el Constitutionnel un folleto sobre la «propiedad». Nos ocuparemos más de cerca de esta trivialidad escrita en estilo clásico en cuanto la publicación haya aparecido completa. El señor Thiers la ha interrumpido de repente. Por ahora nos basta con señalar que los «grandes» periódicos belgas, el Observateur y la Indépendance, se entusiasman con el escrito del señor Thiers. Hoy seguiremos un momento el discurso sobre los bonos hipotecarios que el señor Thiers pronunció el 10 de octubre en la Asamblea Nacional francesa, un discurso que, según la Indépendance belga, ha dado al papel moneda el «golpe de gracia». Pero es que el señor Thiers es también, como dice la Indépendance, un orador que trata con igual superioridad las cuestiones políticas, las financieras y las sociales.

Este discurso solo nos interesa porque muestra la táctica de los caballeros del viejo estado de cosas, una táctica que, con razón, oponen a los Quijotes del nuevo.

Pedid una reforma parcial de la situación industrial y comercial, como el señor Turck,2 a quien responde Thiers, y os opondrán el encadenamiento y la acción recíproca de la organización de conjunto. Pedid la transformación radical de la organización de conjunto, y seréis destructivos, revolucionarios, sin escrúpulos, utópicos, y pasaréis por alto las reformas parciales. Resultado, pues: dejadlo todo como estaba.

El señor Turck, por ejemplo, quiere facilitar a los campesinos la realización del valor de su propiedad territorial mediante bancos hipotecarios oficiales. Quiere poner en circulación su propiedad sin que tenga que pasar por las manos de la usura. En Francia, en efecto, como en general en los países donde domina la parcelación, el dominio de los señores feudales se ha transformado en dominio de los capitalistas, las prestaciones feudales del campesino se han transformado en obligaciones hipotecarias burguesas.

¿Qué responde primero el señor Thiers?

Si queréis ayudar a los campesinos mediante instituciones públicas de crédito, perjudicáis al pequeño comerciante. No podéis ayudar a uno sin perjudicar al otro.

¿Tenemos entonces que transformar todo el sistema de crédito?

¡Ni hablar! Eso es una utopía. Con lo que el señor Turck queda despachado.

El pequeño comerciante por el que tan tiernamente se preocupa el señor Thiers es el gran Banco de Francia.

La competencia de billetes de papel por dos mil millones de hipotecas le arruinaría el monopolio y los dividendos, y quizá algo más. Detrás del argumento del señor Thiers está, pues, al fondo… Rothschild.

Pasemos a otro argumento del señor Thiers. La propuesta de las hipotecas, dice el señor Thiers, no tiene propiamente nada que ver con la agricultura misma.

Que la propiedad de la tierra solo se ponga en circulación en condiciones agravadas, que solo se realice su valor con esfuerzo, que los capitales, por así decirlo, huyan de ella, todo eso, observa el señor Thiers, está en la «naturaleza». Pues solo rinde un pequeño beneficio. Pero, por otro lado, el señor Thiers no puede negar que está en la «naturaleza» de la organización industrial moderna que todas las industrias, y por tanto también la agricultura, solo prosperan cuando sus productos y sus instrumentos pueden realizarse, intercambiarse, movilizarse fácilmente. Con la tierra no ocurre así. La conclusión sería, por tanto: dentro de la situación civilizada existente, la agricultura no puede prosperar. Hay que cambiar, pues, la situación existente, y la propuesta del señor Turck es un pequeño intento, aunque inconsecuente, de un cambio así. ¡De ninguna manera!, exclama Thiers. La «naturaleza», es decir, las relaciones sociales actuales, condenan a la agricultura a su estado actual. Las relaciones sociales actuales son «naturaleza», es decir, inmutables. La afirmación de su inmutabilidad es, naturalmente, la prueba más contundente contra la propuesta de cualquier cambio. Si la «monarquía» es naturaleza, toda tentativa republicana es una rebelión contra la naturaleza. Según el señor Thiers, es también evidente que la propiedad de la tierra siempre rinde, por naturaleza, los mismos pequeños beneficios, tanto si es el Estado quien adelanta los capitales al propietario al 3 por ciento como si es el usurero al 10 por ciento. Así es la «naturaleza».

Pero al identificar el beneficio industrial y la renta que rinde la agricultura, el señor Thiers formula también, directamente, una afirmación que contradice las relaciones sociales actuales, lo que él llama «naturaleza».

Mientras el beneficio industrial baja en general constantemente, la renta del suelo, es decir, el valor de la tierra, sube constantemente. El señor Thiers tenía, pues, que explicar el fenómeno de que, a pesar de ello, el campesino se empobrezca constantemente. Naturalmente, no entra en ese terreno.

De una superficialidad realmente notable es, además, lo que dice Thiers sobre la diferencia entre la agricultura francesa y la inglesa.

Toda la diferencia, nos enseña Thiers, está en el impuesto territorial. Nosotros pagamos un impuesto territorial muy alto; los ingleses, ninguno. Aparte de lo inexacto de esta última afirmación, el señor Thiers sabe sin duda que en Inglaterra el impuesto de pobres y una masa de otros impuestos que no existen en Francia recaen sobre la agricultura. Partidarios ingleses de la pequeña agricultura emplean el argumento del señor Thiers en sentido inverso. ¿Sabéis, dicen, por qué el trigo inglés es más caro que el francés? Porque pagamos renta del suelo, y una renta alta, cosa que los franceses no hacen, ya que por término medio no son arrendatarios, sino pequeños propietarios. ¡Viva, pues, la pequeña propiedad!

Hace falta toda la desvergonzada trivialidad de Thiers para disolver la concentración inglesa del instrumento de trabajo, de la tierra, que hace posible aplicar a la agricultura la maquinaria y la división del trabajo en gran escala, para disolver la acción recíproca de la industria y el comercio ingleses sobre la agricultura, para disolver todas estas relaciones tan ramificadas en una sola frase sin contenido: los ingleses no pagan impuesto territorial.

A la opinión del señor Thiers de que el actual régimen hipotecario en Francia es indiferente para la agricultura le oponemos la opinión del mayor químico agrónomo francés. Dombasle3 ha demostrado detalladamente que, si el actual régimen hipotecario sigue desarrollándose en Francia «conforme a la naturaleza», la agricultura francesa se convertirá en una imposibilidad.

¿Qué insolente chatura hace falta, en general, para afirmar que a la agricultura le son indiferentes las relaciones de propiedad de la tierra, en otras palabras, que a la producción le son indiferentes las relaciones sociales dentro de las cuales se produce?

Por lo demás, no hace falta mayor explicación para ver que el señor Thiers, que quiere conservar el crédito de los grandes capitalistas, no puede dar crédito a los pequeños. El crédito de los grandes capitalistas es precisamente la falta de crédito de los pequeños. Negamos, desde luego, que sea posible ayudar a los pequeños propietarios de tierras dentro del sistema actual con algún artificio financiero. Pero Thiers tenía que afirmarlo, porque considera el mundo actual el mejor de los mundos.

Respecto de esta parte del discurso de Thiers solo señalamos, pues, una cosa más: al hablar contra la movilización de la propiedad de la tierra y alabar, por otro lado, la situación inglesa, olvida que la agricultura en Inglaterra posee en el más alto grado precisamente esta ventaja: que se practica como en una fábrica y que la renta del suelo, es decir, la propiedad de la tierra, es un título de Bolsa móvil, transferible, como cualquier otro. La agricultura practicada como en una fábrica, es decir, la explotación de la agricultura al modo de la gran industria, implica a su vez la movilización, la facilidad comercial de intercambio de la propiedad de la tierra.

La segunda parte del discurso del señor Thiers consiste en ataques al papel moneda en general. Llama a la emisión de papel moneda, sin más, falsificación de moneda. Nos cuenta la gran verdad de que, si se arroja al mercado una masa demasiado grande de medios de circulación, es decir, de dinero, se deprecia el propio dinero y, por tanto, se engaña doblemente, a los particulares y al Estado. Eso ocurriría en especial con los bancos hipotecarios.

Todos estos son descubrimientos que se encuentran en los peores catecismos de economía política.

Distingamos. Está claro que no aumentamos la producción, es decir, la riqueza real, aumentando arbitrariamente el dinero, sea papel moneda o moneda metálica. Del mismo modo, en el juego de cartas no duplicamos nuestras bazas si duplicamos las fichas.

Por otro lado, está igualmente claro que, si la falta de fichas, de medios de cambio, de dinero, impide a la producción desarrollarse, todo aumento de los medios de cambio, toda disminución de la dificultad de procurárselos, es al mismo tiempo un aumento de la producción. A esa necesidad de la producción deben su origen las letras de cambio, los bancos, etc. De esta manera la agricultura puede impulsarse mediante bancos hipotecarios.

Pero aquello por lo que el señor Thiers lucha en realidad no es la moneda metálica contra el papel moneda. Él mismo ha jugado demasiado en la Bolsa para estar atrapado en los prejuicios de los viejos mercantilistas. Lo que combate es la regulación del crédito por la sociedad representada en el Estado frente a la regulación del crédito por el monopolio. El arranque de una regulación del crédito en interés general de la sociedad era precisamente la propuesta de Turck de un banco hipotecario general cuyos billetes tuvieran curso forzoso, por poco que esa propuesta signifique aislada.

  1. Adolphe Thiers (1797-1877), historiador y político francés, ministro de Luis Felipe y en 1848 diputado y uno de los jefes del partido del orden; su escrito De la propriété apareció en 1848. ↩

  2. Léopold Turck (1797-1887), diputado de los Vosgos en la Asamblea Nacional francesa, autor de la propuesta de un banco hipotecario cuyos billetes tuvieran curso forzoso. ↩

  3. Mathieu de Dombasle (1777-1843), agrónomo francés. ↩