Escrito en Colonia el 28 de octubre de 1848. Publicado sin firma en la Neue Rheinische Zeitung, núm. 129, del 29 de octubre de 1848; la MEW lo atribuye a Karl Marx. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 5 (Berlín, 1959, pp. 440-444), por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

Colonia, 28 de octubre. El núm. 116 de la Neue Rheinische Zeitung publicó bajo la raya, es decir, fuera de la parte política del periódico,1 «Una palabra al pueblo alemán», firmada «Hecker».2 Este «documento histórico» lo habían dado a conocer otros periódicos alemanes antes que la Neue Rheinische Zeitung. Otros periódicos alemanes, sin excluir los de la Prusia renana y los de la vieja Prusia, lo publicaron después. Incluso la Kölnische Zeitung tuvo suficiente sentido histórico para reproducir la proclama de Struve,3 y no menos la de Fuad Efendi.4

No sabemos… ¿Acaso los laureles del republicano Hecker no dejaban dormir tranquilo al fiscal Hecker? ¿Acaso el mundo asombrado debía enterarse de que la revolución alemana había sufrido una doble derrota, con la huida del republicano Hecker a Nueva York y con la presencia del fiscal Hecker en Colonia? No se puede negar. La posteridad verá dramáticamente resumidas en estas dos figuras gigantescas las contradicciones del movimiento moderno. Un futuro Goethe las encuadernará en un Fausto. Le dejamos a él decidir a qué Hecker asigna el papel de Fausto y a cuál el de Wagner.5

Basta. A la fantástica palabra de despedida del republicano Hecker siguió un requisitorio no menos fantástico del fiscal Hecker.

¿O nos engañamos? ¿Cree Hecker, el fiscal, que «la palabra al pueblo alemán» es fabricación propia de la Neue Rheinische Zeitung, y que este periódico, en su maldad inventiva, firmó «Hecker» su propia proclama para hacer creer al pueblo alemán que Hecker, el fiscal, emigraba a Nueva York, que Hecker, el fiscal, proclamaba la república alemana, que Hecker, el fiscal, sancionaba oficialmente piadosos deseos revolucionarios?

Semejante treta era verosímil, pues el documento impreso en el suplemento del núm. 116 de la Neue Rheinische Zeitung no va firmado Friedrich Hecker, sino tout bonnement, sencillamente, «Hecker». ¡Hecker sin floritura, Hecker a secas! ¿Y no posee Alemania un doble Hecker?

¿Y cuál de los dos es el «Hecker a secas»? Ambigua sigue siendo esa sencillez, en todo caso; inculpatoria, queremos decir, para la Neue Rheinische Zeitung.

Sea como fuere, el señor Hecker, el fiscal, vio evidentemente en la «Palabra al pueblo alemán» una fabricación de la Neue Rheinische Zeitung. Vio en ella una incitación directa a derrocar al gobierno, alta traición en su forma más acabada o, cuando menos, participación en la alta traición, lo que según el Code pénal es alta traición «a secas».

El señor Hecker solicitó, pues, al juez de instrucción que «constituyera»6 como reo de alta traición no al gerente que firma el periódico,7 sino al redactor jefe, Karl Marx. Pero «constituir» a alguien como reo de alta traición significa, dicho de otro modo, meterlo provisionalmente en la cárcel y castigarlo, hasta nueva orden, con la prisión preventiva. Se trata aquí de la «constitución» de la cárcel celular. El juez de instrucción se negó. Cuando el señor Hecker concibe una idea, la persigue. «Constituir» al redactor jefe de la Neue Rheinische Zeitung se le había vuelto una idea fija, como el nombre «Hecker» al pie de la «palabra de despedida» se le había vuelto una ficción. Se dirigió, pues, a la cámara del consejo. La cámara del consejo se negó. Pasó de la cámara del consejo a la sala de apelación. La sala de apelación se negó.8 Pero al señor Hecker, el fiscal, no le abandonaba su idea fija de «constituir» al redactor jefe de la Neue Rheinische Zeitung, Karl Marx, siempre en el sentido indicado. Las ideas del ministerio fiscal no son, como se ve, ideas especulativas en el sentido de Hegel. Son ideas en el sentido de Kant. Ocurrencias de la razón «práctica».

Ya que no se podía «constituir» a Karl Marx directamente como reo de alta traición, aun cuando la mera reproducción de hechos o proclamas revolucionarias «constituyera» a un periódico en reo de alta traición, había que atenerse primero a quien firma el periódico, muy especialmente en este caso, en que el documento en cuestión figura bajo la raya. ¿Qué quedaba? Una idea trae la otra. Se podía citar a Karl Marx, según el artículo 60 del Code pénal, como cómplice del delito supuestamente cometido por el gerente. Se le puede citar también, si se quiere, como cómplice de aquel anuncio, aunque saliera en la Kölnische Zeitung. Karl Marx recibió, pues, del juez de instrucción una orden de comparecencia, compareció y fue interrogado y se levantó acta. Los cajistas, por lo que sabemos, fueron citados como testigos; el corrector fue citado como testigo; el dueño de la imprenta fue citado como testigo. Y por último fue citado como testigo el gerente. Esta última citación no la entendemos.

¿Ha de declarar el supuesto autor contra su cómplice?

Para que nuestro relato histórico sea completo: se practicó un registro en la redacción de la Neue Rheinische Zeitung.

Hecker, el fiscal, ha superado a Hecker, el republicano. Uno realiza hechos rebeldes y lanza proclamas rebeldes. El otro tacha los hechos, pese a toda su resistencia, de las memorias de la historia contemporánea, de los periódicos. Hace que lo sucedido no haya sucedido. Si la «mala prensa» da a conocer hechos y proclamas revolucionarias, comete doble alta traición. Es cómplice moral: solo da a conocer los hechos rebeldes porque le hacen cosquillas por dentro. Es cómplice en el sentido jurídico ordinario: al informar, difunde, y al difundir se convierte en instrumento de la sedición. Por ambos lados se la «constituye», pues, y goza así de los frutos de la «Constitución». La «buena prensa», en cambio, tendrá el monopolio de dar a conocer o no dar a conocer, de falsear o no falsear, los documentos y los hechos revolucionarios. Radetzky9 ha aplicado esta teoría al prohibir a los periódicos de Milán que dieran a conocer los hechos y las proclamas de Viena. En cambio, la Gaceta de Milán trajo, en lugar de la gran «revolución» de Viena, un pequeño alboroto vienés compuesto expresamente por Radetzky. Se rumorea que, no obstante, ha estallado una insurrección en Milán.

El señor Hecker, el fiscal, es, como todo el mundo sabe, colaborador de la Neue Rheinische Zeitung.10 Como colaborador nuestro le perdonamos mucho, pero no el pecado contra el «espíritu» impío de nuestro periódico. Y comete ese pecado cuando, con una falta de crítica inaudita en un colaborador de la Neue Rheinische Zeitung, convierte la proclama de Hecker, el fugitivo, en una proclama de la Neue Rheinische Zeitung. Friedrich Hecker se comporta ante el movimiento de manera patética; la Neue Rheinische Zeitung, de manera crítica. Friedrich Hecker lo espera todo de la acción mágica de personalidades individuales. Nosotros lo esperamos todo de las colisiones que nacen de las relaciones económicas. Friedrich Hecker viaja a los Estados Unidos para estudiar la «república». La Neue Rheinische Zeitung encuentra en las grandiosas luchas de clases que se libran dentro de la República francesa objetos de estudio más interesantes que en una república en la que las luchas de clases todavía no existen en el Oeste y en el Este solo se mueven aún en la vieja forma inglesa, sorda. Para Friedrich Hecker, las cuestiones sociales son consecuencias de las luchas políticas; para la Neue Rheinische Zeitung, las luchas políticas no son más que las formas en que se manifiestan las colisiones sociales. Friedrich Hecker podría ser un buen republicano tricolor. La verdadera oposición de la Neue Rheinische Zeitung empieza precisamente con la república tricolor.11

¿Cómo habría podido, por ejemplo, la Neue Rheinische Zeitung, sin desautorizar por completo su pasado, gritar al pueblo alemán:

«Agrupaos en torno a los hombres que mantienen en alto la bandera de la soberanía popular y montan junto a ella fiel guardia, en torno a los hombres de la extrema izquierda de Fráncfort del Meno; uníos firmemente, con el consejo y con la acción, a los valientes jefes del alzamiento republicano».

Hemos declarado repetidas veces que no somos un periódico «parlamentario» y que por eso no tememos atraer de vez en cuando sobre nuestra cabeza la ira incluso de la extrema izquierda de Berlín y de Fráncfort. A los señores de Fráncfort les hemos gritado que se unan al pueblo; nunca hemos gritado al pueblo que se una a los señores de Fráncfort. ¿Y «los valientes jefes del alzamiento republicano», dónde están, quiénes son? Hecker está, como se sabe, en América; Struve, en la cárcel. ¿Herwegh, entonces?12 Los redactores de la Neue Rheinische Zeitung, y en particular Karl Marx, se opusieron resueltamente a la empresa de Herwegh en asambleas populares públicas en París, sin temer la impopularidad ante las masas exaltadas. En su momento fueron por ello, como era de rigor, objeto de sospechas por parte de utopistas que se tenían por revolucionarios (véase, entre otros, la Deutsche Volkszeitung). ¿Y ahora, cuando los acontecimientos han confirmado repetidamente nuestras predicciones, íbamos a unirnos a los hombres de la opinión contraria?

Pero seamos justos. El señor Hecker, el fiscal, es todavía un colaborador joven de nuestro periódico. El principiante en política, como el principiante en ciencias naturales, se parece a aquel pintor que solo conocía dos colores, blanco y negro o, si se prefiere, blanco y negro y rojo.13 Los matices más finos dentro de cada espèce, de cada especie, solo se revelan al ojo ejercitado y experto. Y además, ¡¿no estaba el señor Hecker dominado por la idea fija de «constituir» al redactor jefe de la Neue Rheinische Zeitung, Karl Marx?!; una idea fija que no se fundió en el purgatorio ni del juzgado de instrucción, ni de la cámara del consejo, ni de la sala de apelación, y que por tanto tiene que ser una idea fija a prueba de fuego.

La mayor conquista de la revolución de marzo es sin duda, por hablar como Bruto Bassermann,14 el «gobierno de los más nobles y mejores» y su rápido ascenso por la escala del poder. Esperamos, pues, que también los méritos de nuestro estimado colaborador, el señor fiscal Hecker, como las palomas blancas como la nieve que, uncidas al carro de Afrodita, la llevaban veloces como flechas al Olimpo, lo eleven a las alturas del Olimpo del Estado. Nuestro gobierno es, como todo el mundo sabe, constitucional. Pfuel15 siente pasión por el constitucionalismo. En los Estados constitucionales es costumbre prestar atento oído a las recomendaciones de los periódicos de la oposición. Nos movemos, pues, en terreno constitucional si aconsejamos al gobierno conferir a nuestro Hecker la fiscalía general vacante de Düsseldorf. El señor fiscal Amman de Düsseldorf, que, por lo que sabemos, no se ha ganado hasta ahora ninguna medalla de salvamento de la patria, no vacilará un instante en imponer a sus propias pretensiones, si las tuviera, un respetuoso silencio ante el mérito superior. Pero si el señor Heimsoeth llegara a ministro de Justicia, como esperamos, recomendamos al señor Hecker para abogado general. Cosas mayores esperamos para el señor Hecker. El señor Hecker es todavía joven. Y, como dice aquel ruso: el zar es grande, Dios es todavía más grande, pero el zar es todavía joven.

  1. En los periódicos alemanes de la época, la «raya» separaba la parte política de la de variedades y folletín, que iba debajo. ↩

  2. Friedrich Hecker (1811-1881), abogado y diputado de Baden, dirigió en abril de 1848 el levantamiento republicano de Baden; derrotado, se exilió en Suiza y en septiembre de 1848 emigró a los Estados Unidos, despidiéndose con la proclama «Una palabra al pueblo alemán». El fiscal de Colonia del mismo apellido no tenía nada que ver con él. ↩

  3. Gustav Struve (1805-1870), demócrata de Baden, encabezó en septiembre de 1848 un segundo levantamiento republicano en Baden y proclamó la república en Lörrach; fue detenido días después. ↩

  4. Mehmed Fuad Efendi (1815-1869), comisario otomano enviado en 1848 a Valaquia, cuya revolución se aplastó en septiembre con tropas turcas. ↩

  5. Wagner es el pedante ayudante del doctor Fausto en el Fausto de Goethe. ↩

  6. Juego de palabras: en el lenguaje judicial renano, «constituir» a alguien como acusado era ponerlo en prisión preventiva; Marx lo enlaza con la «Constitución» que se discutía en Berlín. ↩

  7. El gerente (gérant), que firmaba el periódico y respondía de él ante la ley, era Hermann Korff. ↩

  8. En el derecho de origen francés vigente en Renania, la cámara del consejo (chambre du conseil) del tribunal decidía sobre el procesamiento, y la sala de apelación resolvía los recursos contra sus decisiones. ↩

  9. Joseph Radetzky (1766-1858), mariscal austriaco, comandante en jefe en el norte de Italia. ↩

  10. Ironía: el fiscal Hecker había enviado a la Neue Rheinische Zeitung una réplica, fechada el 5 de julio de 1848, que el periódico publicó y comentó en «Investigación judicial contra la Neue Rheinische Zeitung». ↩

  11. La república tricolor es la república burguesa de la bandera azul, blanca y roja, frente a la república roja de los obreros. ↩

  12. Georg Herwegh (1817-1875), poeta, dirigió la Legión Democrática Alemana que, formada en París, invadió Baden en abril de 1848 y fue derrotada. Marx y sus amigos se habían opuesto en París a esa expedición. ↩

  13. El negro y el blanco eran los colores de Prusia; el rojo, el de la revolución. ↩

  14. Friedrich Daniel Bassermann (1811-1855), diputado liberal de la Asamblea Nacional de Fráncfort y subsecretario de Estado del poder central. Lo de «Bruto» es burla. ↩

  15. Ernst von Pfuel (1779-1866), general, presidente del Consejo de Ministros de Prusia de septiembre a noviembre de 1848. ↩