Escrito en Colonia el 29 de noviembre de 1848. Publicado sin firma en la Neue Rheinische Zeitung, núm. 156, del 30 de noviembre de 1848; la MEW lo atribuye a Karl Marx. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 6 (Berlín, 1959, pp. 77-80), por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.
*Colonia, 29 de noviembre. Por fin, después de seis meses de derrotas casi ininterrumpidas de la democracia, después de una serie de los triunfos más inauditos de la contrarrevolución, por fin vuelven a mostrarse síntomas de una próxima victoria del partido revolucionario. Italia, el país cuyo levantamiento fue el preludio del levantamiento europeo de 1848 y cuya caída fue el preludio de la caída de Viena, Italia se levanta por segunda vez. Toscana ha impuesto su ministerio democrático, y Roma acaba de conquistar el suyo.1
Londres, el 10 de abril; París, el 15 de mayo y el 25 de junio; Milán, el 6 de agosto; Viena, el 1 de noviembre: estas son las cuatro grandes fechas de la contrarrevolución europea, los cuatro mojones que señalan las distancias recorridas en su última marcha triunfal.
En Londres, el 10 de abril,2 no solo se quebró el poder revolucionario de los cartistas; se quebró también por primera vez la propaganda revolucionaria de la victoria de febrero. Quien entienda correctamente a Inglaterra y toda su posición en la historia moderna no podía extrañarse de que las revoluciones del continente pasaran de momento sobre ella sin dejar huella. Inglaterra, el país que con su industria y su comercio domina a todas esas naciones revolucionarias del continente y que, gracias a su dominio de los mercados asiáticos, americanos y australianos, depende relativamente poco de su clientela; el país en el que los antagonismos de la sociedad burguesa moderna, las luchas de clases entre la burguesía y el proletariado, están más desarrollados y han sido llevados más lejos, Inglaterra tiene más que ningún otro país su propio desarrollo independiente. Inglaterra no necesita los tanteos de los gobiernos provisionales continentales para acercarse a la solución de cuestiones, a la superación de antagonismos, cuya solución y superación es su vocación antes que la de todos los demás países. Inglaterra no acepta la revolución del continente; Inglaterra, cuando le llegue su hora, dictará la revolución al continente. Esa era la posición de Inglaterra, esa la consecuencia necesaria de esa posición, y por eso la victoria del «orden» el 10 de abril era del todo explicable. Pero ¿quién no recuerda cómo esta victoria del «orden», el primer contragolpe contra los golpes de febrero y marzo, dio en todas partes un nuevo apoyo a la contrarrevolución e hinchó de audaces esperanzas el pecho de los llamados conservadores? ¿Quién no recuerda cómo en toda Alemania la actuación de los constables especiales de Londres fue tomada enseguida como modelo por toda la milicia ciudadana? ¿Quién no recuerda la impresión que causó esta primera prueba de que el movimiento desencadenado no era irresistible?
París, el 15 de mayo,3 proporcionó enseguida la contrapartida de la victoria del partido inmovilista inglés. El 10 de abril había puesto un dique a las olas más extremas de la marea revolucionaria; el 15 de mayo quebró su fuerza en su mismo punto de origen. Que el movimiento de febrero no era incontenible lo había demostrado el 10 de abril; que el movimiento insurreccional en París podía frenarse lo demostró el 15 de mayo. La revolución, derrotada en su centro, tenía naturalmente que sucumbir también en la periferia. Y eso ocurrió cada día más en Prusia y en los Estados alemanes más pequeños. Pero la corriente revolucionaria era todavía lo bastante fuerte para hacer posibles en Viena dos victorias del pueblo, la primera también el 15 de mayo y la segunda el 26 de mayo,4 y la victoria del absolutismo en Nápoles, conquistada igualmente el 15 de mayo, actuó más bien, por sus excesos, como contrapeso de la victoria del orden en París. Faltaba todavía algo: no solo había que derrotar el movimiento revolucionario en París; había que quitar a la insurrección armada, en el mismo París, el hechizo de la invencibilidad; solo entonces podía estar tranquila la contrarrevolución.
Y eso ocurrió en París en la batalla de cuatro días, del 23 al 26 de junio. Cuatro días de cañoneo, y se acabó la inexpugnabilidad de las barricadas, la invencibilidad del pueblo en armas. ¿Qué otra cosa había demostrado Cavaignac con su victoria sino que las leyes del arte de la guerra son más o menos las mismas en la calle que en el desfiladero, frente a la barricada que frente a la trinchera y el bastión? ¿Que 40.000 obreros armados e indisciplinados, sin cañones ni obuses y sin abastecimiento de munición, no pueden resistir más de cuatro días a un ejército organizado de 120.000 soldados veteranos y 150.000 guardias nacionales, apoyado por la artillería mejor y más numerosa y abundantemente provisto de munición? La victoria de Cavaignac fue el aplastamiento más vulgar del número menor por una superioridad siete veces mayor, la victoria más ingloriosa que jamás se haya ganado, y tanto más ingloriosa cuanta más sangre costó a pesar de la colosal superioridad. Y, sin embargo, el mundo la contempló asombrado como un milagro, porque esta victoria de la superioridad numérica había quitado al pueblo de París, a la barricada de París, el nimbo de la invencibilidad. En los 40.000 obreros, los trescientos mil de Cavaignac no solo habían vencido a los 40.000 obreros; habían vencido, sin saberlo, a la revolución europea. Todos sabemos qué reacción incontenible y tempestuosa irrumpió desde aquel día. Ya no era posible frenarla; el poder conservador había vencido al pueblo en París con granadas y metralla, y lo que había sido posible en París se podía imitar también en otras partes. A la democracia no le quedaba otra cosa, tras esta derrota decisiva, que hacer la retirada lo más honrosamente posible y defender al menos palmo a palmo, en la prensa, en las asambleas populares y en los parlamentos, el terreno que ya no podía sostener.
El siguiente gran golpe fue la caída de Milán. La reconquista de Milán por Radetzky5 constituye, en efecto, el primer hecho europeo desde la victoria de junio en París. El águila bicéfala en la cúpula de la catedral de Milán no solo significaba la caída de toda Italia; significaba también la resurrección del centro de gravedad de la contrarrevolución europea, la resurrección de Austria. ¡Italia abatida y Austria resucitada: qué más podía pedir la contrarrevolución! Y es un hecho que con la caída de Milán la energía revolucionaria se relajó momentáneamente en Italia, cayó Mamiani6 en Roma, fueron derrotados los demócratas en el Piamonte; y al mismo tiempo el partido reaccionario en Austria volvió a levantar la cabeza y empezó, con nuevo valor, a tejer sus intrigas por todas las provincias desde el cuartel general de Radetzky, su centro. Solo ahora pasó Jellachich a la ofensiva; solo ahora se consumó por completo la gran alianza de la contrarrevolución con los eslavos austriacos.
De los pequeños intermedios en los que la contrarrevolución obtuvo victorias locales y conquistó provincias aisladas, del revés de Fráncfort,7 etc., no hablo. Esas cosas tienen una importancia local, quizá nacional, pero no europea.
Por fin, el 1 de noviembre, se consumó la obra comenzada el día de Custozza:8 igual que Radetzky había entrado en Milán, Windischgrätz y Jellachich entraron en Viena. El método de Cavaignac se ha aplicado al mayor y más activo foco de la revolución alemana, y con éxito; la revolución ha sido ahogada en Viena, como en París, en sangre y escombros humeantes.
Pero casi parece como si la victoria del 1 de noviembre fuera a señalar a la vez el punto en que el movimiento de retroceso da la vuelta y se produce una crisis. El intento de repetir pieza a pieza en Prusia la hazaña de Viena ha fracasado; en el caso más favorable, aun si el país abandonara a la Asamblea constituyente, la Corona solo puede esperar una victoria a medias, que no decida nada, y en todo caso se ha roto la primera impresión desalentadora de la derrota de Viena, rota por el torpe intento de copiarla en cada uno de sus detalles.
Y mientras el norte de Europa o ha vuelto a ser arrojado a la servidumbre de 1847 o defiende trabajosamente contra la contrarrevolución las conquistas de los primeros meses, Italia se levanta de pronto otra vez. Livorno, la única ciudad italiana a la que la caída de Milán incitó a una revolución victoriosa, Livorno ha comunicado por fin su impulso democrático a toda la Toscana y ha impuesto un ministerio decididamente democrático, más decidido que ninguno de los que ha habido nunca en una monarquía, y tan decidido como pocos de los que han existido en una república; un ministerio que responde a la caída de Viena y a la restauración de Austria proclamando la Asamblea Nacional constituyente italiana. Y la tea revolucionaria que este ministerio democrático ha arrojado con ello al pueblo italiano ha prendido: en Roma, el pueblo, la guardia nacional y el ejército se han levantado como un solo hombre, han derribado al ministerio contrarrevolucionario y tergiversador, han conquistado un ministerio democrático, y a la cabeza de sus reivindicaciones impuestas figura: gobierno según el principio de la nacionalidad italiana, es decir, envío de diputados a la Constituyente italiana que propuso Guerrazzi.
No cabe duda de que el Piamonte y Sicilia seguirán. Seguirán como siguieron el año pasado.
¿Y ahora? ¿Será esta segunda resurrección de Italia en el plazo de tres años, como la anterior, la aurora de un nuevo impulso de la democracia europea? Casi lo parece. La medida de la contrarrevolución está llena hasta rebosar. Francia, a punto de echarse en brazos de un aventurero solo por escapar al dominio de Cavaignac y de Marrast; Alemania, más desgarrada que nunca; Austria, aplastada; Prusia, en vísperas de la guerra civil; todas, todas las ilusiones de febrero y marzo, pisoteadas sin piedad por el paso de carga de la historia. ¡En verdad, el pueblo ya no podría aprender nada de nuevas victorias de la contrarrevolución!
Ojalá aplique las lecciones de estos últimos seis meses a tiempo y sin miedo en la próxima ocasión.
En Toscana, el ministerio democrático de Montanelli y Guerrazzi se formó a finales de octubre de 1848; en Roma, tras el asesinato del ministro Pellegrino Rossi (15 de noviembre), una insurrección popular impuso al papa un ministerio democrático. ↩
El 10 de abril de 1848 el gobierno británico impidió, con tropas y un gran despliegue de constables especiales voluntarios, la manifestación cartista que debía llevar al Parlamento la petición nacional. ↩
El 15 de mayo de 1848, una manifestación popular en favor de Polonia invadió la Asamblea Nacional francesa; su fracaso dio pie a la detención de Blanqui, Barbès, Raspail y otros jefes revolucionarios. ↩
El 15 de mayo de 1848, una manifestación armada obligó al gobierno austriaco a convocar un Reichstag constituyente de una sola cámara; el 26 de mayo, los vieneses levantaron barricadas contra la disolución de la Legión Académica. ↩
Josef Radetzky (1766-1858), mariscal austriaco, jefe del ejército de Italia; reconquistó Milán el 6 de agosto de 1848. ↩
Terenzio Mamiani (1799-1885), ministro del Interior de los Estados Pontificios de mayo a agosto de 1848. ↩
La insurrección de Fráncfort del 18 de septiembre de 1848, reprimida por tropas prusianas y austriacas. ↩
El 25 de julio de 1848 Radetzky derrotó al ejército piamontés en Custozza. ↩