Escrito por Karl Marx en Colonia el 19 de julio de 1848 y publicado en la Neue Rheinische Zeitung, n.º 50, del 20 de julio de 1848. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 5 (Berlín, 1971, pp. 240-242), por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.
**Colonia, 19 de julio. Pensábamos poder divertir hoy de nuevo a nuestros lectores con los debates de la Asamblea pactista1 y presentarles en particular un brillante discurso del diputado Baumstark,2 pero los acontecimientos nos lo impiden.
La caridad bien entendida empieza por uno mismo. Cuando está amenazada la existencia de la prensa, se deja correr incluso al diputado Baumstark.
El señor Hansemann3 ha presentado a la Asamblea pactista una ley de prensa provisional. La paternal solicitud del señor Hansemann por la prensa exige atención inmediata.
Antes se embellecía el Código de Napoleón con los títulos más edificantes del Landrecht.4 Ahora, después de la revolución, las cosas han cambiado; ahora se enriquece el Landrecht general con las flores más fragantes del Código y de la legislación de septiembre.5 Duchâtel, naturalmente, no es un Bodelschwingh.6
Hace ya varios días que dimos a conocer las disposiciones principales de este proyecto de ley de prensa. Apenas se nos había dado ocasión, con un proceso por calumnia,7 de demostrar que los artículos 367 y 368 del Código Penal están en la contradicción más flagrante con la libertad de prensa, cuando el señor Hansemann propone no solo extenderlos a toda la monarquía, sino además endurecerlos por tres. En el nuevo proyecto volvemos a encontrar todo lo que la experiencia práctica nos ha hecho ya tan querido y entrañable:
Encontramos la prohibición, so pena de tres meses a tres años, de imputar a alguien un hecho que sea punible por la ley o que simplemente lo «exponga al desprecio público»; encontramos la prohibición de probar la verdad del hecho de otro modo que mediante un «documento probatorio plenamente válido»; en suma, volvemos a encontrar los monumentos más clásicos del despotismo napoleónico sobre la prensa.
En efecto, ¡el señor Hansemann cumple su promesa de hacer partícipes a las antiguas provincias de las ventajas de la legislación renana!
El artículo 10 del proyecto corona estas disposiciones: si la calumnia se dirige contra funcionarios del Estado en relación con sus funciones oficiales, la pena ordinaria podrá aumentarse en la mitad.
El artículo 222 del Código Penal castiga con prisión de un mes a dos años el ultraje de palabra (outrage par parole) que reciba un funcionario en el ejercicio de su cargo o con ocasión (à l'occasion) de ese ejercicio. Pese a los benévolos esfuerzos de las fiscalías, este artículo no podía aplicarse hasta ahora a la prensa, y por buenas razones. Para poner remedio a este inconveniente, el señor Hansemann lo ha transformado en el citado artículo 10. En primer lugar, el «con ocasión» se ha convertido en el más cómodo «en relación con sus funciones oficiales»; en segundo lugar, el molesto par parole («de palabra») se ha convertido en par écrit («por escrito»); en tercer lugar, la pena se ha triplicado.
Desde el día en que entre en vigor esta ley, los funcionarios prusianos podrán dormir tranquilos. Si el señor Pfuel8 quema con piedra infernal las manos y las orejas a los polacos y la prensa lo publica: ¡de cuatro meses y medio a cuatro años y medio de cárcel! Si se mete por equivocación en la cárcel a ciudadanos aun sabiendo que no son los que se busca, y la prensa lo cuenta: ¡de cuatro meses y medio a cuatro años y medio de cárcel! Si unos Landräte9 se convierten en viajantes de comercio de la reacción y en recolectores de firmas para mensajes monárquicos, y la prensa desenmascara a esos señores: ¡de cuatro meses y medio a cuatro años y medio de cárcel!
Desde el día en que entre en vigor esta ley, los funcionarios podrán cometer impunemente cualquier arbitrariedad, cualquier tiranía, cualquier ilegalidad; podrán apalear y hacer apalear tranquilamente, detener, retener sin interrogatorio; el único control eficaz, la prensa, habrá quedado anulado. El día en que entre en vigor esta ley, la burocracia podrá celebrar una fiesta: será más poderosa, tendrá menos trabas, será más fuerte que antes de marzo.
En efecto, ¿qué queda de la libertad de prensa si lo que merece el desprecio público ya no puede exponerse al desprecio público?
Según las leyes vigentes hasta ahora, la prensa podía al menos aducir hechos como prueba de sus afirmaciones y acusaciones generales. Eso se va a acabar. Ya no podrá informar; solo podrá soltar frases generales, para que los bienpensantes, desde el señor Hansemann hasta el último filisteo de cervecería, tengan derecho a decir que la prensa no hace más que insultar y no prueba nada. Precisamente por eso se le prohíbe probar.
Por lo demás, recomendamos al señor Hansemann un añadido a su benévolo proyecto. Que declare punible también exponer a los señores funcionarios no solo al desprecio público, sino también a la risa pública. De lo contrario, esa laguna podría sentirse dolorosamente.
No entramos en detalle en el artículo sobre la obscenidad, en las disposiciones sobre el secuestro, etc. Superan la crème de la legislación de prensa de Luis Felipe y de la Restauración. Solo una disposición: según el artículo 21, el fiscal no solo puede pedir el secuestro del impreso ya terminado, ¡sino que puede hacer confiscar incluso el manuscrito recién entregado a la imprenta si su contenido constituye un crimen o delito perseguible de oficio! ¡Qué vasto campo para fiscales filantrópicos! ¡Qué agradable distracción, presentarse a cualquier hora en las redacciones de los periódicos y hacerse mostrar para su examen el «manuscrito entregado a la imprenta», pues bien podría ser que constituyera un crimen o un delito!
¡Qué cómica resulta a su lado la solemne seriedad de aquel artículo del proyecto de Constitución y de los «derechos fundamentales del pueblo alemán» que dice: la censura no podrá restablecerse nunca!10
La Asamblea Nacional prusiana, reunida en Berlín desde el 22 de mayo de 1848, debía «pactar» (vereinbaren) la Constitución con la Corona; la Neue Rheinische Zeitung la llama por eso, con sorna, Vereinbarungsversammlung, «Asamblea pactista». ↩
Eduard Baumstark (1807-1889), economista, profesor en Greifswald, diputado de la derecha en la Asamblea Nacional prusiana. ↩
David Hansemann (1790-1864), banquero y empresario de Aquisgrán, jefe de los liberales renanos; ministro de Hacienda de Prusia de marzo a septiembre de 1848 y figura principal del gabinete Auerswald-Hansemann, el «ministerio de la acción». ↩
El Código Civil francés seguía vigente en la orilla izquierda del Rin; en las antiguas provincias prusianas regía el Allgemeines Landrecht de 1794. ↩
Las leyes de septiembre de 1835, con las que la monarquía de Luis Felipe endureció las penas por delitos de prensa. ↩
Charles Duchâtel (1803-1867), ministro del Interior francés en los últimos años de Luis Felipe; Ernst von Bodelschwingh (1794-1854), ministro del Interior prusiano hasta marzo de 1848. ↩
La investigación judicial abierta a principios de julio de 1848 contra la Neue Rheinische Zeitung por ofensas al fiscal general Zweiffel y a unos gendarmes en el artículo «Detenciones». ↩
El general Ernst von Pfuel (1779-1866) dirigió en la primavera de 1848 la represión de la insurrección polaca en el gran ducado de Posen, donde se marcaba a los prisioneros con nitrato de plata, la «piedra infernal». ↩
Los Landräte eran los jefes administrativos de los distritos rurales prusianos, nombrados por el gobierno. ↩
El proyecto de Constitución prusiana presentado por el gobierno Camphausen en mayo de 1848 y el proyecto de derechos fundamentales que se discutía en Fráncfort declaraban abolida para siempre la censura. ↩