Artículo publicado sin firma en la Neue Rheinische Zeitung, n.º 92, 2 de septiembre de 1848 (Colonia), p. 3; atribuido a Friedrich Engels por la MEGA² (I/7). Traducido del original del periódico (colección digital de la USB Köln) por la Escuela de marxismo, 2026. Texto original en alemán.
* La noticia, dada anteayer por algunos periódicos italianos, del estallido de una insurrección en Roma no ha sido hasta ahora ni confirmada ni desmentida. Hoy recibimos, es verdad, periódicos de Roma, pero son de fecha anterior a ese supuesto estallido, que a lo sumo resultará ser un motín sin consecuencias. Desde que en Milán, etc., vuelve a reinar el «orden» austriaco, en la expedición de los periódicos romanos, florentinos, etc., hay un desorden que guarda la más íntima relación con ese bonito «orden». Lombardía, por rica que sea en recursos naturales, tiene que arruinarse en poco tiempo bajo el sistema seguido por Radetzky y sus satélites. Lo que el sardo y sus partidarios constitucionales no lograron, lo lleva a término la escuela austro-galitziana. Como en otro tiempo las hordas de Luis XIV devastaron el Palatinado e infligieron a esta parte de Alemania heridas incurables por mucho tiempo, así proceden ahora los lansquenetes de Radetzky en Lombardía. Las ciudades han sido abandonadas por la mayoría de sus habitantes; sin los croatas, bohemios, estirios, tiroleses, etc., estarían muertas como la tumba. Numerosos fueron los refugiados que en distintas épocas abandonaron su patria, Polonia; incomparablemente más numerosas son las multitudes de lombardos que se ponen a salvo en los países vecinos huyendo del gobierno «paternal» de Radetzky.
* Por fin Carlos Alberto se ha visto obligado por la opinión pública a poner en situación de disponible a sus compinches en la traición, el teniente general Salasco, jefe del estado mayor, y Federici, último comandante de Peschiera, y a dar de baja al conde Bricherasio, comandante en Piacenza —que concluyó con los austriacos la conocida y vergonzosa capitulación—, así como al caballero Ferrere.
* Florencia, 23 de agosto. «Hace cuatro meses que el equilibrio europeo, fundado sin la participación de los pueblos, empezó a tambalearse bajo la tormenta de los pueblos. La emancipación de cada pueblo parecía que iba a ser la base del nuevo sistema. Pero, en lugar de unirse los pueblos en fraternal unión, se oprimen unos a otros. Polonia, que en los primeros momentos lanzó un grito de alegría y de esperanza, está doblegada bajo el yugo extranjero, más miserable que nunca. Francia, que tenía tantas bonitas palabras para Polonia, no tiene ahora para ella ni una sola espada. La proclamada fraternidad de todos los pueblos se ha convertido en una palabra vacía. Italia empieza la lucha por su independencia, y pueblos alemanes se alistan bajo la bandera del opresor y pierden, pensando en conquistas, los principios de libertad por los que ellos mismos lucharon en las jornadas de marzo. En el centro de Europa se constituye un poder central que ofende a los vecinos con su ambición, y la Asamblea de Fráncfort aplaude con júbilo a Radetzky porque a la cabeza del poder central hay un príncipe austriaco. La ocasión de una liga de los pueblos se ha esfumado; la esperanza de ella desaparece cada día más. La intervención negada por Francia en Italia no es una desgracia solo para nosotros, sino para Europa. Pero si Francia interviniera todavía ahora, el resultado sería que o bien la libertad triunfaría brillantemente en Italia y en Alemania, o bien sería aplastada aquí y en Francia se restablecería la monarquía». Así L'Alba en su último número.
‖ Nápoles, 20 de agosto. Las cartas procedentes de Sicilia ya no se entregan en la oficina de correos, sino en la prefectura de policía. Los destinatarios reciben aquí las cartas, es verdad, con el sello intacto. Pero inmediatamente se obliga al destinatario a abrir la carta y leerla en presencia de un comisario de policía. Hecho esto, se le pregunta muy cortésmente: «¿Qué hay de nuevo en la isla?». Tiene que comunicar el contenido, quiera o no, pues se expone a que la policía le pida la carta para ver si el destinatario ha dicho también la verdad. La Constitución garantiza, como se sabe, la inviolabilidad del secreto de la correspondencia. El gobierno, como se ve, observa ese precepto con toda exactitud. Que haya encontrado un medio tan excelente para enterarse, no obstante, suficientemente del contenido de las cartas no puede sorprender en absoluto con un ministerio Bozzelli y con Su Majestad bombardeadora.