Artículo publicado sin firma en la Neue Rheinische Zeitung, n.º 85, 25 de agosto de 1848 (Colonia), p. 3; atribuido a Friedrich Engels por la MEGA² (I/7). Traducido del original del periódico (colección digital de la USB Köln) por la Escuela de marxismo, 2026. Se omiten las noticias que el periódico da como tomadas de otros periódicos. Texto original en alemán.
* Florencia, 13 de agosto. Si la revolución —dice el último número de L'Alba— se ha extinguido en Viena, en Berlín, en Fráncfort y en Pest; si los eslavos, los húngaros y los alemanes han creído conquistar la bandera de su libertad separándose unos de otros, o han vuelto todo su poder contra Italia junto con los tronos que se derrumbaban, ¿habrá de apagarse quizá por eso la revolución italiana? ¡Que Europa no se engañe sobre el destino y la misión de Italia! El engaño sería grande y el desengaño, terrible. Porque la independencia de Italia es una necesidad para la civilización de Europa occidental. Como toda cuestión política, también la italiana está íntimamente ligada a la victoria o al peligro de la civilización. La civilización, siempre estorbada y amenazada por la casa de Brandeburgo y la de Austria, no puede ser defendida ahora sinceramente por ellas. Quizá los húngaros, los alemanes y los eslavos vean muy pronto qué suerte les espera si Italia vuelve a ser doblegada bajo el yugo austriaco.
La unidad de Alemania no será entonces quizá más que un sueño, que la discordia y la ambición de los Estados alemanes particulares disiparán muy pronto. Austria y Prusia volverán a disputarse el botín de un pueblo que no supo llevar a término una revolución brillante. La revolución alemana fue traicionada desde sus primeros pasos. Así como es imposible detener una revolución cuando sigue su curso de manera consecuente, del mismo modo es fácil someterla cuando se aparta de su camino y queda paralizada por deliberaciones que se enlazan con el viejo orden de cosas y con las instituciones vacilantes.
Si Austria y Prusia pudieran volver a levantar la cabeza, todos los alemanes, húngaros y eslavos notarían muy pronto con qué enemigos tienen que vérselas; acabarían dándose cuenta de lo útil y necesaria que es la independencia de Italia para la libertad que ellos han conquistado… Con la restauración de la «Santa Alianza» sonaría la hora fatal de una reacción general, y Europa volvería a ser tiranizada por los déspotas, que ahora se han visto obligados a renunciar a tantas prerrogativas y a tanto poder. — A este extracto de L'Alba añadimos el final de un artículo que trae el último número del Contemporaneo contra la vergonzosa política seguida últimamente por Pío IX: «El entusiasmo nacional podrá ser contenido, pero no podrá ser matado. Italia volverá a levantarse de sus nuevas ruinas, y el día de su resurrección será el último para aquellos gobiernos que la han traicionado. Entretanto, el pueblo y el Parlamento harán todo lo que esté en su mano en esta peligrosa situación de la patria. Pero sépanlo también nuestros hermanos italianos, como todos los que esperaban grandes cosas de Italia: no se engañaron en su esperanza en el pueblo; nos engañamos ellos y todos nosotros, los que esperábamos del papado la liberación de Italia».
△ Lugano, 16 de agosto. El cuerpo republicano que se retiró de Milán al territorio del Tesino se ha constituido formalmente. En Lugano se había establecido una junta insurreccional que dirige todos los movimientos. El general Garibaldi, que durante diez años defendió Montevideo contra Rosas, manda el grueso del cuerpo y ya ha propinado a los austriacos más de un revés. El fuerte de Luino, en el Lago Maggiore, fue tomado por él al asalto, y los republicanos ocupan ya tanto territorio que la junta ha podido establecerse en suelo lombardo. La mitad de la provincia de Como está en manos de los republicanos. Apice resiste con valentía en las montañas.
* Florencia, 14 de agosto. Anoche el gobierno publicó en el periódico oficial lo siguiente:
«La cuestión italiana ha requerido la mediación de Francia e Inglaterra. Estas dos potencias propondrán a Austria las condiciones de paz. Si Austria las rechaza, Francia está decidida a convertir la mediación pacífica en una intervención armada».