Publicado sin firma en la Neue Rheinische Zeitung, núm. 1, del 1 de junio de 1848; según la MEW, escrito por Friedrich Engels. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 5 (Berlín, 1971, pp. 19-21), por la Escuela de marxismo, 2026. El título es de los editores de la MEW. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.
* La casa de Borbón todavía no ha llegado al final de su gloriosa carrera. Es cierto que su bandera blanca se ha manchado bastante en los últimos tiempos; es cierto que los lirios marchitos dejaban caer sus cabezas de un modo bien lastimoso. Carlos Luis de Borbón vendió un ducado y tuvo que abandonar ignominiosamente el segundo;1 Fernando de Borbón perdió Sicilia y en Nápoles tuvo que conceder una Constitución a la revolución;2 Luis Felipe, aunque solo era un criptoborbón, siguió sin embargo el camino de toda carne borbónica francesa, por el canal de la Mancha hacia Inglaterra.3 Pero el Borbón napolitano ha vengado de manera brillante el honor de su familia.
Se convocan las Cámaras en Nápoles. El día de la apertura ha de aprovecharse para la batalla decisiva contra la revolución. Campobasso, uno de los principales jefes de policía del tristemente célebre Del Carretto,4 es llamado en secreto de Malta; los esbirros, con sus antiguos cabecillas al frente, vuelven a recorrer por primera vez en mucho tiempo la calle de Toledo, armados y en tropel; desarman a los ciudadanos, les arrancan las levitas, los obligan a cortarse el bigote. Llega el 14 de mayo, día de la apertura de las Cámaras. El rey exige que las Cámaras se comprometan bajo juramento a no cambiar nada de la Constitución que él ha otorgado. Se niegan. La guardia nacional se declara a favor de los diputados. Se negocia, el rey cede, los ministros dimiten. Los diputados exigen que el rey proclame la concesión hecha mediante una ordenanza. El rey promete esa ordenanza para el día siguiente. Pero durante la noche entran en Nápoles todas las tropas estacionadas en los alrededores. La guardia nacional se da cuenta de que la han traicionado; levanta barricadas y se ponen tras ellas de 5.000 a 6.000 hombres. Pero frente a ellos hay 20.000 soldados, en parte napolitanos, en parte suizos, con 18 cañones; entre unos y otros, por el momento indiferentes, están los 20.000 lazzaroni de Nápoles.5
En la mañana del 15 los suizos todavía declaran que no atacarán al pueblo. Pero uno de los agentes de policía mezclados con el pueblo dispara contra los soldados en la Strada de Toledo; enseguida el castillo de San Telmo iza la bandera roja, y a esa señal los soldados se lanzan contra las barricadas. Empieza una matanza espantosa; los guardias nacionales se defienden heroicamente contra una fuerza cuatro veces superior, contra los cañonazos de los soldados; se combate desde las diez de la mañana hasta medianoche; a pesar de la superioridad de la soldadesca, el pueblo habría vencido si la miserable conducta del almirante francés Baudin6 no hubiera decidido a los lazzaroni a pasarse al partido del rey.
El almirante Baudin estaba fondeado ante Nápoles con una flota francesa bastante fuerte. La simple pero oportuna amenaza de bombardear el palacio y los fuertes habría obligado a Fernando a ceder. Pero Baudin, viejo servidor de Luis Felipe, acostumbrado a la existencia meramente tolerada que había llevado hasta entonces la flota francesa en los tiempos de la entente cordiale,7 Baudin se quedó quieto y con ello decidió a los lazzaroni, que ya se inclinaban por el pueblo, a unirse a las tropas.
Con este paso del lumpenproletariado napolitano quedó decidida la derrota de la revolución. Guardia suiza, tropas de línea napolitanas y lazzaroni se arrojaron juntos sobre los combatientes de las barricadas. Los palacios de la calle de Toledo, barrida a metralla, se derrumbaban bajo las balas de cañón de los soldados; la banda enfurecida de los vencedores se lanzó a las casas, apuñaló a los hombres, ensartó a los niños, violó a las mujeres para asesinarlas después, lo saqueó todo y entregó a las llamas las viviendas devastadas. Los lazzaroni se mostraron los más codiciosos; los suizos, los más brutales. No hay palabras para describir las vilezas, las barbaridades que acompañaron la victoria de los mercenarios borbónicos, cuatro veces más fuertes y bien armados, y de los lazzaroni, sanfedistas8 de siempre, sobre la casi aniquilada guardia nacional de Nápoles.
Al final, aquello fue demasiado incluso para el almirante Baudin. Un fugitivo tras otro llegaba a sus barcos y contaba lo que pasaba en la ciudad. La sangre francesa de sus marineros empezó a hervir. Entonces, por fin, cuando la victoria del rey ya estaba decidida, pensó en bombardear. El derramamiento de sangre fue cesando poco a poco; ya no se asesinaba en las calles, uno se limitaba al robo y a la violación; pero los prisioneros eran llevados a los fuertes y fusilados allí sin más. A medianoche todo había terminado, el dominio absoluto de Fernando estaba restablecido de hecho y el honor de la casa de Borbón, lavado en sangre italiana.
Esta es la última hazaña de la casa de Borbón. Y, como siempre, son los suizos quienes defienden la causa de los Borbones contra el pueblo. El 10 de agosto de 1792, el 29 de julio de 1830, en los combates napolitanos de 1820,9 en todas partes encontramos a los nietos de Tell y de Winkelried10 como lansquenetes a sueldo de la estirpe cuyo nombre se ha convertido desde hace años, en toda Europa, en sinónimo de la monarquía absoluta. Ahora, es verdad, esto se acabará pronto. Los cantones más civilizados, tras largas disputas, han impuesto la prohibición de las capitulaciones militares;11 los robustos hijos de la libre Suiza primitiva tendrán que renunciar a pisotear a las mujeres napolitanas, a darse festines con el botín de las ciudades sublevadas y a quedar inmortalizados, en caso de derrota, con leones de Thorvaldsen, como los caídos del 10 de agosto.12
Pero la casa de Borbón puede respirar de nuevo por el momento. La reacción, que ha vuelto a levantar cabeza desde el 24 de febrero,13 no ha obtenido en ninguna parte una victoria tan decisiva como en Nápoles; y precisamente de Nápoles y de Sicilia partió la primera de las revoluciones de este año. Pero la marea revolucionaria que ha caído sobre la vieja Europa no se deja contener con conspiraciones absolutistas y golpes de Estado. Con la contrarrevolución del 15 de mayo, Fernando de Borbón ha puesto la primera piedra de la república italiana. Calabria arde ya, en Palermo se ha instalado un gobierno provisional; también los Abruzos se levantarán, los habitantes de todas las provincias esquilmadas marcharán sobre Nápoles y, unidos al pueblo de la ciudad, se vengarán del rey traidor y de sus brutales lansquenetes. Y cuando Fernando caiga, tendrá al menos la satisfacción de haber vivido y caído como un verdadero Borbón.
Carlos Luis de Borbón (1799-1883), duque de Luca, cedió en 1847 su ducado a Toscana a cambio de una compensación y sucedió ese mismo año en Parma a María Luisa como Carlos II; la revolución de marzo de 1848 lo obligó a huir de Parma. ↩
Fernando II (1810-1859), rey de las Dos Sicilias. La insurrección de Palermo del 12 de enero de 1848 le hizo perder Sicilia, y el movimiento de Nápoles le arrancó a comienzos de 1848 una Constitución. ↩
Luis Felipe de Orleans, rey de los franceses de 1830 a 1848, de la rama segundona de los Borbones; tras la revolución de febrero de 1848 huyó a Inglaterra, como Carlos X en 1830. ↩
Francesco Saverio Del Carretto (1777-1861), ministro de Policía de Fernando II, destituido en enero de 1848. ↩
El subproletariado de Nápoles, que los Borbones utilizaron repetidamente contra los movimientos liberales. ↩
Charles Baudin (1784-1854), almirante francés, mandaba la escuadra del Mediterráneo. ↩
El entendimiento entre Francia e Inglaterra en tiempos de Luis Felipe y Guizot. ↩
Partidarios de la Santa Fe, las bandas campesinas del cardenal Ruffo que en 1799 derribaron la República Napolitana; de ahí, reaccionarios clericales y monárquicos. ↩
El 10 de agosto de 1792 la guardia suiza defendió las Tullerías contra el pueblo de París; el 29 de julio de 1830, último día de la revolución de Julio, los suizos defendieron el Louvre y las Tullerías para Carlos X. En 1820-1821, la revolución napolitana fue aplastada por la intervención austriaca. ↩
Guillermo Tell y Arnold von Winkelried, héroes legendarios de las luchas de independencia suizas de los siglos XIV y XV. ↩
Las capitulaciones eran los contratos con los que los cantones suizos alquilaban regimientos a monarcas extranjeros. La Constitución federal suiza de 1848 prohibió concluir otras nuevas. ↩
El león de Lucerna, monumento a los guardias suizos caídos en las Tullerías el 10 de agosto de 1792, esculpido según un modelo del escultor danés Bertel Thorvaldsen e inaugurado en 1821. ↩
El 24 de febrero de 1848, día de la abdicación de Luis Felipe y de la proclamación de la República en París. ↩