Escrito por Friedrich Engels en Colonia el 26 de agosto de 1848 y publicado sin firma en la Neue Rheinische Zeitung, n.º 87, del 27 de agosto de 1848. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 5 (Berlín, 1959, pp. 373-375), por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.
Colonia, 26 de agosto. La Berliner Zeitungs-Halle1 publica el siguiente artículo:
«Hace poco tuvimos ocasión de hablar de que ha llegado un tiempo en el que de los viejos cuerpos estatales se escapa cada vez más el espíritu que los ha mantenido unidos tanto tiempo. En lo que respecta a Austria, nadie lo pondrá en duda; pero también en Prusia aparecen día tras día, cada vez más perceptibles, signos de los tiempos que confirman nuestra observación y ante los que no debemos cerrar los ojos. Ya no hay más que un interés que pueda atar las provincias del Estado al Estado prusiano: el interés en el desarrollo de instituciones liberales, el interés en la fundación común y el fomento recíproco de una configuración nueva y libre de las relaciones sociales. Silesia, que avanza con brío por el camino del progreso político y social, difícilmente se sentirá a gusto en Prusia si Prusia como Estado no satisface plenamente ese interés. De la provincia de Sajonia es harto sabido que desde que fue incorporada al Estado prusiano siempre le ha guardado rencor en su corazón. Y en cuanto a la provincia renana, todos recordarán todavía con qué amenazas se presentaron aquí sus diputados antes del 18 de marzo y precipitaron el vuelco de las cosas. El espíritu de alejamiento crece en esa provincia. Una hoja volante sin indicación del lugar de impresión ni del impresor, que ahora se difunde mucho, da de ello un nuevo testimonio.»
La hoja volante de la que habla la Zeitungs-Halle será conocida por todos nuestros lectores.
Lo que tiene que alegrarnos es que por fin encuentre entre los berlineses al menos un representante la idea de que Berlín no es un París ni para Alemania ni, en particular, para Renania. Berlín empieza a comprender que no puede gobernarnos, que no puede procurarse la autoridad que corresponde a una ciudad central. Berlín ha demostrado de sobra su incompetencia en la media revolución de marzo, en el asalto al arsenal,2 en el último motín. A la indecisión con que actúa el pueblo berlinés se suma además la falta total de capacidades en todos los partidos. En todo el movimiento desde febrero no se ha levantado en Berlín ni uno solo que fuera capaz de dirigir a su partido. El espíritu de esta ciudad central del «espíritu» está muy pronto, pero es tan débil como la carne. Incluso a su Hansemann, a su Camphausen, a su Milde3 los berlineses tuvieron que ir a buscarlos al Rin o a Silesia. Berlín, lejos de ser un París alemán, no es ni siquiera una Viena prusiana. No es una capital, es una «residencia».
Siempre es de reconocer que incluso en Berlín se llegue a la idea, difundida aquí en el Rin desde hace mucho, de que la unidad alemana solo puede salir de la disolución de las llamadas grandes potencias alemanas. Nunca hemos ocultado nuestra opinión al respecto. No nos entusiasmamos ni con la gloria pasada ni con la presente de Alemania, ni con las guerras de liberación ni con las «gloriosas victorias de las armas alemanas» en Lombardía y en Schleswig. Pero si alguna vez ha de salir algo de Alemania, Alemania tiene que concentrarse, tiene que convertirse en un imperio, no solo de palabra, sino de hecho. Y para eso hace falta antes, desde luego, que «ya no haya Austria ni Prusia».
Por lo demás, «el espíritu» que nos ha mantenido unidos con la vieja Prusia «tanto tiempo» era un espíritu muy tangible y tosco: era el espíritu de 15.000 bayonetas y de tantos o cuantos cañones. No en vano se instaló aquí en el Rin una colonia militar de polacos de Silesia y casubios. No en vano se metió a nuestra juventud en la Guardia de Berlín. No se hizo para reconciliarnos con las demás provincias; se hizo para azuzar a unas provincias contra otras, para explotar en interés del despotismo patriarcal-feudal el odio nacional entre alemanes y eslavos y el odio local de cada pequeña provincia alemana contra todas sus provincias vecinas. Divide et impera!4
En efecto, ya es hora de que acabe por fin el papel ficticio que «las provincias», es decir, los junkers de la Uckermark y de la Pomerania Ulterior, con sus mensajes temblorosos de miedo, atribuyeron a los berlineses y que los berlineses se apresuraron a asumir. Berlín no es ni será nunca la sede de la revolución, la capital de la democracia. Solo la fantasía de la nobleza de la Marca, temblorosa ante la bancarrota, la prisión por deudas y el farol de la horca, podía atribuirle ese papel; solo la vanidad coqueta del berlinés podía ver en ello a las provincias representadas. Reconocemos la revolución de marzo, pero por lo que realmente fue, y no por más. Su mayor defecto es que no revolucionó a los berlineses.
La Zeitungs-Halle cree que con instituciones liberales se podrá volver a pegar el cuerpo del Estado prusiano, que se cae a pedazos. Al contrario. Cuanto más liberales sean las instituciones, con más libertad se separarán los elementos heterogéneos, más se verá lo necesaria que es la separación y más saldrá a la luz la incapacidad de los políticos berlineses de todos los partidos.
Lo repetimos. La provincia renana no tiene nada que objetar a seguir unida a las viejas provincias prusianas dentro de Alemania; pero querer obligarla a quedarse eternamente dentro de Prusia, ya sea una Prusia absolutista, constitucional o democrática, significaría hacer imposible la unidad de Alemania, significaría quizá incluso —y expresamos el sentir general del pueblo— hacer que Alemania pierda un territorio grande y hermoso por querer conservarlo para Prusia.
Berliner Zeitungs-Halle, diario democrático de Berlín dirigido por Gustav Julius. ↩
El asalto del arsenal de Berlín por obreros y estudiantes el 14 de junio de 1848. ↩
Ludolf Camphausen (1803-1890) y David Hansemann (1790-1864), banqueros renanos, y Karl August Milde (1805-1861), fabricante de Breslau, ministros prusianos en 1848. ↩
«Divide y vencerás». ↩