Escrito en Colonia el 2 de noviembre de 1848. Publicado sin firma en la Neue Rheinische Zeitung, núm. 133, del 3 de noviembre de 1848; la MEW lo atribuye a Karl Marx. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 5 (Berlín, 1959, pp. 448-450), por la Escuela de marxismo, 2026. Las citas de La Réforme, que Marx tradujo al alemán, se dan según su versión. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

Colonia, 2 de noviembre. Ya antes de la insurrección de junio pusimos al descubierto repetidas veces las ilusiones de los republicanos de la tradición de 1793, de los republicanos de La Réforme (la de París).1 La revolución de junio y el movimiento que salió de ella obligan a estos republicanos utopistas a abrir poco a poco los ojos.

Un editorial de La Réforme del 29 de octubre nos muestra la lucha de este partido entre sus viejas fantasías y los hechos nuevos.

La Réforme dice:

«Desde hace mucho tiempo, las luchas que entre nosotros tenían por objeto la posesión del gobierno eran guerras de clases: luchas de la burguesía y del pueblo contra la nobleza al aparecer la primera República; entrega del pueblo en armas hacia fuera y dominio de la burguesía dentro bajo el Imperio; intentos de restaurar el feudalismo bajo los Borbones de la rama primogénita; finalmente, en 1830, triunfo y dominio de la burguesía: esa es nuestra historia».

La Réforme añade con un suspiro:

«Con pesar, sin duda, hablamos de clases, de distinciones impías y odiosas; pero esas distinciones existen, y no podemos desconocer este hecho».

Es decir: el optimismo republicano de La Réforme solo veía hasta ahora citoyens, ciudadanos; la historia se le ha echado encima tan directamente que ya no puede borrar con sus ensueños la división de esos citoyens en bourgeois y prolétaires.

La Réforme prosigue:

«En febrero se quebró el despotismo burgués. ¿Qué pedía el pueblo? La justicia para todos, la igualdad. Ese fue su primer grito, su primer deseo. La burguesía, iluminada por el rayo que la había alcanzado, no tuvo al principio otro deseo que el del pueblo».

La Réforme sigue juzgando el carácter de la revolución de febrero por las declamaciones de febrero. Lejos de quebrarse en la revolución de febrero, el despotismo burgués se consumó en ella. La corona, la última aureola feudal que ocultaba el dominio de la clase burguesa, fue derribada. El dominio del capital apareció en estado puro. Burguesía y proletariado combatieron en la revolución de febrero a un enemigo común. En cuanto se eliminó al enemigo común, las dos clases hostiles quedaron solas en el campo de batalla, y tenía que empezar la lucha decisiva entre ellas. Si la revolución de febrero consumó el dominio burgués, ¿de dónde, se preguntará, la recaída de la burguesía en el monarquismo? Nada más sencillo. La burguesía añora el período en que dominaba sin ser responsable de su dominio; en que un poder aparente, situado entre ella y el pueblo, tenía que actuar por ella y servirle al mismo tiempo de escondite; en que tenía, por así decirlo, un chivo expiatorio coronado al que golpeaba el proletariado cada vez que quería alcanzarla a ella, y contra el que ella misma se aliaba con el proletariado cada vez que se le volvía molesto y pretendía afianzarse como poder por su cuenta. En el rey tenía un pararrayos frente al pueblo; en el pueblo, un pararrayos frente al rey.

Como La Réforme toma por realidades las fantasías, en parte hipócritas y en parte sinceras, que hacían estragos al día siguiente de la derrota de Luis Felipe, el movimiento posterior a las jornadas de febrero le parece una serie de errores y de desgraciadas casualidades que se habrían evitado con un gran hombre que hubiera estado a la altura de las necesidades de la situación. ¡Como si Lamartine, ese fuego fatuo, no hubiera sido el verdadero hombre de la situación!2

El verdadero hombre, el gran hombre, sigue sin aparecer, se lamenta La Réforme, y la situación empeora cada día.

«Por un lado, crece la crisis industrial y comercial. Por otro, crece el odio, y cada cual persigue un fin opuesto. Los que estaban oprimidos antes del 24 de febrero buscan un ideal de felicidad y de libertad en la concepción de una sociedad completamente nueva. Los que dominaban bajo la monarquía solo piensan en recobrar su reino para explotarlo con doble dureza».

¿Y qué? ¿Se interpone ahora La Réforme entre las clases bruscamente enfrentadas? ¿Se eleva siquiera a vislumbrar que los antagonismos de clase y la lucha de clases solo desaparecerán con la desaparición de las clases?

¡No! Acaba de admitir el antagonismo de clase. Pero los antagonismos de clase descansan sobre bases económicas, sobre el modo de producción material existente hasta ahora y sobre las relaciones de intercambio que de él se derivan. La Réforme no conoce mejor medio de cambiarlos y abolirlos que apartar la vista de su base real, precisamente de esas relaciones materiales, y precipitarse de nuevo en el azulado cielo de vapor de la ideología republicana, es decir, en el poético período de febrero, del que los sucesos de junio la habían arrancado a la fuerza. No hay más que oír:

«Lo más triste de estas discordias internas es la extinción, la pérdida de los sentimientos patrióticos, nacionales», es decir, precisamente de aquella exaltación con la que ambas clases revocaban de color patriótico y nacional sus intereses determinados, sus condiciones de vida. Cuando lo hicieron en 1789, tampoco su antagonismo real estaba aún desarrollado. Lo que entonces era la expresión adecuada de la situación hoy no es más que una escapatoria de la situación. Lo que entonces era cuerpo, hoy es reliquia.

«Evidentemente», concluye La Réforme, «es un mal profundo el que sufre Francia; pero no es incurable. Tiene su origen en la confusión de las ideas y de las costumbres, en el olvido de la justicia y de la igualdad en las relaciones sociales, en la corrupción por una enseñanza egoísta. En ese círculo hay que asegurar los medios de la reorganización. En lugar de ello, se recurre a medios materiales».

La Réforme traslada la cuestión a la «conciencia», y entonces la cháchara moralizante saca de todos los apuros. El antagonismo entre burguesía y proletariado procede, pues, de las ideas de esas dos clases. ¿Y de dónde proceden esas ideas? De las relaciones sociales. ¿Y de dónde esas relaciones? De las condiciones de vida materiales, económicas, de las clases enemigas. Según La Réforme, a ambas se las ayuda si pierden la conciencia de su situación real y de su antagonismo real y se emborrachan con el opio de los sentimientos y las frases «patrióticas» de 1793. ¡Qué desconcierto!

  1. La Réforme, diario parisiense de los republicanos demócratas (Ledru-Rollin, Flocon), que se reclamaban de la tradición jacobina de 1793. Tras la revolución de febrero sus dirigentes entraron en el gobierno provisional. ↩

  2. Alphonse de Lamartine (1790-1869), poeta y ministro de Asuntos Exteriores del gobierno provisional, figura central de la república de febrero. ↩