Escrito por Friedrich Engels a comienzos de diciembre de 1848, durante su estancia en Suiza, para la Neue Rheinische Zeitung, que no llegó a publicarlo; el artículo se conservó en manuscrito. Traducido, según el manuscrito, de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 6 (Berlín, 1959, pp. 557-561), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

*París. ¿Raspail1 o Ledru-Rollin?2 ¿Socialista o montañés? Esa es la pregunta que divide ahora en dos campos enemigos al partido de la república roja.3

¿De qué se trata en realidad en esta disputa?

Preguntad a los periódicos de los montañeses, a La Réforme, a La Révolution,4 y os dirán que ellos mismos no consiguen descubrirlo; que los socialistas presentan literalmente el mismo programa de la revolución permanente, del impuesto progresivo y sobre las herencias, de la organización del trabajo que ha presentado la Montaña; que no existe en absoluto ninguna disputa de principios y que todo este escándalo inoportuno lo han provocado unos cuantos envidiosos y ambiciosos que engañan «la religión y la buena fe» del pueblo y que, por egoísmo, hacen sospechosos a los hombres del partido popular.

Preguntad al periódico de los socialistas, Le Peuple,5 y os responderá con amargas expectoraciones sobre la ignorancia y la cabeza hueca de los montañeses, con interminables tratados jurídico-morales-económicos y, por último, con la misteriosa insinuación de que en el fondo se trata de la nueva panacea del ciudadano Proudhon, que está a punto de dejar atrás las viejas frases socialistas de la escuela de Louis Blanc.6

Preguntad, por último, a los obreros socialistas, y os responderán brevemente: Ce sont des bourgeois, les montagnards [Son unos burgueses, los montañeses].

Los únicos que dan en el clavo son, una vez más, los obreros. No quieren saber nada de la Montaña porque la Montaña está formada solo por burgueses.

El partido socialista-demócrata estaba formado ya antes de febrero por dos fracciones distintas: en primer lugar, los portavoces, diputados, escritores, abogados, etc., con su cola nada despreciable de pequeños burgueses, que formaban el partido propiamente dicho de La Réforme; en segundo lugar, la masa de los obreros de París, que no eran en modo alguno seguidores incondicionales de los primeros, sino al contrario aliados muy desconfiados, que tan pronto se les unían más estrechamente como se alejaban de ellos, según que la gente de La Réforme se mostrara más decidida o más vacilante. En los últimos meses de la monarquía, La Réforme se había mostrado muy decidida a raíz de su polémica con Le National,7 y la relación entre ella y los obreros era muy estrecha.

Por eso la gente de La Réforme entró también en el gobierno provisional como representante del proletariado.

Cómo estuvieron en minoría en el gobierno provisional y, por ello, incapaces de imponer el interés de los obreros, solo sirvieron a los republicanos «puros» para entretener a los obreros hasta que los republicanos puros hubieran reorganizado el poder público, que era ahora su poder frente a los obreros; cómo el jefe del partido de La Réforme, Ledru-Rollin, se dejó convencer por las frases de abnegación de Lamartine8 y por el atractivo del poder para entrar en la Comisión Ejecutiva;9 cómo con ello dividió y debilitó al partido revolucionario, lo puso en parte a disposición del gobierno, e hizo así fracasar las insurrecciones de mayo y de junio, y hasta luchó contra ellas: todo eso no hace falta exponerlo aquí más por extenso. Los hechos están todavía demasiado frescos en la memoria.

Baste decir que después de la insurrección de junio, después de la caída de la Comisión Ejecutiva y de la elevación de los republicanos puros al dominio exclusivo en la persona de Cavaignac,10 el partido de La Réforme, la pequeña burguesía socialista-demócrata, había perdido todas sus ilusiones sobre el desarrollo de la república. Había sido arrojada a la oposición, volvía a ser libre, hacía de nuevo oposición y reanudaba sus viejas relaciones con los obreros.

Mientras no se plantearon cuestiones importantes, mientras solo se trató de desenmascarar la política cobarde, traidora y reaccionaria de Cavaignac, los obreros pudieron conformarse con estar representados en la prensa por La Réforme y La Révolution démocratique et sociale. La Vraie République11 y los periódicos propiamente obreros habían sido suprimidos ya, de todos modos, por el estado de sitio, los procesos de tendencia y las fianzas. Del mismo modo pudieron conformarse con dejarse representar en la Asamblea Nacional por la Montaña. Raspail, Barbès y Albert estaban detenidos; Louis Blanc y Caussidière tuvieron que huir.12 Los clubes estaban en parte cerrados, en parte bajo estricta vigilancia, y las viejas leyes contra la libertad de palabra seguían y siguen vigentes. Cómo se las sabe aplicar contra los obreros, de eso daban los periódicos ejemplos de sobra cada día. Los obreros, en la imposibilidad de hacer hablar a sus propios representantes, tuvieron que contentarse de nuevo con aquellos que los habían representado antes de febrero: los pequeños burgueses radicales y sus portavoces.

Entonces surge la cuestión de la presidencia.13 Hay tres candidatos:

Cavaignac, Luis Napoleón, Ledru-Rollin. De Cavaignac ni hablar, para los obreros. El hombre que en junio los había barrido con metralla y cohetes incendiarios solo podía contar con su odio. ¿Luis Bonaparte? Por él solo podían votar por ironía, para elevarlo hoy con el voto y derribarlo mañana con las armas, y con él a la honesta república burguesa, la república «pura». Y por último Ledru-Rollin, que se recomendaba a los obreros como el único candidato rojo, socialista-demócrata.

¿Así que, después de las experiencias del gobierno provisional, del 15 de mayo y del 24 de junio, se pedía a los obreros que dieran otra vez un voto de confianza a la pequeña burguesía radical y a Ledru-Rollin? ¿A la misma gente que el 25 de febrero, cuando el proletariado armado dominaba París, cuando se podía imponer todo, en lugar de hechos revolucionarios solo tuvo sublimes frases tranquilizadoras; en lugar de medidas rápidas y decisivas, solo promesas y buenas palabras; en lugar de la energía de [17]93, solo la bandera, la retórica y los títulos del 93? ¿A la misma gente que gritaba con Lamartine y Marrast:14 «Ante todo hay que tranquilizar a los burgueses», y que por eso se olvidó de continuar la revolución? ¿A la misma gente que el 15 de mayo estaba indecisa y que el 23 de junio hizo traer artillería de Vincennes y batallones de Orleans y de Bourges?

Y sin embargo el pueblo quizá habría votado por Ledru-Rollin para no dividir los votos. Pero entonces vino su discurso del 25 de noviembre contra Cavaignac,15 en el que vuelve a ponerse del lado de los vencedores y reprocha a Cavaignac no haber actuado con la suficiente energía contra la revolución, no haber tenido preparados todavía más batallones contra los obreros.

Este discurso ha hecho perder a Ledru-Rollin todo su crédito entre los obreros. Todavía ahora, al cabo de cinco meses, después de haber tenido que pagar, por así decirlo, en su propia carne todas las consecuencias de la batalla de junio, todavía ahora se pone, frente a los vencidos, del lado de los vencedores, ¡se enorgullece de haber pedido contra los insurrectos más batallones de los que Cavaignac podía poner!

¿Y el hombre para quien los combatientes de junio no fueron vencidos lo bastante deprisa quiere ser el jefe del partido que ha recogido la herencia de los caídos de junio?

Después de este discurso, la candidatura de Ledru-Rollin estaba perdida entre los obreros de París. La candidatura opuesta de Raspail, presentada ya antes y rodeada ya antes de las simpatías de los obreros, había vencido en París. Si decidieran las papeletas de París, Raspail sería ahora presidente de la República.

Los obreros saben muy bien que Ledru-Rollin no está acabado, que todavía puede prestar y prestará grandes servicios al partido radical. Pero ha perdido la confianza de los obreros. Su debilidad, su pequeña vanidad, su dependencia de las frases altisonantes, con las que incluso Lamartine lo dominaba, las han tenido que pagar ellos, los obreros. Ningún servicio que pueda prestar hará olvidar esto. Los obreros sabrán siempre que, si Ledru-Rollin vuelve a mostrarse enérgico, su energía no será más que la de los obreros armados que lo empujarán desde detrás.

Al dar a Ledru-Rollin un voto de desconfianza, los obreros dieron al mismo tiempo un voto de desconfianza a toda la pequeña burguesía radical. La indecisión, la dependencia de las frases tradicionales del dévouement [abnegación], etc., el olvido de las acciones revolucionarias en favor de las reminiscencias revolucionarias, son todas cualidades que Ledru-Rollin comparte con la clase que representa.

Los pequeños burgueses radicales son socialistas únicamente porque ven con claridad ante sus ojos su ruina, su paso al proletariado. No como pequeños burgueses, como poseedores de un pequeño capital, sino como futuros proletarios se entusiasman por la organización del trabajo y por la transformación de la relación entre capital y trabajo. Dadles el dominio político y pronto olvidarán la organización del trabajo. El dominio político les ofrece, al menos en la embriaguez del primer momento, la perspectiva de adquirir capital, de salvarse de la ruina que los amenaza. Solo cuando los proletarios armados estén detrás de ellos con la bayoneta calada, solo entonces se acordarán de sus aliados de ayer. Así obraron en febrero y en marzo, y Ledru-Rollin, como su jefe, fue el primero en obrar así. Si ahora están desengañados, ¿cambia eso la posición de los obreros respecto a ellos? Si vuelven arrepentidos, ¿tienen derecho a exigir que los obreros caigan otra vez en la trampa, ahora en circunstancias completamente distintas?

Que los obreros no lo harán, que saben cuál es su posición respecto a los pequeños burgueses radicales, eso se lo dan a entender al no votar por Ledru-Rollin, sino por Raspail.

Pero Raspail, ¿qué méritos ha hecho Raspail ante los obreros? ¿Cómo se lo puede presentar a él, frente a Ledru-Rollin, como el socialista por excelencia?

El pueblo sabe muy bien que Raspail no es un socialista oficial, que no es un fabricante de sistemas de profesión. El pueblo no quiere para nada a los socialistas oficiales y a los fabricantes de sistemas; está harto de ellos. De lo contrario, su candidato sería el ciudadano Proudhon y no el fogoso Raspail.

Pero el pueblo tiene buena memoria y no es, ni de lejos, tan desagradecido como a las incomprendidas grandezas reaccionarias les gusta decir en su modestia. El pueblo recuerda todavía muy bien que Raspail fue el primero que reprochó al gobierno provisional su inactividad, su dedicarse a la mera palabrería republicana. El pueblo no ha olvidado todavía L'Ami du Peuple, par le citoyen Raspail [por el ciudadano Raspail],16 y porque Raspail fue el primero en tener el valor —y hacía falta de verdad valor— de enfrentarse de forma revolucionaria al gobierno provisional, y porque Raspail no representa ningún color socialista determinado, sino solo la revolución social, por eso el pueblo de París vota por Raspail.

No se trata en absoluto de las cuatro medidas mezquinas proclamadas solemnemente en el manifiesto de la Montaña como salvadoras del mundo. Se trata de la revolución social, que traerá a los franceses cosas muy distintas de esas frases inconexas y ya estereotipadas. Se trata de la energía para llevar a cabo esa revolución. Se trata de si la pequeña burguesía tendrá esa energía, después de haberse mostrado ya una vez impotente. Y el proletariado de París, al votar por Raspail, responde: ¡No!

De ahí el asombro de La Réforme y de La Révolution de que se puedan aceptar sus frases y, sin embargo, no votar por Ledru-Rollin, que es quien representa esas frases. Esos buenos periódicos, que se tienen por periódicos obreros y que ahora son, más que nunca, periódicos de los pequeños burgueses, no pueden naturalmente comprender que la misma reivindicación es revolucionaria en boca de los obreros y una mera frase en su boca. ¡De lo contrario no tendrían sus propias ilusiones!

¿Y el ciudadano Proudhon y su Peuple? De eso, mañana.

  1. François-Vincent Raspail (1794-1878), químico y médico, republicano revolucionario cercano a los obreros; detenido tras la manifestación del 15 de mayo de 1848, fue candidato de los socialistas a la presidencia desde la cárcel. ↩

  2. Alexandre-Auguste Ledru-Rollin (1807-1874), abogado, jefe de los republicanos demócratas pequeñoburgueses de La Réforme y de la Montaña; ministro del Interior en el gobierno provisional de 1848. ↩

  3. La república democrática y social, frente a la república burguesa «tricolor». ↩

  4. La Réforme, diario de los republicanos demócratas, dirigido por Ledru-Rollin y Ferdinand Flocon; La Révolution démocratique et sociale, diario de Charles Delescluze, de la misma tendencia. ↩

  5. Le Peuple, diario de Proudhon desde el otoño de 1848, continuación de Le Représentant du peuple. ↩

  6. Louis Blanc (1811-1882), periodista e historiador socialista, autor de L'Organisation du travail (1839); miembro del gobierno provisional de 1848. ↩

  7. Le National, diario de los republicanos burgueses moderados, dirigido por Armand Marrast. ↩

  8. Alphonse de Lamartine (1790-1869), poeta e historiador, ministro de Asuntos Exteriores y figura principal del gobierno provisional de 1848. ↩

  9. La Comisión Ejecutiva de cinco miembros que sustituyó al gobierno provisional del 10 de mayo al 24 de junio de 1848. ↩

  10. Louis-Eugène Cavaignac (1802-1857), general, ministro de la Guerra; aplastó la insurrección obrera de junio de 1848 con poderes dictatoriales y fue después jefe del poder ejecutivo hasta diciembre de 1848. ↩

  11. La Vraie République, diario de Théophile Thoré, próximo a los clubes obreros. ↩

  12. Armand Barbès (1809-1870) y Alexandre Martin, llamado Albert (1815-1895), obrero y miembro del gobierno provisional, fueron detenidos con Raspail tras el 15 de mayo de 1848. Louis Blanc y Marc Caussidière (1808-1861), prefecto de policía de París tras la revolución de febrero, huyeron a Inglaterra en agosto de 1848 para escapar al proceso. ↩

  13. La elección del presidente de la República por sufragio universal, el 10 de diciembre de 1848, que ganó Luis Napoleón Bonaparte. ↩

  14. Armand Marrast (1801-1852), director de Le National, alcalde de París en 1848 y luego presidente de la Asamblea Constituyente. ↩

  15. En el debate de la Asamblea Nacional del 25 de noviembre de 1848 sobre la conducta de Cavaignac en las jornadas de junio. ↩

  16. L'Ami du Peuple, periódico que Raspail publicó entre febrero y mayo de 1848, con el título del de Marat. ↩