Escritos por Friedrich Engels en Colonia el 19 y el 20 de septiembre de 1848 y publicados sin firma en la Neue Rheinische Zeitung, n.º 107 (suplemento), del 20 de septiembre, y n.º 108, del 21 de septiembre de 1848. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 5 (Berlín, 1959, pp. 410-413), por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

N.º 107, 20 de septiembre de 1848 (suplemento)

Colonia, 19 de septiembre, a las 7 de la tarde. El armisticio germano-danés ha desencadenado la tormenta. En Fráncfort ha estallado la más sangrienta de las insurrecciones;1 el honor de Alemania, traicionado por la Asamblea Nacional en favor de un ministerio prusiano que ha dimitido con oprobio y vergüenza, lo defienden con su vida los obreros de Fráncfort, Offenbach y Hanau y los campesinos de los alrededores.

La lucha sigue indecisa. Hasta anoche, los soldados parecen haber hecho pocos progresos. En Fráncfort la artillería apenas puede emplearse, salvo en la Zeil2 y quizá en algunas otras calles y plazas, y la caballería casi en absoluto. Por ese lado las probabilidades son favorables al pueblo. Los de Hanau, armados con lo que tomaron al asaltar el arsenal, han acudido en ayuda. Igualmente los campesinos de innumerables localidades de los alrededores. Hasta anoche las tropas podían sumar unos 10.000 hombres, con poca artillería. La afluencia de campesinos durante la noche tiene que haber sido muy grande, la de soldados ya menor; los alrededores inmediatos estaban desguarnecidos de tropas. El espíritu revolucionario de los campesinos del Odenwald, de Nassau y del Hesse electoral no permitía hacer más envíos; las comunicaciones estarán cortadas. Si la insurrección ha resistido todavía hoy, todo el Odenwald, Nassau, el Hesse electoral y el Hesse renano, toda la población entre Fulda, Coblenza, Mannheim y Aschaffenburg estarán en armas, y faltarán tropas para sofocar el levantamiento. ¿Y quién responde de Maguncia, Mannheim, Marburgo, Kassel, Wiesbaden, todas ellas ciudades en las que el odio a la soldadesca ha llegado al máximo por los excesos sangrientos de las llamadas «tropas del Imperio»? ¿Quién responde de los campesinos del Rin, que pueden impedir con facilidad los envíos de tropas por el río?

Y, sin embargo, lo confesamos, tenemos poca esperanza en la victoria de los valientes insurrectos. Fráncfort es una ciudad demasiado pequeña; la fuerza desproporcionada de las tropas y las conocidas simpatías contrarrevolucionarias de los filisteos de Fráncfort pesan demasiado para que podamos hacernos grandes esperanzas.

Aunque los insurrectos sucumban, no hay nada decidido. La contrarrevolución se volverá insolente, nos sojuzgará por un momento con el estado de sitio y la supresión de la libertad de prensa, de los clubes y de las asambleas populares; pero no por mucho tiempo, y el canto del gallo galo anunciará la hora de la liberación, la hora de la revancha.

N.º 108, 21 de septiembre de 1848

Colonia, 20 de septiembre. Las noticias de Fráncfort empiezan a confirmar poco a poco nuestros temores de ayer. Parece seguro que los insurrectos han sido expulsados de Fráncfort y solo ocupan todavía Sachsenhausen, donde se dice que están fuertemente atrincherados. Fráncfort ha sido declarada en estado de sitio; quien sea apresado con las armas en la mano o resistiendo al «poder del Imperio» comparecerá ante un consejo de guerra.

Los señores de la Paulskirche3 están, pues, a la altura de sus colegas de París;4 pueden reducir con toda tranquilidad y bajo el régimen del estado de sitio los derechos fundamentales del pueblo alemán a un «mínimo».

El ferrocarril de Maguncia está levantado en muchos puntos, y los correos llegan tarde o no llegan.

La artillería parece haber decidido la lucha en las calles más anchas y haber abierto a los militares un camino hacia la retaguardia de los combatientes de las barricadas. El celo con que los filisteos de Fráncfort abrieron sus casas a los soldados, poniendo así en sus manos todas las ventajas de la lucha callejera, y la superioridad de las tropas, traídas rápidamente por ferrocarril, frente a los lentos refuerzos de campesinos que llegaban a pie, hicieron el resto.

Pero aunque la lucha no se haya renovado en la propia Fráncfort, eso no significa en modo alguno que la insurrección esté sofocada. Los campesinos enfurecidos no depondrán las armas así como así. Si no pueden hacer saltar la Asamblea Nacional, en casa todavía les queda bastante que barrer. La tormenta, rechazada en la Paulskirche, puede repartirse entre seis u ocho residencias principescas de bolsillo, entre cientos de casas solariegas; la guerra campesina de esta primavera5 no habrá terminado mientras no haya alcanzado su resultado, la liberación de los campesinos del feudalismo.

¿De dónde la victoria continua del «orden» en todos los puntos de Europa, de dónde la serie de innumerables derrotas, siempre repetidas, del partido revolucionario, desde Nápoles, Praga y París hasta Milán, Viena y Fráncfort?

De que todos los partidos saben que la lucha que se prepara en todos los países civilizados es una lucha completamente distinta, infinitamente más importante que todas las revoluciones anteriores; de que en Viena como en París, en Berlín como en Fráncfort, en Londres como en Milán, se trata de la caída de la dominación política de la burguesía, de una subversión cuyas consecuencias más inmediatas llenan ya de espanto a todos los burgueses acomodados y especuladores.

¿Hay todavía algún centro revolucionario en el mundo donde no haya ondeado en las barricadas de los últimos cinco meses la bandera roja, la enseña de combate del proletariado europeo hermanado?

También en Fráncfort se ha combatido bajo la bandera roja al Parlamento de los junkers y los burgueses unidos.

Por eso, porque cualquier insurrección que estalle ahora amenaza directamente la existencia política de la burguesía e indirectamente su existencia social, por eso todas estas derrotas. El pueblo, en su mayor parte desarmado, no solo tiene que luchar contra el poder del Estado burocrático y militar organizado, que la burguesía ha asumido; tiene que luchar también contra la propia burguesía armada. Al pueblo no organizado y mal armado se le enfrentan todas las demás clases de la sociedad, bien organizadas y bien pertrechadas. Y por eso el pueblo ha sucumbido hasta ahora y sucumbirá hasta que sus adversarios se debiliten, ya sea porque la guerra ocupe a las tropas, ya sea por una escisión entre ellos, o hasta que algún gran acontecimiento empuje al pueblo a una lucha desesperada y desmoralice a sus adversarios.

Y un gran acontecimiento así se prepara en Francia.

Por eso no tenemos por qué desesperar si desde hace cuatro meses la metralla ha vencido a las barricadas en todos los puntos. Al contrario: cada victoria de nuestros adversarios ha sido al mismo tiempo una derrota para ellos; los ha dividido, no ha dado el poder al partido victorioso de los conservadores de febrero y de marzo, sino que al final lo ha dado cada vez al partido que fue derribado en febrero y en marzo. La victoria de junio en París solo ha establecido, para empezar, el dominio de la pequeña burguesía, de los republicanos puros; no han pasado todavía tres meses y la gran burguesía, el partido constitucional, amenaza con derribar a Cavaignac y arrojar a los «puros» en brazos de los «rojos». Lo mismo pasará en Fráncfort: la victoria no beneficiará a los honrados centros, sino a la derecha; la burguesía cederá la preeminencia a los señores del Estado militar, burocrático y de los junkers, y muy pronto tendrá que probar los frutos amargos de su victoria.

¡Que les aproveche! Nosotros, mientras tanto, esperaremos el momento en que suene en París la hora de la liberación para Europa.

  1. El 18 de septiembre de 1848, tras la ratificación del armisticio de Malmö por la Asamblea Nacional, el pueblo de Fráncfort levantó barricadas; las tropas prusianas y austriacas llamadas por el poder central aplastaron la insurrección. ↩

  2. La gran calle comercial de Fráncfort. ↩

  3. La iglesia de San Pablo de Fráncfort, sede de la Asamblea Nacional. ↩

  4. Tras la insurrección de junio, París estuvo en estado de sitio hasta octubre de 1848 mientras la Asamblea Nacional francesa discutía la constitución. ↩

  5. Los levantamientos campesinos de marzo y abril de 1848 en el sudoeste de Alemania contra las cargas feudales. ↩