Publicado sin firma en la Neue Rheinische Zeitung (Colonia), n.º 18, del 18 de junio de 1848. La MEW lo atribuye a Friedrich Engels. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 5 (Berlín, 1971, pp. 80-82), por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.
**Colonia, 17 de junio. Un nuevo baño de sangre como el de Posen1 se prepara en Bohemia. La soldadesca austriaca ha ahogado en sangre checa la posibilidad de una convivencia pacífica de Bohemia y Alemania.
El príncipe Windischgrätz2 hace emplazar cañones contra Praga en el Vyšehrad y en el Hradčany. Se concentran tropas y se prepara un golpe de mano contra el Congreso Eslavo3 y los checos.
El pueblo se entera de estos preparativos. Acude en masa ante la residencia del príncipe y pide armas. Se le niegan. La agitación crece; las masas, armadas y desarmadas, aumentan. Entonces sale un disparo de una posada situada frente al palacio del comandante, y la princesa Windischgrätz cae mortalmente herida. Al instante se da la orden de ataque, los granaderos avanzan, el pueblo es rechazado. Pero por todas partes se levantan barricadas que detienen a la tropa. Se traen cañones y las barricadas son destrozadas con metralla. La sangre corre a raudales. Se combate toda la noche del 12 al 13 y todavía el 13. Por fin los soldados consiguen tomar las calles anchas y hacer retroceder al pueblo a los barrios más estrechos, donde no se puede emplear la artillería.
Hasta aquí nuestras últimas noticias. Se añade que muchos miembros del Congreso Eslavo han sido expulsados de la ciudad bajo fuerte escolta. Según esto, la tropa habría vencido, al menos en parte.
Acabe como acabe la insurrección, una guerra de exterminio de los alemanes contra los checos es ahora la única solución posible.
Los alemanes tienen que expiar en su revolución los pecados de todo su pasado. Los han expiado en Italia. En Posen han vuelto a echarse encima la maldición de toda Polonia. Y ahora se añade Bohemia.
Los franceses, incluso allí donde llegaron como enemigos, supieron ganarse reconocimiento y simpatías. A los alemanes no se los reconoce en ninguna parte, en ninguna parte encuentran simpatías. Incluso cuando se presentan como generosos apóstoles de la libertad, se los rechaza con amarga burla.
Y con razón. Una nación que a lo largo de todo su pasado se ha dejado usar como instrumento de opresión contra todas las demás naciones, una nación así tiene que demostrar primero que está realmente revolucionada. Tiene que demostrarlo de otro modo que con un par de medias revoluciones que no tienen más resultado que dejar subsistir, bajo otras formas, la vieja indecisión, la debilidad y la desunión; revoluciones tras las cuales siguen en su sitio un Radetzky en Milán, un Colomb y un Steinäcker en Posen, un Windischgrätz en Praga, un Hüser en Maguncia,4 como si nada hubiera pasado.
La Alemania revolucionada tenía que renegar de todo su pasado, sobre todo en lo que se refiere a los pueblos vecinos. Tenía que proclamar, al mismo tiempo que su propia libertad, la libertad de los pueblos a los que hasta entonces había oprimido.
¿Y qué ha hecho la Alemania revolucionada? Ha ratificado por completo la vieja opresión de Italia, de Polonia y ahora también de Bohemia por la soldadesca alemana. Kaunitz y Metternich5 quedan plenamente justificados.
¿Y aun así pretenden los alemanes que los checos confíen en ellos? ¿Y se reprocha a los checos que no quieran unirse a una nación que, mientras se libera a sí misma, oprime y maltrata a otras naciones?
¿Se les reprocha que no quieran enviar diputados a una asamblea como nuestra lastimosa y pusilánime «Asamblea Nacional» de Fráncfort, que tiembla ante su propia soberanía?
¿Se les reprocha que se separen del impotente gobierno austriaco, que en su desconcierto y su parálisis no parece estar ahí más que para hacer constar la descomposición de Austria, no para impedirla, ni siquiera para organizarla? ¿De un gobierno que es él mismo demasiado débil para librar a Praga de los cañones y los soldados de un Windischgrätz?
Pero los más dignos de lástima son los propios checos, tan valientes. Venzan o sean derrotados, su ruina es segura. Cuatrocientos años de opresión por parte de los alemanes, que ahora prosigue en los combates callejeros de Praga, los han arrojado en brazos de los rusos. En la gran lucha entre el oeste y el este de Europa, que estallará muy pronto, quizá dentro de unas semanas, una fatalidad desgraciada coloca a los checos del lado de los rusos, del lado del despotismo contra la revolución. La revolución vencerá, y los checos serán los primeros a los que aplaste.
La culpa de esta ruina de los checos la tienen otra vez los alemanes. Son los alemanes quienes los han traicionado entregándolos a Rusia.
En abril y mayo de 1848 las tropas prusianas aplastaron el levantamiento nacional polaco en el gran ducado de Posen. ↩
Alfred zu Windischgrätz (1787-1862), mariscal austriaco, comandante militar de Bohemia; aplastó la insurrección de Praga del 12 al 17 de junio de 1848 y en octubre la de Viena. ↩
El Congreso Eslavo se reunió en Praga desde el 2 de junio de 1848 con delegados de los pueblos eslavos del Imperio austriaco; fue disuelto tras la insurrección. ↩
Joseph Radetzky (1766-1858), mariscal austriaco, comandante en jefe en el norte de Italia; Colomb y Steinäcker, generales prusianos que mandaban en el gran ducado de Posen; Hüser, general prusiano, gobernador de la fortaleza federal de Maguncia, donde a fines de mayo de 1848 sus tropas desarmaron a la milicia cívica. ↩
Wenzel Anton Kaunitz (1711-1794), canciller de María Teresa, y Klemens von Metternich (1773-1859), canciller austriaco hasta marzo de 1848: los dos grandes artífices de la política de opresión de los Habsburgo. ↩