Artículo sin firma publicado en la Neue Rheinische Zeitung, n.º 42, de 12 de julio de 1848; la MEW no indica cuál de los dos lo escribió. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 5 (Berlín, 1971, pp. 202-205), por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en alemán

Colonia, 11 de julio. Pese a los aullidos y al redoble patrióticos de casi toda la prensa alemana, la Neue Rheinische Zeitung tomó partido desde el primer momento por los polacos en Posnania, por los italianos en Italia y por los checos en Bohemia. Desde el primer momento vimos a través de la política maquiavélica que, tambaleándose en sus cimientos en el interior de Alemania, trataba de paralizar la energía democrática, de desviar la atención de sí misma, de abrir un canal de desagüe a la lava ardiente de la revolución y de forjar el arma de la opresión interior, conjurando un odio de estirpe mezquino, contrario al carácter cosmopolita del alemán, y formando, en guerras de estirpe de un horror inaudito y de una barbarie indecible, una soldadesca como apenas la conoció la guerra de los Treinta Años.

En el mismo momento en que los alemanes luchan con sus gobiernos por la libertad interior, ¡hacerles emprender bajo el mando de esos mismos gobiernos una cruzada contra la libertad de Polonia, de Bohemia, de Italia: qué profundidad de combinación! ¡Qué paradoja histórica! Presa de la fermentación revolucionaria, Alemania se desahoga hacia fuera en una guerra de restauración, en una campaña a favor de la consolidación del viejo poder contra el cual precisamente está haciendo la revolución. Solo la guerra con Rusia es una guerra de la Alemania revolucionaria, una guerra en la que puede lavar los pecados del pasado, en la que puede cobrar ánimo, en la que puede vencer a sus propios autócratas, en la que, como corresponde a un pueblo que se sacude las cadenas de una larga e indolente esclavitud, paga la propaganda de la civilización con el sacrificio de sus hijos y se libera dentro liberando fuera. Cuanto más pone de relieve la luz del día de la publicidad, con contornos nítidos, los últimos acontecimientos, tanto más sellan los hechos nuestra concepción de las guerras de estirpe con que Alemania ha deshonrado su nueva era. Como contribución a esta aclaración publicamos a continuación el siguiente informe, aunque con retraso, de un alemán de Praga:

Praga, 24 de junio de 1848 (con retraso)

La Deutsche Allgemeine Zeitung1 del 22 de este mes contiene un artículo sobre la asamblea de alemanes celebrada el 18 de este mes en Aussig,2 en la que se pronunciaron discursos que muestran tal desconocimiento de nuestros últimos sucesos y en parte, por decirlo suavemente, tal disposición a colmar de vergonzosos reproches a nuestra prensa independiente, que el que esto escribe considera su deber aclarar estos errores en la medida en que hoy es posible y salir al paso de los irreflexivos y de los malintencionados con la firmeza de la verdad. Sorprende que hombres como «el fundador de la Asociación para la Defensa de los Intereses Alemanes en el Este» declaren ante toda una asamblea: «Mientras dure la lucha en Praga no se puede hablar de perdón, y si la victoria es nuestra, habrá que aprovecharla en adelante». ¿Qué victoria es entonces de los alemanes, qué conspiración ha sido aniquilada? Quien se fíe, desde luego, del corresponsal de la Deutsche Allgemeine, que al parecer siempre se informa muy superficialmente, de las frases patéticas de un pequeño comedor de polacos y de franceses o de los artículos del pérfido Frankfurter Journal, que, igual que en los sucesos de Baden3 azuzaba a alemanes contra alemanes, trata ahora de azuzar a alemanes contra bohemios, nunca verá con claridad la situación de aquí. Parece reinar en toda Alemania la opinión de que la lucha en las calles de Praga solo pretendía la opresión del elemento alemán y la fundación de una república eslava. De lo segundo no queremos hablar, porque la idea es demasiado ingenua; pero en cuanto a lo primero, en los combates de las barricadas no se advirtió la menor huella de rivalidad entre las nacionalidades; alemanes y checos estaban juntos, dispuestos a la defensa, y yo mismo pedí más de una vez a un orador que hablaba en checo que repitiera lo dicho en alemán, cosa que se hizo siempre sin la menor objeción. Se oye objetar que el estallido de la revolución llegó dos días antes de tiempo; pero, aun así, en ese caso tendría que haber existido ya cierta organización y estar al menos asegurada la munición; pero tampoco de esto hay rastro. Las barricadas brotaban del suelo al azar allí donde se juntaban diez o doce personas; por lo demás, habría sido imposible levantar más, pues las callejas más pequeñas estaban atrincheradas tres y cuatro veces. La munición se intercambiaba en las calles de unos a otros y escaseaba en grado sumo. De mando supremo, de mando alguno, no se podía ni hablar; los defensores se mantenían allí donde se les atacaba y disparaban desde las casas y las barricadas sin dirección, sin mando. ¿Dónde podría, pues, encontrar fundamento la idea de una conspiración, en una resistencia tan falta de dirección y de organización, si no es mediante una declaración oficial y la publicación de la instrucción? Pero el gobierno no parece considerarlo oportuno, pues del castillo4 no trasciende nada que pueda ilustrar a Praga sobre sus sangrientas jornadas de junio. Los miembros detenidos de la Swornost5 han sido puestos de nuevo en libertad, salvo algunos; otros presos también lo serán; solo el conde Buquoy, Villány y algunos otros siguen detenidos, y quizá una hermosa mañana podamos leer en las paredes de Praga un cartel según el cual todo se ha debido a un malentendido. Tampoco las operaciones del general en jefe permiten pensar en una protección de los alemanes contra los checos; pues en lugar de atraerse en tal caso a la población alemana aclarando el asunto, de tomar las barricadas y de proteger la vida y la propiedad de los habitantes «leales» de la ciudad, evacua la Ciudad Vieja, se retira a la orilla izquierda del Moldava y cañonea juntos a checos y alemanes, pues las bombas y las balas que volaban sobre la Ciudad Vieja no podían escoger solo a los checos, sino que derribaban sin mirar la escarapela. ¿Dónde hay, pues, motivo razonable para concluir que hubo una conspiración eslava, si el gobierno no puede o no quiere dar hasta ahora ninguna aclaración?

El ciudadano doctor Göschen, de Leipzig, ha redactado un mensaje de agradecimiento al príncipe de Windischgrätz,6 al que el general, sin embargo, hará bien en no atribuir demasiada importancia como expresión de la voz del pueblo. El ciudadano Göschen es uno de esos liberales prudentes que se volvieron liberales de repente después de las jornadas de febrero; es el autor de la propuesta de un mensaje de confianza al ministerio sajón con motivo de la ley electoral, mientras toda Sajonia lanzaba un grito de reprobación, pues una sexta parte de sus habitantes, y precisamente una parte de las cabezas más capaces, perdía su primer derecho civil, el derecho de voto; es uno de los que en la Asociación Alemana se pronunciaron resueltamente contra la admisión de los alemanes no sajones a las elecciones en Sajonia y —¡oíd qué doblez!— poco después prometió en nombre de su club toda su colaboración a la asociación de ciudadanos alemanes no sajones residentes en Sajonia para elegir un diputado propio a Fráncfort; en suma, para caracterizarlo con una sola palabra, es el fundador de la Asociación Alemana. Este hombre dirige un mensaje de agradecimiento al general austriaco y le da las gracias por la protección que ha dispensado a toda la patria alemana. Creo haber mostrado que lo sucedido no prueba todavía en absoluto en qué medida el príncipe de Windischgrätz se ha hecho acreedor hasta ahora de la gratitud de la patria alemana; solo el resultado de la instrucción lo mostrará. Dejaremos, pues, al juicio de la historia «el alto valor, la audaz energía, la firme perseverancia» del general, y en cuanto a la expresión «vil asesinato» referida a la muerte de la princesa, solo mencionaremos que no está probado en modo alguno que aquella bala estuviera destinada a la princesa, que gozaba del respeto más unánime de toda Praga; si lo estaba, el asesino no escapará a su castigo, y el dolor del príncipe no habrá sido sin duda mayor que el de aquella madre que vio llevarse a su hija de diecinueve años, víctima inocente también, con la cabeza destrozada. En cuanto a la expresión del mensaje «valerosas huestes, que tan animosamente lucharon bajo su mando», estoy enteramente de acuerdo con el ciudadano Göschen, pues si hubiera visto como yo con qué ímpetu guerrero aquellas «valerosas huestes» arremetieron el lunes a mediodía en la calle Zeltner contra la multitud indefensa, habría encontrado sus expresiones demasiado débiles. Yo mismo tengo que confesar, por mucho que le duela a mi vanidad militar, que, estando como pacífico paseante entre un grupo de mujeres y niños junto al templo, me dejé poner en fuga, junto con ellos, por treinta o cuarenta granaderos imperiales y reales, y tan por completo que tuve que dejar todo mi bagaje, es decir, mi sombrero, en manos de los vencedores, pues me pareció superfluo esperar a que me alcanzaran también a mí los golpes que caían detrás de mí sobre el montón; pero tuve ocasión de observar que seis horas más tarde, en la barricada de la calle Zeltner, esos mismos granaderos imperiales y reales tuvieron a bien disparar durante media hora metralla y cañones de a seis contra la barricada, defendida como mucho por veinte hombres, y luego… no tomarla, hasta que hacia medianoche la abandonaron sus defensores. No se llegó al cuerpo a cuerpo, salvo en casos aislados en que la superioridad estaba del lado de los granaderos. El Graben y la Nueva Avenida,7 a juzgar por los destrozos de las casas, fueron limpiados en su mayor parte por la artillería, y dejo en el aire si hace falta un gran desprecio de la muerte para limpiar a cañonazos de metralla una calle ancha defendida por un centenar de hombres apenas armados.

En cuanto al último discurso del señor doctor Stradal, de Teplitz, según el cual «los periódicos de Praga actuaban en favor de fines ajenos», presumiblemente rusos, declaro en nombre de la prensa independiente de Praga que esa afirmación es o un exceso de ignorancia o una infame calumnia, cuyo absurdo ha quedado y quedará suficientemente probado por la actitud de nuestros periódicos. La prensa libre de Praga no ha defendido nunca otra tendencia que el mantenimiento de la independencia de Bohemia y la igualdad de derechos de ambas nacionalidades. Pero sabe muy bien que la reacción alemana, como en Posnania y como en Italia, trata de conjurar un nacionalismo mezquino, en parte para sofocar la revolución en el interior de Alemania y en parte para adiestrar a la soldadesca para la guerra civil.

  1. Diario liberal de Leipzig. ↩

  2. Aussig (Ústí nad Labem), ciudad del norte de Bohemia, de población mayoritariamente alemana. ↩

  3. La insurrección republicana de Baden dirigida por Friedrich Hecker en abril de 1848, aplastada por tropas de la Confederación Germánica. ↩

  4. El castillo de Praga (Hradschin), sede del mando militar austriaco. ↩

  5. Svornost («concordia»), milicia democrática checa formada en Praga en 1848. ↩

  6. Alfred, príncipe de Windischgrätz (1787-1862), mariscal de campo austriaco; aplastó la insurrección de Praga del 12 al 17 de junio de 1848. Su mujer murió el primer día por un disparo que entró por una ventana. ↩

  7. Calles del centro de Praga, en el límite entre la Ciudad Vieja y la Ciudad Nueva. ↩