Escrito por Karl Marx en Colonia (el texto está fechado el 2 de octubre de 1848) y publicado sin firma en la Neue Rheinische Zeitung, n.º 115, del 13 de octubre de 1848. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 5 (Berlín, 1959, pp. 419-421), por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

Colonia, 2 de octubre. La «revolución de Colonia» del 25 de septiembre1 fue una farsa de carnaval, nos cuenta la Kölnische Zeitung, y la Kölnische Zeitung tiene razón. La «comandancia de Colonia» representa el 26 de septiembre el papel de Cavaignac.2 Y la Kölnische Zeitung admira la sabiduría y la moderación de la «comandancia de Colonia». Pero ¿quién es más cómico: los obreros que el 25 de septiembre se ejercitaban en levantar barricadas, o el Cavaignac que el 26 de septiembre, con la mayor seriedad, proclamaba el estado de sitio, suspendía periódicos, desarmaba la milicia cívica y prohibía las asociaciones?

¡Pobre Kölnische Zeitung! El Cavaignac de la «revolución de Colonia» no puede ser ni una pulgada más grande que la propia «revolución de Colonia». ¡Pobre Kölnische Zeitung! Tiene que tomarse la «revolución» en broma y al «Cavaignac» de esa divertida revolución en serio. ¡Tema enojoso, ingrato, lleno de contradicciones!

Sobre la legitimidad de la comandancia no perdemos una palabra. D'Ester3 ha agotado el tema. Por lo demás, consideramos a la comandancia un instrumento subordinado. Los verdaderos poetas de esta extraña tragedia fueron los «ciudadanos bienpensantes», los Dumont4 y consortes. No es de extrañar, pues, que el señor Dumont hiciera circular con sus periódicos el mensaje contra D'Ester, Borchardt y Kyll. Lo que tenían que defender esos «bienpensantes» no era el acto de la comandancia, era su propio acto.

El suceso de Colonia recorrió el desierto del Sáhara de la prensa alemana en la forma que le dio el Journal des Débats5 de Colonia. Razón suficiente para volver sobre él.

Moll,6 uno de los dirigentes más queridos de la Asociación Obrera, iba a ser detenido. Schapper y Becker7 ya estaban detenidos. Para ejecutar esas medidas se había elegido un lunes, día en que, como es sabido, la mayoría de los obreros no tiene trabajo. Se tenía que saber, pues, de antemano que las detenciones provocarían una gran agitación entre los obreros y podían incluso dar ocasión a una resistencia violenta. ¡Extraña casualidad la que hizo caer esas detenciones precisamente en lunes! La agitación era tanto más fácil de prever cuanto que, a propósito de la orden al ejército de la moción Stein,8 tras la proclama de Wrangel9 y el nombramiento de Pfuel10 como presidente del gobierno, se esperaba en cualquier momento un golpe decisivo, contrarrevolucionario, es decir, una revolución desde Berlín. Los obreros tenían que considerar, por tanto, las detenciones no como medidas judiciales, sino como medidas políticas. En la fiscalía ya no veían más que una autoridad contrarrevolucionaria. Creyeron que se les quería privar de sus dirigentes en vísperas de acontecimientos importantes. Decidieron sustraer a Moll a la detención a toda costa. Y no abandonaron el campo de batalla hasta haber logrado su objetivo. Las barricadas no se levantaron hasta que los obreros reunidos en el Alter Markt supieron que los militares avanzaban por todas partes para atacarlos. No fueron atacados; por tanto, tampoco tuvieron que defenderse. Además, habían sabido que de Berlín no había llegado ninguna noticia de peso. Se retiraron, pues, después de haber esperado en vano al enemigo durante buena parte de la noche.

Nada más ridículo, por tanto, que el reproche de cobardía que se ha hecho a los obreros de Colonia.

Pero se les han hecho otros reproches para justificar el estado de sitio y para recortar el suceso de Colonia a la medida de una pequeña revolución de junio. Su verdadero plan, se dice, era el saqueo de la buena ciudad de Colonia. Esta acusación se basa en el supuesto saqueo de una tienda de paños. ¡Como si toda ciudad no tuviera su contingente de ladrones, que naturalmente aprovechan los días de agitación pública! ¿O se entiende por saqueo el saqueo de armerías? Entonces mándese la fiscalía de Colonia a Berlín para que instruya el proceso contra la revolución de marzo. Sin las armerías saqueadas quizá nunca habríamos tenido la satisfacción de ver al señor Hansemann convertido en director de banco11 y al señor Müller en secretario de Estado.

Basta de los obreros de Colonia. Vamos con los llamados demócratas. ¿Qué les reprochan la Kölnische Zeitung, la Deutsche Zeitung, la Augsburger Allgemeine Zeitung y como se llamen los demás periódicos «bienpensantes»?

Los heroicos Brüggemann, Bassermann,12 etc., querían sangre, y los blandos demócratas, por cobardía, no dejaron correr la sangre.

Los hechos son sencillamente estos: los demócratas declararon a los obreros en el Kranz (en el Alter Markt), en la sala Eiser y en las barricadas que no querían en ningún caso un «putsch». Pero en ese momento, en que ninguna gran cuestión empujaba a la lucha a toda la población y en que, por tanto, cualquier motín tenía que fracasar, este era tanto más insensato cuanto que en pocos días podían producirse acontecimientos violentos y uno se incapacitaba así para luchar antes del día de la decisión. Si el ministerio de Berlín se atrevía a una contrarrevolución, entonces habría llegado el día de que el pueblo se atreviera a una revolución. La investigación judicial confirmará lo que decimos. Los señores de la Kölnische Zeitung, en lugar de estar en la «oscuridad nocturna», con los «brazos cruzados y la mirada sombría», delante de las barricadas «meditando sobre el futuro de su pueblo», habrían hecho mejor en arengar desde lo alto de las barricadas a la masa ofuscada con sus palabras de sabiduría. ¿De qué sirve la sabiduría post festum?

La peor parte, a propósito de los sucesos de Colonia, se la ha llevado en la buena prensa la milicia cívica. Distingamos. Que la milicia cívica se negara a rebajarse a sumiso servidor de la policía era su deber. Que entregara voluntariamente las armas solo puede disculparse por un hecho: la parte liberal de ella sabía que la parte iliberal aprovechaba con júbilo la ocasión de librarse de las armas. Y una resistencia parcial habría sido inútil.

La «revolución de Colonia» ha tenido un resultado. Ha revelado la existencia de una falange de más de 2.000 santos cuya «virtud saciada y moral solvente» solo lleva una «vida libre» en el estado de sitio. Quizá se presente alguna vez la ocasión de escribir unas Acta Sanctorum, biografías de esos santos. Nuestros lectores sabrán entonces cómo se adquieren los «tesoros» que no corroen «ni la polilla ni el orín»,13 aprenderán de qué manera se conquista el trasfondo económico de los «buenos sentimientos».

  1. El 25 de septiembre de 1848 la detención de dirigentes de la Asociación Obrera de Colonia provocó concentraciones y la construcción de barricadas; al día siguiente el comandante militar de la ciudad proclamó el estado de sitio. ↩

  2. Louis-Eugène Cavaignac (1802-1857), general francés que aplastó la insurrección obrera de junio de 1848 en París. ↩

  3. Karl d'Ester (1813-1859), médico de Colonia, miembro de la Liga de los Comunistas, diputado de la izquierda en la Asamblea Nacional prusiana, que denunció allí la ilegalidad del estado de sitio de Colonia. ↩

  4. Joseph DuMont (1811-1861), editor de la Kölnische Zeitung. ↩

  5. Diario oficioso de París; aquí, la Kölnische Zeitung. ↩

  6. Joseph Moll (1813-1849), relojero, dirigente de la Liga de los Comunistas; tras el 25 de septiembre tuvo que huir de Colonia. Murió en 1849 en la campaña de Baden. ↩

  7. Karl Schapper (1812-1870), dirigente de la Liga de los Comunistas, y Hermann Becker (1820-1885), publicista demócrata de Colonia. ↩

  8. El decreto al ejército exigido por la moción del diputado Julius Stein, aprobada por la Asamblea Nacional prusiana el 9 de agosto y de nuevo el 7 de septiembre de 1848. ↩

  9. Friedrich von Wrangel (1784-1877), general prusiano, nombrado en septiembre de 1848 comandante en jefe de las Marcas, cuya proclama al tomar el mando anunciaba que mantendría el «orden» por la fuerza. ↩

  10. Ernst von Pfuel (1779-1866), general prusiano, presidente del gobierno y ministro de la Guerra de septiembre a noviembre de 1848. ↩

  11. David Hansemann (1790-1864), tras dejar el ministerio de Hacienda en septiembre de 1848, pasó a dirigir el Banco de Prusia. ↩

  12. Karl Heinrich Brüggemann (1810-1887), redactor jefe de la Kölnische Zeitung; Friedrich Daniel Bassermann (1811-1855), liberal de Baden, subsecretario de Estado del Interior del poder central de Fráncfort. ↩

  13. Mateo 6, 19-20. ↩