Publicado sin firma en la Neue Rheinische Zeitung (Colonia), n.º 29, del 29 de junio de 1848. La MEW lo atribuye a Karl Marx. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 5 (Berlín, 1971, pp. 133-137), por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

** Los obreros de París han sido aplastados por la fuerza superior; no han sucumbido ante ella. Han sido batidos, pero sus adversarios están vencidos. El triunfo momentáneo de la violencia brutal se ha pagado con la destrucción de todos los engaños e ilusiones de la revolución de febrero, con la disolución de todo el viejo partido republicano, con la escisión de la nación francesa en dos naciones, la nación de los propietarios y la nación de los obreros. La república tricolor ya solo lleva un color, el color de los vencidos, el color de la sangre. Se ha convertido en la república roja.

¡Ninguna reputación republicana, ni del National ni de la Réforme,1 del lado del pueblo! Sin otros jefes, sin otros medios que la propia sublevación, resistió a la burguesía y a la soldadesca unidas más tiempo del que jamás resistió dinastía francesa alguna, provista de todo su aparato militar, a una fracción de la burguesía unida al pueblo. Para que desapareciera la última ilusión del pueblo, para que se rompiera del todo con el pasado, también el habitual aderezo poético del motín francés, la entusiasta juventud burguesa, los alumnos de la Escuela Politécnica, los sombreros de tres picos, tenían que ponerse del lado de los opresores. Los estudiantes de la Facultad de Medicina tenían que negar a los plebeyos heridos el auxilio de la ciencia. La ciencia no existe para el plebeyo que ha cometido el crimen indecible, inefable, de jugarse el pellejo por una vez en defensa de su propia existencia, en lugar de hacerlo por Luis Felipe o por el señor Marrast.2

El último resto oficial de la revolución de febrero, la Comisión Ejecutiva,3 se ha disipado como un espejismo ante la seriedad de los acontecimientos. Las bengalas de Lamartine4 se han convertido en los cohetes incendiarios de Cavaignac.5

La fraternité, la fraternidad de las clases opuestas, una de las cuales explota a la otra, esa fraternité proclamada en febrero, escrita con grandes letras en la frente de París, en cada cárcel, en cada cuartel: su expresión verdadera, auténtica, su expresión prosaica, es... la guerra civil, la guerra civil en su forma más espantosa, la guerra entre el trabajo y el capital. Esa fraternidad resplandecía ante todas las ventanas de París la noche del 25 de junio, cuando el París de la burguesía encendía luminarias mientras el París del proletariado ardía, se desangraba, agonizaba entre gemidos.

La fraternidad duró exactamente lo que el interés de la burguesía estuvo hermanado con el interés del proletariado. Pedantes de la vieja tradición revolucionaria de 1793; sistematizadores socialistas que mendigaban a la burguesía en favor del pueblo y a los que se permitió predicar largos sermones y comprometerse mientras hubo que mantener adormecido al león proletario; republicanos que querían todo el viejo orden burgués menos la cabeza coronada; opositores dinásticos a los que el azar puso la caída de una dinastía en lugar de un cambio de ministerio; legitimistas que no querían quitarse la librea, sino cambiarle el corte: esos fueron los aliados con los que el pueblo hizo su febrero. Lo que odiaba instintivamente en Luis Felipe no era a Luis Felipe, sino el dominio coronado de una clase, el capital en el trono. Pero, magnánimo como siempre, cree haber aniquilado a su enemigo después de derribar al enemigo de sus enemigos, al enemigo común.

La revolución de febrero fue la revolución bella, la revolución de la simpatía universal, porque los antagonismos que estallaron en ella contra la monarquía dormitaban sin desarrollar, en buena armonía, unos junto a otros; porque la lucha social que formaba su trasfondo solo había alcanzado una existencia vaporosa, la existencia de la frase, de la palabra. La revolución de junio es la revolución fea, la revolución repugnante, porque la cosa ha ocupado el lugar de la frase, porque la república ha dejado al descubierto la cabeza misma del monstruo al cortarle la corona que la protegía y la ocultaba.

¡Orden! era el grito de guerra de Guizot.6 ¡Orden!, gritaba Sébastiani, el guizotino, cuando Varsovia se volvió rusa.7 ¡Orden!, grita Cavaignac, el eco brutal de la Asamblea Nacional francesa y de la burguesía republicana.

¡Orden!, tronaban sus cargas de metralla al desgarrar el cuerpo del proletariado.

Ninguna de las innumerables revoluciones de la burguesía francesa desde 1789 fue un atentado contra el orden, pues todas dejaron subsistir el dominio de la clase, la esclavitud de los obreros, el orden burgués, por mucho que cambiara la forma política de ese dominio y de esa esclavitud. Junio ha tocado ese orden. ¡Ay de junio!

Bajo el Gobierno Provisional era de buen tono, y más aún, era una necesidad, era a la vez política y exaltación, predicar a los generosos obreros —que, como se hizo imprimir en miles de carteles oficiales, «ponían tres meses de miseria a disposición de la República»— que la revolución de febrero se había hecho en su propio interés y que en la revolución de febrero se trataba ante todo de los intereses de los obreros. Desde la apertura de la Asamblea Nacional, uno se volvió prosaico. Ya solo se trataba de devolver el trabajo a sus antiguas condiciones, como dijo el ministro Trélat.8 Así pues, los obreros se habían batido en febrero para verse arrojados a una crisis industrial.

La tarea de la Asamblea Nacional consiste en hacer que febrero no haya ocurrido, al menos para los obreros, y en devolverlos a las viejas condiciones. Pero ni siquiera eso se consiguió, porque no está en manos de una asamblea, como no lo está en las de un rey, decirle a una crisis industrial de carácter universal: ¡hasta aquí! La Asamblea Nacional, en su celo brutal por acabar con las enojosas frases de febrero, ni siquiera tomó las medidas que eran posibles en el terreno de las viejas condiciones. A los obreros parisinos de 17 a 25 años los recluta a la fuerza para el ejército o los echa a la calle; a los forasteros los expulsa de París a la Sologne,9 sin pagarles siquiera el dinero que corresponde a quien se despide; a los parisinos adultos les asegura provisionalmente un pan de limosna en talleres organizados militarmente, a condición de que no participen en ninguna reunión popular, es decir, a condición de que dejen de ser republicanos. No bastaba la retórica sentimental posterior a febrero, no bastaba la legislación brutal posterior al 15 de mayo.10 Había que decidir de hecho, en la práctica. ¿Habéis hecho la revolución de febrero para vosotros, canallas, o para nosotros? La burguesía planteó la pregunta de tal modo que hubo que responderla en junio: con metralla y barricadas.

Y, sin embargo, como dijo un representante del pueblo el 25 de junio, el estupor se apodera de toda la Asamblea Nacional. Está aturdida cuando pregunta y respuesta anegan en sangre el empedrado de París; aturdidos unos porque sus ilusiones se desvanecen en el humo de la pólvora, otros porque no comprenden cómo el pueblo puede atreverse a defender por sí mismo sus intereses más propios. Dinero ruso, dinero inglés, el águila bonapartista, la flor de lis: amuletos de toda clase han de hacer comprensible a su entendimiento este singular acontecimiento. Pero ambas partes de la Asamblea sienten que un abismo inmenso las separa del pueblo. Ninguna se atreve a alzarse en favor del pueblo.

En cuanto pasa el estupor estalla la furia, y la mayoría silba con razón a esos miserables utopistas e hipócritas que cometen el anacronismo de llevar todavía en la boca la frase fraternité, fraternidad. Se trataba precisamente de abolir esa frase y las ilusiones que oculta su seno equívoco. Cuando La Rochejaquelein,11 el legitimista, el caballeresco soñador, clama contra la infamia de gritar «Vae victis! ¡Ay de los vencidos!», a la mayoría de la Asamblea le da el baile de San Vito, como si le hubiera picado la tarántula. Grita «¡Ay!» contra los obreros para ocultar que no hay otro «vencido» que ella misma. O se hunde ella ahora o se hunde la República. Y por eso aúlla convulsivamente: ¡Viva la República!

El profundo abismo que se ha abierto ante nosotros, ¿puede extraviar a los demócratas, puede hacernos creer que las luchas por la forma del Estado carecen de contenido, que son ilusorias, nulas?

Solo los espíritus débiles y cobardes pueden plantear la pregunta. Los choques que surgen de las condiciones mismas de la sociedad burguesa hay que librarlos hasta el final; no se los puede hacer desaparecer con fantasías. La mejor forma de Estado es aquella en la que los antagonismos sociales no se difuminan, no se encadenan por la fuerza, es decir, solo artificialmente, es decir, solo en apariencia. La mejor forma de Estado es aquella en la que llegan a la lucha libre y, con ello, a su solución.

Se nos preguntará si no tenemos una lágrima, un suspiro, una palabra para las víctimas que cayeron ante la furia del pueblo, para la Guardia Nacional, la Guardia Móvil, la Guardia Republicana, las tropas de línea.

El Estado cuidará de sus viudas y huérfanos, los decretos las glorificarán, solemnes cortejos fúnebres darán tierra a sus restos, la prensa oficial las declarará inmortales, la reacción europea les rendirá homenaje de oriente a occidente.

Pero los plebeyos, desgarrados por el hambre, injuriados por la prensa, abandonados por los médicos, tachados de ladrones, incendiarios y galeotes por la gente honrada, con sus mujeres y sus hijos arrojados a una miseria todavía más ilimitada, con los mejores de los que sobreviven deportados al otro lado del mar: ceñir de laurel su frente sombría y amenazadora es el privilegio, es el derecho de la prensa democrática.

  1. Le National era el diario de los republicanos burgueses moderados (Marrast); La Réforme, el de los demócratas pequeñoburgueses (Ledru-Rollin, Flocon). Ambas tendencias habían formado el Gobierno Provisional de febrero de 1848. ↩

  2. Armand Marrast (1801-1852), republicano burgués, director de Le National, alcalde de París en 1848 y luego presidente de la Asamblea Nacional. ↩

  3. La Comisión Ejecutiva (Arago, Garnier-Pagès, Marie, Lamartine, Ledru-Rollin) sustituyó al Gobierno Provisional el 10 de mayo de 1848; dimitió el 24 de junio, cuando la Asamblea entregó plenos poderes a Cavaignac. ↩

  4. Alphonse de Lamartine (1790-1869), poeta e historiador, ministro de Asuntos Exteriores del Gobierno Provisional y miembro de la Comisión Ejecutiva; figura retórica de la revolución de febrero. ↩

  5. Louis-Eugène Cavaignac (1802-1857), general republicano que había hecho carrera en Argelia; ministro de la Guerra, aplastó la insurrección de junio con poderes dictatoriales. ↩

  6. François Guizot (1787-1874), historiador, jefe del gobierno de Luis Felipe hasta la revolución de febrero de 1848. ↩

  7. Horace Sébastiani (1772-1851), ministro de Asuntos Exteriores de Luis Felipe; tras la toma de Varsovia por los rusos en septiembre de 1831 declaró en la Cámara: «El orden reina en Varsovia». ↩

  8. Ulysse Trélat (1795-1879), médico y republicano, ministro de Obras Públicas en mayo y junio de 1848; preparó la disolución de los Talleres Nacionales. ↩

  9. Comarca pobre y pantanosa al sur del Loira, adonde se quiso enviar a trabajar a los obreros de los Talleres Nacionales que no eran de París. ↩

  10. El 15 de mayo de 1848 una manifestación popular en favor de Polonia invadió la Asamblea Nacional; siguieron la detención de Barbès, Blanqui, Raspail y otros jefes de los clubes y medidas contra los clubes y las concentraciones. ↩

  11. Henri de La Rochejaquelein (1805-1867), diputado legitimista en la Asamblea Nacional. ↩