Escrito por Friedrich Engels en Bruselas a finales de febrero de 1848. Publicado sin firma en la Deutsche-Brüsseler-Zeitung, núm. 17, del 27 de febrero de 1848; los editores de la MEW lo atribuyen a Engels. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 4 (Berlín, 1972, pp. 528-530), por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

El año 1848 va bien. Apenas ha pasado la revolución siciliana, con su larga cola de constituciones, cuando París vive una insurrección victoriosa.

Los diputados de la oposición se habían comprometido públicamente a defender el derecho de reunión frente a Guizot, Duchâtel y Hébert1 con una valiente manifestación.

Todos los preparativos estaban hechos. La sala estaba lista y esperaba a los invitados al banquete. De pronto, a la hora de actuar, los pusilánimes de la izquierda, con el señor Odilon Barrot2 a la cabeza, se echaron atrás, cobardes como siempre.

El banquete se suspendió. Pero el pueblo de París, excitado por los grandes fanfarrones de la Cámara, furioso por la cobardía de esos tenderos y descontento además por un paro general persistente, el pueblo de París no se dejó suspender.

El martes a mediodía todo París estaba en la calle.3 Las masas gritaban: «¡Abajo Guizot, viva la reforma!». Se dirigieron a la residencia de Guizot, que las tropas protegieron a duras penas; aun así le rompieron las ventanas.

Pero las masas se dirigieron también a la casa de Odilon Barrot, gritaron «¡Abajo Barrot!» y también a él le rompieron las ventanas. ¡El señor Barrot, el cobarde autor de todo el motín, mandó aviso al gobierno y pidió una guardia de protección!

Las tropas estaban presentes y miraban tranquilamente. Solo la Guardia Municipal cargó, y con la mayor brutalidad. La Guardia Municipal es un cuerpo compuesto sobre todo por alsacianos y loreneses, es decir, medio alemanes, que cobran tres francos y medio al día y tienen un aspecto muy gordo y bien alimentado. La Guardia Municipal es el cuerpo de soldados más infame que existe, peor que la gendarmería, peor que la antigua Guardia Suiza; si el pueblo vence, lo pasará mal.

Al anochecer el pueblo empezó a resistir. Se levantaron barricadas, se asaltaron cuerpos de guardia y se les prendió fuego. En la plaza de la Bastilla mataron a puñaladas a un espía de la policía. Se saquearon armerías.

A las cinco se tocó generala para la Guardia Nacional. Pero acudieron muy pocos, y los que acudieron gritaban: «¡Abajo Guizot!».

Por la noche se restableció la calma. Se tomaron las últimas barricadas, y el motín pareció terminado.

Pero el miércoles por la mañana la insurrección volvió a empezar con nuevas fuerzas. Una gran parte del centro de París, la que está al este de la calle Montmartre, se llenó de barricadas; desde las once las tropas ya no se atrevían a entrar. La Guardia Nacional se reunió en gran número, pero solo para impedir a las tropas cualquier ataque contra el pueblo y para gritar: «¡Abajo Guizot, viva la reforma!».

Había en París 50 000 soldados, dispuestos según el plan de defensa del mariscal Gérard,4 que ocupaban todos los puntos estratégicos. Pero esos puntos eran tantos que todas las tropas estaban ocupadas en ellos y ya por eso quedaban condenadas a la inactividad. Aparte de la Guardia Municipal, apenas quedaban soldados libres para el ataque. El excelente plan de Gérard favoreció infinitamente al motín: paralizó a las tropas y les facilitó la pasividad a la que de por sí ya se inclinaban. Los fuertes destacados5 tampoco hicieron más que perjudicar al gobierno. Tenían que seguir ocupados y apartaban así también del lugar del combate una parte considerable de las tropas. En un bombardeo no pensó nadie. En general, nadie se acordó siquiera de que las bastillas existían. ¡Una prueba más de lo inútiles que son todos los planes de defensa frente a la insurrección en masa de una gran ciudad!

Hacia mediodía el clamor contra el ministerio se hizo tan fuerte en las filas de la Guardia Nacional que varios coroneles mandaron decir a las Tullerías que no respondían de su legión si el ministerio seguía.

A las dos, el viejo Luis Felipe se vio obligado a dejar caer a Guizot y a formar un nuevo ministerio. Apenas se anunció, la Guardia Nacional se fue a casa jubilosa e iluminó sus casas.

Pero el pueblo, los obreros, los únicos que habían levantado las barricadas, que habían sostenido la lucha contra la Guardia Municipal, que se habían lanzado contra las balas, las bayonetas y los cascos de los caballos, los obreros no tenían ganas de batirse solo por el señor Molé y el señor Billault.6 Continuaron la lucha. Mientras en el bulevar de los Italianos reinaban el júbilo y la alegría, en las calles Sainte-Avoie y Rambuteau se disparaba con violencia. La lucha duró hasta muy entrada la noche y continuó el jueves por la mañana. Que los obreros participaron en general en esta lucha lo demuestra el arranque de los raíles de todos los ferrocarriles de los alrededores de París.

La burguesía ha hecho su revolución: ha derribado a Guizot y con él el dominio exclusivo de los grandes hombres de Bolsa. Pero ahora, en el segundo acto de la lucha, ya no se enfrenta una parte de la burguesía a la otra; ahora el proletariado se enfrenta a la burguesía.


Acaba de llegar la noticia de que el pueblo ha vencido y ha proclamado la república. Confesamos que no esperábamos este éxito brillante del proletariado de París.

Tres miembros del gobierno provisional pertenecen al partido democrático resuelto, cuyo órgano es la Réforme.7 El cuarto es un obrero, por primera vez en un país cualquiera del mundo. Los demás son Lamartine, Dupont de l'Eure y dos hombres del National.8

El proletariado francés, con esta gloriosa revolución, se ha puesto de nuevo a la cabeza del movimiento europeo. ¡Honor a los obreros de París! Han dado al mundo un empujón que todos los países irán sintiendo uno tras otro, pues la victoria de la república en Francia es la victoria de la democracia en toda Europa.

Nuestra época, la época de la democracia, amanece. Las llamas de las Tullerías y del Palais-Royal son la aurora del proletariado. El dominio de la burguesía se va a derrumbar ahora en todas partes, o lo derribarán.

Esperamos que Alemania siga. Ahora o nunca saldrá de su humillación. Si los alemanes tienen algo de energía, algo de orgullo, algo de valor, dentro de cuatro semanas podremos gritar también:

«¡Viva la república alemana!»

  1. François Guizot, jefe del gobierno; Tanneguy Duchâtel, ministro del Interior; Michel Hébert, ministro de Justicia. ↩

  2. Odilon Barrot, jefe de la oposición dinástica en la Cámara de Diputados y uno de los promotores de la campaña de banquetes reformistas. ↩

  3. El martes 22 de febrero de 1848, día fijado para el banquete prohibido del XII distrito. ↩

  4. El mariscal Étienne Maurice Gérard. ↩

  5. Los fuertes del cinturón de fortificaciones construido en torno a París en la década de 1840 por iniciativa de Thiers, que la oposición llamaba «bastillas». ↩

  6. Louis-Mathieu Molé, encargado el 23 de febrero de formar un nuevo gobierno; Adolphe Billault, diputado de la oposición dinástica. ↩

  7. La Réforme, diario de los demócratas republicanos de París, dirigido por Ferdinand Flocon, cuya figura principal era Alexandre Ledru-Rollin. ↩

  8. El obrero era el mecánico Alexandre Martin, llamado Albert. Le National, dirigido por Armand Marrast, era el diario de los republicanos moderados. ↩