Publicado sin firma en la Neue Rheinische Zeitung (Colonia), n.º 20, del 20 de junio de 1848. La MEW lo atribuye a Friedrich Engels. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 5 (Berlín, 1971, pp. 85-89), por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.
**Colonia, 19 de junio. «Nada han aprendido y nada han olvidado»:1 eso vale tanto para el ministerio Camphausen como para los Borbones.
El 14 de junio el pueblo, indignado porque los pactistas2 han renegado de la revolución, se lanza sobre el arsenal. Quiere tener una garantía frente a la Asamblea, y sabe que las armas son la mejor garantía. El arsenal es asaltado y el pueblo se arma a sí mismo.
El asalto al arsenal, un acontecimiento sin resultados inmediatos, una revolución que se quedó a medio camino, tuvo sin embargo como efecto:
que la temblorosa Asamblea revocara su acuerdo de la víspera y declarara que se ponía bajo la protección de la población de Berlín;
que desautorizara al ministerio en una cuestión vital y rechazara el proyecto de Constitución de Camphausen por una mayoría de 46 votos;
que el ministerio entrara de inmediato en plena descomposición, que dimitieran los ministros Kanitz, Schwerin y Auerswald3 (de los cuales hasta ahora solo Kanitz ha sido sustituido definitivamente, por Schreckenstein) y que el señor Camphausen, el 17 de junio, tuviera que pedir a la Asamblea un plazo de tres días para volver a completar su gabinete hecho añicos.
Todo eso lo había conseguido el asalto al arsenal.
¡Y en el mismo momento en que los efectos de este armamento del pueblo por sí mismo se manifiestan de manera tan palmaria, el gobierno se atreve a atacar el acto mismo! ¡En el mismo momento en que la Asamblea y el ministerio reconocen la insurrección, a los participantes en ella se les abre causa, se les trata según las leyes de la vieja Prusia, se les injuria en la Asamblea y se les presenta como vulgares ladrones!
El mismo día en que la temblorosa Asamblea se pone bajo la protección de los asaltantes del arsenal, sendos decretos de los señores Griesheim (comisario del Ministerio de la Guerra) y Temme (fiscal)4 declaran a los asaltantes del arsenal «salteadores» y «ladrones con violencia». El «liberal» señor Temme, al que la revolución hizo volver del exilio, abre una severa instrucción contra los continuadores de la revolución. Korn, Löwinsohn y Urban son detenidos. Se practican registro tras registro en todo Berlín. El capitán Natzmer, que tuvo vista suficiente para comprender enseguida que debía retirarse del arsenal, el hombre que con su retirada pacífica salvó a Prusia de una nueva revolución y a los ministros de los mayores peligros, ese hombre es llevado ante un consejo de guerra y juzgado conforme a unos artículos del código militar que lo condenan a muerte.
También los pactistas se reponen de su susto. En su sesión del 17 reniegan de los asaltantes del arsenal como el 9 renegaron de los combatientes de las barricadas.5 En efecto, en esa sesión del 17 ocurrió lo siguiente:
El señor Camphausen declara a la Asamblea que va a comunicarle todos los hechos, para que decida si el ministerio debe ser acusado por el asalto al arsenal.
Desde luego había motivo para acusar a los ministros, y no porque hubieran tolerado el asalto al arsenal, sino porque lo habían provocado, al escamotear una de las consecuencias más importantes de la revolución: el armamento del pueblo.
Tras él interviene el señor Griesheim, comisario del Ministerio de la Guerra. Hace una descripción bastante prolija de las armas que había en el arsenal, sobre todo de los fusiles «de una invención completamente nueva, secreto exclusivo de Prusia», de las armas «de importancia histórica» y de todas las demás maravillas. Describe la guardia del arsenal: arriba, 250 soldados; abajo, la milicia cívica. Alega que los envíos y las entradas de armas del arsenal, depósito principal de todo el Estado prusiano, apenas se habían interrumpido con la revolución de marzo.
Después de todos estos preámbulos, con los que intentaba despertar el interés de los pactistas por esa institución tan sumamente interesante que es el arsenal, llega por fin a los sucesos del 14 de junio.
Constantemente —dice— se había llamado la atención del pueblo sobre el arsenal y los envíos de armas, se le había dicho que las armas le pertenecían.
Desde luego que las armas pertenecían al pueblo: en primer lugar, como propiedad nacional, y en segundo lugar, como parte del armamento popular, conquistado y garantizado.
El señor Griesheim «podía asegurar con certeza que los primeros disparos los hizo el pueblo contra la milicia cívica».
Esta afirmación hace pareja con los «diecisiete militares muertos» de marzo.
El señor Griesheim cuenta a continuación cómo el pueblo penetró en el arsenal, cómo se retiró la milicia cívica y cómo «fueron robados 1.100 fusiles de la nueva invención, una pérdida irreparable» (!). Se había convencido al capitán Natzmer de que se retirara, de que cometiera una «violación del deber»; la tropa se había retirado.
Pero ahora el señor comisario del Ministerio de la Guerra llega a un pasaje de su informe en el que le sangra su corazón de viejo prusiano: el pueblo ha profanado el santuario de la vieja Prusia. Escuchad:
«Pero entonces empezaron verdaderas atrocidades en las salas superiores. Se robó, saqueó y devastó. Se tiraron y se rompieron armas nuevas; se destrozaron antigüedades de valor incalculable, fusiles con plata y marfil, los ingeniosos modelos de artillería, difíciles de reponer; ¡los trofeos y las banderas conquistados con la sangre del pueblo, a los que va unido el honor de la nación, fueron desgarrados y mancillados!». (Indignación general. Gritos por todas partes: «¡Qué vergüenza, qué vergüenza!»)
Esta indignación del viejo espadón por la frivolidad del pueblo resulta verdaderamente cómica. ¡El pueblo ha cometido «verdaderas atrocidades» con los viejos cascos de pincho, los chacós de la Landwehr6 y demás trastos «de valor incalculable»! ¡Ha tirado «armas nuevas»! ¡Qué «atrocidad» para un teniente coronel encanecido en el servicio, al que solo se le permitía admirar respetuosamente las «armas nuevas» en el arsenal mientras su regimiento hacía la instrucción con los fusiles más gastados! ¡El pueblo ha destrozado los modelos de artillería! ¿Pretende acaso el señor Griesheim que el pueblo se ponga antes guantes de cabritilla para hacer una revolución? Pero lo más terrible viene ahora: ¡los trofeos de la vieja Prusia han sido mancillados y desgarrados!
El señor Griesheim nos cuenta aquí un hecho del que se desprende que el pueblo de Berlín mostró el 14 de junio un tacto revolucionario muy certero. El pueblo de Berlín ha renegado de las guerras de liberación7 al pisotear las banderas conquistadas en Leipzig y en Waterloo. Lo primero que tienen que hacer los alemanes en su revolución es romper con todo su vergonzoso pasado.
Pero la Asamblea de los pactistas, vieja prusiana, tenía naturalmente que gritar «¡qué vergüenza, qué vergüenza!» ante un acto en el que el pueblo, por primera vez, se alza revolucionariamente no solo contra sus opresores, sino también contra las brillantes ilusiones de su propio pasado.
Con toda su indignación, que le eriza los bigotes, ante semejante sacrilegio, el señor Griesheim no olvida, sin embargo, observar que todo el asunto «le cuesta al Estado 50.000 táleros y las armas de varios batallones».
Y prosigue:
«No es el afán de armar al pueblo lo que ha motivado el ataque. Las armas se han vendido por unos pocos groschen».
Según el señor Griesheim, el asalto al arsenal fue simplemente obra de un puñado de ladrones que robaron fusiles para revenderlos por un trago de aguardiente.
Por qué los «salteadores» saquearon precisamente el arsenal y no más bien las ricas tiendas de los orfebres y los cambistas, eso el comisario del Ministerio de la Guerra se ha quedado sin explicarlo.
«Se ha mostrado una simpatía muy viva por el desgraciado (!) capitán, porque violó su deber para, según se dice, no derramar sangre de ciudadanos; se ha llegado a presentar el hecho como digno de reconocimiento y de gratitud; hoy mismo ha venido a verme una delegación que pide que el hecho sea reconocido como digno de la gratitud de toda la patria. (Indignación.) Eran diputados de los distintos clubes, presididos por el asesor Schramm.8 (Indignación en la derecha y gritos de «¡Qué vergüenza!») Lo cierto es que el capitán ha violado la primera, la principal ley del soldado: ha abandonado su puesto, pese a la instrucción expresa que había recibido de no hacerlo sin orden especial. Le hicieron creer que con su retirada salvaba el trono, que todas las tropas habían abandonado la ciudad y que el rey había huido de Potsdam. (Indignación.) Ha obrado exactamente igual que aquel comandante de fortaleza de 18069 que también entregó sin más lo que se le había confiado, en lugar de defenderlo. Por lo demás, en cuanto a la objeción de que con su retirada impidió que se derramara sangre de ciudadanos, cae por su propio peso: no se habría tocado ni un pelo a nadie, pues entregó el puesto en el momento en que el resto del batallón avanzaba en su ayuda». (Bravos en la derecha, siseos en la izquierda.)
El señor Griesheim ha olvidado, naturalmente, otra vez que la contención del capitán Natzmer salvó a Berlín de un nuevo combate armado, a los ministros del mayor peligro y a la monarquía de su caída. El señor Griesheim vuelve a ser enteramente teniente coronel; no ve en la acción de Natzmer más que insubordinación, abandono cobarde de su puesto y traición a la conocida manera prusiana de 1806. El hombre al que la monarquía debe su continuidad ha de ser condenado a muerte. ¡Bonito ejemplo para todo el ejército!
¿Y cómo se comportó la Asamblea ante este relato del señor Griesheim? Fue el eco de su indignación. La izquierda protesta al final... con siseos. La izquierda de Berlín se comporta en general cada vez con más cobardía, con más ambigüedad. Estos señores, que explotaron al pueblo en las elecciones, ¿dónde estaban la noche del 14 de junio, cuando el pueblo, por pura falta de orientación, dejaba escapar enseguida las ventajas conquistadas, cuando solo faltaba un jefe para completar la victoria? ¿Dónde estaban los señores Berends, Jung, Elsner, Stein, Reichenbach?10 Se quedaron en casa o hicieron gestiones sin peligro ante los ministros. Y no solo eso. No se atreven ni siquiera a defender al pueblo contra las calumnias y los insultos del comisario del gobierno. No interviene ni un solo orador. Ni uno solo quiere hacerse responsable del acto del pueblo que les ha dado su primera victoria. ¡No se atreven a otra cosa que a... sisear! ¡Qué heroísmo!
Frase atribuida a Talleyrand sobre los Borbones restaurados en 1814. ↩
La Asamblea Nacional prusiana, reunida en Berlín desde el 22 de mayo de 1848, debía «pactar» (vereinbaren) la Constitución con la Corona según la teoría del gobierno Camphausen; de ahí que la Neue Rheinische Zeitung llame irónicamente a sus miembros «pactistas» (Vereinbarer). ↩
Kanitz, ministro de la Guerra; Maximilian von Schwerin, ministro de Cultos; Alfred von Auerswald, ministro del Interior en el gobierno Camphausen. ↩
Gustav von Griesheim, oficial prusiano, comisario del Ministerio de la Guerra ante la Asamblea; Jodocus Temme (1798-1881), fiscal en Berlín, más tarde diputado demócrata. ↩
El 9 de junio la Asamblea había rechazado la moción del diputado Berends de reconocer el mérito de los combatientes de marzo. ↩
La Landwehr era la milicia territorial prusiana creada en las guerras contra Napoleón. ↩
Las guerras de 1813-1815 contra Napoleón, con las batallas de Leipzig (octubre de 1813) y Waterloo (junio de 1815). ↩
Rudolf Schramm, asesor judicial, presidente del Club Democrático de Berlín. ↩
Tras la derrota de Jena en octubre de 1806, varios comandantes de fortalezas prusianas capitularon ante los franceses sin combatir. ↩
Julius Berends, Georg Jung, Moritz Elsner, Julius Stein y Eduard von Reichenbach, diputados de la izquierda en la Asamblea Nacional prusiana. ↩