Artículo sin firma de Friedrich Engels, publicado en la Neue Rheinische Zeitung, n.º 33, de 3 de julio de 1848. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 5 (Berlín, 1971, pp. 154-156), por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en alemán
Colonia, 2 de julio. Azuzar a los pueblos unos contra otros, servirse de uno para oprimir a otro y asegurar así la perduración del poder absoluto: ese ha sido el arte y la obra de los gobernantes que ha habido hasta ahora y de sus diplomáticos. Alemania se ha distinguido en este terreno. Por no fijarnos más que en los últimos setenta años, ha entregado a sus lansquenetes a los británicos, a cambio de oro inglés, para combatir a los norteamericanos que luchaban por su independencia;1 cuando estalló la primera revolución francesa fueron de nuevo los alemanes quienes se dejaron azuzar como una jauría rabiosa contra los franceses, quienes con un brutal manifiesto del duque de Brunswick2 amenazaron con arrasar París hasta la última piedra, quienes conspiraron con los nobles emigrados contra el nuevo orden de Francia y se hicieron pagar por ello por Inglaterra a título de subsidios. Cuando los holandeses tuvieron, en los dos últimos siglos, una sola idea razonable, la de acabar con el desgobierno insensato de la casa de Orange y convertir su país en república, fueron otra vez alemanes los que actuaron como verdugos de la libertad.3 También Suiza podría contar mucho de la vecindad alemana, y Hungría tardará en reponerse del daño que le ha causado Austria, la corte imperial alemana. Más aún: se enviaron tropas mercenarias alemanas hasta Grecia para sostener el tronito del buen Otón,4 y policías alemanes hasta Portugal. Y los congresos posteriores a 1815, las expediciones de Austria a Nápoles, Turín y la Romaña, el encarcelamiento de Ypsilanti, la guerra de opresión de Francia contra España impuesta por Alemania,5 Dom Miguel y Don Carlos apoyados por Alemania,6 la reacción en Inglaterra armada con tropas hannoverianas,7 Bélgica desmembrada y termidorizada por influencia alemana,8 alemanes en lo más profundo de Rusia como pilares principales del autócrata único y de los pequeños autócratas: ¡toda Europa inundada de Coburgos!9
Con ayuda de la soldadesca alemana, Polonia saqueada, desmembrada, Cracovia asesinada.10 Con ayuda del dinero y la sangre alemanes, Lombardía y Venecia sojuzgadas y exprimidas, y sofocado, directa o indirectamente, en toda Italia todo movimiento de libertad por medio de la bayoneta, la horca, la cárcel y las galeras. La lista de pecados es mucho más larga; cerrémosla.
La culpa de las infamias cometidas en otros países con ayuda de Alemania no recae solo sobre los gobiernos, sino en gran parte sobre el propio pueblo alemán. Sin su ceguera, su espíritu de esclavo, su habilidad como lansquenetes y como esbirros e instrumentos «bonachones» de los señores «por la gracia de Dios», el nombre alemán sería menos odiado, maldecido y despreciado en el extranjero, y los pueblos oprimidos desde Alemania habrían llegado hace tiempo a un estado normal de libre desarrollo. Ahora que los alemanes se sacuden su propio yugo, tiene que cambiar también toda su política hacia el extranjero, o con las cadenas con que atamos a los pueblos extranjeros aprisionaremos nuestra propia libertad, joven y apenas presentida. Alemania se libera en la misma medida en que libera a los pueblos vecinos.
En efecto, por fin empieza a aclararse el panorama. Las mentiras y tergiversaciones que los viejos órganos del gobierno difundían con tanto celo contra Polonia e Italia, los intentos de suscitar un odio artificial, aquellas frases altisonantes de que estaba en juego el honor alemán, el poderío alemán: la fuerza de estas fórmulas mágicas está rota. Solo allí donde el interés material se esconde bajo estos arabescos patrióticos, solo en una parte de la gran burguesía, que hace negocios con este patriotismo oficial, sigue haciendo negocio el patriotismo oficial. Esto lo sabe y lo aprovecha el partido reaccionario. Pero la gran masa de la clase media alemana y de la clase obrera comprende o siente que en la libertad de los pueblos vecinos está la garantía de su propia libertad. La guerra de Austria contra la independencia de Italia, la guerra de Prusia contra la restauración de Polonia, ¿son populares, o más bien se disipan las últimas ilusiones sobre estas cruzadas «patrióticas»? Pero no basta con esta comprensión ni con este sentimiento. Si la sangre y el dinero de Alemania no han de seguir derrochándose contra su propio provecho en la opresión de otras nacionalidades, tenemos que conquistar un gobierno verdaderamente popular, el viejo edificio tiene que ser derribado hasta los cimientos. Solo entonces podrá la política sangrienta y cobarde del viejo sistema, del sistema renovado, dejar paso a la política internacional de la democracia. ¿Cómo queréis actuar democráticamente hacia fuera mientras la democracia está amordazada dentro? Entretanto hay que hacer todo lo posible, a este y al otro lado de los Alpes, para preparar por todos los medios el sistema democrático. Los italianos no escatiman declaraciones en las que brillan sus sentimientos amistosos hacia Alemania. Recordamos aquí el manifiesto del gobierno provisional de Milán al pueblo alemán y los numerosos artículos de la prensa italiana escritos con el mismo espíritu. Tenemos ante los ojos un nuevo testimonio de esos sentimientos, una carta privada del comité de administración del periódico L'Alba, que aparece en Florencia,11 a la redacción de la Neue Rheinische Zeitung. Está fechada el 20 de junio y dice, entre otras cosas:
«… Os damos de corazón las gracias por la estima que profesáis a nuestra pobre Italia.12 Os aseguramos sinceramente que todos los italianos saben quién ataca y combate en realidad su libertad, y que su enemigo más mortal no es tanto el poderoso y magnánimo pueblo alemán como su gobierno despótico, injusto y cruel; os aseguramos que todo verdadero italiano anhela el momento en que pueda tender libremente la mano al hermano alemán, quien, una vez establecidos sus derechos imprescriptibles, sabrá defenderlos y respetarlos él mismo, así como hacerlos respetar entre todos sus hermanos. Confiando en los principios cuyo cuidadoso desarrollo os habéis propuesto como tarea, firmamos respetuosamente
Vuestros adictos amigos y hermanos
(firmado) L. Alinari»
L'Alba es uno de los pocos periódicos de Italia que defienden resueltamente principios democráticos.
Varios príncipes alemanes, sobre todo el landgrave de Hesse-Kassel, alquilaron tropas a Inglaterra para la guerra contra la independencia de las colonias norteamericanas (1775-1783). ↩
Manifiesto del 25 de julio de 1792 de Carlos Guillermo Fernando, duque de Brunswick, jefe de los ejércitos austriaco y prusiano, que amenazaba con destruir París si se atentaba contra la familia real francesa. ↩
En 1787 un ejército prusiano invadió las Provincias Unidas y restableció en el poder al estatúder Guillermo V de Orange frente al partido de los patriotas. ↩
Otón I (1815-1867), príncipe bávaro, rey de Grecia desde 1832; llegó al país con un cuerpo de tropas bávaras. ↩
Los congresos de la Santa Alianza (Troppau, 1820; Laibach, 1821; Verona, 1822) autorizaron la intervención de Austria contra las revoluciones de Nápoles y del Piamonte (1821) y la de Francia contra la revolución española (1823). Alexandros Ypsilantis (1792-1828), jefe de la insurrección griega de 1821 en los principados danubianos, estuvo encarcelado en Austria de 1821 a 1827. ↩
Dom Miguel en Portugal y Don Carlos en España, pretendientes al trono y jefes del partido absolutista en las guerras civiles de los años treinta. ↩
Hasta 1837 los reyes de Inglaterra fueron también reyes (antes electores) de Hannover. ↩
Por el tratado de Londres de 1839, Bélgica tuvo que ceder a Holanda parte del Limburgo y de Luxemburgo. ↩
La casa de Sajonia-Coburgo dio en aquellos años un rey a Bélgica (Leopoldo I), un rey consorte a Portugal (Fernando II) y un príncipe consorte a Inglaterra (Alberto). ↩
La República libre de Cracovia, último resto de Polonia independiente, fue anexionada por Austria en 1846, tras la insurrección de ese año. ↩
L'Alba, diario democrático publicado en Florencia de 1847 a 1849. ↩
Respuesta a la carta de Marx al director de L'Alba, de finales de mayo de 1848, en la que anunciaba la aparición de la Neue Rheinische Zeitung y su defensa de la causa italiana. ↩