Escrito por Friedrich Engels a comienzos de diciembre de 1848 para la Neue Rheinische Zeitung, que no llegó a publicarlo; continúa el artículo «La clase obrera francesa y la elección presidencial». Traducido, según el manuscrito, de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 6 (Berlín, 1959, pp. 562-565), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.
*París. Hablábamos ayer de los montañeses y de los socialistas, de la candidatura de Ledru-Rollin y de la candidatura de Raspail, de La Réforme y de Le Peuple del ciudadano Proudhon. Prometimos volver sobre Proudhon.
¿Quién es el ciudadano Proudhon?
El ciudadano Proudhon es un campesino del Franco Condado que ha pasado por diversos oficios y diversos estudios. Atrajo por primera vez la atención pública con un panfleto publicado en 1842:1 ¿Qué es la propiedad? La respuesta decía: «La propiedad es el robo».
La sorprendente réplica impresionó a los franceses. El gobierno de Luis Felipe, el austero Guizot,2 que no tiene oído para los retruécanos, fue lo bastante obtuso para llevar a Proudhon ante los tribunales. Pero en vano. Con una paradoja tan picante se puede contar con la absolución de cualquier jurado francés. Y así ocurrió. El gobierno hizo el ridículo, y Proudhon se convirtió en un hombre célebre.
En cuanto al libro mismo, respondía de principio a fin al resumen anterior. Cada capítulo se resumía en una paradoja curiosa, de una manera que los franceses no habían visto todavía.
Por lo demás, contenía tratados en parte jurídico-morales, en parte económico-morales, cada uno de los cuales intentaba demostrar que la propiedad desemboca en una contradicción. En lo que toca a los puntos jurídicos, puede admitirse, en la medida en que nada es más fácil que demostrar que toda la jurisprudencia en general desemboca en puras contradicciones. En cuanto a los tratados económicos, contienen poco nuevo, y lo que contienen de nuevo se basa en cálculos falsos. La regla de tres3 sale vergonzosamente maltratada en todas partes.
Pero los franceses no acababan de saber qué hacer con el libro. Para los juristas era demasiado económico; para los economistas, demasiado jurídico, y para unos y otros, demasiado moral. Après tout [Después de todo], dijeron por fin, c'est un ouvrage remarquable [es una obra notable].
Pero Proudhon aspiraba a triunfos mayores. Después de diversos escritos menores caídos en el olvido, apareció por fin en 1846 su Philosophie de la misère, en dos volúmenes enormes.4 En esta obra, que debía fundar su gloria para siempre, Proudhon aplicó un método filosófico hegeliano muy maltratado a una economía política extrañamente mal entendida, y trató de fundar, mediante toda clase de saltos trascendentes, un nuevo sistema socialista de libre asociación obrera. Este sistema era tan nuevo que en Inglaterra, con el nombre de Equitable Labour Exchange Bazaars u Offices,5 había quebrado ya diez veces en diez ciudades distintas hacía diez años.
Esta obra pesada, de pretensiones eruditas, voluminosa, en la que al final no solo todos los economistas anteriores, sino también todos los socialistas anteriores, tuvieron que oír las mayores groserías, no causó la menor impresión en los frívolos franceses. Esta manera de hablar y de razonar no la habían visto todavía, y era mucho menos de su gusto que las curiosas paradojas de la obra anterior de Proudhon. Es verdad que tampoco aquí faltaban semejantes paradojas (así, Proudhon se declaraba muy en serio «enemigo personal de Jehová»), pero estaban como enterradas bajo el bagaje supuestamente dialéctico. Los franceses dijeron otra vez: C'est un ouvrage remarquable, y lo dejaron a un lado. En Alemania, naturalmente, la obra fue acogida con gran veneración.
Marx publicó entonces una réplica tan ingeniosa como profunda (Misère de la philosophie, réponse à la Philosophie de la misère, de M. Proudhon. Par Karl Marx, Bruxelles et Paris, 1847), que en su manera de pensar y en su lenguaje es mil veces más francesa que el pretencioso mamotreto de Proudhon.
En cuanto al contenido real de crítica de las relaciones sociales existentes que encierran los dos escritos de Proudhon, después de haberlos leído ambos puede decirse con la conciencia tranquila que se reduce a cero.
En cuanto a sus propuestas de reforma social, tienen, como ya se ha dicho, la ventaja de haber dado ya hace tiempo en Inglaterra brillantes pruebas de sí mismas con varias quiebras.
Eso era Proudhon antes de la revolución. Mientras todavía se ocupaba en sacar adelante un diario, Le Représentant du peuple, sin capital, pero por medio de un cálculo que no tiene igual en su desprecio de la regla de tres, los obreros de París se pusieron en movimiento, echaron a Luis Felipe y fundaron la república.
Gracias a la república, Proudhon se convirtió primero en «ciudadano»; gracias a la elección de los obreros de París, que lo votaron por su honrado nombre de socialista, se convirtió después en representante del pueblo.6
Con ello la revolución había lanzado al ciudadano Proudhon de la teoría a la práctica, del rincón donde estaba enfurruñado al foro. ¿Cómo se comportó este autodidacta testarudo y altanero, que había tratado con el mismo desprecio a todas las autoridades anteriores a él, juristas, académicos, economistas y socialistas, que había declarado toda la historia anterior una sarta de disparates y se había presentado a sí mismo, por así decirlo, como un nuevo Mesías? ¿Cómo se comportó cuando él mismo tuvo que ayudar a hacer historia?
Hemos de decir en su honor que empezó por sentarse en la extrema izquierda, entre esos mismos socialistas, y por votar con esos mismos socialistas a los que tan profundamente despreciaba y a los que tan violentamente había atacado como cabezas huecas ignorantes y arrogantes.
Se dice, eso sí, que en las reuniones de partido de la Montaña renovó con fresca violencia sus viejos ataques contra sus adversarios de antaño, que los declaró a todos sin excepción ignorantes y charlatanes que no entendían el abecé de aquello de que hablaban.
Lo creemos de buena gana. Creemos incluso de buena gana que las paradojas económicas de Proudhon, presentadas con la seca pasión y la seguridad del doctrinarismo, pusieron no poco en apuros a los señores montañeses. Muy pocos de ellos son teóricos de la economía y se fían más o menos del pequeño Louis Blanc; y el pequeño Louis Blanc, aunque es una cabeza mucho más importante que el infalible Proudhon, es una naturaleza demasiado intuitiva para poder con las pretensiones de erudición económica, la extraña trascendencia y la lógica aparentemente matemática de Proudhon. Además, pronto tuvo que huir,7 y su rebaño, desorientado en el terreno de la economía, quedó indefenso, a merced de las garras implacables del lobo Proudhon.
Que Proudhon, a pesar de todos estos triunfos, es un economista sumamente flojo, no hace falta repetirlo. Solo que su lado débil no está precisamente al alcance de la mayoría de los socialistas franceses.
El mayor triunfo que vivió jamás, sin embargo, lo obtuvo Proudhon en la tribuna de la Asamblea Nacional. Con no sé ya qué motivo tomó la palabra8 y enfureció a los burgueses de la Asamblea durante hora y media con una serie ininterrumpida de paradojas genuinamente proudhonianas, a cuál más disparatada, pero cada una calculada para escandalizar del modo más grosero los sentimientos más sagrados y queridos de los oyentes. Y todo ello expuesto con su seca indiferencia de profesor, en un dialecto del Franco Condado átono y profesoral, en el estilo más seco e imperturbable del mundo: el efecto, el baile de San Vito de los burgueses enfurecidos, no estuvo nada mal.
Pero ese fue también el punto culminante de la actividad pública de Proudhon. Mientras tanto siguió trabajando a los obreros para su teoría de la felicidad, por medio del Représentant du peuple, que había salido adelante poco a poco y tras amargas experiencias con la regla de tres y que pronto se transformó en Le Peuple a secas, y también en los clubes. No le faltó éxito. On ne le comprend pas [No se le entiende], decían los obreros, mais c'est un homme remarquable [pero es un hombre notable].
En realidad, Qu'est-ce que la propriété? se publicó en 1840. El proceso al que alude Engels tuvo lugar en Besanzón en 1842, por el Avertissement aux propriétaires, la tercera memoria de Proudhon sobre la propiedad, y terminó con su absolución. ↩
François Guizot (1787-1874), historiador, ministro y jefe de hecho del gobierno de Luis Felipe de 1840 a 1848. ↩
Regeldetri, la regla de tres de la aritmética elemental. ↩
Système des contradictions économiques, ou Philosophie de la misère, París, 1846. ↩
Los bazares de intercambio de trabajo de los owenistas ingleses, en los que los productos se cambiaban por bonos de horas de trabajo; los de Londres y Birmingham (1832-1834) fracasaron enseguida. ↩
Proudhon fue elegido diputado por París en las elecciones complementarias del 4 de junio de 1848. ↩
Louis Blanc huyó a Inglaterra en agosto de 1848 para escapar al proceso por los sucesos del 15 de mayo. ↩
Probablemente el discurso del 31 de julio de 1848 en defensa de su propuesta de un impuesto sobre las rentas y los alquileres, que la Asamblea rechazó por 691 votos contra 2. ↩