Escrito por Friedrich Engels en Bruselas en febrero de 1848. Publicado sin firma en la Deutsche-Brüsseler-Zeitung, núm. 15, del 20 de febrero de 1848; los editores de la MEW lo atribuyen a Engels. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 4 (Berlín, 1972, pp. 514-518), por la Escuela de marxismo, 2026; se corrige una errata evidente de la edición digital. Las notas son nuestras, salvo la señalada como de Engels. Texto original en alemán.

En efecto, nuestras predicciones sobre los triunfos inminentes de la burguesía se cumplen más deprisa de lo que podíamos esperar. En menos de catorce días, tres monarquías absolutas se convierten en Estados constitucionales: Dinamarca, Nápoles y Cerdeña.

El movimiento de Italia se ha desarrollado con una rapidez notable. Los Estados Pontificios, Toscana y Cerdeña se pusieron uno tras otro a su cabeza; un país empujaba al otro cada vez más lejos, un progreso arrastraba siempre consigo otro nuevo. La unión aduanera italiana1 fue el primer paso hacia la constitución de la burguesía italiana, que se puso decididamente a la cabeza del movimiento nacional y chocaba cada día más con Austria. La burguesía había conseguido casi todo lo que podía conseguirse bajo la monarquía absoluta; la constitución representativa se convertía cada día en una necesidad más apremiante para ella. Pero la conquista de las instituciones constitucionales: esa era precisamente la dificultad para los burgueses italianos. Los príncipes no querían; los burgueses no podían enfrentarse a ellos de manera demasiado amenazadora, para no volver a echarlos en brazos de Austria. Los italianos de la unión aduanera habrían podido esperar todavía mucho tiempo, cuando de repente les llegó ayuda por el lado más inesperado: Sicilia se sublevó;2 el pueblo de Palermo expulsó de la ciudad a las tropas reales con un valor inaudito,3 los Abruzos, Apulia y Calabria intentaron una nueva insurrección, la propia Nápoles se preparaba para la lucha, y el perro sanguinario Fernando,4 acosado por todas partes, sin esperanza de tropas austriacas, tuvo que conceder, el primero de todos los príncipes italianos, una constitución y la completa libertad de prensa. La noticia llega a Génova y a Turín; ambas ciudades exigen que Cerdeña no se quede atrás respecto de Nápoles; Carlos Alberto, demasiado metido en el movimiento para poder retroceder, y además necesitado de dinero por los armamentos contra Austria, Carlos Alberto tiene que ceder a las muy enérgicas representaciones de turineses y genoveses y conceder también una constitución. No cabe la menor duda de que Toscana seguirá y de que el propio Pío IX tendrá que hacer nuevas concesiones.

En las calles de Palermo la burguesía italiana ha obtenido su victoria decisiva. Ahora ha vencido; lo que venga solo puede ser ya el aprovechamiento de esa victoria en todas direcciones y la consolidación de sus resultados frente a Austria.

Esta victoria de la burguesía italiana es de nuevo una derrota para Austria. ¡Cómo habrá rechinado los dientes de rabia el viejo Metternich, él, que vio venir de lejos la revolución napolitana, que una y otra vez pidió al papa y a Toscana permiso para que sus tropas pasaran por sus territorios y, sin embargo, tuvo que retener a sus panduros y croatas en el Po! Correo tras correo le llegaba de Nápoles, Fernando, Cocle y Del Carretto5 pedían ayuda a gritos, y Metternich, que en 1823 y en 1831 había mandado en Italia con tanta omnipotencia, no pudo hacer nada. Tuvo que contemplar tranquilamente cómo su último aliado en Italia, el más seguro, era derrotado y humillado, cómo una revolución ponía todo el peso de Nápoles en la balanza contra Austria. ¡Y tenía ciento cincuenta mil hombres en el Po! Pero allí estaba Inglaterra, y el paso del Po por los austriacos habría sido la señal para la ocupación de Venecia y el bombardeo de Trieste; y los verdugos de Metternich tuvieron que quedarse quietos y, con el fusil al brazo, ver cómo perdían Nápoles.

La conducta de Inglaterra en todo el asunto italiano ha sido muy decente. Mientras las demás grandes potencias, tanto Francia como Rusia, han hecho todo lo posible para apoyar a Metternich, Inglaterra, completamente sola, se ha puesto del lado del movimiento italiano. La burguesía inglesa tiene el mayor interés en frustrar una unión aduanera proteccionista austro-italiana y, en cambio, en lograr en Italia una unión aduanera antiaustriaca basada en la libertad de comercio. Por eso apoya a la burguesía italiana, que para su propio desarrollo todavía necesita de momento la libertad de comercio y que, por eso mismo, es la aliada natural de la burguesía inglesa.

Mientras tanto, Austria se arma. Estos armamentos arruinan por completo sus finanzas. Austria no tiene dinero, se dirige a Rothschild para un empréstito; Rothschild declara que no quiere guerra y que, por tanto, no da dinero para sostener la guerra. ¿Qué banquero va a adelantar todavía dinero a la carcomida monarquía austriaca para una guerra en la que puede inmiscuirse un país como Inglaterra? Con los burgueses, Metternich ya no puede contar. Se dirige al emperador de Rusia, que desde hace unos años, gracias a las minas del Ural y del Altái y al comercio de granos, se ha convertido también en un gran capitalista; al zar blanco, que ya una vez sacó de apuros a Federico Guillermo IV con quince millones de rublos de plata y que parece estar en camino de convertirse en el Rothschild de todas las monarquías absolutas que se hunden. Se dice que el zar Nicolás ha concedido setenta y cinco millones, a interés ruso, se entiende, y con buenas garantías. Tanto mejor. Si el zar, además de sus propios gastos, tiene que cubrir los costes de la realeza prusiana y austriaca, si su dinero se despilfarra en armamentos sin fruto contra Italia, sus tesoros pronto estarán agotados.

¿Se atreverá Austria a una guerra? Apenas lo creemos. Sus finanzas están arruinadas; Hungría está en plena fermentación, Bohemia no es segura; en el propio campo de batalla, en Lombardía, las guerrillas brotarían del suelo por todas partes. Y sobre todo el miedo a Inglaterra contendrá a Metternich. Lord Palmerston6 es en este momento el hombre más poderoso de Europa; su decisión es la que inclina la balanza, y esta vez su decisión se ha hecho pública con bastante claridad.

En el otro extremo de Europa, en Dinamarca, muere un rey. Su hijo, un bebedor de aguardiente rudo y jovial, convoca enseguida una asamblea de notables, una comisión de los estamentos, para deliberar sobre una constitución común para los ducados y Dinamarca.7 Y para que los alemanes queden en ridículo en todas partes, los ducados tienen que declarar que no quieren esa constitución, porque con ella quedarían arrancados de su patria común alemana.

Es realmente demasiado ridículo. Los ducados tienen bastante menos población que Dinamarca y, sin embargo, el número de sus representantes ha de ser igual. Su lengua ha de tener los mismos derechos en la asamblea, en las actas, en todo. En una palabra, los daneses hacen a los alemanes todas las concesiones posibles, y los alemanes se aferran a su absurda obstinación nacional. Los alemanes nunca han sido nacionales allí donde los intereses de la nacionalidad y los intereses del progreso coincidían; lo han sido siempre allí donde la nacionalidad se volvía contra el progreso. Cuando se trataba de ser nacionales, hacían de cosmopolitas; cuando se trataba de no ser inmediatamente nacionales, eran nacionales hasta lo absurdo. En todos los casos se pusieron en ridículo.

O los habitantes de los ducados son gente capaz y más adelantada que los daneses, y entonces obtendrán en la cámara de los estamentos la preponderancia sobre los daneses y no tienen de qué quejarse. O son dormilones alemanes y están por detrás de los daneses en desarrollo industrial y político, y entonces ya es hora de que los daneses los lleven a remolque. Pero es realmente demasiado absurdo que estos buenos schleswig-holsteineses imploren a los cuarenta millones de alemanes ayuda contra los daneses y se nieguen a presentarse en un campo de batalla en el que lucharían con las mismas ventajas que sus adversarios; es demasiado absurdo que invoquen a la policía de la Confederación Germánica contra una constitución.

Para Prusia, la constitución danesa es un golpe parecido al de la napolitana para Austria, aunque ella misma no es más que la repercusión del fracasado experimento constitucional prusiano del 3 de febrero. El gobierno prusiano añade a sus muchos apuros la vecindad de un nuevo Estado constitucional; al mismo tiempo pierde un protegido y aliado fiel.

Mientras Italia y Dinamarca entran así en la fila de los Estados constitucionales, Alemania se queda atrás. Todos los pueblos avanzan; las naciones más pequeñas y más débiles encuentran siempre en los embrollos europeos un momento en que, a pesar de sus grandes vecinos reaccionarios, pueden atrapar una institución moderna tras otra. Solo los cuarenta millones de alemanes no se mueven. Ya no duermen, es cierto, pero no hacen más que charlar y arreglar el mundo en la tertulia; todavía no actúan.

Pero si los gobiernos alemanes fundaran grandes esperanzas en ese miedo de los burgueses a actuar, se equivocarían mucho. Los alemanes son los últimos porque su revolución será muy distinta de la siciliana. Los burgueses y filisteos alemanes saben muy bien que detrás de ellos hay un proletariado que crece cada día y que al día siguiente de la revolución planteará reivindicaciones muy distintas de las que ellos mismos desean. Por eso los burgueses y filisteos alemanes se comportan de una manera cobarde, indecisa, vacilante; temen un choque no menos de lo que temen al gobierno.

Una revolución alemana es un asunto mucho más serio que una napolitana. En Nápoles solo se enfrentan Austria e Inglaterra; en una revolución alemana se enfrentan todo el Este y todo el Oeste. Una revolución napolitana ha alcanzado su meta por sí misma en cuanto se han conquistado instituciones decididamente burguesas; una alemana no hace más que empezar de verdad cuando ha llegado hasta ahí.

Por eso los alemanes tienen que quedar primero comprometidos a fondo ante todas las demás naciones, tienen que convertirse todavía más de lo que ya lo son en el hazmerreír de toda Europa, tienen que verse obligados a hacer la revolución. Pero entonces se levantarán también, y no los cobardes burgueses alemanes, sino los obreros alemanes; se alzarán, acabarán con todo el sucio y embrollado tinglado oficial alemán y restablecerán el honor alemán mediante una revolución radical.

  1. El acuerdo preliminar de unión aduanera firmado en noviembre de 1847 por Cerdeña, Toscana y los Estados Pontificios. ↩

  2. La insurrección de Palermo empezó el 12 de enero de 1848. El 29 de enero Fernando II anunció una constitución para el reino de las Dos Sicilias, y el 8 de febrero Carlos Alberto prometió la suya a Cerdeña. ↩

  3. (Nota de Engels.) Palermo, con 200 000 habitantes, venció a 13 000 hombres; París, con un millón de habitantes, venció en la revolución de Julio a 7000 u 8000 hombres. ↩

  4. Fernando II, rey de las Dos Sicilias. ↩

  5. Celestino Cocle, arzobispo y confesor del rey; Francesco Saverio Del Carretto, ministro de Policía de Nápoles. Ambos fueron alejados del reino a fines de enero de 1848. ↩

  6. Henry John Temple, vizconde de Palmerston, ministro de Asuntos Exteriores británico en el gobierno whig de John Russell. ↩

  7. Cristián VIII de Dinamarca murió el 20 de enero de 1848; su hijo Federico VII anunció el 28 de enero una constitución común para el reino y los ducados de Schleswig y Holstein, que debía preparar una asamblea de notables del reino y de los ducados. ↩