Publicado sin firma en la Neue Rheinische Zeitung (Colonia), n.º 259, del 30 de marzo de 1849; la MEW lo atribuye a Friedrich Engels. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 6 (Berlín, 1959, pp. 372-380), por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

*Colonia, 25 de marzo. Lo confesamos a nuestros lectores: solo de mala gana podemos decidirnos a examinar más de cerca los debates de la llamada segunda Cámara de Berlín.1 Los debates de la disuelta Asamblea pactista, por insignificantes y apagados que fueran, tenían al menos el interés de la actualidad; trataban asuntos que no influían en los destinos de Europa, leyes a las que de antemano no se podía augurar ninguna duración; pero trataban precisamente nuestros intereses más inmediatos, ofrecían un fiel espejo de la reacción creciente en Prusia. Los debates de la Cámara actual, en cambio, no tienen otro fin que legalizar la contrarrevolución ya consumada. No se trata del presente —se lo ha excluido con la prohibición de las interpelaciones—, se trata del pasado, del interregno provisional del 5 de diciembre al 26 de febrero,2 y si la Cámara no reconoce incondicionalmente ese interregno, la dispersarán y su actividad habrá sido de nuevo en vano.

¡Y por semejantes deliberaciones hay que interesarse, mientras en Hungría y en Italia la revolución y la contrarrevolución se miden con las armas en la mano, mientras los rusos están en la frontera oriental y Francia se prepara para una nueva revolución que hará temblar el mundo!

El debate del mensaje,3 para colmo, es de lo más tedioso que recordamos haber leído nunca. Todo el debate gira, naturalmente, solo en torno al reconocimiento o no reconocimiento de la llamada Constitución otorgada. ¿Y qué importa que esta Cámara, elegida bajo el estado de sitio y bajo el efecto abrumador de una contrarrevolución felizmente llevada a cabo, que delibera en un rincón de Berlín bajo el estado de sitio y que no puede rechistar si no quiere que la disuelvan, que semejante asamblea reconozca o no ese documento? ¡Como si con el reconocimiento o el no reconocimiento se cambiara lo más mínimo la marcha de la revolución europea, que reducirá a polvo todas las constituciones hoy vigentes, otorgadas y no otorgadas!

Lo único que tiene interés en todo el debate es la arrogancia pueril de la derecha y el cobarde desmoronamiento de la izquierda.

Los señores realistas son incorregibles. En cuanto su causa va momentáneamente mejor gracias a la ayuda de la obediente soldadesca, se creen devueltos a la vieja tierra prometida y adoptan un tono que supera en desvergüenza todo lo que jamás hizo el Estado policial.

Los señores de la izquierda, en cambio, rebajan sus pretensiones en la misma medida en que la derecha sube las suyas. En todos sus discursos se percibe ese quebranto que es fruto de amargos desengaños, ese abatimiento del ex miembro de aquella misma Asamblea que primero dejó empantanarse la revolución y luego, hundiéndose en el pantano que ella misma había creado, sucumbió con el grito doloroso: ¡El pueblo todavía no está maduro!

Incluso los miembros resueltos de la izquierda, en lugar de oponerse directamente a toda la Asamblea, no abandonan la esperanza de llegar todavía a algo en la Cámara y por medio de la Cámara, y de conseguir una mayoría para la izquierda. En lugar de adoptar en el Parlamento una posición extraparlamentaria, la única honrosa en una Cámara como esta, hacen una concesión tras otra para complacer a la posibilidad parlamentaria; en lugar de ignorar en lo posible el punto de vista constitucional, buscan formalmente la ocasión de coquetear con él por amor a la paz.

El debate general gira en torno al reconocimiento o no reconocimiento de la llamada Constitución. La izquierda, que se consideraba a sí misma continuadora de la mayoría de la ex Asamblea pactista que había votado la negativa a pagar los impuestos,4 tenía que empezar con la protesta más resuelta contra el golpe de fuerza del 5 de diciembre. ¿Y qué hace? ¡Se declara dispuesta a reconocer la disolución de la Asamblea Nacional como un hecho que ya no se puede cambiar, a abandonar la disputa de principios sobre la validez jurídica del bastardo otorgado, a cubrir con el manto de la caridad todas las patadas y todos los insultos y a pasar inmediatamente a la revisión!

La derecha, naturalmente, rechaza con el debido desprecio este cobarde ofrecimiento y arrastra a la izquierda a la disputa de principios.

A la izquierda le está bien empleado. ¿Por qué se imaginan estos señores que tienen que conseguir algo allí donde no hay nada que conseguir? ¿Por qué se hacen creer que están llamados a conseguir por vía parlamentaria lo que solo se puede conseguir por vía revolucionaria, por la fuerza de las armas? Pero, claro, estos señores han «llegado a la altura por medio de la vida parlamentaria» de la que tan bellas cosas sabe contarnos el diputado Waldeck,5 la altura en la que empieza el espíritu de cuerpo y se evapora la energía revolucionaria, si es que la había.

El primer orador del abigarrado partido al que se llama izquierda es el señor v. Berg.6 Pero no se crea que vamos a encontrar al vivaracho abate del año pasado, que tan bien sabía irritar a los señores de la derecha con toda clase de chistecillos picantes. El señor Berg ya no se presenta como abate, se presenta como pastor.

Opina que habría sido deseable redactar el proyecto de mensaje de manera que «la mayor mayoría posible pudiera pronunciarse a su favor». La Cámara habría tenido que mostrar al país «que sus representantes están dispuestos a no sacrificar el bien del país a meras luchas de principios». Al final, el señor Berg echaba de menos en el proyecto «el espíritu de reconciliación que nos (?) penetra», el afán de «entendimiento». Profetiza a la Cámara que con el debate del mensaje no fundará «la paz, la esperanza en un futuro mejor» en la patria.

¡En efecto! ¿Para eso enviaron los electores de Jülich y Düren al señor Berg a Berlín, para que declarara mera «lucha de principios» la lucha por el derecho del pueblo a darse él mismo su Constitución, para que predicara «reconciliación» y «entendimiento» en tono de púlpito, para que divagara sobre la «paz» cuando lo que toca es la guerra?

A usted, señor capellán Berg, no lo eligieron por ser predicador, sino por haberse negado a pagar los impuestos. Su elección no se hizo en interés de la paz: fue de entrada una declaración de guerra contra el golpe de Estado. No lo enviaron a Berlín para ofrecer reconciliación y entendimiento, sino para protestar. ¡Y ahora, cuando es usted diputado, ahora declara que la lucha entre la soberanía del pueblo y la «plenitud de poder de la Corona» es una mera lucha de principios estéril!

La mayoría de los señores que se negaron a pagar los impuestos han sido reelegidos, no porque toda su actuación de mayo a noviembre de 1848 satisficiera a los electores, sino porque con el acuerdo de negarse a pagar los impuestos habían pisado terreno revolucionario, porque cabía esperar que las patadas con que los trató el gobierno les hubieran abierto por fin los ojos sobre cómo hay que comportarse frente a la Corona y al gobierno para conseguir algo. Se esperaba que cada uno de ellos se hubiera desplazado así por lo menos un escalón más a la izquierda.

En lugar de eso, resulta que el castigo de noviembre ha dado su fruto. En lugar de desplazarse a la izquierda, estos señores se han desplazado a la derecha. Con el patetismo más bienintencionado de los llorones7 predican reconciliación y entendimiento. Declaran que quieren olvidar y perdonar los malos tratos recibidos, ofrecen la paz. Les está bien empleado que los rechacen con carcajadas de escarnio.

Sigue el señor conde Renard,8 señor feudal de Silesia.

El señor Renard se imagina que en marzo no se derribó nada, que solo se añadió un nuevo elemento. La Corona sigue siendo la Corona; solo que como «elemento determinante» se añade la representación estamental (!), con voto consultivo del pueblo. Por lo demás, todo sigue como antes. (En efecto, eso es precisamente lo que se nos quiere otorgar y revisar con Dios, por el rey y por la patria.)9 El diputado, dice, tiene que «representar la constitución del pueblo en su conjunto, es decir, el pueblo con el príncipe, y no el pueblo contra el príncipe». (¿Para qué está entonces el príncipe, si los diputados ya lo «representan»?) Tras esta nueva teoría del Estado, el señor Renard declara a la Cámara lo siguiente: que no está en absoluto para «regatear y chalanear con la Corona» —es decir, para pactar—, «para disputar sobre palabras o, si se quiere, también sobre derechos»; que el gobierno y la Cámara no son en absoluto «los abogados de dos partes en litigio». Quien entienda su mandato de otro modo «hace la guerra civil en las teorías».

El señor Renard habla con suficiente claridad. En los profanos Estados constitucionales, la Cámara gobierna por medio de su comisión, el ministerio, y el rey no tiene otro derecho que el de decir sí y amén y firmar. Así fue también entre nosotros en la época de tribulación, la época de Camphausen, Hansemann y Pfuel.10 Pero en la monarquía constitucional real prusiana por la gracia de Dios es exactamente al revés: la Corona gobierna por medio de sus ministros, ¡y ay de las Cámaras si intentan hacer otra cosa que decir sí y amén a las efusiones agraciadas por Dios!

«La prueba más clara», prosigue el señor Renard, «de que no hay ninguna grieta entre la Corona y el pueblo la da el momento actual, en que la cuestión alemana resuena con entusiasmo general por todas las provincias [...] El entusiasmo [...] se refiere en muchos casos sobre todo a la dignidad, a la grandeza de nuestra secular casa real por la gracia de Dios, del caballeresco y» (sobre todo en la Champaña, en Jena y el 18 de marzo de 1848)11 «acostumbrado a vencer linaje de los Zollern. (Hilaridad y bravos.)».

De este entusiasmo dio fe el pereat lanzado al emperador alemán por cinco mil gargantas en el Gürzenich12 aquel mismo 19 de marzo en que el señor Renard pronunciaba estas palabras; dio fe, pocos días después, el rechazo del imperio hereditario prusiano en Fráncfort; dio fe anteayer la mísera mayoría de Fráncfort, de cuatro votos enteros, a favor del emperador hereditario en general.13

No, exclama al final Renard, que por lo demás no tiene nada de zorro:14

«¡Nadie debe conseguir ni conseguirá matar con veneno corrosivo la vida fresca de la herida que tiende a curarse, ni convertir en abismo insalvable la grieta que acaso» (¡o sea, que sí!) «se haya abierto!».

¡Honorabilísimo Renard! ¡Ojalá ningún malintencionado consiga nunca «matar con veneno corrosivo» la «vida fresca» de la herida que en la primavera del año pasado se infligió a tu bolsa, rebosante de privilegios feudales, y que ahora, gracias al retorno de la gracia de Dios, «tiende a curarse», ni «convertir en abismo insalvable la grieta que acaso se haya abierto» por ello entre tus ingresos y tus gastos!

El señor Jacoby15 sube a la tribuna. También el señor Jacoby, aunque se presenta con más resolución que Berg y es más claro y preciso en su razonamiento, no puede dejar de diplomatizar. El reconocimiento de la Constitución en el mensaje no está en su lugar, porque no debe hacerse de pasada, ni en su momento, porque la Constitución aún no está revisada, sancionada definitivamente ni jurada. ¡Como si el reconocimiento de semejante Constitución pudiera estar nunca en su lugar y en su momento!

Tampoco él «quiere renovar la vieja disputa» sobre la disolución por la fuerza de la Asamblea pactista; si fue un acto salvador o el punto final y la meta de una conspiración de diplomáticos, eso quiere «dejarlo a la historia imparcial». La «historia imparcial» registrará que los que tan alto hablaban cuando tenían la mayoría se presentan ahora, cuando están en minoría, con la humildad de colegiales castigados.

«En cuanto al reconocimiento de la Constitución por el pueblo, tengo que oponer que esta Asamblea nuestra es el único órgano legítimo, el único facultado para semejante reconocimiento».

No, señor Jacoby, su Asamblea no es eso en absoluto. Su Asamblea no es más que el órgano, nacido en su mayor parte de las maniobras del gobierno, de los compromisarios elegidos sobre la base de la llamada ley electoral otorgada y por medio de la famosa «independencia».16 Que su Asamblea reconozca la Constitución: no será más que un reconocimiento de la Constitución otorgada por la propia Constitución otorgada. Al pueblo le importará poco, y dentro de no mucho la «historia imparcial» tendrá que registrar que esta llamada Constitución, a pesar de su reconocimiento —si es que se llega a él—, fue pisoteada en el curso de la revolución europea y desapareció sin que se sepa cómo.

El señor Jacoby lo sabe probablemente tan bien como nosotros; la derecha de la Cámara sabe también que él lo sabe; ¿a qué, pues, todo este oropel del terreno legal, y más aún si se quiere dejar en duda el terreno legal de la Asamblea disuelta?

El señor Scherer, abogado y diputado por Düsseldorf-Elberfeld, se espanta sobremanera del proyecto de mensaje de d'Ester.17 Opina que la diputación que entregara semejante mensaje al rey tendría que «llevar en su séquito la insurrección armada». ¡Cuando se lleva en el séquito la insurrección armada, señor Scherer, se habla con los reyes de muy otra manera!

Este proyecto, dice, «arroja la antorcha sobre el país»; pero el señor Scherer cree que «no prenderá, sino que solo causará daño a quienes la llevan».

No se puede hablar más claro. El señor Scherer da a la izquierda el bienintencionado consejo de retirar el proyecto; de lo contrario, una buena mañana sabrán echarle mano, pese al artículo de la inviolabilidad. ¡Muy humanitario, señor Scherer!

Se levanta ahora el señor Waldeck. Lo encontramos sin cambios: de izquierda, pero no más a la izquierda de lo que es posible si uno quiere mantenerse posible. El señor Waldeck empieza expresando su enojo porque la derecha siempre quiere endosarle la fatal disputa sobre el golpe de Estado de noviembre. ¡Si el señor Waldeck y «su partido» ya se han «pronunciado con bastante claridad en el sentido de que esta disputa de principios no debería haberse planteado en absoluto»! En su opinión, «la Asamblea está de acuerdo» (¡bastante malo es!) «sobre lo que debe hacer con la Constitución», a saber, revisarla. El señor Waldeck vuelve a exponer por qué la disputa de principios es superflua y apela una vez más a los mejores sentimientos de la derecha: «¿No pueden ustedes dejar descansar muy bien esta cuestión entretanto? [...] Ustedes no pierden nada con su opinión; ¡pero respeten las opiniones de los demás!».

Digno lenguaje de un «representante del pueblo» dispersado, dirigido a la misma mayoría que se frota las manos de alegría cuando piensa en la feliz dispersión.

«¡Respeten, pues, las opiniones de los demás!» ¡Respeto es lo que implora el gran hombre!

Pero luego, cuando esté terminado el trabajo constitucional, entonces, «espera» el ministro del futuro, «entonces esta Asamblea habrá llegado de verdad, por medio de la vida parlamentaria, a la altura necesaria para reconocer bien las consecuencias de semejante declaración» (sobre la validez de la Constitución).

¡Verdaderamente! ¿No presumen ya nuestros flamantes caballeros de la tribuna, que apenas tienen siete meses de práctica parlamentaria a sus espaldas, de tanta sabiduría resabida como si se hubieran sentado cincuenta años en los escaños de St. Stephen's18 y hubieran pasado por todas las Cámaras de París, desde la Introuvable de 1815 hasta la Introuvable del 24 de febrero?19

Pero es verdad. Nuestros caballeros de la tribuna, en su breve carrera, se han tragado tanta autosuficiencia parlamentaria, se han despojado tanto de toda energía revolucionaria —si es que alguna vez la tuvieron—, como si hubieran encanecido en el patetismo de los parlamentos.

Después del señor Waldeck se exhibe Su antigua Excelencia, el antaño omnipotente señor von Bodelschwingh.20

Exactamente igual que el señor Manteuffel,21 también su antiguo superior se ha vuelto constitucional «por orden de Su Majestad». Es muy divertido oír al último primer ministro del absolutismo defender la monarquía constitucional.

Antes de febrero, el señor Bodelschwingh solía pasar por el mejor orador del ministerio de entonces. En la Dieta Unificada había sido el que mejor se había defendido. Pero si se lee su discurso actual, uno se asusta, en su propio interés, de la necedad y la insulsez de esta extraña exposición. El señor Bodelschwingh se ha vuelto constitucional por orden; pero, aparte de esta palabra, ha seguido siendo, no sabemos si por orden o sin ella, exactamente el de antes. Se disculpa diciendo que ha vivido «en el retiro campestre»; pero realmente se diría que se ha hecho enterrar durante todo el año.

Confiesa que el inocentísimo proyecto de mensaje de la izquierda le ha «ilustrado sobre sus opiniones de una manera y en una medida de las que antes de presentarse en la Cámara no tenía ni idea».

¡Qué buen hombre! Cuando el señor Bodelschwingh todavía gobernaba Prusia, sus numerosos espías, pagados con nuestro dinero, debieron de informarle notablemente mal para que ahora pueda creer que cosas así han brotado de pronto de la tierra desde entonces.

La izquierda había declarado que estaba allí no en virtud de la carta otorgada de la ley marcial, sino en virtud del sufragio universal. ¿Qué responde el señor Bodelschwingh?

«Si derivamos nuestro escaño del sufragio universal, no hacen falta todas esas formalidades» (de verificación de actas) «Basta con salir al mercado y decir: ¡Elegidme! No sé cuántas partículas de sufragio universal consideran ustedes necesarias para pretender la entrada en esta casa. Tomen cuantas quieran: de esta manera sería fácil reunir votos suficientes; si se reconociera ese derecho, el recinto de esta casa se llenaría pronto tanto que no habría sitio para nosotros; por mi parte, al menos, abandonaría mi escaño cuanto antes».

Si un campesino westfaliano, o el señor v. Bodelschwingh en la época en que todavía era ministro, hubiera sacado a la luz esta profundidad sobre el sufragio universal, no nos extrañaría. En este sentido, el pasaje citado tiene el interés de demostrar cómo se podía ser primer ministro prusiano y dirigir a toda la burocracia examinada sin «tener ni idea» de las cuestiones más inmediatas de interés europeo. Pero que, después de que el sufragio universal haya funcionado dos veces en Francia, después de que lo que la izquierda llama sufragio universal haya funcionado dos veces en Prusia y haya otorgado incluso su escaño en la Cámara al propio señor Bodelschwingh, uno pueda todavía perderse en fantasías tan fabulosas sobre el sufragio universal, ¡para eso hay que haber sido ministro prusiano antediluviano! Pero no olvidemos que el señor Bodelschwingh estaba enterrado y solo ha resucitado para entrar en la Cámara «por orden de Su Majestad».

Después dice:

«Aunque no somos en absoluto de la opinión de que esta Constitución adquiera su validez solo por la revisión, confiamos plenamente en que la Corona no negará su sanción a los deseos (!) [...] de las Cámaras [...] con la conciencia de que no tenemos que regatear ni pleitear con el gobierno como si estuviéramos frente a enemigos, sino con la convicción de que estamos frente a la Corona, que, como nosotros, solo tiene en vista el bien de la patria [...] permanecer firmemente unidos a nuestros príncipes en los días buenos y en los malos. Fundamentos del temor de Dios, del respeto a la ley, del espíritu cívico, etc.».

El señor Bodelschwingh creía estar hablando todavía en la Dieta Unificada. Sigue, antes como ahora, en el terreno de la confianza. ¡Pero el hombre tiene razón! Lo que la izquierda llama sufragio universal, con sus artículos de independencia, su elección indirecta y las maniobras de Manteuffel, ha producido una Cámara que no tendría por qué avergonzarse de que la llamaran «Alta Dieta Unificada».

Tras un discurso insignificante del diputado Schulze-Delitzsch,22 sale a escena Su antigua Excelencia el señor conde Arnim.23 El señor Arnim no se ha pasado el último año durmiendo como el señor Bodelschwingh. Sabe lo que quiere.

Por qué queremos reconocer ahora mismo la Constitución en bloque, dice, está claro.

«¿Es acaso tan seguro que la tarea de la revisión conduzca a un resultado? ¿Cómo entonces? ¿Qué valdrá entonces como ley fundamental? Precisamente porque estamos en el caso de que es incierto un acuerdo entre los tres poderes sobre los puntos de la revisión, precisamente por eso nos importa que también para ese caso el pueblo tenga una Constitución».

¿Está claro? Es ya la segunda insinuación discreta en esta sola sesión.

El diputado d'Ester habla además contra el proyecto de la comisión. El discurso de d'Ester es con mucho el mejor que se ha pronunciado por parte de la izquierda en este debate general. La osadía y la viveza con que el diputado por Mayen ataca a los señores de la derecha causan una impresión agradable en medio de este debate triste y acartonado. Pero tampoco d'Ester sabe hablar sin concesiones diplomáticas ni rodeos parlamentarios. Dice, por ejemplo, que también él está plenamente de acuerdo en que hay que terminar la revolución. Si en el diputado esta palabra quizá pueda disculparse por consideraciones parlamentarias, el miembro del Comité central democrático24 no debía decir nunca algo así; el hombre que inmediatamente después empezó con Vincke25 el debate sobre el respectivo «grado de cultura» no debía tampoco dar la impresión de ser capaz de semejante simpleza. Además, nadie se lo cree.

Para terminar, el diputado Riedel entona un canto de triunfo porque «la Corona ha vuelto a tomar para sí el derecho de legislar». Un bravo irónico le hace notar que se ha ido de la lengua. Se asusta y añade: «¡Provisionalmente, se entiende!».

¡Tercera insinuación discreta para los señores diputados!

Se pasa al debate particular. Lo dejamos para mañana.

  1. Las Cámaras prusianas elegidas según la Constitución otorgada del 5 de diciembre de 1848 se reunieron en Berlín el 26 de febrero de 1849. La segunda Cámara debatió en marzo de 1849 el mensaje de respuesta al discurso del trono. ↩

  2. El 5 de diciembre de 1848 el gobierno disolvió la Asamblea Nacional prusiana y otorgó una Constitución; el 26 de febrero de 1849 se abrieron las nuevas Cámaras. ↩

  3. El mensaje (Adresse) de respuesta de la Cámara al discurso de la Corona. ↩

  4. El 15 de noviembre de 1848 la Asamblea Nacional prusiana, disuelta por la fuerza en Berlín, acordó que el ministerio Brandenburg no tenía derecho a disponer de los fondos del Estado ni a recaudar impuestos. ↩

  5. Benedikt Waldeck (1802-1870), magistrado, jefe de la izquierda en la Asamblea Nacional prusiana de 1848 y diputado de la segunda Cámara en 1849. ↩

  6. Sacerdote católico renano, diputado de la izquierda por Jülich en la Asamblea Nacional prusiana de 1848 y en la segunda Cámara de 1849. ↩

  7. «Heuler» («llorones»), mote que daban los demócratas a los liberales moderados y constitucionales. ↩

  8. El conde Andreas von Renard (1795-1874), magnate silesio, terrateniente e industrial, diputado de la derecha. ↩

  9. «Mit Gott für König und Vaterland», divisa prusiana. ↩

  10. Ludolf Camphausen, David Hansemann y Ernst von Pfuel presidieron sucesivamente los ministerios prusianos de marzo a noviembre de 1848. ↩

  11. Alusiones irónicas a la retirada prusiana de la Champaña en la campaña de 1792 contra la Francia revolucionaria, a la derrota de Jena ante Napoleón en 1806 y a la retirada de las tropas de Berlín el 19 de marzo de 1848. ↩

  12. Gran salón de fiestas de Colonia, donde los demócratas celebraron el 19 de marzo de 1849 el aniversario de la revolución de marzo. ↩

  13. El 21 de marzo de 1849 la Asamblea Nacional de Fráncfort rechazó la propuesta de Welcker de otorgar en bloque la dignidad imperial hereditaria al rey de Prusia; el 27 de marzo aprobó el carácter hereditario de la dignidad imperial por 267 votos contra 263. ↩

  14. Renard, en francés, «zorro». ↩

  15. Johann Jacoby (1805-1877), médico de Königsberg, demócrata, diputado de la izquierda en la Asamblea Nacional prusiana de 1848 y en la segunda Cámara de 1849. ↩

  16. La ley electoral otorgada el 6 de diciembre de 1848 reservaba el voto, en elecciones indirectas, a los prusianos «independientes», lo que excluía a quienes recibían socorro de beneficencia. ↩

  17. Karl d'Ester (1813-1859), médico de Colonia, demócrata, miembro del Comité central de los demócratas alemanes y diputado de la izquierda en la Asamblea Nacional prusiana y en la segunda Cámara; autor del proyecto de mensaje de la izquierda. ↩

  18. El Parlamento británico, que se reunía en la antigua capilla de St. Stephen del palacio de Westminster. ↩

  19. La Chambre introuvable («Cámara inencontrable») fue la Cámara ultrarrealista elegida en Francia en 1815. Aquí, irónicamente, la Asamblea surgida de la revolución de febrero de 1848. ↩

  20. Ernst von Bodelschwingh (1794-1854), ministro del Interior prusiano de 1845 a marzo de 1848 y figura principal del gobierno absolutista; diputado de la derecha en la segunda Cámara en 1849. ↩

  21. Otto von Manteuffel (1805-1882), alto funcionario bajo el absolutismo y ministro del Interior prusiano desde noviembre de 1848. ↩

  22. Hermann Schulze-Delitzsch (1808-1883), juez, diputado del centro izquierda en la Asamblea Nacional prusiana; más tarde, promotor de las cooperativas. ↩

  23. El conde Adolf Heinrich von Arnim-Boitzenburg (1803-1868), ministro del Interior de 1842 a 1845 y presidente del Consejo de ministros en marzo de 1848; diputado de la derecha en 1849. ↩

  24. El Comité central de los demócratas de Alemania, elegido por el segundo Congreso democrático de Berlín (octubre de 1848), del que d'Ester formaba parte. ↩

  25. Georg von Vincke (1811-1875), terrateniente westfaliano, diputado de la derecha en la segunda Cámara prusiana de 1849. ↩