Escrito por Friedrich Engels en Colonia los días 21 y 23 de abril de 1849 y publicado sin firma en dos entregas en la Neue Rheinische Zeitung, n.º 279 (segunda edición), del 22 de abril, y n.º 283, del 27 de abril de 1849. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 6 (Berlín, 1959, pp. 434-443), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.
I
Neue Rheinische Zeitung, n.º 279 (segunda edición), 22 de abril de 1849.
*Colonia, 21 de abril. (Debate de la Cámara.) Volvemos a la sesión del 13 de abril.1 Tras responderse a la interpelación del diputado Lisiecki, el orden del día llevó al debate de la ley de carteles.
Después de que el señor Rohrscheidt leyera el informe de la comisión central, el señor Wesendonck2 presenta la enmienda de rechazar en bloque el proyecto del gobierno.
Se levanta el señor Arnim (conde). La enmienda sería inadmisible. Equivaldría a una moción de pasar al orden del día. Pero sobre los proyectos del gobierno no se podría pasar al orden del día. Así lo establecería el reglamento.
Solo ahora se dan cuenta los señores de la izquierda de lo que la derecha pretendía con el § 53 del reglamento. Sobre los proyectos del gobierno no se puede acordar pasar al orden del día. Esta frase de aspecto inocente no quería decir ni más ni menos que esto: no podréis rechazar en bloque ningún proyecto del gobierno, sino que estaréis obligados a debatir hasta el final cada uno de sus artículos, aunque sean mil.
Eso es demasiado incluso para los centros. Tras un largo debate en el que por ambos lados se despliega la mayor sagacidad exegética posible, el presidente pasa por fin adelante declarando admisible la enmienda de Wesendonck.
El señor Rupp, el gran Rupp, el suspendido, el perseguido, el que antaño fue acosado por todos los periódicos, el expulsado de la difunta Asociación Gustavo Adolfo,3 tiene la palabra. El señor Rupp pronuncia un discurso tras el cual, según opina la no menos grande y amiga de la luz National-Zeitung de Berlín,4 a la izquierda poco le quedó por decir, no ya en el debate general, sino también en el particular. Echemos un vistazo a este exhaustivo discurso del amigo de la luz Rupp, pronunciado desde la razón pura.
Este exhaustivo discurso es sin duda un auténtico producto del espíritu amigo de la luz, del espíritu de las «comunidades libres», es decir, no agota nada, salvo, a lo sumo, los lugares comunes que pueden colocarse a propósito de los carteles.
El señor Rupp empieza llamando la atención sobre la distinta motivación de la ley de carteles por parte del gobierno y por parte de la comisión central. El gobierno haría pasar la ley por una mera medida de policía en interés del tráfico callejero y de la estética; la comisión central, que elimina ese burdo truco prusiano, pondría en primer plano los motivos políticos. Con ello ha abierto de par en par las puertas al patetismo predicador del amigo de la luz:
«De este modo, sin duda, este proyecto de ley entra en la serie de los asuntos más importantes de las deliberaciones de esta Asamblea. No querremos decir» (¡no querremos decir!) «que también así (!) nos sea indiferente que haya en el mundo unos cuantos carteles más o menos, pues (!) precisamente en esto consiste el carácter sublime del derecho y de la libertad, en que también lo aparentemente más insignificante, cuando entra en relación con ellos, adquiere en el acto él mismo una significación superior»!!
Una vez que el señor Rupp, con esta introducción pastoral, ha asegurado el «carácter sublime» y la «significación superior» de los carteles y ha puesto devotos los ánimos de sus oyentes, puede dar libre curso tranquilamente al río «eternamente claro, puro como un espejo y llano» de su razón pura.5
Primero, el señor Rupp hace la observación, harto sagaz, de «que muy a menudo se han tomado medidas contra peligros imaginarios que son las que crean los peligros reales».
A este lugar común la izquierda le grita en el acto un bravo entusiasmado.
Luego el señor Rupp demuestra, con igual profundidad de espíritu, que el proyecto está en contradicción con… ¡la Constitución otorgada, que el señor Rupp no reconoce en absoluto!
¡Extraña política la de la izquierda, invocar la Constitución otorgada y citar como argumento contra nuevos puntapiés los puntapiés ya recibidos en noviembre!
Si el gobierno cree, prosigue el señor Rupp, que este proyecto de ley no afecta a la libertad de prensa, sino solo al uso de las calles y plazas para la difusión de los productos de la prensa, igualmente podría decirse que bajo la censura también reinaba la libertad de prensa, pues lo sometido a control no era el uso de la prensa, sino solo la difusión de sus productos.
Hay que haber vivido bajo la censura en Berlín para apreciar toda la novedad de esta frase, que hace ya años circulaba entre todos los liberales de tertulia y que, sin embargo, la izquierda volvió a acoger con bravos e hilaridad.
El señor Rupp cita ahora el artículo sobre la libertad de prensa de la Otorgada y demuestra punto por punto que el proyecto de ley de Manteuffel está en la más escandalosa contradicción con la Constitución de Manteuffel.
Pero, queridísimo señor Rupp, por muy buenazo que sea usted,6 ¿todavía no sabía que Manteuffel otorgó la Constitución solo para volver a abolir después las cuatro frases liberales que contiene, ya sea manteniendo las viejas leyes mordaza, ya sea introduciendo otras nuevas?
¡El señor Rupp llega incluso a explicar a la derecha, con cierta minuciosidad, que más adelante, en la revisión de la Constitución, podría incluir en ella la ley de carteles, pero que ahora tiene que rechazarla, porque de lo contrario se adelantaría a la revisión de la Constitución!
¡Como si a los señores de la derecha les importara la coherencia y no más bien poner fin cuanto antes a la mala prensa, a los clubes, a la agitación, a la desconfianza comercial y a otras conquistas más o menos revolucionarias!
El señor Rupp añade a estas razones de peso los siguientes lugares comunes:
Los carteles se condenan porque difunden agitación. Pero prevenir la agitación no es propio del Estado de derecho, sino del Estado policial.
Quiero un gobierno fuerte. Pero un gobierno que no soporta la agitación ni los carteles no es un gobierno fuerte.
Al alemán le gusta seguir a un jefe.
La ausencia de carteles no impidió el 18 de marzo. (Ni corceles ni jinetes, etc.)7
Las revoluciones son consecuencia del despotismo.
De aquí saca el señor Rupp la conclusión de que la ley de carteles debe ser rechazada en interés de Manteuffel.
«¡Protejan ustedes, señores», exclama suplicante, «al gobierno del autoengaño al que esta ley, como toda ley del Estado policial, lo induce!».
Según el señor Rupp, el rechazo del proyecto de Manteuffel no sería un voto de desconfianza contra Manteuffel, sino más bien un voto de confianza. El señor Rupp desea que Manteuffel llegue a ser el deseado «gobierno fuerte», y por eso no quiere debilitarlo con la ley de carteles. ¿Creéis que el señor Rupp bromea? Ni se le ocurre. El señor Rupp es un amigo de la luz, y un amigo de la luz no bromea nunca. Los amigos de la luz soportan la risa tan poco como su digno primo Atta Troll.8
Pero la última baza que juega el señor Rupp corona todo su discurso:
«El rechazo de esta ley contribuirá no poco a tranquilizar a aquella parte de la población que no pudo declararse conforme con el reconocimiento de la Constitución antes de la revisión».
¡El señor Rupp se interesa por la «tranquilización de la parte de la población» que todavía no está al nivel de Manteuffel!
¡Pero así son los señores de la izquierda! Están hartos del movimiento tormentoso y, como ya son diputados y ven que no pueden con la dictadura del sable, no desean nada más que ver por fin despachadas las enojosas cuestiones de principio, revisada y jurada pro forma la Constitución para declararla válida y «cerrada la revolución». Entonces empieza para ellos la vida cómoda de la rutina constitucional, de la declamación de nada sobre nada hacia nada, de las intrigas, los favores, los cambios de ministros, etc.; aquella vida olímpica de Jauja que los Odilon, Thiers y Molé franceses9 llevaron en París durante dieciocho años y que Guizot solía llamar con tanta predilección el «juego de las instituciones constitucionales». En cuanto el incómodo movimiento revolucionario se haya ido quedando un poco en nada, ¡un ministerio Waldeck10 ya no estará en absoluto entre las imposibilidades! ¡Y para la república el pueblo todavía no está maduro!
Tras el discurso del señor Rupp queda precisamente todo por decir. No se trataba en primer lugar de la restricción de la libertad de prensa en general, se trataba sobre todo de la restricción de la libertad de prensa en los carteles. Lo que importaba era entrar en los efectos de los carteles, defender la «literatura callejera» y, muy especialmente, salvaguardar el derecho de los obreros a la literatura gratuita que representan los carteles. Lo que importaba no era disculpar el derecho a agitar mediante carteles, sino defenderlo abiertamente. Pero de esto no hay ni palabra en el señor Rupp. Las viejas frases sobre la libertad de prensa, que durante treinta y tres años de censura tuvimos ocasión de sobra de iluminar por delante y por detrás, esas viejas frases el señor Rupp vuelve a desplegarlas en un lenguaje seco y solemne, y como ha dicho todo lo que los señores de la National-Zeitung saben sobre el asunto, ¡la National-Zeitung cree que ha agotado el asunto!
Tras el «amigo de la luz» Rupp se levanta el «oscurantista» Riedel.11 Pero el discurso del señor Riedel es demasiado hermoso para que nos precipitemos con él. ¡Hasta mañana, pues, ciudadano Riedel!12
II
Neue Rheinische Zeitung, n.º 283, 27 de abril de 1849.
*Colonia, 23 de abril. El diputado Riedel ha pronunciado sin duda el discurso más clásico de todo el debate. Mientras desde el banco de los ministros todavía se guardan algunas consideraciones, mientras el mismo Manteuffel aún emplea ciertos giros seudoconstitucionales y a lo sumo el torpe advenedizo Von der Heydt13 se sale a veces de su papel constitucional, el señor Riedel, de Barnim-Angermünde, no se avergüenza ni un instante de presentarse como uckermarqués sin mezcla.14 Nunca un distrito electoral ha estado tan bien representado como el del señor Riedel.
El señor Riedel pregunta primero: ¿qué son los carteles?, y responde:
«Los carteles, en el sentido propio de la palabra, son declaraciones públicas con las que se actúa tranquilizadoramente sobre los ánimos».
Esta es, según la etimología del señor Riedel, la «determinación» de los carteles.15 De momento no queremos discutir con el señor Riedel sobre el árbol genealógico de la palabra «cartel». Solo señalamos que habría podido ahorrarse todo su sudor etimológico si hubiera vuelto a leer el proyecto de ley. Este no trata solo de «carteles», sino de «hojas para fijar», y estos, «en el sentido propio de la palabra», no tienen otra «determinación» que la de ser fijados.
En lugar de eso, el señor Riedel se explaya en su justa indignación porque se abusa del modo más vergonzoso del nombre de los carteles:
«Por regla general, los carteles solo sirven para encender pasiones y para inflamar el impuro ardor del odio o de la venganza, en especial contra las autoridades… Por regla general, pues, los carteles son precisamente lo contrario de lo que indica su nombre. Su uso, pues, es habitualmente abuso» (a saber, del nombre), «y por eso se plantea la pregunta: ¿deben las autoridades de policía local favorecer este desmán de los carteles» (a saber, este abuso del nombre de cartel)? «¿Debe la policía hacerse en cierto modo cómplice del desmán que causa el [abuso]» (del nombre) «de los carteles» (para anuncios fijados que no son en absoluto carteles, es decir, hojas tranquilizadoras)?
¿Se debe, en una palabra, seguir actuando o no mediante los carteles «conforme a su determinación» (es decir, conforme a la determinación de la palabra cartel)?
¡Cuánto se equivocó Manteuffel al atribuir a la ley de carteles motivos de policía y de embellecimiento de las calles! ¡Cuánto erró el tiro la comisión central al recomendar la ley por razones políticas! La ley es necesaria… por razones etimológicas, y en realidad debería titularse: ley para devolver el uso de la palabra cartel a su «sentido propio de la palabra».
Pero en esto el concienzudo señor Riedel ha metido concienzudamente la pata. Si, a riesgo de aburrir mortalmente a nuestros lectores, quisiéramos entrar en un discurso etimológico con el señor Riedel, podríamos demostrarle, con la gramática de Diez16 en la mano, que la palabra Plakat no procede en modo alguno del latín placare, sino que es solo una deformación del francés placard, que a su vez está relacionado con plaque, que a su vez es de origen alemán. Con ello se iría a pique toda la teoría tranquilizadora del señor Riedel.
Al señor Riedel eso le es naturalmente indiferente, y con razón. Toda la teoría tranquilizadora no es, sin embargo, más que una captatio benevolentiae17 de maestro de escuela, detrás de la cual desfila con la mayor [seguridad] la apelación al miedo de las clases poseedoras.
Los carteles «encienden pasiones», «inflaman el impuro ardor del odio y de la venganza, en especial contra la autoridad», «sirven para llamar a la masa sin juicio a manifestaciones que violan de manera amenazadora (!) el orden y traspasan los límites de la libertad legal». Y por eso hay que suprimir los carteles.
Con otras palabras: los señores feudales, los burócratas y los burgueses unidos han impuesto felizmente por la fuerza de las armas su golpe de Estado del otoño pasado y ahora quieren otorgarnos por medio de las Cámaras las leyes complementarias que todavía hacen falta para que estos señores puedan disfrutar tranquilamente de su victoria. Están hartos de las «pasiones», se servirán de cualquier medio para sofocar el «impuro ardor del odio y de la venganza contra la autoridad», que para ellos es la autoridad más deseable del mundo, para restablecer el «orden» y reducir la «libertad legal» a la medida que les resulte cómoda. Y qué medida es esa se desprende de que el señor Riedel califique a la gran mayoría del pueblo de «masa sin juicio».
De esta «masa sin juicio» el señor Riedel no sabe decir bastantes cosas malas. Prosigue:
«Esta comunicación» (la hecha mediante carteles) «es atendida precisamente sobre todo por aquella clase del pueblo que está menos acostumbrada a las comunicaciones escritas, a examinar y sopesar la credibilidad de las comunicaciones escritas con la precaución y la desconfianza que, sin duda, aporta el público habituado a la lectura, instruido sobre los engaños de la prensa…».
¿Quién es, pues, esa masa sin juicio, esa clase menos acostumbrada a las comunicaciones escritas? ¿Son los campesinos de la Uckermark? De ningún modo; pues, en primer lugar, son el «núcleo de la nación», en segundo lugar no leen carteles y, en tercer lugar, han elegido al señor Riedel. El señor Riedel no se refiere a nadie más que a los obreros de las ciudades, al proletariado. Los carteles son uno de los medios principales para actuar sobre el proletariado; el proletariado es revolucionario por toda su situación; el proletariado, la clase oprimida tanto bajo el régimen constitucional como bajo el absoluto, está más que dispuesto a volver a empuñar las armas; es precisamente del lado del proletariado de donde amenaza el peligro principal, ¡y por eso fuera con todo lo que pueda mantener vivas en el proletariado las pasiones revolucionarias!
¿Y qué contribuye más a mantener viva la pasión revolucionaria entre los obreros que precisamente los carteles, que convierten cada esquina en un gran periódico, en el que los obreros que pasan encuentran registrados y glosados los sucesos del día, expuestas y debatidas las distintas opiniones, y donde al mismo tiempo encuentran reunida a gente de todas las clases y opiniones con la que pueden discutir los carteles; en una palabra, donde tienen a la vez un periódico y un club, y todo eso sin que les cueste un ochavo?
Pero eso es precisamente lo que no quieren los señores de la derecha. Y tienen razón. Del lado del proletariado les amenaza el mayor peligro, más aún, el único; ¿por qué no habrían de esforzarse, ellos, que tienen el poder en sus manos, en aplastar ese peligro con todos los medios?
Contra esto nadie podría objetar nada. Con la ayuda de Dios, vivimos ya cerca de seis meses bajo la dictadura del sable. No nos hacemos la menor ilusión sobre el estado de guerra abierta en que nos hallamos con nuestros adversarios, ni sobre los medios por los que únicamente nuestro partido puede llegar al poder. No haremos el ridículo de reprochar moralmente a la triple alianza ahora dominante de junkers, burócratas y burgueses que intente sojuzgarnos de todas las maneras. Aunque el altamente moral tono predicador y el patetismo llorón de la indignación moral no nos repugnaran ya de antemano, nos guardaríamos de una polémica de frases tan hueca por la sencilla razón de que pensamos tomarnos la revancha sobre nuestros adversarios.
Lo que sí nos parece extraño es que los señores que ahora están en el gobierno y en la mayoría oficial no hablen tan abiertamente como nosotros. El señor Riedel, por ejemplo, es un uckermarqués tan auténtico como se pueda desear y, sin embargo, no puede dejar de asegurar al final:
«Ciertamente nunca jamás es mi intención querer poner cerrojo alguno a la libre manifestación de las opiniones. Considero la lucha intelectual… por la verdad como un santuario de los pueblos libres que nadie debe tocar».
Y en otro pasaje el señor Riedel quiere
«dejar libre la difusión de los carteles bajo aquellas formas bajo las cuales en general pueden difundirse los productos literarios».
Después de todas las efusiones anteriores, ¿qué han de significar todavía estas frases? El gobierno existente, y en general la monarquía constitucional, no pueden sostenerse hoy en los países civilizados si la prensa es libre. La libertad de prensa, la libre concurrencia de las opiniones, es dar rienda suelta a la lucha de clases en el terreno de la prensa. Y el tan anhelado orden es precisamente la asfixia de la lucha de clases, el amordazamiento de las clases oprimidas. Por eso el partido de la tranquilidad y el orden tiene que abolir la libre concurrencia de las opiniones en la prensa, tiene que asegurarse en lo posible el monopolio del mercado mediante leyes de prensa, prohibiciones, etc., tiene sobre todo que suprimir directamente, si puede, la literatura gratuita de los carteles y de las hojas volantes no pagadas. Todo eso lo saben estos señores; ¿por qué no lo dicen sin rodeos?
En efecto, señor Riedel, ¿por qué no propone usted de una vez el restablecimiento de la censura? ¡No hay mejor medio para reprimir las «pasiones», para sofocar «el impuro ardor del odio y de la venganza contra la autoridad» y para asegurar los «límites de la libertad legal»! ¡Vamos, ciudadano Riedel, seamos francos!18 ¡Al fin y al cabo, a eso se reduce todo!
El señor Riedel se retira. Tiene la palabra el ministro de Justicia, el consejero de justicia Simons, de Elberfeld,19 vástago de una familia burguesa del Wupper tan linajuda como la de los Von der Heydt.
El señor Simons procede con una minuciosidad tremenda. Se nota que todavía es nuevo en el Ministerio de Justicia.
Los carteles se fijan en las calles y plazas públicas, dice el señor ministro de Justicia. Por tanto, «¡hay que remontarse a cuál es la determinación de las calles y plazas públicas»!!
Cierto que el señor Riedel ha establecido de manera digna de agradecimiento la «determinación» y el «sentido propio» de los carteles. Pero no se trata de eso en absoluto. Lo que importa es más bien la «determinación de las calles y plazas». Y aquí el ministro de Justicia se gana laureles inmortales.
¿Puede imaginarse una escuela de primeras letras más hermosa que esta Cámara, donde se debate en serio sobre la determinación de calles y plazas, sobre puerilidades gramaticales y cosas semejantes?
¿Cuál es, pues, la «determinación de las calles y plazas públicas»?
Es esta: que las calles, etc., no «pueden quedar abandonadas a cualquier uso público», pues «no puede demostrarse tal determinación de las calles, etc.»!!
Para eso tenemos, pues, un supuesto ministro de Justicia, para que nos dé tan profundas aclaraciones. En verdad, ahora se comprende por qué al señor Simons le daba vergüenza que lo presentaran a la Cámara.
Todo el resto del contenido del discurso del ministro no merece, naturalmente, mención al lado de logros tan famosos. Bajo la apariencia de una notable erudición en la jurisprudencia francesa, el señor Simons coloca algunas reminiscencias olvidadas de su práctica anterior como ministerio público. Siguen luego frases como la siguiente:
«Esta cuestión de la necesidad debe responderse, sin embargo, incondicionalmente (!) de modo afirmativo; al menos (!!) esa es mi opinión (!!!), teniendo en cuenta las dudas (!!!!) que se han suscitado (!!!!!)».
Y por último el señor Simons quiere «sancionar el fundamento legal de la limitación de los carteles».
¡Sancionar un fundamento! ¿Dónde ha aprendido usted la lengua, señor Simons?
Después de hazañas oratorias como las de los señores Riedel y Simons, no podemos naturalmente detenernos en el discurso que sigue, el del señor Berends.20 El señor Berends tiene el instinto acertado de que la prohibición de los carteles va dirigida directamente contra el proletariado, pero desarrolla su tema solo débilmente.
Se cierra el debate general. El rechazo en bloque obtiene 152 votos a favor y 152 en contra. De la izquierda falta, entre otros, sin tener permiso, el señor Kyll, de Colonia.21 Si el señor Kyll hubiera estado presente, la ley de carteles habría quedado rechazada sin más. Al señor Kyll le debemos, pues, que fuera aprobada en parte.
No entramos en el debate particular. El resultado es conocido: los vendedores ambulantes de impresos quedan bajo vigilancia de la policía.
¡Que se lo agradezcan al señor Kyll!
Véase «La sesión de la Segunda Cámara de Berlín del 13 de abril». ↩
Hugo Wesendonck (1817-1900), abogado de Düsseldorf, diputado de la izquierda. ↩
Julius Rupp (1809-1884), predicador de Königsberg, fundador de una «comunidad libre» disidente de la Iglesia evangélica; en 1846 fue excluido de la Asociación Gustavo Adolfo, sociedad protestante de ayuda a las comunidades de la diáspora. ↩
Diario liberal de Berlín. Los «amigos de la luz» (Lichtfreunde) eran un movimiento protestante racionalista de la década de 1840, del que salieron las «comunidades libres». ↩
Palabras de Schiller en el poema «El ideal y la vida», donde así fluye la vida de los bienaventurados en el Olimpo. ↩
En francés en el original: tout bonhomme que vous êtes. ↩
«Ni corceles ni jinetes aseguran la escarpada altura donde están los príncipes»: versos del himno prusiano Heil dir im Siegerkranz. ↩
El oso protagonista del poema satírico de Heine Atta Troll (1843), parodia del moralismo de la poesía política alemana. ↩
Odilon Barrot (1791-1873), Adolphe Thiers (1797-1877) y el conde Louis-Mathieu Molé (1781-1855), políticos de la monarquía de Julio (1830-1848), en la que François Guizot (1787-1874) fue jefe de gobierno de 1840 a 1848. ↩
Benedikt Waldeck (1802-1870), jefe de la izquierda en la Asamblea Nacional prusiana de 1848 y en la Segunda Cámara de 1849. ↩
Dunkelmann, «hombre de las tinieblas», oscurantista, en oposición a los amigos de la luz. Riedel era diputado de la derecha por el distrito de Barnim-Angermünde, en Brandeburgo. ↩
En francés en el original: A demain donc, citoyen Riedel! ↩
August von der Heydt (1801-1874), banquero de Elberfeld, ministro prusiano de Comercio desde diciembre de 1848. ↩
La Uckermark, comarca rural de Brandeburgo, pasaba por el colmo del atraso de los junkers prusianos. ↩
Bestimmung: «destino», «finalidad», y también «definición»; Engels juega con la palabra a lo largo del artículo. ↩
Friedrich Diez (1794-1876), fundador de la filología románica, autor de una Gramática de las lenguas románicas (1836-1844). ↩
«Captación de la benevolencia»: fórmula retórica con la que el orador se gana el favor del público. ↩
En francés en el original: Voyons, citoyen Riedel, soyons francs! ↩
Ludwig Simons (1803-1870), jurista de Elberfeld, ministro prusiano de Justicia desde abril de 1849. ↩
Julius Berends (1817-1891), impresor de Berlín, diputado de la izquierda. ↩
Kyll, abogado de Colonia, diputado de la izquierda en la Segunda Cámara. ↩