Publicado sin firma en dos entregas en la Neue Rheinische Zeitung, núm. 234, del 1 de marzo de 1849 y 235, del 2 de marzo de 1849; la MEW lo recoge entre los escritos de Marx y Engels sin precisar el autor. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 6 (Berlín, 1959, pp. 314-319), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.
I
Neue Rheinische Zeitung, núm. 234, 1 de marzo de 1849.
Colonia, 28 de febrero. El discurso de la Corona,1 comunicado ayer por la tarde a los lectores de la Neue Rheinische Zeitung precipitadamente, para gran espanto y disgusto de la Kölnische Zeitung, ha resultado auténtico. Un solo pasaje se modificó todavía durante la noche, el referente al estado de sitio de Berlín. Con ello el ministerio Brandenburg2 le ha quitado a su discurso la gracia, la punta.
El pasaje que comunicamos ayer por la tarde en su redacción original dice así:
«Para restablecer el imperio de las leyes ha sido necesario declarar el estado de sitio en la capital y sus alrededores inmediatos. No podrá levantarse antes de que la seguridad pública, todavía amenazada, para la cual aquella medida era indispensable, quede protegida de modo duradero por leyes enérgicas. Los proyectos de tales leyes les serán presentados sin demora».
Este pasaje, aunque lo hayan tapado, delata todo el secreto del discurso de la Corona. Traducido al alemán, quiere decir: los estados de sitio excepcionales se levantarán en cuanto el estado de sitio general se haya otorgado por ley a todo el reino y se haya introducido en nuestras costumbres constitucionales. El baile de estas leyes «enérgicas» lo abrirá una legislación de septiembre3 sobre las asociaciones y la prensa.4
II
Neue Rheinische Zeitung, núm. 235, 2 de marzo de 1849.
Colonia, 1 de marzo. Dejemos constancia ante todo de ello: el discurso de la Corona tiene la plena aprobación de la Kölnische Zeitung. A los actos del gobierno mencionados en el discurso de la Corona les pone algún reparo aislado; al discurso de la Corona mismo, absolutamente ninguno.
«El discurso del rey es precisamente… un discurso constitucional de la Corona»: así empieza el listo periódico la reimpresión del discurso de la Corona que repite en forma de artículo de fondo parafraseado.
«¡Un discurso constitucional de la Corona!». Desde luego, a quien esperara un «discurso salido directamente del corazón del rey», una efusión moral y entrometida del corazón como la de entonces ante la Dieta Unificada,5 o una fanfarronada a lo Brandenburg-Wrangel,6 con tintineo de espuelas y retorcimiento de bigotes, este documento tiene que parecerle «constitucional» en grado sumo.
Una cosa es segura: Manteuffel7 ha cumplido su tarea mucho mejor que Camphausen,8 por no hablar de la «declamación llena de talento» de 1847. El ministro burgués dio un documento burguesmente chato en lenguaje y contenido, torpe y aburrido. El ministro noble se somete con la mayor bonhomie del mundo a la aburrida forma constitucional para, dentro de esa forma, burlarse en un lenguaje fluido y ligero de las Cámaras y de todo el constitucionalismo.
En cuanto al contenido serio del discurso de la Corona, ha quedado reducido a prácticamente nada por el ocultamiento, ya mencionado ayer, del pasaje sobre el mantenimiento del estado de sitio. Ese era el único pasaje en que el ministerio se presentaba ante las Cámaras con honradez y franqueza.
Para tomar en serio el resto del discurso de la Corona hay que ser la Kölnische Zeitung o también la National-Zeitung de Berlín. Quien solo se atreve a contemplar con veneración respetuosa y solemne dignidad acciones capitales y de Estado9 constitucionales como la que se representó anteayer en Berlín, nunca podrá comprender, desde luego, en su inocencia, cómo puede abusarse de algo tan sagrado convirtiéndolo en un frívolo juego de ingenio. Pero quien se interese tan poco como el señor Manteuffel por toda la comedia constitucional no tendrá tan mal gusto como para tomarse au sérieux10 el documento que el ministro hizo leer anteayer por labios agraciados por Dios al devoto público de la Sala Blanca.11
Creemos hacerle un favor al señor Manteuffel si orientamos al público alemán, por desgracia demasiado poco habituado a los ejercicios ingeniosos del humor, hacia la recta comprensión de su discurso de la Corona.
Esperabais que Manteuffel presumiera de su contrarrevolución felizmente llevada a término, que amenazara a las Cámaras con balas en el fusil, espadas afiladas como navajas, etc., a la manera de un torpe sargentón à la Wrangel. Todo lo contrario. Con unas pocas frases dichas como de pasada, Manteuffel pasa por encima como por algo que se entiende por sí mismo:
«Acontecimientos que todos ustedes, señores diputados de la primera y la segunda Cámara, tienen frescos en la memoria me obligaron en diciembre del año pasado a disolver la asamblea convocada para pactar la Constitución. Al mismo tiempo, convencido de la ineludible necesidad de restablecer por fin un estado de derecho público firme, he concedido al país una Constitución por cuyo contenido quedan fielmente cumplidas las promesas que hice en marzo del año pasado».
El señor Manteuffel habla como si se hubiera tratado de la más insignificante bagatela, de cambiar una levita vieja por una nueva, de colocar a un supernumerario o de detener a un agitador. Traslado violento, aplazamiento y disolución de una asamblea soberana, estados de sitio, régimen del sable, en una palabra, todo el golpe de Estado se reduce a «acontecimientos que todos ustedes tienen frescos en la memoria». Exactamente como el caballeroso ban Jellachich12 contaría con la desenvoltura más graciosa cómo sus capas rojas13 asaron vivos a los habitantes de tal o cual aldea.
¡Y encima el «fiel cumplimiento de las promesas que hice en marzo del año pasado» mediante la llamada Constitución otorgada! ¿Y vosotros creéis tan corto al astuto Manteuffel como para haberlo dicho realmente en serio? Allons donc!14
Un comienzo así sorprende. Pero hay que saber aprovechar este primer asombro haciendo seguir cosas todavía más asombrosas. Eso lo sabe el señor Manteuffel:
«Desde entonces, la tensión en que todavía hace pocos meses se encontraba gran parte del país ha dado paso a un estado de ánimo más tranquilo. La confianza, antes tan hondamente quebrantada, vuelve poco a poco. El comercio y la industria empiezan a recuperarse de la parálisis a la que amenazaban sucumbir».
¡Cómo se habrán mirado los buenos diputados al oír este pasaje! ¡El comercio y la industria se recuperan! ¿Y por qué no? El mismo Manteuffel que puede otorgar una Constitución, ¿por qué no habría de poder otorgar también el auge del «comercio y la industria»? El aplomo con que Manteuffel suelta esta afirmación colosal es verdaderamente admirable. Mais nous marchons de surprise en surprise:15
«Saben ustedes, señores, que me he reservado someterles una revisión de la Constitución. A ustedes les corresponde ahora entenderse sobre ella entre sí y con mi gobierno».
¡Sí, señores, «entiéndanse»! ¡Precisamente esa es la gracia: que dos Cámaras como las que Manteuffel ha otorgado a «Mi pueblo» nunca pueden «entenderse entre sí»! ¿Para qué, si no, se ha inventado la primera Cámara? Y, señores, si llegaran ustedes a entenderse entre sí, cosa que no es de esperar en absoluto, todavía les quedaría entenderse con «Mi gobierno», ¡y de que ahí no llegarán a nada responde Manteuffel!
Están ustedes, pues, señores diputados de la primera y la segunda Cámara, suficientemente ocupados con la revisión de la Constitución. Como «Yo» he aprendido por experiencia que ni siquiera un pacto entre dos contratantes llega a cuajar, «Yo» he considerado conveniente intentarlo esta vez con el pacto entre tres factores inconciliables. Si ustedes no se pasan pactando hasta el día del Juicio sin sacar adelante ni una jota, Manteuffel se compromete a hacerse colaborador de la National-Zeitung.
¡Así que «entiéndanse», señores!
Pero si, contra todo cálculo humano, llegaran a resolver lo que por decencia no puede llamarse de otro modo que su tarea, no habrán avanzado ni un paso. Para ese caso «Mi gobierno» ha promulgado una docena de leyes «para la ejecución de la Constitución» que despojan a esta Constitución hasta de la última apariencia liberal. Entre ellas hay, entre otras, dos ordenanzas gremiales16 dignas del año 1500, que pueden dar diez años de quebraderos de cabeza a una representación tan ventajosamente combinada como ustedes.
«Todas estas ordenanzas les serán presentadas sin demora para su aprobación».
¡Así que «aprueben», señores!
Pero después «Mi gobierno» les hará llegar sin demora proyectos relativos al estado de sitio: leyes de septiembre, gagging laws,17 leyes de supresión de clubes, etc. Hasta que ustedes los hayan «aprobado», a lo que esperemos que nunca se llegue, el estado de sitio continúa, naturalmente.
¿Creen ustedes que con esto han terminado sus trabajos? Al contrario; lo principal está por venir:
«Además tendrán ustedes que ocuparse de deliberar sobre diversas leyes, en parte necesarias para la ejecución de la Constitución, cuyos proyectos les irán llegando poco a poco. Recomiendo a su más cuidadosa consideración especialmente los proyectos del nuevo régimen municipal, del nuevo régimen de distritos, circunscripciones y provincias, de la ley de enseñanza, de la ley sobre el patronato eclesiástico, de la ley del impuesto sobre la renta, de la ley de la contribución territorial, así como de las leyes sobre la redención de las cargas reales y la abolición sin indemnización de algunas de ellas y sobre la creación de bancos de rentas».
Con estos diversos trabajos, señores, que juntos forman cerca de tres docenas de leyes orgánicas con varios miles de artículos, tendrán ustedes, si Dios quiere, tanto que hacer que tanto la revisión de la Constitución como la aprobación de las leyes provisionales y el debate de los proyectos presentados quedarán resueltos, cada uno, a lo sumo a medias. Si llegan hasta ahí, habrán hecho algo sobrehumano. Entretanto, el estado de sitio continúa en todas partes y se implanta también allí donde todavía no existe (¿quién nos impide poner toda Prusia en estado de sitio «por distritos»?); entretanto sigue rigiendo la llamada Constitución otorgada con las leyes complementarias otorgadas, sigue en pie el chapucero régimen municipal actual, la representación actual de distritos, circunscripciones y provincias, la falta actual de libertad de enseñanza, la exención de la contribución territorial de una alta nobleza y las prestaciones personales de los campesinos.
Y para que no puedan quejarse, además de todos estos trabajos imposibles de llevar a cabo, se les presentarán dos presupuestos, el de 1849 y el de 1850. ¿Que saltarán ustedes de sus escaños, irritados por tanto trabajo? Señores diputados de la primera y la segunda Cámara, tanto mejor. «Mi gobierno» seguirá entonces cobrando por toda la eternidad los impuestos actuales sobre la base de la llamada Constitución otorgada. De todos modos quedan todavía algunos fondos de los 25 millones que concedió la Dieta Unificada,18 y si «Mi gobierno» necesitara más, ya sabrá lo que tiene que hacer.
Pero si quisieran ustedes seguir los pasos de la disuelta Asamblea Nacional, entonces, señores, les recuerdo que la «organización, la aptitud para la guerra y la entrega» del ejército prusiano «se han acreditado en pruebas serias», y en particular en la gran batida contra los pactistas en noviembre del año pasado.
¡Y ahora, señores diputados de la primera y la segunda Cámara! Después de haberse procurado que ustedes, por la composición de ambas Cámaras, no puedan entenderse entre sí y, por la composición de «Mi gobierno», no puedan entenderse con este; después de habérseles presentado además tal maraña de materiales que, aun prescindiendo de todo lo demás, nunca sacarían adelante lo más mínimo; después de que de este modo ha quedado garantizado el mantenimiento del despotismo burocrático-feudal-militar, presten atención ahora a lo que la patria espera de ustedes:
«¡Señores diputados de la primera y la segunda Cámara! La patria espera ahora con confianza de la colaboración de sus representantes con Mi gobierno la consolidación del orden legal restablecido, para que pueda gozar de las libertades constitucionales y de su desarrollo tranquilo. La protección de sus libertades y del orden legal, estas dos condiciones fundamentales del bienestar público, será siempre objeto de Mi concienzuda solicitud. Cuento para ello con su ayuda. ¡Que su actividad, con la ayuda de Dios, sirva para acrecentar el honor y la gloria de Prusia, cuyo pueblo, en íntima unión con sus príncipes, ha superado felizmente ya más de un tiempo difícil, y para preparar a la patria más estrecha y a la más amplia un futuro pacífico y lleno de bendiciones!».
Este es el discurso de la Corona del ciudadano Manteuffel. ¡Y hay gente a la que le falta hasta tal punto el gusto que declara una comedia tan lograda un «discurso constitucional de la Corona»!
¡De verdad, si algo pudiera mover al señor Manteuffel a dimitir de su cartera, sería semejante desconocimiento de sus mejores intenciones!
El discurso con que Federico Guillermo IV abrió el 26 de febrero de 1849 en Berlín las dos Cámaras elegidas según la Constitución otorgada el 5 de diciembre de 1848; lo redactó el ministerio. ↩
El ministerio del conde Friedrich Wilhelm von Brandenburg (1792-1850), formado en noviembre de 1848, que trasladó y disolvió la Asamblea Nacional prusiana. ↩
Las leyes de septiembre de 1835 restringieron en Francia la libertad de prensa y endurecieron las penas por delitos políticos. ↩
En el periódico seguía aquí el texto del discurso de la Corona, que la edición de la que traducimos no reproduce. ↩
El discurso de Federico Guillermo IV en la apertura de la Dieta Unificada, el 11 de abril de 1847. ↩
Friedrich von Wrangel (1784-1877), general prusiano, que ocupó Berlín en noviembre de 1848 y la mantuvo en estado de sitio. ↩
Otto von Manteuffel (1805-1882), ministro del Interior en el ministerio Brandenburg. ↩
Ludolf Camphausen (1803-1890), banquero de Colonia, presidente del gobierno prusiano de marzo a junio de 1848; alusión al discurso de la Corona con que se abrió la Asamblea Nacional prusiana el 22 de mayo de 1848. ↩
Haupt- und Staatsaktionen: nombre de las piezas ampulosas, de asunto histórico y político, de los cómicos ambulantes alemanes de los siglos XVII y XVIII. ↩
«En serio» (francés). ↩
La Sala Blanca del palacio real de Berlín. ↩
Josip Jelačić (Jellachich) (1801-1859), ban de Croacia, general del ejército imperial austríaco. ↩
Los seresanos, tropas irregulares croatas de la Frontera Militar, que vestían capas rojas. ↩
«¡Vamos, hombre!» (francés). ↩
«Pero vamos de sorpresa en sorpresa» (francés). ↩
Los decretos de 9 de febrero de 1849 sobre los oficios artesanos y los tribunales de oficios, que restablecían en parte el régimen gremial. ↩
«Leyes mordaza» (inglés), nombre dado en Inglaterra a las leyes de excepción contra las reuniones y la prensa. ↩
La segunda Dieta Unificada, reunida en abril de 1848, concedió al gobierno un crédito de 25 millones de táleros. ↩