Escrito en Colonia a principios de enero de 1849. Publicado en la Neue Rheinische Zeitung, núm. 194, del 13 de enero de 1849; la MEW lo atribuye a Friedrich Engels. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 6 (Berlín, 1959, pp. 165-173), por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.
*Colonia, enero. Mientras en Italia se produce ya el primer contragolpe contra la contrarrevolución del verano y el otoño pasados,1 en las llanuras húngaras se consuma la última lucha de represión contra el movimiento nacido directamente de la revolución de febrero. El nuevo movimiento italiano es el preludio del movimiento de 1849; la guerra contra los magiares, el epílogo del movimiento de 1848. Probablemente este epílogo se prolongará todavía en el nuevo drama que se prepara en silencio.
Heroico como las primeras escenas de la tragedia revolucionaria del 48, que se sucedieron rápidamente, como la caída de París y la de Viena; reconfortantemente heroico tras las escenas intermedias, en parte desvaídas, en parte mezquinas, de junio a octubre: así es también el epílogo. El último acto de 1848 se prolonga en el primero de 1849 por medio del terrorismo.
Por primera vez en el movimiento revolucionario de 1848, por primera vez desde 1793, una nación cercada por la superioridad contrarrevolucionaria se atreve a oponer a la cobarde furia contrarrevolucionaria la pasión revolucionaria, al terror blanco el terror rojo. Por primera vez desde hace mucho tiempo encontramos un carácter verdaderamente revolucionario, un hombre que se atreve a recoger en nombre de su pueblo el guante de la lucha desesperada, que es para su nación Danton y Carnot en una sola persona: Luis Kossuth.2
La superioridad es terrible. Toda Austria, con 16 millones de eslavos fanatizados a la cabeza, contra 4 millones de magiares.
El levantamiento en masa, la fabricación nacional de armas, los asignados,3 el juicio sumario contra todo el que frena el movimiento revolucionario, la revolución en permanencia, en una palabra, todos los rasgos principales del glorioso año 1793 los encontramos de nuevo en la Hungría armada, organizada y entusiasmada por Kossuth. Esta organización revolucionaria, que por así decirlo tiene que estar lista en 24 horas so pena de perecer, faltó en Viena; de lo contrario, Windischgrätz4 nunca habría entrado. Veremos si entra en Hungría a pesar de esta organización revolucionaria.
Examinemos más de cerca la lucha y los partidos en lucha.
La monarquía austriaca nació del intento de unificar Alemania en una sola monarquía del mismo modo que los reyes franceses hasta Luis XI lo llevaron a cabo en Francia. El intento fracasó por la miserable estrechez localista de los alemanes y de los austriacos y por el correspondiente espíritu de tendero del linaje de los Habsburgo. En lugar de toda Alemania, los Habsburgo solo obtuvieron aquellos países del sur de Alemania que estaban en lucha directa con tribus eslavas aisladas o en los que una nobleza feudal alemana y una burguesía alemana, unidas, dominaban a tribus eslavas sojuzgadas. En ambos casos, los alemanes de cada provincia necesitaban apoyo de fuera. Este apoyo les vino de la asociación contra los eslavos, y esta asociación se produjo mediante la unión de las provincias en cuestión bajo el cetro de los Habsburgo.
Así nació la Austria alemana. No hay más que leer en el primer compendio que se tenga a mano cómo nació la monarquía austriaca, cómo volvió a separarse y volvió a constituirse, todo ello en lucha contra los eslavos, para ver lo exacta que es esta exposición.
Con la Austria alemana linda Hungría. En Hungría los magiares libraron la misma lucha que los alemanes en la Austria alemana. La cuña alemana adelantada entre bárbaros eslavos5 en el archiducado de Austria y en Estiria tendió la mano a la cuña magiar, adelantada igualmente entre bárbaros eslavos, en el Leitha.6 Así como al sur y al norte, en Bohemia, Moravia, Carintia y Carniola, la nobleza alemana dominaba a tribus eslavas, las germanizaba y las arrastraba así al movimiento europeo, también al sur y al norte, en Croacia, Eslavonia y los países de los Cárpatos, una nobleza magiar dominaba igualmente a tribus eslavas. Los intereses de ambas eran los mismos; los adversarios de ambas eran aliados naturales. La alianza de los magiares y de los alemanes de Austria era una necesidad. Solo faltaba un gran hecho, un ataque violento contra ambos, para hacer indisoluble esa alianza. Ese hecho llegó con la conquista del Imperio bizantino por los turcos. Los turcos amenazaban a Hungría y, en segunda instancia, a Viena, y Hungría quedó unida indisolublemente durante siglos a la casa de Habsburgo.
Pero los adversarios comunes de ambos se fueron debilitando. El Imperio turco cayó en la impotencia, y los eslavos perdieron la fuerza para alzarse contra los magiares y los alemanes. Más aún, una parte de la nobleza alemana y magiar que dominaba en los países eslavos adoptó la nacionalidad eslava, y con ello las propias naciones eslavas pasaron a estar interesadas en la conservación de una monarquía que tenía que proteger a la nobleza cada vez más contra la burguesía alemana y magiar en desarrollo. Los antagonismos nacionales desaparecieron, y la casa de Habsburgo adoptó otra política. La misma casa de Habsburgo que se había encaramado al trono imperial alemán a hombros de la pequeña burguesía filistea alemana se convirtió, con más decisión que ninguna otra dinastía, en la representante de la nobleza feudal frente a la burguesía.
En este sentido participó Austria en el reparto de Polonia. Los grandes starostas y voivodas7 de Galitzia, los Potocki, los Lubomirski y los Czartoryski, traicionaron a Polonia en favor de Austria y se convirtieron en los más fieles apoyos de la casa de Habsburgo, que a cambio les garantizaba sus posesiones contra los ataques de la pequeña nobleza y de la burguesía.
Pero la burguesía de las ciudades fue ganando cada vez más riqueza e influencia, y la agricultura, que progresaba con la industria, dio a los campesinos una posición distinta frente a los señores. El movimiento de los burgueses y de los campesinos contra la nobleza se hizo cada vez más amenazador. Y como el movimiento de los campesinos, que en todas partes son los portadores de la estrechez nacional y local, es necesariamente un movimiento local y nacional, con él resurgieron al mismo tiempo las viejas luchas nacionales.
En esta situación hizo Metternich su obra maestra. Con excepción de los barones feudales más poderosos, quitó al resto de la nobleza toda influencia en la dirección del Estado. A la burguesía le quitó su fuerza ganándose a los barones de las finanzas más poderosos; no tenía más remedio, las finanzas lo obligaban a ello. Apoyado así en la alta feudalidad y en las altas finanzas, así como en la burocracia y el ejército, alcanzó, más plenamente que todos sus rivales, el ideal de la monarquía absoluta. A los burgueses y campesinos de cada nación los tenía a raya por medio de la nobleza de esa misma nación y de los campesinos de cualquier otra nación; a la nobleza de cada nación, por medio del miedo a los burgueses y campesinos de su nación. Los diversos intereses de clase, las estrecheces nacionales y los prejuicios locales, por complicados que fueran, se tenían en jaque mutuamente por completo y permitían al viejo bribón de Metternich la más libre movilidad. Hasta dónde llegó en este azuzar a unos pueblos contra otros lo prueban las escenas de matanza de Galitzia, donde Metternich aplastó el movimiento democrático polaco, iniciado en interés de los campesinos, por medio de los propios campesinos rutenos, fanatizados por la religión y la nacionalidad.8
El año 1848 trajo primero a Austria la más terrible confusión, al dejar libres por un momento a todos esos pueblos distintos que hasta entonces, gracias a Metternich, se esclavizaban unos a otros. Alemanes, magiares, checos, polacos, moravos, eslovacos, croatas, rutenos, rumanos, ilirios y serbios entraron en conflicto entre sí, mientras dentro de cada una de esas naciones las diferentes clases luchaban también entre ellas. Pero pronto se puso orden en ese embrollo. Los contendientes se dividieron en dos grandes campos: de un lado, el de la revolución, los alemanes, los polacos y los magiares; del lado de la contrarrevolución, los demás, todos los eslavos con excepción de los polacos, los rumanos y los sajones de Transilvania.
¿De dónde viene esta división por naciones? ¿Qué hechos están en su base?
Esta división corresponde a toda la historia anterior de los pueblos en cuestión. Es el comienzo de la decisión sobre la vida o la muerte de todas estas naciones grandes y pequeñas.
Toda la historia anterior de Austria lo prueba hasta el día de hoy, y el año 1848 lo ha confirmado. De todas las naciones y nacioncillas de Austria solo hay tres que hayan sido portadoras del progreso, que hayan intervenido activamente en la historia, que todavía hoy sean capaces de vivir: los alemanes, los polacos y los magiares. Por eso son ahora revolucionarias.
Todos los demás pueblos y tribus, grandes y pequeños, tienen ante todo la misión de hundirse en la tempestad revolucionaria mundial. Por eso son ahora contrarrevolucionarios.
En cuanto a los polacos, nos remitimos a nuestro artículo sobre el debate polaco de Fráncfort.9 Para domar su espíritu revolucionario, ya Metternich apeló a los rutenos, un pueblo que se distingue de los polacos por un dialecto algo distinto y sobre todo por la religión griega, que había pertenecido desde siempre a Polonia y que solo por Metternich se enteró de que los polacos eran sus opresores. ¡Como si en la antigua Polonia los propios polacos no hubieran estado oprimidos tanto como los rutenos, como si bajo la dominación austriaca Metternich no hubiera sido su opresor común!
Hasta aquí lo que se refiere a polacos y rutenos, que por lo demás están tan separados de la Austria propiamente dicha por la historia y por la situación geográfica que teníamos que quitarlos de en medio antes que nada para poder aclararnos con el resto del revoltijo de pueblos.
Señalemos, sin embargo, antes de seguir, que los polacos dan muestras de gran inteligencia política y de un sentido auténticamente revolucionario cuando ahora se presentan aliados con sus viejos enemigos, los alemanes y los magiares, contra la contrarrevolución paneslavista. Un pueblo eslavo que prefiere la libertad a la eslavidad prueba solo con eso su capacidad de vida y se asegura ya con ello su futuro.
Vamos ahora a la Austria propiamente dicha.
Austria, al sur de los Sudetes y de los Cárpatos, el alto valle del Elba y la cuenca media del Danubio, es una tierra habitada en la alta Edad Media exclusivamente por eslavos. Estos eslavos pertenecen, por su lengua y sus costumbres, al mismo tronco que los eslavos de Turquía, los serbios, bosnios, búlgaros y eslavos de Tracia y de Macedonia, al tronco de los llamados eslavos del sur, por oposición a los polacos y a los rusos.10 Aparte de estos pueblos eslavos emparentados, el inmenso territorio que va del mar Negro hasta el Bosque de Bohemia y los Alpes del Tirol solo estaba habitado además, al sur de los Balcanes, por algunos griegos y, en la cuenca del bajo Danubio, por valacos dispersos de lengua románica.
Entre esta masa eslava compacta se introdujeron en forma de cuña los alemanes desde el oeste y los magiares desde el este. El elemento alemán conquistó la parte occidental de Bohemia y avanzó a ambas orillas del Danubio hasta más allá del Leitha. El archiducado de Austria, una parte de Moravia y la mayor parte de Estiria fueron germanizados, y separaron así a los checos y moravos de los carintios y carniolos. Del mismo modo, Transilvania y la Hungría central hasta la frontera alemana fueron limpiadas por completo de eslavos y ocupadas por los magiares, que aquí separaron a los eslovacos y a algunas comarcas rutenas (en el norte) de los serbios, croatas y eslavonios, y sometieron a todos estos pueblos. Los turcos, por último, siguiendo el ejemplo de los bizantinos, subyugaron a los eslavos del sur del Danubio y del Save, y el papel histórico de los eslavos del sur quedó acabado para siempre.
La última tentativa de los eslavos del sur de intervenir por su cuenta en la historia fue la guerra husita, una guerra campesina nacional checa bajo bandera religiosa contra la nobleza alemana y la soberanía imperial alemana. La tentativa fracasó, y desde entonces los checos han seguido ininterrumpidamente atados a remolque del Imperio alemán.
En cambio, sus vencedores, los alemanes y los magiares, tomaron la iniciativa histórica en las regiones del Danubio. Sin los alemanes y, sobre todo, sin los magiares, los eslavos del sur se habrían vuelto turcos, como de hecho le ocurrió a una parte; más aún, mahometanos, como lo son todavía hoy los bosnios eslavos. Y ese es un servicio que los eslavos del sur austriacos no pagan demasiado caro ni siquiera trocando su nacionalidad por la alemana o la magiar.
La invasión turca de los siglos XV y XVI fue la segunda edición de la árabe del siglo VIII. La victoria de Carlos Martel se ganó una y otra vez bajo los muros de Viena y en las llanuras húngaras. Como entonces en Poitiers, como después en Wahlstatt, en la invasión mongola,11 aquí volvía a estar amenazado todo el desarrollo europeo. ¿Y cuando se trataba de salvarlo iban a contar un par de nacionalidades desde hacía mucho desintegradas y reducidas a la impotencia, como los eslavos austriacos, que, encima, se salvaron también?
Lo mismo hacia dentro que hacia fuera. La clase motriz, la portadora del movimiento, la burguesía, era en todas partes alemana o magiar. A los eslavos les ha costado llegar a tener una burguesía nacional, y los eslavos del sur solo lo han conseguido en algunos puntos aislados. Y con la burguesía, el poder industrial, el capital, estaba en manos alemanas o magiares respectivamente; se desarrollaba la cultura alemana; los eslavos quedaban también intelectualmente bajo la tutela de los alemanes, hasta dentro de Croacia. Lo mismo ocurrió, solo que más tarde y por eso en menor medida, en Hungría, donde los magiares asumieron junto con los alemanes la dirección intelectual y comercial. Pero los alemanes de Hungría, aunque han conservado la lengua alemana, se han convertido por su mentalidad, su carácter y sus costumbres en auténticos magiares. Solo los colonos campesinos recién instalados, los judíos y los sajones de Transilvania constituyen una excepción y se empeñan en conservar una nacionalidad absurda en medio de un país extraño.
Y si los magiares se habían quedado algo atrás de los austriacos alemanes en civilización, en los últimos tiempos lo han recuperado brillantemente con su actividad política. De 1830 a 1848 hubo solo en Hungría más vida política que en toda Alemania; las formas feudales de la vieja constitución húngara se aprovecharon mejor en interés de la democracia que las formas modernas de las constituciones del sur de Alemania. ¿Y quién estaba aquí a la cabeza del movimiento? Los magiares. ¿Quién apoyaba a la reacción austriaca? Los croatas y los eslavonios.
Frente a este movimiento magiar, así como frente al movimiento político que despertaba de nuevo en Alemania, los eslavos austriacos fundaron una liga separada:12 el paneslavismo.
El paneslavismo no nació en Rusia ni en Polonia, sino en Praga y en Agram.13 El paneslavismo es la alianza de todas las pequeñas naciones y nacioncillas eslavas de Austria y, en segunda línea, de Turquía, para luchar contra los alemanes austriacos, los magiares y, llegado el caso, los turcos. Los turcos solo entran en esto por casualidad y, como nación igualmente decaída por completo, pueden quedar enteramente fuera de consideración. El paneslavismo, por su tendencia fundamental, está dirigido contra los elementos revolucionarios de Austria y es, por tanto, reaccionario de antemano.
El paneslavismo demostró enseguida esta tendencia reaccionaria con una doble traición: sacrificando a sus mezquinas estrecheces nacionales a la única nación eslava que hasta ahora se ha comportado de forma revolucionaria, los polacos, y vendiéndose a sí mismo y a Polonia al zar ruso.
El fin directo del paneslavismo es la creación de un imperio eslavo desde los Montes Metálicos y los Cárpatos hasta el mar Negro, el Egeo y el Adriático, bajo la tutela rusa, un imperio que, además de las lenguas alemana, italiana, magiar, valaca, turca, griega y albanesa, abarcaría aproximadamente una docena de lenguas y dialectos principales eslavos. Todo ello mantenido unido no por los elementos que hasta ahora mantuvieron unida y desarrollaron a Austria, sino por la propiedad abstracta de la eslavidad y por la llamada lengua eslava, que ciertamente es común a la mayoría de los habitantes. Pero ¿dónde existe esa eslavidad, más que en las cabezas de algunos ideólogos, dónde la «lengua eslava», más que en la fantasía de los señores Palacký, Gaj y consortes14 y, aproximadamente, en la letanía en antiguo eslavo de la Iglesia rusa, que ya no entiende ningún eslavo? En la realidad, todos estos pueblos tienen los más diversos grados de civilización, desde la industria y la cultura modernas de Bohemia, desarrolladas (por alemanes) hasta un grado bastante alto, hasta la barbarie casi nómada de los croatas y los búlgaros, y en la realidad todas estas naciones tienen, por tanto, los intereses más opuestos. En la realidad, la lengua eslava de estas diez o doce naciones se compone de otros tantos dialectos, en su mayoría ininteligibles entre sí, que se pueden reducir incluso a distintos troncos principales (checo, ilirio, serbio, búlgaro), que por el abandono total de toda literatura y la rudeza de la mayoría de los pueblos se han convertido en puro patois, y que, con pocas excepciones, siempre tuvieron por encima una lengua extranjera no eslava como lengua escrita. La unidad paneslavista es, pues, o una pura ensoñación o bien… el knut ruso.
¿Y qué naciones han de ponerse a la cabeza de este gran imperio eslavo? Precisamente las mismas que desde hace mil años están dispersas, fragmentadas, a las que otros pueblos, no eslavos, impusieron su aporte de elementos capaces de vivir y de desarrollarse, que fueron salvadas de hundirse en la barbarie turca por las armas victoriosas de pueblos no eslavos: ¡pequeñas tribus impotentes, separadas unas de otras en todas partes, despojadas de su fuerza nacional, de unos pocos miles a menos de dos millones de almas! Se han vuelto tan débiles que, por ejemplo, el pueblo que en la Edad Media fue el más vigoroso y temible, los búlgaros, solo es conocido ahora en Turquía por su mansedumbre y su apocamiento, ¡y cifra su gloria en llamarse dobre chrisztian, buen cristiano! ¿Dónde hay uno solo de estos pueblos, sin exceptuar a los checos y los serbios, que posea una tradición histórica nacional que viva en el pueblo y vaya más allá de las más pequeñas luchas locales?
La época del paneslavismo fue en los siglos VIII y IX, cuando los eslavos del sur ocupaban todavía toda Hungría y Austria y amenazaban a Bizancio. Si entonces no pudieron resistir a la invasión alemana y magiar, si no pudieron conquistar la independencia ni formar un imperio duradero, ni siquiera cuando sus dos enemigos, los magiares y los alemanes, se despedazaban mutuamente, ¿cómo pretenden hacerlo ahora, después de mil años de sometimiento y desnacionalización?
No hay país en Europa que no posea, en algún rincón, una o varias ruinas de pueblos, restos de una población anterior, rechazada y sojuzgada por la nación que más tarde se convirtió en portadora del desarrollo histórico. Estos restos de una nación implacablemente pisoteada por la marcha de la historia, como dice Hegel, estos desechos de pueblos, se convierten cada vez, y siguen siéndolo hasta su completa extirpación o desnacionalización, en los portadores fanáticos de la contrarrevolución, así como toda su existencia es ya, en general, una protesta contra una gran revolución histórica.
Así en Escocia los gaélicos, sostén de los Estuardo de 1640 a 1745.
Así en Francia los bretones, sostén de los Borbones de 1792 a 1800.
Así en España los vascos, sostén de don Carlos.15
Así en Austria los eslavos del sur paneslavistas, que no son otra cosa que el desecho de pueblos de una evolución milenaria sumamente embrollada. Que este desecho de pueblos, igualmente embrollado en sumo grado, solo vea su salvación en la inversión de todo el movimiento europeo, que para él no debería ir de oeste a este, sino de este a oeste, que el arma liberadora, el lazo de la unidad, sea para él el knut ruso: eso es lo más natural del mundo.
Los eslavos del sur, pues, habían manifestado claramente su carácter reaccionario ya antes de 1848. El año 1848 lo ha sacado abiertamente a la luz.
Cuando estalló la tormenta de febrero, ¿quién hizo la revolución austriaca? ¿Viena o Praga? ¿Budapest o Agram? ¿Los alemanes y magiares o los eslavos?
Es verdad: entre los eslavos del sur más cultos existía un pequeño partido demócrata que, aunque no quería renunciar a su nacionalidad, quería ponerla a disposición de la libertad. Esta ilusión, que consiguió despertar simpatías también entre los demócratas de Europa occidental, simpatías que estaban completamente justificadas mientras los demócratas eslavos luchaban junto a los demás contra el enemigo común, esta ilusión quedó rota por el bombardeo de Praga.16 A partir de ese acontecimiento, todos los pueblos eslavos del sur, siguiendo el ejemplo de los croatas, se pusieron a disposición de la reacción austriaca. Aquellos jefes del movimiento eslavo del sur que siguen fantaseando con la igualdad de derechos de las naciones, con una Austria democrática, etc., son o bien soñadores obtusos, como por ejemplo muchos periodistas, o bien canallas, como Jelačić.17 Sus protestas democráticas no significan más que las protestas democráticas de la contrarrevolución oficial austriaca. En suma, en la práctica, la restauración de la nacionalidad eslava del sur empieza con el más brutal ensañamiento contra la revolución austriaca y magiar, con un primer gran favor prestado al zar ruso.
La camarilla austriaca, aparte de la alta nobleza, la burocracia y la soldadesca, solo encontró apoyo en los eslavos. Los eslavos decidieron la caída de Italia, los eslavos asaltaron Viena, los eslavos son los que ahora caen sobre los magiares por todas partes. A su cabeza, como portavoces, los checos con Palacký; como espadas, los croatas con Jelačić.
Así se agradece que la prensa democrática alemana simpatizara en junio en todas partes con los demócratas checos cuando fueron ametrallados por Windischgrätz, por el mismo Windischgrätz que ahora es su héroe.
Resumamos:
En Austria, dejando aparte Polonia e Italia, los alemanes y los magiares han tomado en el año 1848, como desde hace ya mil años, la iniciativa histórica. Ellos representan la revolución.
Los eslavos del sur, llevados a remolque desde hace mil años por los alemanes y los magiares, solo se han alzado en 1848 para restablecer su independencia nacional con el fin de aplastar al mismo tiempo la revolución germano-magiar. Ellos representan la contrarrevolución. A ellos se han unido dos naciones igualmente degeneradas desde hace mucho, sin ninguna capacidad histórica de acción: los sajones y los rumanos de Transilvania.
La casa de Habsburgo, que fundó su poder en la unión de los alemanes y los magiares en la lucha contra los eslavos del sur, prolonga ahora los últimos momentos de su existencia con la unión de los eslavos del sur en la lucha contra los alemanes y los magiares.
Este es el lado político de la cuestión. Vamos ahora al militar.
El territorio habitado exclusivamente por magiares no llega a la tercera parte de toda Hungría y Transilvania. Desde Presburgo, al norte del Danubio y del Tisza, hasta la cresta de los Cárpatos, viven varios millones de eslovacos y algunos rutenos. Al sur, entre el Save, el Danubio y el Drava, viven croatas y eslavonios; más al este, a lo largo del Danubio, una colonia serbia de más de medio millón. Estas dos franjas eslavas están unidas por los valacos y los sajones de Transilvania.
Por tres lados, pues, los magiares están rodeados de enemigos naturales. Los eslovacos, que ocupan los pasos de montaña, serían adversarios peligrosos en sus comarcas, excelentes para la guerra de guerrillas, si estuvieran menos indiferentes.
Tal como están las cosas, sin embargo, los magiares solo tienen que soportar por el norte los ataques de los ejércitos que han irrumpido desde Galitzia y Moravia. En el este, en cambio, los rumanos y los sajones se alzaron en masa y se unieron al cuerpo de ejército austriaco que había allí. Su posición es excelente, en parte por la naturaleza montañosa del país, en parte porque ocupan la mayoría de las ciudades y fortalezas.
En el sur, por último, los serbios del Banato, apoyados por colonos alemanes, por valacos y también por un cuerpo austriaco, están cubiertos por el inmenso pantano de Alibunar y son casi inatacables.
Los croatas están cubiertos por el Drava y el Danubio y, como tienen a su disposición un fuerte ejército austriaco con todos los medios auxiliares, avanzaron ya antes de octubre en territorio magiar y mantienen ahora sin dificultad su línea de defensa en el bajo Drava.
Y por el cuarto lado, por último, desde Austria, avanzan ahora Windischgrätz y Jelačić en columna cerrada. Los magiares están cercados por todas partes, cercados por una enorme superioridad.
La lucha recuerda la lucha contra Francia en el año 1793. Solo que con la diferencia de que el país de los magiares, poco poblado y solo medio civilizado, ni de lejos dispone de los medios auxiliares de que disponía entonces la República francesa.
Las armas y municiones fabricadas en Hungría tienen que ser necesariamente de muy mala calidad; la fabricación, sobre todo la de artillería, no puede avanzar rápidamente. El país no es ni con mucho tan grande como Francia, y por eso cada palmo de terreno perdido es una pérdida mucho mayor. A los magiares no les queda más que su entusiasmo revolucionario, su valentía y la organización enérgica y rápida que Kossuth ha podido darles.
Pero no por eso ha ganado Austria todavía.
«Si no batimos a los imperiales en el Leitha, los batiremos en el Rábca;18 si no en el Rábca, los batiremos en Pest; si no en Pest, los batiremos en el Tisza, pero los batiremos en todo caso.»
Así dijo Kossuth, y hace todo lo posible por mantener su palabra.
Aun con la caída de Budapest les queda a los magiares la gran llanura de la Baja Hungría, un terreno que parece hecho para la guerra de guerrillas de caballería y que ofrece numerosos puntos casi inexpugnables entre los pantanos, donde los magiares pueden hacerse fuertes. Y los magiares, que van casi todos a caballo, tienen todas las cualidades para hacer esta guerra. Si el ejército imperial se aventura en esa comarca desierta, donde tiene que sacar todas sus provisiones de Galitzia o de Austria porque no encuentra nada, absolutamente nada, no se ve cómo va a sostenerse. En cuerpos cerrados no consigue nada, y si se disuelve en tropas volantes, está perdido. Su pesadez lo entregaría sin remedio en manos de los rápidos escuadrones de jinetes magiares, sin posibilidad siquiera de perseguirlos allí donde hubiera de vencer; y cada imperial extraviado encontraría en cada campesino, en cada pastor, un enemigo mortal. La guerra en estas estepas se parece a la guerra de Argelia,19 y el torpe ejército austriaco necesitaría años para terminarla. Y los magiares están salvados con tal de que resistan un par de meses.
La causa de los magiares no está ni mucho menos tan mal como quisiera hacer creer el entusiasmo negro y amarillo20 a sueldo. Todavía no están vencidos. Pero si caen, caerán gloriosamente, como los últimos héroes de la revolución de 1848, y solo por poco tiempo. Entonces la contrarrevolución eslava inundará por un momento la monarquía austriaca con toda su barbarie, y la camarilla verá lo que tiene en sus aliados. Pero con el primer levantamiento victorioso del proletariado francés, que Luis Napoleón se esfuerza con todas sus fuerzas por provocar, los alemanes y los magiares de Austria serán libres y se tomarán una venganza sangrienta de los bárbaros eslavos. La guerra general que entonces estallará hará saltar en pedazos esta liga separada eslava y aniquilará a todas estas pequeñas naciones testarudas hasta en su nombre.
La próxima guerra mundial no solo hará desaparecer de la faz de la tierra a clases y dinastías reaccionarias, sino también a pueblos reaccionarios enteros. Y eso también es un progreso.
Tras la derrota del rey de Cerdeña ante Radetzky en Custoza (julio de 1848), el movimiento italiano se reavivó a finales de año: el papa huyó de Roma en noviembre, y en Roma y en Toscana tomaron el poder los demócratas. ↩
Lajos (Luis) Kossuth, ministro de Hacienda del gobierno húngaro de 1848 y desde septiembre presidente del Comité de Defensa Nacional, que dirigió la guerra contra Austria. Georges Danton y Lazare Carnot, dirigentes de la Revolución francesa; Carnot organizó los ejércitos de la República en 1793. ↩
Papel moneda de la Revolución francesa. El gobierno húngaro emitió también su propio papel moneda, los «billetes de Kossuth». ↩
Alfred zu Windischgrätz, mariscal austriaco: aplastó la insurrección de Praga en junio de 1848, tomó Viena a finales de octubre y en diciembre invadió Hungría. ↩
Los juicios de este artículo sobre los eslavos de Austria («bárbaros», «desechos de pueblos», naciones destinadas a desaparecer) proceden de la distinción de Hegel entre los pueblos «históricos», que han formado Estados y llevado adelante la historia universal, y los pueblos «sin historia». Engels los escribe cuando los movimientos nacionales croata, serbio, checo y eslovaco, así como los rumanos y los sajones de Transilvania, se habían puesto del lado de la monarquía de los Habsburgo contra las revoluciones de Viena y de Hungría: las tropas croatas de Jelačić participaron en la toma de Viena y en la invasión de Hungría, y los dirigentes checos defendían la conservación del Imperio austriaco. El pronóstico de que estos pueblos desaparecerían no se cumplió. ↩
Río que marcaba la frontera entre Austria y Hungría. ↩
Altos dignatarios de la antigua Polonia: el starosta administraba un distrito de bienes de la Corona; el voivoda gobernaba una provincia. ↩
En febrero de 1846, durante la insurrección de Cracovia, las autoridades austriacas azuzaron a los campesinos de Galitzia contra la nobleza polaca sublevada; centenares de nobles fueron asesinados. ↩
El debate sobre Polonia en Fráncfort, serie de artículos de Engels publicada en la Neue Rheinische Zeitung en agosto y septiembre de 1848. ↩
Engels incluye aquí entre los eslavos del sur a todos los eslavos de Austria, también a los checos, como se ve más abajo. ↩
Carlos Martel detuvo a los árabes en Poitiers en el año 732. En Wahlstatt, junto a Liegnitz, los mongoles derrotaron en 1241 a un ejército polaco y alemán, pero luego se retiraron. ↩
Sonderbund: así se llamó la liga de los cantones católicos suizos, derrotada en la guerra civil de 1847; la palabra designaba una alianza separatista y reaccionaria. ↩
Nombre alemán de Zagreb. En Praga se reunió en junio de 1848 el Congreso Eslavo. ↩
František Palacký, historiador checo, presidente del Congreso Eslavo de Praga, partidario de una Austria federal en la que los eslavos tuvieran el peso principal. Ljudevit Gaj, impulsor del movimiento ilirio croata y de la unificación de la lengua literaria croata. ↩
Carlos María Isidro de Borbón, pretendiente al trono español, jefe del bando absolutista en la primera guerra carlista (1833-1840). ↩
Del 12 al 17 de junio de 1848 Windischgrätz aplastó a cañonazos la insurrección de Praga. ↩
Josip Jelačić, ban (gobernador) de Croacia desde marzo de 1848 y general austriaco; invadió Hungría en septiembre de 1848 y participó en la toma de Viena. ↩
Rabnitz en el original: río del oeste de Hungría. ↩
La guerra de conquista de Argelia por Francia, iniciada en 1830; la resistencia de Abd el-Kader duró hasta 1847. ↩
Negro y amarillo, los colores de la casa de Habsburgo. ↩