Artículo publicado sin firma en la Neue Rheinische Zeitung, n.º 204, 25 de enero de 1849 (Colonia), p. 1; atribuido a Karl Marx por la MEGA² (I/8). Traducido del original del periódico (colección digital de la USB Köln) por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.
* Colonia, 24 de enero. Como el ciervo brama por las aguas frescas, así brama Brüggemann el Honrado por una nueva «acción salvadora de la Corona». El mismo profundo pensador que hace no mucho ensalzaba el sufragio universal como una de las más gloriosas y preciosas «conquistas de marzo»; el mismo hombre honrado a carta cabal opina hoy que incluso el actual sufragio otorgado y restringido debe ser des-otorgado.
«Hasta este punto —dice Brüggemann el Honrado—, hasta este punto ha tenido que quedar claro ayer a todo observador, sea cual sea su partido: mientras otras instituciones políticas no logren una participación más general en las elecciones y un trato más frecuente y un mejor conocimiento mutuo entre los vecinos de distrito, la actual ley electoral hace imposibles unas elecciones razonables y decisivas». ¿Y por qué no? Con un hondo suspiro responde Brüggemann:
«Ya no cabe ninguna duda de que, en conjunto, las izquierdas unidas se han llevado con sus candidatos la victoria sobre los candidatos del partido constitucional (en su dolor, la Kölnische se las arregla para escribir un alemán todavía peor que de costumbre)».
Y donde el partido constitucional, esta «verdadera mayoría», este «núcleo de la población», es derrotado como aquí en Colonia anteayer, no puede hablarse, naturalmente, de «elecciones razonables y decisivas». Eso no es una representación del pueblo. La mejor gente, los pilares de los buenos constitucionales, no ha votado, evidentemente. Una minoría pequeña pero activa ha escamoteado las elecciones en ausencia de la mayoría. Oíd si no al sabio Brüggemann:
«La causa principal de este resultado inesperado hay que buscarla en la espantosa indiferencia de la clase media».
¡Así que este es el resultado de las 182.000 octavillas y de las 162.000 tiradas de la noble Kölnische: la espantosa indiferencia de la clase media! ¡Qué «espantoso» aburrimiento y qué vacío habrá descubierto la «clase media» en estas dieciséis octavillas constitucionales! ¡Qué ingenuidad la del periódico de la Asociación de Ciudadanos, ver la «causa principal» de la derrota precisamente en la ineficacia y la impotencia de sus más convulsos esfuerzos!
Pero ¿qué hay de esta «espantosa indiferencia de la clase media»?
¡Repásense las listas de los compromisarios elegidos, a ver si la mayoría no pertenece precisamente a la «clase media»! ¡Mírense las listas de candidatos de los constitucionales, a ver si en su mayor parte no contienen candidatos que no pertenecen a la clase media, sino que tienen «una posición social»! ¡Compárense estas listas con las demócratas, a ver si no han sucumbido en todas partes la riqueza, la consideración heredada, el cargo oficial, precisamente ante la «clase media»!
Solo algunos ejemplos:
En el 3.er distrito electoral se opuso cinco veces al señor pastor Busch a los cinco candidatos demócratas, y fue derrotado cinco veces frente a un profesor de instituto, un tejedor de lino, un pintor de brocha gorda, un peinero y un fabricante.
En el 9.º distrito vencieron cinco candidatos demócratas a cinco señores de la alta burguesía, entre ellos un concejal y un Quadratfüßler.
En el 29.º distrito el señor concejal Michels fue derrotado cinco veces frente a candidatos que pueden contarse todos ellos entre la clase media.
En el 30.º distrito un oficial de sastre venció a un fabricante de bombas muy acaudalado, un tendero de ultramarinos al canciller del cabildo catedralicio, señor v. Groote, un destilador de aguardiente al canónigo señor Trost, etc.
En el 32.º distrito vencieron los cinco candidatos principales, entre ellos tres abogados, por la sencilla razón de que 138 electores de la clase media no votaron. La mayoría de ellos habría votado por los demócratas. ¡Así que «la espantosa indiferencia de la clase media» dio aquí la victoria precisamente no a los demócratas, sino a los constitucionales!
En el 49.º distrito el señor Karl Boisserée, comerciante de carbón, etc., que en modo alguno pertenece a la clase media, fue derrotado ocho veces frente a ocho demócratas de la «clase media».
Por último, en el 45.º distrito; pero oigamos primero al propio señor Brüggemann:
«En el 45.º distrito, que cuenta con 530 electores primarios, en la primera votación, con 242 votantes efectivos, fue elegido el comandante, señor coronel Engels; en la tercera votación, después de que los demócratas se hubieran traído algunos refuerzos a mediodía, con 260 votantes efectivos fue elegido como candidato de estos últimos un compromisario de las convicciones socialistas-democráticas más extremas. ¿Cuál es entonces la convicción y el sentir del 45.º distrito?».
Esta última pregunta podría responderla el propio Brüggemann el Honrado, pues, como es sabido, pasó los dos días enteros de elecciones en el local electoral del 45.º distrito tratando de imponer por todos los medios la victoria de los candidatos constitucionales en este cuartel general de la Asociación de Ciudadanos. ¡Pero en vano, y de ahí las lágrimas!
En el 45.º distrito electoral —usted tiene que saberlo, señor Brüggemann— las cosas sucedieron así:
Los señores de la Asociación de Ciudadanos se habían presentado con la mayor puntualidad a la hora fijada. Los demócratas tardaron algo más. En el acto procedieron los señores de la Asociación de Ciudadanos a votar e impusieron al coronel Engels —¡oíd, oíd!— por un solo voto de mayoría. Y esa única papeleta decisiva no contenía más que el nombre «Engels», sin ninguna otra precisión. Contra esta gloriosa victoria electoral del señor Engels por medio de un único voto dudoso, sin embargo, doscientos treinta y cuatro electores primarios del distrito han presentado una protesta, es decir, casi el doble de los que votaron por el señor Engels.
Pero ¿cómo les fue a los otros siete candidatos de la Asociación de Ciudadanos?
El segundo candidato era el señor Stupp, el conocido ex diputado que huyó en Berlín y se fue a Brandeburgo. El señor Stupp fue derrotado frente al señor Hummelsheim, un decidido demócrata de la «clase media».
El tercero era el muy respetado y muy acaudalado comerciante señor Franz Heuser, que, como hemos visto arriba, para gran espanto del señor Brüggemann, fue derrotado frente a un candidato «socialista-democrático de lo más extremo».
¡Pero los demócratas «se habían traído refuerzos»!
Ay, señor Brüggemann, ¿y por qué no se trajo usted refuerzos? ¿Por qué no fueron usted y los demás señores de la Asociación de Ciudadanos de casa en casa para sacudir a la «clase media» de su «espantosa indiferencia»? ¿Por qué no pusieron en la mano de la gente unos cuantos ejemplares más de aquellas milagrosas octavillas tiradas 344.000 veces? ¡Ay, habría sido en vano! Los demócratas eran demasiado poderosos. Ya lo ve, incomprendido Brüggemann: vous aviez travaillé pour le roi de Prusse!1
Pero sigamos. El cuarto candidato era el señor abogado Fay, copresidente de la Asociación de Ciudadanos y poseedor de la solución de la cuestión social. ¡Tú también, Bruto! Los despiadados electores lo sacrificaron a un propietario de imprenta «de la clase media», y el señor Fay fue derrotado.
El quinto era el señor abogado Compes, ex miembro de la Asamblea Nacional de Fráncfort. Pero tampoco a él le brilló una buena estrella: fue derrotado frente al maestro cerrajero Monius, «de la clase media».
El sexto era el señor Ochse-Stern, el administrador del Monte de Piedad, que con sus papeletas de empeño domina a todo el proletariado y a toda la clase media. Fue derrotado frente al rentista Froitzheim, «de la clase media».
El séptimo era el señor abogado Esser II, ex diputado en Berlín, que el 9 de octubre compitió con el señor Stupp en salir corriendo. También aquí siguió a su compañero: fue derrotado frente al sastre Tilz, «de la clase media».
El octavo, por último, el señor pastor Rollertz, sucumbió igualmente ante un adversario de la «clase media», el comerciante señor Hospelt.
¡Así que siete compromisarios demócratas, casi todos «de la clase media», vencieron a siete notabilidades locales, entre ellas dos ex diputados, un pastor, un miembro de la Asamblea Nacional y un solucionador de la cuestión social, y solo pasó un compromisario de los aulladores no perteneciente a la «clase media», y encima con un único voto dudoso y perseguido por una protesta con 234 firmas!
Y este es el distrito que elige el señor Brüggemann para exclamar: ¿cuál es entonces el sentir y la convicción de este distrito? ¡Este distrito, en el que la clase media venció de forma decidida, es el que elige para demostrar «la espantosa indiferencia de la clase media»! ¡Pobre Brüggemann! La angustia le roba el último resto de juicio.
Por lo demás, en las listas de beneficencia de la ciudad de Colonia figuran 25.000 personas que reciben socorro público. Estas 25.000 personas, es decir, exactamente el 29 por ciento o casi un tercio de la población total, no están representadas. Tampoco lo están los numerosos trabajadores que no llevan aún 6 meses aquí o que no son prusianos. Réstense ahora estas categorías de la masa total del proletariado, ¿y cuántos proletarios quedan con derecho de voto? ¡En verdad, si el proletariado y la pequeña burguesía no hubieran ido juntos, la burguesía mayor conservadora habría tenido que vencer! ¡Y encima un Brüggemann desbarra sobre la espantosa indiferencia de la clase media!
La cosa es sencilla: donde la victoria de uno u otro partido era segura, muchos electores de ambos partidos no acudieron, o solo aparecieron cuando el resultado empezaba a vacilar. Precisamente la seguridad del resultado hizo que la gente pareciera indiferente. Pero aunque los hubiera llevado a todos, el señor Brüggemann no habría dado la victoria a su buen partido. De eso ya se encargaron las «acciones salvadoras de la Corona».
Por lo demás, que los demócratas no se envalentonen demasiado. No puede negarse que precisamente aquí en Colonia las elecciones han salido menos decididas que en el resto de la provincia. Que los demócratas procuren que nuestros adversarios no recuperen, con intrigas y escisiones entre los compromisarios, al menos una parte del terreno perdido. De la actividad de los demócratas depende que la victoria conseguida sea aprovechada por completo. Mientras no estén nombrados los diputados, no podemos descansar. ¡Así que vigilancia y actividad!
«¡Ha trabajado usted para el rey de Prusia!», es decir, para nada, en vano. ↩