Escrito por Friedrich Engels en Colonia el 28 de abril de 1849 y publicado sin firma en la Neue Rheinische Zeitung, n.º 285 (segunda edición), del 29 de abril de 1849. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 6 (Berlín, 1959, pp. 448-451), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. El título es de los editores de la MEW. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.
*Colonia, 28 de abril. Nuestros lectores nos lo agradecerán si de vez en cuando nos ocupamos del «esplendor y el poder» de nuestra casa real de los Hohenzollern y de la simultánea y maravillosa prosperidad de los principales pilares de su noble trono, la caballería de las chinches de la Marca, trasplantada a todas las provincias.
En esta instructiva investigación nos volvemos hoy hacia la parte polaca de nuestra patria más estrecha. Ya el verano pasado, con ocasión de la gloriosa pacificación y reorganización de Polonia con metralla y piedra infernal,1 examinamos las mentiras germano-judías2 sobre la «población predominantemente alemana» de las ciudades, la «gran propiedad alemana» en el campo y el mérito real prusiano en el aumento del bienestar general.3 Los lectores de la Neue Rheinische Zeitung recordarán cómo supimos, por los censos oficiales y por los datos del arzobispo de Gniezno y Posen4 al ministro burgués de transición Camphausen, que las partes del país incluidas en las líneas de demarcación prusianas no estaban habitadas por alemanes en la mitad, sino apenas en una sexta parte, mientras que las mendaces estadísticas del gobierno prusiano aumentaban por grados la supuesta población alemana a medida que la marcha de la contrarrevolución parecía hacer posible un nuevo reparto y una nueva reducción de la parte polaca; que los papanatas nacionales alemanes y los hombres de dinero del Parlamento-ciénaga de Fráncfort seguían contando en esos censos a los judíos polacos como alemanes, aunque esta, la más sucia de todas las razas, no puede estar emparentada con Fráncfort ni por su jerga ni por su ascendencia, sino a lo sumo por su furia de lucro; que, ciertamente, un número relativamente muy pequeño de pequeños propietarios alemanes se había instalado en algunos distritos, y precisamente a consecuencia de una pérfida especulación prusiana con la miseria polaca, ya que según la orden de gabinete de 1833 todas las fincas subastadas solo podían venderse a hidalgüelos rurales prusianos, a los que el gobierno adelantaba el dinero para ello; que, por último, los beneficios y méritos de la paternal solicitud de los Hohenzollern consistieron en hacer por cobardía, tras la revolución de marzo, las mejores promesas de una «reorganización nacional», en apretar después el cuello al país, a medida que crecía la contrarrevolución, mediante un reparto cinco veces repetido y cada vez mayor, en hacer luego depender la reorganización de la «pacificación», de la entrega de las armas, y, una vez producida esta, en soltar por último a «mi glorioso ejército» sobre el país indefenso y confiado, para saquear iglesias en unión con los judíos, quemar aldeas, matar a latigazos a los polacos en las plazas públicas con baquetas o marcarlos con piedra infernal, y, tomada venganza por haber creído en las «promesas de marzo», proclamar sobre este campo de cadáveres la gloria de Dios y de Su Majestad cristiano-germánica.
Esta fue la obra de amor de la «reorganización» prusiana en Posen. Volvámonos ahora también hacia el origen de la gran propiedad prusiana, los dominios y los señoríos. Su historia no nos instruirá menos sobre el «esplendor y el poder» de la casa de los Hohenzollern y sobre el valor de su amada caballería de vagabundos.
En el año 1793 los tres ladrones coronados se repartieron el botín polaco con el mismo derecho con que tres salteadores de caminos se reparten la bolsa de un caminante indefenso.5 Los Hohenzollern recibieron entonces Posen y la Prusia del Sur como soberanos hereditarios exactamente del mismo modo en que la provincia del Rin los recibió en 1815 como soberanos hereditarios: por el derecho del tráfico de hombres y de la compraventa de almas. En cuanto se abola este derecho del tráfico de hombres y de la compraventa de almas, los polacos, como los renanos, trazarán una raya roja sobre el título de propiedad de su gran duque hereditario Hohenzollern.
Lo primero con lo que el padre de la patria Hohenzollern manifestó su favor prusiano en la Polonia robada fue la confiscación de los antiguos bienes polacos de la Corona y de la Iglesia. En general no tenemos nada que objetar a una confiscación así; esperamos más bien que pronto les llegue el turno también a otros bienes de la Corona. Pero preguntamos: ¿a qué fines se destinaron los bienes así confiscados? ¿Al interés del «bienestar general» del país, del que tan graciosamente se ocupó la paternal solicitud brandeburguesa en la obra de pacificación y reorganización de 1848? ¿Al interés del pueblo, de cuyo sudor y sangre procedían aquellos bienes? Ya veremos.
El entonces ministro Hoym,6 que desde hacía veinte años administraba la provincia de Silesia con total independencia de toda inspección y había aprovechado este poder para los fraudes y extorsiones más propios de un junker, fue encargado también, en premio a sus méritos para con Dios, el rey y la patria, de la administración de la Prusia del Sur. Hoym propuso a su señor y amo regalar, en interés del «esplendor y el poder» de la casa y para fundar un hidalguismo rural espléndido y poderoso que le fuera adicto, la mayor cantidad posible de los bienes eclesiásticos y de las starostías7 confiscados a los llamados «hombres de mérito». Y así se hizo. Multitud de caballeros salteadores, favoritos de amantes reales, criaturas de los ministros, cómplices a los que se quería tapar la boca, recibieron como regalo las fincas mayores y más ricas del país robado, y así se injertaron a los polacos «intereses alemanes» y «propiedad predominantemente alemana».
Para no excitar la codicia real, Hoym había tenido la precaución de declarar al rey estas fincas solo por la cuarta o la sexta parte de su valor, a veces aún menos; temía, y probablemente no sin razón, que el rey, si llegaba a saber el verdadero valor de las fincas, pensaría antes en su propio bolsillo de padre de la patria que en ninguna otra cosa. Durante los cuatro años de la administración de Hoym después de la «pacificación», de 1794 a 1798, se regalaron de este modo: en el distrito de la cámara de Posen, 22; en el distrito de la cámara de Kalisz, antes de Piotrków, 19; en el distrito de Varsovia, 11; en total, 52 lotes de fincas mayores y menores, que sumaban nada menos que doscientas cuarenta y una fincas. Al rey se le había declarado un valor de 3½ millones de táleros, pero su verdadero valor ascendía a más de veinte millones de táleros.
¡Los polacos sabrán a quién tendrán que arrancar en la próxima revolución estos veinte millones de táleros que les robaron por el derecho del tráfico de hombres, los mil millones polacos!8
Solo en el distrito de Kalisz las fincas regaladas sumaban, por su superficie, más de un tercio de todas las posesiones reales y eclesiásticas, y sus rentas, incluso según las míseras tasaciones de la donación de 1799, ascendían a 247.000 táleros anuales.
En el distrito de la cámara de Posen, el señorío de Owinsk, con sus extensos bosques, fue regalado al mercader de artículos de lujo Tresckow, mientras que la starostía vecina de Szrin, que no tenía un árbol, se declaró dominio del Estado y tuvo que comprar en adelante su leña, a costa del Estado, en los bosques de Tresckow.
Por último, en otros distritos las fincas quedaron exentas expresamente en las escrituras de donación de los impuestos ordinarios, y por cierto «para siempre», de modo que ningún rey de Prusia tendría jamás derecho a imponerles nuevos tributos.
Ahora veremos de qué modo y a qué «hombres de mérito» se regalaron los bienes robados. La amplitud de estos méritos de hidalgüelos nos obliga, sin embargo, a tratar este capítulo, para no romper la continuidad, en un artículo aparte.
La «reorganización nacional» prometida a Posen en marzo de 1848 terminó con la represión del levantamiento polaco por las tropas prusianas en abril y mayo. El general Pfuel hizo marcar con nitrato de plata, la «piedra infernal», a insurrectos presos. ↩
La expresión reproduce un tópico antijudío corriente en la prensa alemana de la época, también en la izquierda: en la provincia de Posen, parte de la población judía de las ciudades se contaba como «alemana» en las estadísticas prusianas que justificaban la partición de la provincia. Lo traducimos con fidelidad, como en nuestra «Sobre la cuestión judía». ↩
En la serie «El debate sobre Polonia en Fráncfort», publicada en la Neue Rheinische Zeitung en agosto y septiembre de 1848. ↩
Leon Przyłuski (1789-1865), arzobispo de Gniezno y Posen desde 1845. ↩
En el segundo reparto de Polonia (1793) participaron Rusia y Prusia; Austria tomó parte en el primero (1772) y en el tercero (1795). ↩
Karl Georg von Hoym (1739-1807), ministro prusiano para Silesia desde 1770 y, después de 1793, también para la Prusia del Sur. ↩
Las starostías eran bienes de la Corona polaca concedidos en usufructo vitalicio a nobles (starostas). ↩
Alusión al artículo «Los mil millones» de la Neue Rheinische Zeitung (marzo de 1849), sobre el dinero que los campesinos silesios habían pagado a la nobleza por la redención de las cargas feudales. ↩