Escrito en Colonia el 4 de enero de 1849. Publicado en la Neue Rheinische Zeitung, núm. 187, del 5 de enero de 1849; la MEW lo atribuye a Karl Marx. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 6 (Berlín, 1959, pp. 151-155), por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.
*Colonia, 4 de enero. Como es sabido, la beneficencia pública ha adoptado también las formas más nobles y generosas en Inglaterra, donde la dominación de la burguesía está más desarrollada. Las workhouses inglesas1 (establecimientos públicos en los que la población obrera sobrante sigue vegetando a costa de la sociedad burguesa) combinan de un modo verdaderamente refinado la beneficencia con la venganza que la burguesía descarga sobre los miserables obligados a apelar a su beneficencia. A los pobres diablos no solo se los alimenta con los víveres más miserables, más escasos y apenas suficientes para la reproducción física, sino que su actividad se reduce a un simulacro de trabajo improductivo, repugnante, que embrutece el espíritu y el cuerpo: por ejemplo, a uncirse a las ruedas de andar. Para que los desgraciados vean por fin toda la magnitud de su crimen, un crimen que consiste en haberse convertido, en lugar de ser, como en el curso ordinario de la vida, materia explotable y lucrativa para la burguesía, en materia costosa para sus usufructuarios natos, como los barriles de aguardiente que se quedan en el almacén se convierten en materia costosa para el comerciante de aguardiente; para que aprendan a sentir toda la magnitud de ese crimen, se les quita todo lo que se le deja al más vulgar de los criminales: el trato con la mujer y los hijos, el entretenimiento, la palabra, todo. Y ni siquiera esta «beneficencia cruel» de la burguesía inglesa descansa en motivos exaltados, sino en motivos muy prácticos y perfectamente calculables. Por un lado, el orden burgués y la actividad comercial podrían resentirse de un modo inquietante si los paupers de toda Gran Bretaña fueran arrojados de golpe a la calle. Por otro lado, la industria inglesa se mueve tan pronto en periodos de sobreproducción febril, en los que apenas se puede satisfacer la demanda de brazos y aun así hay que procurárselos lo más baratos posible, como en periodos de estancamiento comercial, en los que la producción se adelanta con mucho al consumo y solo a duras penas se puede ocupar provechosamente a la mitad del ejército obrero con medio salario. ¿Qué medio más ingenioso que las workhouses para tener preparado un ejército de reserva para los periodos favorables y, al mismo tiempo, durante el periodo comercial desfavorable, adiestrarlo en esos establecimientos gratos a Dios hasta hacer de él una máquina sin voluntad, sin resistencia, sin pretensiones y sin necesidades?
La burguesía prusiana aventaja a la inglesa en que a la arrogancia política británica, que recuerda la manera de los romanos paganos, opone el más sumiso desvivirse en humildad y melancolía cristianas ante el trono, el altar, el ejército, la burocracia y el feudalismo; en que, en lugar de la energía comercial que somete continentes enteros, se dedica a un mezquino trapicheo chino de ciudad imperial,2 y avergüenza al inquieto y gigantesco espíritu inventivo en la industria con un apego honrado y virtuoso a la vieja rutina medio gremial. Pero hay un punto en que la burguesía prusiana se acerca a su ideal británico: en el desvergonzado maltrato de la clase obrera. Si en esto, considerada como corporación, en conjunto, se queda también por detrás de los británicos, se explica sencillamente porque en conjunto, como clase nacional, por falta de valor, de inteligencia y de energía, nunca ha llegado a nada ni llegará nunca a nada que valga la pena. No existe de manera nacional, existe solo de manera provincial, urbana, local, privada, y en estas formas se enfrenta a la clase obrera con menos miramientos todavía que la burguesía inglesa. ¿Por qué los pueblos, desde la época de la Restauración, añoraban a Napoleón, a quien acababan de encadenar a una roca solitaria en el mar Mediterráneo?3 Porque el despotismo de un genio es más soportable que el despotismo de un idiota. Así, el obrero inglés puede hacer valer todavía cierto orgullo nacional frente al alemán, porque el amo que lo amordaza amordaza al mundo entero, mientras que el amo del obrero alemán, el burgués alemán, es un lacayo de todo el mundo, y no hay nada más funesto, más humillante, que ser el lacayo de un lacayo.
Como documento histórico del cinismo de nuestra burguesía frente a la clase obrera, publicamos literalmente la «tarjeta de obrero» que tienen que firmar los proletarios empleados en las obras municipales de la buena ciudad de Colonia.
Tarjeta de obrero
§ 1. Todo obrero debe cumplir puntualmente las instrucciones y órdenes de todos los vigilantes municipales, que han prestado juramento al mismo tiempo como agentes de policía. La desobediencia y la insubordinación acarrean el despido inmediato.
§ 2. Sin permiso especial del capataz de obras ningún obrero puede pasar de una sección a otra ni abandonar la obra.
§ 3. Los obreros que sustraigan carretillas, tablones de carretilla u otras herramientas de otra sección para utilizarlas en su trabajo serán despedidos.
§ 4. La embriaguez, la alteración del orden, la incitación a riñas, disputas o peleas tienen como consecuencia el despido inmediato del trabajo. Además, en los casos que corresponda, los culpables serán perseguidos conforme a la ley ante los tribunales competentes.
§ 5. El que se presente en el lugar de trabajo diez minutos tarde no recibirá trabajo durante el medio día correspondiente; a la tercera reincidencia puede producirse la exclusión total del trabajo.
§ 6. Cuando los obreros sean despedidos a petición propia o como castigo, se les pagará en el siguiente día de paga ordinario en proporción al trabajo que hayan hecho.
§ 7. El despido del obrero se anotará en la tarjeta de trabajo. Si el despido es un castigo, según las circunstancias del caso se le negará al obrero el reingreso en la obra de que se trate o en todas las obras municipales.
§ 8. Del despido de obreros como castigo y de su motivo se informará cada vez a la autoridad de policía.
§ 9. Si los obreros tienen quejas contra el vigilante de obras, deberán presentarlas por medio de una delegación elegida, formada por tres obreros, ante el arquitecto municipal. Este examinará el objeto de la queja sobre el terreno y decidirá al respecto.
§ 10. La jornada de trabajo queda fijada desde las seis y media de la mañana hasta las doce del mediodía y desde la una de la tarde hasta que oscurezca. (¡Bonito estilo!)
§ 11. En estas condiciones recibe trabajo el obrero.
§ 12. El pago se efectúa el sábado por la tarde en la obra.
El capataz de obras jurado, en primer lugar […] cuyas órdenes se deben cumplir.
Colonia
Firma o señal del obrero
Se asigna a la sección de P. P. y tiene, etc.
Firma del capataz de obras
¿Podrían estar redactados de un modo más asiático los ucases del autócrata de todas las Rusias a sus súbditos?
A los vigilantes municipales, e incluso a «todos los vigilantes municipales, que han prestado juramento al mismo tiempo como agentes de policía», hay que «cumplirles puntualmente. La desobediencia y la insubordinación acarrean el despido inmediato». ¡Así pues, ante todo, obediencia pasiva! Después, según el § 9, los obreros tienen derecho a presentar «quejas ante el arquitecto municipal». Este bajá decide sin apelación, naturalmente contra los obreros, aunque solo sea en interés de la jerarquía. Y una vez que ha decidido, una vez que los obreros han caído bajo el entredicho municipal, ¡ay de ellos!, quedan entonces bajo vigilancia policial. Desaparece la última apariencia de su libertad civil, pues, según el § 8, «se informará cada vez a la autoridad de policía del despido de obreros como castigo y de su motivo».4
Pero, señores, si despedís al obrero, si le habéis rescindido el contrato por el que él aporta su trabajo a cambio de vuestro salario, ¿qué demonios tiene que ver todavía la policía con la rescisión de un contrato civil? ¿Es el obrero municipal un presidiario? ¿Se le denuncia a la policía porque ha faltado al debido respeto hacia vosotros, su autoridad innata, sapientísima y nobilísima? ¿No os reiríais del ciudadano que os denunciara a la policía porque hubierais incumplido tal o cual contrato de suministro, o no hubierais pagado una letra al vencimiento, o hubierais bebido más de la cuenta en Nochevieja? ¡Pues claro! Ante el obrero no estáis en una relación contractual civil: ¡os entronizáis por encima de él con toda la irritabilidad de los señores por la gracia de Dios! La policía, a vuestro servicio, ha de llevar un registro de conducta sobre él.
Según el § 5, al que llega 10 minutos tarde se le castiga con medio día de trabajo. ¡Qué proporción entre delito y castigo! Vosotros os habéis retrasado siglos, ¿y el obrero no puede presentarse 10 minutos después de las seis y media sin perder medio día de trabajo?
Para que, en fin, esta arbitrariedad patriarcal no se vea menoscabada en modo alguno y el obrero quede enteramente a merced de vuestro capricho, habéis dejado en lo posible el modo de castigar al buen criterio de vuestros criados de librea. En «casos que corresponda», es decir, en los casos que a vosotros os parezca que corresponde, al despido y a la denuncia a la policía sigue, según el § 4, la «persecución de los culpables conforme a la ley ante los tribunales competentes». Según el § 5, «puede» producirse la exclusión total del obrero si llega por tercera vez 10 minutos tarde después de las seis y media. En caso de despido como castigo, según el § 7, «se le negará al obrero, según las circunstancias del caso, el empleo en la obra de que se trate o en todas las obras municipales», etc., etc.
¡Qué margen para los caprichos del burgués malhumorado en este código penal de nuestros Catones municipales, de estos grandes hombres que menean la cola en el polvo ante Berlín!
Por esta ley modelo se puede ver qué Carta otorgaría al pueblo nuestra burguesía si estuviera en el poder.5
Casas de trabajo para pobres, creadas en su forma moderna por la ley de pobres inglesa de 1834: la asistencia solo se daba a cambio del internamiento, con un régimen deliberadamente más duro que el del trabajador peor pagado. ↩
Reichsbürgerlich: propio de los burgueses de las ciudades libres del antiguo Imperio, sinónimo de estrechez provinciana; «chino» era en la época un epíteto corriente para el inmovilismo. ↩
Tras Waterloo, Napoleón fue confinado en Santa Elena, isla del Atlántico sur, en 1815; el texto dice «Mediterráneo». ↩
El original dice literalmente «Der letzte Schein ihrer bürgerlichen Freiheit geht denn nach § 8 wird…», frase en la que parece faltar una palabra («geht verloren», «se pierde»); traducimos según el sentido. ↩
Alusión a la Constitución otorgada (oktroyiert) por Federico Guillermo IV el 5 de diciembre de 1848, tras disolver la Asamblea Nacional prusiana. ↩