Carta publicada sin firma en The Democratic Review (Londres), febrero de 1850, pp. 356-359; fechada en Colonia el 20 de enero de 1850; atribuida a Friedrich Engels por la MEGA² (I/10). Traducida del original de la revista (reimpresión facsímil de Merlin Press, Londres, 1968, en Internet Archive) por la Escuela de marxismo, 2026. Texto original en inglés.

(De nuestro corresponsal.)

Curiosas revelaciones sobre los déspotas de Alemania. Guerra proyectada contra Francia. La revolución que viene.

Colonia, 20 de enero de 1850.

El día después de enviarles mi última carta llegó aquí la noticia del «arreglo de la cuestión» de quién iba a gobernar toda Alemania. El «Interim», compuesto por dos delegados austriacos y dos prusianos, ha conseguido por fin que el viejo archiduque Juan se retire de los negocios. En consecuencia, ha tomado las riendas de un poder que, sin embargo, no será de larga duración. Expira en el mes de mayo próximo, y hay buenas razones para esperar que, aun antes de ese plazo, ciertos «acontecimientos adversos» barran a estos cuatro gobernantes provisionales de Alemania. Los nombres de estos cuatro satélites del despotismo militar son muy significativos. Austria ha enviado al señor Kübeck, ministro de Hacienda bajo Metternich, y al general Schönhals, la mano derecha del carnicero Radetzky. Prusia está representada por el general Radowitz, miembro de la orden jesuita, favorito del rey y principal inventor de todas las intrigas con que Prusia ha logrado, de momento, aplastar la revolución alemana, y por el señor Bötticher, gobernador, antes de la revolución, de la provincia de Prusia Oriental, donde se le recuerda con cariño (?) como «aplastador» de reuniones públicas y organizador del sistema de espionaje. No hará falta decirles qué hará semejante hatajo de bribones. Citaré un solo caso. El gobierno de Wurtemberg, forzado por la revolución, había contratado con el príncipe de Thurn und Taxis —que, como saben ustedes, tiene el monopolio del correo de cartas y del transporte de viajeros en gran parte de Alemania, con exclusión de los gobiernos—, el gobierno de Wurtemberg, digo, había contratado con este ladrón a escala nacional que cediera su monopolio, por una buena suma, a favor de dicho gobierno. Como los tiempos han mejorado para los que viven del saqueo nacional, el príncipe de Thurn und Taxis valora su monopolio en más de la suma contratada y no quiere desprenderse de él. El gobierno de Wurtemberg, libre ya de la presión de fuera, encuentra muy razonable este cambio de opinión, y ambas partes recurren —el príncipe públicamente, el citado gobierno en secreto— al «Interim», que, tomando como pretexto un artículo de la vieja acta de 1815, declara el contrato nulo e ilegal. Está muy bien. Es mucho mejor que el señor Thurn und Taxis conserve su privilegio unos meses más; el pueblo, cuando acabe con todo el lote de privilegios, no solo se lo quitará sin darle nada, sino que, al contrario, le hará devolver incluso el dinero que le ha robado hasta hoy.

El despotismo militar en Austria se hace cada día más intolerable. La prensa casi reducida a la nada, todas las libertades públicas destruidas, el país entero plagado de espías, encarcelamientos, consejos de guerra, azotes en todas partes: este es el significado práctico de esas constituciones provinciales que el gobierno publica de cuando en cuando y que no le importa un bledo violar en el mismo momento de publicarlas. Pero todo tiene un fin, incluso los estados de sitio y el reinado de la espada. Los ejércitos cuestan dinero, y el dinero es algo que ni el emperador más poderoso puede crear a voluntad. El gobierno austriaco ha conseguido hasta ahora mantener a flote sus finanzas con emisiones enormes de papel moneda. Pero también esto tiene un fin; y, a pesar de aquel teniente prusiano que una vez quiso batirse en duelo conmigo porque le dije que un rey o un emperador no podía fabricar tantos táleros de papel como quisiera, a pesar de ese profundo economista político, el emperador de Austria ve su papel moneda, aunque inconvertible, con un descuento del veinte al treinta por ciento frente a la plata y de casi el cincuenta por ciento frente al oro. El empréstito extranjero que pretendía se ha venido abajo gracias a los esfuerzos del señor Cobden. Los capitalistas extranjeros han suscrito solo hasta 500.000 libras, y él necesita quince veces esa suma, mientras que su exhausto país no puede prestarle nada. El déficit, de quince millones y medio a finales de septiembre pasado, habrá alcanzado ya entre veinte y veinticuatro millones, pues la mayor parte de los gastos de la guerra de Hungría vencía en el último trimestre de 1849. Así que a Austria solo le queda una alternativa: o la bancarrota, o una guerra exterior que haga que el ejército se pague a sí mismo y que reconquiste el crédito comercial con batallas ganadas, provincias conquistadas y contribuciones de guerra impuestas. Así, el señor Cobden, al oponerse a los empréstitos austriaco y ruso con el argumento de la conservación de la paz, ha contribuido más que nadie —pues Rusia está en el mismo apuro que Austria— a apresurar esa campaña coaligada contra la República francesa que no puede, en ningún caso, demorarse mucho.

En Prusia asistimos a otro acto de «conciencia regia». Ya saben ustedes que Federico Guillermo IV, el hombre que nunca faltó a su palabra, dispersó por la fuerza en noviembre de 1848 la representación nacional e impuso a su pueblo una constitución a su gusto; que convino en que esta hermosa obra sería revisada por el primer parlamento que se reuniera; que en ese parlamento la Segunda Cámara (Cámara de los Comunes) fue disuelta antes incluso de ponerse a revisar, que se impuso al pueblo otra reforma electoral con la que el sufragio universal quedó muy limpiamente suprimido y se aseguró una mayoría de nobleza terrateniente, de funcionarios y de burgueses. Esta Cámara, en cuya elección se negaron a votar todos los demócratas, de modo que la ha elegido una quinta o una sexta parte del total de los electores, esta Cámara, junto con la vieja Primera Cámara, se puso a revisar la Constitución y la hizo, naturalmente, aún más del agrado del rey de lo que él mismo la había hecho al principio. Ya casi han terminado con ella. Ahora, pensarán ustedes, ¿Su Majestad tendrá a bien aceptar esta Constitución enmendada y prestar el juramento que en ella se prescribe? Nada de eso. Envía a su fiel parlamento un mensaje regio en el que dice que está muy satisfecho de lo que sus dos Cámaras han hecho con su Constitución, pero que, antes de que su «conciencia regia» le permita prestar dicho juramento, su propia Constitución tiene que modificarse en una docena de puntos. ¿Y cuáles son esos puntos? Pues Su Majestad es lo bastante modesto para no pedir más que las siguientes pequeñeces. 1. La Primera Cámara, elegida ahora por los grandes terratenientes y capitalistas, deberá ser una Cámara de los Lores completa, con los príncipes reales, unos cien pares hereditarios escogidos por Su Majestad, sesenta pares elegidos por los grandes terratenientes, treinta por los grandes intereses financieros y seis por las universidades. 2. Los ministros serán responsables ante el rey y el país, no ante el parlamento. 3. Todos los impuestos que figuran ahora en el presupuesto se cobrarán para siempre, sin que el parlamento pueda negarlos. 4. Una «Cámara Estrellada», o Alto Tribunal de Justicia, para juzgar los delitos políticos, sin mención alguna de jurados. 5. Una ley especial que defina y restrinja las facultades de la Segunda Cámara del parlamento, etc. ¿Y qué les parece a ustedes esto? Su Majestad impone a los buenos prusianos una nueva Constitución, para que el parlamento la enmiende. Su parlamento la enmienda tachando todo lo que parezca un resto de derechos populares. Y el rey, no contento con eso, declara que su «conciencia regia» le prohíbe aceptar su propia Constitución, enmendada en su propio interés, sin las nuevas modificaciones mencionadas. ¡En verdad, es una conciencia de lo más «regia»! Hay pocas probabilidades de que ni siquiera este parlamento de pega se doblegue ante tal desvergüenza. La consecuencia será la disolución, y el fin de todos los parlamentos en Prusia por el momento. El secreto de todo esto es la previsión de la gran guerra de coalición mencionada más arriba. El «concienzudo» caballero que ocupa el trono de Prusia espera ver su país rebelde invadido para el mes de marzo o abril por un millón de bárbaros asiáticos, para marchar, junto con «su propio glorioso ejército», contra París y conquistar ese hermoso país que produce el champán tan caro a su corazón. Y, una vez suprimida la República y restaurado en el trono de Francia el vástago de San Luis, ¿de qué servirían entonces las constituciones y los parlamentos en casa?

Entretanto, el espíritu revolucionario renace rápidamente en toda Alemania. El ex liberal más empedernido, que después de marzo de 1848 se unió al rey para combatir al pueblo, ve ahora que, como dice el refrán en Alemania, aunque al diablo solo le dio la punta del meñique, ese caballero se ha apoderado desde entonces de toda la mano. Las continuas absoluciones de los jurados en los procesos políticos son la mejor prueba de ello. Cada día trae un hecho nuevo en este sentido. Así, hace unos días, los obreros de Mülheim que en mayo de 1849 levantaron los raíles del ferrocarril para impedir el envío de tropas contra la insurrecta Elberfeld han sido absueltos aquí en Colonia. En el sur de Alemania, las dificultades financieras y el aumento de los impuestos muestran a todo burgués que la situación actual no puede durar. En Baden, los mismos burgueses que traicionaron la última insurrección y saludaron la llegada de los prusianos son castigados y llevados a la locura por esos mismos prusianos y por el gobierno que, bajo su protección, los arrastra a la ruina y a la desesperación. Y los trabajadores y los campesinos están en todas partes alerta, esperando la señal de una insurrección que esta vez no se calmará hasta que quede asegurado el dominio político y el progreso social de los proletarios. Y esta revolución se acerca.