Carta publicada sin firma («From our own Correspondent») en The Democratic Review (Londres), marzo de 1850, pp. 397-398; fechada en Colonia el 18 de febrero de 1850; atribuida a Friedrich Engels por la MEGA² (I/10). Traducida del original de la revista (reimpresión facsímil de Merlin Press, Londres, 1968, en Internet Archive) por la Escuela de marxismo, 2026. Texto original en inglés.
(De nuestro corresponsal.)
¡El rey de Prusia jura la Constitución y «sirve al Señor»! Gran conspiración de la Santa Alianza. El inminente ataque a Suiza. ¡Proyecto de conquista y reparto de Francia!
Colonia, 18 de febrero de 1850.
Por fin Su Majestad el rey de Prusia ha prestado juramento a la llamada «Constitución». De no haber sido por la ocasión de pronunciar un discurso, no cabe duda de que esa farsa regia nunca habría tenido lugar. Pero su majestad, tan amante de los discursos, se resolvió, por amor al discurso, a tragarse el juramento con la misma humildad con que se le ha visto tragarse antes tantas cosas desagradables, como el famoso «¡Fuera el sombrero!» que le gritó el pueblo de Berlín el 19 de marzo de 1848. El juramento no tiene importancia. ¡Qué es el juramento de un rey, y en particular de un Federico Guillermo IV! El discurso es lo principal, y menudo discurso es. Figúrense a Su Majestad prusiana declarando con toda seriedad, sin que ni él ni nadie en la asamblea estallara en carcajadas, que es un hombre de honor y que va a dar lo que le es más querido: ¡su palabra real! Pero, continúa —tras una serie de esfuerzos oratorios de lo más extravagantes—, da su palabra con una sola condición: que se le haga posible gobernar con esta constitución y cumplir la promesa que hizo hace tres años, a saber: «¡Yo y mi casa serviremos al Señor!».
Lo que este «hombre de honor» a la nueva moda entiende por gobernar con la constitución y servir al Señor empieza ya a verse con bastante claridad. Los ministros de Su Majestad han salido desde aquella farsa del juramento, en primer lugar, con dos leyes que suprimen casi por completo la libertad de prensa y el derecho de asociación y de reunión pública; en segundo lugar, con una petición de dieciocho millones de táleros (dos millones y medio de libras esterlinas) para aumentar el ejército. El significado de esto es evidente. Primero destruir una a una las pocas libertades de pega que la preciosa constitución de pega dejó al pueblo, luego poner el ejército en pie de guerra y marchar con Rusia y Austria contra Francia. No hay duda de que las cámaras burguesas consentirán todo esto, haciendo así posible al rey gobernar con la constitución y servir al Señor con su casa.
Este crédito prusiano para el ejército, «para hacer frente a las eventualidades que pudieran presentarse durante la primavera», hay que tomarlo junto con las demás medidas de la Santa Alianza para ver claramente a través de sus intrigas. Prusia, además de estos dieciocho millones, está negociando ya un empréstito de dieciséis millones, en apariencia para construir el gran Ferrocarril del Este. Ya saben ustedes de sobra, desde el asunto del empréstito ruso, qué espléndido pretexto para reunir dinero son los ferrocarriles en manos de los gobiernos de la Santa Alianza. Prusia, pues, reunirá pronto cinco millones de libras esterlinas, que estarán en su totalidad a disposición del ministerio de la Guerra. Rusia, además de los cinco millones de libras ya reunidos, está a punto de contratar otro empréstito de treinta y seis millones de rublos plata, o cinco millones de libras. Solo Austria, tras el mísero resultado de su último intento de reunir dinero, tiene que contentarse con lo que pueda conseguir en casa. Su déficit, como les dije en mi última carta, asciende en realidad a doscientos millones de florines (veinte millones de libras) en un solo año. ¡Así, mientras Rusia y Prusia reúnen dinero para hacer la guerra, Austria tiene que hacer la guerra para reunir dinero!
No hay duda de que, si no se producen acontecimientos adversos en Francia, la campaña «santa» se abrirá el mes que viene contra Suiza, y quizá contra Turquía. Rusia mantiene en Polonia y sus alrededores un ejército de 350.000 hombres, listo para marchar a la primera orden. Ya ha contratado grandes suministros de víveres que se entregarán el mes que viene, no en Polonia, sino en Prusia, en Danzig. El ejército prusiano —unos 150.000 hombres ahora— puede elevarse en un mes a 350.000 llamando a la reserva y a la primera leva de la Landwehr. El ejército austriaco —unos 650.000— no se ha reducido nunca, sino que, al contrario, ha aumentado con los prisioneros húngaros. El conjunto de las fuerzas disponibles para una guerra exterior puede rondar el millón; pero dos tercios de los prusianos y los austriacos están contagiados de la enfermedad democrática y lo más probable es que se pasaran al otro bando en cuanto se presentara la oportunidad.
El primer pretexto para atacar Suiza son los refugiados alemanes que viven en ese país. Este pretexto dejará pronto de existir, pues las cobardes persecuciones del gobierno federal obligan directa o indirectamente a todos los refugiados a abandonar Suiza. Quedan ahora quizá 600 refugiados alemanes en ese país, y también ellos tendrán que irse pronto. Pero entonces hay otro pretexto: la exigencia de Prusia de que se restablezca la autoridad del rey prusiano en el antiguo principado de Neuchâtel, que se hizo república en 1848. Y aunque se ceda también en esto, se volverá a plantear la cuestión del Sonderbund, en relación con la nueva constitución federal, que en 1848 sustituyó al viejo tratado reaccionario de 1814, garantizado por la Santa Alianza. Así pues, Suiza no tendrá ninguna posibilidad de escapar a la guerra y a la ocupación extranjera.
Pero el objetivo final de la Santa Alianza es la conquista y el reparto de Francia. El plan concebido para acabar de una vez con este gran centro revolucionario es el siguiente: Francia, una vez conquistada, se dividirá en tres reinos: el suroeste, o Aquitania (capital, Burdeos), se dará a Enrique, duque de Burdeos; el este, o Borgoña (capital, Lyon), se dará al príncipe de Joinville; y el norte, o Francia propiamente dicha (capital, París), se adjudicará a Luis Napoleón por los señalados servicios que ha prestado a la Santa Alianza. Así, Francia, reducida al viejo estado de división en que estaba hace algunos siglos, quedaría completamente impotente. ¿Qué les parece este bonito plan, que sin duda salió de la cabeza «histórica» del rey de Prusia?
Pero, estén seguros, el pueblo —con el que la Santa Alianza no ha contado— pondrá muy pronto fin a todas estas intrigas y planes, y eso en cuanto la Santa Alianza empiece a ponerlos en práctica. Porque el pueblo está bien despierto, tanto en Francia como en Alemania, y, por fortuna, es lo bastante fuerte para aplastar a todos sus adversarios en cuanto las cosas lleguen a una contienda general, decisiva y abierta. Y entonces los enemigos de la democracia verán, para su espanto, que los movimientos de 1848 y 1849 no fueron nada en comparación con la conflagración universal que consumirá las viejas instituciones de Europa e iluminará a las naciones victoriosas hacia un futuro libre, feliz y glorioso.