Carta publicada sin firma («From our own Correspondent») en The Democratic Review (Londres), febrero de 1850, pp. 355-356; fechada en París el 21 de enero de 1850; atribuida a Friedrich Engels por la MEGA² (I/10). Traducida del original de la revista (reimpresión facsímil de Merlin Press, Londres, 1968, en Internet Archive) por la Escuela de marxismo, 2026. Texto original en inglés.

(De nuestro corresponsal.)

¡Pruebas palmarias del glorioso avance del republicanismo rojo!

París, 21 de enero de 1850.

Desde mi última carta han ocurrido muchísimos acontecimientos importantes, pero como la generalidad de los lectores ya estará informada de ellos por los diarios y los semanarios, me abstendré de recorrer de nuevo el mismo terreno de principio a fin, y limitaré esta carta a algunas observaciones generales sobre el estado del país.

Durante los últimos doce o quince meses, el espíritu revolucionario ha hecho inmensos progresos en toda Francia. Una clase a la que su posición social mantenía apartada, en la medida de lo posible dentro de la sociedad civilizada, de interesarse por los asuntos públicos; a la que la vieja legislación monárquica excluía de todo derecho político; que no leía nunca un periódico y que, sin embargo, forma la inmensa mayoría de los franceses, esta clase está por fin abriendo rápidamente los ojos. Esta clase es el pequeño campesinado, que cuenta unos veintiocho millones de hombres, mujeres y niños, y en cuyas filas hay de ocho a nueve millones de pequeños propietarios de tierra, que poseen en plena propiedad por lo menos las cuatro quintas partes del suelo de Francia. Esta clase ha sido oprimida por todos los gobiernos desde 1815, sin exceptuar el gobierno provisional, que le impuso el recargo de 45 céntimos adicionales por cada franco de la contribución territorial, que en Francia es muy pesada. Esta clase, agobiada además por una banda de usureros a los que sus propiedades están hipotecadas casi sin excepción a intereses extraordinariamente altos, empieza por fin a ver que ningún gobierno, salvo uno que actúe en interés de los obreros de las ciudades, la librará de la miseria y del hambre en las que, a pesar de sus parcelas, se hunde cada día más. Esta clase, que en gran medida impuso la revolución de 1789 y que fue la base sobre la que se levantó el vasto imperio de Napoleón, se ha sumado ahora, en su inmensa mayoría, al partido revolucionario y a los obreros de París, Lyon, Ruan y las demás grandes ciudades de Francia. Los labradores ven ahora con bastante claridad cómo los ha engañado Luis Napoleón, a cuya mayoría presidencial aportaron por lo menos seis millones de votos y que les ha pagado restableciendo el impuesto sobre el vino y el aguardiente. Y así, la inmensa mayoría del pueblo francés está ahora unida para derribar, en cuanto se presente la ocasión oportuna, el insolente dominio de la clase capitalista, que, derribada por la tormenta de Febrero, ha vuelto a hacerse con el timón del gobierno y ejerce su poder con mucha más arrogancia que nunca bajo su bienamado Luis Felipe.

La historia de los últimos meses ofrece innumerables pruebas de este hecho importantísimo. Tomen ustedes la circular del ministro D’Hautpoul a la gendarmería, que lleva el espionaje hasta el corazón mismo de la aldea más oscura; tomen la ley contra los maestros de escuela, que en los pueblos franceses son por lo general la mejor expresión de la opinión pública de su localidad y que ahora van a quedar a merced del gobierno porque casi todos profesan hoy opiniones socialdemócratas; y muchos otros hechos. Pero una de las pruebas más llamativas está en la elección que acaba de celebrarse en el departamento du Gard. Este departamento es conocido como el más antiguo baluarte de los «blancos», los legitimistas. Fue escenario de los más horribles ultrajes contra los republicanos en 1794 y 1795, tras la caída de Robespierre; fue la sede central del «terror blanco» en 1815, cuando se asesinaba públicamente a protestantes y liberales, y las turbas legitimistas, encabezadas por el célebre Trestaillon y protegidas por el gobierno del legítimo Luis XVIII, cometían los ultrajes más horribles contra las esposas, hijas y hermanas de aquellas víctimas. Pues bien, este departamento tenía que elegir un diputado en sustitución de un legitimista fallecido, y el resultado fue una gran mayoría para un candidato rojo de pies a cabeza, mientras que los dos candidatos legitimistas quedaron en una minoría señalada.

Otra prueba del rápido avance de esta alianza de los obreros de las ciudades y los campesinos del país es la nueva ley de enseñanza pública. ¡Los volterianos más empedernidos de la burguesía, incluso el señor Thiers, ven que no les queda otro modo de oponerse a ese avance que renunciar a sus viejas teorías y principios y postrar la enseñanza pública a los pies del clero!

Más aún. Hay ahora una carrera general de todos los periódicos y personajes públicos que no son precisamente reaccionarios por reclamar el título, antes despreciado, de «socialista». Los más viejos enemigos del socialismo se proclaman ahora socialistas. El National, incluso el Siècle, monárquico bajo Luis Felipe, declaran que son socialistas. Hasta Marrast, el infame traidor de 1848, espera ahora, aunque en vano, salir elegido proclamándose socialista. Pero al pueblo no se le engaña así, y la soga para colgar a ese truhan está preparada y solo espera la ocasión.

Hoy se discute en la Asamblea Nacional la ley para matar a los 468 presos que quedan de la insurrección de Junio, deportándolos a las regiones más insalubres de Argelia y poniéndolos a trabajar allí. Sin duda la ley se aprobará por una inmensa mayoría. Pero antes de que los infortunados héroes de aquella gran batalla del trabajo puedan llegar a la costa destinada a enterrarlos, es poco dudoso que otra tormenta popular haya barrido a quienes votan esta ley asesina, y quizá lleve a esa tierra de destierro a los miembros de la mayoría actual que hayan escapado a una venganza más pronta, más radical y del todo justa por parte del pueblo.