Carta publicada sin firma («From our own Correspondent») en The Democratic Review (Londres), marzo de 1850, pp. 395-397; fechada en París el 19 de febrero de 1850; atribuida a Friedrich Engels por la MEGA² (I/10). Traducida del original de la revista (reimpresión facsímil de Merlin Press, Londres, 1968, en Internet Archive) por la Escuela de marxismo, 2026. Texto original en inglés.
(De nuestro corresponsal.)
Signos de los tiempos. La revolución esperada.
París, 19 de febrero de 1850.
Tengo que limitar algo el espacio de esta carta, pero los hechos ocurridos en el curso de este mes son tan llamativos que hablarán por sí mismos. La revolución avanza con tanta rapidez que todo el mundo tiene que ver que se acerca. En todas las esferas de la sociedad se habla de ella como inminente, y todos los periódicos extranjeros, aunque sean contrarios a la democracia, la declaran inevitable. Más aún, puede preverse casi con certeza que, si ningún acontecimiento inesperado da un giro a los asuntos públicos, la gran contienda entre los traficantes del orden coaligados y la inmensa mayoría del pueblo difícilmente podrá aplazarse más allá de finales de esta primavera. Y cuál será el resultado de esa contienda es cosa que no admite duda. El pueblo de París está tan seguro de tener muy pronto el motivo más espléndido para una revolución que haya tenido nunca, que entre él corre una consigna general: «Evitad toda pequeña pendencia, someteos a todo lo que no os plantee una cuestión vital». Así, con todos sus esfuerzos, el otro día, cuando se talaron los árboles de la libertad, el gobierno no consiguió provocar a los trabajadores ni siquiera a una pequeña reyerta callejera, y los individuos que bailaban alrededor del árbol de la Porte Saint-Martin, que su London Illustrated News representó de manera tan terrorífica, eran un grupo de espías de la policía que perdieron todo el jornal por la sangre fría del pueblo. Así, a pesar de lo que digan en contra los periódicos del gobierno, el 24 de este mes pasará con toda tranquilidad. El gobierno daría casi cualquier cosa por tener un tumulto en París, con algunas conspiraciones y levantamientos ficticios en los departamentos, para imponer el estado de sitio a la capital y a los departamentos que el 10 de marzo tienen que elegir nuevos diputados en lugar de los condenados de Versalles. Una palabra sobre el nuevo sistema de despotismo militar. Para mantener sometidas a las provincias, el gobierno ha inventado el nuevo sistema de los comandantes en jefe. Ha reunido un número de las diecisiete divisiones militares de Francia en cuatro grandes distritos, cada uno de los cuales estará bajo el mando de un solo general, que tiene así casi el poder arbitrario de un sátrapa oriental o de un procónsul romano. Estos cuatro distritos militares están dispuestos de tal modo que rodean París y todo el centro de Francia como con un círculo de hierro, para mantenerlo sometido. Esta medida, ilegal como es, se ha adoptado sin embargo no solo por causa del pueblo, sino también por causa de la oposición burguesa. Los partidos legitimista y orleanista ven ahora con bastante claridad que Luis Napoleón les sirve muy mal. Lo querían como medio para restablecer la monarquía, como un instrumento que se arrincona cuando está gastado, y ahora lo ven aspirar a un trono para sí mismo e ir bastante más deprisa de lo que ellos quieren. Saben muy bien que en este momento la monarquía no tiene ninguna posibilidad y que tienen que esperar; y, sin embargo, Luis Napoleón hace todo lo que puede por llegar a un desenlace y por arriesgar una revolución que puede costarle la cabeza, antes que esperar su momento. Saben también que ninguno de los dos partidos, ni el legitimista ni el orleanista, ha ganado tanto terreno sobre el otro como para hacer de la victoria de uno de ellos una necesidad innegable, y, como antes del 10 de diciembre de 1848, quieren otro hombre neutral que, mientras ellos esperan el curso de los acontecimientos, gobierne según los intereses comunes de ambos. Así, estos dos partidos, las únicas fracciones importantes de los traficantes del orden, están ahora en contra de la prolongación de la presidencia de Luis Napoleón, aunque hace cuatro meses habrían hecho cualquier cosa por sacarla adelante; están de nuevo, por una vez, por el terreno neutral de la república, con el general Changarnier como presidente. Changarnier parece estar en el complot; y Napoleón, que no se fía de él pero no se atreve a destituirlo de su proconsulado de París, le ha puesto los cuatro distritos militares como un grillete alrededor. Esto puede explicar por qué el discurso del señor Pascal Duprat (un traidor de junio del 48 que ahora vuelve a cortejar la popularidad) contra el nuevo sistema militar y contra el propio Luis Napoleón fue escuchado con mucha tolerancia por la mayoría. En esta ocasión hubo dos incidentes curiosos. Cuando el señor Duprat dijo, según un periódico, que Luis Napoleón tenía que elegir entre la posición de su tío o la de Washington, una voz de la izquierda gritó: «¡O la del emperador Soulouque de Haití!». Una carcajada general acogió esta comparación del aspirante a emperador francés con un personaje que como ningún otro ofrece materia de burla a todos los Charivaris de París; y, sin embargo, ni siquiera el presidente de la Asamblea intervino. ¡Ya ven ustedes lo que piensa de Luis Napoleón incluso esta preciosa mayoría! El ministro de la Guerra se levantó entonces y, volviéndose hacia la izquierda, terminó un discurso violentísimo con estas palabras: «Y ahora, señores, si quieren ustedes empezar, ¡estamos preparados!». Esta expresión del ministro les mostrará mejor que nada hasta qué punto se espera en general una lucha violenta.
Entretanto, el partido socialdemócrata se prepara activamente para las elecciones. Aunque los «honestos y moderados» tienen alguna posibilidad de elegir a uno o dos de sus candidatos en París, donde unos sesenta mil obreros han sido borrados del censo electoral con diversos pretextos, no hay duda de que los socialistas obtendrán un triunfo señalado en los departamentos. El propio gobierno lo espera. Por eso ha preparado una medida para acabar con lo que ahora se llama abiertamente la conspiración del «sufragio universal». Se propone hacer indirecto el sufragio: los votantes elegirían un número limitado de electores, que a su vez nombrarían al representante. En esto el gobierno está seguro del apoyo de la mayoría. Pero como esto equivale a un derrocamiento abierto de la Constitución, que no puede revisarse antes de 1851 y solo por una asamblea elegida a tal efecto, espera una resistencia violenta por parte del pueblo. A este se le intimidará, por tanto, con la aparición de los ejércitos extranjeros en el Rin en el momento en que la medida se presente a la Cámara. Si esto llega a ocurrir —y Luis Napoleón parece lo bastante necio para arriesgar algo así—, pueden ustedes esperar oír algo parecido al trueno de una revolución. ¡Y entonces, que el Señor tenga piedad de las almas de todos los Napoleones, Changarniers y traficantes del orden!