Carta publicada sin firma en The Democratic Review (Londres), abril de 1850, pp. 435-437; fechada en París el 22 de marzo de 1850; atribuida a Friedrich Engels por la MEGA² (I/10). Traducida del original de la revista (reimpresión facsímil de Merlin Press, Londres, 1968, en Internet Archive) por la Escuela de marxismo, 2026. Texto original en inglés.
Los electores. Gloriosa victoria de los rojos. Ascenso proletario. Consternación de los traficantes del orden. Nuevos planes de represión y provocaciones a la revolución.
París, 22 de marzo de 1850.
¡Victoria! ¡Victoria! El pueblo ha hablado, y ha hablado tan alto que el artificioso edificio del dominio burgués y de las intrigas burguesas se ha estremecido hasta sus cimientos. Carnot, Vidal, Deflotte, representantes del pueblo por París, elegidos con entre 127.000 y 132.000 votos: esa es la respuesta del pueblo a las odiosas provocaciones del gobierno y de la mayoría parlamentaria. Carnot, el único hombre de la fracción del «National» que, bajo el gobierno provisional, en lugar de halagar a la burguesía, se atrajo una buena parte de su odio; Vidal, comunista declarado desde hace mucho; Deflotte, vicepresidente del club de Blanqui, uno de los primeros y más activos invasores de la Asamblea el 15 de mayo de 1848, en el junio siguiente uno de los principales combatientes de las barricadas, condenado a deportación, y que ahora pasa directamente de los pontones al palacio legislativo: ¡en verdad, esta composición es significativa! Muestra que, si el triunfo del partido rojo se debe a la unión de la pequeña clase comerciante con los proletarios, esta unión se basa en condiciones totalmente distintas de las de aquella alianza momentánea que llevó al derrocamiento de la monarquía. Entonces era la pequeña clase comerciante, la pequeña burguesía, la que, en el gobierno provisional y aún más en la asamblea constituyente, tomó la delantera y muy pronto apartó la influencia de los proletarios. Ahora, al contrario, los obreros son los dirigentes del movimiento, y la pequeña burguesía, igualmente oprimida y arruinada por el capital y recompensada con la bancarrota por los servicios prestados en junio de 1848, se ve reducida a seguir la marcha revolucionaria de los proletarios. Los campesinos están en la misma situación, y así toda la masa de las clases que ahora se oponen al gobierno —y forman la inmensa mayoría de los franceses— está encabezada y dirigida por la clase proletaria, y se ve obligada a confiar, para su propia emancipación de la presión del capital, en la emancipación total y completa de los obreros.
También las elecciones en los departamentos han sido muy favorables al partido rojo. Este ha sacado dos tercios de sus candidatos; los traficantes del orden, un tercio de los suyos.
Este partido, o agregado de partidos, ha entendido admirablemente la clara indirecta que le ha dado el pueblo. Ve ahora la ruina segura ante sus ojos si deja que las elecciones generales de 1852, tanto para la asamblea como para el nuevo presidente, se celebren con el actual sistema de sufragio. Sabe que el pueblo se agrupa tan deprisa en torno a la bandera roja que le será imposible seguir gobernando ni siquiera hasta esa fecha. De un lado, el presidente de la asamblea; del otro, la inmensa masa del pueblo, que cada día se organiza con más fuerza en una falange invencible. Así, el conflicto es inevitable, y cuanto más esperen los traficantes del orden, mayor será la esperanza de victoria del pueblo. Lo saben, y por eso tienen que asestar el golpe decisivo lo antes posible. Provocar una insurrección lo antes posible y combatirla hasta el extremo es la única posibilidad que les queda. La «Santa Alianza», además, después de las elecciones del 10 de marzo, ya no puede tener dudas sobre el camino que debe seguir. Suiza queda ahora fuera de la cuestión. La Francia revolucionaria vuelve a alzarse ante ella en toda su terrible grandeza. A Francia, pues, hay que atacarla, y lo antes posible. La «Santa Alianza» anda escasa de dinero, y ahora hay muy pocas probabilidades de conseguir nuevas provisiones de esa deseable mercancía. Los distintos ejércitos no pueden mantenerse en casa por mucho más tiempo; o se licencian, o hay que hacer que se mantengan a sí mismos acuartelándose a costa del enemigo. Así, ya ven ustedes que, si en mi última carta les dije que la revolución y la guerra se acercaban rápidamente, los acontecimientos están confirmando plenamente mi predicción.
Los traficantes del orden han dejado de nuevo de lado, por el momento, sus riñas de partido. Se han vuelto a unir para atacar al pueblo. Cambian la guarnición de París, de la que tres cuartas partes votaron por la lista roja; y ayer el gobierno presentó en la asamblea una ley que restablece el timbre de los periódicos, otra que duplica la fianza que han de depositar todos los periódicos y una tercera que suspende la libertad de las reuniones electorales. Seguirán otras leyes: una que faculta a la policía para expulsar de París a todo obrero que no haya nacido allí; otra que faculta al gobierno para deportar sin juicio a Argel a todo ciudadano al que se haya probado que es miembro de una sociedad secreta, y muchas más, y todo ello coronado por un ataque más o menos directo al sufragio universal. Así, ya ven ustedes, provocan la revuelta derribando todos los derechos y privilegios de las clases trabajadoras. La revuelta vendrá, y el pueblo, unido a la masa de la guardia nacional, derribará muy pronto ese infame gobierno de clase que, en su completa impotencia para hacer otra cosa que oprimir odiosamente, tiene, sin embargo, ¡¡¡la desvergüenza de llamarse a sí mismo el «Salvador de la sociedad»!!!