Carta publicada sin firma («From our own Correspondent») en The Democratic Review (Londres), mayo de 1850, pp. 471-473; fechada en París el 20 de abril de 1850; atribuida a Friedrich Engels por la MEGA² (I/10). Traducida del original de la revista (reimpresión facsímil de Merlin Press, Londres, 1968, en Internet Archive) por la Escuela de marxismo, 2026. Texto original en inglés.

(De nuestro corresponsal.)

París, 20 de abril de 1850.

El estallido de la revolución, que se ha vuelto inevitable desde las elecciones del 10 de marzo, se ha retrasado por la cobardía tanto del gobierno como de los hombres que, por el momento, han tomado la dirección del movimiento de París. El gobierno y la Asamblea Nacional quedaron tan aterrados por la votación del 10 de marzo y por las repetidas pruebas de espíritu de motín en el ejército, que no se atrevieron a tomar de inmediato ninguna resolución. Decidieron aprobar nuevas leyes represivas, cuya lista les di en mi última carta; pero si el ministerio y algunos de los dirigentes de la mayoría confiaban en estas medidas, el grueso de los diputados no confiaba, e incluso el gobierno perdió muy pronto de nuevo la confianza. Así, las más severas de estas leyes represivas no se presentaron, e incluso las que se presentaron —las leyes sobre la prensa y sobre las reuniones electorales— tuvieron una acogida muy dudosa por parte de la mayoría.

El partido socialista, por su parte, no aprovechó la victoria como debía. La razón es muy sencilla. Este partido no se compone solo de los obreros, sino que incluye ahora también a la gran masa de la clase tendera, una clase cuyo socialismo es, en efecto, bastante más manso que el de los proletarios. Los tenderos y pequeños comerciantes saben muy bien que su propia salvación de la ruina depende por completo de la emancipación de los proletarios, que sus intereses están indisolublemente ligados a los de los obreros. Pero saben también que, si los proletarios conquistaran el poder político mediante una revolución, ellos, los tenderos, quedarían completamente apartados y reducidos a aceptar de manos de la clase obrera lo que esta quisiera darles. Si, por el contrario, el gobierno actual es derribado por medios pacíficos, los tenderos y pequeños comerciantes, por ser la menos odiosa de las clases que hoy están en la oposición, entrarían muy tranquilamente a hacerse cargo del gobierno, dando al mismo tiempo a los trabajadores la parte más pequeña posible de él. La pequeña clase comerciante, pues, estaba tan aterrada por su propia victoria como el gobierno por su propia derrota. Vio alzarse una revolución ante sus ojos y se esforzó inmediatamente por impedirla. Tenía a mano un medio para ello. El ciudadano Vidal, además de por París, había sido elegido también por el Bajo Rin. Consiguieron que aceptara el escaño del Bajo Rin, y así tiene que haber una nueva elección en París. Pero es evidente que, mientras se dé al pueblo la oportunidad de obtener victorias pacíficas, nunca lanzará su grito de «¡a las armas!»; o, si a pesar de todo se le provoca a un motín, luchará con muy pocas probabilidades de victoria.

La nueva elección se fijó para el 28 de este mes, y el gobierno aprovechó inmediatamente la posición favorable creada por la amable tenderocracia. Los ministros desenterraron viejos reglamentos de policía para expulsar de París a una serie de obreros que de momento estaban sin trabajo, y demostraron que podían prescindir incluso de la ley propuesta contra las reuniones electorales poniendo fin directamente a todas ellas. El pueblo, sabiendo que la víspera de una elección no podía luchar con ventaja, se sometió. La prensa social y democrática, enteramente en manos de la tenderocracia, hizo, naturalmente, todo lo posible por mantenerlo tranquilo. La conducta de esta prensa ha sido, desde el asunto de los «árboles de la libertad», de lo más infame. Ha habido numerosas ocasiones para que el pueblo se levantara; pero la prensa ha predicado siempre paz y tranquilidad, mientras los representantes de la tenderocracia en el comité electoral y en otros organismos constituidos se han arreglado siempre para reducir las posibilidades de una victoria en la calle abriendo salidas pacíficas a la exasperación popular.

La falsa posición a la que se ha empujado al partido rojo y la ventaja que la nueva elección da a los traficantes del orden se ven claramente en los nombres de los dos candidatos enfrentados. El candidato rojo, Eugène Sue, es un excelente representante de ese socialismo de tenderos, bienintencionado, «zalamero» y sentimental, que, lejos de reconocer la misión revolucionaria de los proletarios, preferiría emanciparlos de mentirijillas bajo el benévolo patrocinio de la pequeña clase comerciante. Como político, Eugène Sue es una nulidad; como manifestación, su candidatura es un paso atrás respecto de la posición conquistada el 10 de marzo. Pero hay que reconocer que, si el socialismo sentimental ha de llevarse el honor del día, su nombre es el más popular que podía presentarse, y tiene muchas probabilidades de salir elegido.

Los traficantes del orden, por su parte, se han recuperado tanto que oponen ahora a Eugène Sue, cuyo nombre no significa nada o muy poco, un nombre que lo significa todo: el señor Leclerc, el lacedemonio burgués de la insurrección de Junio. Leclerc es una respuesta directa a De Flotte, y una provocación directa a los obreros, más directa de lo que pudiera serlo ningún otro nombre. Leclerc candidato por París: es la repetición de las palabras del general D’Hautpoul: «Ahora, señores, cuando gusten ustedes bajar a la calle, ¡estamos preparados!».

La repetición de la elección en París, como ven, no ofrece ninguna ventaja, sino que, al contrario, ya ha puesto en gran desventaja al partido proletario. Pero hay otro hecho que señalar. La elección del 10 de marzo se hizo con el censo antiguo; la del 28 de abril va a celebrarse con el nuevo censo revisado de votantes de 1850, que entró en vigor el 1 de abril; y en este censo revisado hay de veinte a treinta mil obreros borrados con diversos pretextos.

Sin embargo, aunque esta vez los traficantes del orden obtengan una pequeña mayoría, no saldrán ganando. El hecho es que, con el sufragio universal, ya no pueden gobernar Francia. El hecho es que el ejército está muy contagiado de socialismo y solo espera una ocasión para rebelarse abiertamente. El hecho es que los trabajadores de París tienen mejor ánimo que nunca para acabar con el estado de cosas actual. Nunca antes se habían manifestado tan abiertamente como esta vez en las reuniones electorales, hasta que fueron suprimidas. Y el gobierno, obligado a atacar el sufragio universal, dará con ello al pueblo ocasión para un combate en el que los proletarios tienen la victoria asegurada.