Carta publicada sin firma en The Democratic Review (Londres), julio de 1850, vol. II, pp. 77-79; fechada en París el 22 de junio de 1850; atribuida a Friedrich Engels por la MEGA² (I/10). Traducida del original de la revista (reimpresión facsímil de Merlin Press, Londres, 1968, en Internet Archive) por la Escuela de marxismo, 2026. Texto original en inglés.

París, 22 de junio de 1850.

La ley electoral de «reforma» ha sido aprobada, y el pueblo de París no se ha movido. El sufragio universal ha sido destruido sin el menor intento de disturbio o manifestación, y los trabajadores de Francia vuelven a ser lo que eran bajo Luis Felipe: parias políticos, sin derechos reconocidos, sin votos, sin fusiles.

Es realmente un hecho curioso que el sufragio universal en Francia, conquistado con facilidad en 1848, haya sido aniquilado con mucha más facilidad aún en 1850. Tales altibajos, sin embargo, cuadran mucho con el carácter francés y se dan muy a menudo en la historia de Francia. En Inglaterra algo así sería imposible. El sufragio universal, una vez establecido allí, estaría ganado para siempre. Ningún gobierno se atrevería a tocarlo. Figúrense al ministro que fuera lo bastante necio para pensar en serio en restablecer las leyes de cereales. La inmensa carcajada de la nación entera lo derribaría.

El pueblo de París ha cometido, sin duda, un grave error al no aprovechar la ocasión de insurrección que le daba la destrucción del sufragio universal. El ejército estaba bien dispuesto, la pequeña clase comerciante se veía obligada a ir con el pueblo, y la Montaña, más aún, incluso el partido de Cavaignac sabían que, en caso de una insurrección derrotada, se les haría sufrir inevitablemente por ella, tanto si se ponían del lado del pueblo como si no. Así, por lo menos el apoyo moral de la pequeña clase comerciante y de sus órganos parlamentarios, la Montaña, estaba asegurado esta vez en cuanto estallara la insurrección; y con ello se habría quebrado la resistencia de una gran parte del ejército. Pero la ocasión se ha perdido, en parte por la cobardía de los jefes parlamentarios y de la prensa, en parte por el peculiar estado de ánimo en que se encuentra actualmente el pueblo de París.

Los trabajadores de la capital están actualmente en un estado de transición. Los distintos sistemas socialistas que hasta ahora se han discutido entre ellos ya no les bastan; y hay que reconocer que, si se toma junto todo el socialismo sistemático francés, no hay en él mucho de muy revolucionario. Por otra parte, el pueblo, engañado tantas veces por sus jefes, siente una desconfianza tan profunda hacia todos los hombres que alguna vez han actuado como sus dirigentes —sin exceptuar siquiera a Barbès o a Blanqui— que está resuelto a no hacer ningún movimiento para llevar al poder a ninguno de esos dirigentes. Así, todo el movimiento de la clase obrera está a punto de tomar un aspecto distinto, mucho más revolucionario. El pueblo, una vez que piense por sí mismo, libre de la vieja tradición socialista, encontrará pronto fórmulas socialistas y revolucionarias que expresen sus necesidades e intereses con mucha más claridad que todo lo inventado para él por los autores de sistemas y los dirigentes declamadores. Y entonces, llegado así a la madurez, el pueblo estará de nuevo en condiciones de servirse de todo el talento y el valor que se encuentren entre los viejos dirigentes, sin convertirse en la cola de ninguno de ellos. Y este estado del espíritu popular en París explica la indiferencia que el pueblo mostró ante la destrucción del sufragio universal. La gran lucha queda aplazada hasta el día en que uno de los dos poderes rivales del Estado, o ambos, el presidente o la Asamblea, intenten derribar la República.

Y ese día tiene que llegar pronto. Recordarán ustedes lo que se jactaban todos los periódicos reaccionarios del cordial entendimiento entre el presidente y la mayoría. Pues bien, este cordial entendimiento acaba de convertirse en la lucha más encarnizada entre los dos rivales. Al presidente se le había prometido, como precio de su adhesión a la ley electoral, un aumento anual de su sueldo de 3.000.000 de francos (120.000 libras), paga adicional que el endeudado Luis Napoleón necesitaba con la mayor urgencia, además de considerarse el paso preliminar para prolongar su presidencia por diez años. Apenas se había aprobado la ley electoral cuando los ministros se presentaron a pedir los tres millones anuales. Pero de repente la mayoría se asustó. Ellos, que ya no consideran al imbécil Luis Napoleón un pretendiente serio, lejos de estar dispuestos a consentir la prolongación de su presidencia, quieren al contrario librarse de él cuanto antes. Nombran una comisión para que informe sobre el proyecto, y esa comisión informa en contra de su adopción. Gran consternación en el Elíseo Nacional. Napoleón amenaza con abdicar. Es inminente una colisión gravísima entre los dos poderes del Estado. El ministerio, unos cuantos banqueros y otros varios «amigos del orden» se interponen, sin resultado. Se proponen varias «transacciones», en vano. Por fin se llega a una enmienda que parece satisfacer más o menos a todas las partes. La mayoría, no del todo segura de las consecuencias de una ruptura con el presidente, y sin haber cerrado todavía del todo el pacto que ha de unir a legitimistas y orleanistas en un solo partido, parece retroceder un poco y estar dispuesta a conceder el dinero en otra forma. La discusión será el lunes; nadie puede decir cuál será el resultado. Sin embargo, una ruptura seria con Napoleón no entra todavía, creo, en la línea política de la mayoría monárquica.

Del pacto que ha de unir a orleanistas y legitimistas, la rama menor y la mayor de la casa de Borbón, se habla actualmente más que nunca. Es un hecho que se llevan a cabo negociaciones muy activas sobre este asunto. El viaje de los señores Thiers, Guizot y otros al lecho de muerte de Luis Felipe, en St. Leonards, no tenía otro objeto. No les repetiré las diversas versiones sobre el estado de este asunto ni sobre los resultados obtenidos por el viaje mencionado. Los diarios ya han dicho más que suficiente sobre ello. Pero es un hecho que los partidos orleanista y legitimista están en Francia bastante de acuerdo sobre las condiciones, y que la única dificultad es hacer que las dos ramas rivales las adopten. Enrique, duque de Burdeos, será hecho rey, y como no tiene hijos, la adopción del conde de París, nieto de Luis Felipe y heredero del trono por sucesión regular, es cosa casi descontada y no ofrece dificultades. La bandera tricolor, además, se mantendrá. La esperada muerte del viejo Luis Felipe facilitaría esta solución. Él parece haberse sometido a ella, y también el duque de Burdeos parece haber aceptado el acuerdo. La duquesa de Orleans, madre del conde de París, y su cuñado, Joinville, son al parecer los únicos obstáculos en el camino de un arreglo. A Luis Napoleón se le liquidará con diez millones en dinero contante.

No hay duda de que se llegará finalmente a este arreglo, o a otro parecido; y en cuanto se haga, seguirá el ataque directo contra la República. Entretanto, los consejos generales de los departamentos van a abrir un combate preliminar. Acaban de ser convocados antes de su fecha ordinaria de reunión, y se espera que pidan a la Asamblea Nacional la revisión de la Constitución. Lo mismo se pensó el año pasado, pero los propios consejos lo juzgaron prematuro. No hay duda de que esta vez mostrarán bastante más arrojo, sobre todo después del golpe afortunado contra el sufragio. Y entonces llegará para el pueblo la ocasión de mostrar que, si se abstuvo durante un tiempo de mostrar su poder, no está dispuesto a dejarse empujar de nuevo a la época más infame de la Restauración.

P. S. Acabo de leer un pequeño folleto que se vende a tres sous (medio penique) y se reparte gratis con la République. Este folleto contiene las revelaciones más asombrosas sobre las intrigas y conspiraciones de los monárquicos, ya desde la primavera de 1848. Es de un tal Borme, un testigo interrogado en el proceso de Barbès y Blanqui en Bourges. Confiesa ser un agente monárquico a sueldo que en aquel proceso cometió perjurio grave. Sostiene que todo el movimiento del 15 de mayo de 1848 lo originaron los monárquicos, y muchas otras cosas de carácter muy curioso. Hay también algo que concierne al Times. Borme da nombre y dirección. Vive en París. El folleto es de los que tienen que provocar nuevas revelaciones. Le ruego que le preste la mayor atención.