Publicado sin firma en el cuaderno 4 (abril de 1850) de la Neue Rheinische Zeitung. Politisch-ökonomische Revue, que Marx dirigía desde Londres y se imprimía en Hamburgo; la MEW lo recoge entre los escritos de Marx y Engels. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 7 (Berlín, 1960, pp. 299-301), sin su aparato editorial, cotejado con la reimpresión de Franz Mehring (Aus dem literarischen Nachlaß, tomo 3, 1902) para corregir algunas erratas de la transcripción, por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.
La flojera en el partido alemán supuestamente revolucionario es tan grande que cosas que en Francia o en Inglaterra desatarían una tempestad general pasan en Alemania sin que a nadie le extrañe siquiera que aquí encuentren incluso el aplauso general. El señor Waldeck presenta ante los jurados una prueba testifical detallada de que siempre ha sido un buen constitucional, y los demócratas de Berlín lo llevan a casa en triunfo. El señor Grün reniega en Tréveris, en audiencia pública, de la revolución del modo más necio, y el pueblo da la espalda en la sala del tribunal a los proletarios condenados para aclamar al industrial absuelto.1
Un nuevo ejemplo de lo que es posible en Alemania lo proporciona el discurso de defensa que el señor Gottfried Kinkel2 pronunció el 4 de agosto de 1849 ante el consejo de guerra de Rastatt y que ha publicado en la Abend-Post de Berlín del 6 y el 7 de abril de este año.
Sabemos de antemano que, al denunciar ante nuestro partido este discurso del «prisionero» Kinkel, provocaremos la indignación general de los embaucadores sentimentales y de los declamadores demócratas. Nos es completamente indiferente. Nuestra tarea es la crítica implacable, mucho más aún contra los supuestos amigos que contra los enemigos declarados; y al mantener esta posición nuestra, renunciamos con gusto a la barata popularidad democrática. Con nuestro ataque no empeoramos en absoluto la situación del señor Kinkel; lo recomendamos a la amnistía al confirmar su confesión de que no es el hombre por el que se pretende hacerlo pasar, al declarar que es digno no solo de ser amnistiado, sino incluso de entrar al servicio del Estado prusiano. Además, el discurso ya está publicado. Denunciamos ante nuestro partido todo el documento y aquí solo damos los pasajes más contundentes.
«Tampoco he ejercido nunca un mando, de modo que tampoco soy responsable de los actos de otros. Pues rechazo toda asociación de mis actos con la suciedad y el fango que, lo sé, por desgracia se han adherido al final a esta revolución.»
Puesto que el señor Kinkel «entró como soldado raso en la compañía de Besanzón» y aquí arroja una sospecha sobre todos los comandantes, ¿no era su deber exceptuar por lo menos a su superior directo, Willich?3
«Nunca he servido en el ejército, de modo que tampoco he quebrantado ningún juramento a la bandera ni he empleado contra mi patria conocimientos militares adquiridos al servicio de mi patria.»
¿No era esto una denuncia directa contra los antiguos soldados prusianos prisioneros, contra Jansen y Bernigau, que poco después fueron fusilados? ¿No era un pleno reconocimiento de la sentencia de muerte contra Dortu, ya fusilado?4
Además, el señor Kinkel denuncia así ante el consejo de guerra a su propio partido al hablar de planes para ceder a Francia la orilla izquierda del Rin y declararse limpio de esos proyectos criminales. El señor Kinkel sabe muy bien que de la unión de la provincia del Rin a Francia solo se habló en el sentido de que la provincia del Rin, en la lucha decisiva entre revolución y contrarrevolución, se pondría incondicionalmente del lado revolucionario, estuviera representado por franceses o por chinos. Tampoco deja de señalar, a diferencia de los revolucionarios salvajes, su carácter apacible, que le habría permitido estar en buena armonía como hombre, aunque no como hombre de partido, con un Arndt y otros conservadores.
«¡Mi culpa es haber querido todavía en verano lo mismo que en marzo quisieron todos ustedes, lo que en marzo quiso todo el pueblo alemán!»
Se presenta aquí como puro combatiente por la Constitución del Imperio, que nunca quiso nada más que la Constitución del Imperio. Tomamos nota de esta declaración.
El señor Kinkel pasa a hablar de un artículo que escribió sobre un alboroto causado por los soldados prusianos en Maguncia, y dice:
«¿Y qué me ha pasado por ello? Durante esta ausencia mía de casa me han citado por segunda vez ante el tribunal por ese motivo, y como no pude comparecer para defenderme, me han privado, según me han contado hace poco, del derecho de sufragio pasivo durante cinco años. Cinco años de inelegibilidad se han pronunciado contra mí: para un hombre que ya ha tenido una vez el honor de ser diputado, es un castigo durísimo» (!).
«¡Cuántas veces he tenido que oír decir que soy un “mal prusiano”; esas palabras me han herido [...]. ¡Pues bien! Mi partido ha perdido por ahora la partida en la patria. Si la corona de Prusia sigue por fin ahora una política audaz y fuerte, si Su Alteza Real nuestro heredero del trono, el príncipe de Prusia,5 consigue con la espada, pues de otro modo no será, forjar a Alemania en una sola pieza y hacerla grande y respetada ante nuestros vecinos, y asegurar real y duraderamente la libertad interior, levantar de nuevo el comercio y la industria, repartir por igual en toda Alemania la carga militar que ahora pesa demasiado sobre Prusia y, sobre todo, procurar pan a los pobres de mi pueblo, cuyo representante me siento; si su partido logra eso, entonces, ¡por mi juramento!, el honor y la grandeza de mi patria me son más queridos que mis ideales de Estado, y sé apreciar a los republicanos franceses de 1793» (¿Fouché y Talleyrand?)6 «que después, por amor a Francia, se inclinaron voluntariamente ante la grandeza de Napoleón; si esto sucediera y mi pueblo me hiciera de nuevo el honor de elegirme su representante, yo sería uno de los primeros diputados que gritarían con alegre corazón: ¡Viva el Imperio alemán! ¡Viva el Imperio de los Hohenzollern! Si con tales sentimientos se es un mal prusiano, ¡sí!, entonces ciertamente no ansío ser un buen prusiano.»
«Señores, ¡piensen también un poco en la mujer y los hijos que me esperan en casa! cuando pronuncien su sentencia sobre un hombre que hoy, por la mudanza de los destinos humanos, está ante ustedes tan hundido y desdichado.»
El señor Kinkel pronunció este discurso en una época en que veintiséis de sus camaradas fueron condenados a muerte y fusilados por esos mismos consejos de guerra, gente que supo ir al encuentro de las balas de modo muy distinto a como el señor Kinkel fue al encuentro de sus jueces. Por lo demás, cuando se presenta como un hombre del todo inofensivo, tiene toda la razón. Solo por un malentendido fue a parar entre los suyos, y sería una crueldad completamente absurda que el gobierno prusiano lo siguiera reteniendo en presidio.
Benedikt Waldeck (1802-1870), jefe de la izquierda de la Asamblea Nacional prusiana, absuelto en diciembre de 1849; Karl Grün (1817-1887), publicista del «socialismo verdadero», absuelto en Tréveris en el proceso por el asalto al arsenal de Prüm de mayo de 1849. ↩
Gottfried Kinkel (1815-1882), poeta y profesor en Bonn, demócrata; hecho prisionero en la campaña de Baden de 1849, fue condenado a reclusión perpetua y en noviembre de 1850 huyó de la prisión de Spandau. ↩
August Willich (1810-1878), antiguo oficial prusiano, jefe de un cuerpo de voluntarios en la campaña de Baden y el Palatinado, en el que sirvió también Engels como ayudante. ↩
Max Dortu, Ludwig Jansen y Gottlieb Bernigau, combatientes de la campaña de Baden, fusilados por sentencia de los consejos de guerra prusianos en 1849. ↩
Guillermo, príncipe de Prusia (1797-1888), hermano de Federico Guillermo IV, que mandó las tropas que aplastaron el levantamiento de Baden y del Palatinado; más tarde rey de Prusia y emperador alemán. ↩
Joseph Fouché (1759-1820) y Charles-Maurice de Talleyrand (1754-1838), que sirvieron sucesivamente a la revolución, a Napoleón y a la Restauración. ↩