Escrito por Friedrich Engels en Londres entre finales de agosto de 1849 y febrero de 1850 y publicado por primera vez en la Neue Rheinische Zeitung. Politisch-ökonomische Revue (Hamburgo, 1850): la introducción y los capítulos I y II en el cuaderno 1 (enero), el III en el cuaderno 2 (febrero) y el IV en el cuaderno 3 (marzo). Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 7 (Berlín, 1960, pp. 109-197), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras, salvo la señalada como nota de Engels. Texto original en alemán.

Introducción

Hecker, Struve, Blenker, Zitz y Blum,
¡acabad con los príncipes alemanes!1

En este estribillo, que la «milicia popular» del sur de Alemania hizo resonar desde el Palatinado hasta la frontera suiza por todas las carreteras y en todas las tabernas con la conocida melodía de «rodeada por el mar»,2 mitad coral, mitad organillo, en este estribillo se resume todo el carácter del «grandioso levantamiento por la Constitución del Imperio». Aquí tenéis en dos versos a sus grandes hombres, sus fines últimos, la honradez de sus buenas convicciones, su noble odio a los «tiranos» y, al mismo tiempo, toda su comprensión de las relaciones sociales y políticas.

De todos los movimientos y convulsiones que la revolución de febrero y su desarrollo posterior provocaron en Alemania, la campaña por la Constitución del Imperio se distingue por su carácter clásicamente alemán. Su motivo, su aparición, su actitud, todo su curso fueron alemanes de los pies a la cabeza. Así como las jornadas de junio de 1848 señalaron el grado de desarrollo social y político de Francia, la campaña por la Constitución del Imperio señala el grado de desarrollo social y político de Alemania, y en particular del sur de Alemania.

El alma de todo el movimiento fue la clase de la pequeña burguesía, el llamado por excelencia estado llano burgués, y esta clase es precisamente en Alemania, sobre todo en el sur, la predominante. Fue la pequeña burguesía la que, en las Asociaciones de Marzo, en las asociaciones democrático-constitucionales, en las asociaciones patrióticas, en muchísimas de las llamadas asociaciones democráticas y en casi toda la prensa democrática, había prestado a la Constitución del Imperio juramentos del Grütli3 tan multitudinarios como inofensivos y había librado contra los príncipes «renuentes» una lucha cuyo único resultado fue, de momento, claro está, la conciencia edificante del deber cívico cumplido. Fue la pequeña burguesía la que, representada por la izquierda resuelta y la llamada extrema izquierda de la Asamblea de Fráncfort, es decir, especialmente por el Parlamento de Stuttgart y la «Regencia del Imperio»,4 dio a todo el movimiento su cabeza oficial; la pequeña burguesía, en fin, dominó en los comités regionales, los comités de seguridad, los gobiernos provisionales y las constituyentes locales que en Sajonia, en el Rin y en el sur de Alemania se ganaron méritos mayores o menores con la Constitución del Imperio.

La pequeña burguesía, si de ella hubiera dependido, difícilmente habría abandonado el terreno jurídico de la lucha legal, pacífica y virtuosa para empuñar, en lugar de las llamadas armas del espíritu, los mosquetes y los adoquines. La historia de todos los movimientos políticos desde 1830, en Alemania como en Francia e Inglaterra, nos muestra a esta clase siempre fanfarrona, pródiga en protestas solemnes y a ratos incluso extremista de palabra mientras no ve ningún peligro; medrosa, reservada y apaciguadora en cuanto se acerca el menor peligro; asombrada, inquieta, vacilante en cuanto el movimiento que ella misma ha suscitado es recogido y tomado en serio por otras clases; traicionando todo el movimiento por amor de su existencia pequeñoburguesa en cuanto se llega a la lucha con las armas en la mano; y, por último, a consecuencia de su indecisión, siempre la más engañada y maltratada en cuanto ha vencido el partido reaccionario.

Pero detrás de la pequeña burguesía hay siempre otras clases que recogen el movimiento provocado por ella y en su interés, le dan un carácter más definido y más enérgico y tratan, si pueden, de adueñarse de él: el proletariado y una gran parte de los campesinos, a los que, además, suele sumarse por un tiempo la fracción más avanzada de la pequeña burguesía.

Estas clases, con el proletariado de las ciudades grandes a la cabeza, se tomaron las solemnes protestas en favor de la Constitución del Imperio más en serio de lo que convenía a los agitadores pequeñoburgueses. Si los pequeños burgueses, como juraban a cada instante, querían «dar sus bienes y su sangre» por la Constitución del Imperio, los obreros, y en muchas comarcas también los campesinos, estaban dispuestos a hacer lo mismo con una condición, tácita, pero perfectamente conocida por todos los partidos: que, tras la victoria, la pequeña burguesía tendría que defender esa misma Constitución del Imperio frente a esos mismos proletarios y campesinos. Estas clases empujaron a la pequeña burguesía hasta la ruptura abierta con el poder estatal existente. Si no pudieron impedir que sus aliados tenderos los traicionaran ya durante la lucha, tuvieron al menos la satisfacción de que esa traición fuera castigada, tras la victoria de la contrarrevolución, por los propios contrarrevolucionarios.

Por otro lado, al comienzo del movimiento la fracción más resuelta de la burguesía grande y media se sumó también a la pequeña burguesía, exactamente como encontramos en todos los anteriores movimientos pequeñoburgueses de Inglaterra y Francia. La burguesía nunca domina en su conjunto; dejando aparte las castas del feudalismo que aún conserven alguna parte del poder político, incluso la gran burguesía, en cuanto ha vencido al feudalismo, se divide en un partido gobernante y un partido de oposición, representados por lo común por la banca de un lado y por los fabricantes del otro. La fracción opositora y progresista de la burguesía grande y media tiene entonces, frente a la fracción dominante, intereses comunes con la pequeña burguesía y se une a ella para la lucha común. En Alemania, donde la contrarrevolución armada ha restablecido el dominio casi exclusivo del ejército, de la burocracia y de la nobleza feudal, donde la burguesía, pese a las formas constitucionales que aún subsisten, solo desempeña un papel muy subordinado y modesto, hay muchos más motivos todavía para esa alianza. Pero, a cambio, la burguesía alemana es también infinitamente más pusilánime que la inglesa y la francesa, y en cuanto asoma la más mínima posibilidad de que vuelva la anarquía, es decir, la lucha real y decisiva, se retira estremecida de la escena. Así ocurrió también esta vez.

Por lo demás, el momento no era en absoluto desfavorable para la lucha. En Francia estaban próximas las elecciones;5 dieran la mayoría a los monárquicos o a los rojos, tenían que desplazar a los centros de la Constituyente, reforzar a los partidos extremos y provocar una decisión rápida, mediante un movimiento popular, de la lucha parlamentaria, que se había agudizado; en una palabra, tenían que provocar una journée.6 En Italia se combatía bajo los muros de Roma, y la República romana resistía al ejército francés de invasión.7 En Hungría los magiares avanzaban sin cesar; los imperiales habían sido arrojados al otro lado del Váh y del Leitha; en Viena, donde cada día se creía oír el tronar de los cañones, se esperaba a cada momento al ejército revolucionario húngaro; en Galitzia era inminente la llegada de Dembiński con un ejército polaco-magiar,8 y la intervención rusa, lejos de volverse peligrosa para los magiares, parecía más bien convertir la lucha húngara en una lucha europea. Alemania, en fin, estaba en la mayor agitación; los avances de la contrarrevolución, la creciente desvergüenza de la soldadesca, de la burocracia y de la nobleza, las traiciones siempre renovadas de los viejos liberales en los ministerios, los perjurios de los príncipes, que se sucedían con rapidez, echaban en brazos del partido del movimiento a clases enteras de los que hasta entonces habían sido hombres de orden.

En estas circunstancias estalló la lucha que vamos a describir en los fragmentos siguientes.

Lo incompleto y confuso que todavía es el material, la total falta de fiabilidad de casi todas las noticias que se pueden recoger de viva voz y el fin puramente personal en que se basan todos los escritos publicados hasta ahora sobre esta lucha hacen imposible una exposición crítica de todo su curso. En estas circunstancias no nos queda más remedio que limitarnos a contar lo que hemos visto y oído nosotros mismos. Por suerte, esto basta por completo para que se destaque el carácter de toda la campaña; y si, además de la experiencia directa del movimiento sajón, nos falta la de la campaña de Mierosławski en el Neckar,9 puede que la Neue Rheinische Zeitung encuentre pronto ocasión de dar al menos sobre esta última las aclaraciones necesarias.

De los que participaron en la campaña por la Constitución del Imperio, muchos siguen todavía en la cárcel. Otros han tenido ocasión de volver a casa; otros, todavía en el extranjero, esperan esa ocasión cada día, y entre ellos no están los peores. Se comprenderán las consideraciones que debemos a estos compañeros de lucha, y se encontrará natural que callemos algunas cosas; y más de uno, que ya vuelve a estar tranquilo en su tierra, no nos lo tomará a mal si tampoco queremos comprometerlo contando los incidentes en que dio pruebas de un valor verdaderamente brillante.

I. La Prusia renana

Se recordará cómo el levantamiento armado por la Constitución del Imperio estalló a comienzos de mayo, en primer lugar, en Dresde. Se sabe cómo los combatientes de las barricadas de Dresde, apoyados por la población del campo y traicionados por los filisteos de Leipzig, sucumbieron a la superioridad numérica tras seis días de lucha.10 Nunca tuvieron más de 2.500 combatientes, con armas muy heterogéneas, y como toda artillería dos o tres pequeños pedreros. Las tropas reales consistían, además de los batallones sajones, en dos regimientos de prusianos. Tenían a su disposición caballería, artillería, cazadores y un batallón con fusiles de aguja. Las tropas reales parecen haberse comportado en Dresde con más cobardía todavía que en otras partes; pero al mismo tiempo es seguro que los combatientes de Dresde se batieron contra esa superioridad con más valentía de lo que suele haber ocurrido en la campaña por la Constitución del Imperio. Aunque, eso sí, un combate en las calles es también algo muy distinto de un combate en campo abierto.

Berlín permaneció tranquila bajo el estado de sitio y el desarme. Ni siquiera se levantaron los raíles del ferrocarril para detener ya en Berlín los refuerzos prusianos. Breslau intentó un débil combate de barricadas, para el que el gobierno estaba preparado desde hacía tiempo, y con ello no consiguió más que caer con tanta mayor seguridad bajo la dictadura del sable. El resto del norte de Alemania, sin centros revolucionarios, estaba paralizado. Solo se podía contar ya con la Prusia renana y con el sur de Alemania, y en el sur de Alemania el Palatinado se estaba poniendo ya en movimiento.

La Prusia renana ha pasado desde 1815 por una de las provincias más avanzadas de Alemania, y con razón. Reúne dos ventajas que no se encuentran reunidas en ninguna otra parte de Alemania.

La Prusia renana comparte con Luxemburgo, el Hesse renano y el Palatinado la ventaja de haber vivido desde 1795 la Revolución francesa y la consolidación social, administrativa y legislativa de sus resultados bajo Napoleón. Cuando el partido revolucionario sucumbió en París, los ejércitos llevaron la revolución más allá de las fronteras. Ante esos hijos de campesinos recién liberados se dispersaron no solo los ejércitos del Sacro Imperio Romano, sino también el dominio feudal de la nobleza y de los curas. Desde hace dos generaciones, la orilla izquierda del Rin no conoce ya el feudalismo; el noble ha sido despojado de sus privilegios, la propiedad de la tierra ha pasado de sus manos y de las de la Iglesia a las del campesino; el suelo está parcelado y el campesino es propietario libre, como en Francia. En las ciudades, los gremios y el dominio patriarcal de los patricios desaparecieron ante la libre competencia diez años antes que en cualquier otro lugar de Alemania, y el Código de Napoleón sancionó finalmente toda esta situación transformada al compendiar el conjunto de las instituciones revolucionarias.

Pero la Prusia renana posee, en segundo lugar, y en ello reside su principal ventaja sobre los demás territorios de la orilla izquierda del Rin, la industria más desarrollada y variada de toda Alemania. En los tres distritos gubernativos de Aquisgrán, Colonia y Düsseldorf están representadas casi todas las ramas de la industria: la industria algodonera, lanera y sedera de toda clase, junto con las ramas que de ellas dependen, el blanqueo, la estampación y el tinte, la fundición de hierro y la construcción de máquinas, y además la minería, las fábricas de armas y el resto de la industria del metal se concentran aquí en un espacio de pocas millas cuadradas y ocupan a una población de una densidad inaudita en Alemania. Inmediatamente junto a la provincia renana, abasteciéndola de una parte de las materias primas y formando con ella una unidad industrial, se encuentra la comarca del hierro y del carbón de la Marca.11 La mejor vía fluvial de Alemania, la cercanía del mar y la riqueza mineral de la región favorecen a la industria, que además ha hecho surgir numerosos ferrocarriles y sigue completando cada día su red ferroviaria. En interacción con la industria hay un comercio de exportación e importación con todas las partes del mundo, muy extenso para Alemania, un tráfico directo considerable con todos los grandes emporios del mercado mundial y una especulación relativamente importante en productos brutos y en acciones de ferrocarril. En resumen, el grado de desarrollo industrial y comercial de la provincia renana, aunque bastante insignificante en el mercado mundial, es único en Alemania.

La consecuencia de esta industria, que floreció igualmente bajo la dominación revolucionaria francesa, y del comercio relacionado con ella es que en la Prusia renana se ha formado una poderosa gran burguesía industrial y comercial y, frente a ella, un numeroso proletariado industrial, dos clases que en el resto de Alemania solo existen muy aisladamente y en estado embrionario, pero que dominan casi exclusivamente el particular desarrollo político de la provincia renana.

Sobre los demás territorios alemanes revolucionados por los franceses, la Prusia renana tiene la ventaja de la industria; sobre las demás regiones industriales alemanas (Sajonia y Silesia), la de la Revolución francesa. Es la única parte de Alemania cuyo desarrollo social ha alcanzado casi por completo el nivel de la sociedad burguesa moderna: industria desarrollada, comercio extenso, acumulación de capitales, libertad de la propiedad del suelo; una burguesía fuerte y un proletariado masivo en las ciudades, y en el campo el predominio de pequeños campesinos parcelarios, numerosos y endeudados; dominio de la burguesía sobre el proletariado a través de la relación salarial, sobre el campesino a través de la hipoteca, sobre el pequeño burgués a través de la competencia y, por último, sanción del dominio burgués por los tribunales de comercio, los tribunales de fábrica, el jurado burgués y toda la legislación material.

¿Se comprende ahora el odio del renano a todo lo que se llama prusiano? Con la provincia renana, Prusia había incorporado a sus Estados la Revolución francesa, y trató a los renanos no solo como a sometidos y extranjeros, sino incluso como a rebeldes vencidos. Lejos de desarrollar la legislación renana en el sentido de la sociedad burguesa moderna, que no dejaba de desarrollarse, quiso incluso cargar a los renanos con la mezcolanza pedante, feudal y filistea del Derecho Territorial prusiano,12 que apenas sirve ya ni para la Pomerania ulterior.

El vuelco de febrero de 1848 mostró claramente la posición excepcional de la provincia renana. No solo dio a la burguesía prusiana, sino a la burguesía alemana en general, sus representantes clásicos: Camphausen y Hansemann;13 dio al proletariado alemán el único órgano en que estaba representado no ya de palabra o de buena voluntad, sino según sus intereses reales: la Neue Rheinische Zeitung.

Pero ¿cómo es posible que la Prusia renana, pese a todo ello, haya tomado tan poca parte en los movimientos revolucionarios de Alemania?

No se olvide que el movimiento de 1830, en interés del constitucionalismo de frases y de abogados, no podía tener ningún interés para la burguesía renana, ocupada en empresas industriales mucho más reales; que mientras en los pequeños Estados alemanes se soñaba todavía con un imperio alemán, en la Prusia renana el proletariado empezaba ya a enfrentarse abiertamente a la burguesía; que de 1840 a 1847, en la época del movimiento burgués realmente constitucional, la burguesía renana estuvo a la cabeza, y que en marzo de 1848, en Berlín, echó en la balanza un peso decisivo. Pero por qué la Prusia renana nunca pudo imponer nada mediante una insurrección abierta, por qué no fue capaz ni siquiera de llevar a cabo una insurrección general de toda la provincia, lo demostrará mejor que nada la simple exposición de la campaña renana por la Constitución del Imperio.

La lucha acababa de estallar en Dresde; en el Palatinado podía estallar en cualquier momento. En Baden, en Wurtemberg y en Franconia se convocaban asambleas monstruo, y apenas se ocultaba ya que se estaba decidido a dejar que decidieran las armas. En todo el sur de Alemania las tropas vacilaban. Prusia no estaba menos agitada. El proletariado no esperaba más que una ocasión para vengarse del escamoteo de las ventajas que creía haber conquistado en marzo de 1848. La pequeña burguesía se afanaba en todas partes por condensar todos los elementos descontentos en un gran partido de la Constitución del Imperio, cuya dirección esperaba conservar. Los juramentos de mantenerse en pie o caer con la Asamblea de Fráncfort, de dar los bienes y la sangre por la Constitución del Imperio, llenaban todos los periódicos y resonaban en todos los salones de los clubes y en todas las cervecerías.

Entonces el gobierno prusiano abrió las hostilidades llamando a filas a una gran parte de la Landwehr,14 sobre todo en Westfalia y en el Rin. La orden de llamada a filas, en plena paz, era ilegal, y no solo la pequeña burguesía, sino también la burguesía más acaudalada se levantó contra ella.

El concejo municipal de Colonia convocó un congreso de diputados de los concejos municipales renanos. El gobierno lo prohibió; se renunció a la forma y se celebró el congreso pese a la prohibición. Los concejales, representantes de la burguesía grande y media, declararon su reconocimiento de la Constitución del Imperio, exigieron que el gobierno prusiano la aceptara, que el ministerio dimitiera y que se revocara la llamada a filas de la Landwehr, y amenazaron con bastante claridad, en caso de negativa, con la separación de las provincias renanas de Prusia.15

«Habiendo disuelto el gobierno prusiano la Segunda Cámara después de que esta se pronunciara por la aceptación incondicional de la Constitución alemana del 28 de marzo del año en curso, y habiendo privado con ello al pueblo de su representación y de su voz en el presente momento decisivo, los abajo firmantes, concejales de las ciudades y municipios de la provincia renana, se han reunido para deliberar sobre lo que necesita la patria.

La asamblea, bajo la presidencia de los concejales Zell, de Tréveris, y Werner, de Coblenza, y con la asistencia como secretarios de actas de los concejales Boekker, de Colonia, y Bloem II, de Düsseldorf,

ha acordado lo siguiente:

  1. Declara que reconoce como ley definitiva la Constitución del Imperio alemán, tal como fue promulgada por la Asamblea del Imperio el 28 de marzo del año en curso, y que en el conflicto suscitado por el gobierno prusiano se pone del lado de la Asamblea alemana del Imperio.
  1. La asamblea exhorta a todo el pueblo de las tierras del Rin, y en especial a todos los hombres aptos para las armas, a manifestar mediante declaraciones colectivas, en círculos pequeños y grandes, su compromiso y su voluntad inquebrantable de mantenerse fieles a la Constitución alemana del Imperio y de dar cumplimiento a las disposiciones de la Constitución del Imperio.
  1. La asamblea exhorta a la Asamblea alemana del Imperio a hacer ya, sin pérdida de tiempo, esfuerzos más enérgicos para dar a la resistencia del pueblo en los distintos Estados alemanes, y en particular también en la provincia renana, aquella unidad y aquella fuerza que son las únicas capaces de hacer fracasar la contrarrevolución, bien organizada.
  1. Exhorta al poder del Imperio a hacer jurar la Constitución a las tropas del Imperio cuanto antes y a ordenar su concentración.
  1. Los abajo firmantes se comprometen a hacer valer la Constitución del Imperio en el ámbito de sus municipios por todos los medios a su alcance.
  1. La asamblea considera absolutamente necesarios el cese del ministerio Brandenburg-Manteuffel16 y la convocatoria de las Cámaras sin modificar el sistema electoral vigente.
  1. En particular, ve en la reciente llamada a filas parcial de la Landwehr una medida innecesaria y que pone en grave peligro la paz interior, y espera que se revoque de inmediato.
  1. Por último, los abajo firmantes expresan su convicción de que, si no se atiende al contenido de esta declaración, amenazan a la patria los mayores peligros, que podrían comprometer incluso la existencia de Prusia en su composición actual.

Acordado en Colonia el 8 de mayo de 1849.»

(Siguen las firmas.)

Solo añadiremos que el mismo señor Zell que presidió esta asamblea fue pocas semanas después a Baden como comisario del Imperio del ministerio de Fráncfort, no solo para apaciguar allí los ánimos, sino también para concertar con los reaccionarios del lugar los golpes contrarrevolucionarios que más tarde estallaron en Mannheim y en Karlsruhe. Que al mismo tiempo prestara también servicios de espía militar al general del Imperio Peucker17 es, cuando menos, probable.

Insistimos en dejar bien sentado este hecho. La gran burguesía, la flor del liberalismo renano de antes de marzo, trató desde el principio de ponerse en la Prusia renana a la cabeza del movimiento por la Constitución del Imperio. Sus discursos, sus acuerdos, toda su actuación la hacían solidaria de los acontecimientos posteriores. Hubo gente de sobra que se tomó en serio las frases de los señores concejales, en particular la amenaza de separar la provincia renana. Si la gran burguesía iba con el movimiento, el asunto estaba de antemano poco menos que ganado, se tenía con uno a todas las clases de la población y ya se podía arriesgar algo. Así calculaba el pequeño burgués, que se apresuró a adoptar una postura heroica. Ni que decir tiene que su supuesto socio, el gran burgués, no se dejó disuadir en absoluto por ello de traicionarlo a la primera ocasión y de burlarse luego de su estupidez, cuando todo el asunto había terminado de la manera más lamentable.

Entretanto, la agitación crecía sin cesar; las noticias de todas las regiones de Alemania sonaban muy belicosas. Por fin había que proceder a equipar a la Landwehr. Los batallones se reunieron y declararon categóricamente que no se dejarían equipar. Los mayores, sin suficiente apoyo militar, no pudieron hacer nada y se dieron por contentos con salir del paso sin amenazas ni agresiones. Licenciaron a la gente y fijaron un nuevo plazo para el equipamiento.

El gobierno, que habría podido dar fácilmente a los oficiales de la Landwehr el apoyo necesario, dejó a propósito que las cosas llegaran tan lejos. Ahora recurrió de inmediato a la fuerza.

Las Landwehren insumisas pertenecían sobre todo a la región industrial de Berg y la Marca. Elberfeld e Iserlohn, Solingen y la calle del Ennepe18 eran los centros de la resistencia. Inmediatamente se enviaron tropas a las dos primeras ciudades.

A Elberfeld marcharon un batallón del 16.º, un escuadrón de ulanos y dos cañones. La ciudad estaba en la mayor confusión. La Landwehr, pensándolo bien, había llegado a la conclusión de que se estaba jugando una partida arriesgada. Muchos campesinos y obreros eran políticamente indiferentes y simplemente no habían tenido ganas de alejarse de su casa por tiempo indefinido para dar gusto a cualquier capricho del gobierno. Las consecuencias de la insubordinación les pesaban en el corazón: species facti,19 consejo de guerra, pena de cadenas y quizá hasta pólvora y plomo. En suma, el número de hombres de la Landwehr que estaban sobre las armas —las armas las tenían— fue menguando cada vez más, y al final no quedaban más que unos cuarenta. Habían instalado su cuartel general en un local público a las afueras de la ciudad y esperaban allí a los prusianos. En torno al ayuntamiento estaban la milicia ciudadana y dos cuerpos de tiradores ciudadanos, vacilantes, negociando con la Landwehr, resueltos en todo caso a proteger su propiedad. Por las calles se agitaba la población: pequeños burgueses que en el club político habían jurado fidelidad a la Constitución del Imperio, proletarios de todos los grados, desde el obrero resuelto y revolucionario hasta el carretero borracho de aguardiente. Nadie sabía qué había que hacer, nadie qué iba a pasar.

El concejo quería negociar con las tropas. El comandante lo rechazó todo y entró en la ciudad. Las tropas desfilan por las calles y se colocan ante el ayuntamiento, frente a la milicia ciudadana. Se negocia. De la multitud caen pedradas sobre los soldados. La Landwehr, que, como se ha dicho, contaba unos cuarenta hombres, avanza también al encuentro de los soldados desde el otro lado de la ciudad, tras largas deliberaciones.

De pronto, entre el pueblo, se pide a gritos la liberación de los presos. En la cárcel, que está pegada al ayuntamiento, había desde hacía un año 69 obreros de Solingen detenidos por la destrucción de la fundición de acero de Burg.20 Su proceso debía verse a los pocos días. Para liberarlos, el pueblo se precipita hacia la cárcel. Las puertas ceden, el pueblo entra, los presos quedan libres. Pero al mismo tiempo avanzan los soldados, suena una descarga, y el último preso que sale corriendo por la puerta cae con el cráneo destrozado.

El pueblo retrocede, pero al grito de: ¡A las barricadas! En un abrir y cerrar de ojos se atrincheran los accesos al centro de la ciudad. Obreros desarmados los hay de sobra; armados, a lo sumo cincuenta detrás de las barricadas.

Avanza la artillería. Como antes la infantería, también ella dispara demasiado alto, probablemente a propósito. Ambas unidades estaban formadas por renanos o westfalianos y eran buenas. Por fin avanza el capitán von Uttenhoven al frente de la 8.ª compañía del 16.º regimiento.

Detrás de la primera barricada había tres hombres armados. «No disparéis contra nosotros», gritan, «¡solo disparamos contra los oficiales!» El capitán ordena alto. «Si mandas apuntar, caes muerto», le grita un tirador desde detrás de la barricada. «¡Preparen... apunten... fuego!» Truena la descarga, pero en ese mismo instante se desploma el capitán. La bala le había atravesado el corazón.

El pelotón se retira a toda prisa; ni siquiera se llevan el cadáver del capitán. Caen todavía unos cuantos disparos, hay algunos soldados heridos, y el oficial al mando, que no quiere pasar la noche en la ciudad sublevada, vuelve a salir para vivaquear con sus tropas a una hora de la ciudad. Detrás de los soldados se levantan en el acto barricadas por todas partes.

Esa misma tarde llegó a Düsseldorf la noticia de la retirada de los prusianos. Se formaron numerosos grupos en las calles; la pequeña burguesía y los obreros estaban en la mayor agitación. Entonces el rumor de que iban a enviarse nuevas tropas a Elberfeld dio la señal del estallido. Sin pensar en la falta de armas —la milicia ciudadana estaba desarmada desde noviembre de 1848—, ni en la guarnición, relativamente fuerte, ni en las calles anchas y rectas, desfavorables, de la pequeña ex capital,21 algunos obreros llamaron a las barricadas. En la Neustraße y en la Bolkerstraße se levantaron algunos parapetos; el resto de la ciudad quedó despejado, en parte por las tropas, acuarteladas de antemano, y en parte por el miedo de la burguesía grande y pequeña.

Hacia el atardecer se trabó la lucha. Los combatientes de las barricadas eran, aquí como en todas partes, poco numerosos. ¿De dónde iban a sacar armas y municiones? Lo cierto es que opusieron a la superioridad numérica una resistencia larga y valiente, y solo tras un uso masivo de la artillería, hacia el amanecer, la media docena de barricadas que se podían defender estuvo en manos de los prusianos. Se sabe que al día siguiente estos héroes precavidos se tomaron una sangrienta revancha con criadas, ancianos y gente pacífica en general.

El mismo día en que los prusianos fueron rechazados en Elberfeld, un batallón, si no nos equivocamos del 13.º regimiento, debía entrar también en Iserlohn y poner en razón a la Landwehr del lugar. Pero también aquí se frustró el plan; en cuanto se supo que se acercaban los soldados, la Landwehr y el pueblo atrincheraron todos los accesos a la ciudad y esperaron al enemigo con el fusil cargado. El batallón no se atrevió a atacar y volvió a retirarse.

La lucha de Elberfeld y Düsseldorf y las barricadas de Iserlohn dieron la señal del levantamiento de la mayor parte de la región industrial de Berg y la Marca. Los de Solingen asaltaron el arsenal de Gräfrath y se armaron con los fusiles y cartuchos que sacaron de él; los de Hagen se sumaron en masa al movimiento, se armaron, ocuparon los pasos del Ruhr y enviaron patrullas de reconocimiento; Solingen, Ronsdorf, Remscheid, Barmen, etc., mandaron sus contingentes a Elberfeld. En las demás localidades de la región, la Landwehr se declaró a favor del movimiento y se puso a disposición de la Asamblea de Fráncfort. Elberfeld, Solingen, Hagen e Iserlohn pusieron comités de seguridad en el lugar de las autoridades de distrito y locales expulsadas.

Las noticias de estos sucesos, naturalmente, se exageraron todavía de manera desmesurada. Se pintaba toda la comarca del Wupper y del Ruhr como un gran campamento organizado de la insurrección, se hablaba de quince mil hombres armados en Elberfeld y de otros tantos en Iserlohn y en Hagen. El súbito espanto del gobierno, que paralizó de golpe toda su actividad frente a este levantamiento de los distritos más leales, contribuyó no poco a hacer creíbles esas exageraciones.

Hechos todos los descuentos razonables por las probables exageraciones, quedaba un hecho innegable: las principales localidades de la región industrial de Berg y la Marca estaban en plena insurrección abierta, victoriosa hasta entonces. Ese hecho estaba ahí. A ello se sumaban las noticias de que Dresde resistía todavía, de que Silesia estaba en fermentación, de que el movimiento del Palatinado se consolidaba, de que en Baden había estallado una sublevación militar victoriosa y el gran duque había huido,22 de que los magiares estaban en el Jablunka y en el Leitha. En resumen, de todas las oportunidades revolucionarias que se le habían ofrecido al partido democrático y al partido obrero desde marzo de 1848, esta era con mucho la más ventajosa, y naturalmente había que aprovecharla. La orilla izquierda del Rin no podía dejar en la estacada a la derecha.

¿Qué había que hacer, pues?

Todas las ciudades mayores de la provincia renana son o bien fortalezas dominadas por fuertes ciudadelas y fuertes, como Colonia y Coblenza, o bien tienen numerosas guarniciones, como Aquisgrán, Düsseldorf y Tréveris. Además, la provincia está sujeta por las fortalezas de Wesel, Jülich, Luxemburgo, Saarlouis e incluso por Maguncia y Minden. En estas fortalezas y guarniciones había en total al menos treinta mil hombres. Colonia, Düsseldorf, Aquisgrán y Tréveris, por último, estaban desarmadas desde hacía bastante tiempo. Los centros revolucionarios de la provincia estaban, pues, paralizados. Todo intento de insurrección tenía que acabar aquí, como ya se había visto en Düsseldorf, con la victoria de los soldados; una victoria más de ese tipo, por ejemplo en Colonia, y la insurrección de Berg y la Marca quedaba moralmente aniquilada, pese a las noticias favorables de otras partes. En la orilla izquierda del Rin era posible un movimiento en el Mosela, en el Eifel y en la región industrial de Krefeld; pero esa comarca estaba cercada por seis fortalezas y tres ciudades de guarnición. La orilla derecha del Rin, en cambio, ofrecía en los distritos ya sublevados un terreno densamente poblado, extenso y, por sus bosques y montañas, como hecho a propósito para la guerra insurreccional.

Si se quería apoyar a los distritos sublevados, solo había, por tanto, una posibilidad:

ante todo, evitar en las fortalezas y ciudades de guarnición todo alboroto inútil;

en la orilla izquierda del Rin, en las ciudades pequeñas, en las localidades fabriles y en el campo, hacer una diversión para tener en jaque a las guarniciones renanas;

por último, lanzar todas las fuerzas disponibles al distrito sublevado de la orilla derecha del Rin, extender la insurrección y tratar de organizar allí, con ayuda de la Landwehr, el núcleo de un ejército revolucionario.

Que los nuevos héroes prusianos de las revelaciones no se alegren demasiado pronto por la conjura de alta traición aquí revelada. Por desgracia no existió ninguna conjura. Las tres medidas anteriores no son un plan de conspiración, sino una simple propuesta que partió del autor de estas líneas, precisamente en el momento en que él mismo salía hacia Elberfeld para impulsar la ejecución del tercer punto. Gracias a la organización desintegrada del partido democrático y del partido obrero, gracias a la indecisión y a la prudente reserva de la mayoría de los dirigentes locales salidos de la pequeña burguesía, gracias, en fin, a la falta de tiempo, no se llegó siquiera a conspirar. Si en la orilla izquierda del Rin llegó a iniciarse, efectivamente, una diversión, si en Kempen, Neuss y sus alrededores estallaron disturbios y en Prüm se asaltó el arsenal,23 estos hechos no fueron en modo alguno consecuencia de un plan común; los provocó únicamente el instinto revolucionario de la población.

En los distritos sublevados, entretanto, las cosas tenían un aspecto muy distinto del que suponía el resto de la provincia. Elberfeld, con sus barricadas, por lo demás levantadas sin el menor plan y a toda prisa, con sus numerosos puestos de guardia, patrullas y demás hombres armados, con toda la población en la calle, donde solo parecía faltar la gran burguesía, con las banderas rojas y tricolores,24 no tenía mal aspecto, pero por lo demás en la ciudad reinaba la mayor confusión. La pequeña burguesía había tomado en sus manos la dirección de los asuntos por medio del Comité de Seguridad, formado ya en el primer momento. Apenas había llegado a eso, ya se asustó de su propio poder, por pequeño que fuera. Su primer acto fue hacerse legitimar por el concejo, es decir, por la gran burguesía, y, en agradecimiento por la amabilidad del concejo, admitir a cinco de sus miembros en el Comité de Seguridad. Este Comité de Seguridad, así reforzado, se desembarazó en el acto de toda actividad peligrosa, encomendando a una comisión militar el cuidado de la seguridad exterior y reservándose una vigilancia moderadora y entorpecedora sobre esa comisión. Puestos así a salvo de todo contacto con la insurrección, trasplantados por los propios padres de la ciudad al terreno jurídico, los temblorosos pequeños burgueses del Comité de Seguridad podían limitarse a calmar los ánimos, despachar los asuntos corrientes, aclarar «malentendidos», apaciguar, dar largas al asunto y paralizar toda actividad enérgica con el pretexto de que antes había que esperar la respuesta a las diputaciones enviadas a Berlín y a Fráncfort. El resto de la pequeña burguesía iba, naturalmente, de la mano del Comité de Seguridad, apaciguaba en todas partes, impedía en lo posible que continuaran las medidas de defensa y el armamento y vacilaba sin cesar sobre el límite de su participación en la insurrección. Solo una pequeña parte de esta clase estaba resuelta a defenderse con las armas en la mano si la ciudad era atacada. La gran mayoría trataba de convencerse de que sus meras amenazas y el temor a un bombardeo casi inevitable de Elberfeld moverían al gobierno a hacer concesiones; por lo demás, se guardaba las espaldas para cualquier eventualidad.

La gran burguesía, en el primer momento tras el combate, se quedó como fulminada. Veía surgir de la tierra, ante su fantasía aterrada, incendios, asesinatos, saqueos y quién sabe qué horrores. Por eso la constitución del Comité de Seguridad, cuya mayoría —concejales, abogados, fiscales, gente sensata— le ofrecía de pronto una garantía para la vida y la propiedad, la llenó de un entusiasmo más que fanático. Los mismos grandes comerciantes, tintoreros de rojo turco y fabricantes que hasta entonces habían tachado a los señores Karl Hecker, Riotte, Höchster, etc.,25 de terroristas sanguinarios, corrieron ahora en masa al ayuntamiento, abrazaron con la más febril efusión a esos mismos supuestos bebedores de sangre y depositaron miles de táleros sobre la mesa del Comité de Seguridad. Ni que decir tiene que esos mismos entusiastas admiradores y sostenedores del Comité de Seguridad, una vez terminado el movimiento, difundieron las mentiras más necias y viles no solo sobre el propio movimiento, sino también sobre el Comité de Seguridad y sus miembros, y dieron las gracias a los prusianos con la misma efusión por haberlos liberado de un terrorismo que nunca había existido. Inocentes ciudadanos constitucionales como los señores Hecker, Höchster y el fiscal Heintzmann fueron pintados de nuevo como hombres del Terror y antropófagos que llevaban escrito en la cara su parentesco con Robespierre y Danton. Consideramos un deber, por nuestra parte, absolver por completo de esa acusación a los mencionados hombres de bien. Por lo demás, la mayor parte de la alta burguesía se puso lo antes posible, con mujer e hijos, bajo la protección del estado de sitio de Düsseldorf, y solo la parte menor y más valiente se quedó para proteger su propiedad en cualquier caso. El alcalde se pasó la insurrección escondido en un coche de punto volcado y cubierto de estiércol. El proletariado, unido en el momento de la lucha, se dividió en cuanto se puso de manifiesto la vacilación del Comité de Seguridad y de la pequeña burguesía. Los artesanos, los obreros fabriles propiamente dichos y una parte de los tejedores de seda estaban decididamente a favor del movimiento; pero ellos, que formaban el núcleo del proletariado, casi no tenían armas. Los tintoreros de rojo, una clase obrera robusta y bien pagada, tosca y por eso reaccionaria, como todas las fracciones de obreros en cuyo oficio cuenta más la fuerza física que la habilidad, se habían vuelto completamente indiferentes ya en los primeros días. Fueron los únicos de todos los obreros industriales que siguieron trabajando durante los días de las barricadas sin dejarse perturbar. El lumpenproletariado, por último, fue como en todas partes venal desde el segundo día del movimiento: por la mañana pedía armas y soldada al Comité de Seguridad, y por la tarde se dejaba comprar por la gran burguesía para proteger sus edificios o para derribar las barricadas por la noche. En conjunto estuvo del lado de la burguesía, que era la que mejor le pagaba y con cuyo dinero se dio la gran vida mientras duró el movimiento.

La negligencia y la cobardía del Comité de Seguridad y la desunión de la comisión militar, en la que el partido de la inactividad tuvo al principio la mayoría, impidieron desde el primer momento toda actuación decidida. A partir del segundo día empezó la reacción. Desde el principio se vio que en Elberfeld solo se podía contar con el éxito bajo la bandera de la Constitución del Imperio, solo de acuerdo con la pequeña burguesía. El proletariado, por un lado, precisamente aquí, hacía demasiado poco tiempo que había sido arrancado del cenagal del aguardiente y del pietismo para que hubiera podido penetrar en las masas la menor idea de las condiciones de su emancipación; por otro lado, tenía un odio demasiado instintivo a la burguesía y era demasiado indiferente a la cuestión burguesa de la Constitución del Imperio para entusiasmarse por intereses tricolores de ese tipo. El partido resuelto, el único que se tomaba en serio la defensa, quedó así en una posición falsa. Se declaró a favor de la Constitución del Imperio. Pero la pequeña burguesía desconfiaba de él, lo difamaba ante el pueblo de todas las maneras y entorpecía todas sus medidas de armamento y fortificación. Cualquier orden que pudiera servir para poner de verdad la ciudad en estado de defensa era revocada en el acto por el primer miembro del Comité de Seguridad que se presentara. Cualquier filisteo al que le ponían una barricada delante de la puerta corría enseguida al ayuntamiento y se procuraba una contraorden. Los medios para pagar a los obreros de las barricadas —y solo pedían lo indispensable para no morirse de hambre— solo se podían arrancar al Comité de Seguridad con esfuerzo y en la medida más escasa. La soldada y la manutención de los hombres armados se atendían de manera irregular y a menudo insuficiente. Durante cinco o seis días no se consiguió hacer ni una revista ni una lista de los hombres armados, de modo que nadie sabía con cuántos combatientes se podía contar en caso de necesidad. Solo el quinto día se intentó una distribución de los hombres armados, que nunca llegó a ejecutarse y se basaba en un desconocimiento total de las fuerzas. Cada miembro del Comité de Seguridad actuaba por su cuenta. Las órdenes más contradictorias se cruzaban, y en lo único que coincidían la mayoría de ellas era en aumentar la plácida confusión e impedir cualquier paso enérgico. Con ello acabó de quitársele al proletariado el gusto por el movimiento, y a los pocos días los grandes burgueses y los pequeños burgueses consiguieron su objetivo de volver a los obreros lo más indiferentes posible.

Cuando llegué a Elberfeld el 11 de mayo, había por lo menos de 2.500 a 3.000 hombres armados. Pero de ellos solo eran de fiar los refuerzos de fuera y los pocos obreros armados de Elberfeld. La Landwehr vacilaba; la mayoría tenía un pavor tremendo a la pena de cadenas. Al principio eran poco numerosos, pero se reforzaron con la incorporación de todos los indecisos y medrosos de los demás destacamentos. La milicia ciudadana, por último, aquí reaccionaria desde el principio y creada directamente para someter a los obreros, se declaró neutral y solo quería proteger su propiedad. Todo esto, sin embargo, solo se puso de manifiesto en el curso de los días siguientes; mientras tanto, una parte de los refuerzos de fuera y de los obreros se fue dispersando, el número de las fuerzas reales menguó a consecuencia del estancamiento del movimiento, mientras que la milicia ciudadana se mantenía cada vez más unida y expresaba cada día con menos disimulo sus apetitos reaccionarios. En las últimas noches derribó ya cierto número de barricadas. Los refuerzos armados, que al principio pasaban sin duda de 1.000 hombres, se habían reducido ya a la mitad el 12 o el 13, y cuando por fin se hizo una lista general, resultó que toda la fuerza armada con la que se podía contar ascendía a lo sumo a 700 u 800 hombres. La Landwehr y la milicia ciudadana se negaron a presentarse a esa lista.

Y no fue eso todo. Elberfeld sublevada estaba rodeada de localidades todas supuestamente «neutrales». Barmen, Kronenberg, Lennep, Lüttringhausen, etc., no se habían sumado al movimiento. Los obreros revolucionarios de esas localidades, los que tenían armas, habían marchado a Elberfeld. La milicia ciudadana, en todas esas localidades simple instrumento en manos de los fabricantes para mantener sometidos a los obreros y compuesta por los fabricantes, sus capataces y los tenderos que dependían por completo de los fabricantes, dominaba esas localidades en interés del «orden» y de los fabricantes. Los propios obreros, a los que su dispersión de carácter más bien rural había mantenido bastante ajenos al movimiento político, habían sido llevados en parte al lado de los fabricantes por medio de los conocidos medios de coacción y de las calumnias sobre el carácter del movimiento de Elberfeld; entre los campesinos, la calumnia surtía efecto con total seguridad. A ello se sumaba que el movimiento cayó en un momento en que, tras quince meses de crisis comercial, los fabricantes volvían por fin a tener pedidos de sobra, y que, como es sabido, con obreros bien ocupados no se puede hacer una revolución, circunstancia que también en Elberfeld pesó mucho. Es evidente que, en todas estas circunstancias, los vecinos «neutrales» no eran sino otros tantos enemigos encubiertos.

Más aún. La comunicación con los demás distritos sublevados no estaba establecida en absoluto. De vez en cuando llegaba alguno de Hagen; de Iserlohn no se sabía prácticamente nada. Algunos se ofrecían como comisarios, pero no había que fiarse de ninguno. Varios mensajeros entre Elberfeld y Hagen, al parecer, fueron detenidos por la milicia ciudadana en Barmen y sus alrededores. El único lugar con el que se estaba en contacto era Solingen, y allí las cosas estaban exactamente igual que en Elberfeld. Que no estuvieran peor se debía únicamente a la buena organización y a la decisión de los obreros de Solingen, que habían enviado a Elberfeld de 400 a 500 hombres armados, [pero] seguían siendo lo bastante fuertes para contrapesar en casa a su burguesía y a su milicia ciudadana. Si los obreros de Elberfeld hubieran estado tan desarrollados y tan organizados como los de Solingen, las posibilidades habrían sido muy otras.

En estas circunstancias solo quedaba una cosa posible: tomar algunas medidas rápidas y enérgicas que devolvieran la vida al movimiento, le aportaran nuevas fuerzas, paralizaran a sus enemigos internos y lo organizaran con la mayor fuerza posible en toda la región industrial de Berg y la Marca. El primer paso era desarmar a la milicia ciudadana de Elberfeld, repartir sus armas entre los obreros y recaudar un impuesto forzoso para el sustento de los obreros así armados. Este paso rompía decididamente con toda la flojedad anterior del Comité de Seguridad, daba nueva vida al proletariado y paralizaba la capacidad de resistencia de los distritos «neutrales». Lo que hubiera que hacer después para obtener armas también de esos distritos, extender más la insurrección y organizar con regularidad la defensa de todo el distrito dependía del éxito de este primer paso. Por lo demás, con un acuerdo del Comité de Seguridad en la mano y solo con los cuatrocientos de Solingen, la milicia ciudadana de Elberfeld habría quedado desarmada en un abrir y cerrar de ojos. Su heroísmo no merecía mención.

Por la seguridad de los acusados de mayo de Elberfeld que siguen en la cárcel, debo declarar que todas estas propuestas partieron única y exclusivamente de mí. El desarme de la milicia ciudadana lo defendí desde el primer momento en que los recursos del Comité de Seguridad empezaron a agotarse.

Pero el loable Comité de Seguridad no se sintió en absoluto obligado a entrar en semejantes «medidas terroristas». Lo único que conseguí, o mejor dicho, lo que hice ejecutar por mi cuenta con algunos jefes de cuerpo —que escaparon todos felizmente y en parte están ya en América—, fue la recogida de unos ochenta fusiles de la milicia ciudadana de Kronenberg que se guardaban en el ayuntamiento de allí. Y estos fusiles, repartidos con la mayor ligereza, fueron a parar en su mayoría a manos de lumpenproletarios aficionados al aguardiente, que esa misma noche los vendieron a los burgueses. Esos señores burgueses, en efecto, enviaban agentes entre el pueblo para comprar todos los fusiles que pudieran y pagaban por ellos un precio bastante alto. El lumpenproletariado de Elberfeld entregó así a los burgueses varios cientos de fusiles que le habían caído en las manos por la negligencia y el desorden de las autoridades improvisadas. Con estos fusiles se armó a los capataces, a los tintoreros más de fiar, etc., etc., y las filas de la milicia ciudadana «bienpensante» se reforzaron de día en día.

Los señores del Comité de Seguridad respondían a cada propuesta para defender mejor la ciudad que todo eso era inútil, que los prusianos se guardarían muy mucho de venir, que no se atreverían a meterse en los montes, etc. Ellos mismos sabían muy bien que con eso difundían los cuentos más burdos, que la ciudad se podía cañonear desde todas las alturas incluso con artillería de campaña, que no había nada preparado para una defensa mínimamente seria y que, con la insurrección estancada y la colosal superioridad prusiana, ya solo acontecimientos completamente extraordinarios podían salvar el levantamiento de Elberfeld.

El generalato prusiano, sin embargo, tampoco parecía tener muchas ganas de adentrarse en un terreno que le era prácticamente desconocido antes de haber concentrado una fuerza verdaderamente aplastante en cualquier caso. Las cuatro ciudades abiertas de Elberfeld, Hagen, Iserlohn y Solingen impresionaron tanto a estos prudentes héroes de la guerra que hicieron venir de Wesel, de Westfalia y de las provincias orientales, en parte por ferrocarril, un ejército completo de veinte mil hombres con numerosa caballería y artillería y, sin atreverse a atacar, le hicieron formar detrás del Ruhr un despliegue estratégico en toda regla. Mando supremo y estado mayor, ala derecha, centro, todo estaba en el más bello orden, exactamente como si se tuviera enfrente un ejército enemigo colosal, como si se tratara de una batalla contra un Bem26 o un Dembiński, y no de una lucha desigual contra unos cientos de obreros desorganizados, mal armados, casi sin jefes y traicionados por la espalda por los mismos que les habían puesto las armas en la mano.

Se sabe cómo acabó la insurrección. Se sabe cómo los obreros, hartos de las eternas dilaciones, de la cobardía vacilante y del adormecimiento traidor de la pequeña burguesía, salieron por fin de Elberfeld para abrirse paso hasta el primer país en que la Constitución del Imperio les ofreciera alguna protección. Se sabe qué cacería les dieron los ulanos prusianos y los campesinos azuzados. Se sabe cómo, inmediatamente después de su marcha, la gran burguesía volvió a salir arrastrándose, mandó retirar las barricadas y levantó arcos de triunfo a los héroes prusianos que se acercaban. Se sabe cómo Hagen y Solingen fueron entregadas a los prusianos por la traición directa de la burguesía y cómo solo Iserlohn dio dos horas de combate desigual a los vencedores de Dresde, ya cargados de botín, el 24.º regimiento.27

Una parte de los obreros de Elberfeld, Solingen y Mülheim logró pasar al Palatinado. Allí encontraron a sus paisanos, los refugiados del asalto al arsenal de Prüm. Junto con ellos formaron en el cuerpo franco de Willich28 una compañía compuesta casi solo por renanos. Todos sus camaradas tienen que reconocerles que, allí donde entraron en fuego, y en especial en el último combate decisivo en el Murg,29 se batieron con mucha valentía.

La insurrección de Elberfeld merecía una descripción más detallada ya solo porque precisamente aquí la posición de las distintas clases en el movimiento por la Constitución del Imperio se manifestó con más nitidez y llegó más lejos en su desarrollo. En las demás ciudades de Berg y la Marca, el movimiento se pareció por completo al de Elberfeld, solo que allí la participación o no participación de las distintas clases en el movimiento se mezcla más, porque las clases mismas no están tan nítidamente separadas como en el centro industrial del distrito. En el Palatinado y en Baden, donde la gran industria concentrada, y con ella la gran burguesía desarrollada, casi no existe, donde las relaciones de clase se confunden de manera mucho más plácida y patriarcal, la mezcla de las clases que llevaban adelante el movimiento era todavía mucho más confusa. Lo veremos más adelante, pero veremos también al mismo tiempo cómo todos estos ingredientes de la insurrección acaban igualmente por agruparse en torno a la pequeña burguesía como núcleo de cristalización de todo el esplendor de la Constitución del Imperio.

Los intentos de insurrección en la Prusia renana en mayo del año pasado ponen claramente de manifiesto qué posición puede ocupar esta parte de Alemania en un movimiento revolucionario. Cercada por siete fortalezas, tres de ellas de primer orden para Alemania, ocupada permanentemente por casi la tercera parte de todo el ejército prusiano, atravesada en todas direcciones por ferrocarriles, con toda una flota de transportes de vapor a disposición del poder militar, una insurrección renana solo tiene posibilidades de éxito en condiciones completamente extraordinarias. Solo si las ciudadelas están en manos del pueblo pueden los renanos conseguir algo con las armas en la mano. Y esto solo puede ocurrir o bien si el poder militar queda aterrorizado y descabezado por grandes acontecimientos exteriores, o bien si los militares se declaran total o parcialmente por el movimiento. En cualquier otro caso, una insurrección en la provincia renana está perdida de antemano. Una marcha rápida de los badenses sobre Fráncfort y de los palatinos sobre Tréveris habría tenido probablemente como efecto que la insurrección estallara de inmediato en el Mosela y en el Eifel, en Nassau y en los dos Hesses, y que las tropas de los Estados del Rin medio, entonces todavía bien dispuestas, se sumaran al movimiento. No cabe la menor duda de que todas las tropas renanas, y en especial toda la 7.ª y la 8.ª brigadas de artillería, habrían seguido su ejemplo o al menos habrían manifestado sus sentimientos lo bastante alto como para hacer perder la cabeza al generalato prusiano. Probablemente varias fortalezas habrían caído en manos del pueblo, y aunque no Elberfeld, sí se habría salvado en todo caso la mayor parte de la orilla izquierda del Rin. Todo eso, y quizá mucho más, se ha perdido por la política mezquina, de cobardía aldeana y filistea, del sapientísimo Comité Regional de Baden.

Con la derrota de los obreros renanos sucumbió también el periódico en el que solo ellos veían defendidos sus intereses de manera abierta y decidida: la Neue Rheinische Zeitung. El redactor jefe, aunque nacido en la Prusia renana, fue expulsado de Prusia;30 a los demás redactores les esperaba, a unos la detención directa, a otros la expulsión inmediata. La policía de Colonia lo declaró con la mayor ingenuidad y demostró con todo detalle que contra cada uno sabía hechos suficientes para poder intervenir de una manera o de otra. Así pues, el periódico tuvo que dejar de salir en el momento en que la difusión, crecida con una rapidez inaudita, aseguraba más que de sobra su existencia. Los redactores se repartieron por los distintos territorios alemanes sublevados o a punto de sublevarse; varios fueron a París, donde se avecinaba un nuevo momento decisivo. No hay ninguno de ellos que no haya sido detenido o expulsado durante los movimientos de este verano o a consecuencia de ellos y que no haya alcanzado así el destino que la policía de Colonia tuvo la bondad de prepararle. Una parte de los cajistas fue al Palatinado y entró en el ejército.

También la insurrección renana tuvo que tener un final trágico. Después de que tres cuartas partes de la provincia renana fueran declaradas en estado de sitio, después de que cientos de personas fueran a parar a la cárcel, se cierra con el fusilamiento de tres de los asaltantes del arsenal de Prüm en la víspera del cumpleaños de Federico Guillermo III de Hohenzollern.31 Vae victis!32

II. Karlsruhe

La insurrección de Baden se produjo en las circunstancias más favorables en que puede encontrarse una insurrección. Todo el pueblo estaba unido en el odio a un gobierno perjuro, acomodaticio y cruel en sus persecuciones políticas. Las clases reaccionarias, la nobleza, la burocracia y la gran burguesía, eran poco numerosas. Una gran burguesía, en general, solo existe en Baden en estado embrionario. Exceptuando a esos pocos nobles, funcionarios y burgueses, exceptuando a los tenderos de Karlsruhe y Baden-Baden que vivían de la corte y de los extranjeros ricos, exceptuando a algunos profesores de Heidelberg y media docena de aldeas campesinas de los alrededores de Karlsruhe, todo el país estaba unánimemente a favor del movimiento. El ejército, que en otras insurrecciones había que vencer primero, el ejército, vejado por sus oficiales nobles más que en ninguna otra parte, trabajado desde hacía un año por el partido democrático y, desde hacía poco, todavía más impregnado de elementos rebeldes por la introducción de una especie de servicio militar obligatorio general, el ejército se puso aquí a la cabeza del movimiento e incluso lo llevó más allá de lo que querían los dirigentes burgueses de la asamblea de Offenburg.33 Fue precisamente el ejército el que en Rastatt y en Karlsruhe convirtió el «movimiento» en una insurrección.

El gobierno insurreccional encontró, pues, al tomar posesión, un ejército hecho, arsenales bien provistos, una máquina estatal completamente organizada, un tesoro público lleno y una población casi unánime. Encontró además en la orilla izquierda del Rin, en el Palatinado, una insurrección ya hecha que le cubría el flanco izquierdo; en la Prusia renana, una insurrección muy amenazada, pero todavía no vencida; en Wurtemberg, en Franconia, en los dos Hesses y en Nassau, una agitación general, incluso en el ejército, a la que solo le faltaba una chispa para repetir la insurrección de Baden en todo el sur y el centro de Alemania y poner a disposición de la rebelión al menos de 50.000 a 60.000 hombres de tropas regulares.

Lo que había que hacer en esas circunstancias es tan sencillo y palpable que ahora, después de aplastada la insurrección, todo el mundo lo sabe y todo el mundo pretende haberlo dicho desde el principio. Se trataba de llevar la insurrección inmediatamente, sin vacilar un instante, a Hesse, Darmstadt, Fráncfort, Nassau y Wurtemberg. Se trataba de reunir inmediatamente de 8.000 a 10.000 hombres de las tropas regulares disponibles —por ferrocarril podía hacerse en dos días— y lanzarlos sobre Fráncfort, «para proteger a la Asamblea Nacional». El gobierno de Hesse, asustado, estaba como petrificado por los avances de la insurrección, que se sucedían golpe tras golpe; sus tropas estaban notoriamente bien dispuestas hacia los badenses; ni él ni el Senado de Fráncfort podían oponer la menor resistencia. Las tropas del Hesse electoral, de Wurtemberg y de Darmstadt estacionadas en Fráncfort estaban a favor del movimiento; los prusianos de allí, en su mayoría renanos, vacilaban; los austriacos eran poco numerosos. La llegada de los badenses, tanto si se intentaba impedirla como si no, tenía que llevar la insurrección hasta el corazón de los dos Hesses y de Nassau, forzar la retirada de los prusianos y los austriacos a Maguncia y poner a la temblorosa llamada Asamblea Nacional alemana bajo la influencia aterradora de una población sublevada y de un ejército sublevado. Si entonces la insurrección no estallaba inmediatamente en el Mosela, en el Eifel, en Wurtemberg y en Franconia, había medios suficientes para llevarla también a esas provincias.

Había que centralizar además el poder de la insurrección, poner a su disposición los recursos necesarios e interesar en la insurrección a la gran mayoría agrícola de la población aboliendo inmediatamente todas las cargas feudales. La creación de un poder central común para la guerra y las finanzas, con facultades para emitir papel moneda,34 de momento para Baden y el Palatinado, y la abolición de todas las cargas feudales en Baden y en cada distrito ocupado por el ejército insurrecto habrían bastado por lo pronto para dar a la insurrección un carácter muchísimo más enérgico.

Pero todo esto tenía que hacerse en el primer momento, para llevarse a cabo con la rapidez que era lo único que podía asegurar el éxito. Ocho días después de la instauración del Comité Regional ya era demasiado tarde. La insurrección renana estaba aplastada, Wurtemberg y Hesse no se movían, las unidades de tropa favorablemente dispuestas al principio se volvieron inseguras y acabaron por seguir de nuevo por completo a sus oficiales reaccionarios. La insurrección había perdido su carácter alemán general y se había convertido en una insurrección local puramente badense, o badense y palatina.

Según supe después de terminada la lucha, el antiguo subteniente badense F. Sigel,35 que durante la insurrección, como «coronel» y luego como «general en jefe», se ganó unos laureles enanos más o menos dudosos, había presentado al Comité Regional, ya al principio, un plan para tomar la ofensiva. Este plan tiene el mérito de contener la idea acertada de que había que atacar en cualquier caso; por lo demás, es el más aventurero que se podía proponer. Sigel quería marchar primero con un cuerpo badense sobre Hohenzollern36 y proclamar la república hohenzollerniana, luego tomar Stuttgart y desde allí, sublevado Wurtemberg, marchar sobre Núremberg y establecer un gran campamento en el corazón de Franconia, sublevada también. Se ve que este plan pasaba completamente por alto la importancia moral de Fráncfort, cuya posesión era lo único que daba a la insurrección un carácter alemán general, y la importancia estratégica de la línea del Meno. Se ve que suponía unas fuerzas muy distintas de las que realmente estaban disponibles y que, por último, después de una correría completamente quijotesca o a lo Schill,37 se perdía en las nubes para echar inmediatamente sobre los talones de la insurrección al ejército más fuerte, el único decididamente hostil de todos los ejércitos del sur de Alemania, el bávaro, antes incluso de que la insurrección pudiera reforzarse con el paso de las tropas de Hesse y Nassau.

El nuevo gobierno no quiso saber nada de ofensiva alguna, con el pretexto de que los soldados se habían dispersado y se habían ido a casa casi todos. Aparte de que esto solo era así en algunas pocas unidades, sobre todo en el regimiento de la Guardia,38 incluso esos soldados dispersos estaban casi todos de nuevo con sus banderas al cabo de tres días.

El gobierno, por lo demás, tenía razones muy distintas para resistirse a cualquier ofensiva.

Al frente de toda la agitación badense por la Constitución del Imperio estaba el señor Brentano,39 un abogado que, a la ambición siempre algo mezquina de un tribuno popular de los pequeños Estados alemanes y a la aparente honradez de convicciones que en el sur de Alemania es, en general, la primera condición de toda popularidad, unía una cierta astucia diplomática que bastaba para dominar por completo a todo su entorno, con la excepción quizá de una sola persona. El señor Brentano —ahora se ha vuelto un tópico, pero es cierto—, el señor Brentano y su partido, el más fuerte del país, no pedían en la asamblea de Offenburg nada más que cambios en la política del gran duque que solo eran posibles con un ministerio Brentano. La respuesta del gran duque y la agitación general provocaron el motín militar de Rastatt, contra la voluntad y las intenciones de Brentano. En el momento en que el señor Brentano fue puesto a la cabeza del Comité Regional, el movimiento ya lo había rebasado, ya tenía que tratar de frenarlo. Entonces vino a sumarse el alboroto de Karlsruhe; el gran duque huyó, y la misma circunstancia que llamó al señor Brentano a la cabeza de la administración, que le dio, por así decirlo, un poder dictatorial, desbarató todos sus planes y le llevó a emplear ese poder contra el mismo movimiento que se lo había dado. Mientras el pueblo celebraba con júbilo la marcha del gran duque, el señor Brentano y su fiel Comité Regional estaban sentados como sobre ascuas.

Este Comité Regional, compuesto casi exclusivamente por hombres de bien badenses de las convicciones más sólidas y las cabezas más confusas, por «republicanos puros» que temblaban ante la proclamación de la república y se santiguaban ante la menor medida enérgica, este auténtico comité de filisteos dependía, naturalmente, por completo de Brentano. El papel que en Elberfeld había asumido el abogado Höchster lo asumió aquí, en un terreno algo mayor, el abogado Brentano. De los tres elementos extraños que pasaron de la cárcel al Comité Regional, Blind, Fickler y Struve,40 Blind quedó tan envuelto en las intrigas de Brentano que a él, que estaba completamente solo, no le quedó más remedio que irse al exilio a París en calidad de representante de Baden; Fickler tuvo que asumir una peligrosa misión en Stuttgart; Struve le pareció al señor Brentano tan poco peligroso que lo toleró tranquilamente en el Comité Regional, lo vigiló y trató de hacerlo impopular, cosa que logró por completo. Se sabe cómo Struve fundó con algunos otros un «Club del Progreso Resuelto (o, mejor dicho, Sensato)», que fue disuelto tras una manifestación fallida. Pocos días después Struve estaba en el Palatinado, más o menos como «refugiado», y trataba de publicar allí de nuevo su Deutscher Zuschauer. Apenas había salido el número de prueba cuando entraron los prusianos.

El Comité Regional, desde el principio un mero instrumento de Brentano, eligió un comité ejecutivo, a cuya cabeza estaba de nuevo Brentano. Este comité ejecutivo sustituyó muy pronto casi por completo al Comité Regional, todo lo más se hacía confirmar por él los créditos y las medidas tomadas, y alejaba a los miembros más o menos dudosos del comité mayor mediante toda clase de misiones subalternas en los distritos o en el ejército. Por último, eliminó por completo al Comité Regional por medio de la «Constituyente», elegida enteramente bajo la influencia de Brentano, y se transformó en un «gobierno provisional», cuya cabeza era, naturalmente, otra vez el señor Brentano. Fue él quien nombró a los ministros. ¡Y qué ministros: Florian Mördes y Mayerhofer!41

El señor Brentano era el representante más perfecto de la pequeña burguesía badense. Se distinguía de la masa de los pequeños burgueses y de sus demás representantes únicamente en que era demasiado perspicaz para compartir todas sus ilusiones. El señor Brentano traicionó la insurrección badense desde el primer momento, y precisamente porque desde el primer momento reconoció la situación con más acierto que cualquier otra persona oficial de Baden, porque tomó las únicas medidas que podían conservar el dominio de la pequeña burguesía, pero que, justamente por eso, tenían que arruinar toda la insurrección. Este es el secreto de la ilimitada popularidad de que gozaba entonces Brentano y, al mismo tiempo, el secreto de los insultos que desde julio amontonan sobre él sus antiguos admiradores. Los pequeños burgueses badenses, en su masa, fueron tan traidores como Brentano; al mismo tiempo fueron engañados, cosa que él no fue. Traicionaron por cobardía y se dejaron engañar por estupidez.

En Baden, como en todo el sur de Alemania, apenas hay gran burguesía. La industria y el comercio del país son insignificantes. Por eso solo hay un proletariado muy poco numeroso, muy disperso y poco desarrollado. La masa de la población se divide en campesinos (la mayoría), pequeños burgueses y oficiales artesanos. Estos últimos, los obreros de las ciudades, dispersos por ciudades pequeñas, sin ningún centro mayor en que pudiera formarse un partido obrero independiente, están, o al menos estaban hasta ahora, bajo la influencia social y política predominante de los pequeños burgueses. Los campesinos, más dispersos todavía por la superficie del país, sin medios de instrucción, tienen de por sí con los pequeños burgueses intereses en parte coincidentes y en parte, por así decirlo, paralelos, y estaban por eso igualmente bajo su tutela política. Los pequeños burgueses, representados por abogados, médicos, maestros de escuela, algunos comerciantes y libreros, dominaban así, en parte directamente y en parte a través de sus representantes, todo el movimiento político de Baden desde marzo de 1848.

A esta ausencia del antagonismo entre burguesía y proletariado, y al predominio político de la pequeña burguesía que de ella se deriva, hay que atribuir que en Baden no haya existido nunca, en realidad, una agitación socialista. Los elementos socialistas que llegaron de fuera, ya fuera por obreros que habían estado en países más desarrollados, ya por la influencia de la literatura socialista y comunista francesa o alemana, nunca pudieron abrirse paso. La cinta roja y la bandera roja no significaban en Baden otra cosa que la república burguesa, todo lo más mezclada con un poco de terrorismo, y los «seis azotes de la humanidad» descubiertos por el señor Struve, por inocentemente burgueses que sean, eran lo más extremo que todavía podía encontrar eco en la masa. El ideal supremo del pequeño burgués y del campesino badenses siguió siendo siempre la pequeña república burguesa y campesina tal como existe en Suiza desde 1830. Un pequeño campo de actividad para gente pequeña y modesta, el Estado como un municipio algo ampliado, un «cantón»; una pequeña industria estable, basada en el trabajo manual, que condiciona un estado social igual de estable y soñoliento; poca riqueza, poca pobreza, todo clase media y medianía; ni príncipe, ni lista civil, ni ejército permanente, casi ningún impuesto; ninguna participación activa en la historia, ninguna política exterior, nada más que pequeños chismes locales del país y pequeñas riñas en famille;42 ni gran industria, ni ferrocarriles, ni comercio mundial, ni colisiones sociales entre millonarios y proletarios, sino una vida tranquila y apacible en toda piedad y honorabilidad, en la pequeña modestia sin historia de las almas satisfechas: esa es la dulce Arcadia que existe en la mayor parte de Suiza y por cuya implantación vienen suspirando desde hace años el pequeño burgués y el campesino badenses. Y cuando, en momentos de entusiasmo más audaz, el pensamiento del pequeño burgués badense, y digámoslo, del pequeño burgués del sur de Alemania en general, se amplía hasta la idea de Alemania entera, el ideal del futuro de Alemania se le presenta en la forma de una Suiza ampliada, en la forma de la república federal. Así, el señor Struve, en un folleto, ya ha dividido Alemania en 24 cantones con otros tantos landamanes43 y consejos grandes y pequeños, e incluso ha cosido al folleto el mapa con la división ya hecha. Si Alemania llegara alguna vez a convertirse en semejante Arcadia, habría llegado con ello a un grado de envilecimiento del que hasta ahora no tenía ni idea, ni siquiera en sus épocas más vergonzosas.

Entretanto, los pequeños burgueses del sur de Alemania ya habían tenido más de una vez la experiencia de que una revolución, aunque llevara su propia bandera burguesa y republicana, podía arrastrar con mucha facilidad su querida Arcadia tranquila en el torbellino de conflictos mucho más colosales, de verdaderas luchas de clases. De ahí el miedo de los pequeños burgueses no solo a toda sacudida revolucionaria, sino también a su propio ideal de la república federada del tabaco y la cerveza. De ahí su entusiasmo por la Constitución del Imperio, que satisfacía al menos sus intereses más inmediatos y les daba la esperanza, dado el veto meramente suspensivo del emperador,44 de implantar la república por vía legal en el momento oportuno. De ahí su sorpresa cuando los militares badenses, sin preguntarles, les sirvieron en bandeja una insurrección ya hecha; de ahí su miedo a extender la insurrección más allá de las fronteras del futuro cantón de Baden. El incendio podría haber alcanzado alguna vez comarcas en las que hubiera grandes burgueses y un proletariado numeroso, comarcas en las que pusiera el poder en manos del proletariado, y entonces, ¡ay de la propiedad!

¿Qué hizo en estas circunstancias el señor Brentano?

Lo que la pequeña burguesía había hecho conscientemente en la Prusia renana lo hizo él en Baden por la pequeña burguesía: traicionó la insurrección, pero salvó a la pequeña burguesía.

Brentano no traicionó la insurrección con sus últimos actos, con su huida tras la derrota del Murg, como se imaginó el pequeño burgués badense, por fin desengañado, sino desde el primer momento. Precisamente las medidas que más aplaudieron los filisteos badenses, y con ellos una parte de los campesinos e incluso los artesanos, precisamente esas medidas entregaron el movimiento a Prusia. Precisamente porque traicionó, Brentano se hizo tan popular y encadenó a sus talones el entusiasmo fanático del filisteo. El pequeño burgués no vio la traición al movimiento por ver el rápido restablecimiento del orden y la seguridad y la contención momentánea del propio movimiento; y cuando ya era demasiado tarde, cuando, comprometido en el movimiento, vio perdido el movimiento y a sí mismo con él, clamó traición y se arrojó con toda la indignación del hombre de bien estafado sobre su servidor más fiel.

Claro que también el señor Brentano fue estafado. Esperaba salir del movimiento como gran hombre del partido «moderado», es decir, precisamente de la pequeña burguesía, y tuvo que escapar ignominiosamente de noche y a escondidas ante su propio partido, ante sus mejores amigos, a los que de pronto se les había abierto una luz aterradora. Esperaba incluso poder mantener abierta la posibilidad de un puesto de ministro del gran duque, y en pago de su astucia ha recibido los puntapiés de todos los partidos y la imposibilidad de volver a desempeñar jamás papel alguno. Pero claro, ¡uno puede ser más listo que todos los pequeños burgueses de cualquier Estado bandido alemán y, aun así, ver tronchadas sus más bellas esperanzas y cubiertas de basura sus más nobles intenciones!

Desde el primer día de su gobierno, el señor Brentano hizo todo lo posible por encauzar el movimiento en el lecho filisteo que apenas había intentado desbordar. Bajo la protección de la milicia ciudadana de Karlsruhe, adicta al gran duque, la misma milicia ciudadana que el día antes todavía había combatido contra el movimiento, entró en el edificio de las Cámaras para refrenar desde allí el movimiento. La llamada a los soldados desertores se hizo con la mayor somnolencia posible; la reorganización de los batallones no se llevó con más rapidez. En cambio, se armó inmediatamente a los filisteos desarmados de Mannheim, de los que todo el mundo sabía que no iban a combatir y que, después del combate de Waghäusel,45 se sumaron incluso en gran parte a la traición de Mannheim por un regimiento de dragones. De una marcha sobre Fráncfort o Stuttgart, de una extensión de la insurrección a Nassau o a Hesse, no se habló siquiera. Si se hacía una propuesta de ese tipo, quedaba descartada en el acto, como la de Sigel. Hablar de emitir papel moneda se habría considerado un crimen de Estado, algo comunista. El Palatinado mandaba enviado tras enviado: estaba desarmado, no tenía fusiles, por no hablar de artillería, ni municiones; necesitaba todo lo preciso para llevar adelante una insurrección y, en especial, para tomar las fortalezas de Landau y Germersheim; pero del señor Brentano no se podía obtener nada. El Palatinado propuso que se estableciera inmediatamente un mando militar común e incluso que ambos países se unieran bajo un solo gobierno común. Todo se demoraba y se aplazaba. Una pequeña ayuda en dinero es, creo, lo único que pudo conseguir el Palatinado; más tarde, cuando ya era demasiado tarde, llegaron ocho cañones con algo de munición, sin servidores ni tiro, y por último, por orden directa de Mierosławski, un batallón badense y dos morteros, de los que, si no recuerdo mal, uno disparó un tiro.

Con estas demoras y este arrinconamiento de las medidas más necesarias, que habrían podido extender la insurrección, todo el movimiento quedaba ya traicionado. En el interior se procedió con la misma nonchalance. De abolir las cargas feudales no se habló siquiera; el señor Brentano sabía muy bien que en los campesinos, sobre todo en el Alto Baden,46 había más elementos revolucionarios de los que a él le convenían, y que por eso debía más bien contenerlos que lanzarlos todavía más a fondo al movimiento. Los nuevos funcionarios eran en su mayoría criaturas de Brentano o completamente incapaces; los antiguos funcionarios, salvo los que estaban demasiado directamente comprometidos con la reacción de los últimos doce meses y por eso habían desertado por sí solos, conservaron todos sus puestos, para gran delicia de todos los ciudadanos tranquilos. Incluso el señor Struve encontraba todavía digno de elogio en la «revolución», en los últimos días de mayo, que todo hubiera transcurrido con tanta tranquilidad y que casi todos los funcionarios hubieran podido quedarse en sus puestos. Por lo demás, el señor Brentano y sus agentes trabajaron para que todo volviera, a ser posible, a los viejos carriles, para que reinara la menor intranquilidad y agitación posible y para que el aspecto revolucionario del país desapareciera cuanto antes.

En la organización militar reinaba la misma rutina. No se hacía más que lo que era imposible dejar de hacer. Las tropas quedaban sin jefes, sin ocupación, sin orden; el incapaz «ministro de la Guerra» Eichfeld y su sucesor, el traidor Mayerhofer, no supieron siquiera distribuirlas de manera pasable. Los convoyes de tropas se cruzaban en el ferrocarril, sin objeto, sin resultado. Hoy se llevaba a los batallones aquí y mañana de vuelta, sin que nadie pudiera adivinar por qué. En las guarniciones iban de una taberna a otra porque no tenían otra cosa que hacer. Parecía que se les quería desmoralizar a propósito, que el gobierno quería expulsarles a la fuerza el último resto de disciplina. La organización de la primera leva de la llamada milicia popular, es decir, de todos los hombres aptos para las armas hasta los 30 años, se encomendó al conocido Joh. Ph. Becker,47 suizo naturalizado y oficial del ejército federal suizo. Hasta qué punto Brentano obstaculizó a Becker en el cumplimiento de su misión, no lo sé. Pero sé que Brentano, tras la retirada del ejército palatino a territorio badense, cuando ya no se podían rechazar las exigencias imperiosas de los palatinos, mal vestidos y mal armados, se lavó entonces las manos con estas palabras: «Por mí, dadles lo que queráis; pero si vuelve el gran duque, que sepa al menos quién le ha despilfarrado así sus reservas». Si la milicia popular badense estaba, pues, en parte mal organizada y en parte sin organizar en absoluto, no cabe duda de que también aquí la culpa principal recae en Brentano y en la mala voluntad o la torpeza de sus comisarios en los distintos distritos.

Cuando Marx y yo, tras la supresión de la Neue Rheinische Zeitung, llegamos por primera vez a territorio badense —sería el 20 o el 21 de mayo, es decir, más de ocho días después de la huida del gran duque—, nos asombró la enorme despreocupación con que se vigilaba, o más bien no se vigilaba, la frontera. De Fráncfort a Heppenheim, todo el ferrocarril ocupado por tropas del Imperio de Wurtemberg y de Hesse; Fráncfort y Darmstadt mismas, llenas de soldados; todas las estaciones, todas las localidades ocupadas por fuertes destacamentos; avanzadas regulares adelantadas hasta la frontera. De la frontera a Weinheim, en cambio, ni un solo hombre a la vista; en Weinheim, lo mismo. La única medida de precaución era la destrucción de un corto tramo del ferrocarril entre Heppenheim y Weinheim. Solo mientras estábamos allí llegó a Weinheim un débil destacamento del regimiento de la Guardia, 25 hombres a lo sumo. De Weinheim a Mannheim volvía a reinar la paz más profunda; todo lo más, aquí y allá, algún miliciano popular demasiado alegre que parecía más bien extraviado o desertor que de servicio. De control de la frontera, naturalmente, todavía menos. Se entraba o se salía como se quería.

En Mannheim, eso sí, el aspecto era ya algo más guerrero. Montones de soldados estaban en la calle o sentados en las tabernas. La milicia popular y la milicia ciudadana hacían instrucción en el parque, todavía muy torpemente en su mayoría, es verdad, y con malos instructores. En el ayuntamiento había un montón de comités, oficiales viejos y nuevos, uniformes y blusas. El pueblo se mezclaba con los soldados y los voluntarios; se bebía mucho, se reía mucho, se galanteaba mucho. Pero se veía enseguida que el primer impulso ya había pasado, que muchos estaban desagradablemente decepcionados. Los soldados estaban descontentos: nosotros hemos hecho la insurrección, decían, y ahora que les toca a los burgueses y tienen que tomar la dirección, ¡ahora lo dejan todo estancarse y lo echan a perder! Los soldados tampoco estaban muy contentos con sus nuevos oficiales; los nuevos oficiales estaban tirantes con los anteriores del gran duque, de los que entonces todavía quedaban muchos, aunque cada día desertaban algunos; los viejos oficiales se veían, contra su voluntad, en una posición fatal de la que no sabían cómo salir. De la falta de una dirección enérgica y capaz, por último, se quejaba todo el mundo.

En la otra orilla del Rin, en Ludwigshafen, el movimiento se nos presentó con un aspecto mucho más alegre. Mientras que en Mannheim una masa de jóvenes que evidentemente pertenecían a la primera leva seguían tranquilamente con sus ocupaciones como si no hubiera pasado nada, aquí todo el mundo estaba armado. No era así, por cierto, en todo el Palatinado, como se vio después. En Ludwigshafen reinaba la mayor unanimidad entre voluntarios y militares. En las tabernas, también aquí abarrotadas, naturalmente, resonaban la Marsellesa y otras canciones de ese tipo. No se quejaban, no refunfuñaban, se reía, se estaba en cuerpo y alma con el movimiento y se tenían entonces, sobre todo los fusileros y los voluntarios, ilusiones todavía muy perdonables e inocentes sobre su propia invencibilidad.

En Karlsruhe la cosa adquiría ya mayor solemnidad. En el Pariser Hof se había anunciado la table d'hôte48 a la una. Pero no se empezó hasta que llegaron «los señores del Comité Regional». Estas pequeñas atenciones daban ya al movimiento un agradable barniz burocrático.

Expusimos a varios señores del Comité Regional la opinión desarrollada más arriba: que había que haber marchado sobre Fráncfort desde el principio y extendido así la insurrección, que ahora era muy probablemente demasiado tarde ya y que, sin golpes decisivos en Hungría o sin una nueva revolución en París, todo el movimiento estaba ya perdido sin remedio. No es posible imaginarse la indignación que estallaba ante tales afirmaciones heréticas entre estos ciudadanos del Comité Regional. Solo Blind y Goegg49 estaban de nuestro lado. Ahora que los acontecimientos nos han dado la razón, esos mismos señores, naturalmente, han insistido siempre en la ofensiva.

En Karlsruhe se encontraban ya entonces los primeros comienzos de aquella grandiosa caza de cargos que, bajo el título no menos grandioso de «concentración de todas las fuerzas democráticas de Alemania», se pavoneaba como salvación de la patria. Todo el que alguna vez hubiera declamado de manera más o menos confusa en cualquier club, o hubiera exhortado una vez al odio a los tiranos en la más remota hojita democrática de rincón, corría a Karlsruhe o a Kaiserslautern para convertirse allí inmediatamente en un gran hombre. Que los resultados correspondieron por completo a las fuerzas aquí concentradas, no hace falta asegurarlo expresamente. Así, se encontraba aquí en Karlsruhe un conocido Atta Troll, supuestamente filosófico, ex diputado de la Asamblea de Fráncfort y ex redactor de una hojita, supuestamente democrática, suprimida por Manteuffel pese a los ofrecimientos de nuestro Atta Troll.50 Atta Troll andaba pescando con gran celo el puestecillo de enviado badense en París, para el que se consideraba especialmente llamado porque en su día había estado dos años en París sin aprender allí francés. Y tuvo de verdad la suerte de sonsacar al señor Brentano las cartas credenciales, y estaba haciendo ya las maletas cuando Brentano lo mandó llamar de repente y le volvió a sacar del bolsillo las cartas credenciales. Ni que decir tiene que Atta Troll, para fastidiar al señor Brentano, se fue entonces a París con más razón todavía. Otro ciudadano de sólidas convicciones, que desde hacía unos años amenazaba a Alemania con revolucionarla y republicanizarla, el señor Heinzen,51 se encontraba igualmente en Karlsruhe. Este hombre de bien, como es sabido, antes de la revolución de febrero había llamado siempre y en todas partes a «repartir golpes», pero después de esa revolución había considerado más aconsejable contemplar las distintas insurrecciones alemanas desde las neutrales altas montañas de Suiza. Ahora, por fin, parecían entrarle ganas de dar golpes también él, por una vez, a los «opresores». Después de su dicho de otros tiempos: «Kossuth es un gran hombre, pero Kossuth se ha olvidado de la plata fulminante»,52 cabía esperar que organizara inmediatamente contra los prusianos las fuerzas destructoras más colosales y nunca soñadas. Nada de eso. Como no parecían aplicables planes más elevados, nuestro enemigo de los tiranos se contentó, según dicen, con formar un cuerpo republicano de élite, escribió entretanto artículos a favor de Brentano en la Karlsruher Zeitung y frecuentó el Club del Progreso Resuelto. El club fue disuelto, la élite republicana no vino, y el señor Heinzen se dio cuenta por fin de que ni siquiera él podía seguir defendiendo la política de Brentano. Incomprendido, gastado, malhumorado, se fue primero al Alto Baden y de allí a Suiza, sin haber matado a golpes a un solo opresor. Ahora se venga de ellos guillotinándolos por millones in effigie desde Londres.

Dejamos Karlsruhe a la mañana siguiente para visitar el Palatinado. Del curso posterior de la insurrección badense, en lo que se refiere a la dirección de la política general y a la administración civil, ya no necesito decir mucho. Cuando Brentano se sintió lo bastante fuerte, aniquiló de un golpe la mansa oposición que le hacía el Club del Progreso Resuelto. La «Asamblea Constituyente», elegida bajo la influencia de la inmensa popularidad de Brentano y de la pequeña burguesía que todo lo gobernaba, dio su sí y amén a todos sus pasos. El «gobierno provisional con poder dictatorial» (¡una dictadura bajo una supuesta Convención!) estaba por completo bajo su dirección. Así siguió gobernando, frenando el desarrollo revolucionario y militar de la insurrección, haciendo despachar los asuntos corrientes tant bien que mal53 y vigilando celosamente las reservas y la propiedad privada del gran duque, al que trataba constantemente como a su legítimo soberano por la gracia de Dios. En la Karlsruher Zeitung declaró que el gran duque podía volver en cualquier momento, y de hecho el palacio permaneció cerrado durante todo el tiempo, como si su morador estuviera simplemente de viaje. A los enviados palatinos los entretenía de un día para otro con respuestas vagas; lo más que se pudo conseguir fue el mando militar común bajo Mierosławski y un tratado para suprimir el peaje del puente entre Mannheim y Ludwigshafen, que, sin embargo, no impidió al señor Brentano seguir cobrando ese peaje en el lado de Mannheim.

Cuando por fin Mierosławski, después de los combates de Waghäusel y Ubstadt, tuvo que retirar por las montañas los restos de su ejército hasta detrás del Murg, cuando hubo que abandonar Karlsruhe con una masa de reservas, cuando la derrota del Murg decidió la suerte del movimiento, entonces se desvanecieron las ilusiones de los burgueses, campesinos y soldados badenses, entonces se alzó un clamor general de que Brentano había traicionado. De un golpe quedó destruido todo el edificio de la popularidad de Brentano, sostenido por la cobardía de los pequeños burgueses, por la falta de independencia de los campesinos y por la falta de concentración de los obreros. Brentano huyó de noche y a escondidas a Suiza, perseguido por la acusación de traición al pueblo con que lo estigmatizó su propia «Constituyente», y se escondió en Feuerthalen, en el cantón de Zúrich.

Uno podría darse por satisfecho con que el señor Brentano haya sido castigado bastante por su traición con la ruina total de su posición política y con el desprecio general de todos los partidos. La caída del movimiento badense no importa mucho. El 13 de junio en París54 y la negativa de Görgey a marchar sobre Viena55 aniquilaron todas las posibilidades que aún tenían Baden y el Palatinado, aunque se hubiera logrado trasplantar el movimiento a Hesse, Wurtemberg y Franconia. Se habría caído con más honra, pero se habría caído. Pero lo que el partido revolucionario no olvidará nunca al señor Brentano, lo que no olvidará nunca a los cobardes pequeños burgueses badenses que lo sostuvieron, es que son directamente culpables de la muerte de los fusilados en Karlsruhe, en Friburgo y en Rastatt y de las víctimas innumerables y sin nombre que los prusianos han ejecutado en silencio por medio del tifus en las casamatas de Rastatt.

En el segundo cuaderno de esta Revue describiré la situación del Palatinado y, para terminar, la campaña de Baden y el Palatinado.

III. El Palatinado

De Karlsruhe fuimos al Palatinado, y primero a Espira, donde debían de estar D'Ester56 y el gobierno provisional. Pero ya se habían marchado a Kaiserslautern, donde el gobierno estableció su sede definitiva por ser el «punto de situación más estratégica del Palatinado». En su lugar encontramos en Espira a Willich con sus voluntarios. Con un cuerpo de un par de cientos de hombres tenía en jaque a las guarniciones de Landau y Germersheim, de más de 4.000 hombres entre las dos, les cortaba los suministros y las molestaba de todas las maneras posibles. Ese mismo día, con unos 80 tiradores, había atacado a dos compañías de la guarnición de Germersheim y, sin disparar un tiro, las había hecho volver corriendo a la fortaleza. A la mañana siguiente fuimos con Willich a Kaiserslautern, donde encontramos a D'Ester, al gobierno provisional y, en general, a la flor de la democracia alemana. De una participación oficial en el movimiento, completamente ajeno a nuestro partido, no podía hablarse, naturalmente, tampoco aquí. Así que al cabo de unos días volvimos a Bingen; por el camino, en compañía de varios amigos, las tropas de Hesse nos detuvieron como sospechosos de participar en la insurrección, nos llevaron a Darmstadt y de allí a Fráncfort, y aquí por fin nos dejaron en libertad.

Poco después dejamos Bingen, y Marx fue a París con un mandato del Comité Central democrático57 para representar al partido revolucionario alemán ante los socialdemócratas franceses, pues allí era inminente un acontecimiento decisivo. Yo volví a Kaiserslautern para vivir allí de momento como simple refugiado político y tal vez más tarde, si se presentaba una ocasión adecuada, al estallar la lucha, ocupar el único puesto que la Neue Rheinische Zeitung podía ocupar en este movimiento: el de soldado.

Quien haya visto alguna vez el Palatinado comprenderá que un movimiento en esta tierra rica en vino y amante del vino tenía que adquirir un carácter de lo más alegre. Por fin la gente se había quitado de encima a las pesadas y pedantes almas de cerveza de la vieja Baviera y había nombrado funcionarios en su lugar a alegres bebedores de chatos palatinos. Por fin se habían librado de aquellas vejaciones de la policía bávara, con sus aires de profundidad, que los Fliegende Blätter,58 por lo demás tan sosos, habían satirizado con bastante gracia y que pesaban al despreocupado palatino en el corazón más que ninguna otra cosa. El restablecimiento de la libertad de taberna fue el primer acto revolucionario del pueblo palatino: todo el Palatinado se convirtió en una gran taberna, y las cantidades de bebida espirituosa que se consumieron «en nombre del pueblo palatino» durante esas seis semanas superan todo cálculo. Aunque en el Palatinado la participación activa en el movimiento estuvo lejos de ser tan grande como en Baden, aunque aquí había muchos distritos reaccionarios, toda la población era unánime en esta trasiega general de chatos, y hasta el filisteo y el campesino más reaccionarios se dejaban arrastrar por la alegría general.

No hacía falta mucha perspicacia para darse cuenta del desagradable desengaño que el ejército prusiano iba a traer en pocas semanas a estos palatinos tan contentos. Y, sin embargo, podían contarse con los dedos las personas del Palatinado que no se regodeaban en la mayor seguridad. Que los prusianos fueran a venir, lo creían muy pocos; pero que, si venían, se les volvería a echar con la mayor facilidad, eso lo daba todo el mundo por seguro. Aquella seriedad sombría de las buenas convicciones, cuyo lema, «Grave es el hombre»,59 llevaban escrito en la frente todos los oficiales de la milicia popular badense y que, sin embargo, no impidió en absoluto todas aquellas maravillas que tendré que contar más adelante; aquella honrada solemnidad que el carácter filisteo del movimiento había impreso en Baden a la mayoría de sus participantes, no existía aquí, desde luego. En el Palatinado el hombre solo era «grave» de paso. El «entusiasmo» y la «gravedad» servían aquí únicamente para disimular la alegría general. Pero siempre se era lo bastante «grave» y «entusiasta» para creerse invencible frente a todas las potencias del mundo, y en especial frente al ejército prusiano; y si en horas tranquilas de recogimiento surgía alguna vez una leve duda, se la despachaba con el argumento irrefutable de que, aunque así fuera, no se debía decir. Cuanto más se alargaba el movimiento, cuanto más innegable y masivamente se concentraban los batallones prusianos desde Saarbrücken hasta Kreuznach, tanto más frecuentes se hacían, desde luego, estas dudas, pero también tanto más violenta se volvía, precisamente entre los que dudaban y los medrosos, la fanfarronería sobre la invencibilidad de un «pueblo entusiasmado por su libertad», como se llamaba a los palatinos. Esta fanfarronería se convirtió pronto en un completo sistema de adormecimiento que, favorecido en exceso por el gobierno, relajaba toda actividad en las medidas de defensa y exponía a todo el que se opusiera a ella al peligro de ser detenido como reaccionario.

Esta seguridad, esta fanfarronería sobre el «entusiasmo» y su omnipotencia, junto con sus minúsculos medios materiales y con el pequeño rincón de terreno en que se hacía valer, proporcionaba el lado cómico del «levantamiento» palatino y ofrecía materia de sobra para divertirse a las pocas personas cuyas opiniones avanzadas y cuya posición independiente les permitían un juicio libre.

Todo el aspecto exterior del movimiento palatino tenía un carácter alegre, despreocupado y desenvuelto. Mientras que en Baden todo subteniente recién nombrado, de línea o de la milicia popular, se embutía en un pesado uniforme y se pavoneaba con charreteras de plata que luego, el día del combate, iban a parar en el acto a los bolsillos, en el Palatinado se era mucho más razonable. En cuanto se hizo sentir el gran calor de los primeros días de junio, desaparecieron todas las levitas de paño, los chalecos y las corbatas para dejar sitio a una ligera blusa. Con la vieja burocracia parecía que uno se había librado también de toda la vieja coacción insociable. Uno se vestía sin ningún reparo, solo según la comodidad y la estación; y con la diferencia en el vestir desapareció momentáneamente cualquier otra diferencia en el trato social. Todas las clases de la sociedad se reunían en los mismos locales públicos, y un iluso socialista habría podido ver en este trato desenfadado la aurora de la fraternidad universal.

Tal el Palatinado, tal su gobierno provisional. Se componía casi únicamente de plácidos bebedores de chatos, que de nada estaban más asombrados que de tener que representar de repente el gobierno provisional de su patria, amada de Baco. Y, sin embargo, no puede negarse que estos regentes risueños se comportaron mejor e hicieron relativamente más que sus vecinos badenses bajo la dirección del «convencido» Brentano. Tenían al menos buena voluntad y, pese a la trasiega de chatos, más entendimiento sobrio que los filisteamente graves señores de Karlsruhe, y muy pocos de ellos se indignaban si uno se burlaba de su manera cómoda de hacer la revolución y de sus impotentes medidillas.

El gobierno provisional del Palatinado no podía conseguir nada mientras el gobierno badense lo dejara en la estacada. Y en lo que respecta a Baden, cumplió perfectamente con su deber. Mandó enviado tras enviado, hizo una concesión tras otra con tal de llegar a un acuerdo: en vano, el señor Brentano no quería de ninguna manera.

Mientras que el gobierno badense se lo encontró todo hecho, el palatino no se encontró nada. No tenía dinero ni armas, y sí un montón de distritos reaccionarios y dos fortalezas enemigas dentro del país. Francia prohibió inmediatamente la exportación de armas a Baden y al Palatinado; Prusia y Hesse hicieron embargar todas las armas expedidas hacia allí. El gobierno palatino envió enseguida agentes a Francia y Bélgica para comprar armas y hacerlas llegar; las armas se compraron, pero no llegaron. Se le puede reprochar al gobierno que no procediera en esto con bastante energía y, en particular, que no organizara con la gran cantidad de contrabandistas de la frontera un contrabando de fusiles; pero la mayor culpa recae en sus agentes, que procedieron con mucha dejadez y en parte se dejaron entretener con promesas vacías, en lugar de llevar las armas francesas al menos hasta Sarreguemines y Lauterbourg.

En cuanto a los recursos, en el pequeño Palatinado poco se podía hacer con papel moneda. Cuando el gobierno se vio en apuros pecuniarios, tuvo al menos el valor de recurrir a un empréstito forzoso con tipos progresivos, aunque de progresión débil.

Los reproches que pueden hacerse al gobierno palatino se limitan a que, con el sentimiento de su impotencia, se dejó contagiar demasiado por la despreocupación general y por las ilusiones que la acompañaban sobre su propia seguridad; a que, por eso, en lugar de poner en marcha con energía los medios, limitados desde luego, para la defensa del país, prefirió confiar en la victoria de la Montaña en París, en la toma de Viena por los húngaros o incluso en verdaderos milagros que habían de ocurrir en algún sitio para salvar el Palatinado: insurrecciones en el ejército prusiano, etc. De ahí la negligencia en la obtención de armas, en un país donde mil mosquetes utilizables más o menos ya significaban muchísimo y donde, al final, el mismo día en que entraron los prusianos, llegaron los primeros y últimos cuarenta fusiles del extranjero, concretamente de Suiza. De ahí la ligereza en la elección de los comisarios civiles y militares, que eran en su mayoría los exaltados más incapaces y confusos, y el mantenimiento de tantos funcionarios antiguos y de todos los jueces. De ahí, por último, el abandono de todos los medios, incluso los más a mano, para hostigar a Landau y quizá tomarla, sobre lo que volveré más adelante.

Detrás del gobierno provisional estaba D'Ester como una especie de secretario general secreto o, como lo llamaba el señor Brentano, como la «camarilla roja que rodeaba al moderado gobierno de Kaiserslautern». A esta «camarilla roja» pertenecían, por lo demás, otros demócratas alemanes, sobre todo refugiados de Dresde. En D'Ester encontraron los regentes palatinos la visión de conjunto administrativa que les faltaba y, al mismo tiempo, un entendimiento revolucionario que les imponía porque siempre se limitaba a lo más inmediato e innegablemente posible y por eso nunca estaba en apuros cuando se trataba de medidas de detalle. D'Ester adquirió así una influencia considerable y la confianza ilimitada del gobierno. Aunque también él se tomara a veces el movimiento demasiado en serio y creyera, por ejemplo, poder hacer algo importante introduciendo su ley municipal, totalmente inadecuada para el momento, es seguro que D'Ester empujó al gobierno provisional a todos los pasos medianamente enérgicos y que, sobre todo en los conflictos de detalle, siempre tenía a mano soluciones adecuadas.

Si en la Prusia renana las clases reaccionarias y las revolucionarias se enfrentaron desde el principio, si en Baden una clase que al principio se entusiasmaba con el movimiento, la pequeña burguesía, se dejó llevar poco a poco, al acercarse el peligro, primero a la indiferencia y después a la hostilidad hacia el movimiento que ella misma había provocado, en el Palatinado fueron no tanto clases sueltas de la población como distritos sueltos los que, guiados por intereses locales, se declararon contra el movimiento, unos desde el principio y otros poco a poco. Es cierto que en Espira la burguesía fue reaccionaria desde el principio y que llegó a serlo con el tiempo en Kaiserslautern, Neustadt, Zweibrücken, etc.; pero la fuerza principal del partido reaccionario estaba en los distritos agrícolas repartidos por todo el Palatinado. Esta configuración confusa de los partidos solo habría podido eliminarse con una medida: con un ataque directo a la propiedad privada invertida en las hipotecas y en la usura hipotecaria, en favor de los campesinos endeudados, exprimidos por los usureros. Pero esta única medida, que habría interesado inmediatamente en la insurrección a toda la población rural, supone un terreno mucho mayor y una situación social mucho más desarrollada en las ciudades que la que tiene el Palatinado. Solo era posible al comienzo de la insurrección, junto con una extensión del levantamiento al Mosela y al Eifel, donde existe la misma situación en el campo y encuentra su complemento en el desarrollo industrial de las ciudades renanas. Y desde el Palatinado, igual que desde Baden, no se había llevado el movimiento hacia fuera.

En estas circunstancias, el gobierno tenía pocos medios para combatir a los distritos reaccionarios: algunas expediciones militares a las localidades rebeldes, detenciones, sobre todo de los curas católicos que se ponían a la cabeza de la resistencia, etc.; el nombramiento de comisarios civiles y militares activos y, por último, la propaganda. Las expediciones, en su mayoría de naturaleza muy cómica, solo tenían un efecto momentáneo; la propaganda no tenía ninguno, y los comisarios, con su torpeza presuntuosa, cometían en su mayoría pifia tras pifia o se limitaban a un grandioso consumo de vino del Palatinado acompañado de la inevitable fanfarronería de taberna.

Entre los propagandistas, los comisarios y los funcionarios de la administración central ocupaban un lugar muy importante los demócratas, reunidos en el Palatinado en número todavía mayor que en Baden. No solo habían acudido aquí los refugiados de Dresde y de la Prusia renana, sino además una multitud de «hombres del pueblo» más o menos entusiastas para consagrarse aquí al servicio de la patria. El gobierno palatino, que, a diferencia del de Karlsruhe, tenía el instinto acertado de que las capacidades del Palatinado no bastaban por sí solas para cargar ni siquiera con el peso de este movimiento, los acogió con alegría. No se podía estar dos horas en el Palatinado sin que le ofrecieran a uno una docena de cargos de lo más variado y, en conjunto, muy honrosos. Los señores demócratas, que en el movimiento del Palatinado y Baden no veían un levantamiento local cada día más local e insignificante, sino la gloriosa aurora del glorioso levantamiento de toda la democracia alemana, y que en general veían dominar en el movimiento su tendencia, más o menos pequeñoburguesa, se apresuraron a aceptar estas ofertas. Pero al mismo tiempo cada cual creía que solo podía ocupar un puesto en el que no menoscabara sus pretensiones, naturalmente muy altas por lo general, ante un movimiento alemán general. Al principio esto funcionó. Quien se presentaba era nombrado inmediatamente jefe de oficina, comisario del gobierno, comandante o teniente coronel. Pero poco a poco aumentó el número de competidores, los puestos escasearon y se desarrolló una caza de cargos mezquina y filistea que ofrecía al espectador desinteresado un espectáculo de lo más divertido. Que, dada la singular mezcolanza de afán de medro y confusión, de importunidad e incapacidad que la Neue Rheinische Zeitung tuvo ocasión de admirar tan a menudo en la democracia alemana, los funcionarios y propagandistas del Palatinado fueran una fiel copia de esa desagradable mezcla, no necesito asegurarlo expresamente.

Ni que decir tiene que también a mí me ofrecieron puestos civiles y militares en cantidad, puestos que en un movimiento proletario no habría vacilado un instante en aceptar. En estas circunstancias los rechacé todos. Lo único que acepté fue escribir algunos artículos agitadores para una pequeña hoja que el gobierno provisional hacía difundir en masa por el Palatinado. Sabía que tampoco esto iba a funcionar, pero acepté por fin la propuesta ante la apremiante invitación de D'Ester y de varios miembros del gobierno, para demostrar al menos mi buena voluntad. Como, naturalmente, no me anduve con muchos miramientos, ya el segundo artículo chocó por demasiado «agitador»; no dije una palabra más, retiré el artículo, lo rompí en presencia de D'Ester, y ahí acabó la cosa.

Entre los demócratas forasteros que había en el Palatinado, por lo demás, los mejores eran los que acababan de llegar de la lucha en su tierra: los sajones y los prusianos renanos. Los pocos sajones estaban empleados sobre todo en las oficinas centrales, trabajaban con aplicación y se distinguían por sus conocimientos administrativos, por un entendimiento tranquilo y claro y por la ausencia de toda pretensión y de toda ilusión. Los renanos, en su mayoría obreros, entraron en masa en el ejército; los pocos que al principio trabajaban en las oficinas empuñaron más tarde también el mosquete.

En las oficinas de la administración central, en la Fruchthalle60 de Kaiserslautern, todo transcurría muy plácidamente. Con el laisser aller61 general, con la ausencia completa de toda intervención activa en el movimiento y con el enorme número de funcionarios, en conjunto había poco que hacer. Se trataba casi solo de los asuntos administrativos corrientes, y estos se despachaban tant bien que mal. Si no llegaba alguna estafeta, si no había un ciudadano patriota que hiciera una propuesta profunda para salvar la patria, un campesino que se quejara o un municipio que enviara una diputación, la mayoría de las oficinas no tenían nada que hacer. Se bostezaba, se charlaba, se contaban anécdotas, se hacían malos chistes o planes estratégicos, se iba de una oficina a otra y se trataba de matar el tiempo lo mejor posible. El tema principal de conversación eran, naturalmente, los acontecimientos políticos del día, sobre los que circulaban los rumores más contradictorios. La obtención de noticias estaba descuidada en grado sumo. Los antiguos empleados de correos habían seguido en sus puestos casi sin excepción y eran, naturalmente, muy poco de fiar. Junto a ellos se había establecido un «correo de campaña» del que se encargaban los chevaulegers palatinos que se habían pasado.62 Los comandantes y los comisarios de los distritos fronterizos no se preocupaban lo más mínimo de lo que ocurría al otro lado de la frontera. En el gobierno no se tenía más que el Frankfurter Journal y la Karlsruher Zeitung, y todavía recuerdo con gusto el asombro que causó que yo descubriera en el casino, en un número de la Kölnische Zeitung llegado hacía ya varios días, la noticia de la concentración de 27 batallones prusianos, 9 baterías y 9 regimientos de caballería, con su despliegue exacto entre Saarbrücken y Kreuznach.

Llego por fin a lo principal, a la organización militar. Unos tres mil palatinos del ejército bávaro se habían pasado con armas y bagajes. Un número de voluntarios, palatinos y no palatinos, se había puesto al mismo tiempo sobre las armas. Además, el gobierno provisional decretó el alistamiento de la primera leva, en primer lugar de todos los solteros de dieciocho a treinta años. Pero este alistamiento solo se hizo sobre el papel, en parte por la incapacidad y la negligencia de los comisarios militares, en parte por falta de armas, en parte por la indolencia del propio gobierno. Donde, como en el Palatinado, la falta de armas era el principal obstáculo de toda defensa, había que emplear todos los medios para conseguir armas. Si del extranjero no se podían traer, había que sacar y poner en manos de los combatientes activos cada mosquete, cada rifle, cada escopeta de caza que se pudiera encontrar en el Palatinado. Pero no solo había muchísimas armas privadas, sino también al menos de 1.500 a 2.000 fusiles, sin contar las carabinas, en manos de las distintas milicias ciudadanas. Se podía exigir por lo menos que se entregaran las armas privadas y los fusiles de los milicianos que no estuvieran obligados a entrar en la primera leva o que no quisieran entrar en ella como voluntarios. Pero no se hizo nada de eso. Tras mucho insistir, se tomó por fin un acuerdo de ese tipo sobre las armas de la milicia ciudadana, pero nunca se ejecutó; la milicia ciudadana de Kaiserslautern, que contaba más de 300 filisteos, desfilaba cada día de uniforme y con sus armas como guardia de la Fruchthalle, y cuando entraron los prusianos todavía tuvieron estos el gusto de poder desarmar a esos señores. Y así ocurrió en todas partes.

Se publicó en el boletín oficial un llamamiento a los funcionarios forestales y a los guardas de monte para que se presentaran en Kaiserslautern a fin de formar un cuerpo de tiradores; los que no vinieron fueron los funcionarios forestales.

Se mandaron forjar guadañas en todo el país, o al menos se exhortó a hacerlo; algunas guadañas se fabricaron realmente. En el cuerpo del Hesse renano, en Kirchheimbolanden, vi cargar varios toneles de hojas de guadaña y expedirlos a Kaiserslautern. La distancia es de unas siete u ocho horas; cuatro días después el gobierno tuvo que abandonar Kaiserslautern a los prusianos, y las guadañas aún no habían llegado. Si se hubieran dado estas guadañas a la milicia ciudadana no movilizable, la llamada segunda leva, a cambio de los fusiles que debía entregar, la cosa habría estado bien; en lugar de eso, los filisteos holgazanes se quedaron con sus fusiles de percusión, y los jóvenes reclutas tenían que marchar con guadañas contra los cañones y los mosquetes de aguja prusianos.

Mientras que de fusiles había una escasez general, había en cambio una abundancia igual de notable de sables de arrastre. Quien no conseguía un fusil se colgaba con tanto más celo una sonora espada de batalla, pues creía que solo con eso ya quedaba marcado como oficial. En Kaiserslautern, sobre todo, estos oficiales autoproclamados eran incontables, y las calles resonaban día y noche con el estrépito de sus terribles armas. Fueron especialmente los estudiantes los que, con esta nueva manera de infundir terror al enemigo y con su pretensión de formar una legión académica compuesta toda ella de jinetes de a pie, se ganaron méritos singulares en la salvación de la patria.

Había además medio escuadrón de chevaulegers pasados, pero, dispersos en el servicio de correo de campaña, etc., nunca llegaron a formar un cuerpo combatiente propio. La artillería, al mando del «teniente coronel» Anneke,63 consistía en un par de piezas de tres libras, cuyo tiro no recuerdo haber visto nunca, y en cierto número de pedreros. Delante de la Fruchthalle de Kaiserslautern había la más hermosa colección de viejos tubos de hierro de pedrero que se pudiera desear. La mayoría, naturalmente, se quedaron allí sin usar. Los dos más grandes se montaron en colosales cureñas fabricadas a propósito y se los llevaron. El gobierno badense vendió por fin al Palatinado una batería de seis libras desechada con algo de munición; pero faltaban el tiro, los servidores y munición suficiente. La munición se fabricó en lo posible; el tiro se consiguió tant bien que mal con campesinos y caballos requisados; para los servidores se buscaron unos cuantos viejos artilleros bávaros y se instruyó a la gente en el pesado y complicado reglamento de ejercicios bávaro.

La dirección superior de los asuntos militares estaba en las peores manos. El señor Reichardt, que se había hecho cargo del departamento militar en el gobierno provisional, era activo, pero sin energía y sin conocimientos. El primer comandante en jefe de las fuerzas palatinas, el caballero de industria Fenner von Fenneberg,64 fue destituido pronto, es verdad, por su conducta equívoca; ocupó su lugar momentáneamente un oficial polaco, Raquilliet. Por fin se supo que Mierosławski asumiría el mando supremo para Baden y el Palatinado y que el mando de las tropas palatinas se había confiado al «general» Sznayde,65 polaco también.

El general Sznayde llegó. Era un hombre pequeño y gordo que parecía más un bon vivant entrado en años que un «Menelao, valiente en el grito de guerra».66 El general Sznayde asumió el mando con mucha dignidad, se hizo informar del estado de las cosas y dictó inmediatamente una serie de órdenes del día. La mayoría de estas órdenes se referían al uniforme —la blusa— y a los distintivos de los oficiales —brazaletes o fajines tricolores—, a llamamientos a antiguos soldados de caballería y tiradores para que se presentaran voluntarios, llamamientos que ya se habían hecho diez veces sin fruto, y cosas por el estilo. Él mismo dio buen ejemplo encargándose inmediatamente un attila67 con cordones tricolores para infundir respeto al ejército. Lo que en sus órdenes del día era realmente práctico e importante se limitaba a repetir órdenes dictadas hacía tiempo y a propuestas que los pocos buenos oficiales presentes habían hecho ya antes, pero que nunca se habían impuesto y que solo ahora se pudieron imponer gracias a la autoridad de un general en jefe. Por lo demás, el general Sznayde confiaba en Dios y en Mierosławski y se entregaba a los placeres de la mesa, lo único razonable que podía hacer un individuo tan completamente incapaz.

Entre los demás oficiales de Kaiserslautern, el único competente era Techow,68 el mismo que, como teniente primero prusiano, había entregado con Natzmer el arsenal al pueblo durante el asalto al arsenal de Berlín y que, condenado a 15 años de fortaleza, había escapado de Magdeburgo. Techow, jefe del estado mayor palatino, se mostró en todo momento entendido, prudente y tranquilo, quizá demasiado tranquilo para que se le pudiera atribuir la rapidez de decisión que en el campo de batalla lo decide todo a menudo. El «teniente coronel» Anneke se mostró incapaz e indolente en la organización de la artillería, aunque prestó buenos servicios en el laboratorio. En Ubstadt no cosechó laureles como jefe militar, y de Rastatt, donde Mierosławski le confió el mando del material para el asedio, escapó de manera extraña al otro lado del Rin antes del cerco, dejando atrás sus caballos.

Los oficiales de los distintos distritos tampoco valían mucho. Cierto número de polacos habían llegado, unos ya antes que Sznayde y otros con él. Como la mejor gente de la emigración polaca estaba ya en Hungría, es fácil imaginar que estos oficiales polacos eran de una especie bastante mezclada. La mayoría se apresuraron a procurarse un número conveniente de caballos de silla y a dar algunas órdenes, y no se preocupaban mucho de su ejecución. Se presentaban con bastante altanería, querían tratar al campesino palatino como al sumiso siervo polaco, no conocían ni el país, ni la lengua, ni las voces de mando, y por eso, como comisarios militares, es decir, como organizadores de batallones, consiguieron poco o nada. En el curso de la campaña fueron a parar pronto al estado mayor de Sznayde y desaparecieron del todo poco después, cuando Sznayde fue agredido y maltratado por sus soldados. Los mejores de ellos llegaron demasiado tarde para poder organizar algo.

Entre los oficiales alemanes tampoco había muchas cabezas utilizables. El cuerpo del Hesse renano, que por lo demás contenía bastantes elementos susceptibles de formación también militar, estaba bajo la dirección de un tal Häusner, un hombre completamente inservible, y bajo la influencia moral y política, todavía mucho más lamentable, de los dos héroes Zitz y Bamberger,69 que más tarde, en Karlsruhe, salieron del apuro de manera tan gloriosa. En el Palatinado occidental, un antiguo oficial prusiano, Schimmelpfennig,70 organizó un cuerpo.

Los dos únicos oficiales que se distinguieron en el servicio activo ya antes de la invasión de los prusianos fueron Willich y Blenker.

Willich asumió con un pequeño cuerpo franco la observación y después el cerco de Landau y Germersheim. Una compañía de estudiantes, una compañía de obreros que habían vivido con él en Besanzón, tres débiles compañías de gimnastas71 —de Landau, Neustadt y Kaiserslautern—, dos compañías formadas por voluntarios de las localidades de los alrededores y, por último, una compañía de prusianos renanos armados con guadañas, en su mayoría huidos de las insurrecciones de Prüm y de Elberfeld, se fueron reuniendo poco a poco bajo su mando. Al final eran entre 700 y 800 hombres, en todo caso los soldados más de fiar de todo el Palatinado, con suboficiales que en su mayoría habían servido, algunos de ellos acostumbrados en Argelia a la guerra de guerrillas. Con estas pocas fuerzas, Willich se plantó en medio, entre Landau y Germersheim, organizó las milicias ciudadanas de los pueblos, las empleó para vigilar los caminos y para el servicio de avanzadas, rechazó todas las salidas de ambas fortalezas pese a la superioridad, sobre todo de la guarnición de Germersheim, cercó Landau de tal modo que quedaron cortados prácticamente todos los suministros, le cortó las conducciones de agua, represó el Queich, de modo que todas las bodegas de la fortaleza quedaron inundadas y, sin embargo, empezó a faltar el agua potable, e inquietaba cada noche a la guarnición con patrullas que no solo vaciaban las obras exteriores abandonadas y subastaban a cinco florines la pieza las estufas de los cuerpos de guardia que encontraban allí, sino que llegaban hasta los mismos fosos de la fortaleza y a menudo inducían a la guarnición a abrir contra un cabo y dos hombres un fuego tan tremendo como inofensivo con piezas de veinticuatro libras. Esta época fue con mucho la más brillante de la existencia del cuerpo franco de Willich. Si hubiera tenido entonces a su disposición solo unos cuantos obuses, aunque solo hubieran sido piezas de campaña, la fortaleza, con su guarnición débil y desmoralizada y su población rebelde, habría sido tomada en pocos días, según los informes de los espías que entraban y salían de Landau cada día. Incluso sin artillería, la continuación del cerco habría forzado la capitulación en ocho días. En Kaiserslautern había dos obuses de siete libras, lo bastante buenos para incendiar a cañonazos algunas casas de Landau durante la noche. Si hubieran estado en su sitio, probablemente se habría dado lo inaudito: que una fortaleza como Landau se tomara con un par de piezas de campaña. Cada día le predicaba al estado mayor de Kaiserslautern la necesidad de hacer al menos el intento. En vano. Un obús se quedó en Kaiserslautern; el otro fue a parar a Homburg, donde casi cayó en manos de los prusianos. Los dos pasaron el Rin sin haber disparado un tiro.

Pero más aún que Willich se distinguió el «coronel» Blenker. El «coronel» Blenker, antiguo viajante de vinos que había estado en Grecia como filoheleno y se había establecido después como comerciante de vinos en Worms, figura en todo caso entre las personalidades militares más eminentes de toda esta gloriosa campaña. Siempre a caballo, rodeado de un estado mayor numeroso, alto, fuerte, de rostro desafiante, con una imponente barba a lo Hecker, una voz omnipotente y dotado de todas las demás cualidades que hacen al «hombre del pueblo» del sur de Alemania, entre las que, como es sabido, no figura precisamente el entendimiento, el «coronel» Blenker daba la impresión de un hombre ante cuya sola vista Napoleón tendría que esconderse y que era digno de figurar en aquel estribillo con que hemos abierto estas descripciones. El «coronel» Blenker sentía en sí madera para derribar a los príncipes alemanes incluso sin «Hecker, Struve, Zitz y Blum», y se puso enseguida manos a la obra. Su opinión era hacer la guerra no como soldado, sino como viajante de vinos, y con este fin se propuso conquistar Landau. Willich no estaba allí todavía. Blenker reunió todo lo que había disponible en el Palatinado, tropas de línea y milicia popular, organizó tropas que andaban vagando revueltas, caballería y artillería, y avanzó sobre Landau. Ante la fortaleza se celebró consejo de guerra, se formaron las columnas de ataque, se determinó el emplazamiento de la artillería. Pero la artillería consistía en unos cuantos pedreros, cuyos calibres variaban de 1/2 libra a 1 3/8 libras, y la llevaban detrás en un carro de heno que servía al mismo tiempo de carro de municiones. La munición de estos diversos pedreros consistía, en efecto, en una, digo bien, una bala de veinticuatro libras; de pólvora, ni hablar. Una vez todo dispuesto, se avanzó con desprecio de la muerte. Se llegó hasta la explanada sin encontrar resistencia; se siguió marchando hasta llegar a la puerta. Delante, los soldados que se habían pasado de Landau. En las murallas aparecieron algunos soldados como parlamentarios. Se les gritó que abrieran la puerta. Ya se había entablado un diálogo de lo más cordial y todo parecía ir a pedir de boca. De pronto suena desde la muralla un cañonazo, la metralla pasa silbando por encima de las cabezas de los atacantes y en un abrir y cerrar de ojos todo el heroico ejército, con su príncipe Eugenio palatino,72 se deshace en una fuga salvaje. Todos corren, corren, corren con tan irresistible violencia que las pocas balas de cañón disparadas poco después desde las murallas ya no pasan silbando por encima de las cabezas de los fugitivos, sino solo por encima de los fusiles, cartucheras y mochilas que han arrojado. Por fin, a unas horas de Landau, se hace alto, se vuelve a reunir el ejército, y el señor «coronel» Blenker lo devuelve a casa sin las llaves de Landau, pero no por ello menos orgulloso. Esa fue la conquista de Landau, nunca vista, con tres pedreros y una bala de veinticuatro libras.

El disparo de metralla lo habían hecho a toda prisa unos oficiales bávaros al ver que sus soldados tenían ganas de abrir la puerta. Los propios soldados desviaron la pieza, y por eso no alcanzó a nadie. Pero cuando la guarnición de Landau vio qué efecto había producido aquel disparo al aire, ya no se habló, naturalmente, de rendirse.

Pero el héroe Blenker no era hombre que dejara de tomarse la revancha por semejante contratiempo. Decidió conquistar ahora Worms. Avanzó desde Frankenthal, donde mandaba un batallón. Los pocos soldados de Hesse que había en Worms pusieron pies en polvorosa, y el héroe Blenker entró con música en su ciudad natal. Después de celebrar la liberación de Worms con un solemne almuerzo, se procedió a la ceremonia principal, a saber, la jura de la Constitución del Imperio por veinte soldados hesianos que se habían quedado allí enfermos. Pero la noche siguiente a estos tremendos resultados, las tropas del Imperio de Peucker emplazaron cañones en la orilla derecha del Rin y despertaron de muy malos modos a los victoriosos conquistadores con un tronar matutino de cañones. No era un malentendido: las tropas del Imperio disparaban balas sólidas y granadas. Sin decir una palabra, el héroe Blenker reunió a sus valientes y se retiró en el mayor silencio de Worms a Frankenthal. De sus hazañas posteriores la musa contará más en el lugar debido.

Mientras en los distritos los caracteres más diversos se desahogaban así cada uno a su manera, mientras los soldados y los milicianos populares, en lugar de hacer instrucción, se sentaban a cantar en las tabernas, en Kaiserslautern los señores oficiales se ocupaban de inventar los planes estratégicos más profundos. Se trataba nada menos que de la posibilidad de defender una pequeña provincia accesible por varios lados, como el Palatinado, con una fuerza casi completamente imaginaria contra un ejército muy real de más de 30.000 hombres y 60 cañones. Precisamente porque aquí todo proyecto era igual de inútil, igual de absurdo, precisamente porque aquí faltaban todas las condiciones de cualquier plan estratégico, precisamente por eso los profundos guerreros, las cabezas pensantes del ejército palatino, se empeñaban todavía más en urdir un milagro estratégico que cerrara a los prusianos el camino del Palatinado. Cada teniente recién horneado, cada arrastrasables de la legión académica, que por fin había llegado a formarse bajo los auspicios del señor Sznayde con el grado de teniente para cada uno de sus miembros, cada escribiente de oficina miraba fijamente y con aire profundo el mapa del Palatinado con la esperanza de hallar la piedra filosofal estratégica. Es fácil imaginar qué cosas tan divertidas salían de ahí. Sobre todo, el método húngaro de hacer la guerra era muy apreciado. Desde el «general» Sznayde hasta el más incomprendido todavía de los Napoleones del ejército, se podía oír a todas horas la frase: «Tenemos que hacer como Kossuth, tenemos que abandonar una parte de nuestro terreno y retirarnos hacia aquí o hacia allá, a los montes o a la llanura, según el caso». «Tenemos que hacer como Kossuth», se decía en todas las tabernas. «Tenemos que hacer como Kossuth», repetía cada cabo, cada soldado, cada golfillo. «Tenemos que hacer como Kossuth», repetía bonachonamente el gobierno provisional, que sabía mejor que nadie que no tenía por qué meterse en estas cosas y al que, al fin y al cabo, le daba igual cómo se hiciera. «Tenemos que hacer como Kossuth, si no, estamos perdidos». ¡El Palatinado y Kossuth!

Antes de pasar a describir la campaña misma, tengo que mencionar brevemente un asunto que se ha tocado en varios periódicos: mi detención momentánea en Kirchheim. Pocos días antes de la entrada de los prusianos acompañé a mi amigo Moll73 en una misión que él había asumido hasta la frontera, hasta Kirchheimbolanden. Allí estaba una parte del cuerpo del Hesse renano, en el que teníamos conocidos. Por la noche estábamos sentados en la fonda con ellos y con varios otros voluntarios del cuerpo. Entre los voluntarios había algunos de aquellos «hombres de acción» graves y entusiastas de los que ya se ha hablado varias veces y que no veían ninguna dificultad en derrotar a cualquier ejército del mundo con pocas armas y mucho entusiasmo. Son gente que del ejército ha visto todo lo más la parada de la guardia, que en general nunca se preocupa de los medios materiales para alcanzar un fin cualquiera y que por eso, como tuve ocasión de observar varias veces más tarde, suele sufrir en el primer combate un desengaño tan demoledor que pone pies en polvorosa a toda prisa. Le pregunté a uno de estos héroes si de verdad pensaba derrotar a los prusianos con los treinta mil sables de arrastre y los tres fusiles y medio que había en el Palatinado, entre ellos varias carabinas oxidadas, y estaba ya en plena diversión a costa de la santa indignación del hombre de acción herido en su más noble entusiasmo cuando entra la guardia y me declara detenido. Al mismo tiempo veo detrás de mí a dos individuos que se abalanzan sobre mí echando espumarajos de rabia. Uno se dio a conocer como el comisario civil Müller; el otro era el señor Greiner, el único miembro del gobierno con el que no había tenido un trato más estrecho, por sus frecuentes ausencias de Kaiserslautern —el hombre estaba movilizando en silencio su fortuna— y por su aspecto sospechoso, de llorón sombrío.74 Al mismo tiempo se levantó un viejo conocido mío, capitán del cuerpo del Hesse renano, y declaró que, si me detenían, él y un número considerable de la mejor gente abandonarían el cuerpo inmediatamente. Moll y otros quisieron protegerme por la fuerza en el acto. Los presentes se dividieron en dos partidos, la escena amenazaba con ponerse interesante, y yo declaré que, naturalmente, me dejaría detener con mucho gusto: así se vería por fin de qué color era el movimiento palatino. Me fui con la guardia.

A la mañana siguiente, tras un interrogatorio cómico al que me sometió el señor Zitz, fui entregado al comisario civil y por este a un gendarme. El gendarme, al que se le había inculcado que me tratara como a un espía, me ató las dos manos y me llevó a pie a Kaiserslautern, acusado de denigrar el levantamiento del pueblo palatino y de incitar contra el gobierno, del que, dicho sea de paso, no había dicho una palabra. Por el camino conseguí que me dieran un coche. En Kaiserslautern, adonde Moll se había adelantado, encontré, naturalmente, al gobierno muy consternado por la bévue75 del valiente Greiner, y todavía más consternado por el trato que yo había recibido. Se comprenderá que les hiciera a estos señores una buena escena en presencia del gendarme. Como todavía no había llegado ningún informe del señor Greiner, me ofrecieron dejarme libre bajo palabra de honor. Me negué a dar la palabra y fui a la cárcel cantonal, sin escolta, lo que se aceptó a propuesta de D'Ester. D'Ester declaró que, después de que un compañero de partido hubiera recibido semejante trato, no podía seguir allí. Tzschirner,76 que acababa de llegar, también se mostró muy decidido. Esa misma noche el asunto era conocido en toda la ciudad, y todos los que pertenecían a la tendencia resuelta tomaron inmediatamente mi partido. A ello se sumó la noticia de que en el cuerpo del Hesse renano habían estallado disturbios por este asunto y de que una gran parte del cuerpo quería disolverse. Con menos habría bastado para mostrar a los regentes provisionales, con los que yo estaba cada día, la necesidad de darme satisfacción. Después de haberme divertido bastante bien durante 24 horas en la cárcel, vinieron a verme D'Ester y Schmitt;77 Schmitt me declaró que estaba libre sin condición alguna y que el gobierno esperaba que no me dejara disuadir de seguir participando en el movimiento. Además, se había dado la orden de que en adelante no se trajera atado a ningún preso político, y la investigación contra el autor del infame trato, así como sobre la detención y su causa, seguía adelante. Una vez que el gobierno, como el señor Greiner seguía sin mandar ningún informe, me hubo dado toda la satisfacción que le era posible por el momento, se quitaron por ambas partes las caras solemnes y se bebieron juntos unos chatos en el Donnersberg. Tzschirner salió a la mañana siguiente hacia el cuerpo del Hesse renano para calmarlo, y le di unas líneas para llevar. El señor Greiner, cuando volvió, se presentó tan espantosamente llorón que sus colegas le dieron todavía con más razón un doble rapapolvo. Al mismo tiempo los prusianos entraban desde Homburg, y como con ello la cosa daba un giro interesante, como no quería desaprovechar la ocasión de pasar por un poco de escuela de guerra y como, por último, la Neue Rheinische Zeitung tenía que estar representada honoris causa también en el ejército de Baden y el Palatinado, me ceñí yo también una espada de batalla y me fui con Willich.

IV. ¡Morir por la república!

Solo con la caída de treinta y seis tronos78
puede prosperar la república alemana;
por eso, hermanos, derribadlos sin piedad,
dad los bienes, la sangre y la vida.
Morir por la república
es un destino sublime y grande, ¡es la meta de nuestro valor!79

Así cantaban los voluntarios en el tren cuando yo iba a Neustadt para preguntar allí por el cuartel general momentáneo de Willich.

Morir por la república era, pues, desde entonces la meta de mi valor, o al menos debía serlo. Me sentía raro con esta nueva meta. Miré a los voluntarios, muchachos jóvenes, guapos y desenvueltos. No tenían en absoluto aspecto de que la muerte por la república fuera de momento la meta de su valor.

Desde Neustadt fui en un carro de campesino requisado a Offenbach, entre Landau y Germersheim, donde aún estaba Willich. Nada más pasar Edenkoben me encontré con los primeros puestos de guardia que los campesinos habían colocado por orden suya y que desde allí se repetían a la entrada y a la salida de cada pueblo y en todos los cruces de caminos, y no dejaban pasar a nadie sin un salvoconducto escrito de las autoridades de la insurrección. Se veía que uno se acercaba algo más al estado de guerra. Ya muy entrada la noche llegué a Offenbach y entré en el acto al servicio de Willich como ayudante.

Durante ese día —era el 13 de junio— una pequeña parte del cuerpo de Willich había sostenido un combate brillante. Pocos días antes Willich había recibido como refuerzo de su cuerpo franco un batallón de la milicia popular badense, el batallón Dreher-Obermüller, y había adelantado unos cincuenta hombres de ese batallón hacia Germersheim, hasta Bellheim. Detrás de ellos, en Knittelsheim, estaba además una compañía del cuerpo franco con algunos guadañeros. Un batallón de bávaros con dos cañones y un escuadrón de chevaulegers hizo una salida. Los badenses huyeron sin oponer resistencia; solo uno de ellos, alcanzado por tres gendarmes a caballo, se defendió con furia hasta que por fin cayó, todo acuchillado a sablazos, y los atacantes acabaron de matarlo. Cuando los fugitivos llegaron a Knittelsheim, el capitán allí destacado salió contra los bávaros con no del todo 50 hombres, algunos de los cuales todavía tenían guadañas. Repartió hábilmente a su gente en varios destacamentos y avanzó en línea de tiradores con tal decisión que los bávaros, más de diez veces superiores, tras dos horas de combate fueron rechazados hasta el pueblo abandonado por los badenses y, por último, cuando llegaron algunos refuerzos más del cuerpo de Willich, expulsados de nuevo del pueblo. Con una pérdida de unos veinte muertos y heridos se retiraron a Germersheim. Siento no poder dar el nombre de este joven oficial valiente y de talento, porque probablemente todavía no está a salvo. Su gente solo tuvo cinco heridos, ninguno de ellos grave. Uno de estos cinco, un voluntario francés, había recibido un balazo en el brazo antes de llegar a disparar él mismo. A pesar de ello gastó todavía sus dieciséis cartuchos, y cuando la herida le impidió cargar, hizo que un guadañero le cargara el fusil para poder seguir disparando. Al día siguiente fuimos a Bellheim para ver el lugar del combate y tomar nuevas disposiciones. Los bávaros habían disparado con bala sólida y metralla contra nuestros tiradores, pero no habían alcanzado más que las ramas de los árboles, de las que estaba sembrado todo el camino, y el árbol detrás del cual estaba el capitán.

El batallón Dreher-Obermüller estaba presente hoy al completo para establecerse ya del todo en Bellheim y sus alrededores. Era un batallón hermoso y bien armado, y sobre todo los oficiales, con sus bigotazos y sus caras morenas llenas de gravedad y entusiasmo, parecían verdaderos antropófagos pensantes. Por suerte no eran tan peligrosos, como veremos cada vez más.

Para mi asombro, supe que casi no había munición, que la mayoría de la gente solo tenía cinco o seis cartuchos, unos pocos veinte, y que las existencias no bastaban siquiera para llenar las cartucheras completamente vacías de los hombres que habían estado en el fuego el día antes. Me ofrecí enseguida a ir a Kaiserslautern a buscar munición y me puse en camino esa misma tarde.

Los carros de campesino van mal; la necesidad de requisar nuevos carros en cada etapa, el desconocimiento de los caminos, etc., también entretienen. Amanecía cuando llegué a Maikammer, más o menos a medio camino de Neustadt. Aquí me encontré con una sección de la milicia popular de Pirmasens con los cuatro cañones enviados a Homburg, que en Kaiserslautern ya se daban por perdidos. Por Zweibrücken y Pirmasens, y desde allí por los más miserables caminos de montaña, habían conseguido llegar hasta aquí, donde por fin desembocaban en la llanura. Los señores prusianos no tenían tanta prisa en la persecución, aunque nuestros hombres de Pirmasens, excitados por las fatigas, las marchas nocturnas y el vino, ya los creían pisándoles los talones.

Unas horas más tarde —era el 15 de junio— llegué a Neustadt. Toda la población estaba en la calle, y entre ella soldados y voluntarios, como se llamaba en el Palatinado, sin distinción, a todas las milicias populares en blusa. Carros, cañones y caballos obstruían los accesos. En una palabra, había ido a caer en medio de la retirada de todo el ejército palatino. El gobierno provisional, el general Sznayde, el estado mayor, las oficinas, todo estaba allí. Se había abandonado Kaiserslautern, la Fruchthalle, el «Donnersberg», las cervecerías, el «punto de situación más estratégica del Palatinado», y de momento Neustadt era el centro de la confusión palatina, que solo ahora, cuando se llegaba a la lucha, alcanzaba su punto culminante. En fin, me informé de todo, me llevé todos los toneles de pólvora, plomo y cartuchos hechos que pude —¿de qué le iba a servir la munición a este ejército, deshecho en pedazos sin una batalla?—, me procuré por fin, tras innumerables intentos inútiles, un carro de escalera en un pueblo vecino y por la tarde salí de nuevo con mi botín y unos cuantos hombres de escolta.

Antes fui a ver al señor Sznayde y le pregunté si no tenía nada que comunicar a Willich. El viejo gourmand me dio algunas respuestas que no decían nada y añadió con aire de importancia: «Mire usted, ahora estamos haciendo exactamente como Kossuth».

Pero cómo llegaron los palatinos a hacer exactamente como Kossuth, es lo que voy a explicar. El Palatinado poseía, en la época más floreciente del «levantamiento», es decir, la víspera de la entrada de los prusianos, unos 5.000 o 6.000 hombres armados con fusiles de toda clase y entre 1.000 y 1.500 guadañeros. Estos 5.000 o 6.000 combatientes posibles consistían, en primer lugar, en el cuerpo franco de Willich y en el del Hesse renano y, en segundo lugar, en la llamada milicia popular. En cada distrito de comisaría territorial había un comisario militar encargado de organizar un batallón. Como núcleo e instructores servían los soldados pasados que pertenecían al distrito. Este sistema de mezclar las tropas de línea con los reclutas recién alistados, que durante una campaña activa, con una disciplina estricta y un ejercicio continuo de las armas, habría conducido a los mejores resultados, lo echó todo a perder aquí. Los batallones no llegaron a formarse por falta de armas; los soldados, que no tenían nada que hacer, perdieron entre holganzas toda disciplina y toda compostura militar y se dispersaron en gran parte. Por fin, en algunos distritos se reunió una especie de batallón; en los otros solo existían algunos grupos armados. Con los guadañeros no había nada que hacer; estorbaban en todas partes y nunca se les podía emplear realmente; se les había dejado en parte como apéndice provisional de sus respectivos batallones hasta que se consiguieran fusiles para ellos, y en parte se les había reunido en un cuerpo especial bajo el capitán Zinn, medio loco. El ciudadano Zinn, el más completo Pistol shakespeariano que se pueda ver,80 que en la fuga ante Landau, bajo el héroe Blenker, había tropezado con la vaina de su sable de modo que se rompió, pero que después juró con gran patetismo que una «bala de bomba incendiaria de veinticuatro libras» se la había partido, este mismo Pistol invencible se había empleado hasta entonces en ejecuciones contra pueblos reaccionarios. Se entregaba a esta tarea con gran celo, de modo que los campesinos le tenían, sí, muchísimo respeto a él y a su cuerpo, pero también le daban una buena paliza cada vez que lo pillaban solo. Al volver de tales expediciones, los guadañeros tenían que mellar y astillar sus guadañas a golpes, y cuando llegaba a Kaiserslautern contaba falstafiadas sanguinarias de sus combates con los campesinos.

Como con tales fuerzas, naturalmente, poco se podía hacer, Mierosławski, que no llegó al cuartel general badense hasta el 10, ordenó que los palatinos se retiraran combatiendo hacia el Rin; que, a ser posible, ganaran el paso del Rin en Mannheim, y si no, que pasaran a la orilla derecha por Espira o Knielingen y defendieran después desde Baden los pasos del Rin. Al mismo tiempo que esta orden llegó la noticia de que los prusianos habían invadido el Palatinado desde Saarbrücken y habían rechazado hacia Kaiserslautern, tras algunos tiros de fusil, a los pocos hombres que teníamos en la frontera. Al mismo tiempo casi todas las unidades más o menos organizadas se concentraron en dirección a Kaiserslautern y Neustadt; se produjo una confusión sin límites, y gran parte de los reclutas se dispersó. Un joven oficial de los cuerpos francos de Schleswig-Holstein de 1848, Rakow, salió con 30 hombres a reunir de nuevo a los desertores y en dos veces veinticuatro horas juntó a 1.400, a los que formó en un «batallón Kaiserslautern» que mandó hasta el final de la campaña.

El Palatinado es, desde el punto de vista estratégico, un terreno tan sencillo que ni siquiera los prusianos podían cometer pifias en él. A lo largo del Rin se extiende un valle de cuatro a cinco horas de ancho sin ningún obstáculo del terreno. En tres cómodas jornadas de marcha llegaron los prusianos de Kreuznach y Worms hasta Landau y Germersheim. Por el montañoso Palatinado occidental va la «Kaiserstraße» de Sarreguemines a Maguncia, casi siempre por la cresta de los montes o por un ancho valle de arroyo. Tampoco aquí hay prácticamente obstáculos del terreno tras los cuales un ejército numéricamente débil y tácticamente sin formación pudiera sostenerse siquiera medianamente. De la Kaiserstraße, por último, se separa muy cerca de la frontera prusiana, en Homburg, una carretera excelente que, en parte por valles fluviales y en parte por la cresta de los Vosgos, conduce directamente a Landau por Zweibrücken y Pirmasens. Esta carretera ofrece, desde luego, mayores dificultades, pero tampoco se la puede cerrar con pocas tropas y sin artillería, sobre todo si un cuerpo enemigo maniobra en la llanura y puede cortar la retirada por Landau y Bergzabern.

De acuerdo con esto, el ataque de los prusianos fue muy sencillo. La primera invasión se hizo desde Saarbrücken contra Homburg; desde allí una columna marchó directamente sobre Kaiserslautern, y la otra, por Pirmasens, sobre Landau. Inmediatamente después atacó un segundo cuerpo en el valle del Rin. Este cuerpo encontró en Kirchheimbolanden la primera resistencia enconada por parte de los del Hesse renano que estaban allí. Los tiradores de Maguncia defendieron el jardín del palacio con gran tenacidad y pese a pérdidas considerables. Por fin fueron rodeados y se retiraron. Diecisiete de ellos cayeron en manos de los prusianos. Inmediatamente los pusieron contra los árboles y los héroes del «magnífico ejército»,81 borrachos de aguardiente, los fusilaron sin más. Con esta infamia empezaron los prusianos su «breve, pero gloriosa campaña» en el Palatinado.

Con ello quedaba ganada toda la mitad norte del Palatinado y establecido el enlace entre las dos columnas principales. Ya solo tenían que avanzar por la llanura y liberar Landau y Germersheim para asegurarse todo el resto del Palatinado y capturar a todos los cuerpos que pudieran seguir resistiendo en las montañas.

Había unos 30.000 prusianos en el Palatinado, provistos de numerosa caballería y artillería. En la llanura, por donde avanzaban el príncipe de Prusia y Hirschfeld82 con el cuerpo más fuerte, no había entre ellos y Neustadt más que un par de secciones de la milicia popular incapaces de resistir y ya medio deshechas, y una parte de los del Hesse renano. Una marcha rápida sobre Espira y Germersheim, y todos los 4.000 o 5.000 palatinos concentrados en Neustadt y Landau, o más bien arrastrándose revueltos, estaban perdidos, dispersos, deshechos y presos. Pero los señores prusianos, tan activos cuando se trataba de fusilar a prisioneros indefensos, eran extremadamente reservados en el combate y extremadamente soñolientos en la persecución.

Si en todo el curso de la campaña tengo que volver con frecuencia sobre esta tibieza tan singular de los prusianos y de las demás tropas del Imperio, tanto en el ataque como en la persecución, frente a un ejército casi siempre seis veces, y siempre por lo menos tres veces inferior, mal organizado y a ratos miserablemente mandado, está claro que no la achaco a una cobardía particular de los soldados prusianos, tanto menos cuanto que ya se habrá visto que no me hago ninguna ilusión sobre la especial valentía de nuestras tropas. Tampoco la atribuyo, como hacen los reaccionarios, a una especie de magnanimidad o al deseo de no cargar con demasiados prisioneros. La burocracia civil y militar prusiana ha buscado siempre su gloria en obtener con gran estrépito triunfos sobre enemigos débiles y en vengarse de los indefensos con toda la voluptuosidad de la sed de sangre. Así lo ha hecho también en Baden y el Palatinado; prueba de ello son los fusilamientos de Kirchheim, las ejecuciones nocturnas en la Fasanerie de Karlsruhe, las innumerables matanzas de heridos y de hombres que se rendían en todos los campos de batalla, los malos tratos a los pocos que fueron hechos prisioneros, los asesinatos por consejo de guerra en Friburgo y en Rastatt y, por último, la muerte lenta, secreta y por eso tanto más cruel de los prisioneros de Rastatt por los malos tratos, el hambre, el hacinamiento en agujeros húmedos y asfixiantes y el tifus producido por todo ello. La tibieza de los prusianos en la guerra tenía su causa, desde luego, en la cobardía, pero en la cobardía de los que mandaban. Aparte de la precisión lenta y medrosa de nuestros héroes prusianos de las polainas y las maniobras, que por sí sola hace imposible toda jugada audaz, toda decisión rápida, aparte de los prolijos reglamentos de servicio que deben impedir por vías indirectas la repetición de tantas derrotas vergonzosas, ¿cuándo habrían empleado los prusianos esta manera de hacer la guerra, tan insoportablemente aburrida para nosotros y tan sumamente bochornosa para ellos, si hubieran estado seguros de su propia gente? Pero esa era la causa. Los señores generales sabían que un tercio de su ejército se componía de regimientos de la Landwehr reacios, que a la primera victoria del ejército insurrecto se pasarían a él y arrastrarían muy pronto consigo la defección de la mitad también de las tropas de línea y en especial de toda la artillería. Y cómo habrían quedado entonces la casa de Hohenzollern y la corona incólume,83 está bastante claro.

En Maikammer, donde tuve que esperar hasta la mañana del 16 un nuevo carro y una nueva escolta, me alcanzó de nuevo el ejército, que había salido de Neustadt al alba. El día antes todavía se había hablado de una marcha sobre Espira; este plan, por tanto, se había abandonado, y se marchaba directamente hacia el puente de Knielingen. Salí con quince hombres de Pirmasens, muchachos campesinos medio salvajes de los bosques vírgenes del Palatinado occidental. Solo cerca de Offenbach supe que Willich había marchado con todas sus tropas a Frankweiler, una localidad situada al noroeste de Landau. Así que di la vuelta y hacia el mediodía llegué a Frankweiler. Aquí encontré no solo a Willich, sino otra vez a toda la vanguardia de los palatinos, que, para no pasar entre Landau y Germersheim, había tomado el camino al oeste de Landau. En la taberna estaban sentados el gobierno provisional con sus funcionarios, el estado mayor y los numerosos vagos demócratas que se habían sumado a ambos. El general Sznayde almorzaba. Todo el mundo corría de un lado a otro: en la fonda los regentes, los comandantes y los vagos; en la calle los soldados. Poco a poco fue entrando el grueso del ejército: el señor Blenker, el señor Trocinski, el señor Strasser y como se llamen todos, a caballo, al frente de sus valientes. La confusión era cada vez mayor. Poco a poco se consiguió mandar a algunos cuerpos más adelante, en dirección a Impflingen y Kandel.

A este ejército no se le notaba que estaba en retirada. El desorden había estado en su casa desde el principio, y aunque los jóvenes guerreros ya empezaban a lamentarse de las marchas a las que no estaban acostumbrados, eso no les impedía beber a sus anchas en las tabernas, alborotar y amenazar a los prusianos con aniquilarlos muy pronto. Pese a esta certeza de la victoria, un regimiento de caballería con unas cuantas piezas a caballo habría bastado para dispersar a los cuatro vientos a toda la alegre compañía y deshacer por completo el «ejército de la libertad del Palatinado renano». No hacía falta más que una decisión rápida y algo de audacia; pero de ninguna de las dos había rastro en el campo prusiano.

A la mañana siguiente nos pusimos en marcha. Mientras el grueso de los fugitivos se dirigía al puente de Knielingen, Willich marchó con su cuerpo y el batallón Dreher a las montañas, contra los prusianos. Una de nuestras compañías, unos cincuenta gimnastas de Landau, había avanzado hasta lo más alto de las montañas, a Johanniskreuz. Schimmelpfennig estaba todavía con su cuerpo en la carretera de Pirmasens a Landau. Se trataba de detener a los prusianos y de cerrarles en [Hinter]weidenthal los caminos de Bergzabern y del valle del Lauter.

Schimmelpfennig, sin embargo, ya había abandonado [Hinter]weidenthal y estaba en Rinnthal y en Annweiler. La carretera hace aquí una curva, y precisamente en esa curva los montes que cierran el valle del Queich forman una especie de desfiladero detrás del cual está el pueblo de Rinnthal. Este desfiladero estaba ocupado por una especie de avanzada. Durante la noche sus patrullas habían informado de que les habían disparado; de madrugada, el ex comisario civil Weiss, de Zweibrücken, y un joven renano, M. J. Becker, trajeron la noticia de que los prusianos se acercaban e instaron a enviar patrullas de reconocimiento. Pero no se hizo ningún reconocimiento ni se ocuparon las alturas a ambos lados del desfiladero, de modo que Weiss y Becker decidieron ir a reconocer por su cuenta. Cuando aumentaron los informes sobre la aproximación del enemigo, la gente de Schimmelpfennig empezó a levantar una barricada en el desfiladero; llegó Willich, reconoció la posición, dio algunas órdenes para ocupar las alturas y mandó retirar la barricada, completamente inútil. Luego volvió a toda prisa a caballo a Annweiler y fue a buscar a sus tropas.

Al pasar por Rinnthal oímos los primeros tiros. Atravesamos el pueblo a toda prisa y vimos formada en la carretera a la gente de Schimmelpfennig, muchos guadañeros, pocos fusiles, algunos ya adelantados en el combate. Los prusianos avanzaban en guerrilla por las alturas; Schimmelpfennig les había dejado tranquilamente llegar a la posición que él mismo debía ocupar. Todavía no caía ninguna bala en nuestras columnas; todas pasaban volando muy por encima de nosotros. Cuando una bala silbaba por encima de los guadañeros, toda la línea vacilaba y todo el mundo gritaba a la vez.

A duras penas pasamos junto a estas tropas, que obstruían casi toda la carretera, lo desordenaban todo y, con sus guadañas, eran completamente inútiles. Los jefes de compañía y los tenientes estaban tan perplejos y confusos como los propios soldados. Se mandó adelantarse a nuestros tiradores, unos a la derecha, otros a la izquierda, a las alturas, y además, a la izquierda, dos compañías para reforzar a los tiradores y rodear a los prusianos. La columna principal se quedó en el valle. Algunos tiradores se apostaron detrás de los restos de la barricada en la curva de la carretera y dispararon contra la columna prusiana, que estaba unos cientos de pasos más atrás. Yo subí por la izquierda al monte con algunos hombres.

Apenas habíamos trepado por la ladera llena de matorrales cuando dimos con un campo despejado, desde cuyo borde opuesto, boscoso, nos enviaban sus balas puntiagudas los tiradores prusianos. Hice subir todavía a algunos de los voluntarios que trepaban por la ladera perplejos y algo asustados, los coloqué lo más a cubierto posible y examiné más de cerca el terreno. Con aquel puñado de hombres no podía avanzar por un campo completamente abierto de 200 a 250 pasos de ancho mientras el destacamento envolvente enviado más a la izquierda no hubiera alcanzado el flanco de los prusianos; a lo sumo podíamos sostenernos, ya que de por sí estábamos mal cubiertos. Por lo demás, los prusianos, pese a sus rifles de bala puntiaguda, disparaban rematadamente mal; estuvimos más de media hora casi sin ninguna cobertura bajo el más violento fuego de tiradores, y los tiradores de élite enemigos solo acertaron en un cañón de fusil y en el faldón de una blusa.

Por fin tuve que ver dónde estaba Willich. Mi gente prometió sostenerse, y yo volví a bajar por la ladera. Abajo todo iba bien. La columna principal de los prusianos, tiroteada por nuestros tiradores en la carretera y a la derecha de la carretera, tuvo que retirarse algo más. De pronto, a la izquierda, donde yo había estado, nuestros voluntarios bajan a saltos y a toda prisa por la ladera y abandonan su posición. Las compañías que habían avanzado por el extremo del ala izquierda, debilitadas por haber dejado atrás numerosos tiradores, encontraron demasiado largo el camino por un bosquecillo más alejado; con el capitán que había ganado el combate de Bellheim a la cabeza, avanzaron campo a través. Las recibió un fuego violento; el capitán y varios otros cayeron, y el resto, sin jefe, cedió ante la superioridad. Los prusianos avanzaron entonces, tomaron de flanco a nuestros tiradores, les dispararon desde arriba y los obligaron así a retirarse. Todo el monte estuvo pronto en manos de los prusianos. Disparaban desde arriba sobre nuestras columnas; ya no había nada que hacer, e iniciamos la retirada. La carretera estaba obstruida por las tropas de Schimmelpfennig y por el batallón Dreher-Obermüller, que, según la loable costumbre badense, no marchaba en secciones de cuatro a seis, sino en medias secciones de doce a quince hombres de frente, y ocupaba todo el ancho de la carretera. Nuestra gente tuvo que marchar al pueblo por prados pantanosos. Yo me quedé con los tiradores que cubrían la retirada.

El combate se había perdido, en parte porque Schimmelpfennig, contra la orden de Willich, no había hecho ocupar las alturas, que con las pocas tropas utilizables no podíamos volver a quitar a los prusianos; en parte por la total inutilidad de la gente de Schimmelpfennig y del batallón Dreher, y en parte, por último, por la impaciencia del capitán enviado a rodear a los prusianos, que casi le costó la vida y dejó al descubierto nuestra ala izquierda. Por lo demás, fue una suerte para nosotros que nos derrotaran; una columna prusiana estaba ya en camino hacia Bergzabern, Landau había sido liberada, y así nos habrían cercado por todos lados en [Hinter]weidenthal.

En la retirada perdimos más gente que en el combate. De vez en cuando las balas de rifle prusianas daban en la columna apretada, que avanzaba en su mayor parte en un desorden edificante, gritando y armando estrépito. Tuvimos unos quince heridos, entre ellos Schimmelpfennig, que había recibido un balazo en la rodilla bastante al principio del combate. Los prusianos nos persiguieron de nuevo con mucha tibieza y pronto dejaron de disparar. Solo nos seguían algunos tiradores por las laderas. En Annweiler, a media hora del lugar del combate, tomamos con mucha calma algún refrigerio y después marchamos a Albersweiler. Lo principal lo teníamos: 3.000 florines de ingresos del empréstito forzoso que estaban preparados en Annweiler. Los prusianos lo llamaron después robo de caja. También afirmaron, en su embriaguez de victoria, haber matado en Rinnthal al capitán Manteuffel, de nuestro cuerpo, primo del honorable Manteuffel de Berlín y suboficial prusiano pasado a nuestras filas. El señor Manteuffel está tan poco muerto que después ha ganado incluso un premio de gimnasia en Zúrich.

En Albersweiler se nos unieron dos piezas badenses, parte de los refuerzos enviados por Mierosławski. Queríamos aprovecharlas para hacer frente una vez más en las cercanías; entonces nos trajeron la noticia de que los prusianos ya estaban en Landau, y después de eso no nos quedó más remedio que marchar directamente a Langenkandel.

En Albersweiler tuvimos la suerte de librarnos de las tropas inservibles que marchaban con nosotros. El cuerpo de Schimmelpfennig, tras perder a su jefe, ya se había deshecho en parte y se marchó por su cuenta hacia un lado, hacia Kandel. A cada momento iba dejando en las tabernas rezagados de toda clase. El batallón Dreher empezó en Albersweiler a amotinarse. Willich y yo fuimos y les preguntamos qué querían. Silencio general. Por fin un voluntario ya bastante entrado en años gritó: «¡Nos quieren llevar al matadero!». Esta exclamación resultaba de lo más cómica en un cuerpo que ni siquiera había estado en el combate y que en la retirada había tenido dos, a lo sumo tres heridos leves. Willich hizo salir al hombre de la fila y entregar su fusil. El barbicano, algo achispado, lo hizo, montó una escena tragicómica y soltó entre lloriqueos un largo discurso cuyo sentido, en breve, era que aquello nunca le había pasado. Con eso se levantó una indignación general entre estos combatientes muy bonachones, pero mal disciplinados, de modo que Willich ordenó a toda la compañía marcharse de inmediato: estaba harto de charlas y refunfuños y no quería mandar a semejantes soldados ni un momento más. La compañía no se lo hizo decir dos veces, giró a la derecha y se puso en marcha. Cinco minutos después la siguió el resto del batallón, al que Willich todavía dio dos cañones. ¡Era demasiado para ellos que los «llevaran al matadero» y que tuvieran que guardar disciplina! Los dejamos ir con mucho gusto.

Nos metimos a la derecha en las montañas, en dirección a Impflingen. Pronto nos acercamos a los prusianos; nuestros tiradores cruzaron algunas balas con ellos. En general se estuvo disparando de vez en cuando toda la tarde. En el primer pueblo me quedé atrás para enviar noticias por mensajeros a nuestra compañía de gimnastas de Landau; si las recibió, no lo sé, pero llegó felizmente a Francia y de allí pasó a Baden. Con esta parada perdí al cuerpo y tuve que buscar yo solo mi camino a Kandel. Los caminos estaban cubiertos de rezagados del ejército; todas las tabernas estaban llenas; todo aquel esplendor parecía haberse disuelto en humo. Aquí oficiales sin soldados, allá soldados sin oficiales, voluntarios de todos los cuerpos revueltos corrían a pie y en carro hacia Kandel. ¡Y los prusianos ni pensaban en una persecución seria! Impflingen está solo a una hora de Landau, Wörth (delante del puente de Knielingen) solo a cuatro o cinco horas de Germersheim; y los prusianos no enviaron rápidamente tropas ni a un punto ni al otro, que en el uno habrían podido cortar a los rezagados y en el otro a todo el ejército. ¡Verdaderamente, los laureles del príncipe de Prusia se han conquistado de una manera muy particular!

En Kandel encontré a Willich, pero no al cuerpo, que estaba acantonado más atrás. En cambio, encontré de nuevo al gobierno provisional, al estado mayor y al numeroso séquito de vagos. El mismo hacinamiento de tropas, solo que un desorden y una confusión todavía mucho mayores que el día antes en Frankweiler. A cada momento llegaban oficiales que preguntaban por sus cuerpos y soldados que preguntaban por sus jefes. Nadie sabía darles razón. La disolución era completa.

A la mañana siguiente, 18 de junio, toda aquella tropa desfiló por Wörth y por el puente de Knielingen. Pese a los muchos dispersos y a los que se habían ido a casa, el ejército, con los refuerzos llegados de Baden, contaba todavía de 5.000 a 6.000 hombres. Pasaron por Wörth tan orgullosos como si acabaran de conquistar el pueblo y fueran al encuentro de nuevos triunfos. Seguían haciendo como Kossuth. Un batallón de línea badense, por lo demás, fue el único que tenía compostura militar y que podía pasar por delante de una taberna sin que algunos se metieran de un salto en ella. Por fin llegó nuestro cuerpo. Nos quedamos para cubrir el paso hasta que se pudiera retirar el puente; cuando todo estuvo en orden, pasamos a Baden y ayudamos a retirar los pontones.

El gobierno badense, para ahorrar molestias a los buenos filisteos de Karlsruhe, que el 6 de junio se habían comportado con tanta valentía frente a los republicanos,84 acantonó a toda aquella gente palatina en los alrededores. Nosotros habíamos insistido precisamente en ir con nuestro cuerpo a Karlsruhe; necesitábamos un montón de reparaciones y de prendas de vestir y, además, considerábamos muy deseable la presencia en Karlsruhe de un cuerpo revolucionario de fiar. Pero el señor Brentano se había ocupado de nosotros. Nos dirigió a Daxlanden,85 un pueblo a hora y media de Karlsruhe, que nos pintaron como un verdadero Eldorado. Marchamos allí y encontramos el nido más reaccionario de toda la comarca. Nada de comer, nada de beber, apenas algo de paja; medio cuerpo tuvo que dormir en el duro suelo. Y encima caras agrias en todas las puertas y ventanas. Fuimos expeditivos. Se advirtió al señor Brentano: si antes no se nos asignaba otro alojamiento mejor, a la mañana siguiente, el 19 de junio, estaríamos en Karlsruhe. Dicho y hecho. A las nueve de la mañana se emprende la marcha. Todavía a menos de un tiro de fusil del pueblo nos sale al encuentro el señor Brentano con un oficial de estado mayor y emplea todas las lisonjas, todas las artes de la elocuencia para mantenernos lejos de Karlsruhe. La ciudad, decía, albergaba ya a 5.000 hombres, la clase más rica se había marchado, la clase media estaba sobrecargada de alojamientos; él no consentiría que el valiente cuerpo de Willich, cuyo elogio estaba en todas las bocas, se alojara mal, etc. No sirvió de nada. Willich exigió algunos palacios vacíos de aristócratas que se habían marchado, y como Brentano no quiso darlos, nos alojamos en casas de Karlsruhe.

En Karlsruhe recibimos fusiles para nuestra compañía de guadañeros y algo de paño para capotes. Hicimos reparar zapatos y ropa lo más deprisa posible. También vino gente nueva con nosotros: varios obreros que conocía de la insurrección de Elberfeld, además de Kinkel,86 que entró como mosquetero en la compañía de obreros de Besanzón, y Zychlinski, ayudante del mando supremo en la insurrección de Dresde y jefe de la retaguardia en la retirada de los insurrectos. Entró como tirador en la compañía de estudiantes.

Junto a completar el equipo, no se olvidó la instrucción táctica. Se hizo instrucción con aplicación, y el segundo día de nuestra estancia se llevó a cabo un asalto simulado a Karlsruhe desde la plaza del Palacio. Los filisteos demostraron con su indignación general y profundamente sentida ante esta maniobra que habían entendido perfectamente la amenaza.

Por fin se tomó la audaz decisión de requisar la colección de armas del gran duque, que hasta entonces había permanecido intacta como un santuario. Estábamos a punto de hacer transformar a percusión veinte rifles sacados de ella cuando llegó la noticia de que los prusianos habían cruzado el Rin por Germersheim y estaban en Graben y en Bruchsal.

Salimos inmediatamente —el 20 de junio por la tarde— con dos cañones palatinos. Al llegar a Blankenloch, a hora y media de Karlsruhe en dirección a Bruchsal, encontramos allí al señor Clement con su batallón y supimos que las avanzadas prusianas estaban adelantadas hasta más o menos una hora de Blankenloch. Mientras nuestra gente cenaba con las armas en la mano, celebramos consejo de guerra. Willich propuso atacar inmediatamente a los prusianos. El señor Clement declaró que con sus tropas sin instrucción no podía hacer un ataque nocturno. Se acordó, por tanto, que nosotros avanzaríamos inmediatamente sobre Karlsdorf, atacaríamos algo antes del amanecer y trataríamos de romper la línea prusiana. Si lo lográbamos, marcharíamos sobre Bruchsal y, a ser posible, nos meteríamos en la ciudad. El señor Clement atacaría entonces al amanecer por Friedrichsthal y apoyaría nuestro flanco izquierdo.

Era cerca de medianoche cuando nos pusimos en marcha. Nuestra empresa era bastante temeraria. Éramos poco menos de setecientos hombres con dos cañones; nuestras tropas estaban mejor instruidas y eran más de fiar que el resto de las tropas palatinas, y estaban también bastante acostumbradas al fuego. Queríamos atacar con ellas a un cuerpo enemigo que en todo caso estaba mucho más ejercitado y provisto de oficiales subalternos mucho más ejercitados que nosotros, entre quienes algún capitán apenas había estado en la milicia ciudadana; un cuerpo cuya fuerza no conocíamos con exactitud, pero que no contaba menos de 4.000 hombres. Nuestro cuerpo, sin embargo, ya había sostenido combates más desiguales, y en esta campaña no se podía contar en general con proporciones numéricas menos desfavorables.

Enviamos por delante a diez estudiantes como vanguardia, a cien pasos; después seguía la primera columna, a la cabeza media docena de dragones badenses que nos habían asignado para el servicio de estafetas, y detrás tres compañías. Los cañones, con las otras tres compañías, se quedaron algo más atrás; los tiradores cerraban la marcha. Se había dado la orden de no disparar en ningún caso, de marchar en el mayor silencio y, en cuanto apareciera el enemigo, lanzarse sobre él a la bayoneta.

Pronto vimos a lo lejos el resplandor de las hogueras de los puestos prusianos. Llegamos sin ser molestados hasta Spöck. El grueso se detiene; solo la vanguardia sigue adelante. De pronto suenan disparos; en la calle, a la entrada del pueblo, se enciende una viva fogata de paja, la campana toca a rebato. A derecha e izquierda nuestros tiradores rodean el pueblo, y la columna entra. Dentro arden también grandes hogueras; en cada esquina esperamos una descarga. Pero todo está en silencio, y solo una especie de puesto de guardia de campesinos acampa ante el ayuntamiento. La avanzada prusiana ya había puesto pies en polvorosa.

Los señores prusianos, eso lo vimos aquí, pese a su colosal superioridad numérica, no se sentían seguros si no habían cumplido hasta el detalle más aburrido sus pedantes reglamentos del servicio de avanzadas. A una hora entera de su campamento estaba este puesto extremo. Si hubiéramos querido agotar de la misma manera con el servicio de avanzadas a nuestra gente, no acostumbrada a las fatigas de la guerra, habríamos tenido innumerables rezagados. Confiábamos en el miedo prusiano y éramos de la opinión de que ellos nos tendrían más respeto a nosotros que nosotros a ellos. Y con razón. Nuestras avanzadas nunca fueron atacadas hasta la frontera suiza, y nuestros acantonamientos nunca fueron sorprendidos.

En todo caso, los prusianos estaban ya avisados. ¿Debíamos dar la vuelta? No éramos de esa opinión; seguimos adelante.

En Neuthard, otra vez la campana a rebato; pero esta vez ni fogatas de señal ni disparos. También aquí atravesamos el pueblo en orden algo cerrado y subimos la cuesta hacia Karlsdorf. Nuestra vanguardia, ahora solo a treinta pasos por delante, apenas ha llegado a lo alto cuando ve justo delante el puesto de campaña prusiano, que le da el alto. Oigo el «¿Quién vive?» y salto hacia delante. Uno de mis camaradas dijo: «Este está perdido, a este no lo volvemos a ver». Pero precisamente el haberme adelantado fue mi salvación.

En ese mismo momento, en efecto, el puesto de campaña enemigo hace una descarga, y nuestra vanguardia, en lugar de arrollarlo a la bayoneta, devuelve el fuego. Los dragones, junto a los que yo había marchado, dan media vuelta en el acto con su habitual cobardía, se meten al galope en la columna, atropellan a cierto número de hombres, dispersan por completo las primeras cuatro a seis secciones y se van al galope. Al mismo tiempo, las vedetas enemigas apostadas en los campos a derecha e izquierda abren fuego sobre nosotros, y para completar la confusión, en medio de nuestra columna unos cuantos zoquetes empiezan a disparar contra su propia cabeza, y otros zoquetes los imitan. En un abrir y cerrar de ojos la primera mitad de la columna queda dispersa, en parte desperdigada por los campos, en parte en fuga, en parte apelotonada en la carretera en un ovillo confuso. Heridos, mochilas, sombreros, fusiles yacen revueltos entre el trigo joven. Y entre todo ello, un griterío salvaje y confuso, disparos y silbidos de balas en todas las direcciones posibles. Y cuando el ruido amaina un poco, oigo muy atrás nuestros cañones que se alejan rodando en fuga precipitada. Habían prestado a la segunda mitad de la columna el mismo servicio que los dragones a la primera.

Por furioso que estuviera en ese momento por el pánico infantil que se había apoderado de nuestros soldados, más lamentables me parecieron los prusianos, que, avisados como estaban de nuestra llegada, cesaron el fuego tras un par de disparos y salieron corriendo también a toda prisa. Nuestra vanguardia seguía en su sitio, y sin que nadie la atacara. Un escuadrón de caballería o un fuego de tiradores medianamente nutrido nos habría deshecho en la fuga más salvaje.

Willich llegó corriendo a toda prisa desde la vanguardia. La compañía de Besanzón fue la primera en volver a formar; las demás, más o menos avergonzadas, se le sumaron. Empezaba a clarear. Nuestras pérdidas fueron seis heridos, entre ellos uno de nuestros oficiales de estado mayor, al que había derribado y pisoteado el caballo de un dragón en el mismo lugar que yo había dejado un instante antes para correr a la vanguardia. Varios otros habían sido alcanzados, evidentemente, por las balas de nuestra propia gente. Recogimos con cuidado todas las piezas de equipo arrojadas, para que a los prusianos no les tocara ni el más mínimo trofeo, y luego nos retiramos lentamente a Neuthard. Los tiradores se apostaron para cubrirnos detrás de las primeras casas. Pero no vino ningún prusiano; y cuando Zychlinski fue de nuevo a reconocer, los encontró todavía detrás de la altura, desde donde le enviaron un par de balas sin acertar en nada.

Los campesinos palatinos que llevaban nuestros cañones habían atravesado el pueblo con uno de ellos; el otro había volcado, y los conductores se habían ido a caballo con cinco caballos, cuyos tirantes habían cortado. Tuvimos que enderezar la pieza y llevárnosla solo con el caballo de varas.

Al llegar a Spöck oímos a la derecha, hacia Friedrichsthal, un tiroteo que se iba avivando. El señor Clement, una hora más tarde de lo convenido, había atacado por fin. Propuse apoyarlo con un ataque de flanco para desquitarnos del revés. Willich era de la misma opinión y ordenó tomar el primer camino a la derecha. Una parte de nuestro cuerpo ya había doblado cuando un oficial de órdenes de Clement informó de que este se retiraba. Fuimos, pues, a Blankenloch. Pronto nos encontramos al señor Beust, del estado mayor, que se quedó asombradísimo de vernos vivos y al cuerpo en el mejor orden. Los canallas de los dragones, en su huida, que llegó hasta Karlsruhe, habían contado por todas partes que Willich había muerto, que los oficiales habían muerto todos y que el cuerpo estaba disperso a los cuatro vientos y aniquilado. Nos habían disparado, decían, con metralla y con «balas de bomba incendiarias».

Delante de Blankenloch nos salieron al encuentro tropas palatinas y badenses y, por último, el señor Sznayde con su estado mayor. El viejo pajarraco, que probablemente había pasado la noche muy tranquilo en la cama, tuvo la desvergüenza de gritarnos: «Señores, ¿adónde van? ¡Allí está el enemigo!». Le contestamos, naturalmente, como se merecía, pasamos de largo y en Blankenloch nos procuramos algo de descanso y de refrigerio. A las dos horas volvió el señor Sznayde con su tropa, naturalmente sin haber visto al enemigo, y almorzó.

El señor Sznayde tenía ahora bajo su mando, con los refuerzos recibidos de Karlsruhe y sus alrededores, unos 8.000 o 9.000 hombres, entre ellos tres batallones de línea badenses y dos baterías badenses. En total habría unos 25 cañones. A consecuencia de las órdenes algo vagas de Mierosławski, y más aún de la total incapacidad del señor Sznayde, todo el ejército palatino se quedó en los alrededores de Karlsruhe hasta que los prusianos hubieron cruzado el Rin al amparo de la cabeza de puente de Germersheim. Mierosławski (véanse sus informes sobre la campaña de Baden)87 había dado la orden general de defender, tras la retirada del Palatinado, los pasos del Rin desde Espira hasta Knielingen, y la orden especial de cubrir Karlsruhe y hacer del puente de Knielingen el punto de reunión de todo el cuerpo de ejército. El señor Sznayde lo interpretó en el sentido de que debía quedarse hasta nueva orden en Karlsruhe y Knielingen. Si, como implicaban las órdenes generales de Mierosławski, hubiera enviado un cuerpo fuerte con artillería contra la cabeza de puente de Germersheim, no habría ocurrido el disparate de dar al comandante Mniewski, con 450 reclutas sin cañones, la orden de tomar la cabeza de puente, no habrían pasado el Rin 30.000 prusianos sin ser molestados, no se habría cortado la comunicación con Mierosławski y el ejército palatino habría podido presentarse a tiempo en el campo de batalla de Waghäusel. En lugar de eso, el día del combate de Waghäusel, el 21 de junio, andaba desorientado entre Friedrichsthal, Weingarten y Bruchsal, perdió de vista al enemigo y malgastó el tiempo en marchas de acá para allá.

Recibimos orden de salir hacia el ala derecha y avanzar por Weingarten al pie de los montes. Salimos, pues, ese mismo mediodía —el 21 de junio— de Blankenloch, y hacia las cinco de la tarde de Weingarten. Las tropas palatinas empezaban por fin a inquietarse; se daban cuenta de la superioridad numérica que tenían enfrente y perdían la seguridad fanfarrona que habían tenido hasta entonces, al menos antes del combate. A partir de entonces empezó en la milicia popular palatina y badense, y poco a poco también en la línea y en la artillería, aquel olfatear prusianos por todas partes, aquella repetición diaria de falsas alarmas que lo desordenaba todo y daba lugar a las escenas más divertidas. Ya en la primera altura detrás de Weingarten se nos echaron encima patrullas y campesinos gritando: ¡Ya están aquí los prusianos! Nuestro cuerpo se formó en orden de batalla y avanzó. Yo volví a la villa para hacer tocar alarma allí, y con ello perdí al cuerpo. Toda la alarma, naturalmente, era infundada. Los prusianos se habían retirado hacia Waghäusel, y Willich entró esa misma tarde en Bruchsal.

Pasé la noche con el señor Oswald y su batallón palatino en Obergrombach y a la mañana siguiente marché con él a Bruchsal. Delante de la ciudad nos salen al encuentro carros con rezagados: ¡Ya están aquí los prusianos! En el acto todo el batallón empezó a vacilar, y solo con esfuerzo se le pudo hacer avanzar. Naturalmente, otra falsa alarma; en Bruchsal estaban Willich y el resto de la vanguardia palatina; los demás fueron entrando uno tras otro, y de los prusianos no había ni rastro. Además del ejército y de sus jefes estaban allí D'Ester, el ex gobierno palatino y Goegg, que desde que la dictadura de Brentano se había vuelto indiscutible pasaba casi todo el tiempo con el ejército y ayudaba a despachar los asuntos civiles corrientes. El abastecimiento era malo, la confusión grande. Solo en el cuartel general, como siempre, se vivía bien.

Recibimos otra vez un número considerable de cartuchos de las reservas de Karlsruhe y por la tarde nos pusimos en marcha, y con nosotros toda la vanguardia. Mientras esta se acantonaba en Ubstadt, nosotros torcimos a la derecha hacia Unteröwisheim para cubrir el flanco en las montañas.

Éramos ahora, por las apariencias, una fuerza muy respetable. Nuestro cuerpo se había reforzado con dos nuevas secciones. En primer lugar, el batallón Langenkandel, que se había dispersado en el camino desde su tierra hasta el puente de Knielingen y cuyos beaux restes88 se nos habían unido; consistían en un capitán, un teniente, un abanderado, un sargento, un suboficial y dos soldados. En segundo lugar, la «columna Robert Blum», con una bandera roja, un cuerpo de unos sesenta hombres que parecían caníbales y habían realizado hazañas considerables en materia de requisas. Además, se nos habían asignado cuatro cañones badenses y un batallón de la milicia popular badense, el batallón Kniery, Knüry o Knierim (no hubo manera de averiguar la lectura correcta del nombre). El batallón Knierim era digno de su jefe, y el señor Knierim era digno de su batallón. Ambos eran de sólidas convicciones, terribles fanfarrones y alborotadores y estaban siempre borrachos. El consabido «entusiasmo» estremecía sus corazones, como veremos, hasta las más tremendas hazañas.

En la mañana del 23 Willich recibió una nota de Anneke, que mandaba la vanguardia palatina en Ubstadt, que decía: el enemigo se acercaba; se había celebrado consejo de guerra y se había decidido retirarse. Willich, asombradísimo ante esta extraña noticia, fue inmediatamente allí a caballo, convenció a Anneke y a sus oficiales de que aceptaran el combate en Ubstadt, reconoció él mismo la posición e indicó el emplazamiento de los cañones. Luego volvió e hizo formar a su gente con las armas. Mientras nuestras tropas formaban, recibimos la siguiente orden del cuartel general de Bruchsal, firmada por Techow: el grueso del ejército avanzaría por la carretera de Heidelberg y esperaba llegar ese mismo día hasta Mingolsheim, y nosotros debíamos marchar al mismo tiempo por Odenheim sobre Waldangelloch y pernoctar allí. Más noticias sobre los éxitos del cuerpo principal y órdenes sobre nuestra conducta posterior se nos enviarían allí.

El señor Struve, en su aventurera Geschichte der drei Volkserhebungen in Baden,89 pp. 311-317, ha publicado un informe sobre las operaciones del ejército palatino del 20 al 26 de junio que no es más que una apología del incapaz Sznayde y que hierve de inexactitudes y deformaciones. Ya de lo contado se desprende: 1.º, que Sznayde no recibió en modo alguno, «unas horas después de su entrada en Bruchsal (el 22), noticias seguras sobre la batalla de Waghäusel y su resultado»; 2.º, que, por tanto, no es cierto en absoluto que «con ello su plan cambiara y que, en lugar de marchar sobre Mingolsheim, como había sido al principio la intención», ya el 22 «decidiera quedarse con el grueso de su división en Bruchsal» (la mencionada nota de Techow se escribió en la noche del 22 al 23); 3.º, que no es cierto en absoluto que «en la mañana del 23 debiera hacerse un gran reconocimiento», sino que se trataba, efectivamente, de la marcha sobre Mingolsheim. Que, 4.º, «todos los destacamentos recibieron orden de marchar en dirección al fuego en cuanto lo oyeran», y, 5.º, que «el destacamento del ala derecha (Willich) excusó su ausencia en el combate de Ubstadt diciendo que no había oído el fuego», son, como se verá, burdas mentiras.

Nos pusimos en marcha inmediatamente. En Odenheim íbamos a desayunar. Unos chevaulegers bávaros que nos habían asignado para el servicio de estafetas rodearon el pueblo por la izquierda para reconocer posibles cuerpos enemigos. Unos húsares prusianos habían estado en el pueblo y habían requisado forraje que pensaban recoger más tarde. Mientras embargábamos ese forraje y a nuestra gente, formada con las armas, se le repartían vino y víveres, llegó a galope uno de los chevaulegers gritando: ¡Ya están aquí los prusianos! En un abrir y cerrar de ojos el batallón Knierim, que estaba más cerca, rompió filas y se arremolinó en un ovillo salvaje, gritando, maldiciendo y armando estrépito en todas direcciones, mientras el señor comandante, con su caballo desbocado, tenía que dejar en la estacada a su gente. Llegó Willich a caballo, restableció el orden y nos pusimos en marcha. Los prusianos, naturalmente, no estaban allí.

En la altura de detrás de Odenheim oímos el tronar de los cañones de Ubstadt. El cañoneo se avivó pronto. Oídos más ejercitados podían distinguir ya los disparos de bala de los de metralla. Deliberamos si debíamos proseguir nuestra marcha o tomar la dirección del fuego. Como nuestra orden era terminante y como el fuego parecía desplazarse en dirección a Mingolsheim, lo que indicaba un avance de los nuestros, nos decidimos por la marcha más peligrosa, la de Waldangelloch. Si los palatinos eran derrotados en Ubstadt, allí arriba, en las montañas, estábamos poco menos que cortados y en una posición bastante crítica.

El señor Struve afirma que el combate de Ubstadt «habría podido conducir a resultados brillantes si los destacamentos laterales hubieran intervenido en el momento oportuno» (p. 314). El cañoneo duró menos de una hora, y nosotros habríamos necesitado de dos horas a dos horas y media para poder presentarnos en el campo de batalla entre Stettfeld y Ubstadt, es decir, hora y media después de que se hubiera abandonado. Así escribe «historia» el señor Struve.

Cerca de Tiefenbach se hizo alto. Mientras nuestras tropas tomaban un refrigerio, Willich despachó algunos partes. El batallón Knierim descubrió en Tiefenbach una especie de bodega municipal, la embargó, sacó los toneles de vino y en el plazo de una hora todos estaban borrachos. El enfado por el susto de los prusianos de la mañana, el tronar de los cañones de Ubstadt, la poca confianza de estos héroes los unos en los otros y en sus oficiales, todo ello, exaltado por el vino, estalló de pronto en rebelión abierta. Exigieron que se volviera inmediatamente atrás; el eterno marchar por los montes ante el enemigo no les gustaba. Como, naturalmente, ni se habló de ello, dieron media vuelta y se marcharon por su cuenta. La antropófaga «columna Robert Blum» se les unió. Los dejamos ir y marchamos a Waldangelloch.

Aquí, en una profunda hondonada, era imposible pernoctar con alguna seguridad. Se hizo, pues, alto y se recogieron noticias sobre el terreno de los alrededores y la posición del enemigo. Entretanto, a través de los campesinos se habían difundido algunos rumores vagos sobre la retirada del ejército del Neckar. Se decía saber que cuerpos badenses importantes habían marchado por Sinsheim y Eppingen hacia Bretten, que el propio Mierosławski había pasado en el más riguroso incógnito y que en Sinsheim lo habían querido detener. La artillería se inquietó, e incluso nuestros estudiantes empezaron a refunfuñar. Se mandó, pues, de vuelta a la artillería y marchamos sobre Hilsbach. Allí supimos más detalles de la retirada del ejército del Neckar, realizada desde hacía 48 horas, y de los bávaros que estaban a hora y media de nosotros, en Sinsheim. Su número se daba en 7.000, pero, como supimos después, era de cerca de 10.000. Nosotros éramos 700 hombres a lo sumo. Nuestra gente no podía seguir marchando. Los acuartelamos, pues, en graneros, como siempre que teníamos que mantenerlos lo más juntos posible, pusimos fuertes avanzadas y nos echamos a dormir. Cuando salimos a la mañana siguiente, el 24, oímos con toda claridad tocar el paso de marcha bávaro. Un buen cuarto de hora después de nuestra salida, los bávaros estaban en Hilsbach.

Mierosławski había pernoctado dos días antes, el 22, en Sinsheim y ya estaba con sus tropas en Bretten cuando entramos en Hilsbach. Becker, que mandaba la retaguardia, también había pasado ya. No puede, pues, como afirma el señor Struve en la p. 308, haber pasado la noche del 23 al 24 en Sinsheim, porque allí estaban a las ocho de la tarde, y probablemente antes, los bávaros, que ya la tarde anterior habían librado un pequeño combate con Mierosławski. La retirada de Mierosławski de Waghäusel a Bretten por Heidelberg la presentan los que participaron en ella como una maniobra sumamente peligrosa. Las operaciones de Mierosławski del 20 al 24 de junio, la rápida concentración de un cuerpo cerca de Heidelberg con el que se lanzó sobre los prusianos y su rápida retirada tras perder el combate de Waghäusel forman, desde luego, la parte más brillante de toda su actividad en Baden; pero que frente a un enemigo tan soñoliento esta maniobra no era en absoluto tan peligrosa lo demuestra nuestra retirada desde Hilsbach, realizada 24 horas más tarde con un pequeño cuerpo sin la menor molestia. Incluso por el desfiladero de Flehingen, donde ya Mierosławski había esperado un ataque el 23, pasamos sin ser atacados y marchamos sobre Büchig. Allí queríamos quedarnos para cubrir contra un primer ataque el campamento establecido por Mierosławski en Bretten.

En toda nuestra marcha, que pasó por Eppingen, Zaisenhausen y Flehingen, causamos asombro, porque ya habían pasado todos los cuerpos del ejército del Neckar, incluida la retaguardia. Cuando entramos en Büchig y nuestro corneta tocó, provocamos allí un susto de prusianos. Un destacamento de la milicia ciudadana de Bretten que requisaba víveres para el campamento de Mierosławski nos tomó por prusianos y dio el más hermoso ejemplo de confusión, hasta que doblamos la esquina y la vista de nuestras blusas los tranquilizó. Embargamos inmediatamente los víveres, y apenas los habíamos consumido cuando la noticia de que Mierosławski había salido de Bretten con todas sus tropas motivó nuestra marcha hacia Bretten.

En Bretten nos quedamos esa noche, mientras la milicia ciudadana ponía avanzadas. Para la mañana siguiente se habían requisado carros para llevar a todo el cuerpo a Ettlingen. Como Bruchsal ya había sido tomada por los prusianos el 24 y nosotros, en caso de que la carretera de Durlach por Diedelsheim estuviera ocupada por el enemigo (lo estaba, en efecto, como supimos después), no podíamos meternos en ningún combate, no nos quedaba otro camino hacia el ejército principal.

En Bretten vino a vernos una diputación de los estudiantes con la declaración de que el eterno marchar ante el enemigo no les gustaba y que pedían que se les licenciara. Recibieron, como es natural, la respuesta de que ante el enemigo no se licenciaba a nadie; pero que, si querían desertar, eran libres de hacerlo. Más o menos la mitad de la compañía se marchó entonces; el resto se redujo pronto tanto por deserciones sueltas que solo quedaron los tiradores. En general, los estudiantes se mostraron durante toda la campaña como unos señoritos descontentos y medrosos que siempre querían estar al tanto de todos los planes de operaciones, se quejaban de pies llagados y refunfuñaban si la campaña no ofrecía todas las comodidades de un viaje de vacaciones. Entre estos «representantes de la inteligencia» solo había unos pocos que constituían una excepción por su carácter verdaderamente revolucionario y su brillante valor.

Media hora después de nuestra salida, según nos contaron más tarde, el enemigo entró en Bretten. Llegamos a Ettlingen, donde el señor Corvin-Wiersbitzki90 nos pidió que marcháramos a Durlach, donde Becker debía detener al enemigo hasta que se evacuara Karlsruhe. Willich envió a un chevauleger con una nota para Becker a fin de saber si pensaba sostenerse algún tiempo más; el hombre volvió al cuarto de hora con la noticia de que las tropas de Becker ya le habían salido al encuentro en plena retirada. Marchamos, pues, a Rastatt, donde se concentraba todo.

La carretera de Rastatt ofrecía el cuadro del más hermoso desorden. Una multitud de los más diversos cuerpos marchaban o acampaban revueltos, y solo con esfuerzo, bajo el sol abrasador y en la confusión general, conseguimos mantener unida a nuestra gente. En la explanada de Rastatt acampaban las tropas palatinas y algunos batallones badenses. Los palatinos habían menguado mucho. El mejor cuerpo, el del Hesse renano, había sido convocado en Karlsruhe, antes del combate de Ubstadt, por los señores Zitz y Bamberger. Estos valientes luchadores por la libertad comunicaron al cuerpo que todo estaba perdido, que la superioridad era demasiado grande, que todavía podían volver todos a casa sin peligro; que ellos, el vocinglero parlamentario Zitz y el valeroso Bamberger, querían mantener su conciencia limpia de sangre inocente derramada y de otras desgracias, y con ello declararon disuelto el cuerpo. Los del Hesse renano, naturalmente, se indignaron tanto ante esta propuesta infame que quisieron detener y fusilar a los dos traidores; también D'Ester y el gobierno palatino los buscaron para detenerlos. Pero los honorables ciudadanos ya habían huido, y el valiente Zitz contemplaba ya desde la segura Basilea el curso posterior de la campaña por la Constitución del Imperio. Como en septiembre de 1848 con su «letra gótica»,91 también en mayo de 1849 el señor Zitz había figurado entre los fanfarrones parlamentarios que más habían incitado al pueblo a la insurrección, y las dos veces ocupó un lugar glorioso entre los primeros que lo abandonaron en la insurrección. También en Kirchheimbolanden el señor Zitz estuvo entre los primeros en escapar, mientras sus tiradores combatían y eran fusilados. El cuerpo del Hesse renano, ya muy debilitado de por sí, como todos los cuerpos, por las deserciones, y desanimado por la retirada a Baden, perdió momentáneamente toda cohesión. Una parte se disolvió y se fue a casa; el resto se reorganizó y combatió hasta el final de la campaña. Los demás palatinos quedaron desmoralizados en Rastatt por la noticia de que todos los que volvieran a casa antes del 5 de julio recibirían una amnistía. Más de la mitad se dispersó, batallones enteros se redujeron a compañías, los oficiales subalternos se habían ido en gran parte, y los cerca de 1.200 hombres que todavía permanecieron juntos ya casi no valían nada. También nuestro cuerpo, aunque en absoluto desanimado, se había reducido, por las pérdidas, las enfermedades y la deserción de los estudiantes, a poco más de 500 hombres.

Fuimos a acantonarnos a Kuppenheim, donde ya había otras tropas. A la mañana siguiente fui con Willich a Rastatt y allí volví a encontrar a Moll.

A las víctimas más o menos cultas de la insurrección badense se les han erigido monumentos por todas partes, en la prensa, en las asociaciones democráticas, en verso y en prosa. De los cientos y miles de obreros que libraron los combates, que cayeron en los campos de batalla, que se han podrido vivos en las casamatas de Rastatt o que ahora, en el extranjero, son los únicos de todos los refugiados que tienen que apurar el exilio hasta las heces de la miseria, de esos nadie habla. La explotación de los obreros es una cosa demasiado tradicional, demasiado habitual, para que nuestros «demócratas» oficiales vean en los obreros otra cosa que materia prima agitable, explotable y explosiva, pura carne de cañón. Para comprender la posición revolucionaria del proletariado, el futuro de la clase obrera, nuestros demócratas son demasiado ignorantes y burgueses. Por eso les son odiosos también aquellos caracteres auténticamente proletarios que, demasiado orgullosos para adularlos, demasiado perspicaces para dejarse utilizar por ellos, están sin embargo siempre presentes con las armas en la mano cuando se trata de derribar un poder existente, y que en todo movimiento revolucionario representan directamente al partido del proletariado. Pero si no está en el interés de los llamados demócratas reconocer a tales obreros, es deber del partido del proletariado honrarlos como se merecen. Y entre los mejores de esos obreros se contaba Joseph Moll, de Colonia.

Moll era relojero. Había dejado Alemania hacía años y había participado en Francia, Bélgica e Inglaterra en todas las sociedades revolucionarias públicas y secretas. Había ayudado a fundar en 1840 la Asociación Obrera Alemana de Londres.92 Después de la revolución de febrero volvió a Alemania y pronto asumió, con su amigo Schapper,93 la dirección de la Asociación Obrera de Colonia. Refugiado en Londres desde los disturbios de septiembre de 1848 en Colonia,94 volvió pronto a Alemania con nombre falso, hizo agitación en las más diversas regiones y asumió misiones cuyo peligro arredraba a cualquier otro. En Kaiserslautern volví a encontrármelo. También aquí asumió misiones en Prusia que, si lo hubieran descubierto, le habrían valido el indulto inmediato de pólvora y plomo. Al volver de su segunda misión logró atravesar todos los ejércitos enemigos hasta Rastatt, donde entró en el acto en la compañía de obreros de Besanzón de nuestro cuerpo. Tres días después había caído. Perdí en él a un viejo amigo, y el partido a uno de sus combatientes más infatigables, más intrépidos y más de fiar.

El partido del proletariado estaba bastante fuertemente representado en el ejército de Baden y el Palatinado, sobre todo en los cuerpos francos, como el nuestro, en la legión de refugiados, etc., y puede desafiar tranquilamente a todos los demás partidos a que hagan el más mínimo reproche a uno solo de sus miembros. Los comunistas más decididos fueron los soldados más valientes.

Al día siguiente, el 27, nos trasladaron algo más adentro de las montañas, a Rothenfels. Poco a poco se fue fijando la división del ejército y la distribución de los distintos cuerpos. Pertenecíamos a la división del ala derecha, que mandó el coronel Thome, el mismo que había querido detener a Mierosławski en Meckesheim y al que, de manera pueril, se le había dejado el mando, y desde el 27, Mersy. Willich, que había rechazado el mando de los palatinos que le había ofrecido Sigel, actuaba como jefe del estado mayor de la división. La división se extendía desde Gernsbach y la frontera de Wurtemberg hasta más allá de Rothenfels y se apoyaba a la izquierda en la división de Oborski,95 concentrada en torno a Kuppenheim. La vanguardia estaba adelantada hasta la frontera, así como hasta Sulzbach, Michelbach y Winkel. El abastecimiento, al principio irregular y malo, mejoró a partir del 27. Nuestra división se componía de varios batallones de línea badenses, del resto de los palatinos bajo el héroe Blenker, de nuestro cuerpo y de una batería o batería y media de artillería. Los palatinos estaban en Gernsbach y sus alrededores; la línea y nosotros, en Rothenfels y sus alrededores. El cuartel general estaba en el hotel de la fuente de Isabel, frente a Rothenfels.

El 28, después de comer, estábamos sentados tomando el café en este hotel —el estado mayor de la división y el de nuestro cuerpo, con Moll, Kinkel y otros voluntarios— cuando llegó la noticia de que los prusianos atacaban a nuestra avanzada de Michelbach. Salimos enseguida, aunque teníamos todos los motivos para suponer que el enemigo solo pretendía un reconocimiento. Y, en efecto, no fue más que eso. El pueblo de Michelbach, situado abajo en el valle, que los prusianos habían conquistado momentáneamente, ya se les había vuelto a quitar cuando llegamos. Desde las dos laderas se disparaba a través del valle y se gastaba inútilmente mucha munición. Yo solo vi un muerto y un herido. Mientras la línea gastaba sus cartuchos sin objeto a distancias de 600 a 800 pasos, Willich hizo que nuestra gente pusiera con toda calma los fusiles en pabellón y descansara justo al lado de los supuestos combatientes y bajo el supuesto fuego. Solo los tiradores bajaron por la ladera boscosa y, apoyados por algunas tropas de línea, expulsaron a los prusianos de la altura de enfrente. Uno de nuestros tiradores, con su colosal rifle de apoyo, un verdadero cañón portátil, derribó del caballo a unos 900 pasos a un oficial prusiano; toda su compañía dio inmediatamente media vuelta a la derecha y volvió al bosque. Cierto número de muertos y heridos prusianos, y dos prisioneros, cayeron en nuestras manos.

Al día siguiente tuvo lugar el ataque general en toda la línea. Esta vez los señores prusianos nos molestaron en la comida. El primer ataque del que se nos informó fue contra Bischweier, es decir, contra el punto de enlace de la división de Oborski con la nuestra. Willich insistió en que nuestras tropas de Rothenfels se mantuvieran lo más disponibles posible, porque el ataque principal había que esperarlo en todo caso en la dirección opuesta, en Gernsbach. Pero Mersy contestó: ya se sabía cómo iban las cosas; si atacaban a uno de nuestros batallones y los demás no acudían enseguida en masa en su ayuda, se gritaría traición y todos saldrían corriendo. Se marchó, pues, hacia Bischweier.

Willich y yo avanzamos con la compañía de tiradores por la carretera de Bischweier, en la orilla derecha del Murg. A media hora de Rothenfels dimos con el enemigo. Los tiradores se desplegaron en guerrilla, y Willich volvió a caballo para traer a la línea al cuerpo, que estaba algo más atrás. Durante un rato nuestros tiradores, cubiertos detrás de frutales y viñas, mantuvieron un fuego bastante vivo, al que el enemigo respondía con la misma viveza. Pero cuando una fuerte columna enemiga avanzó por la carretera para apoyar a sus tiradores, el ala izquierda de nuestros tiradores cedió y, pese a todas las exhortaciones, no hubo manera de detenerla. La derecha había avanzado más arriba, hacia las alturas, y más tarde la recogió nuestro cuerpo.

Cuando vi que con los tiradores no había nada que hacer, los dejé a su suerte y me fui hacia las alturas, donde veía las banderas de nuestro cuerpo. Una compañía se había quedado atrás; su capitán, un sastre, por lo demás un buen hombre, no sabía qué hacer. Me la llevé con las demás y encontré a Willich en el momento en que mandaba adelante en guerrilla a la compañía de Besanzón y colocaba detrás a las demás en dos líneas, además de una compañía enviada a la derecha, hacia los montes, para cubrir el flanco.

Nuestros tiradores fueron recibidos con un fuego violento. Los que tenían enfrente eran cazadores prusianos, y nuestros obreros no tenían que oponer a los rifles de bala puntiaguda más que mosquetes. Pero, apoyados por el ala derecha de nuestros tiradores, que se les unió, avanzaron con tal decisión que la corta distancia compensó muy pronto, sobre todo en el ala derecha, la peor calidad del arma, y los prusianos fueron rechazados. Las dos líneas se quedaron bastante pegadas detrás de la guerrilla. Entretanto, dos cañones badenses se habían emplazado también a nuestra izquierda, en el valle del Murg, y abrieron fuego contra la infantería y la artillería prusianas que estaban en la carretera.

El combate habría durado aquí más o menos una hora, bajo el más vivo fuego de fusil y de rifle y con un retroceso continuo de los prusianos —algunos de nuestros tiradores ya habían llegado hasta Bischweier—, cuando los prusianos recibieron refuerzos y mandaron adelante sus batallones. Nuestros tiradores se retiraron; la primera línea hizo fuego por pelotones, la segunda se retiró un trecho a la izquierda a un camino hondo e hizo fuego también. Pero los prusianos avanzaban en masas cerradas por toda la línea; los dos cañones badenses que cubrían nuestro flanco izquierdo ya se habían retirado, por el flanco derecho los prusianos bajaban de los montes, y tuvimos que retroceder.

En cuanto salimos del fuego cruzado enemigo, tomamos una nueva posición al pie de los montes. Si hasta entonces habíamos hecho frente a la llanura del Rin, hacia Bischweier y Niederweier, ahora hacíamos frente a los montes, que los prusianos habían ocupado desde Oberweier. Ahora por fin llegaron también a la línea de batalla los batallones de línea y entraron en combate, junto con dos compañías de nuestro cuerpo, que fueron enviadas de nuevo adelante en guerrilla.

Habíamos tenido muchas pérdidas. Faltaban unos treinta, entre ellos Kinkel y Moll, sin contar a los tiradores dispersos. Los dos nombrados habían avanzado demasiado con el ala derecha de su compañía y algunos tiradores. El capitán de los tiradores, el guardabosques mayor Emmermann, de Thronecken, en la Prusia renana, que marchaba contra los prusianos como si fuera a cazar liebres, los había llevado a un lugar donde dispararon contra una sección de artillería prusiana y la obligaron a retirarse a toda prisa. Pero en seguida salió de un camino hondo una compañía de prusianos y les hizo fuego. Kinkel cayó, herido en la cabeza, y lo llevaron a rastras hasta que pudo volver a andar solo; pero pronto se vieron bajo un fuego cruzado y tuvieron que arreglárselas para escapar. Kinkel no pudo seguirlos y se metió en una granja, donde los prusianos lo capturaron y lo maltrataron; Moll recibió un balazo en el bajo vientre, fue capturado también y murió después a consecuencia de la herida. También Zychlinski había recibido un balazo de rebote en la nuca, que, sin embargo, no le impidió quedarse con el cuerpo.

Mientras el grueso se quedaba quieto y Willich se iba a caballo a otra parte del campo de batalla, corrí al puente del Murg, por debajo de Rothenfels, que era una especie de punto de reunión. Quería tener noticias de Gernsbach. Pero ya antes de llegar vi subir el humo de Gernsbach en llamas, y en el mismo puente supe que se había oído el tronar de los cañones por aquel lado. Más tarde fui todavía varias veces a ese puente; cada vez peores noticias de Gernsbach, cada vez más tropas de línea badenses reunidas detrás del puente, que, apenas habían estado en el fuego, ya estaban desmoralizadas. El enemigo estaba ya en Gaggenau, supe por último. Ya era hora de salirle al paso allí. Willich marchó con el cuerpo al otro lado del Murg para tomar posición frente a Rothenfels y se llevó además cuatro cañones que le vinieron a mano. Yo fui a buscar nuestras dos compañías de tiradores, que entretanto habían avanzado mucho. Por todas partes me salían al encuentro tropas de línea, en gran parte sin oficiales. Un destacamento lo guiaba un médico que aprovechó la ocasión para presentárseme con estas palabras: «Usted me conocerá, soy Neuhaus, el jefe del movimiento de Turingia». Aquella buena gente había derrotado a los prusianos en todas partes y volvía ahora porque ya no veía enemigos. No encontré nuestras compañías por ningún lado —se habían retirado por Rothenfels por la misma razón— y volví al puente. Allí encontré a Mersy con su estado mayor y sus tropas. Le pedí que me diera al menos un par de compañías para apoyar a Willich. «Llévese usted toda la división, si todavía puede hacer algo con esta gente», fue la respuesta. Los mismos soldados que habían rechazado al enemigo en todos los puntos, que solo llevaban cinco horas en pie, yacían ahora por los prados deshechos, desmoralizados, inservibles para nada. La noticia de que los habían envuelto en Gernsbach los había aniquilado. Seguí mi camino. Una compañía que volvía de Michelbach y con la que me crucé tampoco se dejó mover a nada. Cuando encontré de nuevo al cuerpo junto a nuestro antiguo cuartel general, llegaban empujando desde Gaggenau los palatinos en fuga, Pistol Zinn con su tropa, que, por cierto, tenía ahora mosquetes. Mientras Willich buscaba y encontraba una posición para los cañones, una posición que dominaba el valle del Murg y ofrecía ventajas considerables para un combate simultáneo de tiradores, los artilleros se habían escapado con los cañones sin que el capitán pudiera retenerlos. Ya estaban otra vez con Mersy en el puente. Al mismo tiempo Willich me enseñó una nota de Mersy en la que este le comunicaba que todo estaba perdido y que se retiraría a Oos. No nos quedó más remedio que hacer lo mismo, y marchamos en el acto a las montañas. Serían las siete.

En Gernsbach las cosas habían ocurrido así. Las tropas del Imperio de Peucker, a las que nuestras patrullas habían visto ya el día anterior cerca de Herrenalb, en territorio de Wurtemberg, se llevaron consigo a los wurtembergueses apostados en la frontera y atacaron Gernsbach el 29 por la tarde, después de haber hecho retroceder a nuestras avanzadas mediante una traición: se acercaron a ellas gritando que no dispararan, que eran hermanos, y luego, a ochenta pasos, hicieron una descarga. Después incendiaron Gernsbach con granadas, y cuando ya no había manera de contener las llamas, el señor Sigel, a quien Mierosławski había enviado allí para mantener el puesto a toda costa, el señor Sigel en persona dio la orden de que el señor Blenker se retirara con sus tropas combatiendo. El señor Sigel no lo negará, igual que no lo negó en Berna cuando un ayudante del señor Blenker contó esta curiosidad en su presencia, la del señor Sigel, y en la de Willich. Con esta orden de abandonar «combatiendo» (!) la llave de toda la posición del Murg, la batalla quedaba perdida, naturalmente, en toda la línea, y perdida la última posición del ejército badense.

Los prusianos, por lo demás, no se han ganado ninguna gloria especial con la batalla de Rastatt que ganaron. Nosotros teníamos 13.000 hombres, en su mayoría desmoralizados y, con pocas excepciones, miserablemente mandados; su ejército contaba, con las tropas del Imperio que avanzaron sobre Gernsbach, por lo menos 60.000 hombres. Pese a esta colosal superioridad, no se atrevieron a un ataque frontal serio, sino que nos derrotaron por medio de una cobarde traición, violando el territorio neutral de Wurtemberg, que a nosotros nos estaba cerrado. E incluso esta traición no les habría servido de mucho, al menos de momento, ni les habría ahorrado al final un ataque frontal decisivo, si Gernsbach no hubiera estado tan incomprensiblemente mal guarnecida y si el señor Sigel no hubiera dado la edificante orden mencionada. La posición, de por sí no tan formidable, nos la habrían arrebatado al día siguiente, de eso no cabe duda; pero la victoria habría costado a los prusianos sacrificios muy distintos y habría dañado infinitamente su reputación militar. Y por eso prefirieron violar la neutralidad de Wurtemberg, y Wurtemberg lo dejó hacer tranquilamente.

Nos retiramos por las montañas a Oos, con apenas 450 hombres. Allí la carretera estaba cubierta de tropas en la disolución más salvaje, de carros, cañones, etc., en la mayor confusión. Pasamos de largo y descansamos en Sinzheim. A la mañana siguiente reunimos detrás de Bühl a cierto número de fugitivos y pernoctamos en Oberachern. Ese día tuvo lugar el último combate; la legión germano-polaca, con algunas otras tropas de la división de Becker, rechazó en Oos a las tropas del Imperio y les quitó un obús (mecklemburgués), que efectivamente fue llevado hasta Suiza.

El ejército estaba completamente deshecho. Mierosławski y los demás polacos dejaron sus mandos; el coronel Oborski ya había abandonado su puesto en el propio campo de batalla, la tarde del 29. Pero esta disolución momentánea no tenía mucha importancia. Los palatinos ya se habían deshecho tres o cuatro veces y cada vez habían vuelto a formarse tant bien que mal. Una retirada lo más lenta posible, incorporando a todas las levas de los territorios que hubiera que abandonar, y la rápida concentración de las levas del Alto Baden en Friburgo y en Donaueschingen eran dos medios que aún había que intentar. Habrían devuelto pronto el orden y la disciplina a un punto soportable y habrían hecho posible una última lucha, desesperada, pero honrosa, en el Kaiserstuhl ante Friburgo o en Donaueschingen. Pero los jefes, tanto de la administración civil como de la militar, estaban más desmoralizados que los soldados. Abandonaron el ejército y todo el movimiento a su suerte y se fueron retirando cada vez más, abatidos, perplejos, aniquilados.

Desde el ataque a Gernsbach se había extendido por todas partes el miedo a ser envueltos por territorio de Wurtemberg, y contribuyó mucho a la desmoralización general. El cuerpo de Willich, para cubrir la frontera de Wurtemberg, se fue entonces a las montañas por el valle de Kappel, con dos obuses de montaña; varios otros cañones que se nos habían asignado no quisieron seguir más allá de Kappel. Nuestra marcha por la Selva Negra, en la que no llegamos a ver al enemigo, fue una verdadera excursión de recreo. Por Allerheiligen llegamos el 1 de julio a Oppenau, y por el Hundskopf, el 2, a Wolfach. Allí supimos el 3 de julio que el gobierno estaba en Friburgo y que se pensaba abandonar también esta ciudad. Esto nos movió a salir inmediatamente hacia allí. Queríamos obligar a los señores regentes y al mando supremo, que ahora ejercía el héroe Sigel, a no abandonar Friburgo sin lucha. Era ya tarde cuando salimos de Wolfach, y así no llegamos a Waldkirch hasta muy entrada la noche. Allí supimos que Friburgo ya había sido abandonada y que el gobierno y el cuartel general se habían trasladado a Donaueschingen. Al mismo tiempo recibimos la orden terminante de ocupar y atrincherar el valle de Simonswald y establecer nuestro cuartel general en Furtwangen. Tuvimos, pues, que volver a Bleibach.

El señor Sigel había situado ahora sus tropas detrás de la cresta de la Selva Negra. La línea de defensa debía ir de Lörrach por Todtnau y Furtwangen hasta la frontera de Wurtemberg, en dirección a Schramberg. El ala izquierda la formaban Mersy y Blenker, que se retiraban por el valle del Rin hacia Lörrach; luego venía el señor Doll, antiguo viajante de comercio, que en su calidad de general de Hecker había sido nombrado jefe de división y estaba en la zona del Höllental; luego nuestro cuerpo, en Furtwangen y el valle de Simonswald, y por último, en el ala derecha, Becker, en Sankt Georgen y Triberg. Detrás de las montañas estaba el señor Sigel con la reserva, en Donaueschingen. Las fuerzas, muy debilitadas por la deserción y sin reforzar con ninguna leva, sumaban todavía unos 9.000 hombres con 40 cañones.

Las órdenes que nos llegaban sucesivamente del cuartel general desde Friburgo, Neustadt an der Gutach y Donaueschingen respiraban el más resuelto desprecio de la muerte. Se esperaba, es verdad, que el enemigo volviera a caer sobre nuestra retaguardia a través de Wurtemberg, por Rottweil y Villingen; pero se estaba resuelto a derrotarlo y a sostener la cresta de la Selva Negra en cualquier circunstancia, y además, como dice una de estas órdenes, «casi sin consideración alguna a los movimientos del enemigo»; es decir, el señor Sigel se había asegurado desde Donaueschingen una gloriosa retirada a territorio suizo que podía hacerse en cuatro horas; qué sería de nosotros, los cercados en las montañas, eso podía aguardar a verlo él después con toda tranquilidad de ánimo en Schaffhausen. Qué final tan alegre tuvo este desprecio de la muerte se verá pronto.

El 4 llegamos a Furtwangen con dos compañías (160 hombres); el resto se empleó en ocupar el valle de Simonswald y los pasos de Gütenbach y Sankt Märgen. Por este último lugar estábamos en comunicación con el cuerpo de Doll, y por Schönwald con Becker. Todos los pasos se cerraron con barricadas. Nos quedamos el 5 en Furtwangen. El 6 llegó de Becker la noticia de que los prusianos avanzaban sobre Villingen, junto con la petición de que los atacáramos por Vöhrenbach para apoyar la operación de Sigel. Al mismo tiempo nos comunicaba que su cuerpo principal estaba debidamente atrincherado en Triberg, adonde él mismo iría en cuanto Sigel ocupara Villingen.

En un ataque por nuestra parte no se podía pensar. Con menos de 450 hombres teníamos que mantener ocupadas tres millas cuadradas y, por tanto, no podíamos prescindir de un solo hombre. Teníamos que quedarnos quietos y se lo hicimos saber a Becker. Poco después llegó un parte del cuartel general: Willich debía ir inmediatamente a Donaueschingen y asumir el mando de toda la artillería. Nos disponíamos precisamente a ir allí en coche a toda prisa cuando entró marchando en Furtwangen una columna de la milicia popular, seguida de artillería y de varios otros batallones de la milicia popular. Era Becker con su cuerpo. La gente se había amotinado, se decía. Me informé con un oficial de estado mayor amigo mío, el «comandante» Nerlinger, y supe lo siguiente: él, Nerlinger, tenía a sus órdenes la posición de Triberg y estaba haciendo levantar los atrincheramientos cuando el cuerpo de oficiales le entregó una declaración escrita, firmada por todos ellos: la gente estaba amotinada, y si no se daba inmediatamente la orden de marcha, se marcharían con todas las tropas. Miré las firmas: ¡era otra vez el valiente batallón Dreher-Obermüller! Nerlinger no pudo hacer otra cosa que comunicárselo a Becker y marchar a Furtwangen. Becker salió en el acto para alcanzarlos, y así llegó con toda su tropa a Furtwangen, donde nuestros voluntarios recibieron a los medrosos oficiales y soldados con inmensas carcajadas. Se avergonzaron, y por la tarde Becker pudo devolverlos a su posición.

Nosotros, entretanto, seguidos por la compañía de Besanzón, fuimos en coche a Donaueschingen. Los prusianos ya merodeaban hasta muy cerca de la carretera; Villingen estaba ocupada por ellos. Pero pasamos sin ser molestados, y hacia las diez de la noche llegaron también los de Besanzón. En Donaueschingen encontré a D'Ester y supe por él que el señor Struve había pedido en la Constituyente, en Friburgo, que se fuera inmediatamente a Suiza, que todo estaba perdido, y que el héroe Blenker había seguido este consejo y esa misma mañana había pasado a territorio suizo por Basilea. Las dos cosas eran completamente ciertas. El héroe Blenker se había ido a Basilea el 6 de julio, aunque precisamente era el que estaba más lejos del enemigo. Solo se había tomado todavía el tiempo de hacer, para terminar, cierto número de requisas de un tipo particular que produjeron algún mal olor entre él y el señor Sigel y, más tarde, con las autoridades suizas. Y el héroe Struve, el mismo que el 29 de junio todavía declaraba traidor al pueblo al señor Brentano y a cualquiera que quisiera negociar con el enemigo, estaba tres días después, el 2 de julio, tan aniquilado que no se avergonzó de presentar en una sesión confidencial de la Constituyente badense la siguiente propuesta:

«A fin de que el Alto Baden no sufra, como el Bajo Baden, los horrores de la guerra y no se derrame todavía mucha sangre preciosa, y puesto que hay que salvar lo que todavía pueda salvarse (!), se pagará, como a la Asamblea del país, a todo el que haya participado en la revolución su sueldo o su soldada hasta el 10 de julio, junto con los correspondientes gastos de viaje, y todo el mundo se retirará a territorio suizo con las cajas, las reservas, las armas, etc.».

¡Esta linda propuesta la presentó el valiente Struve el 2 de julio, cuando nosotros estábamos en Wolfach, arriba en la Selva Negra, a diez horas de Friburgo y a veinte de la frontera suiza! El señor Struve es lo bastante ingenuo para contar él mismo este suceso en una «historia», pp. 237 y siguientes, y hasta para vanagloriarse de él. La única consecuencia que podía tener la aprobación de semejante propuesta era que los prusianos nos acosaran lo más posible para «salvar lo que todavía pudiera salvarse», es decir, para quitarnos las cajas, los cañones y las reservas, ya que tras este acuerdo era seguro que una persecución viva no entrañaba peligro alguno; y además, que nuestras tropas se desbandaran inmediatamente en masa y que cuerpos enteros escaparan a Suiza por su cuenta, como en efecto ocurrió. Nuestro cuerpo habría sido el peor parado; estuvo en territorio badense hasta el 12 y cobró su soldada hasta el 17.

El señor Sigel, en lugar de volver a tomar Villingen, decidió al principio tomar posición detrás de Donaueschingen, en Hüfingen, y esperar al enemigo. Pero esa misma noche se decidió marchar a Stühlingen, junto a la frontera suiza. Mandamos a toda prisa mensajeros a caballo a Furtwangen para avisar a nuestro cuerpo y al de Becker. Ambos debían ir también a Stühlingen por Neustadt y Bonndorf. Willich fue a Neustadt al encuentro del cuerpo; yo me quedé con la compañía de Besanzón. Pernoctamos en Riedböhringen y llegamos a Stühlingen la tarde siguiente, 7 de julio. El 8 el señor Sigel pasó revista a su ejército, medio deshecho, le recomendó que en adelante no fuera en carro, sino a pie (¡en la frontera!), y se marchó. A nosotros nos dejó media batería y una orden para Willich.

Entretanto, desde Furtwangen se había enviado la noticia de la retirada general primero a Becker y luego a nuestras compañías destacadas en vanguardia. Nuestro cuerpo se reunió primero en Furtwangen y encontró a Willich en Neustadt. Becker, que estaba más cerca de Furtwangen que nuestros cuerpos adelantados, llegó allí, sin embargo, más tarde y siguió el mismo camino. Se topó con atrincheramientos que detuvieron su marcha y de los que más tarde se dijo en periódicos suizos que los había levantado nuestro cuerpo. Es un error; nuestro cuerpo solo cerró los caminos al otro lado de la cresta de la Selva Negra, y no en la carretera de Triberg a Furtwangen, que ni siquiera ocupaba. Además, nuestros voluntarios no salieron de Furtwangen hasta que llegó allí la vanguardia de Becker.

En Donaueschingen se había convenido que los restos de todo el ejército se reunirían detrás del Wutach, de Eggingen a Thiengen, y esperarían allí la aproximación del enemigo. Aquí, con los flancos apoyados en territorio suizo, podíamos intentar todavía un último combate con nuestra considerable artillería. Se podía incluso esperar a ver si los prusianos violaban el territorio suizo y arrastraban así a Suiza a la guerra. Pero cuál no sería nuestro asombro cuando, a la llegada de Willich, leímos en la orden del valiente Sigel: «El grueso va a Thiengen y Waldshut y toma allí una posición firme (!!). Trate usted de sostener la posición (en Stühlingen y Eggingen) el mayor tiempo posible». ¡«Posición firme» en Thiengen y Waldshut, con el Rin a la espalda y alturas accesibles al enemigo delante del frente! Eso no quería decir otra cosa que: queremos pasar a Suiza por el puente de Säckingen. Y, sin embargo, el héroe Sigel había dicho con ocasión de la propuesta de Struve que, si se aprobaba, él, Sigel, sería el primero en rebelarse.

Ocupamos entonces la posición detrás del propio Wutach y distribuimos nuestras tropas desde Eggingen hasta Wutöschingen, donde estaba nuestro cuartel general. Aquí recibimos de Sigel el siguiente documento, todavía más edificante:

«Orden. Cuartel general de Thiengen, 8 de julio de 1849. Al coronel Willich, en Eggingen. Como el cantón de Schaffhausen ya se muestra hostil hacia mí, me es imposible ocupar la posición que acordamos. Ajustarás a ello tus movimientos y te moverás hacia Griessen, Lauchringen y Thiengen. Mañana salgo de aquí para ir a Waldshut o detrás del Alb» (es decir, a Säckingen) «... El general en jefe, Sigel».

Aquello lo superaba todo. Por la tarde Willich y yo fuimos en coche a Thiengen, donde el «intendente general» Schlinke nos confesó que, en efecto, se iba a Säckingen y a cruzar allí el Rin. Sigel quiso al principio hacer valer un poco al «general en jefe», pero Willich no entró en eso y consiguió por fin que se diera la orden de dar la vuelta y marchar sobre Griessen. El pretexto para la marcha a Säckingen era la unión con Doll, que según se decía había marchado hacia allí, y una posición supuestamente fuerte. La posición, evidentemente la misma desde la que Moreau había librado allí un combate en 1800,96 solo tenía el inconveniente de que hacía frente a un lado muy distinto de aquel por el que nos venía el enemigo; y en cuanto al noble Doll, no tardó en demostrar que también sin el señor Sigel sabía ir a Suiza.

Entre los cantones de Zúrich y de Schaffhausen hay una pequeña franja de territorio badense con las localidades de Jestetten y Lottstetten, rodeada por completo por Suiza salvo un estrecho acceso, en Baltersweil. Aquí debía tomarse la última posición. Las alturas detrás de Baltersweil, a ambos lados de la carretera, ofrecían emplazamientos excelentes para nuestros cañones, y nuestra infantería era todavía lo bastante numerosa para cubrirlos hasta que, en caso necesario, alcanzaran el territorio suizo. Aquí, se acordó, esperaríamos a ver si los prusianos nos atacaban o nos rendían por hambre. El grueso, al que se había unido Becker, estableció aquí un campamento. Willich había elegido la posición para los cañones (más tarde encontramos allí sus parques, donde debía estar su posición de combate). Nosotros mismos formábamos la retaguardia y seguíamos lentamente al grueso. El 9 por la tarde fuimos a Erzingen, el 10 a Riedern. Ese día se celebró en el campamento un consejo de guerra general; solo Willich habló a favor de seguir la defensa; Sigel, Becker y otros, a favor de la retirada a territorio suizo. Un comisario suizo, creo que el coronel Kurz, había estado allí y había declarado que, si se aceptaba todavía un combate, Suiza no daría asilo. En la votación, Willich se quedó solo con dos o tres oficiales. De nuestro cuerpo no estaba presente nadie más que él.

Estando Willich todavía en el campamento, la media batería que estaba con nosotros recibió orden de marcha y se alejó sin que se nos comunicara lo más mínimo. También todas las demás tropas, salvo nosotros, recibieron orden de ir al campamento. Por la noche fui otra vez con Willich al cuartel general, en Lottstetten; cuando volvíamos al amanecer, nos encontramos en la carretera con toda aquella gente, que había levantado el campamento y rodaba hacia la frontera en la confusión más salvaje. Ese mismo día, el 11 a primera hora, el señor Sigel pasó con su gente a territorio suizo por Rafz, y el señor Becker con la suya por Rheinau. Nosotros concentramos nuestro cuerpo, fuimos tras ellos al campamento y de allí a Jestetten. Aquí, hacia mediodía, recibimos por un oficial de órdenes una carta de Sigel desde Eglisau: ya se encontraba felizmente en Suiza, los oficiales conservaban sus sables, y nosotros debíamos seguirle cuanto antes. ¡Solo se pensó en nosotros cuando se estaba en suelo neutral!

Marchamos por Lottstetten hasta la frontera, vivaqueamos todavía esa noche en suelo alemán, descargamos nuestros fusiles la mañana del 12 y entonces, los últimos del ejército de Baden y el Palatinado, entramos en territorio suizo. Ese mismo día, al mismo tiempo que nosotros, el cuerpo que estaba allí abandonó también Constanza. Una semana después Rastatt cayó por traición,97 y la contrarrevolución había vuelto a conquistar de momento Alemania hasta el último rincón.

*

La campaña por la Constitución del Imperio sucumbió por sus propias medias tintas y su miseria interna. Desde la derrota de junio de 1848, la cuestión está planteada así para la parte civilizada del continente europeo: o dominio del proletariado revolucionario o dominio de las clases que dominaban antes de febrero. Un término medio ya no es posible. En Alemania, en especial, la burguesía se ha mostrado incapaz de dominar; solo pudo mantener su dominio frente al pueblo cediéndolo de nuevo a la nobleza y a la burocracia. En la Constitución del Imperio, la pequeña burguesía, aliada con la ideología alemana, intentó una conciliación imposible que debía aplazar la lucha decisiva. El intento tenía que fracasar: los que se tomaban en serio el movimiento no se tomaban en serio la Constitución del Imperio, y los que se tomaban en serio la Constitución del Imperio no se tomaban en serio el movimiento.

Pero la campaña por la Constitución del Imperio no ha tenido por ello resultados menos importantes. Ante todo, ha simplificado la situación. Ha cortado una serie interminable de intentos de mediación; ahora que está perdida, solo pueden vencer la monarquía feudal y burocrática algo constitucionalizada o la revolución real. Y la revolución ya no puede terminar en Alemania sino con el dominio completo del proletariado.

La campaña por la Constitución del Imperio ha contribuido además considerablemente, en los territorios alemanes donde los antagonismos de clase todavía no estaban nítidamente desarrollados, a su desarrollo. Sobre todo en Baden. En Baden, como hemos visto, antes de la insurrección casi no había antagonismos de clase. De ahí el dominio reconocido de los pequeños burgueses sobre todas las clases de oposición, de ahí la aparente unanimidad de la población, de ahí la rapidez con que los badenses, como los vieneses, pasan de la oposición a la insurrección, intentan un levantamiento en cada ocasión y no temen siquiera la lucha en campo abierto con un ejército regular. Pero en cuanto estalló la insurrección, las clases se perfilaron con claridad, los pequeños burgueses se separaron de los obreros y los campesinos. En su representante Brentano se pusieron en ridículo para toda la eternidad. Ellos mismos han sido empujados a tal desesperación por el dominio del sable prusiano que ahora prefieren cualquier régimen, incluso el de los obreros, a la opresión actual; tomarán una parte mucho más activa en el próximo movimiento que en cualquiera de los anteriores; pero, por suerte, nunca más podrán desempeñar el papel independiente y dominante que desempeñaron bajo la dictadura de Brentano. Los obreros y los campesinos, que sufren bajo el actual dominio del sable tanto como los pequeños burgueses, no han hecho en vano la experiencia de la última insurrección; ellos, que además tienen que vengar a sus hermanos caídos y asesinados, ya se encargarán de que en la próxima insurrección sean ellos, y no los pequeños burgueses, los que tengan la sartén por el mango. Y aunque ninguna experiencia insurreccional puede sustituir el desarrollo de las clases, que solo se alcanza con el funcionamiento durante largos años de la gran industria, Baden, con su última insurrección y sus consecuencias, ha entrado en la serie de aquellas provincias alemanas que ocuparán uno de los lugares más importantes en la revolución que se avecina.

Desde el punto de vista político, la campaña por la Constitución del Imperio estaba fracasada de antemano. Desde el punto de vista militar, también. Su única posibilidad de éxito estaba fuera de Alemania, en la victoria de los republicanos en París el 13 de junio, y el 13 de junio fracasó. Después de este acontecimiento, la campaña no podía ser más que una farsa más o menos sangrienta. No fue otra cosa. La estupidez y la traición acabaron de arruinarla. Salvo unos pocos, los jefes militares fueron traidores o cazadores de cargos sin vocación, ignorantes y cobardes, y las pocas excepciones fueron abandonadas en todas partes por los demás y por el gobierno de Brentano. Quien en la sacudida que se avecina no tenga otros títulos que mostrar que el de haber sido general de Hecker u oficial de la Constitución del Imperio merece que se le enseñe la puerta en el acto. Tales los jefes, tales los soldados. El pueblo badense lleva en sí los mejores elementos guerreros; en la insurrección, esos elementos fueron desde el principio tan echados a perder y tan descuidados que de ahí nació la miseria que hemos descrito por extenso. Toda la «revolución» se disolvió en una verdadera comedia, y el único consuelo fue que el adversario, seis veces más fuerte, tenía él mismo seis veces menos valor.

Pero esta comedia ha tenido un final trágico, gracias a la sed de sangre de la contrarrevolución. Los mismos combatientes que en la marcha o en el campo de batalla fueron presa más de una vez del pánico murieron en los fosos de Rastatt como héroes. Ni uno solo suplicó, ni uno solo tembló. El pueblo alemán no olvidará los fusilamientos ni las casamatas de Rastatt; no olvidará a los grandes señores que ordenaron estas infamias, pero tampoco a los traidores que las causaron con su cobardía: los Brentano de Karlsruhe y de Fráncfort.

  1. Friedrich Hecker (1811-1881) y Gustav Struve (1805-1870), abogados de Mannheim, jefes de la insurrección republicana de Baden de abril de 1848; Struve volvió a dirigir otra en septiembre de 1848 y fue miembro del gobierno revolucionario de Baden en 1849. Ludwig Blenker (1812-1863), jefe de cuerpos francos en el Palatinado en 1849. Franz Zitz (1803-1877), abogado de Maguncia, diputado de la izquierda en Fráncfort y jefe de los voluntarios del Hesse renano en 1849. Robert Blum (1807-1848), jefe de la izquierda de la Asamblea de Fráncfort, fusilado en Viena el 9 de noviembre de 1848. ↩

  2. La canción patriótica «Schleswig-Holstein meerumschlungen» («Schleswig-Holstein, rodeado por el mar», 1844), himno del movimiento nacional alemán en la guerra contra Dinamarca. ↩

  3. Según la tradición suiza, en el prado del Grütli (Rütli), junto al lago de los Cuatro Cantones, los representantes de Uri, Schwyz y Unterwalden juraron en 1291 la alianza contra los Habsburgo. Es una burla de los juramentos solemnes y sin consecuencias. ↩

  4. Tras la negativa de Federico Guillermo IV a aceptar la corona imperial y la retirada de los diputados prusianos, austriacos y de otros Estados, el resto de la Asamblea Nacional de Fráncfort, sobre todo la izquierda, se trasladó a Stuttgart (6-18 de junio de 1849); allí eligió una Regencia del Imperio de cinco miembros, hasta que las tropas de Wurtemberg la dispersaron. ↩

  5. Las elecciones a la Asamblea Legislativa francesa del 13 de mayo de 1849. ↩

  6. En francés en el original: una «jornada», un gran día revolucionario. ↩

  7. La República romana, proclamada el 9 de febrero de 1849, resistió desde finales de abril al cuerpo expedicionario francés del general Oudinot; Roma cayó el 3 de julio de 1849. ↩

  8. Henryk Dembiński (1791-1864), general polaco, jefe de varios ejércitos de la revolución húngara en 1849. ↩

  9. Ludwik Mierosławski (1814-1878), revolucionario polaco, jefe del levantamiento de Posnania en 1848 y comandante en jefe del ejército revolucionario de Baden y del Palatinado en junio de 1849; mandó los combates del Neckar contra los prusianos y los federales (Waghäusel, 21 de junio). ↩

  10. El levantamiento de Dresde duró del 3 al 9 de mayo de 1849. ↩

  11. El antiguo condado de la Marca (Mark), en Westfalia, con Hagen e Iserlohn, al este del ducado de Berg. ↩

  12. El Allgemeines Landrecht für die preußischen Staaten de 1794, código prusiano que mantenía buena parte del orden estamental; en la provincia renana seguía vigente el derecho francés. ↩

  13. Ludolf Camphausen (1803-1890), banquero de Colonia, presidente del gobierno prusiano de marzo a junio de 1848. David Hansemann (1790-1864), comerciante de Aquisgrán, ministro de Hacienda prusiano de marzo a septiembre de 1848. ↩

  14. La Landwehr era en Prusia la reserva del ejército, formada por los hombres que ya habían cumplido el servicio en filas. ↩

  15. El congreso de concejos municipales renanos se celebró en Colonia el 8 de mayo de 1849; el texto de su declaración, que sigue, se publicó entonces en la prensa. ↩

  16. El ministerio contrarrevolucionario de Friedrich Wilhelm, conde de Brandenburg (1792-1850), y Otto von Manteuffel (1805-1882), formado en noviembre de 1848; disolvió la Asamblea Nacional prusiana y otorgó la Constitución de diciembre de 1848. La Segunda Cámara elegida según esa Constitución fue disuelta el 27 de abril de 1849, después de que aprobara la Constitución del Imperio. ↩

  17. Eduard von Peucker (1791-1876), general prusiano, ministro de la Guerra del poder central provisional de Fráncfort en 1848-1849; en 1849 mandó un cuerpo de ejército contra la insurrección de Baden. ↩

  18. El valle del Ennepe, entre Hagen y Schwelm, zona de pequeñas fábricas de hierro y acero. ↩

  19. En latín: la constatación jurídica del hecho delictivo. ↩

  20. En marzo de 1848 los obreros de Solingen destruyeron la fundición de acero de Burg, en el Wupper. ↩

  21. Düsseldorf había sido capital del ducado de Berg y, bajo Napoleón, del gran ducado de Berg. ↩

  22. El motín de la guarnición de Rastatt (11-13 de mayo de 1849) desencadenó la insurrección en Baden; el gran duque Leopoldo huyó la noche del 13 al 14 de mayo. ↩

  23. A mediados de mayo de 1849 un grupo de demócratas de Tréveris y de la comarca asaltó el arsenal de la Landwehr en Prüm, en el Eifel, para armar a la población. ↩

  24. La bandera negra, roja y oro, enseña del movimiento por la unidad alemana y de la Constitución del Imperio. ↩

  25. Miembros del Comité de Seguridad de Elberfeld, demócratas moderados. ↩

  26. Józef Bem (1794-1850), general polaco, defensor de Viena en octubre de 1848 y jefe del ejército húngaro de Transilvania en 1849. ↩

  27. Iserlohn fue tomada por las tropas prusianas el 17 de mayo de 1849. ↩

  28. August Willich (1810-1878), antiguo oficial prusiano y miembro de la Liga de los Comunistas, mandó en 1849 un cuerpo de voluntarios en el Palatinado y en Baden; Engels fue su ayudante. ↩

  29. Los combates del Murg, última línea de defensa del ejército revolucionario de Baden, del 29 y 30 de junio de 1849. ↩

  30. Karl Marx, a quien el gobierno prusiano expulsó a mediados de mayo de 1849. El último número de la Neue Rheinische Zeitung, impreso en rojo, apareció el 19 de mayo. ↩

  31. Federico Guillermo III, rey de Prusia de 1797 a 1840, había nacido el 3 de agosto de 1770. ↩

  32. En latín: «¡Ay de los vencidos!», palabras atribuidas al jefe galo Breno tras la toma de Roma. ↩

  33. La asamblea regional de las asociaciones populares de Baden, celebrada en Offenburg el 12 y 13 de mayo de 1849, exigió el reconocimiento de la Constitución del Imperio, la dimisión del ministerio y la convocatoria de una Asamblea Constituyente; nombró un Comité Regional (Landesausschuss), que tras la huida del gran duque asumió el gobierno. ↩

  34. (Nota de Engels.) Las Cámaras badenses habían aprobado ya antes una emisión de dos millones de papel moneda, de los que todavía no se había gastado ni un cruzado. ↩

  35. Franz Sigel (1824-1902), antiguo oficial badense, comandante en jefe del ejército revolucionario de Baden en 1849; más tarde general de la Unión en la guerra de Secesión de los Estados Unidos. ↩

  36. Los principados de Hohenzollern-Hechingen y Hohenzollern-Sigmaringen, enclavados entre Baden y Wurtemberg; sus príncipes, parientes de la casa real prusiana, los cedieron a Prusia en diciembre de 1849. ↩

  37. Ferdinand von Schill (1776-1809), oficial prusiano que en 1809, por su cuenta, emprendió con su regimiento de húsares una correría contra los franceses por el norte de Alemania; murió en los combates de Stralsund. ↩

  38. El Leibregiment, regimiento de la Guardia del gran duque. ↩

  39. Lorenz Brentano (1813-1891), abogado de Mannheim, diputado de la izquierda en Fráncfort, presidente del Comité Regional y del gobierno provisional de Baden en 1849; después emigró a los Estados Unidos. ↩

  40. Karl Blind (1826-1907), periodista demócrata, y Joseph Fickler (1808-1865), periodista de Constanza, habían sido detenidos, como Struve, tras las insurrecciones de 1848; los liberaron los soldados sublevados en mayo de 1849. ↩

  41. Florian Mördes, abogado, ministro del Interior del gobierno provisional de Baden. ↩

  42. En francés en el original: «en familia». ↩

  43. El Landammann es el magistrado supremo de algunos cantones suizos. ↩

  44. La Constitución del Imperio del 28 de marzo de 1849 concedía al emperador solo un veto suspensivo frente a las leyes votadas por el Parlamento. ↩

  45. En Waghäusel, el 21 de junio de 1849, las tropas prusianas derrotaron al ejército de Mierosławski. Tras la derrota, un regimiento de dragones entregó Mannheim a los prusianos. ↩

  46. El Oberland, la parte meridional de Baden, entre la Selva Negra, el lago de Constanza y el Rin suizo. ↩

  47. Johann Philipp Becker (1809-1886), revolucionario alemán establecido en Suiza, jefe de la milicia popular badense en 1849; más tarde, dirigente de la Asociación Internacional de los Trabajadores. ↩

  48. En francés en el original: la mesa común de las fondas, a hora y precio fijos. ↩

  49. Amand Goegg (1820-1897), ministro de Hacienda del gobierno provisional de Baden en 1849. ↩

  50. Alusión a Arnold Ruge (1802-1880), joven hegeliano, diputado de la izquierda en Fráncfort y editor en Berlín de Die Reform, prohibida en noviembre de 1848; había vivido en París en 1843-1844. Atta Troll es el oso danzante del poema satírico de Heine (1843). ↩

  51. Karl Heinzen (1809-1880), publicista republicano radical, adversario de los comunistas; Marx le había respondido en 1847 en «La crítica moralizante y la moral crítica». ↩

  52. Lajos Kossuth (1802-1894), jefe de la revolución húngara de 1848-1849. La plata fulminante es un explosivo muy sensible al choque. ↩

  53. En francés en el original: «mal que bien». ↩

  54. La manifestación de la Montaña pequeñoburguesa del 13 de junio de 1849 en París contra la expedición francesa a Roma, dispersada por las tropas sin lucha. ↩

  55. Artúr Görgey (1818-1916), comandante en jefe del ejército húngaro, que tras sus victorias de la primavera de 1849 se dedicó a sitiar Buda en lugar de marchar sobre Viena; capituló ante los rusos en Világos el 13 de agosto de 1849. ↩

  56. Karl Ludwig d'Ester (1813-1859), médico de Colonia, miembro de la Liga de los Comunistas, diputado de la izquierda en la Asamblea Nacional prusiana y miembro del Comité Central de los Demócratas de Alemania; en 1849 fue el consejero principal del gobierno provisional del Palatinado. ↩

  57. El Comité Central de los Demócratas de Alemania, elegido por el segundo congreso democrático de Berlín (octubre de 1848). ↩

  58. Semanario humorístico ilustrado de Múnich, fundado en 1845. ↩

  59. Parodia del verso del prólogo del Wallenstein de Schiller: «Grave es la vida, alegre es el arte». ↩

  60. El mercado de grano de Kaiserslautern, sede del gobierno provisional. ↩

  61. En francés en el original: «dejar hacer», el abandono. ↩

  62. Los chevaulegers eran la caballería ligera del ejército bávaro, al que pertenecían las tropas palatinas. ↩

  63. Fritz Anneke (1818-1872), antiguo oficial de artillería prusiano, miembro de la Liga de los Comunistas en Colonia; en 1849, jefe de la artillería palatina. ↩

  64. Daniel Fenner von Fenneberg (1820-1863), antiguo oficial austriaco, jefe de la Guardia Nacional de Viena durante la insurrección de octubre de 1848. ↩

  65. Franciszek Sznayde, general polaco que había combatido en la insurrección de 1830-1831; comandante de las tropas del Palatinado en 1849. ↩

  66. Epíteto homérico de Menelao en la Ilíada. ↩

  67. Chaqueta corta de húsar húngaro, con alamares. ↩

  68. Gustav Adolph Techow (1813-1890), teniente prusiano que el 14 de junio de 1848, durante el asalto del pueblo al arsenal de Berlín, lo entregó sin resistencia junto con el capitán von Natzmer; condenado a quince años de fortaleza, huyó de Magdeburgo y fue jefe del estado mayor palatino en 1849. ↩

  69. Ludwig Bamberger (1823-1899), periodista de Maguncia, demócrata en 1848-1849 y más tarde dirigente nacional-liberal en el Reichstag. ↩

  70. Alexander Schimmelpfennig (1824-1865), antiguo oficial prusiano; más tarde general de la Unión en la guerra de Secesión de los Estados Unidos. ↩

  71. Miembros de las sociedades gimnásticas (Turnvereine), de tendencia democrática en 1848-1849. ↩

  72. Eugenio de Saboya (1663-1736), uno de los grandes generales de la casa de Austria. ↩

  73. Joseph Moll (1813-1849), relojero de Colonia, uno de los dirigentes de la Liga de los Comunistas; cayó en el combate del Murg, el 29 de junio de 1849, en las filas del cuerpo de Willich. ↩

  74. Heuler («llorones») era el apodo que daban los demócratas del sur de Alemania a los liberales moderados en 1848-1849. ↩

  75. En francés en el original: «pifia». ↩

  76. Samuel Erdmann Tzschirner (1812-1870), abogado, uno de los dirigentes del levantamiento de Dresde de mayo de 1849. ↩

  77. Nikolaus Schmitt, miembro del gobierno provisional del Palatinado. ↩

  78. La Confederación Germánica contaba entonces con unos treinta y seis Estados, y otros tantos soberanos. ↩

  79. El estribillo es una adaptación alemana del de la canción francesa de 1848 «Mourir pour la patrie» («Morir por la patria»), del Chant des Girondins. ↩

  80. Pistol, personaje fanfarrón y cobarde de Enrique IV, Enrique V y Las alegres comadres de Windsor, de Shakespeare, compañero de Falstaff. ↩

  81. Fórmula con que Federico Guillermo IV se dirigía a su ejército: «mi magnífico ejército» (mein herrliches Kriegsheer). ↩

  82. Guillermo, príncipe de Prusia (1797-1888), hermano de Federico Guillermo IV y futuro rey y emperador Guillermo I, mandaba en jefe el ejército de operaciones contra el Palatinado y Baden. Moritz von Hirschfeld (1790-1859), general prusiano al frente de uno de sus cuerpos. ↩

  83. Alusión a la «corona incólume» (ungeschwächte Krone) de la que hablaba Federico Guillermo IV para rechazar toda limitación constitucional de su poder. ↩

  84. El 6 de junio de 1849 la milicia ciudadana de Karlsruhe dispersó una manifestación del Club del Progreso Resuelto contra la política de Brentano. ↩

  85. El original dice «Daxianden», errata evidente por Daxlanden, pueblo junto al Rin a poniente de Karlsruhe. ↩

  86. Gottfried Kinkel (1815-1882), poeta y profesor en Bonn, demócrata; herido y capturado en el Murg, fue condenado a cadena perpetua y en 1850 se fugó de la fortaleza de Spandau con ayuda de Carl Schurz. ↩

  87. Ludwik Mierosławski publicó en 1849, en Berna, sus informes sobre la campaña de Baden (Berichte des Generals Mieroslawski über den Feldzug in Baden). ↩

  88. En francés en el original: «hermosos restos». ↩

  89. Gustav Struve, Geschichte der drei Volkserhebungen in Baden («Historia de los tres levantamientos populares de Baden»), Berna, 1849. ↩

  90. Otto von Corvin-Wiersbitzki (1812-1886), escritor y antiguo oficial prusiano, jefe de estado mayor de la guarnición de Rastatt durante el asedio. ↩

  91. Alusión probable a un discurso de Zitz en la Asamblea de Fráncfort, en el debate sobre el armisticio de Malmö de septiembre de 1848, en el que anunció que el pueblo hablaría «en letra gótica» (Fraktur), es decir, sin contemplaciones. ↩

  92. La Asociación Cultural Obrera Alemana de Londres, fundada en febrero de 1840 por Schapper, Moll y otros miembros de la Liga de los Justos. ↩

  93. Karl Schapper (1812-1870), uno de los dirigentes de la Liga de los Justos y de la Liga de los Comunistas, presidente de la Asociación Obrera de Colonia en 1848-1849. ↩

  94. El 25 de septiembre de 1848 la detención de dirigentes obreros provocó en Colonia la erección de barricadas; el estado de sitio que siguió supuso la suspensión de la Neue Rheinische Zeitung y órdenes de detención contra varios de sus redactores y contra Moll. ↩

  95. Ludwik Oborski (1787-1873), coronel polaco, emigrado tras 1831; en 1849 mandó una división del ejército badense. ↩

  96. En la campaña de 1800 el general francés Jean-Victor Moreau (1763-1813) cruzó el Rin por esta zona y combatió contra los austriacos. ↩

  97. La fortaleza de Rastatt, último reducto de la insurrección, capituló el 23 de julio de 1849; muchos de sus defensores fueron fusilados por sentencia de consejos de guerra prusianos. ↩