Escrita en inglés en Londres el 29 de enero de 1852: el texto de la carta es de Engels, y la firma, «Un prusiano», de Marx. El manuscrito inglés no está accesible en ninguna fuente libre, de modo que traducimos de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 8 (Berlín, 1960, pp. 219-220), hecha sobre el manuscrito, sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.
Al redactor de The Times
Señor:
La destrucción de los últimos restos de una prensa independiente en el continente ha hecho un deber de honor para la prensa inglesa registrar todo acto de ilegalidad y de opresión en cualquier parte de Europa. Permítame, por tanto, someter a la opinión pública, a través de su periódico, un hecho que prueba que los jueces de Prusia no se distinguen en nada de los esbirros políticos de Luis Napoleón.
Usted sabe qué valioso moyen de gouvernement1 puede ser una conspiración bien montada si se sirve en el momento oportuno. El gobierno prusiano necesitaba una conspiración así a comienzos del año pasado para volver dócil a su Parlamento. En consecuencia, se detuvo a un número considerable de personas y se puso en movimiento a la policía en toda Alemania. Pero no se encontró nada, y al final solo se mantuvo en prisión en Colonia a unas pocas personas, con el pretexto de que eran los cabecillas de una organización revolucionaria muy ramificada. Son principalmente: el doctor Becker y el doctor Bürgers, dos señores de la prensa; el doctor Daniels, el doctor Jacobi y el doctor Klein, médicos en ejercicio, dos de los cuales cumplían con honra los duros deberes de médicos de pobres, y el señor Otto, director de una gran empresa química, bien conocido en su tierra por sus trabajos en el campo de la química.2 Como no había pruebas contra ellos, se esperaba su puesta en libertad de un día para otro. Pero, mientras estaban en la cárcel, se promulgó la «ley disciplinaria», que da al gobierno la posibilidad de desembarazarse, por un procedimiento muy breve y sencillo, de cualquier funcionario judicial molesto.3 El efecto de esta ley sobre el procedimiento, hasta entonces lento y moroso, contra los citados señores fue casi inmediato. No solo se les puso au secret,4 se les prohibió toda comunicación, incluso por carta, entre ellos o con sus familias y se les privó de libros y de material de escritura (que en Prusia se conceden antes de la condena al más vulgar ratero), sino que todo el procedimiento judicial adquirió un carácter completamente distinto. La chambre du conseil5 (sabe usted que en Colonia se nos juzga por el Código de Napoleón) se mostró enseguida dispuesta a acusarlos, y el asunto pasó a la Sala de Acusación, un colegio de jueces que desempeña las funciones de un gran jurado inglés. Me permito rogarle que preste especial atención a la resolución sin precedentes de este colegio. En ella se encuentra, traducido literalmente, el siguiente pasaje extraordinario:
«Considerando que no se ha aportado ninguna prueba fehaciente; que, por tanto, al no haberse probado ninguna infracción de la ley, no hay motivo para mantener la acusación, deben» (y usted supondrá, como conclusión necesaria: ¿poner en libertad a los detenidos? ¡Ni por asomo!) «devolverse todas las actas y documentos al juge d'instruction6 para una nueva instrucción.»
Es decir, que tras diez meses de prisión, durante los cuales ni el celo de la policía ni la perspicacia del fiscal han logrado probar ni la sombra de una infracción de la ley, todo el procedimiento debe empezar de nuevo desde el principio, para quizá, tras otro año de instrucción, volver por tercera vez al juge d'instruction.
Que se pisotee la ley tan abiertamente se explica así: el gobierno está preparando precisamente ahora la formación de un tribunal superior compuesto de los elementos más dóciles. Como su derrota ante un jurado sería segura, el gobierno tiene que aplazar la vista definitiva de este asunto hasta que pueda llevarlo ante ese nuevo tribunal, que naturalmente dará a la Corona todas las garantías y a los acusados ninguna.
¿No sería mucho más honroso para el gobierno prusiano dictar inmediatamente sentencia sobre los detenidos por real decreto, como lo ha hecho el señor Luis Bonaparte?
Londres, 29 de enero de 1852
Quedo, señor, su muy atento
servidor.
Un prusiano
«Medio de gobierno». ↩
Hermann Becker (1820-1885), jurista y periodista; Heinrich Bürgers (1820-1878), periodista, antiguo redactor de la Neue Rheinische Zeitung; Roland Daniels (1819-1855), Abraham Jacobi (1830-1919) y Johann Jacob Klein, médicos; Peter Otto, químico. Todos ellos, miembros o allegados de la Liga de los Comunistas detenidos en la primavera de 1851, fueron juzgados en el proceso de los comunistas de Colonia (octubre-noviembre de 1852). ↩
Ley prusiana de 1851 sobre las faltas disciplinarias de los jueces, que permitía apartarlos o trasladarlos por vía administrativa. ↩
«Incomunicados». ↩
«Cámara del consejo», sala del tribunal que decidía, tras la instrucción, si había lugar a proceder. ↩
«Juez de instrucción». ↩