Escritos por Friedrich Engels en Manchester el 23 y el 30 de enero de 1852 para Die Revolution, el semanario que Joseph Weydemeyer editaba en Nueva York. De cuatro artículos sobre Inglaterra, Weydemeyer solo recibió estos dos, que no llegaron a publicarse porque la revista desapareció tras dos números. Traducidos del manuscrito según Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 8 (Berlín, 1960, pp. 208-218), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

I

Los whigs ingleses tienen decididamente mala suerte. Apenas destituido Palmerston por haber «dejado a Inglaterra sin un aliado, más aún, sin un amigo en el continente europeo»,1 apenas pasado el primer escándalo por esa destitución, toda la prensa resuena con gritos de guerra y saca a la luz, de paso, un fárrago de mala administración en los departamentos de Guerra y de Marina que bastaría para romperle el cuello a más de un ministerio.

Ya desde 1846 diversos militares habían llamado la atención del país sobre la posibilidad de una invasión de Inglaterra en caso de guerra con Francia. Pero el peligro de semejante guerra quedaba entonces demasiado lejos, y la manera quijotesca con que se presentaron estos primeros alarmistas solo provocó risas. Fue sobre todo el general Head2 quien desde aquella época se ganó, con sus continuos llamamientos a la nación para que aumentara los medios de defensa nacionales, una celebridad nada envidiable. No hay que olvidar, sin embargo, que también el viejo Wellington declaró del todo insuficientes las fortificaciones costeras existentes.

El golpe de Estado de Luis Napoleón dio de pronto a este debate un significado enteramente nuevo. John Bull comprendió en el acto que la dictadura militar francesa, parodia del Consulado, tendría con toda probabilidad que arrastrar a Francia a la guerra, y que en tales circunstancias muy fácilmente podría intentarse un desquite de Waterloo. Las últimas hazañas del poder militar inglés no habían sido precisamente brillantes: en El Cabo los cafres vencían una y otra vez,3 e incluso en la Costa de los Esclavos un intento de desembarco inglés, pese a la táctica y los cañones europeos, había sido rechazado muy dolorosamente por negros desnudos.4 ¿Qué sería de las tropas inglesas si chocaban con los «africanos», mucho más peligrosos, de la escuela de Argelia? ¿Y quién podía responder de que un aventurero tan falto de escrúpulos como Luis Bonaparte no apareciera una mañana, sin la aburrida formalidad de una declaración de guerra, ante la costa inglesa con diez o doce vapores ya cargados de tropas y, detrás, una docena de navíos de línea, e intentara una marcha sobre Londres?

El asunto era, desde luego, serio; el gobierno dio enseguida órdenes de levantar nuevas baterías en las entradas de los grandes puertos de las costas del sur y del sudeste. Pero también el público se tomó el asunto en serio, y de un modo que amenaza con resultar muy desagradable para el gobierno. Se preguntó ante todo por el estado de las fuerzas disponibles, y se descubrió que en este momento, aun desguarneciendo Irlanda todo lo posible, no podían disponerse para la defensa de Gran Bretaña más de 25.000 hombres y 36 cañones con tiro, y que, en cuanto a la flota, no hay ahora en los puertos ni un solo barco de importancia listo para zarpar e impedir un desembarco. Se descubrió, como ya había demostrado la guerra de los cafres, que el equipo de los soldados británicos paraliza su movilidad y es completamente inservible en la práctica; se descubrió que sus armas no igualan en modo alguno a las de los demás ejércitos europeos, que ningún soldado de Inglaterra tiene un fusil que pueda compararse ni de lejos con el fusil de aguja prusiano o con la carabina de los tiradores y cazadores franceses. Se descubrieron en el departamento de avituallamiento de la flota los escándalos y descuidos más colosales, y todo ello fue exagerado hasta lo más disparatado por alarmistas y cazadores de cargos.

El asunto parece concernir en primer lugar solo a los aristócratas, rentistas y burgueses ingleses, que serían los primeros en sufrir una invasión francesa y una eventual conquista. Pero no hay que olvidar que el desarrollo independiente de Inglaterra, la resolución lenta pero a fondo del antagonismo entre burguesía y proletariado, que aquí existe en su forma más acabada, es de la mayor importancia para el desarrollo de Europa entera. Por mucho que este desarrollo peculiarmente metódico de Inglaterra pueda a veces estorbar momentáneamente, como en 1848 y antes a partir de 1793, a los revolucionarios del continente victoriosos por un momento, encierra en el fondo mucho más contenido revolucionario que todas esas luchas continentales y pasajeras juntas. Mientras la gran Revolución francesa fracasaba en la conquista de Europa, Inglaterra revolucionaba la sociedad con la máquina de vapor, conquistaba el mercado mundial, desalojaba cada vez más del poder a todas las clases heredadas de la historia y preparaba el terreno para la gran lucha decisiva entre el capitalista industrial y el obrero industrial. Para todo el desarrollo europeo fue de la mayor importancia que Napoleón no lograra nunca lanzar 150.000 hombres de Boulogne a Folkestone y conquistar Inglaterra con los veteranos de los ejércitos republicanos. Durante la Restauración, cuando el continente estaba entregado sin condiciones a los mirmidones de la legitimidad tan certeramente retratados por Béranger,5 en Inglaterra el viejo partido reaccionario, el partido tory, llegó con el ministerio Canning, ya muy burgués, a su primera gran escisión,6 y Canning y después Peel iniciaron aquel socavamiento gradual de la Constitución inglesa que desde entonces ha proseguido sin interrupción y que en muy poco tiempo ha de llegar al punto en que todo el edificio carcomido se derrumbe con gran estrépito. Este socavamiento de las viejas instituciones inglesas, y la continua revolución de la sociedad inglesa por medio de la gran industria en que se funda, sigue tranquilamente su curso, sin preocuparse de si en el continente triunfa momentáneamente la revolución o la contrarrevolución; y si avanza despacio, avanza en cambio con seguridad y nunca da un paso atrás. La derrota de los cartistas el 10 de abril de 18487 fue exclusivamente una derrota y un decidido rechazo de la influencia política exterior; no son las conmociones políticas del continente, sino las crisis comerciales universales, los golpes materiales directos que ponen en cuestión la existencia de cada individuo, las grandes palancas del desarrollo inglés. Y ahora, cuando la eliminación definitiva de todas las clases tradicionales del poder político por la burguesía industrial y, con ello, la llegada del día de la batalla decisiva entre esta y el proletariado industrial se anuncian como inminentes por los síntomas más inequívocos, ahora una perturbación de este desarrollo, un sometimiento de Inglaterra, aunque solo fuera momentáneo, por los pretorianos ávidos de botín del 2 de Diciembre tendría las peores consecuencias para todo el movimiento europeo. Solo en Inglaterra ha alcanzado la industria tales dimensiones que en ella se concentran todo el interés nacional y todas las condiciones de vida de todas las clases. Pero la industria es, por un lado, la burguesía industrial y, por otro, el proletariado industrial, y en torno a estas dos clases opuestas se agrupan cada vez más todos los demás componentes de la nación. Aquí, pues, donde ya solo se trata de quién ha de dominar, si los capitalistas industriales o los obreros industriales, aquí está, si en algún sitio, el terreno en que puede decidirse la lucha de clases en su forma moderna y en que el proletariado industrial posee, por un lado, la fuerza para conquistar el poder político y encuentra, por otro, los medios materiales, las fuerzas productivas, que le hacen posible una revolución social total y la supresión final del antagonismo de clases. Y todo el partido proletario de Europa tiene, desde luego, el mayor interés en que esta dirección del desarrollo inglés hacia la máxima agudización del antagonismo entre las dos clases industriales y hacia la victoria final de la clase oprimida sobre la dominante no se vea desviada por un sometimiento extranjero ni debilitada en su energía, y en que la lucha decisiva no se aplace sine die.

¿Cuáles son, pues, las probabilidades?

Ante todo, un país como Gran Bretaña, que cuenta sin Irlanda 22 millones de habitantes y con Irlanda 29 millones, no se toma con un golpe de mano. Los alarmistas aducen el ejemplo de Cartago, que, dispersando sus flotas y ejércitos en las posesiones más remotas, sucumbió dos veces a un golpe de mano de los romanos. Pero, aparte de que las condiciones de la guerra han cambiado por completo, el desembarco romano en África durante la segunda guerra púnica solo fue posible después de destruida la flor de los ejércitos cartagineses en España e Italia y expulsadas del Mediterráneo las flotas púnicas; el golpe de mano no fue tal golpe de mano, sino una operación militar muy sólida, la coronación del todo natural de una guerra larga y, al final, duraderamente favorable a Roma. Y la tercera guerra púnica apenas fue una guerra: fue la pura opresión del más débil por otro diez veces más fuerte; fue, poco más o menos, como la confiscación de la República de Venecia por Napoleón.8 Por ahora, sin embargo, ni Francia está donde estaba en 1797 ni Inglaterra se parece a la Venecia en decadencia.

Napoleón consideraba necesarios por lo menos 150.000 hombres para conquistar Inglaterra. Entonces Inglaterra tenía, es verdad, muchos más soldados disponibles, pero también mucha menos población y muchos menos recursos industriales. Y hoy, por insignificante que sea la fuerza disponible de los ingleses en este momento, para conquistar Inglaterra hacen falta por lo menos otros tantos. Una mirada al mapa muestra que todo ejército invasor desembarcado en Inglaterra tiene que avanzar por lo menos hasta el Tees, el Tyne o incluso el Tweed; si se detiene en un punto anterior, todos los recursos de los distritos industriales quedan en manos de los defensores, y tiene que ocupar, frente a las fuerzas siempre crecientes de estos, líneas pobrísimas en accidentes militares marcados y demasiado extensas para sus medios. Pero el territorio al sur de los ríos citados, es decir, la Inglaterra propiamente dicha, cuenta 16 millones de habitantes y exige, para asegurar las comunicaciones, para sitiar u ocupar las fortalezas costeras y para sofocar la inevitable insurrección nacional, tales destacamentos que para operaciones activas en la frontera escocesa quedaría muy poco disponible. Y no es de suponer que menos de 150.000 hombres, aun con la mejor dirección, puedan conquistar Inglaterra y sostenerse frente a la insurrección en el interior y a una guerra regular desde Escocia e Irlanda.

Ahora bien, con ayuda de nuevas levas y de una hábil concentración, es posible reunir 150.000 hombres en un punto cualquiera de la costa norte de Francia, pero en ello se van por lo menos uno o dos meses. Y en ese tiempo Inglaterra puede concentrar en el Canal una fuerza naval muy respetable, en parte trayendo la flota del Tajo9 y los vapores de otras estaciones cercanas, en parte movilizando los barcos desarmados en los puertos, mientras que un mes después pueden estar en su sitio todos los vapores y parte de los veleros de las estaciones del Atlántico y de Malta y Gibraltar. El ejército de desembarco tendría que ser transportado, por tanto, si no de una vez, sí en unos pocos grandes destacamentos, pues tarde o temprano se produciría en cualquier caso una interrupción de la comunicación con Francia. Por lo menos 50.000 hombres tendrían que poder desembarcar de una vez, es decir, todo el ejército en tres travesías. Y los barcos de guerra no podrían emplearse para ello en el transporte de tropas, o solo en grado más limitado, puesto que tienen que contener a la flota inglesa. Y los medios de transporte para 50.000 hombres con la artillería y la munición necesarias no los reúne Francia en sus puertos del Canal en seis semanas, ni aun poniendo embargo a los barcos neutrales. Y cada día que se aplaza la expedición es una nueva ventaja para Inglaterra, que solo necesita tiempo para concentrar sus flotas e instruir a sus reclutas.

Pero si la consideración de la flota inglesa prohíbe transportar el ejército de desembarco de 150.000 hombres en más de tres destacamentos, la consideración de las fuerzas de tierra inglesas ha de prohibir a todo militar serio aventurarse en Inglaterra con no más de 50.000 hombres de una vez. Hemos visto que, en el caso más favorable para la invasión, a los ingleses les quedan uno o dos meses para prepararse; habría que conocerlos mal para no creerlos capaces de organizar en ese tiempo un ejército de tierra que arrojaría sin dificultad al mar una vanguardia de 50.000 hombres antes de que lleguen refuerzos. Piénsese que el embarque solo puede hacerse entre Cherburgo y Boulogne, y el desembarco solo entre la isla de Wight y Dover, es decir, en una franja de costa que en ningún punto está a más de cuatro buenas jornadas de marcha de Londres. Piénsese que embarque y desembarco dependen del viento y de la marea, que la flota inglesa opone resistencia en el Canal y que por eso entre el primer desembarco y el segundo pasarán quizá ocho o diez días y en todo caso cuatro, pues la masa de las tropas tiene que transportarse en veleros que hay que ir reuniendo por toda la costa de Cherburgo a Boulogne; un «campamento de Boulogne»10 no se improvisa. En estas circunstancias, difícilmente se arriesgará nada hasta que puedan lanzarse a la otra orilla por lo menos 70.000 u 80.000 hombres de una vez, y para eso hay que crear primero los medios de transporte, lo que a su vez exige tiempo. Pero como los medios de defensa de Inglaterra crecen, con cada semana que se aplaza la expedición, más deprisa que los medios de transporte y de guerra naval del enemigo, la posición de los atacantes se vuelve cada vez más desfavorable; pronto llegarán al punto de no poder arriesgar nada mientras no puedan pasar 150.000 hombres de una vez, e incluso estos encontrarán entonces tal resistencia que, sin el envío de una reserva de cerca de 100.000 hombres, pueden contar con seguridad con su aniquilación final.

En una palabra, la conquista de Inglaterra no puede lograrse con ningún golpe de mano. Aunque se uniera para ello todo el continente, solo para construir y reunir los medios de transporte necesitaría un año, más de lo que Inglaterra necesita para poner sus costas en estado de defensa, concentrar una marina capaz de hacer frente a todas las flotas continentales unidas y de impedir su unión, y reunir un ejército que haría imposible a cualquier enemigo permanecer en suelo inglés.

El sentimiento nacional de los ingleses está precisamente en este momento más exaltado que nunca desde 1815, y el peligro serio de una invasión le daría un impulso aún mucho mayor. Además, la población británica no es en absoluto tan poco militar como se la pinta; la burguesía, la pequeña burguesía y el proletariado de las grandes ciudades están, es cierto, mucho menos familiarizados con las armas de fuego y son, por tanto, menos aptos para la guerra civil que las clases correspondientes del continente. Pero la población en su conjunto tiene mucho espíritu guerrero y contiene elementos militares muy aprovechables. En ninguna parte hay más cazadores y cazadores furtivos, es decir, infantería ligera y tiradores a medio hacer; y los 40.000 o 50.000 mecánicos y obreros de máquinas están mejor preparados para los talleres de armas, para la artillería y para el servicio de ingenieros que cualquier número igual de hombres escogidos en cualquier Estado del continente. El terreno mismo, casi del todo desprovisto, hasta cerca de la frontera escocesa, de grandes rasgos militares, está quebrado hasta en sus menores detalles y como hecho para la guerra de guerrillas. Y si hasta ahora la guerra de guerrillas solo ha tenido éxito en países relativamente poco poblados, Inglaterra precisamente podría dar la prueba, en caso de un ataque serio, de que en países muy densamente poblados, por ejemplo en el laberinto casi ininterrumpido de casas de Lancashire y el West Yorkshire, puede tener también resultados más considerables.

En cuanto a un golpe de mano para saquear ricas ciudades portuarias, destruir almacenes, etcétera, Inglaterra está ciertamente expuesta a ello en este momento. Las fortificaciones apenas merecen mención. Mientras no haya barcos en Spithead,11 se puede navegar tranquilamente hasta la entrada de Southampton Water y desembarcar tropas suficientes para cobrar en Southampton la contribución que se quiera. Woolwich quizá pueda ser ocupado y destruido de momento, aunque para eso hace falta ya más. Liverpool solo está cubierto por una miserable batería de 18 cañones navales de hierro, sin alza ni punto de mira, servidos por ocho o diez artilleros y media compañía de infantería. Pero, con excepción de Brighton, todas las ciudades marítimas inglesas importantes están en bahías profundas o muy río arriba, y tienen atrincheramientos naturales de bancos de arena y rocas que solo conocen los prácticos del lugar. Quien busque aquí su camino sin práctico, por esos canales estrechos, navegables para grandes barcos casi solo con marea alta, se arriesga a dejar allí más de lo que puede esperar llevarse, y expediciones de este tipo, con alguna resistencia y al menor obstáculo imprevisto, acabarían tan mal como la expedición danesa contra Eckernförde en 1848.12 En cambio, un desembarco momentáneo de 10.000 a 20.000 hombres en vapores en un distrito rural cualquiera, y una breve expedición de saqueo contra pequeñas ciudades del interior, necesariamente de escasos resultados positivos, es desde luego muy fácil de llevar a cabo y ahora no hay manera de impedirlo.

Todos estos temores cesan, sin embargo, por sí solos en cuanto se haga volver a Inglaterra la flota del Tajo, la escuadra de Norteamérica y parte de los vapores que persiguen a los barcos negreros entre Brasil y África, y se movilicen al mismo tiempo los barcos desarmados en los puertos de guerra. Eso bastaría para hacer imposibles los golpes de mano y aplazar cualquier intento serio de invasión lo suficiente para que Inglaterra tenga tiempo de tomar las demás medidas necesarias.

Entretanto, la alarma tiene la buena consecuencia de que acabará la ridícula política que mantiene en el Mediterráneo 800 cañones flotantes, en el océano Atlántico 1.000 y en el Pacífico y en el Índico 300 cada uno, mientras en casa ningún barco protege las costas, y que emprende guerras interminables y sin gloria con negros y cafres, mientras las tropas son más necesarias que nunca en la metrópoli. El equipo y el armamento torpes, pesados y anticuados en todos los sentidos del ejército, el descuido y la nonchalance sin límites de la administración de Guerra y Marina, el nepotismo colosal, el soborno y las malversaciones de estos departamentos serán eliminados en mayor o menor medida. La burguesía industrial se librará por fin de la patraña de los congresos de la paz y de las sociedades de la paz,13 que la exponía a tantas burlas merecidas y que tanto ha perjudicado a su avance político y, con él, a todo el desarrollo inglés. Y si se llegara a la guerra, con la conocida ironía de la historia universal, hoy más floreciente que nunca, muy bien podría suceder que los señores Cobden y Bright,14 en su doble condición de miembros de la Sociedad de la Paz y de ministros del futuro próximo, tuvieran que sostener una guerra tenaz, quizá contra todo el continente.

Manchester, 23 de enero de 1852

II

El próximo martes, 3 de febrero, se reúne el Parlamento. De las tres cuestiones principales que ocuparán sus primeros debates, ya hemos tratado brevemente dos: la destitución de Palmerston y los medios de defensa en caso de guerra con Francia. Queda la tercera, con mucho la más importante para el desarrollo inglés: la reforma electoral.

El nuevo proyecto de reforma que Russell15 ha de presentar nada más empezar dará ocasión de sobra para tratar más a fondo el significado general de la reforma electoral en Inglaterra. Por hoy, cuando solo se trata de dar cuenta de algunos rumores sobre este proyecto y comentarlos, bastará observar que en toda la cuestión se trata, ante todo, únicamente de saber cuánto de su poder político han de conservar las clases reaccionarias o estables, es decir, la aristocracia terrateniente, los rentistas, los especuladores de Bolsa, los propietarios de tierras en las colonias, los armadores y una parte de los comerciantes y banqueros, y cuánto han de ceder a la burguesía industrial, que está a la cabeza de todas las clases progresistas y revolucionarias. Del proletariado no se habla aquí por el momento.

El Daily News, órgano londinense de la burguesía industrial y buena fuente en estos asuntos, publica algunas noticias sobre el nuevo proyecto de reforma del ministerio whig. Según ellas, las reformas previstas afectarían a tres aspectos del sistema electoral inglés vigente.

Hasta ahora todo miembro del Parlamento, antes de ser admitido, tenía que acreditar una propiedad territorial de por lo menos 300 libras esterlinas.16 Esta condición, citada en muchos casos, se eludía sin embargo casi siempre mediante compras y contratos simulados. En lo que respecta a la burguesía industrial, hacía mucho que había dejado de surtir efecto; ahora va a suprimirse del todo. Su abolición es uno de los «seis puntos» de la Carta del Pueblo proletaria, y es interesante ver cómo ya se reconoce oficialmente uno de esos seis puntos (los seis son muy burgueses y ya están en vigor en los Estados Unidos).

Hasta ahora el derecho de voto estaba organizado de la manera siguiente: según la vieja costumbre inglesa, los condados enviaban una parte de los diputados y las ciudades la otra. Quien quería votar en un condado tenía que poseer una propiedad territorial plena e independiente (freehold property) de un valor anual de 2 libras esterlinas, o tener arrendada una propiedad territorial de un valor anual de 50 libras. En las ciudades, en cambio, era elector todo el que habitaba una casa que rentaba 10 libras de alquiler y pagaba en proporción a esa cantidad el impuesto de pobres. Mientras que así, en las ciudades que enviaban diputados, tenía derecho de voto la masa de los pequeños comerciantes y maestros artesanos, es decir, toda la pequeña burguesía, en las elecciones de condado los tenants at will de la aristocracia, es decir, los arrendatarios a los que se podía despedir de un año para otro y que, por tanto, dependían por completo de sus terratenientes, tenían una inmensa mayoría. El año pasado el señor Locke King17 propuso extender a los condados la cuota de 10 libras de alquiler que regía en las ciudades, y obtuvo para su propuesta, en una Cámara poco concurrida, una fuerte mayoría contra los ministros. Según se dice, Russell se propone ahora rebajar la cuota a 10 libras para los condados y a 5 libras para las ciudades. El efecto de semejante medida sería muy considerable. En las ciudades, la parte mejor pagada del proletariado obtendría enseguida el derecho de voto, con lo que en algunas grandes ciudades la elección de representantes cartistas se haría muy probable, mientras que en las ciudades medianas y pequeñas la burguesía industrial ganaría un enorme aumento de votos y de escaños en el Parlamento. Y en los condados accederían de golpe al derecho de voto todos los pequeños y medianos burgueses de las pequeñas ciudades rurales que no tienen representación propia; formarían en la mayoría de los casos una mayoría aplastante y, por su masa y su relativa independencia frente al puñado de grandes familias nobles que hoy dominan los condados, pondrían fin al terrorismo electoral ejercido hasta ahora por esos magnates. Estos pequeños burgueses rurales caen además ya hoy, cada vez más, bajo la influencia de la burguesía industrial, y le abrirían así una parte considerable de los condados.

Los distritos electorales eran hasta ahora desiguales en el más alto grado en tamaño e importancia; el número de representantes no guardaba proporción alguna con el número de habitantes y de electores. Cien o doscientos electores enviaban aquí tantos representantes como seis u once mil electores allá. Esta desigualdad era grande sobre todo en las ciudades; y precisamente las ciudades pequeñas con pocos electores eran la sede del soborno más escandaloso (por ejemplo, St. Albans)18 o de la dictadura electoral absoluta de este o aquel gran terrateniente. Según la información del Daily News, ahora se privará de sus representantes a ocho de las ciudades electorales más pequeñas, y las demás ciudades pequeñas que eligen miembros del Parlamento se agruparán con otras pequeñas ciudades rurales vecinas, hasta ahora representadas solo en los condados, de modo que el número de electores sea considerablemente mayor. Es una imitación del sistema de grupos de ciudades que existe en Escocia desde la unión con Inglaterra (1707). Que también de una medida así, por tímida que sea, la burguesía industrial puede esperar un aumento de su poder político lo prueba ya la importancia sobresaliente que desde hace mucho atribuye, por delante de todas las demás cuestiones de la reforma parlamentaria, a la igualación de los distritos electorales. Además, se dice, Londres y Lancashire, es decir, dos de las sedes principales de la burguesía industrial, obtendrán una representación reforzada en el Parlamento.

Si Russell se propone de verdad presentar este proyecto, es en efecto, y a juzgar por las experiencias anteriores, mucho para el hombrecillo. Parece que los laureles de Peel no le dejan dormir y que se ha propuesto ser también una vez «audaz». Esta audacia va acompañada, por supuesto, de toda la timidez y los miramientos escrupulosos del whig inglés, y en el estado actual de la opinión pública en Inglaterra no le parecerá audaz a nadie más que a él mismo y a sus colegas whigs. Pero después de las vacilaciones, titubeos y reconsideraciones, después de las repetidas y siempre infructuosas tentativas de tantear el terreno con que el pequeño lord ha llenado el tiempo transcurrido desde el cierre de la última legislatura, cabía en todo caso esperar menos que las propuestas anteriores, suponiendo, claro está, que de aquí al martes no cambie todavía de idea.

La burguesía industrial, no hace falta decirlo expresamente, exige mucho más que eso. Exige el household-suffrage, es decir, el derecho de voto para todo el que habite una casa o parte de una casa por la que se le grave con los impuestos municipales, el voto secreto y una revisión total del reparto de los distritos electorales que asegure igual representación para igual número de electores y para igual riqueza. Regateará dura y largamente con el ministerio y le arrancará toda concesión posible antes de venderle su apoyo. Nuestros industriales ingleses son buenos comerciantes y sin duda colocarán sus votos al precio más alto que puedan obtener.

Por lo demás, ya se ve ahora que incluso el mínimo ministerial de reforma electoral arriba expuesto no puede tener otro resultado que reforzar el poder de la clase que ya hoy domina de hecho Inglaterra y que trabaja a pasos agigantados por el reconocimiento político de su supremacía: la burguesía industrial. El proletariado, cuya lucha independiente por sus propios intereses contra la burguesía industrial solo empieza el día en que queda asentada la supremacía política de esta clase, el proletariado sacará en todo caso también alguna ventaja de esta reforma electoral. Pero cuán grande sea esa ventaja depende únicamente de si el debate y la aprobación final de la reforma electoral se producen antes de que estalle la crisis comercial o caen ya dentro de ella; pues el proletariado, por ahora, solo pasa a primer plano como actor en los grandes momentos decisivos, como el destino en la tragedia antigua.

Manchester, 30 de enero de 1852

F. Engels

  1. Henry John Temple, vizconde de Palmerston (1784-1865), ministro de Asuntos Exteriores del gabinete whig de Russell, destituido en diciembre de 1851 por haber aprobado ante el embajador francés, sin consultar al gabinete, el golpe de Estado de Luis Bonaparte del 2 de diciembre. ↩

  2. Sir Francis Bond Head (1793-1875), militar y administrador colonial británico, autor de The Defenceless State of Great Britain (1850). ↩

  3. Guerra de 1850-1853 contra los xhosa (los «cafres», en la terminología de la época) en la frontera oriental de la colonia de El Cabo. ↩

  4. Alusión, al parecer, al ataque británico de noviembre de 1851 contra Lagos, en la Costa de los Esclavos (golfo de Guinea), que fue rechazado; la ciudad se tomó en un segundo ataque, en diciembre. ↩

  5. Pierre-Jean de Béranger (1780-1857), poeta y cancionero francés, satirizó en sus canciones a la nobleza y al clero de la Restauración borbónica (1815-1830). ↩

  6. George Canning (1770-1827), ministro de Asuntos Exteriores desde 1822 y primer ministro en 1827. Al formar su gobierno, los tories más reaccionarios, con Wellington y Peel, se negaron a servir con él. ↩

  7. El 10 de abril de 1848 el gobierno, que había concentrado en Londres tropas y miles de policías especiales, impidió que la gran manifestación cartista reunida en Kennington Common marchara hasta el Parlamento para entregar la tercera petición nacional por la Carta. ↩

  8. Por el tratado de Campoformio (1797), Napoleón entregó a Austria la mayor parte del territorio de la República de Venecia, que había ocupado sin apenas resistencia. ↩

  9. La escuadra británica estacionada en la desembocadura del Tajo, ante Lisboa. ↩

  10. El campamento que Napoleón reunió en Boulogne entre 1803 y 1805 para invadir Inglaterra. ↩

  11. Fondeadero de la Marina británica entre Portsmouth y la isla de Wight. ↩

  12. El 5 de abril de 1849, durante la guerra entre Dinamarca y los ducados de Schleswig-Holstein, una escuadra danesa que atacó Eckernförde fue derrotada por las baterías de la costa: el navío de línea Christian VIII voló y la fragata Gefion fue capturada. Engels la fecha en 1848. ↩

  13. Los congresos internacionales de la paz (Bruselas, 1848; París, 1849; Fráncfort, 1850; Londres, 1851), promovidos por los librecambistas ingleses y la Peace Society. ↩

  14. Richard Cobden (1804-1865) y John Bright (1811-1889), fabricantes y dirigentes de la Liga contra las Leyes de Cereales y de la escuela de Manchester, librecambistas y pacifistas. ↩

  15. Lord John Russell (1792-1878), jefe del gabinete whig de 1846 a febrero de 1852 y uno de los autores de la reforma electoral de 1832. ↩

  16. Desde 1711 la ley exigía a los diputados de condado tierras con una renta anual de 600 libras y a los de los burgos de 300; la exigencia se abolió en 1858. ↩

  17. Peter John Locke King (1811-1885), diputado liberal; su moción de febrero de 1851 contribuyó a la caída momentánea del gabinete Russell. ↩

  18. El burgo de St. Albans fue privado de representación en 1852 por la corrupción de sus elecciones. ↩