Escrito por Karl Marx en inglés en Londres el 20 de agosto de 1852, publicado en el New-York Daily Tribune, núm. 3552, del 4 de septiembre de 1852, y reproducido en The People's Paper del 16 de octubre de 1852. Traducido del texto inglés según Marx y Engels, On Britain (Moscú, 1953), en la transcripción del Marxists Internet Archive, con unas pocas erratas evidentes corregidas tras cotejarlas con la versión alemana de los Werke (tomo 8, Berlín, 1960, pp. 351-357), por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en inglés.

Londres, 20 de agosto de 1852

Justo antes de separarse, la última Cámara de los Comunes decidió amontonar en el camino de sus sucesores hacia el Parlamento tantas dificultades como fuera posible. Votó una ley draconiana contra el soborno, la corrupción, la intimidación y las malas artes electorales en general.1

Se ha redactado una larga lista de preguntas que, en virtud de esta ley, pueden hacerse a los peticionarios o a los diputados en ejercicio, las más inquisitivas y rigurosas que puedan concebirse. Se les puede exigir que declaren bajo juramento quiénes fueron sus agentes y qué comunicaciones mantuvieron con ellos. Se les puede preguntar y obligar a declarar no solo lo que saben, sino lo que «creen, conjeturan y sospechan» acerca del dinero gastado por ellos mismos o por cualquier otro que actuara en su nombre, con autorización o sin ella. En una palabra, ningún diputado puede pasar por esta extraña prueba sin riesgo de perjurio si tiene la menor idea de que es posible o probable que alguien se haya visto llevado a rebasar en su nombre los límites de la ley.

Ahora bien, aun suponiendo que esta ley dé por sentado que los nuevos legisladores se tomarán la misma libertad que el clero, que solo cree en algunos de los Treinta y Nueve Artículos2 y se las arregla para firmarlos todos, quedan con todo cláusulas suficientes para hacer del nuevo Parlamento la asamblea más virginal que jamás haya pronunciado discursos y aprobado leyes para los tres reinos. Y, puesta al lado de las elecciones generales que la siguieron inmediatamente, esta ley asegura a los tories la gloria de que bajo su administración se haya proclamado en teoría la mayor pureza electoral y se haya practicado la mayor corrupción electoral.

«Se procede a una nueva elección, y se produce una escena de soborno, corrupción, violencia, embriaguez y asesinato sin precedentes desde los tiempos en que reinaba soberano el viejo monopolio tory. Oímos hablar, en efecto, de soldados con los fusiles cargados y la bayoneta calada que se apoderan por la fuerza de electores liberales, los arrastran bajo los ojos del terrateniente para que voten contra su propia conciencia, y de esos soldados que disparan apuntando deliberadamente contra el pueblo que se atrevió a simpatizar con los electores cautivos, y que cometen un asesinato en masa sobre el pueblo que no ofrece resistencia. [Alusión al suceso de Six Mile Bridge, Limerick, condado de Clare.]3 Se dirá: ¡eso fue en Irlanda! Sí, y en Inglaterra han empleado a su policía para destrozar los puestos de sus adversarios; han lanzado a sus bandas organizadas de rufianes nocturnos a merodear por las calles para interceptar e intimidar a los electores liberales; han abierto las cloacas de la embriaguez; han derramado el oro de la corrupción, como en Derby, y en casi todos los lugares disputados han ejercido una intimidación sistemática.»

Hasta aquí el People's Paper de Ernest Jones. Ahora, después de este semanario cartista, escuchen al semanario del partido contrario, el órgano más sobrio, más racional y más moderado de la burguesía industrial, el Economist de Londres:

«Creemos poder afirmar que en estas elecciones generales ha habido más servilismo, más corrupción, más intimidación, más fanatismo y más libertinaje que en ninguna ocasión anterior. Se dice que en estas elecciones se ha recurrido al soborno de manera más amplia que en muchos años.... De la magnitud de la intimidación y de la influencia indebida de toda clase que se ha practicado en las últimas elecciones, probablemente es imposible hacerse una idea exagerada.... Y cuando sumamos todas estas cosas, la embriaguez brutal, las intrigas bajas, la corrupción en masa, la intimidación bárbara, la integridad de los candidatos torcida y manchada, los electores honrados arruinados, los débiles sobornados y deshonrados; las mentiras, las estratagemas, las calumnias que se pasean a la luz del día, desnudas y sin vergüenza; la profanación de palabras santas, el ensuciamiento de nombres nobles, nos quedamos espantados ante el holocausto de víctimas, de cuerpos destruidos y almas perdidas, sobre cuya pira funeraria se levanta un nuevo Parlamento.»

Los medios de corrupción y de intimidación fueron los habituales: la influencia directa del gobierno. Así, a un agente electoral de Derby, detenido en flagrante delito de soborno, se le encontró una carta del mayor Beresford, secretario de la Guerra,4 en la que ese mismo Beresford abre un crédito sobre una casa de comercio para dinero electoral. El Poole Herald publica una circular del Almirantazgo a los oficiales a media paga, firmada por el comandante en jefe de una estación naval, en la que se les piden sus votos para los candidatos ministeriales. Se empleó también la fuerza directa de las armas, como en Cork, Belfast y Limerick (en este último lugar murieron ocho personas). Amenazas de desahucio de los terratenientes contra sus arrendatarios si no votaban con ellos; los administradores de las fincas de lord Derby dieron en esto el ejemplo a sus colegas. Amenazas de boicot contra los tenderos y de despido contra los obreros, embriaguez, etc., etc. A estos medios profanos de corrupción añadieron los tories los espirituales: se publicó la proclama real contra las procesiones católicas para inflamar el fanatismo y el odio religioso;5 por todas partes se alzó el grito de «No Popery!».6 Uno de los resultados de esta proclama fueron los disturbios de Stockport.7 Los curas irlandeses, por supuesto, respondieron con armas parecidas.

Apenas han terminado las elecciones y ya un solo abogado de la Corona8 ha recibido de veinticinco lugares encargos para impugnar las actas parlamentarias por soborno e intimidación. Se han firmado peticiones de este tipo contra diputados electos, y se han reunido los gastos del procedimiento, en Derby, Cockermouth, Barnstaple, Harwich, Canterbury, Yarmouth, Wakefield, Boston, Huddersfield, Windsor y gran número de otros lugares. De ocho a diez diputados derbistas está probado que, aun en las circunstancias más favorables, serán rechazados a raíz de las peticiones.

Los escenarios principales de este soborno, corrupción e intimidación fueron, naturalmente, los condados agrícolas y los burgos de los pares, para conservar el mayor número posible de los cuales habían gastado los whigs toda su perspicacia en la ley de reforma de 1831. Los cuerpos electorales de las grandes ciudades y de los condados manufactureros densamente poblados eran, por sus circunstancias peculiares, un terreno muy desfavorable para tales maniobras.

Los días de elecciones generales son tradicionalmente en Gran Bretaña las bacanales de la borrachera desenfrenada, los plazos convencionales de la bolsa en que se descuentan las conciencias políticas, las épocas de cosecha más ricas de los taberneros. Como dice un periódico inglés, «estas saturnales periódicas no dejan nunca de imprimir huellas duraderas de su presencia pestilente». Es natural que así sea. Son saturnales en el antiguo sentido romano de la palabra. El amo se volvía entonces criado y el criado amo. Si el criado es amo por un día, ese día reinará soberana la brutalidad. Los amos eran los grandes dignatarios de las clases dominantes o de fracciones de clase; los criados formaban la masa de esas mismas clases: los electores privilegiados, rodeados por la masa de los no electores, de esos miles que no tenían otra vocación que la de simples comparsas y cuyo apoyo, de voz o de mano, parecía siempre deseable, aunque solo fuera por el efecto teatral.

Si se repasa la historia de las elecciones británicas de un siglo o más a esta parte, uno siente la tentación de preguntarse no por qué los Parlamentos británicos fueron tan malos, sino, al contrario, cómo se las arreglaron para ser siquiera tan buenos como fueron y para representar, aunque fuera en una refracción borrosa, tanto como representaron del movimiento real de la sociedad británica. Igual que los adversarios del sistema representativo han de sorprenderse al ver que cuerpos legislativos en los que decide la mayoría abstracta, el azar del mero número, deciden y resuelven, sin embargo, conforme a las necesidades de la situación, al menos durante el período de su plena vitalidad. Siempre será imposible, ni aun forzando al máximo las deducciones lógicas, derivar de las relaciones del mero número la necesidad de un voto conforme al estado real de las cosas; pero de un estado de cosas dado se seguirá siempre, como por sí misma, la necesidad de ciertas relaciones numéricas. El tradicional soborno de las elecciones británicas, ¿qué otra cosa era sino otra forma, tan brutal como popular, en que se manifestaba la fuerza relativa de los partidos en liza? Sus respectivos medios de influencia y de dominio, que en otras ocasiones empleaban de manera normal, se representaban aquí durante unos días de manera anormal y más o menos burlesca. Pero la premisa seguía siendo que los candidatos de los partidos rivales representaban los intereses de la masa de los electores, y que los electores privilegiados, a su vez, representaban los intereses de la masa sin voto, o más bien que esa masa sin voto no tenía todavía un interés específico propio. Las pitonisas de Delfos tenían que embriagarse con vapores para poder dar con sus oráculos; el pueblo británico tiene que embriagarse con ginebra y cerveza negra para poder dar con sus buscadores de oráculos, los legisladores. Y dónde había que buscar a esos buscadores de oráculos era cosa sabida.

Esta posición relativa de clases y partidos sufrió un cambio radical desde el momento en que las clases medias industriales y comerciales, la burguesía, tomaron posición como partido oficial al lado de whigs y tories, y sobre todo desde la aprobación de la ley de reforma de 1831. Estos burgueses no eran en absoluto aficionados a las costosas maniobras electorales, a los faux frais9 de las elecciones generales. Les parecía más barato competir con la aristocracia terrateniente con medios morales generales que con medios pecuniarios personales. Por otra parte, eran conscientes de representar un interés universalmente predominante de la sociedad moderna. Estaban, por tanto, en condiciones de exigir que los electores se rigieran por sus intereses nacionales comunes y no por motivos personales y locales, y cuanto más recurrían a este postulado, más se concentraba esta última clase de influencia electoral, por la composición misma de los cuerpos electorales, en la aristocracia terrateniente y se sustraía a las clases medias. Así, la burguesía luchó por el principio de las elecciones morales e impuso la promulgación de leyes en ese sentido, concebidas todas ellas como salvaguardias contra la influencia local de la aristocracia terrateniente; y, en efecto, desde 1831 el soborno adoptó una forma más civilizada, más oculta, y las elecciones generales se desarrollaron de manera más sobria que antes. Cuando por fin la masa del pueblo dejó de ser un simple coro que tomaba parte más o menos apasionada en la lucha de los héroes oficiales, echaba suertes entre ellos, alborotaba en orgía báquica con la creación de las divinidades parlamentarias, como los centauros de Creta en el nacimiento de Júpiter,10 y cobraba paga y convite por semejante participación en su gloria; cuando los cartistas rodearon en masas amenazadoras todo el círculo dentro del cual había de librarse la lucha electoral oficial y vigilaron con desconfianza escrutadora cada movimiento que se producía dentro de él, entonces unas elecciones como las de 1852 no podían sino provocar una indignación universal, arrancar incluso al conservador Times, por primera vez, algunas palabras a favor del sufragio general y hacer gritar a toda la masa del proletariado británico como con una sola voz: ¡Los enemigos de la reforma han dado a los reformadores los mejores argumentos; eso es una elección bajo el sistema de clases; eso es una Cámara de los Comunes con semejante sistema electoral!

Para comprender el carácter del soborno, la corrupción y la intimidación tal como se han practicado en las últimas elecciones, es preciso llamar la atención sobre un hecho que actuó en una dirección paralela.

Si se examinan las elecciones generales desde 1831, se verá que en la misma medida en que aumentaba la presión de la mayoría sin voto del país sobre el cuerpo privilegiado de los electores, en que se oía más fuerte la exigencia, por parte de las clases medias, de ampliar el círculo de los cuerpos electorales y, por parte de la clase obrera, de extinguir todo rastro de semejante círculo privilegiado, en esa misma medida el número de electores que votaban efectivamente fue disminuyendo cada vez más, y los cuerpos electorales se fueron contrayendo así cada vez más. Nunca fue este hecho más llamativo que en las últimas elecciones.

Tomemos, por ejemplo, Londres. En la City el cuerpo electoral es de 26.728; solo votaron 10.000. Los Tower Hamlets11 tienen 23.534 electores inscritos; solo votaron 12.000. En Finsbury, de 20.025 electores, no votó ni la mitad. En Liverpool, escenario de una de las contiendas más animadas, de 17.433 electores inscritos solo acudieron a las urnas 13.000.

Estos ejemplos bastarán. ¿Qué prueban? La apatía de los cuerpos electorales privilegiados. ¿Y esta apatía qué prueba? Que han sobrevivido a sí mismos, que han perdido todo interés por su propia existencia política. No es en modo alguno apatía hacia la política en general, sino hacia una especie de política cuyo resultado, en la mayoría de los casos, solo puede consistir en ayudar a los tories a desalojar a los whigs o a los whigs a vencer a los tories. Los cuerpos electorales sienten instintivamente que la decisión ya no está ni en el Parlamento ni en la elaboración del Parlamento. ¿Quién derogó las Leyes de Cereales? No, desde luego, los votantes que habían elegido un Parlamento proteccionista, y menos aún el propio Parlamento proteccionista, sino única y exclusivamente la presión desde fuera. En esta presión desde fuera, en medios de influir en el Parlamento distintos del voto, cree ahora una gran parte incluso de los electores. Consideran el modo de votar hasta ahora legal como una formalidad anticuada; pero desde el momento en que el Parlamento hiciera frente a la presión desde fuera y dictara leyes a la nación en el sentido de sus estrechos cuerpos electorales, se sumarían al asalto general contra todo el sistema anticuado de la maquinaria.

El soborno y la intimidación practicados por los tories no fueron, pues, más que experimentos violentos para devolver la vida a unos cuerpos electorales moribundos que se han vuelto incapaces de producir, y que ya no pueden crear resultados electorales decisivos ni Parlamentos realmente nacionales. ¿Y el resultado? El viejo Parlamento fue disuelto porque al final de su carrera se había disuelto en fracciones que se paralizaban mutuamente por completo. El nuevo Parlamento empieza donde terminó el viejo; está paralítico desde la hora de su nacimiento.

  1. La ley de 1852 sobre las prácticas corruptas en las elecciones, que regulaba la investigación de las elecciones impugnadas. ↩

  2. Los Treinta y Nueve Artículos (1563-1571), profesión de fe de la Iglesia de Inglaterra, que los clérigos debían suscribir. ↩

  3. En Six Mile Bridge, en el condado de Clare, el 22 de julio de 1852, soldados que escoltaban a electores arrendatarios hasta las urnas dispararon contra la multitud y mataron a varias personas. La acotación entre corchetes figura en el texto. ↩

  4. William Beresford (1797-1883), Secretary at War, el ministro encargado de la administración y las finanzas del ejército, en el gabinete Derby. ↩

  5. La proclama real de junio de 1852 que recordaba la prohibición legal de las procesiones católicas con hábitos y objetos de culto fuera de las iglesias. ↩

  6. «¡Abajo el papismo!». ↩

  7. Los ataques contra los barrios y las iglesias de los obreros irlandeses de Stockport, cerca de Manchester, a finales de junio de 1852. ↩

  8. Queen's Counsel, título honorífico de los abogados de mayor categoría. ↩

  9. «Gastos falsos», gastos improductivos. ↩

  10. Así en el texto inglés. La versión alemana de la MEW dice «Kureten», los curetes, que según el mito ahogaron con el estrépito de sus armas el llanto de Zeus (Júpiter) recién nacido en Creta para que no lo oyera su padre Crono: es sin duda la lectura correcta. ↩

  11. Distrito electoral del este de Londres formado por los antiguos pueblos de los alrededores de la Torre. ↩