Escrito en inglés por Karl Marx en Londres el 22 de febrero de 1853 y publicado en el New-York Daily Tribune, núm. 3710, del 8 de marzo de 1853. El original inglés no tiene hoy fuente libre: se traduce de la versión alemana de la MEW (Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 8, Berlín, 1960, pp. 526-534), sin su aparato editorial, cotejando con el breve fragmento inglés sobre la insurrección de Milán que publica marxists.org, por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la MEW. Las notas son nuestras. Texto en alemán.
Londres, martes 22 de febrero de 1853
El telégrafo eléctrico informa desde Székesfehérvár:
«El día 18 del corriente, a la una, el emperador de Austria, Francisco José, paseaba por el baluarte de Viena cuando un oficial de sastre húngaro llamado László Libényi, antiguo húsar, de Viena, se abalanzó de pronto sobre él y le asestó una puñalada. El golpe lo desvió el ayudante de campo, conde O'Donnell. Francisco José resultó herido debajo del occipucio. El húngaro, de 21 años, fue derribado por un sablazo del ayudante y detenido de inmediato.»
Según otras versiones, el arma era un mosquete.
En Hungría se acaba de descubrir una conspiración muy extendida para derrocar el dominio austriaco.
La Wiener Zeitung publica una serie de sentencias que el consejo de guerra dictó contra 39 individuos, acusados principalmente de participar en la conspiración con Kossuth y Ruscsak, de Hamburgo.
Inmediatamente después de sofocado el levantamiento revolucionario de Milán, Radetzky1 dio orden de interceptar toda comunicación con el Piamonte y con Suiza. Ustedes habrán recibido ya antes de esta carta las escasas noticias que se ha dejado filtrar de Italia a Inglaterra. Quisiera llamar ahora su atención sobre un rasgo característico de los sucesos de Milán.
Aunque el teniente mariscal de campo conde Strassoldo, en su primer bando del 6 del corriente, admite sin rodeos que el grueso de la población no tuvo absolutamente ninguna participación en la insurrección, impone sin embargo a Milán el más riguroso estado de sitio. Radetzky, en una proclama posterior, fechada en Verona el 9 de febrero, tergiversa la versión de su subordinado y se aprovecha de la rebelión para obtener dinero con falsos pretextos. A todas las personas que no pertenecen notoriamente al partido austriaco les impone multas de la cuantía que le parece en beneficio de la guarnición. En su proclama del 11 del corriente declara «que la mayoría de los habitantes, con pocas y loables excepciones, no quiere someterse al gobierno imperial», y ordena a todas las autoridades judiciales, es decir, a los consejos de guerra, que secuestren los bienes de todos los cómplices. La expresión «complicidad» la explica así:
«Che tale complicità consista semplicimente nella omissione della denuncia a cui ognuno è tenuto.» («Que tal complicidad consiste simplemente en la omisión de la denuncia a la que todos están obligados.»)
Igual habría podido confiscar todo Milán de una vez con el pretexto de que los habitantes no denunciaron ya el día 5 el levantamiento del 6. Así pues, quien no quiera convertirse en espía y soplón de los Habsburgo corre el peligro de convertirse en botín legal de los croatas. En una palabra, Radetzky proclama un nuevo sistema de saqueo en masa.
La insurrección de Milán es significativa como síntoma de la crisis revolucionaria que se acerca en todo el continente europeo. Y es admirable como acto de heroísmo de unos pocos proletarios que, armados solo con cuchillos, se atrevieron a atacar la ciudadela de una guarnición y a un ejército de 40.000 hombres de las mejores tropas de toda Europa, mientras los hijos de Mammón bailaban, cantaban y banqueteaban en medio de la sangre y las lágrimas de su nación humillada y martirizada. Pero resulta mezquina si ha de ser el resultado final de la eterna conspiración de Mazzini, de sus proclamas grandilocuentes y de sus arrogantes sermones de capuchino contra el pueblo francés. Esperemos que las révolutions improvisées, como las llaman los franceses, se hayan acabado ya. ¿Se ha oído alguna vez que los grandes improvisadores sean también grandes poetas? Lo mismo pasa en la política que en la poesía. Las revoluciones no se hacen por encargo. Después de las terribles experiencias de 1848 y 1849, hace falta algo más que unas convocatorias de papel de jefes lejanos para suscitar revoluciones nacionales. Kossuth ha aprovechado la ocasión para desautorizar públicamente la insurrección en general y la proclama publicada en su nombre en particular. Con todo, resulta algo sospechoso que reivindique post factum para sí una superioridad como político sobre su amigo Mazzini. El Leader observa al respecto:
«Creemos necesario advertir a nuestros lectores que el asunto concierne exclusivamente al señor Kossuth y al señor Mazzini, y que este último no se encuentra en este momento en Inglaterra.»
Della Rocca, un amigo de Mazzini, se pronuncia en una carta al Daily News sobre los desmentidos de Kossuth y de Agostini. Dice:
«Hay quien sospecha que, tan dispuestos a reclamar los honores del triunfo como a rechazar la responsabilidad del fracaso, esperaron primero las noticias definitivas sobre el éxito o el fracaso de la insurrección.»
B. Szemere,2 exministro de Hungría, protesta en una carta dirigida al director del Morning Chronicle «contra la usurpación ilegítima del nombre de Hungría por Kossuth». Dice:
«Quien quiera formarse un juicio sobre él como hombre de Estado no tiene más que leer con atención la historia de la última revolución húngara, y quien quiera conocer su habilidad como conspirador no tiene más que echar una mirada retrospectiva a la desdichada expedición de Hamburgo del año pasado.»
Que la revolución triunfa incluso cuando fracasa lo muestra el terror que la échauffourée3 de Milán infundió hasta lo más hondo a los soberanos del continente. Basta con ver la carta que publica la oficial Frankfurter Oberpostamts-Zeitung:
«Berlín, 15 de febrero. Los sucesos de Milán han causado aquí una profunda impresión. La noticia telegráfica llegó al rey el día 9, justo cuando se encontraba en un baile de la corte. El rey declaró en el acto que el movimiento estaba ligado a una conspiración profunda que se ramificaba por todas partes, y que ante estos movimientos revolucionarios una alianza estrecha entre Prusia y Austria resultaba una necesidad absoluta... Un alto dignatario exclamó: "¡Así que quizá tengamos que defender la corona prusiana a orillas del Po!".»
Tan grande fue el terror en el primer momento que, sin otro motivo que esa «profunda impresión», fueron detenidos unos 20 habitantes de Berlín. La Neue Preußische Zeitung, el periódico ultrarrealista, fue secuestrada por haber publicado el documento atribuido a Kossuth. El día 13, el ministro von Westphalen4 presentó a la Cámara de los Señores un proyecto de ley urgente que debe autorizar al gobierno a confiscar todos los folletos y periódicos que aparezcan fuera de Prusia. En Viena las detenciones y los registros domiciliarios están a la orden del día. Entre Rusia, Prusia y Austria se entablaron de inmediato negociaciones para presentar al gobierno inglés una protesta común sobre los refugiados políticos. Así de débiles, así de impotentes son las llamadas «potencias». Al menor indicio de un terremoto revolucionario sienten ya vacilar en sus cimientos los tronos de Europa. En medio de sus ejércitos, sus mazmorras y sus horcas, tiemblan ante lo que llaman «intentos subversivos de unos pocos malhechores a sueldo».
«La calma está restablecida.» Sí, ciertamente: esa calma terrible, funesta, entre el primer estallido de la tormenta y el próximo trueno retumbante.
Del continente agitado quiero volver ahora a la tranquila Inglaterra. Casi parece como si el espíritu del pequeño John el Definitivo dominara todo el mundo oficial, como si toda la nación estuviera tan paralizada como los hombres que la encabezan. Hasta The Times exclama con desesperación:
«Puede ser la calma que precede a la tormenta, puede ser el humo que precede al fuego»;
por el momento reina una calma soñolienta.
Se han reanudado los trabajos del Parlamento, pero hasta ahora la triple reverencia de lord Aberdeen ha sido lo único dramático en ellos y el único acto destacado del ministerio de coalición. La impresión que el programa de lord John causó a sus enemigos se ve mejor por las confesiones de sus amigos. Así, dice The Times:
«Lord John Russell ha pronunciado un discurso todavía menos fogoso que las palabras preliminares con que un subastador precedería la venta de muebles viejos, mercancías averiadas o enseres de tienda... Lord John Russell despierta poquísimo entusiasmo.»
Como es sabido, el nuevo proyecto de reforma electoral se ha aplazado bajo la presión de reformas prácticas más urgentes, que reclaman la atención más inmediata de los legisladores. Pues bien, ya se ha mostrado con un ejemplo cómo han de ser esas reformas cuando el instrumento de la reforma, es decir, el Parlamento, sigue sin reformar.
El 14 de febrero, lord Cranworth5 presentó su programa de reformas judiciales a la Cámara de los Lores. La mayor parte de su prolijo, aburrido e insustancial discurso consistió en la enumeración de las muchas cosas que se esperaban de él y que él no estaba dispuesto a hacer. Se disculpó diciendo que solo llevaba siete semanas sentado en el saco de lana.6 A lo cual observa The Times:
«Lord Cranworth lleva 63 años en este mundo y 37 años de abogado.»
Como buen whig, de los éxitos relativamente grandes de las pequeñas reformas judiciales anteriores saca la conclusión de que iría contra toda modestia proseguir las reformas del mismo modo. Como buen aristócrata, retrocede ante la idea de ocuparse del derecho eclesiástico, «pues eso atentaría demasiado contra antiguos intereses creados». ¿Intereses creados en qué? ¿En el poder público? Solo ha preparado lord Cranworth dos medidas de alguna importancia. Primero, «un proyecto de ley para facilitar la transmisión de tierras», cuyo rasgo principal consiste en que no hace sino dificultar más esa transmisión, aumentando los gastos, multiplicando los obstáculos técnicos, sin acortar su lentitud ni simplificar su complicación. Segundo, una propuesta de formar una comisión que ordene sistemáticamente las leyes hechas por el Parlamento, cuyo mérito se limitará seguramente a compilar un índice de los 40 tomos en cuarto de leyes del Parlamento. Lord Cranworth puede defender su proceder ante los adversarios más obstinados de la reforma judicial con la misma excusa que aquella pobre muchacha que le dijo a su confesor que era verdad que había tenido un hijo, pero que era uno muy pequeñito.
El único debate interesante de la Cámara de los Comunes se produjo el 18 del corriente a propósito de la interpelación de Disraeli a los ministros sobre las relaciones de Inglaterra con Francia. Disraeli empezó por Poitiers y Azincourt y acabó con los discursos electorales de Carlisle y del mercado de paños de Halifax. El propósito del ejercicio era poner en la picota a sir James Graham y a sir Charles Wood por haberse permitido observaciones despectivas sobre la persona de Napoleón III. Disraeli no habría podido representar de manera más plástica el hundimiento completo del viejo partido tory que erigiéndose en apologista de los Bonaparte, enemigos hereditarios precisamente de la clase política de la que él mismo es el primer representante. No habría podido inaugurar su carrera en la oposición de manera menos adecuada que justificando el régimen actual de Francia. Un breve análisis mostrará la debilidad de esta parte de su discurso.
Al querer explicar las causas del malestar que se siente en el público por las relaciones actuales entre Inglaterra y Francia, tuvo que admitir a la fuerza que la culpa la tenían precisamente los grandes armamentos que se habían iniciado bajo su propia administración. Intentó, a pesar de todo, probar que el aumento y la mejora de los medios de defensa de Gran Bretaña se debían exclusivamente a los grandes cambios producidos por la aplicación moderna de la ciencia al arte de la guerra. Autoridades competentes, dijo, habían reconocido hacía tiempo la necesidad de tales medidas. En 1840, cuando Thiers era ministro, el gobierno inglés de sir Robert Peel había hecho algunos esfuerzos para dar al menos un nuevo sistema a la defensa nacional. ¡Pero en vano! De nuevo, al estallar las revoluciones de 1848 en el continente, se había ofrecido al gobierno de entonces una ocasión de llevar la opinión pública en la dirección que deseaba en lo tocante a la defensa del país. Pero de nuevo sin resultado. La cuestión de la defensa nacional no había madurado hasta que él y sus colegas fueron llamados a la cabeza del gobierno. Las medidas que adoptaron fueron las siguientes:
- Se creó una milicia.
- Se reforzó eficazmente la artillería.
- Se tomaron disposiciones para fortificar a fondo los arsenales del país y algunos puntos importantes de la costa.
- Se presentó una propuesta para reforzar la marina con 5.000 marineros y 1.500 soldados de infantería de marina.
- Se dieron órdenes de restablecer el antiguo poder naval en forma de una flota del Canal, que debía constar de 15 a 20 navíos de línea (de vela) y de un número correspondiente de fragatas y buques menores.
Pues bien, de todas estas afirmaciones se desprende claramente que Disraeli fundamentó justo lo contrario de lo que quería probar. El gobierno no fue capaz de aumentar los armamentos cuando las cuestiones de Siria y de Tahití7 amenazaban la entente cordiale con Luis Felipe; y tampoco fue capaz de hacerlo cuando la revolución se extendía por todo el continente y parecía amenazar los intereses británicos en su misma raíz. ¿Por qué, pregunto, lo ha conseguido ahora, y precisamente bajo el gobierno del señor Disraeli? Justamente porque ahora Napoleón III da motivo a mayores temores por la seguridad de Inglaterra que nunca desde 1815. Y además, como observó muy acertadamente el señor Cobden:
«El refuerzo propuesto de la marina no era un aumento del número de buques de vapor, sino un aumento de las tripulaciones, y el paso del uso de buques de vela al de buques de vapor no implicaba en absoluto la necesidad de un mayor número de marinos, sino precisamente lo contrario.»
Disraeli dijo:
«En segundo lugar, se temía una ruptura inminente con Francia porque allí había un gobierno militar. Pero si los ejércitos tenían ansias de conquista era porque su posición en el propio país era insegura. Francia estaba gobernada ahora por el ejército, no por la ambición militar de las tropas, sino por la inquietud de los ciudadanos.»
El señor Disraeli parece pasar por alto por completo que de lo que se trata es precisamente de cuánto tiempo se sentirá seguro el ejército en el propio país y cuánto tiempo la nación entera tendrá consideración con los temores egoístas de una pequeña clase de ciudadanos y se doblegará al terror efectivo de un despotismo militar que, a fin de cuentas, no es más que el instrumento de intereses de clase exclusivos. La tercera causa la veía Disraeli en
«el considerable prejuicio que existe en este país contra el actual soberano de Francia... Se piensa que, al llegar al poder, acabó con lo que aquí se aprecia como constitución parlamentaria y que restringió la libertad de prensa.»
Disraeli, eso sí, sabe oponer bien poco a estos prejuicios. Opina que «es sumamente difícil formarse una opinión sobre la política francesa».
El simple sentido común le dice al pueblo inglés, aunque no esté tan iniciado como el señor Disraeli en los misterios de la política francesa, que el aventurero sin escrúpulos, al que no controlan ni un parlamento ni la prensa, es justo el indicado para caer como un pirata sobre Inglaterra después de haber agotado su propio tesoro con extravagancias y despilfarros.
El señor Disraeli da luego algunos ejemplos de cuánto contribuyó al mantenimiento de la paz el armonioso acuerdo del último gobierno con Bonaparte: así, el conflicto que amenazaba entre Francia y Suiza, la apertura de los ríos sudamericanos, el conflicto entre Prusia y Neuchâtel, la declaración de las tres potencias a la que se adhirieron bajo presión los Estados Unidos renunciando a Cuba, la acción común en el Levante sobre el Tanzimat en Egipto,8 la revisión del tratado de sucesión griego, la armoniosa colaboración respecto a la regencia de Túnez, etc. Esto me recuerda cómo cierto miembro del partido del orden francés, en un discurso de finales de noviembre de 1851, ensalzaba el armonioso acuerdo de Napoleón con la mayoría de la Asamblea Nacional, que tan fácil le había hecho despachar las cuestiones del sufragio, de las coaliciones y de la prensa. Dos días después se ejecutó el coup d'état.
Si esta parte del discurso de Disraeli fue débil y contradictoria, el final, que consistió en un ataque contra el ministerio de coalición, fue brillante.
«Hay todavía otra razón», concluyó, «que me obliga a promover esta investigación en este momento, y es la situación actual de los partidos en esta Cámara. Es una situación muy peculiar. Tenemos en este momento un ministerio conservador y tenemos una oposición conservadora.» (Aplausos.) «El gran partido liberal no lo encuentro por ninguna parte.» (Aplausos.) «¿Dónde están los whigs con sus grandes tradiciones? Nadie se presenta.» (Nuevos aplausos.) «¿Dónde, pregunto, están las fuerzas juveniles del radicalismo? ¿Sus expectativas desbordantes, sus esperanzas exaltadas? Me temo que, en cuanto despierte de los ardientes sueños de su juvenil inexperiencia, descubrirá en ese mismo momento que ha sido usado y desechado.» (Aplausos.) «Y usado sin remordimientos y desechado sin gran derroche de decoro.» (Aplausos.) «¿Dónde están los radicales? ¿Hay en la Cámara un solo hombre que se llame radical?» (¡Muy bien, muy bien!) «No, ni uno solo. Temería que lo agarrasen y lo convirtieran en ministro conservador.» (Grandes carcajadas.) «Ahora bien, ¿cómo ha podido producirse semejante situación? ¿Dónde están las fuerzas motrices que han provocado esta calamidad política preñada de desgracias? Creo que tengo que dirigirme a ese inagotable arsenal de artimañas políticas, el primer lord del Almirantazgo» (Graham), «para explicar el actual estado de cosas. Quizá recuerde la Cámara que hace unos dos años el primer lord del Almirantazgo nos sirvió una de esas profesiones de fe política de las que rebosan sus discursos. Dijo: "El terreno que piso es el progreso". Ya entonces, señor, pensé que el progreso era una cosa curiosa para estar parado encima.» (Grandes risas y aplausos.) «Entonces sospeché un giro descuidado. Pero pido perdón por esa sospecha de un momento. Compruebo que se trata de un sistema bien meditado que ahora entra en acción. Porque ahora tenemos un ministerio del progreso, y todo está parado.» (Aplausos.) «La palabra reforma ya no se oye, ya no tenemos un ministerio de la reforma; tenemos un ministerio del progreso en el que cada miembro está decidido a no hacer nada. Todas las cuestiones difíciles están en suspenso. Todas las cuestiones en las que no hay acuerdo son cuestiones abiertas.»
Los adversarios de Disraeli no tenían mucho que oponerle, con excepción del «inagotable arsenal de artimañas políticas» de sir James Graham, que al menos salvó su dignidad no retirando del todo las expresiones injuriosas contra Luis Napoleón de las que se le acusaba.
Lord John Russell acusó a Disraeli de convertir la política exterior del país en una cuestión de partido. Aseguró a la oposición que
«el país sería feliz de gozar, tras las querellas y las luchas del año pasado, al menos de un breve periodo de progreso tranquilo y pacífico y de verse libre de las grandes y estremecedoras luchas de partido.»
El resultado de los debates será que la Cámara aprobará los presupuestos de la flota, pero, para tranquilizar a Napoleón, no por motivos bélicos, sino desde puntos de vista científicos. Suaviter in modo, fortiter in re.9 El jueves pasado por la mañana, el abogado de la Corona compareció ante sir J. Dodson en el Prerogative Court10 y pidió, en nombre del ministro de Asuntos Exteriores, que el registro entregara al gobierno francés el testamento original y el codicilo de Napoleón Bonaparte. Se accedió a la petición. Si Luis Bonaparte se pusiera a abrir ese testamento y a intentar ejecutar sus disposiciones, podría resultar fácilmente una moderna caja de Pandora.
Karl Marx
Joseph Radetzky (1766-1858), mariscal austriaco, gobernador general del reino lombardo-véneto. ↩
Bertalan Szemere (1812-1869), ministro del Interior y luego jefe del gobierno húngaro en 1849, emigrado y adversario de Kossuth. ↩
«Refriega», golpe de mano temerario e irreflexivo. ↩
Ferdinand von Westphalen (1799-1876), ministro del Interior de Prusia de 1850 a 1858, hermanastro de Jenny Marx. ↩
Robert Monsey Rolfe, barón Cranworth (1790-1868), lord canciller en el gabinete Aberdeen. ↩
El asiento del lord canciller en la Cámara de los Lores, un gran cojín relleno de lana. ↩
En 1840 la crisis de Oriente, en la que Francia apoyaba a Mehmet Alí de Egipto en Siria contra el sultán y Gran Bretaña, llevó a ambos países al borde de la guerra; en 1844 la expulsión de Tahití del misionero y cónsul británico Pritchard por los franceses provocó un nuevo conflicto. ↩
Tanzimat: reformas administrativas del Imperio otomano iniciadas en 1839, cuya aplicación a Egipto se negociaba entonces. ↩
«Suave en la forma, firme en el fondo.» ↩
Tribunal de sucesiones testamentarias que dependía del arzobispo de Canterbury. Napoleón I había muerto en 1821 en Santa Elena, bajo custodia británica. ↩