Escrito en inglés por Karl Marx en Londres el 29 de julio de 1853 y publicado en el New-York Daily Tribune, núm. 3844, del 12 de agosto de 1853. El original inglés completo no tiene hoy fuente libre: se traduce de la versión alemana de la MEW (Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 9, Berlín, 1960, pp. 227-237), cotejada con las partes del texto inglés que recogen The Eastern Question (Londres, 1897) y, para algunos párrafos sobre las huelgas y sobre Irlanda, el Marx-Engels Internet Archive (marxists.org), por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.
Londres, viernes 29 de julio de 1853
El señor Gladstone presentó anoche en la Cámara de los Comunes la propuesta de que se habilitaran fondos del fondo consolidado para amortizar las acciones de la Compañía de los Mares del Sur que no se habían convertido en el marco de su plan financiero. Presentar semejante propuesta equivale a confesar que su plan de conversión de esas acciones ha fracasado por completo.1 Además de esta pequeña derrota, el gobierno sufrió otra muy grave con motivo de su ley sobre la India. Sir John Pakington2 propuso añadir una cláusula por la que se suprimiera el monopolio de la sal y se dispusiera que en la India la producción y el comercio de la sal fueran completamente libres y solo estuvieran gravados con un impuesto de consumo u otro tributo. Pese a los esfuerzos desesperados de sir Charles Wood, lord John Russell, sir J. Hogg, sir H. Maddock y el señor Lowe (de The Times),3 la propuesta se aprobó por 117 votos contra 107. La oligarquía, que había conseguido subir el sueldo del presidente de la Junta de Control a 5.000 libras, propone ahora aumentar los sueldos de los intachables directores de la Compañía de las Indias Orientales de 300 a 1.000 libras, y los del presidente y su suplente a 1.500. Al parecer creen que la India posee la misma fuerza maravillosa que en el Indostán se atribuye a las hojas de un árbol fabuloso de las cumbres más altas del Himalaya, a saber, que todo lo que tocan se convierte en oro; con la diferencia de que los crédulos hindúes lo esperan del jugo de las hojas, y los ilustrados ingleses, de la sangre de los nativos.
El sultán chino de Las mil y una noches, cuando se levantó una hermosa mañana y miró por la ventana hacia el palacio de Aladino, se asombró de no ver más que un solar vacío. Llamó a su gran visir y le preguntó si veía el palacio. Tampoco el gran visir veía nada, y no quedó menos sorprendido que el sultán, que montó en cólera y ordenó a su guardia que prendiera a Aladino. Cuando la población de Londres se levantó el miércoles por la mañana, se encontró en una situación muy parecida a la de aquel sultán chino. Londres ya no se parecía a Londres. Seguían vacíos los lugares donde estábamos acostumbrados a ver algo. Y así como el ojo se asombraba del vacío, el oído se sorprendía del silencio sepulcral. ¿Qué había pasado en Londres? ¡Había estallado una revolución de los coches de punto! Como por milagro, los coches de alquiler y sus cocheros habían desaparecido de las calles, de las paradas y de las estaciones. Los dueños y los cocheros de los coches están en rebelión contra la nueva ley de coches de alquiler, esa ley grandiosa y casi «única» del «ministerio de todos los talentos».4 Se han declarado en huelga.
Se ha observado a menudo que al público británico le asaltan ataques periódicos de moralidad y que cada seis o siete años su virtud se desata y tiene entonces que hacer frente con resolución a la depravación. En este momento, el objeto de este ataque moral y patriótico es el pobre cabby.5 Había que poner fin a sus desvergonzadas exigencias de dinero a damas indefensas y a gordos comerciantes de la City, y rebajar su tarifa por milla de un chelín a seis peniques. La moralidad de los seis peniques se convirtió en epidemia. Por boca del señor Fitzroy,6 el ministerio presentó la ley draconiana contra el cabby, que le prescribía sus obligaciones para con el público y sometía al mismo tiempo a la legislación parlamentaria sus tarifas, sus hansoms,7 sus caballos y su moral. Por lo visto, al cabby se le quiere convertir a la fuerza en el prototipo de la respetabilidad británica. La generación actual no puede vivir sin improvisar al menos una clase virtuosa y desinteresada de ciudadanos, y para ello se ha elegido al cabby. El «ministerio de todos los talentos» tenía tanta prisa por ejecutar su obra maestra legislativa que la ley de coches de alquiler, apenas aprobada por la Cámara de los Comunes, entró en vigor antes de que se hubiera preparado ninguna de las medidas necesarias para aplicarla. En lugar de proveer de antemano a los cadíes de Londres de ejemplares auténticos del nuevo reglamento, de las nuevas tarifas y de los horarios, los jueces de policía habían recibido la instrucción general de resolver cualquier disputa que surgiera entre el cabby y el público. Así, durante dos semanas tuvimos el variado y edificante espectáculo de una lucha constante ante los jueces entre un verdadero ejército de Hampdens de seis peniques8 y aquellos «terribles» cocheros, en la que unos luchaban por la virtud y los otros por el dinero. Día tras día se sermoneaba al cabby, se le condenaba y se le encarcelaba. Por fin vio claro que con la nueva tarifa ya no podía pagar al propietario el antiguo alquiler, y propietarios y cocheros se retiraron a su Mons Sacer,9 a saber, el National Hall de Holborn, donde tomaron la terrible resolución que ha producido en Londres tres días sin coches. Ya han conseguido dos cosas: primero, el ministerio, por boca del señor Fitzroy, ha cambiado tanto su ley que casi la ha borrado; y segundo, todos los problemas, como la cuestión de Oriente, el golpe de Estado danés, la mala cosecha y el cólera que se extiende, han desaparecido ante la gran lucha entre la virtud pública, que se empeña en no pagar más que seis peniques por milla, y el interés privado, que se empeña en pedir por ella doce.
«Huelga» es la consigna del día. Esta semana se han declarado en huelga 5.000 mineros de la cuenca carbonífera del norte, de 400 a 500 oficiales corcheros de Londres, además de unos 2.000 obreros empleados por los diversos dueños de astilleros del Támesis y la policía de Hull; la policía de Londres hizo intentos parecidos, y, por último, están en huelga los albañiles que trabajan en la capilla de San Esteban, justo ante los ojos del Parlamento.10
«El mundo se está convirtiendo en un verdadero paraíso para los trabajadores», exclama The Times; «los hombres se están volviendo valiosos.» Cuando en 1849, 1850, 1851 y 1852 el comercio crecía sin cesar, la industria se extendía en una medida inaudita y los beneficios aumentaban constantemente, los salarios se mantuvieron sin cambios e incluso, en la mayoría de los casos, en el bajo nivel al que los había llevado la crisis de 1847. Después de que la emigración hubiera reducido el número de la población y la subida de los precios de los alimentos más importantes hubiera aumentado su hambre, estallaron las huelgas; a consecuencia de esas huelgas subieron los salarios y, ¡he aquí!, el mundo se convierte en un paraíso para los trabajadores, a los ojos de The Times. Para reducir ese paraíso a dimensiones terrenales, los dueños de las hilaturas de Lancashire han fundado una asociación para protegerse y apoyarse mutuamente frente a las demandas del pueblo. Pero, no contenta con oponer coalición a coalición, la burguesía amenaza con reclamar la intervención de la ley, de una ley que ella misma dicta. Cómo ha de hacerse se puede deducir de los siguientes espumarajos de The Morning Post, órgano del liberal y amable Palmerston:
«Si hay una infamia que merezca especialmente ser castigada con mano de hierro, es el sistema de las huelgas... Lo que hace falta es un método riguroso y sumario para castigar a los cabecillas y dirigentes de estas coaliciones. No sería en modo alguno una injerencia en la libertad del mercado de trabajo darles a esos tipos una buena tanda de azotes... Es ocioso decir que esto supondría una injerencia en el mercado de trabajo. Mientras quienes abastecen el mercado de trabajo se abstengan de poner en peligro los intereses del país, se les puede dejar que lleguen a un acuerdo con los patronos.»
Dentro de ciertos límites convencionales, a los obreros se les ha de permitir figurarse que son agentes libres de la producción y que cierran sus contratos con su patrono por mutuo acuerdo. Pero si se rebasan esos límites, el trabajo se les impone abiertamente en las condiciones que prescriba el Parlamento, esa comisión permanente de la coalición de las clases dominantes contra el pueblo. Los pensamientos profundos y filosóficos del órgano de Palmerston se revelaron de manera curiosa con su descubrimiento de ayer de que, «de todas las clases de Inglaterra, la peor parada ha sido la de los pobres de las clases altas». ¡El pobre aristócrata, obligado por falta de un brougham11 propio a usar un coche de alquiler!
Se nos asegura que el mundo entero, y en particular Irlanda, se está convirtiendo, a consecuencia del hambre y de la emigración en masa, en un paraíso de los trabajadores. Pero si los salarios en Irlanda son de verdad tan altos, ¿cómo es que los trabajadores irlandeses acuden en tales masas a Inglaterra para establecerse para siempre a este lado del «charco», mientras que antes solían volverse terminada la cosecha?
Si las mejoras sociales del pueblo irlandés hacen tales progresos, ¿cómo es que, por otro lado, los casos de locura en ese país han aumentado de manera tan terrible desde 1847 y, sobre todo, desde 1851? Echemos una ojeada a las cifras siguientes del «Sexto informe sobre los manicomios de distrito, de delincuentes y privados de Irlanda»:
| Total de ingresos en manicomios | De ellos, hombres | De ellos, mujeres | |
|---|---|---|---|
| 1851 | 2.584 | 1.301 | 1.283 |
| 1852 | 2.722 | 1.376 | 1.346 |
| Marzo de 1853 | 2.870 | 1.447 | 1.423 |
Y este es el mismo país en el que el célebre Swift, fundador del primer manicomio de Irlanda, dudaba de que pudieran encontrarse jamás en él 90 locos.12
La agitación cartista reabierta por Ernest Jones avanza con viveza; el 30 de este mes ha de celebrarse una gran asamblea al aire libre de los cartistas de Londres en Kennington Common, donde tuvo lugar la gran concentración del 10 de abril de 1848.13
El señor Cobbett ha retirado su proyecto de ley fabril y ha dado a entender que se propone presentarlo de nuevo al comienzo de la próxima legislatura.
El Manchester Guardian del 27 de este mes confirma por completo, en lo que se refiere a las perspectivas financieras y generales de Inglaterra, mis predicciones anteriores con las siguientes frases de su editorial:
«Pocas veces habrá habido un tiempo en que flotaran en nuestra atmósfera comercial tantos elementos de incertidumbre capaces de provocar inquietud; empleamos adrede esta palabra suave. En cualquier momento anterior a la derogación de las leyes de cereales y a la implantación general de la política librecambista habríamos empleado la expresión más fuerte de grave preocupación. Esos elementos son, primero, la mala cosecha que es de esperar; segundo, la salida constante de oro de las cámaras del Banco, y tercero, la gran probabilidad de que se llegue a la guerra.»
Ahora, la última de las constituciones de 1848 ha sido derribada por el golpe de Estado del rey de Dinamarca. El país ha recibido una constitución rusa y, con la abolición de la Lex Regia,14 ha quedado condenado a convertirse en una provincia rusa. En una de mis próximas cartas daré una exposición de los asuntos de Dinamarca.
«Nuestra política consiste en cuidar de que no ocurra nada en los próximos cuatro meses, y espero que lo consigamos, porque los hombres en general prefieren esperar; pero el quinto mes será rico en acontecimientos.»
Así escribía el conde Pozzo di Borgo al conde Nesselrode el 28 de noviembre de 1828, y el conde Nesselrode actúa ahora conforme a este principio. Mientras la usurpación militar de los Principados por los rusos se completaba con la apropiación de su administración civil, mientras un regimiento tras otro entra en Besarabia y en Crimea, Rusia hace a Austria una seña de que se aceptaría su mediación, y otra a Bonaparte de que sus propuestas podrían encontrar buena acogida en el zar. A los ministros de París y Londres se les entretiene con la perspectiva de que Nicolás se dignará benévolamente aceptar por fin sus excusas. Como otras tantas sultanas del harén, todas las cortes de Europa esperaban angustiadas a ver a cuál de ellas arrojaría el pañuelo el señor de todos los creyentes. Semanas, meses incluso, las tuvo así Nicolás en vilo, hasta que de pronto declaró que ni Inglaterra ni Francia, ni Austria ni Prusia tenían por qué inmiscuirse en su conflicto con Turquía, y que solo él podía negociar con ella. Probablemente retiró su embajada de Constantinopla solo para facilitar precisamente esas negociaciones con Turquía. Pero mientras por un lado declara que las potencias no tienen por qué inmiscuirse en los asuntos rusos, por otro nos enteramos de que los representantes de Francia, Inglaterra, Austria y Prusia matan el tiempo reuniéndose en Viena para urdir proyectos de arreglo de la cuestión de Oriente, sin que en estas conferencias aparentes participen ni el enviado turco ni el ruso. El sultán había nombrado el 8 de julio un ministerio belicoso para librarse de este estado de tregua, pero lord Redcliffe15 le obligó a destituirlo esa misma noche. Esto le ha desconcertado tanto que quiere enviar a San Petersburgo un correo austríaco para preguntar al zar si quiere reanudar las negociaciones directas. Del regreso de ese correo y de la respuesta que traiga dependerá que Reshid Bajá vaya en persona a San Petersburgo. Desde San Petersburgo enviará nuevos proyectos de nota a Constantinopla; esos nuevos proyectos se devolverán a San Petersburgo, y no se llegará a una decisión hasta que la última respuesta de San Petersburgo haya llegado a Constantinopla; pero para entonces habrá llegado el quinto mes y ninguna flota podrá ya entrar en el mar Negro. Entonces el zar se quedará tranquilamente durante el invierno en los Principados, donde pagará sus gastos con las mismas promesas que circulan allí desde 1820 de sus anteriores ocupaciones.
Es sabido que el ministro serbio Garašanin fue destituido a instancias de Rusia.16 Envalentonada por este primer triunfo, Rusia insiste ahora en que se despida a todos los oficiales antirrusos. Se pretendía extender esta medida también al príncipe reinante, Alejandro, y sustituirlo por el príncipe Miguel Obrenović, instrumento dócil de Rusia y de los intereses rusos.17 Para escapar a esta calamidad, y también bajo la influencia de Austria, el príncipe Alejandro se ha vuelto contra el sultán y ha declarado que quiere mantener la más estricta neutralidad. La Presse de París describe así las intrigas rusas en Serbia:
«Todo el mundo sabe que el consulado ruso de Orșova, una aldea miserable donde no hay un solo súbdito ruso, pero situada en medio de una población serbia, lleva una existencia muy pobre, pero se ha convertido ahora en el semillero de la propaganda moscovita. Por vía judicial se ha descubierto y establecido que Rusia tuvo la mano metida en el asunto de Brăila de 1840, en el de Johann Lutzo de 1850 y recientemente en la detención de los catorce oficiales rusos que fue luego la causa de la dimisión del ministerio Garašanin. Se sabe igualmente que el príncipe Ménshikov, durante su estancia en Constantinopla, hizo urdir por sus agentes en Brusa y Esmirna intrigas semejantes a las de Salónica, Albania y Grecia.»
No hay rasgo más llamativo de la política rusa que esta coherencia tradicional, no solo en sus fines, sino también en los medios con que procura alcanzarlos. No hay en la actual cuestión de Oriente complicación, negociación ni nota oficial que no pueda leerse ya en alguna página de la historia universal.
Rusia no puede invocar ahora ante el sultán más que el tratado de Kainardji, aunque ese tratado no daba al zar un protectorado sobre sus correligionarios, sino solo el derecho de construir una capilla en Estambul y de implorar la clemencia del sultán para sus súbditos cristianos, como hizo valer con toda razón Reshid Bajá en su nota al zar del 14 de este mes. Pero cuando Rusia firmó ese tratado en 1774, se proponía ya interpretarlo algún día en el sentido de 1853. El internuncio austríaco de entonces ante la Puerta otomana, el barón Thugut,18 escribía en 1774 a su corte:
«Rusia estará en condiciones en adelante, siempre que considere favorable la ocasión y sin muchos preparativos, de enviar tropas a Constantinopla desde sus puertos del mar Negro. En tal caso, estallaría sin duda una conspiración atizada de antemano con los jefes de la Iglesia ortodoxa griega, y al sultán no le quedaría más remedio que abandonar su palacio a la primera noticia de este paso ruso, huir al interior de Asia y dejar el trono de la Turquía europea a un soberano más experto. En cuanto se haya conquistado la capital, el terror y la ayuda fiel de los cristianos ortodoxos griegos pondrán sin duda con facilidad bajo el cetro ruso el Archipiélago, la costa de Asia Menor y toda Grecia hasta las orillas del Adriático. La posesión de estos países tan ricamente dotados por la naturaleza, con los que ninguna otra parte del mundo puede compararse en fertilidad y riqueza del suelo, dará a Rusia una supremacía que eclipsará todas las maravillas fabulosas que la historia sabe contar de la grandeza de las monarquías de la Antigüedad.»
Como hoy, también en 1774 intentó Rusia azuzar la ambición de Austria con la perspectiva de la anexión de Bosnia, Serbia y Albania. El mismo barón Thugut escribe sobre ello lo siguiente:
«Semejante engrandecimiento del territorio austríaco no despertaría los celos de Rusia. La razón es que, si Austria se anexionara Bosnia, Serbia, etc., eso sería de la mayor importancia en otras circunstancias, pero no tendría para Rusia la menor importancia en el momento en que el resto del Imperio otomano cayera en sus manos. Pues los habitantes de estas provincias son casi exclusivamente mahometanos y cristianos ortodoxos griegos: a los primeros no se los toleraría como habitantes permanentes; los segundos, dada la cercana vecindad del imperio oriental ruso, no vacilarían en trasladarse allí o, si se quedaran, su deslealtad hacia Austria causaría conflictos continuos. Y un engrandecimiento territorial sin fuerzas internas sustanciales no serviría, por tanto, más que para debilitar el poder del emperador de Austria, en lugar de reforzarlo.»
Los políticos suelen remitirse al testamento de Pedro I cuando quieren demostrar la política tradicional de Rusia en general y sus miras sobre Constantinopla en particular.19 En realidad podrían remontarse mucho más atrás. Hace más de ochocientos años, Sviatoslav, el entonces todavía pagano gran príncipe de Rusia, declaró en una asamblea de sus boyardos que «no solo Bulgaria, sino también el Imperio griego en Europa, junto con Bohemia y Hungría, debían estar bajo el dominio de Rusia». Sviatoslav conquistó Silistra y amenazó Constantinopla en el año del Señor de 968, exactamente como hizo Nicolás en 1828.20 La dinastía de Rurik trasladó su capital, poco después de la fundación del Imperio ruso, de Nóvgorod a Kiev, solo para estar más cerca de Bizancio. En el siglo XI, Kiev imitaba en todo a Constantinopla y se la llamaba la segunda Constantinopla; en ese nombre se expresaba la aspiración incesante de Rusia. La religión y la civilización de Rusia son de origen bizantino, y su afán de someter el Imperio bizantino, que estaba entonces en el mismo estado de decadencia que hoy el Imperio otomano, era mucho más natural que el de los emperadores alemanes por someter Roma e Italia. La coherencia en los fines de la política rusa viene dada, pues, por su pasado histórico, por sus condiciones geográficas y por la necesidad de ganar puertos de mar abiertos en el Archipiélago como en el Báltico si quiere mantener su supremacía en Europa. Sin embargo, el modo tradicional en que Rusia persigue esos fines está muy lejos de merecer el tributo de admiración que le rinden los políticos europeos. El éxito de esta política heredada prueba, ciertamente, la debilidad de las potencias occidentales, pero al mismo tiempo la uniformidad estereotipada de esa política documenta la barbarie interna de Rusia. ¿A quién no le parecería ridículo que Francia ajustara su política al testamento de Richelieu o a las capitulares de Carlomagno? Si se recorren los documentos más importantes de la diplomacia rusa, se ve que saben descubrir con la mayor astucia, sutileza, maña y doblez los puntos débiles de los reyes, ministros y cortes europeos, pero que su sabiduría naufraga regularmente cuando se trata de comprender los movimientos históricos de los propios pueblos de Europa occidental. El príncipe Lieven juzgó con todo acierto el carácter del buen Aberdeen cuando contó con su indulgencia hacia el zar, pero desconoció por completo al pueblo inglés cuando predijo la continuación del dominio tory en vísperas del movimiento por la reforma de 1831. El conde Pozzo di Borgo juzgó con todo acierto a Carlos X, pero calculó del todo mal al pueblo francés cuando movió a su «augusto señor» a negociar el reparto de Europa con ese rey, al que el pueblo expulsó de Francia a la mañana siguiente.21 La política rusa podrá impresionar con sus intrigas, ardides y subterfugios tradicionales a las cortes europeas, que a su vez solo se fundan en la tradición; ante los pueblos revolucionados fracasará por completo.
En Beirut, los americanos han arrancado a otro húngaro de las garras del águila austríaca.22 Que la intervención americana en Europa empiece precisamente por la cuestión de Oriente es en realidad muy divertido. Además de la importancia comercial y militar que Constantinopla debe a su situación geográfica, hay otras consideraciones históricas que hacen de su posesión un objeto tan codiciado y tan ardientemente disputado entre Oriente y Occidente; y América es el representante más joven, pero más vigoroso, de Occidente.
Constantinopla es la ciudad eterna, la Roma de Oriente. Bajo los antiguos emperadores griegos, la civilización occidental se fundió allí de tal modo con la barbarie oriental, y bajo los turcos la barbarie oriental de tal modo con la civilización occidental, que este centro de un imperio teocrático se convirtió en una verdadera barrera contra el progreso europeo. Cuando los sultanes de Iconio expulsaron a los emperadores griegos, el espíritu del viejo Imperio bizantino sobrevivió a ese cambio de dinastía, y si el sultán fuera sustituido por el zar, el Bas-Empire,23 resucitado, ejercería influencias más desmoralizadoras que bajo los antiguos emperadores y sería más agresivo y más vigoroso que bajo el sultán. El zar sería para la civilización bizantina lo que los aventureros rusos fueron durante siglos para los emperadores del imperio decadente: el corps de garde24 entre sus soldados. La lucha entre la Europa occidental y Rusia por la posesión de Constantinopla lleva a la cuestión de si el bizantinismo cederá ante la civilización occidental o si el antagonismo entre ambos ha de revivir en formas más terribles y violentas que nunca. Constantinopla es el puente de oro entre Oriente y Occidente, y la civilización occidental no puede, como el sol, dar la vuelta al mundo sin pasar ese puente; y no puede pasar el puente sin luchar con Rusia. El sultán ya solo guarda Constantinopla en depósito para la revolución, y los actuales dignatarios nominales de Europa occidental, que por su parte ven en las orillas del Nevá el último baluarte de su «orden», no pueden hacer otra cosa que dejar la cuestión en suspenso hasta que Rusia se encuentre frente a frente con su verdadero adversario, la revolución. La revolución que derribe a la Roma de Occidente vencerá también la influencia demoníaca de la Roma de Oriente.
Aquellos de sus lectores que hayan leído mis artículos sobre la revolución y la contrarrevolución en Alemania, que escribí para el Tribune hace unos dos años,25 y que quieran hacerse de ella una imagen viva, harán bien en ir a ver el cuadro del señor Hasenclever que se expone ahora en el Palacio de Cristal de Nueva York.26 Representa la entrega de una petición de los obreros al ayuntamiento de Düsseldorf en 1848. El eminente pintor ha reproducido con toda su vitalidad dramática lo que el escritor solo podía analizar.
Karl Marx
La conversión de la deuda que Gladstone, ministro de Hacienda, propuso en abril de 1853 ofrecía a los tenedores de las anualidades de la antigua Compañía de los Mares del Sur y de otros títulos de la deuda cambiarlos por títulos de interés más bajo. ↩
Sir John Pakington (1799-1880), diputado tory, ministro de las Colonias en 1852. ↩
Sir James Weir Hogg (1790-1876) y sir Thomas Herbert Maddock (1792-1870), antiguos funcionarios en la India y diputados; Robert Lowe (1811-1892), diputado liberal y articulista de The Times, secretario de la Junta de Control. ↩
Nombre que se dio irónicamente al gobierno de coalición de Aberdeen, tomado del de Grenville de 1806-1807. ↩
El cochero de punto londinense. ↩
Henry Fitzroy (1807-1859), subsecretario del Interior. ↩
Cabriolé de dos ruedas con el cochero sentado detrás, en alto. ↩
John Hampden (1594-1643), que se negó en 1637 a pagar el impuesto de los barcos (ship money) exigido por Carlos I sin aprobación del Parlamento. ↩
El Monte Sacro, adonde según la tradición se retiró la plebe de Roma en 494 a. C. en su lucha contra los patricios. ↩
La capilla de San Esteban del palacio de Westminster, antigua sede de la Cámara de los Comunes. ↩
Coche cerrado de un caballo, que debe su nombre a lord Brougham. ↩
Jonathan Swift (1667-1745) dejó su fortuna para fundar en Dublín el hospital de San Patricio para enfermos mentales. En el texto inglés, las cifras de 1852 son 2.662 ingresos (1.276 hombres y 1.386 mujeres). ↩
La gran concentración cartista del 10 de abril de 1848, convocada para llevar al Parlamento la tercera petición por la Carta, que el gobierno impidió con un gran despliegue de tropas y policías especiales. ↩
La Ley Regia (Kongeloven) de 1665, ley fundamental de la monarquía absoluta danesa, que regulaba la sucesión al trono. ↩
Stratford Canning, vizconde Stratford de Redcliffe (1786-1880), embajador británico en Constantinopla. ↩
Ilija Garašanin (1812-1874), jefe del gobierno serbio, destituido en 1853 por presión rusa. ↩
Alejandro Karađorđević (1806-1885), príncipe de Serbia de 1842 a 1858; Miguel Obrenović (1823-1868), de la dinastía rival, príncipe de 1839 a 1842 y de 1860 a 1868. ↩
Johann Amadeus von Thugut (1736-1818), internuncio en Constantinopla y más tarde ministro de Asuntos Exteriores de Austria. ↩
El supuesto testamento político de Pedro el Grande, un documento apócrifo que se difundió en Francia a comienzos del siglo XIX. ↩
Sviatoslav I, gran príncipe de Kiev (muerto en 972). En 1828-1829, en la guerra ruso-turca, el ejército ruso cruzó los Balcanes y llegó hasta Adrianópolis. ↩
Carlos X fue derrocado por la revolución de julio de 1830. La reforma electoral inglesa, a la que se refiere antes, se aprobó en 1832. ↩
Otro caso como el del refugiado húngaro Martin Koszta en Esmirna, en junio de 1853. ↩
El Bajo Imperio, es decir, el Imperio bizantino. ↩
«Cuerpo de guardia». ↩
Véase Revolución y contrarrevolución en Alemania, serie publicada en el New-York Daily Tribune en 1851-1852 con la firma de Marx, aunque la redactó Engels. ↩
Johann Peter Hasenclever (1810-1853), pintor de la escuela de Düsseldorf; su cuadro Los obreros ante el consejo municipal (1848-1850) se expuso en la exposición internacional de Nueva York de 1853. ↩