Escrito en inglés por Karl Marx en Londres el 5 de agosto de 1853 y publicado en el New-York Daily Tribune, núm. 3850, del 19 de agosto de 1853. El original inglés completo no tiene hoy fuente libre: se traduce de la versión alemana de la MEW (Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 9, Berlín, 1960, pp. 245-251), cotejada con las partes del texto inglés que recoge The Eastern Question (Londres, 1897), por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.
Londres, viernes 5 de agosto de 1853
La ley que abole el impuesto sobre los anuncios recibió anoche la sanción real y entra hoy en vigor.1 Algunos diarios de la mañana han publicado ya sus precios rebajados para anuncios de toda clase.
Los trabajadores de los muelles de Londres están en huelga. La compañía procura contratar gente nueva. Se espera una lucha entre los obreros viejos y los nuevos.
El emperador de Rusia ha descubierto nuevas razones para quedarse con los Principados del Danubio. Ya no los retendrá como garantía material de sus aspiraciones espirituales ni como indemnización por los gastos que causa su ocupación, sino que ahora tiene que retenerlos a causa de «disturbios internos», como prevé el tratado de Balta Liman.2 Y como los rusos lo han puesto todo patas arriba en los Principados, no puede negarse que existen tales disturbios. Lord Clarendon confirmó en la sesión de la Cámara de los Lores del 2 de agosto lo que dije en mi último artículo sobre la prohibición a los hospodares de enviar su tributo a Constantinopla y de seguir manteniendo relaciones con Turquía. Lord Clarendon declaró, con semblante muy grave y pomposa solemnidad, que
«por un correo que sale de Londres esta misma noche daría instrucciones a sir Hamilton Seymour de exigir al gabinete ruso la explicación a la que Inglaterra tiene derecho».3
Mientras Clarendon manda hasta San Petersburgo a pedir explicaciones, la Patrie de hoy publica una noticia de Iași del 20 del mes pasado según la cual los rusos están fortificando Bucarest y Iași, los hospodares de Moldavia y Valaquia están sometidos a una junta de control rusa de tres miembros, al pueblo se le imponen contribuciones en especie y algunos boyardos recalcitrantes han sido metidos en regimientos rusos. Esa es la «explicación» de la proclama del príncipe Gorchakov, según la cual
«su augusto señor no tenía la intención de modificar las instituciones que gobernaban el país, y la presencia de sus tropas no impondría al pueblo nuevas contribuciones ni otras cargas».
En la sesión de la Cámara de los Comunes del mismo día, lord John Russell declaró, en respuesta a una pregunta de lord Dudley Stuart,4 que las cuatro potencias se habían reunido en Viena para una propuesta común al zar, «aceptable» para Rusia y para Turquía, y que se había enviado a San Petersburgo. En su respuesta al señor Disraeli, lord Russell explicó:
«Esta propuesta era de hecho una propuesta austríaca, aunque procedía originalmente del gobierno de Francia.»
Este francés de origen, naturalizado en Austria, tiene un aspecto muy sospechoso, y la Neue Preußische Zeitung da en una carta de Viena la explicación de que
«el gabinete ruso y el austríaco han decidido de común acuerdo no permitir que predomine la influencia inglesa en Oriente».
El «Inglés»5 dice de las explicaciones del ministerio de coalición: «Son grandes en la humillación, fuertes en la imbecilidad y elocuentísimos en el silencio».
Una vez rusificadas Moldavia y Valaquia, Galitzia, Hungría y Transilvania se convertirían en «enclaves» rusos.
En un artículo anterior hablé de los «tesoros ocultos» del Banco de San Petersburgo, que forman la reserva metálica de una circulación de papel moneda tres veces mayor. El ministro ruso de la Guerra ha pedido ahora que se transfiera una parte de ese tesoro a la caja militar. Como el ministro de Hacienda se opuso a este paso, el emperador se dirigió personalmente al Santo Sínodo, depositario de los bienes de la Iglesia, para pedirle un préstamo de 60 millones de rublos.6 Si al zar le falta dinero, a sus tropas les falta salud. Se comunica de fuente muy fidedigna que las tropas que ocupan los Principados del Danubio han sufrido terriblemente con el calor durante su marcha, que el número de enfermos es extraordinario y que muchas casas particulares de Bucarest y de Iași se han convertido en hospitales.
The Times de ayer denunciaba los planes ambiciosos de Rusia respecto de Turquía, pero procuraba al mismo tiempo encubrir las intrigas rusas en Dinamarca. Ayuda a su ilustre señor incluso cuando lo insulta a voz en grito.
«Ponemos en duda la afirmación», dice The Times, «de que el gabinete ruso haya logrado ganar influencia en la corte de Copenhague, y la afirmación de que el gobierno danés, bajo influencia rusa, se dispone a abolir o menoscabar la constitución de 1849 es completamente inexacta. El gobierno danés ha hecho publicar, es cierto, una ley o proyecto que contiene algunas modificaciones de la constitución vigente, pero esa ley se someterá al debate y la votación de las cámaras cuando vuelvan a reunirse; no se ha promulgado por autoridad real.»
La disolución de una asamblea legislativa única en cuatro dietas provinciales feudales separadas; el derecho a votar los impuestos, abolido; las elecciones por sufragio universal, suprimidas; la libertad de prensa, abolida; la libre competencia, desplazada por la resurrección de los gremios cerrados; toda la clase de los funcionarios, es decir, la única clase instruida de Dinamarca, excluida de ser elegida si no es con permiso real: ¡todo eso se llama «algunas modificaciones de la constitución»! Lo mismo podría llamarse a la esclavitud una modificación insignificante de la libertad. Es cierto que el rey danés no se ha atrevido a promulgar como ley esta nueva «ley fundamental». No ha hecho más que enviar a las cámaras, a la manera de los sultanes orientales, el cordón de seda, con la orden de estrangularse con él. Semejante propuesta va unida a la amenaza de imponerla por la fuerza si no se acepta de buen grado. Esto en cuanto a «algunas modificaciones de la constitución». Vamos ahora a la «influencia rusa».
¿Cómo surgió el conflicto entre el rey danés y las cámaras danesas? El rey propuso abolir la Lex Regia, es decir, la ley de sucesión vigente en Dinamarca. ¿Quién empujó al rey a dar este paso? Rusia, como se habrá visto por la nota del conde Nesselrode del 11 de mayo de 1853, de la que di cuenta en mi último artículo.7 ¿Quién sacará provecho de la abolición de la Lex Regia? Nadie más que Rusia. La Lex Regia permite la sucesión al trono también a la línea femenina de la familia reinante. Con su abolición, los agnados eliminarían todos los derechos de los cognados, que hasta ahora se interponían en su camino. Como es sabido, al reino de Dinamarca pertenecen, además de Dinamarca propiamente dicha, es decir, las islas y Jutlandia, los dos ducados de Schleswig y Holstein. La sucesión de Dinamarca propiamente dicha y de Schleswig la regula la Lex Regia, mientras que en el ducado de Holstein, que es un feudo alemán, corresponde a los agnados conforme a la ley sálica. Con la abolición de la Lex Regia, la sucesión de Dinamarca y Schleswig se igualaría a la del ducado alemán de Holstein, y el zar ruso, que como representante de la casa de Holstein-Gottorp tiene los derechos más próximos sobre Holstein, adquiriría como agnado principal también el derecho más próximo al trono danés.8 En los años 1848-1850, los daneses lucharon contra Alemania, apoyados por notas y flotas rusas, para sostener la Lex Regia, que prohibía unir Schleswig a Holstein y separarlo de Dinamarca. Después de haber batido a la revolución alemana con el pretexto de la Lex Regia, el zar confisca la Dinamarca democrática aboliendo precisamente esa ley. Los escandinavos y los alemanes han aprendido así que no deben fundar sus respectivas reivindicaciones nacionales en las leyes feudales de la sucesión real. Han aprendido algo mejor aún: que ellos, alemanes y escandinavos, que pertenecen ambos a la misma gran raza, no hacen más que abrir el camino a su enemigo hereditario, el eslavo, cuando se pelean entre sí en lugar de unirse.
El gran acontecimiento del día es la aparición de la política americana en el horizonte europeo. El hecho, saludado por unos y aborrecido por otros, lo reconocen todos.
«Austria tiene que aspirar al desmembramiento del Imperio turco para compensarse de la pérdida de sus provincias italianas, perspectiva que no se ha hecho menos probable por la querella que ha buscado neciamente con el Tío Sam. Una escuadra americana en el Adriático sería una complicación muy bonita para una insurrección italiana, y puede que todos lleguemos a verla, porque el espíritu anglosajón no ha muerto todavía en Occidente.»
Así se lee en The Morning Herald, viejo órgano de la aristocracia inglesa.
«El asunto Koszta», dice La Presse de París, «está muy lejos de quedar arreglado. Sabemos que el gabinete de Viena ha exigido al de Washington una reparación que seguramente no obtendrá. Entretanto, Koszta sigue bajo la protección del cónsul francés.»9
«Debemos evitar al yanqui, que es mitad pirata y mitad hombre de los bosques, pero de ningún modo un caballero», susurra Die Presse de Viena.
Los periódicos alemanes refunfuñan por el acuerdo secreto que se dice concluido entre los Estados Unidos y Turquía, por el cual esta recibiría dinero y apoyo naval, y aquellos el puerto de Enos, en Rumelia, que ofrecería a la república americana un lugar seguro y adecuado para una base comercial y militar en el Mediterráneo.
«Con el tiempo», dice L'Émancipation de Bruselas, «el conflicto de Esmirna entre el gobierno americano y el austríaco, causado por la captura del emigrado Koszta, pasará a primer plano entre los acontecimientos de 1853. Comparados con este hecho, la ocupación de los Principados del Danubio y los pasos de la diplomacia occidental y de las flotas combinadas en Constantinopla pueden considerarse acontecimientos de importancia secundaria. El suceso de Esmirna es el comienzo de una historia nueva, mientras que el incidente de Constantinopla no es más que el replanteamiento de una cuestión vieja que estaba a punto de perder su importancia.»
Un periódico italiano, Il Parlamento, publica un editorial con el título «La politica americana in Europa», del que traduzco al pie de la letra los pasajes siguientes:
«Es bien sabido», dice Il Parlamento, «que los Estados Unidos intentaban desde hacía mucho obtener una estación naval en el Mediterráneo y en Italia, y sobre todo en los momentos en que surgían complicaciones en Oriente. Así, por ejemplo, en 1840, cuando se discutía la gran cuestión egipcia y se atacó San Juan de Acre, el gobierno de los Estados Unidos pidió en vano al rey de las Dos Sicilias10 que le cediera temporalmente el gran puerto de Siracusa. Hoy la tendencia de la política americana a inmiscuirse en los asuntos europeos no puede ser más viva ni más tenaz. No cabe duda de que el actual gobierno demócrata de los Estados Unidos manifiesta con gran estrépito sus simpatías por las víctimas de la revolución italiana y húngara, que no le importa nada la ruptura de las relaciones diplomáticas con Austria y que en Esmirna ha defendido su política con los cañones listos para disparar. Sería injusto denostar esta aspiración de la gran nación transatlántica o tacharla de ridícula inconsecuencia. Los americanos no se proponen, desde luego, conquistar Oriente ni llegar a una guerra terrestre con Rusia. Pero si Inglaterra y Francia envían sus mejores fuerzas navales, ¿por qué no habían de hacerlo también los americanos, sobre todo si han obtenido en el Mediterráneo una base, un lugar de refugio y de “avituallamiento”? Están en juego para ellos grandes intereses, tanto más cuanto que el elemento republicano se opone diametralmente al cosaco. El comercio y la navegación han multiplicado las relaciones y los tratados legales entre todos los pueblos del mundo. Ningún pueblo puede considerarse hoy extraño a ningún mar del viejo o del nuevo continente, ni ajeno a ninguna gran cuestión como la del destino del Imperio otomano. El comercio americano y los residentes que lo practican en las costas de nuestros mares reclaman la protección de la bandera estrellada, y para hacerla duradera y legítima durante todo el año necesitan un puerto para su marina de guerra, que ocupa ya el tercer lugar entre las potencias navales del mundo. Si Inglaterra y Francia se inmiscuyen directamente en todo lo que concierne al istmo de Panamá, si la primera de estas potencias llega a inventar un rey de los misquitos11 para oponer derechos territoriales a las operaciones de los Estados Unidos, si estas potencias se ponen por fin de acuerdo en que el paso del océano Atlántico al Pacífico ha de abrirse a todas las naciones y estar en manos de un Estado neutral, ¿no está claro que los Estados Unidos han de reclamar el derecho de ejercer la misma vigilancia respecto de la libertad y la neutralidad del istmo de Suez, observando atentamente la decadencia del Imperio otomano, que puede llevar a que Egipto y Siria caigan total o parcialmente bajo el dominio de alguna gran potencia? Suez y Panamá son las dos grandes puertas de entrada a Oriente, que, cerradas hasta ahora, competirán en el futuro entre sí. La mejor manera de que los Estados Unidos se aseguren una influencia decisiva en la cuestión transatlántica es colaborar en la cuestión mediterránea. Estamos convencidos de que los buques de guerra americanos cerca de los Dardanelos no renunciarán a su pretensión de cruzarlos cuando quieran y sin someterse a las restricciones que las grandes potencias aceptaron en 1841, y ello por el hecho indiscutible de que el gobierno americano no fue parte de aquel convenio. Europa se asombra de esta audacia porque, desde la paz de 1783, se ha acostumbrado a mirar a los Estados Unidos con los mismos ojos con que se miraba a los cantones suizos después de la paz de Westfalia, es decir, como países a los que se reconocía un derecho legítimo a existir, pero a los que en ningún caso se podía admitir en el círculo aristocrático de las viejas grandes potencias para dar su voto en las cuestiones de la política general.12 Pero al otro lado del océano los anglosajones han ascendido al grado más alto de riqueza, civilización y poder, de modo que ya no pueden aceptar la posición modesta que se les asignaba en el pasado. La presión que la Unión americana ejerce sobre el areópago de las cinco grandes potencias que hasta ahora han dirigido los destinos del mundo es un nuevo factor de poder que ha de contribuir a la decadencia del sistema exclusivo creado por los tratados de Viena. Pero mientras la república de los Estados Unidos no haya conquistado su derecho positivo y su asiento oficial en los congresos que deciden las cuestiones de la política mundial, defiende con una elevación extraordinaria y una dignidad singular los intereses más humanos del derecho natural y del jus gentium.13 Su bandera da protección a las víctimas de las guerras civiles, sin distinción de partido, y durante la gran tormenta de 1848-1849 la flota americana nunca se dejó apartar por humillaciones ni ultrajes de dar asilo.»
Karl Marx
Véase la crónica del 5 de julio, «La cuestión de la guerra turca — El New-York Tribune en la Cámara de los Comunes — El gobierno de la India». ↩
El tratado de Balta Liman (1849) entre Rusia y Turquía, que restringía la autonomía de los Principados y permitía a las dos potencias ocuparlos en caso de disturbios. ↩
Sir George Hamilton Seymour (1797-1880), embajador británico en San Petersburgo. ↩
Lord Dudley Coutts Stuart (1803-1854), diputado whig, defensor de la causa polaca. ↩
Seudónimo de un colaborador del Morning Advertiser; la MEW lo identifica como A. Richards. ↩
Según la MEW, el ministro de la Guerra era Dolgorúkov y el de Hacienda, Brok. ↩
The Eastern Question fecha esta nota el 8 de mayo de 1853. ↩
Los zares descendían del duque Carlos Federico de Holstein-Gottorp, casado con Ana, hija de Pedro el Grande. ↩
Sobre el asunto Koszta, véase la crónica del 12 de julio, «Dificultades ruso-turcas». ↩
Fernando II (1810-1859), rey de las Dos Sicilias desde 1830. ↩
Gran Bretaña ejercía un protectorado sobre la costa de los Mosquitos, en Nicaragua, en nombre de un «rey» de los indios misquitos. ↩
La paz de Versalles de 1783, que reconoció la independencia de los Estados Unidos; la paz de Westfalia (1648) reconoció la independencia de la Confederación Suiza. ↩
«Derecho de gentes». ↩