Escrito en inglés por Karl Marx en Londres el 7 de junio de 1853 y publicado en el New-York Daily Tribune, núm. 3801, del 22 de junio de 1853. El original inglés solo se conserva en fuentes libres de forma parcial (la parte sobre Rusia en The Eastern Question (Londres, 1897, ed. de Eleanor Marx Aveling y Edward Aveling), y la parte sobre la India en el Marx-Engels Internet Archive): se traduce de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 9 (Berlín, 1960, pp. 117-126), sin su aparato editorial, cotejada con esos fragmentos ingleses, por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.
Londres, martes 7 de junio de 1853
Según un despacho de Berna, el Consejo Federal ha anulado la sentencia dictada por el consejo de guerra de Friburgo contra los responsables de la reciente revuelta y ha ordenado que se los lleve ante los tribunales ordinarios, a no ser que los indulte el Consejo cantonal. Aquí tenemos, pues, la primera de las hazañas que acompañan la «ruptura entre Suiza y Austria», cuyo inevitable efecto demostré en un artículo anterior sobre la «república modelo» europea.1
Cuando le transmití la noticia de que el gobierno prusiano había ordenado a algunos oficiales de artillería que se encontraban de permiso en el extranjero que se reincorporaran inmediatamente al servicio, dije por error que esos oficiales se ocupaban de instruir al ejército ruso en la práctica del combate, cuando en realidad me refería a la instrucción de la artillería turca.
Todos los generales rusos y demás rusos que viven en París han recibido la orden de regresar sin demora a Rusia. El señor Kiseliov, el enviado ruso en París, emplea un lenguaje bastante amenazador y enseña ostentosamente cartas de San Petersburgo en las que la cuestión turca se trata assez cavalièrement.2 De la misma fuente procede también el rumor de que Rusia pide a Persia la cesión del territorio de Astarabad, en la orilla sudeste del mar Caspio. Al mismo tiempo, comerciantes rusos telegrafían, o, según se informa, han telegrafiado ya, a sus agentes de Londres
«que, en las circunstancias actuales, no se fuercen las ventas de grano, pues probablemente los precios subirán ante el peligro de una guerra inminente».
Por último, se han hecho llegar a todos los periódicos indicaciones confidenciales de que las tropas rusas marchan hacia las fronteras, de que los habitantes de Iași se preparan ya para recibirlas, de que el cónsul ruso en Galați ha comprado una cantidad enorme de troncos de árbol para tender varios puentes sobre el Danubio, y otros bulos por el estilo, como los que tan bien saben incubar la Augsburger Zeitung3 y otros periódicos proaustriacos y prorrusos.
Estos y otros muchos informes, comunicaciones, etc., semejantes no son más que ridículos intentos de los agentes rusos de sembrar en el mundo occidental un terror saludable y empujarlo a continuar esa política de dilaciones a cuyo amparo Rusia espera realizar como hasta ahora sus planes en Oriente. Lo sistemáticamente que se lleva este juego de mistificación puede verse por lo siguiente:
La semana pasada, varios periódicos franceses notoriamente pagados por Rusia hicieron el descubrimiento
«de que la verdadera cuestión no está tanto entre Rusia y Turquía como entre San Petersburgo y Moscú, es decir, entre el zar y el partido de la vieja Rusia; de que para el autócrata una guerra sería mucho menos peligrosa que la venganza de ese partido ávido de conquistas, que ya ha mostrado demasiadas veces cómo sabe tratar a los monarcas que le desagradan».
El príncipe Ménshikov es, naturalmente, el «jefe de ese partido». The Times y la mayoría de los periódicos ingleses no dejaron de repetir esta ridícula afirmación, unos con plena conciencia de su alcance, otros quizá porque se dejaron engañar sin darse cuenta. Pero ¿qué conclusiones se inclinará a sacar el público de esta nueva revelación? ¿O bien que Nicolás, si se retira entre risas y abandona su actitud belicosa contra Turquía, ha obtenido una victoria sobre su propio partido belicoso de la vieja Rusia, o bien que Nicolás, si va de verdad a la guerra, lo hace solo para ceder a la presión de ese partido legendario? En todo caso, «no habría más que una victoria de Moscú sobre San Petersburgo o de San Petersburgo sobre Moscú», y, por consiguiente, ninguna victoria de Europa sobre Rusia.
En cuanto a ese famoso partido de la vieja Rusia, sé casualmente por algunos rusos bien informados, que pertenecen ellos mismos a la aristocracia y con los que traté mucho en París, que ese partido está extinguido por completo desde hace tiempo y que solo se le devuelve de vez en cuando a una existencia aparente cuando el zar necesita un coco con que asustar a Europa occidental para que soporte pacientemente sus pretensiones arrogantes. De ahí que ahora se resucite a Ménshikov y se le vista según el legendario estilo de la vieja Rusia. En realidad, el zar solo teme a un partido de entre su nobleza: el partido cuyo objetivo es implantar un sistema aristocrático-constitucional según el modelo inglés.
Además de estos diversos fantasmas que la diplomacia rusa conjura para extraviar a Inglaterra y a Francia, acaba de hacerse otro intento con el mismo fin: la publicación de una obra titulada L’Empire Russe depuis le Congrès de Vienne, de la pluma del vizconde de Beaumont-Vassy. Para caracterizar este engendro basta con una frase:
«Es bien sabido que en los sótanos de la fortaleza de San Pedro y San Pablo existe un depósito de monedas y de lingotes de oro y plata. El 1 de enero de 1850, este tesoro oculto se estimó oficialmente en 99.763.361 rublos de plata.»
¿A alguien se le ha ocurrido jamás hablar del tesoro oculto del Banco de Inglaterra? El «tesoro oculto» de Rusia no es otra cosa que la reserva metálica que respalda una circulación tres veces mayor de billetes convertibles, por no hablar de la cantidad oculta de papel moneda inconvertible que emite el Tesoro del Estado. Pero quizá pueda llamarse con razón «oculto» a ese tesoro, porque nadie lo ha visto nunca, salvo los pocos comerciantes de San Petersburgo a los que el gobierno del zar elige cada año para inspeccionar los sacos en que se oculta.
Sin embargo, la principal maniobra de Rusia en esta dirección es un artículo publicado en el Journal des Débats y firmado por el señor Saint-Marc Girardin,4 ese viejo sabio orleanista. Cito:
«A nuestro juicio, Europa tiene dos grandes peligros: Rusia, que amenaza su independencia, y la revolución, que amenaza su orden social. Solo puede librarse de uno de ellos exponiéndose por entero al otro. Si Europa cree que la llave de su independencia, y en particular de la independencia del continente europeo, está en Constantinopla, y que la cuestión ha de decidirse allí con audacia, eso significa la guerra contra Rusia. En esa guerra, Francia e Inglaterra lucharían por asegurar la independencia de Europa. ¿Qué haría Alemania? No lo sabemos. Pero lo que sí sabemos es que, en el estado actual de Europa, una guerra significaría la revolución social.»
Por supuesto, el señor Saint-Marc Girardin se decide por la paz a cualquier precio y contra la revolución social. Olvida, sin embargo, que el emperador de Rusia siente al menos tanto horreur de la revolución como él y el propietario de su periódico, el señor Bertin.5
Pese a todos estos soporíferos que la diplomacia rusa administra a la prensa y al pueblo ingleses, el «viejo y obstinado» Aberdeen se ha visto obligado a ordenar al almirante Dundas que se una a la flota francesa en la costa turca. Y hasta The Times, que en los últimos meses solo sabía escribir en ruso, parece haber recibido una inspiración más inglesa. Ahora alza mucho la voz.
La cuestión danesa (antes, de Schleswig-Holstein) empieza a despertar un vivo interés en Inglaterra desde que también la prensa inglesa ha descubierto por fin que en el fondo de esta cuestión está el mismo principio de expansión rusa que es el punto de partida de las complicaciones de Oriente. El señor Urquhart,6 miembro del Parlamento y conocido admirador de Turquía y de las instituciones orientales, ha publicado un folleto sobre la sucesión danesa del que me ocuparé en uno de mis próximos artículos. Su argumento principal consiste en señalar que el Sund ha de desempeñar para Rusia en el norte el mismo papel que los Dardanelos en el sur, es decir, que Rusia quiere asegurarse su supremacía marítima en el Báltico por medio del Sund del mismo modo que quisiera asegurarse su supremacía en el Ponto Euxino ocupando los Dardanelos.
Hace poco le comuniqué mi opinión de que el tipo de interés subiría en Inglaterra y de que esa circunstancia tendría un efecto desfavorable en los planes financieros del señor Gladstone. Pues bien, la semana pasada el Banco de Inglaterra elevó efectivamente su tipo mínimo de descuento del 3 al 3½ por ciento, y el fracaso del plan de conversión de Gladstone que yo predije es ya un hecho consumado, como puede ver por el siguiente estado del Banco:
| Banco de Inglaterra, jueves 2 de junio de 1853. Valor de los títulos nuevos aceptados hasta hoy: | libras | chelines | peniques |
|---|---|---|---|
| Títulos al 3½ por ciento | 138.082 | 0 | 3 |
| Títulos al 2½ por ciento | 1.537.100 | 10 | 10 |
| Bonos del Tesoro | 4.200 | 0 | 0 |
| Total | 1.679.382 | 11 | 1 |
| Compañía de los Mares del Sur, jueves 2 de junio de 1853. Valor de las anualidades convertidas hasta hoy: | libras | chelines | peniques |
|---|---|---|---|
| Anualidades al 3½ por ciento | 67.504 | 12 | 8 |
| Anualidades al 2½ por ciento | 986.528 | 5 | 7 |
| Bonos del Tesoro | 5.270 | 18 | 4 |
| Total | 1.059.303 | 16 | 7 |
Así pues, del total de las anualidades de los Mares del Sur ofrecidas a la conversión solo se ha aceptado una octava parte, y de los veinte millones de títulos nuevos creados por el señor Gladstone, solo una duodécima parte. El señor Gladstone se verá obligado, por tanto, a contratar un empréstito en un momento en que el tipo de interés ha subido y muy probablemente seguirá subiendo, un empréstito que podría ascender a 8.157.811 libras esterlinas. ¡Fiasco! Hay que renunciar, en consecuencia, al ahorro de 100.000 libras que se esperaba de esta conversión y que ya se había anotado en el haber del presupuesto. Teniendo en cuenta el gran volumen de la deuda pública, a saber, 500.000.000 de libras en títulos al 3 por ciento, el único resultado que ha obtenido el señor Gladstone de su experimento financiero es que el 10 de octubre de 1853 habrá pasado otro año en el que no habrá podido anunciar una conversión. Pero lo peor es que dentro de pocos días habrá que pagar en efectivo 116.000 libras a los tenedores de bonos del Tesoro que se niegan a renovarlos en las condiciones ofrecidas por el señor Gladstone. Ese es el éxito financiero del gobierno de «todos los talentos».
Lord John Russell se expresó del siguiente modo en el debate sobre las rentas de la Iglesia de Irlanda (Cámara de los Comunes, 31 de mayo):
«En los últimos años se ha hecho evidente que el clero católico romano… si vemos cómo se comporta en Inglaterra, si juzgamos a esa Iglesia por los actos que comete por indicación de su jefe, que, siendo él mismo un soberano extranjero, aspiraba al poder político (¡Oíd, oíd!), lo cual no me parece compatible con la debida lealtad a la Corona inglesa (¡Oíd, oíd!), con la debida lealtad a la causa general de la libertad, con la debida lealtad a los deberes que todo ciudadano tiene para con el Estado. En verdad, como deseo hablar con la misma franqueza que el honorable caballero que me ha precedido, no quisiera que esta Cámara me malinterpretara. Estoy muy lejos de negar que en esta Cámara y fuera de ella, tanto en nuestro país como en Irlanda, hay muchos miembros de la fe católica romana leales al trono y a las libertades de nuestro país; pero lo que digo, y de ello estoy convencido, es esto: si se diera al clero católico romano más poder y si ejerciera, como eclesiásticos, más control y más influencia política que hoy, no ejercería ese poder de acuerdo con la libertad general que reina en nuestro país (¡Hurra!), y no actuaría, ni en cuestiones de poder político ni en otras cosas, en favor de esa libertad general de discusión y de esa actividad y energía del espíritu humano que constituyen el verdadero espíritu de la Constitución de nuestro país. (¡Fanfarria!) No creo que los católicos puedan equipararse en este aspecto a los presbiterianos de Escocia (¡Gaitas!), a los wesleyanos de Inglaterra y a la Iglesia anglicana. (Entusiasta aprobación en toda la sala.)… Me veo, pues, obligado a llegar a la conclusión, muy a mi pesar, pero de modo totalmente resuelto, de que las asignaciones del Estado a la religión católica romana en Irlanda en lugar de las asignaciones del Estado a la Iglesia protestante en ese país no son un objeto que el Parlamento de Inglaterra deba aceptar ni sancionar.»
Dos días después de este discurso de lord John, en el que por sexta milésima vez trató de hacer gala de su amor a la «libertad general» con celosas genuflexiones ante algunas sectas protestantes intolerantes, los señores Sadleir, Keogh y Monsell7 presentaron su dimisión al ministerio de coalición en una carta dirigida por el señor Monsell a milord Aberdeen. En su respuesta del 3 de junio, milord Aberdeen asegura a estos caballeros:
«Las razones aducidas por lord John Russell y los sentimientos de que ustedes se quejan no los compartimos ni yo ni muchos de mis colegas… Lord John Russell tiene interés en que les diga en su nombre que no quiso acusar a los católicos de falta de lealtad.»
Después de lo cual los señores Sadleir, Keogh y Monsell retiraron su dimisión, y los arreglos para una reconciliación general se desarrollaron anoche en el Parlamento «a la mayor satisfacción de lord John Russell».
El último proyecto de ley sobre la India, el de 1783, resultó fatal para el gabinete de coalición del señor Fox y lord North. El nuevo proyecto de ley sobre la India de 1853 resultará muy probablemente igual de fatal para el gabinete de coalición del señor Gladstone y lord John Russell. Pero si a los primeros los echaron por la borda porque intentaron abolir la Junta de Directores y la Junta de Propietarios,8 a los segundos los amenaza una suerte semejante por razones completamente opuestas. El 3 de junio, sir Charles Wood pidió permiso para presentar un proyecto de ley sobre el gobierno de la India. Sir Charles empezó por excusar la extraordinaria longitud del discurso que se proponía pronunciar con la «magnitud del tema» y con los «150 millones de almas de que tenía que ocuparse». Por cada 30 millones de sus «conciudadanos», sir Charles se sintió obligado a sacrificar nada menos que una hora de aliento. Pero ¿por qué esta legislación precipitada sobre un «gran tema» semejante, cuando se aplazan las medidas incluso sobre «el asunto más insignificante»? Porque la carta de privilegio de la Compañía de las Indias Orientales expira el 30 de abril de 1854. Pero ¿por qué no aprobar una prórroga provisional de la carta y dejar a una discusión posterior una legislación más duradera? Porque no cabe esperar que volvamos a encontrar jamás «una ocasión tan favorable para tratar tranquilamente esta vasta e importante cuestión», es decir, para estrangularla parlamentariamente. Además, estamos plenamente informados sobre el asunto, los directores de la Compañía de las Indias Orientales opinan que es necesario aprobar la ley durante la presente legislatura, y el gobernador general de la India, lord Dalhousie, ha requerido al gobierno en una carta urgente que apruebe la ley de inmediato a toda costa. Pero el argumento más contundente con que sir Charles justifica su prisa en aprobar el proyecto es el hecho de que, aunque parezca dispuesto a hablar de un mundo de cuestiones
«que no están comprendidas en el proyecto de ley que propone presentar», «la medida que ha de someter, en lo que toca a la legislación, se reduce a un espacio muy pequeño».
Tras esta introducción, sir Charles expuso su defensa de la administración de la India en los últimos 20 años. «¡Tenemos que mirar la India en cierto modo con ojos indios!» Y esos ojos indios parecen tener el don particular de ver todo lo que concierne a Inglaterra con los colores más brillantes y todo lo que concierne a la India con los más negros.
«En la India tienen ustedes una raza de gente lenta para el cambio, atada por prejuicios religiosos y costumbres anticuadas. Allí se dan, en efecto, todos los obstáculos para un progreso rápido.» (Quizá haya en la India un partido de coalición whig.)
Sir Charles Wood declara:
«Los puntos sobre los que más se ha insistido, y que encabezan las quejas contenidas en las peticiones presentadas a la comisión, se refieren a la administración de justicia, a la falta de obras públicas y al régimen de tenencia de la tierra.»
En cuanto a las obras públicas, el gobierno se propone emprender algunas de «la mayor envergadura e importancia». En cuanto a la tenencia de la tierra, sir Charles demuestra con mucho éxito que sus tres formas existentes, el sistema zamindari, el ryotwari y el sistema de aldea,9 no son más que otras tantas formas de explotación fiscal en manos de la Compañía, ninguna de las cuales podría ni debería generalizarse. La idea de implantar otra forma de carácter completamente opuesto no preocupa a sir Charles en lo más mínimo.
«En cuanto a la administración de justicia», prosigue, «las quejas se refieren principalmente a los inconvenientes derivados de los tecnicismos del derecho inglés, a la supuesta incompetencia de los jueces ingleses y a la corrupción de los funcionarios y jueces nativos.»
Y para demostrar lo laborioso que es organizar la administración de justicia en la India, sir Charles cuenta que ya en 1833 se nombró en la India una comisión legislativa. Pero ¿cómo procedió esa comisión según el propio testimonio de sir Charles Wood? El primero y único resultado de los trabajos de la comisión fue un código penal, preparado bajo los auspicios del señor Macaulay. Este código se envió a las diversas autoridades locales de la India, que lo devolvieron a Calcuta, desde donde se mandó a Inglaterra, para ser devuelto de Inglaterra a la India. En la India, entretanto, el señor Bethune había sustituido al señor Macaulay como consejero legislativo, y el código fue modificado de arriba abajo. En vista de ello, el gobernador general, que entonces no opinaba todavía «que la dilación es una fuente de debilidad y de peligro», lo devolvió a Inglaterra, y de Inglaterra se lo remitieron de nuevo al gobernador general con autorización para poner en vigor el código en la forma que él mismo creyera conveniente. Pero como el señor Bethune ha muerto, el gobernador general ha juzgado lo mejor someter el código a un tercer jurista inglés, y por cierto a un jurista que no sabía nada de los hábitos y costumbres de los hindúes, reservándose el derecho de rechazar después un código urdido por un funcionario completamente incompetente. Tales han sido las aventuras de ese código, que hasta el día de hoy no ha visto la luz. En cuanto a los absurdos formales de la justicia en la India, sir Charles se remite a las formalidades no menos absurdas del procedimiento judicial inglés. Mientras por un lado jura por la completa incorruptibilidad de los jueces ingleses en la India, por otro está dispuesto a sacrificarlos con un cambio en el modo de nombrarlos. El progreso general de la India lo ilustra sir Charles comparando el estado actual de Delhi con el de Delhi en tiempos de la invasión de Kuli Kan.10 Para justificar el impuesto sobre la sal se sirve de los argumentos de los economistas más renombrados, que han aconsejado todos gravar con impuestos algunos de los artículos de primera necesidad. Pero sir Charles no añade lo que dirían esos mismos economistas si se enteraran de que en dos años, de 1849-1850 a 1851-1852, el consumo de sal ha disminuido en 60.000 toneladas y de que eso, con unos ingresos totales del impuesto sobre la sal de 2 millones de libras, ha supuesto una merma de los ingresos de 415.000 libras.
Las medidas propuestas por sir Charles y «reducidas a un espacio muy pequeño» son:
La Junta de Directores constará de dieciocho miembros en lugar de veinticuatro; doce serán elegidos por los accionistas y seis por la Corona.
La retribución de los directores se elevará de 300 a 500 libras anuales, y la del presidente a 1.000 libras.
Todos los cargos ordinarios del servicio civil y todos los cargos científicos del servicio militar en la India se abrirán al concurso público, y los nombramientos de cadetes de la caballería de línea quedarán reservados a los directores.
El cargo de gobernador general se separará del de gobernador de Bengala, y se facultará al gobierno supremo para formar una nueva presidencia en los distritos del Indo.
Por último, todas las medidas enumeradas solo tendrán vigencia hasta que el Parlamento disponga otra cosa.
El discurso y las medidas propuestas por sir Charles Wood fueron objeto de una crítica muy dura y sarcástica por parte del señor Bright;11 su cuadro de la India arruinada por la presión fiscal de la Compañía y del gobierno no incluía, naturalmente, el complemento de la India arruinada por los hombres de Manchester y el librecambio. En cuanto al discurso que pronunció anoche el viejo indiano sir J. Hogg, director o ex director de la Compañía, sospecho que ya me lo encontré en los años 1701, 1730, 1743, 1769, 1772, 1781, 1783, 1784, 1793, 1813, etc. Como respuesta a su panegírico de los directores, me limitaré a citar algunos hechos de las cuentas anuales de la India, que, según creo, se han publicado bajo su propia supervisión:
| Ingresos netos totales de la India: | |
|---|---|
| 1849-1850 | 20.275.831 libras |
| 1850-1851 | 20.249.932 libras |
| 1851-1852 | 19.927.039 libras |
| Disminución de los ingresos en 3 años | 348.792 libras |
| Gastos totales: | |
|---|---|
| 1849-1850 | 16.687.382 libras |
| 1850-1851 | 17.170.707 libras |
| 1851-1852 | 17.901.666 libras |
| Aumento de los gastos en 3 años | 1.214.284 libras |
| Contribución territorial: en los últimos 4 años la suma osciló | |
|---|---|
| en Bengala | entre 3.500.000 y 3.560.000 libras |
| en el Noroeste | entre 4.870.000 y 4.900.000 libras |
| en Madrás | entre 3.640.000 y 3.470.000 libras |
| en Bombay | entre 2.240.000 y 2.300.000 libras |
| Ingresos brutos 1851-1852 | Gastos en obras públicas 1851-1852 | |
|---|---|---|
| Bengala | 10.000.000 libras | 87.800 libras |
| Madrás | 5.000.000 libras | 20.000 libras |
| Bombay | 4.800.000 libras | 58.500 libras |
| Total | 19.800.000 libras | 166.300 libras |
Así pues, de la suma total de 19.800.000 libras, solo se han gastado 166.300 en la construcción de carreteras, canales, puentes y otras obras públicas necesarias.
Karl Marx
«Con bastante desenvoltura.» ↩
La Allgemeine Zeitung de Augsburgo. ↩
Saint-Marc Girardin (1801-1873), crítico literario y publicista francés, profesor de la Sorbona, de tendencia orleanista. ↩
Louis-Armand Bertin, propietario del Journal des Débats. ↩
David Urquhart (1805-1877), diplomático y publicista escocés, turcófilo, adversario de la política rusa y de Palmerston. ↩
John Sadleir, William Keogh y William Monsell, diputados católicos irlandeses que formaban parte del gobierno de coalición en cargos subalternos. ↩
La Junta de Directores (Court of Directors) gobernaba la Compañía de las Indias Orientales; la Junta de Propietarios (Court of Proprietors) era la asamblea de sus accionistas. El proyecto de ley de Fox de 1783 quería traspasar su poder a una comisión nombrada por el Parlamento; su rechazo en la Cámara de los Lores provocó la caída de la coalición. ↩
El zamindari, implantado en Bengala en 1793, hacía de los zamindares, antiguos recaudadores de impuestos, propietarios de la tierra responsables del impuesto; el ryotwari, extendido en Madrás y Bombay, cobraba el impuesto directamente a cada campesino (ryot); en el sistema de aldea la comunidad aldeana respondía en conjunto del impuesto. ↩
Nadir Sah (Tahmasp Kuli Kan), sha de Persia, que saqueó Delhi en 1739. ↩
John Bright (1811-1889), fabricante de algodón, uno de los jefes de la escuela librecambista de Manchester. ↩